Un notable profesor de la Escuela de Medicina, pronunciando no hace

muchos días un elocuente discurso en la velada celebrada en honor de

Virchow, se quejaba tristemente de la decadencia de nuestra vida

intelectual, mal que él debe palpar como hombre de ciencia y como

escritor; y atribuía el origen de tal situación al avance de la

democracia, que sofoca las grandes originalidades. Creo que el hábil

profesor en parte tenía razón y en parte no. La tuvo al decir que

ciertas civilizaciones que favorecen la implantación de desigualdades

sociales, irritantes, que acumulan la vida para colmar de bienes a unos

pocos privilegiados mientras las multitudes vegetan en la escasez, son

propias al florecimiento de las artes y de las letras, como se vió por

ejemplo en el Renacimiento y en la mayor parte de las épocas llamadas

antes de ahora siglos de oro. Pero no la tuvo al considerar que el

incremento de la democracia es necesariamente perjudicial al brillo de

las artes y de las letras. Yo creo que la causa de la decadencia está en

las corrientes sociales demasiado fuertes que nos encaminan por todos

lados al utilitarismo. Nos encontramos en relaciones más estrechas que

antes con el extranjero, y en él no hemos admirado nada más que su

potencia industrial, comercial y financiera; estamos abrumados por

nuestra pequeñez económica y desesperados con las ansias de ser

grandes. De aquí las tendencias desequilibradamente prácticas que

imperan entre nosotros. Acontece en nuestro campo intelectual lo propio

que en muchos de nuestros campos agrícolas, y en uno y otro lo que

sucede es consecuencia, no de falta de recursos o de tiempo, sino de

falta de gusto o de educación. En esas haciendas a que me refiero, el

propietario, hombre práctico, ha pensado únicamente de sacar de su suelo

el mayor rendimiento posible y lo ha dedicado todo, todo a producir

trigo. En el sentido que se dirija la vista sólo se notan colinas, lomas

y valles amarillentos, sin un árbol, sin una flor. No existe un pequeño

parque en que crezcan ciertas plantas delicadas cultivadas con esmero,

ni tampoco la selva primitiva, la suprema democracia de la flora; no

existe un sitio sombrío donde sentarse a descansar, y los sentidos y el

alma no encuentran ahí nada más que la aridez de lo útil.

En la agricultura y en la sociedad ese utilitarismo exagerado es

contraproducente; agota la vida y se destruye a sí mismo. En los campos

arrasados, las lluvias se hacen más escasas y las tierras se tornan

estériles, y en las sociedades la rutina embota, aniquila muchas

generosas actividades. El intelectualismo, las ideas nuevas, los

descubrimientos científicos, son las lluvias vivificadoras, el abono

fecundante que hace surgir incesantemente formas más perfectas y

creaciones superiores en las comunidades humanas.

Este crecido número de hechos prueba que la cultura intelectual general

de nuestra sociedad es baja y que es indispensable fomentarla

equilibradamente y no denigrar tanto su valor como se ha procedido en

los últimos tiempos. No confundamos el recargo de la memoria con el

cultivo de la inteligencia, que es algo enteramente distinto, y sin

descuidar un solo instante la producción de riquezas, aumentemos la

cultura para gozarlas y distribuirlas mejor. Dirijamos a la juventud un

lenguaje elevado en que aparezcan sabiamente unidos un utilitarismo y un

idealismo armonizados, de suerte que cada cual en su nave lleve una

sonda para tantear el camino, combustibles y bastimentos en abundancia,

un poderoso foco eléctrico para disipar las sombras y para cuando esté

lejos del puerto y no vean los faros plantados por los hombres, la

facultad de guiarse por las estrellas.

Digámosles:

«Jóvenes que estáis en el dintel del mundo, que sentís vuestros pechos

agitados por variados sentimientos que coloran de rosa cuanto véis, que

os halláis solicitados por contradictorias interpretaciones de la vida,

concebid vuestra educación como el trabajo armónico que ha de hacer de

vosotros hombres en el más perfecto sentido de la palabra. Que no se os

culpe de negligencia ni en el desarrollo de vuestro cuerpo, de vuestras

habilidades manuales, de vuestros entendimientos, de vuestra

inteligencia. Consideraos como parte integrante de una gran

colectividad, que mientras más grande mayor será la amplitud de vuestro

espíritu, a la cual debéis amar y por cuyo progreso debéis esforzaros.

