La primera vía férrea, que fué la de México á Veracruz, se terminó

durante la administración de Lerdo de Tejada. En la época de González

fué cuando se encauzó hacia México la corriente de capitales

americanos. Aquí me limitaré á copiar lo que escribió un autor en

1884:--“Un despertamiento inusitado en la vida del país resultó

como primera consecuencia de la construcción de vías férreas.--A la

irrupción del dinero americano, siguió la irrupción del hierro.”[30]

“Se están construyendo 20,000 casas en México--y la verdad es que

jamás, desde el primer año de vida independiente en México, hasta la

fecha, ni cuando llegaron á Santa Ana los millones Yankees en pago de

la desmembración del territorio, ni cuando le vino á Maximiliano el

dinero de Napoleón III para sostenimiento del ejército francés, se

había visto en México tanta prosperidad ni tan halagadora perspectiva

de riqueza y bienestar.”[31]

Si Porfirio Díaz es tan indispensable hoy para el bienestar de

México, por su probidad y su imparcialidad, ¿por qué no dió pruebas

de su honradez en 1880, cuando, en vez de dejar dinero en las arcas

nacionales, las dejó completamente exhaustas, siendo un hecho

innegable que “Los ingresos nacionales en el año fiscal de 1879-1880

pasaron de $21,000,000?”[32]

Año y medio de honrada administración financiera de parte de Landero

y Cos, bastó para proporcionar al tesoro federal un superávit de más

de un millón de pesos. El General González no tuvo jamás la pretensión

de que su gobierno apareciese ni honorable ni filantrópico, y tan

luego como el honrado Ministro de Hacienda dejó la cartera, comenzó la

razzia, el saqueo de la tesorería, de la manera más desvergonzada.

Por otro lado, Porfirio Díaz siempre ha conservado la apariencia de

un gobierno patriótico y recto, á pesar de lo cual, en su primer

período, se colocó en la misma categoría que el General González y su

cuadrilla. Sólo después de su tercer período, cuando estuvo seguro de

que conservaría la presidencia durante toda su vida, dió cierto aspecto

de orden á la Secretaría de Hacienda, con la evidente esperanza de

repletar su bolsillo y los de aquellos que formaban su cuadrilla, con

toda comodidad.

Los ingresos así como los egresos de la nación aumentaban cada año:

“durante el mismo año (1891) la administración del General Díaz

gastó íntegro el producto de las rentas federales, que ascendieron á

$37,000,000, y $5,000,000 más” según la declaración que hizo Matías

Romero ante el Congreso, en 1892.[33] Matías Romero, quien había

sido Ministro de México cerca del Gobierno de Washington, durante la

Intervención francesa, no puede ser acusado de connivencia con la

administración. Lo que hay es que no era un financiero y no sabía hacer

juegos de manos con los números, como los hace José Ives Limantour.

Los que resultaron más perjudicados á la postre, fueron el pueblo

mexicano y los empleados del gobierno. Estos desdichados no recibieron

sus sueldos en dinero contante, hasta que Limantour se encargó del

Ministerio de Hacienda. En vez de dinero recibían los empleados

certificados de alcances, especie de vales pagaderos á la vista en la

Tesorería.

Con uno ú otro pretexto, esos vales no se hacían efectivos hasta que

eran vendidos á una casa de judíos alemanes, la de los Scherers, que

los compraba al 40 ó 50 %, y los cobraba por su valor íntegro cuando

los presentaba al Ministro de Hacienda.

Pero desde el principio el General Díaz fué muy cauto, muy escrupuloso

en el pago del haber á la tropa, como lo expuso en un brindis que

pronunció en el Colegio Militar de Chapultepec: “los soldados que

militaban conmigo me amaban; y estaban dispuestos á perder su vida por

mi vida.--¿Qué había yo hecho para obtener aquel sacrificio generoso,

abnegado, aquel sacrificio voluptuoso de derramar su sangre por mí?

_Era solamente esto_: todos abrigaban la convicción de que _yo no les

había_ estafado su haber.”[34]

En este brindis confiesa paladinamente el General Díaz que debe la

lealtad de sus tropas, no á la legitimidad de su causa, sino al hecho

de haberlas pagado con regularidad.

En el sexto período, cansado el General Díaz de tener que repetir cada

cuatro años la farsa de la reelección, hizo que se reformara de nuevo

la Constitución, ampliando el período presidencial á seis años, en vez

de cuatro.

