El “Plan de la Noria”, fué llamado así, porque fué escrito e

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Aparentemente el texto fue compuesto con rapidez. Los frecuentes

errores de imprenta han sido corregidos sin avisar, tras cotejar

en muchos casos el original en inglés de esta traducción.

* La ortografía del original ha sido normalizada, añadiendo tildes,

rectificando concordancias, unificando nombres propios, emparejando

puntos de exclamación e interrogación, etc.

* Se ha ampliado el Índice para que recoja todas las cabeceras y

subcabeceras presentes en el texto.

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final

del libro.

MÉXICO

TAL CUAL ES

[Ilustración: Porfirio Díaz]

MÉXICO

TAL CUAL ES

[Ilustración]

Comentarios por

CARLO DE FORNARO

COPYRIGHT 1909,

THE INTERNATIONAL PUBLISHING CO.

ALL RIGHTS RESERVED

PUBLISHED FEBRUARY, 1909

Copyright 1909 por

Carlo de Fornaro

Es propiedad exclusiva del autor, quien se reserva cuantos derechos le

corresponden con arreglo á la ley de Propiedad literaria de los Estados

Unidos y á los convenios sobre la materia celebrados por este país con

otras naciones.

Cuando abro un libro de sociología aplicada relativo á una nación, y no

encuentro en él fuertes censuras, porque no ha habido ni hay naciones

que no las merezcan en cualquier órgano ó función, apunto el nombre

del autor del libro _ditirámbico y fraudulento_, para no volver á ser

sorprendido, y echo al fuego el impreso para evitar daño al alma de un

hombre honrado.

WILLIAM TODD, citado por Francisco Bulnes.

Advertencia.

A todos los que la presente vieren hago saber que yo, Carlo de Fornaro,

autor de este panfleto, no abrigo intenciones de subvertir el Gobierno

mexicano, ni pertenezco á ninguna Junta revolucionaria, ni tengo el

plan de derrocar á Porfirio Díaz para instalarme en su puesto; que no

soy ni “gringo” ni mexicano, y, por lo tanto, carezco de motivo para

inventar proyectos socio-políticos, financieros y regeneradores.--Que

no abrigo rencores ni mala voluntad en contra del Gobierno mexicano ni

de individuo alguno de México, pues durante mi permanencia en ese país

fuí tratado siempre con la mayor cortesía y hasta con distinciones.

Que _exhorto_ é _instigo_ á Porfirio Díaz para que permita la libre

circulación de este libro en México, tomando en cuenta que si las

acusaciones en él contenidas carecen de fundamento, fácilmente serán

desechadas con risa. Sin embargo, Porfirio Díaz no se reirá, sino que

silenciosamente suprimirá la verdad, porque un gobierno tan corrompido

como el suyo, envuelve sus actos en el más obscuro secreto. Que tengo

perfecto conocimiento de los peligros á que me expongo en mi empresa,

para ahora y para lo futuro; pero que apechugo resueltamente con todas

las responsabilidades, con la esperanza de que, en un día cercano,

algún filántropo de altos vuelos se decida á crear una sociedad para

“la preservación de los mexicanos contra la crueldad”.

Y, por último, que este panfleto contiene la verdad y solamente la

verdad, y así Dios me ayude.

Amén!

A Theodore Roosevelt.

En carta dirigida á J. Creelman, el 7 de Marzo de 1908, al darle

las gracias por el artículo que sobre el Presidente Díaz publicó

en el “Pearson’s Magazine”, afirma Vd. que entre los estadistas

contemporáneos ninguno es tan grande como el Presidente Díaz, porque

ha hecho en favor de su país todo lo que un hombre puede humanamente

hacer, y que Mr. Creelman ha presentado al pueblo americano el

retrato mejor y más viviente de cuantos hasta hoy se conocen del gran

Presidente.

Pues bien, yo condeno esas tres aseveraciones por erróneas y por

injustas, por estar basadas en informes incompletos, parciales y

superficiales. Tanto la entrevista de Mr. Creelman con el Presidente

Díaz, como la carta de Vd. dándole las gracias, han causado, por su

amplia circulación, incalculables perjuicios, pues que una opinión,

por más que sea honrada y sincera, es perniciosa cuando se funda en

noticias falsas.

Mr. Creelman permaneció en México solamente unas cuantas semanas,

lo que acredita superficialidad; tomó directamente su artículo de

los labios del Presidente Díaz, y eso constituye parcialidad; y sus

conocimientos de las condiciones tanto políticas como históricas de

México, son incompletos y con carácter de diletantismo, como bien

lo prueba su referido artículo, con lo que se demuestra que son

incompletos.

Por mi buena fortuna hace cerca de tres años me trasladé á la ciudad

de México, para ser uno de los fundadores, uno de los directores

y el editor de la edición dominical de “El Diario”, que es hoy el

primer periódico de ese país en lo que respecta al prestigio, y el

segundo en lo que respecta á circulación. Durante esos años he tenido

oportunidad de observar el desarrollo de los acontecimientos, desde

las oficinas del periódico, como un médico que toma el pulso á un

enfermo, y de vigilar la actitud del gobierno mexicano, representado

por el Presidente Díaz, como un espectador curioso atisba detrás de los

bastidores la labor de una compañía teatral.

Me consagré en esos años á leer cuidadosamente y con asiduidad la

historia de México anterior al período del presidente Díaz, y después

examiné con escrupulosidad la del largo período de su administración,

escudriñando panfletos y colecciones de periódicos ya olvidados, y

en conferencias privadas é íntimas con enemigos y detractores, y con

amigos y admiradores del Presidente Díaz, y, también, con los que miran

con indiferencia su labor política.

Después de haber reunido todos esos elementos, he reflexionado con

madurez y he llegado á la conclusión de que el Presidente Díaz no ha

hecho todo lo que era _humanamente_ posible, sino todo lo que era

_inhumanamente_ posible que perpetrase un hombre; que el retrato

que del Presidente Díaz presenta Mr. Creelman, no es la mejor

representación de ese funcionario, sino que lo presenta tal como el

Presidente Díaz gusta que lo exhiban, es decir, como el salvador y

creador del México moderno; que en realidad no es más que un tirano

y un déspota en el sentido más lato de las palabras; el creador de

un sistema político mucho más cruel, diabólico y profundo que el que

Machiavelli concibió en su “Principe”, más sutil é hipócrita que el

de la orden de los Jesuítas formada por Loyola, más sanguinario é

implacable que el del reinado de terror y asesinato de Abdul Hamid, más

perverso y dañoso para México que la dominación de Calígula sobre Roma.

