temerario para decir la verdad al Presidente Díaz. Comprendió su error
cuando era ya demasiado tarde. Estaba vigilado día y noche, pero fingió
estar enfermo y no recibía á nadie, y su misma esposa cocinaba y le
llevaba los alimentos. Pero, á pesar de todas esas precauciones, no
percibieron que la criada que tenían era una espía puesta por Porfirio
Díaz. El General García de la Cadena burló al jefe de la policía hasta
el punto de que, cuando este digno caballero fué á dar el parte diario
al General Díaz, diciéndole que García de la Cadena continuaba enfermo,
el Presidente le informó de cuándo y cómo se había escapado, y dónde se
le podría encontrar.
En efecto, se había fugado de México, pero había sido aprehendido cerca
de Zacatecas, cuando se trasbordaba de un tren á otro, y fué asesinado
por una cuadrilla de verdugos asalariados. Esta eliminación fué cargada
á la cuenta de los bandidos.
La destrucción del General Martínez se llevó á cabo de un modo idéntico
al del caso del General Barillas, ó, para hablar con más propiedad, el
asesinato del General Barillas fué la imitación del asunto de Martínez.
El General Barillas era un refugiado político que emigró de Guatemala
á causa de su ambición presidencial. En este caso el General Lima fué
el instrumento utilizado por el Presidente Cabrera, pues Morales, el
asesino de Barillas declaró ante la justicia mexicana que “la orden de
matarlo viene de ‘más alto’, del gobierno, y yo tenía miedo de lo que
pudiera sucederme en caso de que desobedeciese.”[37].
El General Martínez, á más de ser un soldado y un revolucionario, era
doctor en medicina, y había acompañado al General Díaz en la revolución
de Tuxtepec. Riñó con el Presidente, y con ese motivo se fué á viajar
por Europa. A su regreso se estableció en Nuevo Laredo, Texas, donde se
dedicó al ejercicio pacífico de su profesión de médico. Una noche fué
llamado ostensiblemente para asistir á un enfermo, y en el camino fué
acechado y asesinado por un negro, el que inmediatamente cruzó el río,
pasando al territorio mexicano.
En este caso el General Bernardo Reyes fué el General Lima del
Presidente Díaz. Un Mayor, llamado L. J. González, organizó la
emboscada, y según Demetrio Salazar (yerno del General Pacheco,
Ministro é íntimo amigo del Presidente Díaz) el mismo día en que se
perpetró el asesinato del General Martínez, el referido Mayor envió un
telegrama al General Reyes, Gobernador del Estado de Nuevo León, en el
que le decía: “Cumplido su encargo”.
Ambos casos forman un paralelo, con la diferencia de que no se ocuparon
en el asunto de Martínez, por ignorarse que el asesinato era de
carácter político, mientras que al asesinato de Barillas la prensa de
México y la Prensa Asociada le dieron una publicidad universal. Lo
secreto de los procedimientos usados por Porfirio Díaz, sólo permite
que se vean algunas facetas de su conducta política, y estas de las
que le son favorables, y en ello consiste que lo consideren los no
iniciados como un gran estadista y benefactor de su país. Cabrera,
por lo contrario, á causa de la publicidad de sus actos, es execrado
como el moderno Nerón. Pero Cabrera se excusa pretendiendo que no hace
más que imitar al General Díaz, para quien sólo tiene la más sincera
admiración.
LA CARNICERÍA DE ORIZABA.
Hace justamente un año que telegrafiaron á México la noticia de que
algunos huelguistas de Orizaba, Estado de Veracruz, habían pillado y
quemado una tienda; pero que después que las tropas enviadas por el
gobierno habían fusilado á algunos de los agresivos obreros, se había
restablecido la tranquilidad. Sin embargo, circulaban en la ciudad
rumores de haberse cometido actos horrorosos por los soldados, de
orden del Presidente. Sólo después de minuciosas investigaciones, pude
obtener los detalles de todo el asunto.
La huelga de Orizaba fué de capitalistas y no de obreros. Había
entonces unas 92 fábricas de hilados y tejidos en el país, las que
pagaban, en junto, más de dos y medio millones de pesos, anualmente, de
contribución al gobierno. Los propietarios de las fábricas consideraron
excesivas las contribuciones, y resolvieron provocar una huelga, para
estar en aptitud bien de cerrar sus fábricas é imponer la ley á los
obreros ó bien de aguijonear á los obreros de modo que, desesperados,
provocasen una revolución que trajese un nuevo orden de cosas.