Este “Augusto mexicano”, como llamó Francisco Bulnes al General Díaz,

inició otra ley, el 24 de Abril de 1896, por la que se autorizó al

Presidente á delegar su poder en la persona que quisiese, mediante la

aprobación del Congreso.[35]

Cuando concluyó el Gran Anciano de echar remiendos á la Constitución de

1857, quedó ésta convertida en el traje abigarrado de un arlequín.

Ahogó la libertad de la prensa; se apoderó del Congreso; manejó á su

antojo el ejército y la marina (?); los gobernadores y jefes políticos

fueron sus esclavos, y la justicia su servidora. De ese modo construyó

una máquina política que es la más perfecta que existe en el mundo.

Tamany Hall, comparado con esa máquina, es tortas y pan pintado; la

autocracia de la Rusia _pisoteando_ á la Duma, parece bondadosa.

Abdul Hamid ha jugado ya su último triunfo contra la Joven Turquía; los

fatalistas persas han hecho que el hado se vuelva contra el omnipotente

Shah; hasta la joven China ha llevado á cabo el acto inconcebible de

inyectar reformas en el Celeste Dragón.

Todas las naciones pisoteadas de nuestro planeta, han dado un

mentís á la historia, á los principios eminentes, á los privilegios

hereditarios, y, lentamente, pero con alegría, empiezan á respirar el

aire de la libertad.--Sólo México permanece esclavizado por la tiranía

de un hipócrita genial, árbitro y verdugo de su suerte; y se encuentra

atado de pies y manos á la ambiciosa voluntad de ese ex-bandido,

pues está hipnotizado hasta la inmovilidad por el más hábil de los

caballeros de industria de la política.

Después de haber erigido su poder sobre un estuario de sangre, de haber

adquirido una enorme fortuna por medio de su influencia política,

de haber impuesto la adulación á sus conciudadanos, y capturado

furtivamente la admiración de las naciones extranjeras, pretende

Porfirio Díaz, como término del clímax, decretarse el homenaje de la

historia.

Si llegase á soltar el poder, ó si muriese como cualquier mortal

común y corriente, la historia se lanzaría sobre él, animada por la

venganza, para vomitar la verdad, como de una “_cloaca maxima_”, á fin

de enterrar en la fosa común la ridícula fama de patriota, de estadista

y de general del Presidente Díaz.

Ahora bien, cuando de un poder depende escoger únicamente _diez

hombres inocentes_ cada año para matarlos, entre un millón de

hombres; todo el millón vive aterrado aun cuando se demuestre al

fin del año que cien mil individuos contra uno han gozado de sus

derechos.

F. BULNES.

La Morgue de Porfirio Díaz.

SUS ASESINATOS. SUS VÍCTIMAS.

Hace cerca de treinta años que perpetró Porfirio Díaz la infame

carnicería de Veracruz, en la madrugada del 25 de Junio de 1879.--Ni

los veracruzanos, ni los mexicanos en lo general, han podido olvidar

esa fecha luctuosa, y ni con sus pretensiones de paternalismo, sus

mentiras é hipocresías, ha logrado Porfirio Díaz, cual otro Macbeth,

borrar de su mano la sangre y la responsabilidad de ese crimen

proditorio, que lo coloca en la historia al lado de Caracalla.

El tan ponderado “gobierno de la paz” de ese paternal verdugo, ha

atraído sobre su cabeza el odio y el desdén de los veracruzanos, que lo

desprecian con todas las energías de su alma.

Hace dos años publicaron los periódicos noticias de la ejecución de

varios presos políticos, perpetrada por Estrada Cabrera, el Presidente

de Guatemala. Los periódicos mexicanos se expresaron muy duramente

contra Estrada Cabrera, y parecía que gozaban al publicar largos

artículos sobre el asunto. Entonces oí de boca de varios mexicanos

esta aseveración:--“Los periódicos están acusando hoy á Estrada

Cabrera exactamente de los mismos crímenes que ha cometido Porfirio

Díaz en mayor escala, no una sola vez, sino continuamente y hasta el

momento actual. Esa indignación contra Estrada Cabrera es una denuncia

indirecta de la política del General Díaz; pues, como no tenemos

libertad de prensa, nos vemos obligados á expresar nuestras opiniones

por medio de rodeos.”