Jamás ha hecho el Presidente Díaz algo en favor del pueblo mexicano,

á no ser que ese algo sirviese al mismo tiempo para ayudarlo á su

elevación al poder, á enriquecerlo y á darle prestigio internacional.

Por lo contrario, ha sofocado todos los ideales puros y patrióticos

de su pueblo, conservando, en vez de la substancia, una forma, una

apariencia, mejor dicho, lo que para toda persona inteligente, no es

más que una burla y un insulto.

Por eso afirmo que no puede ni debe ser llamado un gran estadista;

puesto que es esencialmente personalista, su obra morirá con él; que

considerarlo como un gran presidente equivale á invertir todos nuestros

patrones políticos, porque ni Washington puede ser tenido como un gran

presidente, ni Lincoln como el más grande, el más puro, el más alto

ideal del estadista, si aquel otro hombre es considerado como grande.

Porque el Presidente Díaz ha sacrificado todas las libertades del

pueblo mexicano en aras de su ambición personal, manteniendo sólo

las de sus agentes serviles, sus cortesanos, sus favoritos y sus

conspiradores asalariados. Ha arrasado los tres grandes baluartes de

toda nación civilizada: la libertad personal, la libertad de la prensa

y la justicia.

Durante toda una generación el Presidente Díaz ha representado la farsa

de un gobierno democrático, liberal, paternal y patriótico en beneficio

de las cándidas naciones civilizadas; sus pregoneros en la prensa

fueron los extranjeros que, á cambio de concesiones y privilegios,

le prodigaron adulaciones y mentiras, ó guardaron silencios muy

significativos; sus turiferarios, domésticos y extraños, se dividían el

botín, como los Pashás, y el resto de los mexicanos recibía las migajas

que caían de la mesa del festín, llena de manjares y de bebidas, y, si

gruñían, á puntapiés se les sometía de nuevo al yugo.

En realidad ha defraudado á todo el mundo por algún tiempo; pero no

podrá engañar á todo el mundo en todo y por todos los tiempos.

Si la paciencia de Vd. es tan grande como su buena voluntad, sírvase

leer estas notas, que son el resultado de una inquisición honrada y

concienzuda. Quien estas líneas escribe ha roto con sus intereses

pecuniarios, á fin de hallarse en absoluta libertad para decir la

verdad; y lo único que reclama para esta pequeña obra, es que se la

considere como la primera hoja del libro de la futura Historia del

México moderno, que necesario es que se escriba, desde los comienzos,

por hombres verdaderamente libres.

CARLO DE FORNARO,

National Arts Club, New York.

Porfirio Díaz I, Czar de México.

Un gran hombre debe hacer grandes sacrificios y matar sus cien

bueyes, sin saber si serán consumidos por los dioses ó los

héroes, ó devorados por las moscas.

EMERSON.

Héroe de mil y una batallas, Príncipe de la Paz, el Superhombre de

Oaxaca, el Cincinato de la Noria, Salvador y constructor del México

moderno, Gran Lama de Chapultepec, General Porfirio Díaz, Presidente

inconstitucional de México, hoy Emperador por Derecho divino, se acerca

el día de ajustar cuentas.

En ese día la historia juzgará de su obra declarándola buena ó mala, no

con la ayuda de los agentes asalariados de la prensa, los intrigantes,

los parásitos y los lacayos de ese hombre; no sólo tomando en

consideración las millas de ferrocarriles y telégrafos, los puertos de

mar, los edificios públicos y los caminos asfaltados construídos en sus

dominios; no por las batallas ganadas ó perdidas, ó de las múltiples

decoraciones aglomeradas en su orgulloso pecho; ni por el ejército y la

armada que ha creado, ni por las miriadas de concesiones que ha vendido

á los extranjeros; ni por la ficticia prosperidad de México y la paz de

los sepulcros, la paz de Varsovia.

Será juzgado tomándose en cuenta todas las libertades que ha

desgarrado, una tras otra, de un modo deliberado, los ideales políticos

que ha pisoteado, so pretexto de una paz que sólo ha sido provechosa

para la mafia política que él ha creado.

Será juzgado tomándose en cuenta la Justicia que ha acogotado,

encomendando su administración á títeres é ilotas que le pertenecen en

propiedad; los millares de individuos que ha arrojado á las mazmorras,

para que allí se pudran; por los millares de individuos asesinados á

sangre fría, sin previo proceso ni siquiera acusación formal, como se

mandan las reses al matadero, para que sirviesen de pasto á su ambición

de buitre, para satisfacer sus propósitos de aterrorizar, en su

desesperanza de cariño y de estimación; su miedo constante, su perpetuo

temor á la revuelta, la que vendría á probar que no es amado, y, á la

vez, que su imperio es efímero.

Será juzgado por la carnicería de Veracruz, por el asesinato del

General Corona, del General García de la Cadena y del General Ángel

Martínez; por el asesinato de todos sus grandes rivales, por el día

rojo de Orizaba, por la multitud de periodistas sacrificados en aras

de su Gran Miedo, por su terror hacia la Libertad, la Justicia y la

Rectitud de Conducta.

Fué un gran sacrificio, y el holocausto levantó sus llamas hasta las

nubes, y el humo y las cenizas de un rojo gris tomaron la forma de

Porfirio Díaz, el héroe de mil y una batallas.

Pero la Historia juzgará y arrojará á los cuatros vientos la gran

Sombra.

Sinopsis de la Vida de Porfirio Díaz.

La vida de Porfirio Díaz puede dividirse en cuatro períodos bien

determinados. El primer período comprende desde su nacimiento hasta que

cumplió los 24 años; el segundo comienza cuando se huyó para unirse

á los que hacían la oposición á Santa Ana, y concluye en 1867, con

la muerte del Emperador Maximiliano; el tercero comprende desde 1867

hasta 1876, período de tempestades y violencias, que concluyó con el

escalamiento de la presidencia de la República; el cuarto desde 1876

hasta el momento actual, y que es el período de su poder continuo, con

excepción del interregno del General González. (1880-1884.)