Después de los fusilamientos de Orizaba, recibió “El Diario” la visita
de un individuo que pretendía ser uno de los caudillos de los obreros,
quien quería indagar si estábamos dispuestos á apoyar una conspiración
de éstos, pues que “El Diario” había estado de parte de ellos durante
la huelga, cuando todos los demás periódicos habían tomado la defensa
de los propietarios de las fábricas.
Este individuo reveló un terrible complot, que consistía en destruir
por medio del fuego y de la dinamita todas las fábricas que funcionaban
en México, si los propietarios no se prestaban á un arreglo razonable,
“El Diario” contestó que no quería ni podía fomentar semejante idea;
que el periódico tenía por objeto publicar noticias, y no incitar
revoluciones ni alentar para la destrucción de la propiedad.
Este incidente demuestra á qué grado de amargura y de desesperación
habían llegado aquellos hombres, que ya sugerían actos de perversidad
semejante.
La huelga se inició de la siguiente manera: la unión dió la orden á
una fábrica de Puebla de parar el trabajo; dicha unión recibía ayuda
pecuniaria de los obreros de Orizaba, quienes entonces trabajaban. Los
propietarios de la fábrica de Puebla se quejaron á los propietarios
de las de Orizaba, y estos caballeros cerraron sus fábricas, cortando
de esa manera la fuente de recursos á los obreros de Puebla. Con
esta táctica se obligó á la unión de Puebla á capitular, y, una vez
conseguido, los propietarios de Orizaba volvieron á abrir sus fábricas.
Pero entonces surgió otra dificultad, pues la unión de Orizaba exigió
mejores condiciones antes de volver á los talleres, y como fué negada
la pretensión, volvióse á declarar la huelga. Entre tanto los obreros
enviaron una comisión al Presidente, solicitando su ayuda y su
influencia para llegar á un arreglo satisfactorio. Porfirio Díaz les
prometió ayudarlos, y para el efecto, envió una comisión á Orizaba, la
que convocó una reunión de obreros, en un teatro, y les ofreció que si
volvían á sus talleres, se les otorgaría su demanda.
Aceptaron los huelguistas la condición, y volvieron al trabajo.
A la mañana siguiente, algunas de las mujeres fueron á la tienda de
un francés llamado Garcin, quien vendía á crédito á los obreros de
las fábricas, vituallas y otros efectos, los que ellos pagaban con
los vales que, en vez de dinero, les distribuían los fabricantes.
Cuando esas mujeres concurrieron á la tienda, el tal Garcin comenzó
á insultarlas, á ellas y á sus familias, con un lenguaje indecente y
vil. Las mujeres regresaron á sus hogares y relataron á sus maridos lo
que había pasado, estimulándolos á la venganza. Enfurecidos por las
humillaciones, el hambre, los sacrificios llevados á cabo por la causa
de la huelga, esos hombres encontraron que su copa rebosaba ya de hiel,
y su cólera se desbordó contra el individuo que había vertido la última
gota que hizo que la copa se desbordara. Se volvieron indómitos, y
aguijoneados por las mujeres, que los acusaban de cobardía, atacaron
el establecimiento de Garcin, lo saquearon y lo quemaron. La policía
no tuvo dificultad para aquietar y dispersar á la turba, y merced á
la intervención del Jefe Político, Don Carlos Herrera, que estaba muy
bien quisto en Orizaba, los obreros fueron persuadidos á regresar
tranquilamente á sus labores.
Todo volvió á quedar tranquilo; los responsables del asalto y del
incendio de la tienda fueron aprehendidos.
“El Diario” fué el único periódico que se atrevió á decir la verdad de
lo ocurrido, y en un editorial declaró que toda la responsabilidad del
motín recaía sobre Garcin. Ese individuo se precipitó á la oficina del
“Diario” y tuvo la impudencia de ofrecer $5,000 por que se escribiese
otro artículo que lo rehabilitase. Su pretensión fué desechada
cortesmente.