Voy á reproducir parte de una carta escrita por una distinguida dama

mexicana, en la que se reflejan los sentimientos de sus compatriotas

más inteligentes. Hablando de las ejecuciones de Guatemala, dice:

“Ahora, por estar los ánimos tan indignados contra el Presidente de

Guatemala y que se compadece tan hondamente á los cuatro valientes que

murieron asesinados de una manera tan vil, viene á mi mente, por la

analogía que encuentro en ello, el famoso _25 de Junio_, de Veracruz, y

me pregunto si en México, en aquel entonces, el ejecutor de esa infamia

no inspiró la repulsión que ahora inspira Estrada Cabrera; y también me

digo, que para este último podría caber la disculpa de la influencia

poderosa del ejemplo, que al tratar de tomar de modelo á nuestro cínico

autócrata, se deslumbró por el éxito asombroso de los crímenes de éste

y pensaría que, al cabo de algunos años, como ha pasado aquí, _tendría

todos los honores, todo el incienso de una divinidad terrestre_, y que

imponiéndose por el terror, llegaría, como su vecino, _á la apoteosis

en vida_. Yo insisto que en los males que afligen á Guatemala, tiene su

parte de culpa el déspota nuestro.”

En el primer período de Porfirio Díaz, (1876-1880) reinaban en México

la intranquilidad y el desafecto. Díaz no había cumplido sus tan

pregonadas promesas del plan de Tuxtepec, y, en el fondo, las cosas

estaban poniéndose peor de lo que se encontraban antaño. El caso

equivalía á saltar de la sartén para caer en el fuego.

El resultado fué una conspiración para derrocar á Díaz y traer la

“Restauración” del poder lerdista. Los principales caudillos de esa

conspiración fueron el General Escobedo, el General Bonifacio Topete,

los Coroneles Lorenzo Fernández, Carlos Fuero, José B. Cueto, y algunos

otros jefes.[36]

Esos caudillos conspiraron con poca habilidad y mal éxito.

En los comienzos el gobierno usó de cierta lenidad para con los

conspiradores; pero llegó un momento en que creyó necesario castigar y

aterrorizar á sus enemigos.

La policía, en virtud de la denuncia que hizo uno de los conspiradores,

cateó la casa de Don Felipe Robleda, y encontró, bajo una

alfombra, los documentos relativos á la conspiración y la lista de

los comprometidos en ella. El General Díaz envió la lista de los

conspiradores al Gobernador de Veracruz, Luis Mier y Terán, ordenándole

que aprehendiese á los comprendidos en ella. Terán aprehendió á los que

estaban á mano, y telegrafió al Presidente anunciándoselo. Porfirio

Díaz le contestó de un modo lacónico: “FUSÍLALOS EN CALIENTE”.

En ese telegrama no se ordenaba un juicio previo, ni siquiera una

investigación para establecer la culpabilidad; sino que se daba

sencillamente la orden de matar en el acto.

Nueve individuos fueron fusilados, á saber: Jaime Rodríguez, el Dr.

Ramón Albert Hernández, Antonio P. Ituarte, Francisco Cueto, Luis Alva,

Lorenzo Portilla, Vicente Capmany, J. A. Rubalcaba, y Juan Caro.

En el “Juan Panadero”, periódico de Guadalajara, de fecha 13 de Julio

de 1879, encuentro un artículo que, á semejanza de nuestros periódicos

amarillos, trae los siguientes títulos:

LA BACANAL DE SANGRE.--ASESINATOS COMETIDOS POR TERÁN.--NUEVE

ASESINADOS.--OCHO VIUDAS.--TREINTA Y SIETE HUÉRFANOS.--DETALLES

HORROROSOS.

En una nota dicen los editores:

“En ella (correspondencia de Veracruz) verán hasta dónde puede llegar

el salvajismo de los actuales usurpadores del poder y el odio profundo,

el desprecio sin igual con que ven la vida del hombre y las garantías

individuales en tratándose de los constitucionalistas. De hoy en

adelante _Tuxtepecano_ y _asesino_ serán una misma cosa si Don Porfirio

cobija bajo su manto á los verdugos de Veracruz y deja impunes sus

atentados.”