PRIMER PERÍODO.

Este es el período de incubación, el brote de la flor silvestre, la

evolución del discípulo teológico hacia el estudiante de jurisprudencia.

Este hombre predestinado nació en la más humilde cuna, en Oaxaca, el

año de 1830, vástago de un padre de origen español, y de una madre

india, y ascendió hasta la cumbre más alta del poder jamás alcanzada

en su país, por el sendero de la guerra, la revolución y la anarquía.

Pero sus primeros pasos fueron pacíficos, casi vulgares: fué buen hijo,

discípulo industrioso y buen muchacho.

En el año de 1846 la ciudad de Oaxaca tuvo aprehensiones de guerra. Se

creyó que las fuerzas norteamericanas que avanzaban sobre la capital de

la República atacarían á Oaxaca. Con tal motivo se afiliaron en las

milicias todos los estudiantes, formando un batallón que las crónicas

locales designan seriamente con el cómico nombre de “Peor es nada”.[1]

El joven Porfirio se alistó en él también, pero, por desgracia, el

cómico batallón no salió jamás á campaña.

Nada hay en esos primeros años que augurasen los atropellados eventos

de su futura existencia, en la que las más irrealizables ambiciones de

sus ensueños se verían realizadas; existencia salpicada de aventuras

románticas, dignas de una novela de las que se reparten por entregas.

Ningún decidor de fortuna, ningún profeta le predijo cosa alguna, y,

como él mismo lo confiesa, su más alta ambición, cuando era muchacho,

fué llegar á ser coronel de un batallón.

Quienes han estudiado su vida desde el punto de vista psicológico, han

intentado explicar el buen éxito por Díaz alcanzado, atribuyéndolo

á las cualidades heredadas de las dos razas que en él concurren: la

española y la mixteca.

El atavismo no explica el fenómeno, puesto que hay muchos miles de

muchachos con madres mixtecas y padres españoles que nunca llegan á ser

algo, ni siquiera buenos porteros.

La explicación se encuentra en él mismo; consiste en el perfecto

equilibrio entre el cerebro y la voluntad; es la explicación lógica

del buen éxito que obtienen los conquistadores, estadistas y

conductores de hombres. Con algo más de inteligencia, habría llegado

á ser un buen abogado; con un poco más de imaginación, habría podido

ser un periodista militante ó un promovedor de negocios; con un

exceso de voluntad podría haber sobrepasado la línea del cabecilla

revolucionario, para convertirse en un capitán de bandoleros.

En todo hombre debe estar el Don Quijote balanceado por el Sancho

Panza, para poder tener buen éxito práctico.

Un ser vulgar, atento y prudente en todo momento de su vida,

con frecuencia goza del placer de triunfar sobre los hombres de

imaginación, como dice Stendhal.

EL SEGUNDO PERÍODO.

Esta es la época quijotesca de su vida. Batalló por varios ideales.

Se rebeló contra el despotismo de Santa Ana; contra el poder de la

Iglesia, las arbitrariedades de los gobernadores poderosos, los

autocráticos jefes políticos; por “México para los Mexicanos”, por la

justicia y la libertad individual, hasta que sus desesperadas luchas

y sus temeridades llegaron á conocimiento de su antiguo maestro de

jurisprudencia, Benito Juárez.

Un bello día, el 2 de Diciembre de 1854, Porfirio Díaz se fugó para

reunirse con un bandido llamado Esteban Aragón, á causa de haberse

negado á votar en favor del archi-comediante y déspota Santa Ana, lo

que hizo que la policía le siguiera la pista.

En ese día de predestinación, encontró Díaz su verdadera vocación.

Desde entonces y por cerca de 22 años luchó casi sin tregua, durante

13 años en pro de un ideal político; en los 9 años siguientes, para

conseguir la presidencia.

Así fué adquiriendo lecciones prácticas en el arte de la guerra, en la

creación y organización de tropas y de revoluciones.

En medio de esas refriegas estalló la revolución de Reforma, y el

partido liberal, al que se había unido Díaz, salió victorioso sobre la

Iglesia, sacando de la obscuridad al Presidente indio, Benito Juárez,

para constituirlo en la más alta personalidad de la historia mexicana.

En seguida vino la Intervención francesa. Porfirio Díaz y los demás

generales del partido liberal combatieron contra las disciplinadas

tropas francesas, siguiendo el sistema de guerrillas, ó en batallas

campales, casi desnudos, hambrientos y mal armados, sin recibir ayuda

de los Estados Unidos, hasta que, al fin, arrojaron á los franceses al

mar y arrastraron á Maximiliano al cadalso. Con la muerte del Emperador

quedó enterrada la causa de la Iglesia.

EL TERCER PERÍODO.

El joven general que había combatido por tantos ideales políticos, se

sintió chasqueado al ver la pobre recompensa que obtenía.

La espina de la envidia empezó á punzarle, y el patriota lo sacrificó

todo en su desaforada estampida para alcanzar el poder supremo. Aquella

fué una lucha tantalizadora contra el impasible é inquebrantable Juárez.

En cierta ocasión lo agarraron y lo hicieron comparecer ante Juárez,

quien le dijo: “Merece Vd. cinco balazos por rebelde; pero el país toma

en consideración los servicios que le prestó Vd. durante la guerra de

Intervención. Es Vd. muy ambicioso y de seguro será presidente algún

día; pero no mientras viva yo.”

La primera prueba de la ambición de P. Díaz por la presidencia se puso

de manifesto en 1867: “sitiaba á Querétaro el General Escobedo cuando

se le presentó una comisión que iba á proponerle la formación de un

partido militar cuya jefatura se rifaría entre los Generales Escobedo,

Corona y Díaz, para llevar á la presidencia al designado por la suerte,

pues no era justo, agregaban los comisionados, que Don Benito Juárez

siguiera de presidente y recogiera las ventajas del triunfo, cuando

ellos eran los que lo habían conseguido á costa de su sangre y con

peligro de su vida. El Gen. Escobedo contestó diciendo que él era

soldado, no político; que se batía por patriotismo, no por ambición; y

que bastaba que los franceses hubieran manifestado que nunca tratarían

con el Sr. Juárez, para que él creyera debido que, á la hora del

triunfo, fuese conservado en el poder el gran patriota que lo había

ocupado en las tristes horas de la derrota y la defección.”[2]

Esta pequeña lección de patriotismo y de lealtad hizo abortar la

conspiración.