La opinión pública estaba en favor de los huelguistas, y todo el mundo
creyó que el asunto había terminado definitivamente con la aprehensión
de los amotinados. Pero, á pesar de que todo se hallaba en calma, y
de que los obreros habían vuelto pacíficamente á las fábricas, el
Presidente Díaz, de un modo repentino é inesperado, dió orden al
General Rosalino Martínez, Subsecretario de la Guerra, de que bajase á
Orizaba con el Coronel Ruiz (ex-bandido y verdugo oficial de Porfirio
Díaz) y con unos cuantos cientos de soldados. Téngase en cuenta que
todo y todas estaban en la tranquilidad más perfecta, que los obreros
no habían vuelto á hacer nada con el objeto de crear nuevos desórdenes.
Y, no obstante esto, los dos verdugos oficiales, el General Rosalino
Martínez y el Coronel Ruiz, se dirigieron precipitadamente á Orizaba,
y una vez allí, apostaron sus soldados en las fábricas, detrás de
las paredes y los pilares, y cuando hombres y mujeres entraban en
las diferentes fábricas, para desempeñar sus labores, rompieron los
soldados un asesino fuego de fusilería, segando aquella indefensa y
desamparada masa humana como si se tratase de perros rabiosos.
El ruido fué espantoso, el tumulto indescriptible, el clamoreo de
desesperación de los heridos es superior á toda pluma y á toda palabra
humana. Aquello fué un verdadero pandemonium; no el de una batalla,
sino el de una cruel, implacable cacería de hombres, á sangre fría;
el asesinato de hombres, mujeres y niños, inocentes, desamparados é
inermes.
El tronar de los fusiles, el humo, el polvo levantado por las balas
perdidas, la sangre que á torrentes corría de las anchas heridas; los
cuerpos tendidos y diseminados por todas partes, con las cabezas casi
desprendidas, los sesos salpicando paredes y suelo, todo eso constituía
un cuadro que enfermaba, que indignaba, y que no tiene ejemplo en la
historia de la civilización.
No satisfechos aún, el General Martínez y el Coronel Ruiz ordenaron
á sus soldados que completasen la _victoria_, y continuó la asesina
fusilería en las calles y á través de las ventanas de las casas de los
obreros que en ellas habían logrado refugiarse, prosiguiéndose en ellas
la carnicería sobre inocentes mujeres y niños.
Órdenes complementarias se dieron á los Rurales para que cazaran á los
que habían logrado ganar el campo, persiguiéndolos hasta las montañas.
Pero los Rurales, á quienes se utiliza para toda clase de empresas
escabrosas, se negaron á obedecer la orden de fusilar á hombres y
mujeres indefensos.
Rosalino Martínez y el Coronel Ruiz dieron entonces la orden de que
fusilaran también á los Rurales.
El número de víctimas ascendió de 650 á 700.
En la noche de ese día horripilante, fueron recogidos los cadáveres de
los asesinados, hacinándolos en furgones del ferrocarril, y llevados á
Veracruz. El maquinista que debía conducir el tren, era un americano,
quien se negó rotundamente á desempeñar semejante comisión, por lo que
fué necesario buscar otro menos supersticioso, y más conciliador. En
Veracruz fueron lanzados al mar los cadáveres, para que sirviesen de
pasto á los tiburones, que tanto abundan en la bahía.
Este fué el rasgo final de la más brutal, de la más cobarde y de la
más salvaje de cuantas orgías de sangre se registran en los anales
de la humanidad. Aquello fué la saturnal insensata del cuchillo, la
libidinosa rabia de un déspota impotente, cobarde, viejo y sádico.
La tiranía es un mal, porque es imposible que bajo ella el genio
de un pueblo pueda desarrollarse y tener libre acción.
MAZZINI.
El Sistema.
UNA MAFIA POLÍTICA. SUS RESULTADOS.
Cuando un individuo ó un grupo de individualidades crea un sistema,
bien sea político, social ó mercantil, se hace responsable de las
consecuencias, buenas ó malas, que se deriven de tal sistema. Porfirio
Díaz tiene el constante prurito de los elogios y adulaciones con motivo
de la redundante prosperidad de México; pero también pesa sobre su
frente cana la responsabilidad de los nefarios efectos de su mafia
política, su legalizada mano negra, hijas legítimas de sus cogitaciones
poderosas y abstrusas de semblanza política.