Voy á limitarme á extractar del mismo periódico algunos párrafos, para

dar idea de cómo fué ejecutada la orden del Presidente Díaz:

Llegados al cuartel, Terán--identificó la persona de Capmany,--y le

dijo:

--¿Es Vd. Don Vicente Capmany?

--Sí, contestó el marino con entereza.

--Pues voy á fusilarlo á Vd. de orden del Presidente.

--Se va á cometer un asesinato, contestó Capmany, porque no hay razón

para ello, pues no me acusa mi conciencia de ningún delito.

--¡Cállese Vd.! ¡A ver, fusilen á ese hombre! profirió Terán.

--Señor, ¿podré escribir algunas cartas antes de morir? Pido sólo diez

minutos.

--¡Fusílenlo en el acto!, rujió Terán, sediento de sangre.

Salió Terán del cuartel del 23 y fué al del 25. Llamó á Rubalcaba y

á Caro, oficiales que estaban de guardia, y á Loredo y á Rosello,

oficiales del mismo cuerpo, y los llevó al cuartel del 23. Una vez

allí, dió orden de fusilar á los cuatro, sin más trámite ni forma de

proceso...

El último, mal amarrado, se desató y echó á correr, y la escolta hizo

fuego sobre él, matando á un soldado que estaba de imaginaria, é

hiriendo á dos más.

La hiena llamó á don Antonio Ituarte, joven de 28 á 30 años.

--¿Es Vd. Don Antonio Ituarte?

--Bien me conoce Vd., respondió impasible la víctima.

--Ya le he dicho á Vd. dos veces que se ausentara de la población, y

que á la tercera vez que lo llamara lo fusilaría.

--Es cierto.

--Pues voy á fusilarlo en el acto.

--Está bien.

Marchó Ituarte al suplicio; pero antes se volvió á Terán y le

dijo:

--¡Asesino!

Llegó su vez á Cueto.

--¿Es Vd. Don Francisco Cueto?

--Lo sabe Vd. tan bien como yo.

--¡Fusílenlo! prorrumpió Terán.

--Creo, dijo Cueto, que si soy culpable de algún delito, se me debe

juzgar antes. ¿De qué se me acusa?

--Está Vd. conspirando.

--En ese caso que se me consigne á un juez, que debe ser el Juez de

Distrito.

--_Aquí no hay más juez que yo, ni más ley que lo que mando._ Fusílenlo.

Llegó su vez á Don Luis Alva.

--¿Me va Vd. á fusilar también, cristiano?--preguntó á Terán, con quien

llevaba amistad íntima.

--Y en el acto lo voy á hacer.

--Pero ¿está Vd. loco? ¿No cree Vd. que ha corrido demasiada sangre?

¿Qué culpa tengo yo? ¿Cuál es mi delito?

--¡Silencio!--vociferó Terán.--Vd. conspira y es preciso que muera.

--Supongo que tendrá Vd. las pruebas de lo que dice.

--No necesito más pruebas que mi conciencia.

--Entonces no tiene Vd. prueba alguna, cristiano, porque no tiene

conciencia.

Al oir esto, Terán le dió un empellón:

--¡Fusilen á este hombre!--exclamó...

Dijo Terán:

--Es Vd. un lerdista y á éstos nada se les otorga.

--Acuérdese Vd. señor, que los lerdistas le han perdonado la vida

cuando lo han aprehendido con las armas en la mano.

--Póngase una mordaza á ese hombre y fusílenlo.

En ese momento llegó al cuartel el Juez de Distrito, Lic. Rafael de

Zayas Enríquez, á quien fueron algunos vecinos á despertar, y á rogarle

que fuera á ver cómo impedía semejantes asesinatos. El señor Zayas

Enríquez corrió al cuartel, medio desnudo, y tuvo un fuerte altercado

con Terán, quien le dijo:

--¡Usted tiene la culpa de todo esto!

--¡Yo!--exclamó Zayas estupefacto.

--Sí, Vd., porque en otra vez que le consigné á Capmany y á Portilla no

los condenó á presidio.

--Porque yo soy un hombre honrado, señor Terán, que no condeno sin

tener pruebas legales; no soy asesino ni esbirro, sino Juez de

Distrito; porque yo estoy para cumplir y hacer cumplir las leyes, no

para barrenarlas.

--Pues lo hecho se queda hecho.

--Espero que aquí concluya esta bacanal de sangre.