Desde 1867 y por espacio de más de nueve años, el General Díaz conspiró

é hizo resistencia á las administraciones legales y constitucionales

del presidente Juárez y del presidente Lerdo de Tejada.

Este que es hoy Príncipe de la Paz á toda costa, entonces quebrantó

la paz del país con sus proclamas, que hoy se leen como panfletos

políticos contra su propio gobierno.

Con persistencia se ostentó antagonista de la autoridad legal y

promovió rebeliones en el sur, en el este, en el oeste y desde los

Estados Unidos llevó la revolución á México. Cuando el Gen. Escobedo

salió en su persecución, á la cabeza de las tropas del gobierno, el

Gen. Díaz se acobardó, dispersó á sus cómplices en la rebelión, y huyó

á través de la frontera americana, exactamente lo mismo que lo hicieron

en la pequeña revuelta que estalló hace pocos meses iniciada de este

lado de la frontera por los hermanos Flores Magón. En aquel entonces la

razón social era Díaz, Hermano y C.ª

Fracasó repetidas veces, volvía á levantarse de nuevo, frenético, como

picado por la tarántula de la ambición, sembrando por todo el país el

desorden, la inquietud, el disgusto y la anarquía.

Llegó á tal punto su descrédito que las personas serias y de recto

juicio lo compararon con el celebérrimo bandido y cacique de Tepic,

Manuel Lozada, un indio notable, salvaje y cruel, cuyo carácter fuerte

es interesante. Lozada organizó una dictadura perfecta; su policía y su

sistema de espionaje estaban admirablemente organizados, y obtenía sus

rentas de la aduana de Tepic, que manejaba á su antojo. En su ambición

también hizo Lozada su Plan, el llamado “Plan libertador de Lozada”. En

breve tiempo organizó 8,000 indios con el objeto de asaltar la ciudad

de Guadalajara y la Presidencia de la República. Pero fué derrotado en

la batalla de “La Mojonera”, por el Gen. Corona.

La impresión general del momento se condensó en una frase pronunciada

por distinguido abogado y periodista, quien desde lo alto de una torre

de Guadalajara telescopiaba la polvareda levantada por las hordas

lozadeñas acercándose á atacar esa plaza: “¡Sólo esto nos faltaba... Un

tercer imperio con Lozada I.!”[3]

“¡Hombre al agua!” tal fué la frase popular con que se ridiculizaba el

fracaso del Gen. Díaz, como caudillo político y jefe revolucionario,

cuando, en su viaje de New-Orleans á Veracruz, (1876) con objeto de

ponerse al frente de los sublevados de Oaxaca, saltó por la borda del

barco que lo conducía, para impedir que lo capturaran las tropas del

gobierno legítimo.

Ese mismísimo Príncipe de la Paz que hoy se exhibe hipócritamente como

el protector de la Constitución y de la Legalidad, en aquel entonces, á

la faz de la derrota popular sufrida en tres elecciones presidenciales

sucesivas, persistió en subvertir el orden público, comprometiendo

la prosperidad de su patria con sus constantes revueltas, sólo por

satisfacer su insaciable codicia y su ambición de poder.

En 1867 obtuvo Benito Juárez 7,422 votos para la presidencia.

En 1867 obtuvo Porfirio Díaz 2,709 votos para la presidencia.

En 1871 Benito Juárez obtuvo 5,837 votos para la presidencia.

En 1871 Porfirio Díaz obtuvo 3,555 votos para la presidencia.[4]

Después de la muerte de Juárez hubo otra elección y Díaz fué derrotado

de nuevo. (1872)

Lerdo de Tejada recibió 9,520 votos para la presidencia.

Porfirio Díaz recibió 604 votos para la presidencia.

El General Díaz aparece como responsable del “Motín”[5] de México, del

Plan de la Noria, del Plan de Tuxtepec, y del Plan de Palo Blanco en

que se reformó al anterior. El último derrocó al Pres. Lerdo. Bajo el

título de “Motín”, El Siglo XIX, periódico de oposición, publicó estas

líneas: “Según se nos informa el Plan consistía en asesinar al Gen.

Alatorre al salir del teatro, proclamar Presidente al Gen. Porfirio

Díaz é imponer á la población un préstamo de $300,000.00 so pena de

saqueo. El jefe del motín era un oficial Urrutia que había servido

al Imperio y se pasó al campamento del Gen. Alatorre cuando sitió á

Jalapa. Este oficial había seducido á la tropa, pero una hora antes de

estallar el complot lo denunció un cabo.”[6]

Cuando los revolucionarios invitaron ostensiblemente al Gen. Díaz á

acaudillar otra revuelta, él contestó: “Yo me resigno al sacrificio de

mi honor y de mi vida, y, si el éxito corona nuestros esfuerzos, podré

dar pruebas nuevas y evidentes de _que no aspiro por ostentación al

poder y que prefiero la obscuridad del hogar doméstico_.”

Esta es una de sus acostumbradas é innumerables mentiras políticas,

pues su ambición personal de poder era tan vehemente y terrible que

el Gen. Luis Mier y Terán había sintetizado admirablemente el estado

mental de los prohombres del sable en una frase de simpática virilidad:

--“¡¡_Porfirio Díaz ó la muerte..._!!”