Cuando un gobernante ordena á sus vasallos que asesinen conforme á
sus disposiciones, ya sean estos gobernadores, jefes políticos, ó
simplemente amigos suyos, es de suponerse que la etiqueta profesional
lo obliga á cerrar los ojos, ó, al menos, á pestañear, ante las
venganzas y delincuencias que éstos cometen por cuenta propia. Los
jefes políticos han sido los instrumentos más útiles del gobierno. “El
jefe político ha sido el instrumento más cruel del despotismo--del
bajo y tenebroso despotismo de la ‘ley fuga’, sin duda alguna el
jefe político ha sido en la sociedad mexicana la más aguda de las
calamidades públicas”.[38]. Y los gobernadores: “la mayoría, casi la
totalidad de nuestros gobernadores es casi cordialmente detestada por
los pueblos de las respectivas entidades federales.--Cada uno de esos
pueblos haría cualquier sacrificio por deshacerse de su respectivo
gobernador.”[39]
Pero no pueden hacerlo, porque cada gobernador es escogido por el
Presidente, en recompensa de su fidelidad ó para ofrecerle una dádiva
que aplaque su ambición. Algunas veces, pero á la verdad muy raras,
estos gobiernan con justicia y legalidad; pero lo más frecuente es que
hagan chanchuyos, asesinen, y quebranten los diez mandamientos y todos
los códigos penales, con la convicción de que Porfirio Díaz ignorará
intencionalmente todos los ultrajes, espoliaciones, injurias é infamias
perpetrados por ellos, mientras no hagan política contra Porfirio Díaz.
El General Mucio Martínez es el tipo perfecto del gobernador sin
escrúpulos, perverso, incompetente, estúpido y todo poderoso. Mucio
Martínez ha sido gobernador del Estado de Puebla durante largos años.
Voy á relatar un ejemplo característico de sus métodos de gobierno.
Allá por el año de 1891 era el tema de todas las conversaciones de
Puebla, el rapto de dos jovencitas, hijas de un relojero alemán,
llamado Weber. La opinión pública señalaba como autor de ese atentado
al General Martínez, quien, en virtud de su elevada posición, estaba
fuera del alcance de la ley.
Olmos y Contreras, joven periodista de Puebla, se encargó de desgarrar
el velo que ocultaba aquel asunto, llamando la atención sobre el hecho
de que los responsables de aquel acto de satiriasis eran un alto
funcionario del Estado y un caballero mexicano muy rico. El periodista
atrajo sobre sí las iras del poderoso gobernador, que esperó la ocasión
propicia para vengarse.
Dos esbirros del General Mucio Martínez, (uno de ellos murió asesinado
más tarde) recibieron la orden de estar en acecho de Olmos y Contreras
y “de darle agua” (término que se usa en México para designar el
asesinato oficial) en la primera oportunidad. Una noche Olmos y varios
amigos suyos departían amigablemente en una mesa de la cantina “La
Mascota”, establecida en la calle de Jarciencia y Portal de Morelos. A
la sazón pasó “un amigo” de Olmos y Contreras y al ver á éste, lo llamó
aparte y lo invitó para un baile que en la casa de un compadre suyo
se efectuaba aquella misma noche, en la calle de Siempreviva. Olmos
y Contreras aceptó la invitación; pero, como había tomado más copas
de lo regular, sus verdaderos amigos le instaron á que se quedara con
ellos.
“El amigo” de Olmos, policía privado del General Martínez, condujo al
periodista, en compañía con el otro esbirro comisionado para hacerlo
desaparecer; hasta una calle apartada, por la plazuela del Carmen,
la que, por rara coincidencia, es la misma en que vivía una mujer
amancebada con Mucio Martínez, y en esa casa pasaba muchas noches el
sátiro gobernante. Allí “los desconocidos” cogieron por la espalda
á Olmos y Contreras, y entre tanto los esbirros de referencia lo
sujetaron de los brazos y le apuñalearon de tal modo que aquel infeliz
no pudo exhalar ni un grito, ni una queja, ni nada que hubiera atraído
un “yo lo vi” que más tarde sirviese para proporcionar brillantes datos
para la historia de Puebla.