Según sabemos, el señor Zayas impidió que siguiera la matanza, pues

parece que Suárez y Galinié debían seguir á los anteriores.

Amaneció el día 25. Un rumor sordo circulaba en la población. Varias

señoras, acompañadas de parvadas de niñitos, andaban por las calles,

deteniendo á los transeúntes y preguntándoles por sus deudos.

--¿Qué sabe Vd. de Lorenzo?--preguntaba la esposa de Portilla, medio

loca, á todo el que hallaba á su paso, sin que nadie se atreviese á

darle la triste nueva.

La esposa de Cueto perdió el juicio, y se teme por su vida; la madre de

la víctima se hallaba en Orizaba, en agonía.

La población está de duelo; Terán no se atrevía á salir del cuartel. La

población entera se hallaba en las calles adyacentes del cuartel, y fué

preciso traer un destacamento de la policía, armado con rifles, para

contener á la muchedumbre.

Se nos dice que el Lic. Zayas Enríquez, en nombre de la Masonería,

pidió el cadáver de Cueto y el de Capmany, ambos hermanos; pero

la fiera sanguinaria, no contento con haberles arrancado la vida,

se quería cebar en los muertos, y negó los cadáveres, que fueron

enterrados en la fosa común, en un lugar ignorado, conducidos en un

carretón, acompañados de la policía.

En la actualidad reside en la ciudad de New York un caballero mexicano,

Don Rafael de Zayas Enríquez, que se expatrió voluntariamente de

México, á causa de las condiciones políticas del país y de las

persecuciones de parte de José Ives Limantour, á quien había combatido

en discursos públicos y en la prensa. Este caballero, que es abogado,

historiógrafo y escritor de gran talento, vino á New York para poder

escribir con libertad sobre las condiciones actuales de México.

Después de un año de labor, concluyó un libro intitulado: “Porfirio

Díaz”, que es una revista psicológica y filosófica de la vida del

Presidente. Es una crítica hábil y sutil, pero no sincera, pues no

dice la verdad. Sólo aquí y allá hace una finta hacia ella, como con

un florete, pero solamente juega con el arma, como si tuviese temor.

Quizás tiene la aprehensión del peligro, y teme que el largo brazo de

Porfirio Díaz le alcance traidoramente, aun en esta tierra de libertad.

Es muy probable que sepa lo que pasó hace unos dos años. Entonces

apareció en el “World” de New York, un artículo criticando á Porfirio

Díaz y á José Ives Limantour, subscribiéndolo “Un Mexicano”. Pocos días

después, dos caballeros mexicanos indagaron el nombre del autor de ese

artículo anónimo, ofreciendo dinero por el informe, lo que fué rehusado

por la administración del “World”, por ser contrario á las prácticas

periodísticas americanas. Los referidos caballeros se despidieron

disgustados, pero no sin proferir amenazas contra el incógnito autor.

El mismo Señor de Zayas Enríquez era Juez de Distrito de Veracruz

cuando la famosa noche del 24 al 25 de Junio. Conoce como nadie todos

los detalles del asunto. ¿Por qué no publicó la verdad, en vez de

procurar paliar la responsabilidad del Presidente Díaz, cuando sabe

que el único responsable fué el mismo Díaz, y no Terán, quien sólo

representa el papel de un vil instrumento?

Cuando estos acontecimientos, el gobierno de Díaz se alarmó

profundamente ante el horror y la indignación que había provocado ese

acto salvaje, y tuvo la impudencia de asegurar oficialmente que los

presos habían atacado á los soldados dentro del cuartel, y que éstos,

en cumplimiento de sus deberes militares, hicieron fuego sobre sus

agresores, matándolos.

En ese período Porfirio Díaz miraba con cierto respeto la opinión

pública, y por eso encubrió el crimen con el manto de la calumnia, á

fin de salvar á Terán de todo castigo, y para librar su propia frente

del estigma de ASESINO.

Para probar lo absurdo de la calumnia, fueron exhumados por el mismo

Señor de Zayas Enríquez, los cadáveres de los asesinados, y se

evidenció que cada uno de ellos tenía, además de varias heridas en el

cuerpo, un agujero en el cráneo, el tiro de gracia, que sólo se da

á los ajusticiados. Unicamente en uno faltaba esa herida, y eso fué

porque, á causa de otra herida en el corazón, sucumbió instantáneamente

la víctima.