El “Plan de la Noria”, fué llamado así, porque fué escrito en la

hacienda de la Noria, propiedad del Gen. Díaz, quien lo subscribió

en Nov. 1871. Se consideró este Plan tan absurdo é impracticable,

que “El Siglo XIX” periódico de oposición al gobierno, declaró en su

número de 16 Nov. 1871: “‘El Plan de la Noria’. Este nombre se ha dado

al manifiesto leído recientemente en el Congreso por el Ministro de

Gobernación, _como expedido_ por el Gen. Díaz. A muchas personas hemos

oído decir que _es un documento apócrifo_ y ciertamente queriéndose dar

un fuerte golpe en la opinión pública al Gen. Díaz y á la revolución

que él acaudilla, _lo más adecuado era atribuirle un plan_ TAN

LLENO DE ABSURDOS POLÍTICOS _como el que hoy se llama el Plan de la

Noria_.”[7]

A la muerte de Juárez ocupó Lerdo de Tejada la presidencia de la

república, en virtud de su carácter de Vicepresidente Constitucional.

Por uno de sus primeros decretos (27 de Julio 1872) concedió amnistía

general á todos los revolucionarios que estuviesen con las armas en la

mano.

El Gen. Díaz consideró esa amnistía degradante para él y para sus

secuaces, como lo declaró en una circular fechada el 13 de Sept. de

1872, en Chihuahua: “Creí á propósito proponer que la revolución

acreditara dos personas de su confianza cerca del Gobierno para entrar

con él en negociaciones francas de que pudiera resultar la paz y la

substitución de la degradante ley á que ha querido llamarse amnistía

por otra que no rebaje nuestra dignidad militar y nos confunda con

los infidentes en la época de la Intervención, como parece que

intencionalmente se hizo.”[8]

En esta ocasión el jefe rebelde fué sobrepujado en astucia por el

Presidente diplomático, quien logró exhibirlo como traidor á la patria.

Natural era, pues, que las personas amantes de la paz demostrasen su

disgusto por la antipatriótica conducta del Gen. Díaz, derrotándolo en

los comicios para las elecciones presidenciales, en 1872.

Pero así como un leopardo no puede cambiar las manchas de su piel,

Porfirio Díaz, á pesar de lo que dicen sus numerosos aduladores y sus

falsos admiradores, es hoy el mismo traidor á la patria que hemos visto

en los nueve años de casi no interrumpidas rebeliones y sediciones.

Siempre lo vemos aparecer como perjuro contra la Constitución, contra

la República, las Leyes de Reforma y la No-reelección. Ha roto con los

dogmas de su partido, con todos los principios liberales que profesó

en otro tiempo, con todas las aspiraciones de su patria.

Aspiraba á ser un Washington, y ha degenerado en un Sylla

hispano-americano; quiso establecer un paternalismo liberal, y logró

tan sólo crear un rastrero “Diazpotismo”; ambicionó ser émulo de

Napoleón I, y siguió los pasos de César Borgia; esperó gobernar, y sólo

ha aterrorizado; llegó á imaginarse que podía engañar á la historia, y

sólo se ha chasqueado á sí mismo.

En sus conversaciones privadas con amigos y extraños, procura

convencerse á sí mismo y á los demás de que su propósito constante

ha sido el de la honradez y el propio sacrificio, pero que las

circunstancias lo han forzado á seguir por otra senda.

Hace un año, en una audiencia que concedió á E. T. Simondetti,

presidente de el “El Diario”, le dijo:

“En 1879, cuando declaré que me oponía á la reelección para la

presidencia _fuí sincero_; pero después mis amigos me rogaron que

permaneciese en el poder para bien de la nación”.

De lo expuesto se infiere lógicamente que _ahora no es sincero_, pues

los mismos amigos le siguen rogando, en cada nueva farsa electoral, que

continúe en el poder para bien de la nación.

En las primeras líneas del plan de la Noria (1871) que fué la proclama

contra el gobierno de Juárez, encuentro lo siguiente:

AL PUEBLO MEXICANO.

“La reelección indefinida, forzosa, y violenta del Ejecutivo

Federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales.”

Este cómico llamamiento al pueblo mexicano, hecho por el incipiente

sátrapa, recuerda el de otro mandarín mexicano, el traidor Santa Ana,

que acostumbraba poner al pie de todas sus bombásticas proclamas y

cartas: “Patria y Libertad!” En el famoso Plan de Tuxtepec reformado

en Palo Blanco, (21 de Marzo 1876) proclama Porfirio Díaz, bajo

su firma: “Art. 20. Tendrán el mismo carácter de ley suprema la

NO-REELECCIÓN del Presidente de la República y Gobernadores de los

Estados, mientras se consigue elevar este principio al rango de

reforma constitucional, por los medios legales establecidos por la

Constitución.”

El 16 de Sept. de 1879 hizo el Presidente Díaz ante el Congreso la

siguiente declaración:

“No es la oportunidad de que el ejecutivo exprese su juicio sobre esa

materia; pero sí debo hacer ante el Congreso la solemne protesta de que

jamás admitiré una candidatura de reelección aun cuando ésta no fuere

prohibida por nuestro código, pues que siempre acataré el principio de

donde emanó la Revolución iniciada en Tuxtepec.”[9]

Cada cuatro años, poco más ó menos, el viejo zorro Porfirio Díaz ordena

á sus sicofantes que esparzan el rumor de que el Presidente va á

renunciar al poder, de que está cansado y viejo, que desea retirarse á

la vida privada.

Entonces muchedumbres de sus amigos, “los Amigos Amistosos de

la Amistad” de un modo oficial ó extra oficial, comienzan sus

peregrinaciones á Chapultepec, ó al Palacio Nacional y le ruegan

rendidamente que permanezca por otro período más, siempre para bien

del país; y el viejo socarrón, con lágrimas de gratitud, se sacrifica

resignadamente, porque así lo quiere la nación. “Cuando un gobernante

dice: quiero dejar el poder, pero si la nación me exige nuevos

sacrificios, continuaré sacrificándome”, debe entenderse: “no tengo el

menor deseo de dejar el poder y los interesados en que no lo deje deben

tomar, aun cuando sea ridículamente, el nombre de la nación, para que

ésta me ruegue que no la abandone. Esta copla ha sido recitada en todos

los siglos, en todos los planetas, en todas las naciones, por todos

los ambiciosos, y ha servido para millones de chistes en sainetes,

zarzuelas, y periódicos bufos.”[10]

Cuando se aproximaba la elección presidencial de 1876, el siempre listo

Porfirio inició otra revolución.