A la mañana siguiente la concubina de Mucio Martínez se asomó á su
balcón y pudo ser testigo del horrible espectáculo que ofrecía Olmos y
Contreras, tirado en medio del arroyo, con las ropas ensangrentadas,
los ojos desmesuradamente abiertos, y con las manos arañando la
tierra, signos evidentes de la tremenda lucha que Olmos sostuvo para
desprenderse de sus asesinos.
“El Monitor Republicano” y “El Gil Blas” se ocuparon ampliamente del
asesinato de Olmos y Contreras; pero antes de que el gobierno general
parara mientes en el asunto, Mucio Martínez mandó á México, con “mucho
dinero”, al diputado don Pascual Lima Lara, quien “arregló la cosa”; y
la prensa enmudeció.
Para sincerarse ante la opinión pública, Mucio Martínez hizo aparecer
como responsable del doble rapto á Don Joaquín Pita, su confidente,
quien prometió casarse con una de las raptadas; pero ninguna de ellas
aceptó la componenda. Martínez premió la abnegación de Pita nombrándolo
visitador de Jefaturas del Estado, y después Jefe político de la ciudad
de Puebla, en donde es amo y señor don Mucio Martínez.--Carlos García
Teruel es el otro seductor de las jóvenes Weber.
El silencio y la complicidad de Porfirio Díaz le cuesta á Martínez cada
dos años entre $30,000 y $50,000.
Refiere un periodista de Puebla que, en 1904, se encontró en la calle
á un su amigo, empleado del concesionario del juego, quien le dijo
que iba á entregar al gobernador $45,000, importe de una anualidad
exclusiva de su juego, con rebaja de $5,000 por hacerse el entero de un
solo golpe, pues el gobernador necesitaba enviar $50,000 para asegurar
su reelección. Esa suma estaba destinada á Doña Agustina Castelló,
viuda de Romero Rubio y suegra del Presidente, como precio convenido
de la susodicha reelección; que anteriormente la suma había sido mucho
menor; pero que entonces había subido, porque el competidor era el
capitán Porfirio Díaz Jr., hijo del Presidente.
Postularon á Porfirito (como generalmente le llaman) en la ciudad de
Puebla y en las cabeceras de distritos por medio de cartelones, y se
formaron varios clubs en pro de su candidatura, todo esto para subir el
precio de la contribución á Mucio Martínez.
Mucio Martínez no es solamente un hombre de pocos alcances, sino
también un bribón. Ambas cualidades lo hacen á propósito para un héroe
ideal de ópera bufa.
Algunas de las anécdotas que se cuentan sobre la ignorancia de tales
gobernadores son verdaderamente despampanantes.
Hace algún tiempo que había un gobernador en Guanajuato, que había
oído contar de grandes fortunas realizadas con la cría de gusanos de
seda. Después de largas, pero ineficaces, lecturas de tratados sobre
el asunto, llegó á la conclusión suprema y ortodoxa de que la morera
era cosa esencial para la cría y cultura de los gusanos de seda.
Inmediatamente mandó que arrancaran los árboles que adornaban la
alameda, y que, en lugar de ellos, plantaran moreras. Estas crecieron
y ostentaron su follaje verde esmeralda bajo el cuidado del gobernador,
quien había convertido en la parte más importante de su misión oficial,
la inspección atenta y amorosa de la bonanza de los tales árboles. Pero
un bello día, después de haber examinado escrupulosamente las hojas,
volvióse hacia su ayudante, y exclamó mal humorado:--“¡Me han engañado,
pues he gastado aquí tiempo y dinero en estas plantas de moras, y hasta
ahora no ha aparecido ni un solo gusano!”--¡Y pensar que este hombre
era uno de los rivales de Porfirio Díaz!
El poder de un gobernador raya en lo supremo en su Estado; Porfirio
Díaz es el Czar de México, y sus gobernadores los Grandes Duques.
“Cada uno de nuestros gobernantes sueña, delira con ser en la esfera
del gobierno local, un pequeño General Díaz. De ahí su grotesco empeño
de imitar al modelo. Gobernador hay que se baña diariamente á las
cinco de la madrugada, porque sabe, ó cree saber, que el General Díaz
practica otro tanto, é imagina que la entidad moral del Presidente
radica toda ella en la ablución.”[40]
Otro ejemplar del tipo inconsciente, mejor dicho sin conciencia ni
moralidad, de los gobernadores del Presidente Díaz, fué el gobernador
Cravioto, quien gobernó largo tiempo, demasiado largo para el
desdichado Estado de Hidalgo, y quien, si hubiese durado un período
más, se queda hasta con la última pulgada cuadrada del dicho Estado.