Todos los detalles de la exhumación fueron publicados en un libro

impreso por los abogados defensores de Mier y Terán, en 1879. El

gobierno recogió todos los ejemplares, y probablemente sólo queda uno,

el que por fortuna tuve en mis manos.

LOS ASESINATOS DEL GENERAL RAMÓN CORONA, DEL GENERAL GARCÍA DE LA

CADENA Y DEL GENERAL ÁNGEL MARTÍNEZ.

Sabía Porfirio Díaz que mientras existiese en México uno ó más

generales que ambicionasen la presidencia de la República, su dorado

ensueño de un poder continuo, con él como arcángel, no podía ser

practicable, sino más bien un asunto de los más azarosos.

Como su popularidad había recibido un rudo golpe, con motivo de los

asesinatos de Veracruz, y carecía aún del poder suficiente para

imponer todas las elecciones en todos los Estados, por medio de las

bayonetas de sus soldados, recurrió al método de los cobardes; el de

asesinar á sus rivales por medio de “accidentes”, ó valiéndose de algún

loco ó fanático que alimentase odios contra la víctima designada, ó

simplemente utilizando á un asesino asalariado.

El General Corona era una de las personalidades más populares y

atrayentes entre los generales de la guerra de Intervención. Era

bravo, inteligente, franco y leal. Durante el primer período del

Presidente Díaz fué enviado á España como Ministro de México, y allí,

como en todas partes, donde se presentó, llegó á ser el favorito de

los españoles. Sin embargo, como ambicionaba la presidencia, encontró

un buen pretexto para solicitar su regreso á México en la actitud que

respecto á él asumió la Reina de España. El General Corona fué uno

de los jefes que contribuyó á la toma de Querétaro, y con tal motivo

aparecía indirectamente responsable del fusilamiento del Emperador

Maximiliano. La Reina de España era austriaca y pertenecía á la familia

de los Habsburgos, y, en una recepción oficial, corrió un desaire al

General Corona.

Cuando éste regresó á México, fué nombrado Gobernador del Estado de

Jalisco, el más importante de la República por lo que respecta á

riqueza y á población.

Resultó Corona un excelente gobernante, y fué el primero que abolió

en su Estado el sistema de las “alcabalas” ó de aduanas interiores,

que á la sazón existía en el país, de Estado á Estado, y aun de

ciudad á ciudad, complicando la administración fiscal y fomentando el

contrabando.

Su prestigio, como gobernador y como candidato á la presidencia, crecía

de modo tan alarmante que Porfirio Díaz temió por su propia supremacía,

y, á fin de conjurar peligro inminente y de aplacar la ambición de

Corona, le prometió la presidencia para el próximo período, previendo

algún “accidente” que eliminase al rival.

Una noche, cuando el General Corona entraba en el Teatro, acompañado

de su esposa y de sus hijos, fué asaltado y muerto á puñaladas por un

indio de la clase baja. Huyó rápidamente el asesino, dando vuelta á la

primera esquina de la calle, y allí, por una extraña “coincidencia”,

le partió el corazón á puñaladas un agente de la policía montada, y

recibió también lesiones de parte de un agente de la policía de á pie.

Intensifica la peculiaridad de esta “coincidencia” el hecho de que

el policía que apuñaleó al asesino, estaba acompañado por un piquete

de policías que no pudo haber presenciado el asesinato del General

Corona y que, sin embargo obró exactamente como si lo hubiese visto. No

trataron de cogerlo vivo, sino de matarlo prontamente, por aquello de

que hombre muerto no habla. De propósito se hizo circular el rumor de

que el asesino se había suicidado.

Como tan juiciosamente dijo Ignacio Mariscal, refiriéndose al asesinato

del General Barillas, ex-presidente de Guatemala, á quien mataron dos

muchachos guatemaltecos, en la ciudad de México, el 17 de Abril de

1907, por orden del General Lima, Ministro de la Guerra de Guatemala,

“en esta clase de crímenes, por lo difícil que es su comprobación,

basta con el fallo de la opinión pública que declara al presidente

Cabrera asesino del General Barillas.”

Pues bien, la opinión pública en México señala al General Díaz como

el asesino del General Corona, del General García de la Cadena, y del

General Martínez.

México tal cual es · 第 2 / 10 段