Unos de los puntos de acusación de los revolucionarios contra el

Gobierno, fué: “que el sufragio público se ha convertido en una farsa,

pues el presidente y sus amigos por todos los medios reprobados

hacen llegar á los puestos públicos á los que llaman sus ‘Candidatos

Oficiales’, rechazando á todo ciudadano independiente.”[11]

Los revolucionarios no aguardaron á que concluyese el período de Lerdo,

el que terminaba el 30 de Nov. de 1876.

El Gen. Díaz reunió 5,000 hombres y tuvo un encuentro con el Gen.

Alatorre, que mandaba 3,000 hombres, cerca de la hacienda de Tecoac.

La batalla estaba empatada, porque ambos generales se tenían un miedo

recíproco.

Por fortuna para el Gen. Díaz, se salvó la jornada con la llegada

del Gen. González, quien cayó como un huracán sobre el enemigo,

destrozándolo. El número total de muertos por ambas partes, ascendió á

95.

Después de esa derrota, el Presidente Lerdo, en vez de luchar, hizo sus

maletas y huyó hacia los Estados Unidos.

El único vestigio de autoridad que quedó en México, después de la fuga

del Ejecutivo legal, fué José María Iglesias, uno de los triunviros del

gobierno liberal durante la Intervención francesa.

Iglesias fué un hombre puro, un honrado patriota del tipo de Catón.

Era Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuando

Lerdo se fugó, y, por lo tanto, el Presidente interino constitucional.

Sobre este particular decía el plan de Tuxtepec:

“Art. 60. El Poder Ejecutivo, sin más atribuciones que las meramente

administrativas, se depositará, mientras se hacen las elecciones, en el

Presidente de la Suprema Corte de Justicia actual, ó en el magistrado

que desempeñe sus funciones.”

Iglesias se dirigió á Querétaro con su gobierno, y entró en arreglos

con el Gen. Díaz. Las conferencias se celebraron por medio del

telégrafo, entre Iglesias y Justo Benítez, representante del Gen. Díaz.

Benítez telegrafió, entre otras cosas:

“La base indeclinable de todo arreglo tiene que ser el plan de Tuxtepec

reformado en Palo Blanco, como la expresión genuina de la voluntad

nacional. ¿La acepta Vd.?”

Iglesias respondió: “No pudiendo haber vacilación de mi parte en punto

tan capital, no acepto, ni puedo, ni debo aceptar la base que Vd.

califica de indeclinable. Todo lo que sea separarse de la Constitución

de 1857, será rechazado por mí que soy el representante de la

legalidad.”[12]

Una de las condiciones impuestas por el Gen. Díaz á Iglesias fué: “que

dicho General sería Ministro de la Guerra en el Gobierno del Presidente

Interino”; condición inaceptable, puesto que Iglesias había declarado

en su manifiesto, que ni él ni sus Ministros figurarían como candidatos

en las elecciones á que convocara: circunstancia á la que no quiso

plegarse el Gen. Díaz. De modo que el caudillo revolucionario, no sólo

reconocía al Presidente Interino, sino que deseaba formar parte de su

Gabinete.

El reconocimiento se hacía, _conforme al art. 82 de la Constitución_, y

conforme á él eran del todo improcedentes las condiciones puestas por

el Gen. Díaz.[13]

Esta controversia sobre un punto de legalidad y de constitucionalidad

estuvo bien manejada por el General Díaz y su banda revolucionaria.

Sin embargo, tenía admirable semejanza al argumento entre el lobo y el

cordero. Como era de suponerse, las negociaciones no dieron ningún

resultado, y el único vestigio que de legalidad quedaba tuvo que huir

hacia los Estados Unidos, para conservar la vida.

Con este incidente termina la lucha de nueve años emprendida por

Porfirio Díaz con el objeto de capturar la Presidencia de la República.

EL CUARTO PERÍODO.

Nunca debe entregarse una nación á un hombre, quien quiera que

sea y cualesquiera que sean las circunstancias.

THIERS.

Un pronunciamiento, según el talentoso historiador mexicano C. Pereira,

(forma que tomó la desmoralización militar en España y sus antiguas

colonias), es la intervención del ejército armado en los negocios

públicos, imponiéndose por la fuerza. Como el papel social del

ejército es la conservación del orden y la defensa de la patria, el

pronunciamiento constituye un crimen.

El pronunciamiento de Tuxtepec fué la escala por la que ascendió

Porfirio Díaz al poder, es decir, por medio de _un crimen_.

Así como Napoleón Bonaparte sólo pudo conservar su corona por medio

de las armas, Porfirio Díaz mantiene su poder autocrático sólo en

virtud de una serie ó concatenación de felonías políticas. Una relación

detallada de todas las atrocidades cometidas por orden suya y por medio

de sus asalariados asesinos, llenaría las páginas de tres gruesos

volúmenes en folio, por lo que me limitaré á hablar únicamente de los

más cobardes y característicamente torpes, para dar una idea de su

mistificador “gobierno pacífico”.

La metamorfosis de Porfirio Díaz, á partir de su primer período

administrativo hasta el presente, es tan inesperada como la evolución

de cualquier gusano despreciable que llega á convertirse en una

multicolora espléndida mariposa.

Llegó á la presidencia tan pobre como un ratón de iglesia; pero tan

mañoso como Ulises; completamente desacreditado y, á la vez, con un

enorme capital de esperanzas y de recursos maquiavélicos; sin autoridad

alguna, pero listo para forjarla con sus propios instrumentos;

con poca experiencia, pero sabiendo que tenía por delante toda su

existencia para la práctica de la política; sin prestigio nacional

ni internacional, pero preparado para crearlo por medio de juegos de

manos financieros y de artificiosos anuncios dándose bombo; falto de

conocimientos de estadista, pero confiado en que la sabiduría del país

gravitaría al rededor de su silla presidencial.

Inauguró su primer período apareciendo como un hombre tan sospechoso,

que, según se complace él mismo en referirlo á sus amigos, al principio

no encontró un comerciante que se atreviese á honrar su firma y á

prestarle un peso para ayudar á los gastos de la administración.

Con frecuencia sucedía, cuando caminaba por la calle de San Francisco,

en México, que sus amigos y conocidos apresuraban el paso para tomar

una calle atravesada, ó entraban en algún establecimiento para evitar

su saludo.