Bajo el menor pretexto confiscaba la propiedad, asesinaba y destruía
todo y á todos los que de alguna manera estorbaban su insaciable
ambición de bienes y de poder indisputable. La lista de sus asesinatos
oficiales es formidable. Sus enemigos favoritos eran los periodistas.
Estos mártires de una causa desesperada, fueron destruídos como moscas
en un día de verano. Entre multitud de casos hay uno tan abyecto y
espantoso que provoca la incredulidad.
Un periodista, llamado Emilio Ordóñez, á pesar de las muchas palizas
recibidas, insistió en demostrar lo ilícito de los actos oficiales del
gobernador. Por último, lo apalearon hasta dejarlo sin conocimiento,
y arrastraron su cuerpo hasta un horno de cocer ladrillos, y allí lo
quemaron vivo.
Puede ser que el General Cravioto hubiese leído que en la India
quemaban á las viudas (_suttee_) y suspiró por una suttee periodística,
á su manera. Parafraseando á Mr. Herford, podemos decir, para estar
más en lo cierto, que “una pequeña suttee es cosa peligrosa”. Pero la
ley de compensación no se ha desmentido: el hijo del General Cravioto,
joven intelectual, estudioso, honrado y moral, ha rechazado todo el
dinero maculado que heredó de su padre, y vive del producto de su
propio trabajo.
El General Cravioto murió ya. ¡Que su alma arda en paz por los siglos
de los siglos! ¡Amén!
De estos ejemplos se desprende cuán perverso es conceder demasiado
poder en manos de hombres ignorantes, avaros y sin conciencia.
_Nota bene_: Muchos de los horrores de que estoy hablando, han
acontecido hace ya algún tiempo; pero la situación, en vez de mejorar,
parece que deteriora y corrompe los pocos buenos elementos que han
quedado.
El actual gobierno creado por Porfirio Díaz, puede compararse con un
canasto de manzanas, en el que las frutas que están arriba han sido
limpiadas y frotadas hasta que aparecen brillantes de color y de
frescura, lo que se hace en beneficio de forasteros y extranjeros; pero
si se levanta esa primera capa, se siente el asco al ver la podredumbre
y sentir la fetidez de las que se encuentran debajo, y que están
destinadas para el regalo de los mexicanos.
Hace dos años que en las haciendas de Hueyapa y Totuapa, pertenecientes
al Ministro de Justicia, Don Justino Fernández, y que son limítrofes
con la hacienda de José Landero, en el Estado de Hidalgo, este joven
descubrió el cadáver de un hombre de la clase media, en estado de
inminente putrefacción. Las heridas que presentaba no eran de aquellas
propias de un accidente, y los objetos de valor no habían sido tocados.
José Landero dió parte al Juez de distrito, el que no dictó medida
alguna para aclarar el misterio, ni se preocupó del caso. Nadie parecía
conocer al occiso ni la causa de su muerte. Insistió José Landero
en la necesidad de que el juez cumpliese con sus deberes oficiales,
hasta que, al fin, el juez, para sincerar su conducta, le enseñó un
telegrama proveniente del Gobierno federal, ordenándole que no hiciese
investigación alguna del “accidente”.
El Ministro de Justicia se mostró sumamente indignado de que se hubiese
usado de su hacienda para tal propósito, porque la verdad es que no
puede darse invención más diabólica que la de servirse de la hacienda
del administrador de justicia para perpetrar un crimen.
Pero el cadáver apesta, y se llegó á descubrir que el responsable del
fecho era nada menos que el jefe político Don Francisco Hernández,
quien se libró, ó libró al gobernador del Estado de Hidalgo, Don P. L.
Rodríguez, de un enemigo. Este gobernador es pariente de Porfirio Díaz.
Otra de las importantes sinecuras es el Gobierno del Distrito Federal,
é inmediatamente después viene la jefatura de la policía de la ciudad
de México.