Por intuición adivinó que para gobernar con buen éxito dentro de la

esfera del despotismo, es necesario seguir al pie de la letra el

aforismo de Maquiavelo que dice: “No es necesario que el príncipe posea

todas las virtudes que he enumerado; pero es indispensable que parezca

que las posee.”[14]

Y consecuente con este principio, el lobo se vistió la piel del

cordero, con lo que engañó tanto á los mentecatos como á los sabihondos.

El diagrama siguiente demuestra la evolución de los sendos períodos

presidenciales de Porfirio Díaz:

De 1876 á 1880--primer período--Presidente revolucionario.

De 1880 á 1884--interregno del Gral. González.

De 1884 á 1888--segundo período--Protector.

De 1888 á 1892--tercer período--Cónsul.

De 1892 á 1896--cuarto período--Cónsul vitalicio.

De 1896 á 1900--quinto período--Ungido Jefe Supremo.

De 1900 á 1904--sexto período--Emperador.

De 1904 á 1910--séptimo período--Gran Mogol.

La gradación desde presidente revolucionario hasta Gran Mogol

escandalizará á los ignorantes, pero merece que se la considere con

detenimiento.

Para llegar á la cima de la escala ascendente se necesitaban treinta

años de labor infatigable de corrosiva destrucción de todas las

libertades del pueblo mexicano, por las cuales había luchado durante

más de doce lustros. Porfirio Díaz sólo necesitó la mitad de ese tiempo

para destruirlas. Fué una operación completamente secreta, como el

trabajo de la polilla que va carcomiendo interiormente la troza de

madera, sin que sea posible notarlo desde el exterior.

Su primer período fué el cimiento para afianzar su poder imperial.

Utilizó el período del General González para hacer experimentos sobre

los resultados de las iniciativas del arreglo de la famosa deuda

inglesa, del Banco del Gobierno y de la emisión de una nueva moneda de

níquel, de á cinco centavos.

Muy diestramente y con conocimiento perfecto de la codicia de González,

sugirió esas iniciativas cuando fué Ministro de Fomento, en el gabinete

del mismo González.

El gobierno de Porfirio Díaz no dejó en las arcas federales ni un

centavo partido por la mitad, para su sucesor, Manuel González, á pesar

de que los ingresos de la nación en la última parte del año de 1880

revelaron gran aumento, ascendiendo á $22,278,845.[15]

Al terminar su primer período, en 1879, se declaró en contra de

la reelección, no de un modo sincero, sino simplemente porque sus

cómplices revolucionarios, los generales conspiradores y rebeldes que

le habían ayudado, no le hubieran permitido monopolizar el poder y los

productos de cohechos y sobornos y chanchullos.

Entonces decidieron postular para Presidente en el período de 1880, á

un hombre leal, que obedeciese ciegamente las órdenes del partido. El

General Mier y Terán fué el designado.

Pero, por desgracia para ellos, Mier y Terán, como Gobernador del

Estado de Veracruz, obedeció demasiado al pie de la letra la orden de

asesinato que le dió el Presidente Díaz en el famoso 25 de Junio.[16]

Ese acto cobarde levantó una tremenda tempestad de indignación contra

la administración de Díaz, y eliminó la candidatura de Mier y Terán.

Entonces se escogió á Justo Benítez, ex-secretario de Porfirio Díaz, su

consultor y su Mefistófeles durante el período revolucionario. Pero

Díaz sospechó de la lealtad de Benítez, y entonces se pensó en el

General González, quien, además de ser compadre del Presidente, era

soldado y obedecería sus órdenes sin vacilar.

González fué uno de esos innumerables rebeldes de profesión, de los

que, desde que México se independizó de España, habían tomado las

revoluciones como un modo de vivir.

Sin escrúpulos, desprovistos de patriotismo, faltos hasta de los

más rudimentarios conocimientos militares, el único talento de esos

hombres, con muy pocas excepciones, consistía en el valor en la pelea.

Sus conocimientos tácticos corrían parejos con los del General Cartaux,

quien escribió á la Asamblea Nacional proponiéndole su plan para la

toma de Tolón, el cual consistía en que “el general de artillería

bombardeará á Tolón por espacio de tres días, al cabo de los cuales lo

asaltaré con tres columnas y lo tomaré á viva fuerza.”[17]

Para esos aventureros la presidencia estaba simbolizada por el Palacio

Nacional, donde reside el Presidente de la República, como para los

mahometanos la Mecca ó Medina sintetiza el mahometismo.

Sus proclamas rezan, por regla general: “Este plan se pondrá en toda

su fuerza y vigor tan luego como el General en jefe del _Ejército

Regenerador_ ocupe el Palacio Nacional.”[18]

Es evidente que consideran la nación, especialmente el tesoro público,

como algo que les pertenece en propiedad.

Porfirio Díaz era el asociado y compinche de esos filibusteros,

absorbió sus medios, sus ambiciones y alcanzó buen éxito donde los

otros fracasaron.

La administración de González saqueó el tesoro nacional, vendiendo

concesiones ferrocarrileras, con proyectos de colonización, con

empréstitos, con lo del Banco Nacional, etc. Él y su pandilla ordeñaron

el tesoro hasta extraerle la última gota, hasta el último día, en el

que, como despedida, el Presidente extrajo los $9,000 que quedaban en

las arcas de la nación.[19]

Entre los ministros de González figuraron Ignacio Mariscal, encargado

de la cartera de Relaciones, y Francisco de Landero y Cos, Secretario

de Hacienda. Ambos fueron la honradez personificada.

El General González, con la ayuda de su genio maléfico, Ramón

Fernández, Gobernador del Distrito Federal, conspiró para deshacerse de

Landero y de Mariscal.

Cuando se puso á discusión en el Congreso la Ley del níquel, el General

González envió orden para que se suprimiese la limitación de pagos.

Esa limitación y la Ley eran obra del ministro Landero, quien llegó al

Congreso demasiado tarde para tomar participación en el asunto, y como

comprendió el espíritu de la orden mencionada, presentó su renuncia.

Pero antes de salir del ministerio, declaró ante el Congreso que había

en las arcas del Gobierno más de un millón de pesos.[20]

Para aquella manada de lobos famélicos eso fué un llamamiento al robo y

al pillaje.

En el arreglo de lo del Banco Nacional, los banqueros franceses,

que fueron los que proveyeron el capital, tuvieron que gastar

$1,000,000 en acciones, y $1,500,000 en efectivo, para sobornar á la

Administración.[21]

El empréstito para el pago de la deuda inglesa les debió proporcionar

una utilidad de $20,000,000, lo que unido á la Ley del níquel, por la

que inundaron todo el país con piezas de á cinco centavos, provocó

casi una revolución, incidente que redujo la supradicha utilidad á

$2,000,000.

Por fortuna el período presidencial tocaba á su término y Porfirio

Díaz apareció como el salvador, mientras que González bajó del poder

en medio de la vergüenza y de la ignominia, considerado como el

“Presidente-Atila”.

Pero en cuanto volvió á tomar Díaz las riendas del gobierno, en su

segundo período, no pensó más que en sí mismo, dictando todas las

providencias necesarias para impedir que algún competidor pudiese

desposeerlo de la Presidencia. Después resolvió eliminar á todos

los competidores, y, para el efecto, se erigió en una especie

de providencia de la nación, legitimada por la necesidad. Como

consecuencia de lo primero, se volvió _desconfiado y terrible_; como

consecuencia de lo segundo, se volvió exclusivista y celoso.[22]

Para poder eliminar á todos sus rivales, uno por uno, era necesario

poseer en cuerpo y alma toda la administración de justicia, la policía

y el ejército nacional.

Empezó por reemplazar todo el personal de la administración de justicia

con servilones manufacturados por él, desde el Ministro del ramo hasta

al más ínfimo escribiente. En lugar de los Gobernadores independientes,

que antes eran elegidos libremente por el pueblo, impuso hombres

suyos, ex-generales, ex-revolucionarios, que aspiraban á la presidencia

como medio de enriquecerse. Como gobernadores tenían las mismas

oportunidades para el efecto, siendo menor el peligro y sin llamar

tanto la atención.

Tan luego como colocó á sus criaturas en todos los puestos de la

administración, es decir, de gobernadores, ministros de Estado,

senadores, diputados, jefes políticos, comenzó á desgarrar la

Constitución, suprimiendo el poder de la prensa, matando la libertad

personal por medio de las prisiones arbitrarias, y eliminando

lentamente á sus enemigos con la ayuda de “accidentes” y de la famosa

“Ley Fuga”.[23]

Pruébase que el gobierno de Díaz era ilegal con el mero hecho de que

el Gabinete de Washington se negó á reconocerlo, á causa de su origen

revolucionario,[24] y sólo en el año de 1879 lo reconoció formalmente y

acreditó un representante en México.[25]

Porfirio Díaz pensó, y no sin razón, que la posesión equivale á las

nueve décimas partes de la ley.

Para poder continuar constitucionalmente en la Presidencia, era

indispensable reformar la Constitución. Así lo hizo Porfirio Díaz,

antes de que terminara su segundo período, y al mandato del señor, sus

parásitos en el Congreso establecieron la Presidencia por dos períodos

consecutivos.[26]

Pero como esto no bastaba, en el tercer período, obedeciendo el

Congreso las órdenes de Díaz, “resolvió el punto definitivamente,

aboliendo toda clase de limitaciones”.[27]

Después de esa confirmación de poder, quedó prácticamente convertido en

Cónsul vitalicio, y en absoluta libertad para obrar á su antojo.

Capítulos especiales dedicaré á sus asesinatos, así como á la prensa y

á la administración de justicia durante su régimen.

La tan cacareada necesidad de conservar á Porfirio Díaz en el poder,

en beneficio de la paz, es otro cuento fantástico inventado por el

Presidente y su pandilla de cortesanos, tratando de convertir en virtud

una gigantesca espoliación política.

Dos de los escritores é historiadores mejor conocidos de México, han

discutido en términos formidables ese argumento.

Francisco Bulnes dice “la paz no es causa del progreso de México, todo

lo contrario, la paz es la consecuencia del progreso de México y es

fácil convencerse de ello”.[28]

Fernando Iglesias Calderón, dice: “Dos personajes políticos, cuya

adhesión, sumisión y admiración al Gral. Díaz es manifiesta y

proverbial, han declarado honradamente que los bienes que se atribuyen

al gobierno de hoy, se deben, en su origen, á los anteriores gobiernos

liberales. Esto equivale á trocar el mérito en fortuna, ya que el

simple transcurso del tiempo ha desarrollado los bienes fundados por el

Gobierno liberal de Don Benito Juárez.”[29]

Los partidarios y admiradores de Porfirio Díaz citan como buena prueba

de sus afirmaciones la presente prosperidad de México.

Esto se puede refutar muy fácilmente.

La inversión y desarrollo del capital extranjero significan para México

adelanto y prosperidad, porque México carece de capital doméstico.

El progreso agrícola, la irrigación y la inmigración significan la

prosperidad de México. La actual administración no tiene parte alguna

en la inversión inicial de capital en México; jamás ha hecho algo en

pro del desarrollo agrícola, ó de la inmigración; y sólo después de

treinta años de la pretendida prosperidad, ha comenzado á pensar en la

irrigación.

Inútil es decir que ni la inversión de capitales ni la prosperidad

eran cosas posibles en México, mientras el poder político y cuatro

quintas partes del suelo estuviesen en manos del clero. Así, pues,

era esencial poner término al poder de la Iglesia. Benito Juárez fué

quien llevó á cabo esa hercúlea labor, con un valor y una persistencia

admirables, logrando realizar, á mediados del siglo pasado, lo que

Italia sólo se atrevió á hacer por los años setenta, y Francia

últimamente.

Necesitó México de algún tiempo para reponerse de los efectos de esa

terrible guerra, así como de los de la Intervención.

Precisamente ese mismo Porfirio Díaz, que hoy es considerado

indispensable para la prosperidad del México moderno, entonces, y

por espacio de nueve años consecutivos, quebrantó la paz del país

é interrumpió el progreso de la nación con sus absurdos planes de

regeneración y sus revoluciones criminales.

México tal cual es · 第 1 / 10 段