Pensad que si vuestra patria necesita industrias que la hagan próspera,

también ha menester de hombres que trabajen con la inteligencia para que

le den un lugar eminente entre las naciones civilizadas. No olvidéis que

los descubrimientos científicos son requisitos esenciales del adelanto

de los pueblos; que las letras ennoblecen la vida, son las mil voces de

los ideales individuales que llegan a convertirse en ideales sociales y

dan fuerzas que no se encuentran con los alimentos del cuerpo. No

penséis que la existencia del hombre verdadero se satisface con solo

adquirir los medios materiales de nutrición. Mirad el panorama animado

que presenta la humanidad en su marcha, fuente de lecciones eternas.

Pensad con absoluta libertad y originalidad sin dejaros encadenar por

tradiciones que vuestro juicio rechaza, que no sean vuestras ciudades

necrópolis donde aun floten y supervivan los espíritus del pasado, sino

talleres de actividad infatigable donde se hermosea el presente y se

forje el porvenir, donde vosotros mismos encontréis, entresacados como

productos admirables, los ejemplos de los grandes hombres de vuestra

patria que han sido vuestros compañeros espirituales, porque en su alma

vivieron con vosotros. Id por el mundo con entereza y sin desfallecer, y

si alguna vez sentís que se acerca a vuestras puertas la miseria,

acordaos de que la perseverancia es la palanca más poderosa que se

conoce, de que entre nuestras eminencias intelectuales uno, en cierta

vez, no tuvo que comer y la lectura le hizo olvidar esa necesidad. Otro

principió su vida de hombre antes de los veinte años sin tener siquiera

cubiertos que poner en la mesa de su familia. Así, si tenéis amor al

estudio podréis sufrir un poco, como aquellos esclarecidos escritores,

pero seréis los escultores del alma nacional y recibiréis aun en vida la

bendición de los pueblos. No os dejéis solo alucinar por el ejemplo de

esta o aquella nación. Si Inglaterra tiene sus grandezas, no olvidéis a

Francia y Alemania, de la cual ha dicho el gran Taine que en ella sus

sabios y pensadores han ideado y descubierto desde 1780 a 1830 todo lo

que la humanidad ha continuado pensando más tarde hasta nuestros días,

sin agregar nada substancialmente nuevo. Y sobre todo, sin permitir que

se os deslumbre con los triunfos de otras naciones, esbozad para vuestra

patria un destino más humano y superior a todos los que nos ofrece la

historia; haced que vuestra fantasía sea un hada benéfica en que, de

todas las cualidades que han dado a conocer los pueblos, tome las

mejores para modelar con ellas el ser aun modelado de un pueblo nuevo; y

escogiendo de los sajones la energía, la pasión por el esfuerzo, la

paciencia para la investigación, la profundidad para pensar, y la

tenacidad para luchar con la naturaleza, y de los latinos el amor a la

justicia, a las formas bellas, al ideal, a la expansión simpática que ve

en cada hombre un hermano, que procediendo así el hada benéfica de

vuestra fantasía, oh jóvenes, ayudada por el acerado buril de vuestra

voluntad, legue a la posteridad una nación escogida y sensata, fuerte y

pensadora, que cubra con el vapor de sus creaciones poéticas y la

armonía de sus músicas el humo y el ruido de sus máquinas, que sea foco

de luz para otros pueblos y la realizadora de la felicidad ideal tantas

veces soñada.»

LA MISIÓN DEL PROFESOR

Y LA

ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

Es indudable que para que la tarea de un profesor sea provechosa e

intensa, influyen más que una serie de máximas sobre procedimientos

técnicos, el concepto general de la vida que él tenga, una elevada idea

de su misión y un sentimiento profundo de lo que le corresponde hacer en

la sociedad.

Movidos por esta manera de pensar vamos, para principiar, a ocuparnos

brevemente de este asunto del concepto de la vida.

Aunque Spinoza y Ribot sostengan que el hombre no quiere lo que cree

bueno sino que cree bueno lo que quiere, no se puede negar que existe

una relación de causalidad entre el concepto de la vida y la conducta.

Según la idea de los filósofos nombrados, tanto la conducta como ese

concepto serían el resultado del temperamento, tendencias y sentimientos

del individuo y no la conducta un efecto del concepto; y, como

consecuencia ineludible, la educación no ejercería ninguna influencia en

el perfeccionamiento del individuo. Nos parece más acertado pensar que

la influencia de estas cosas es recíproca: las disposiciones

hereditarias, el temperamento, la robustez o debilidad del organismo,

las tendencias y sentimientos influyen en el concepto de la vida, y, a

la vez, un concepto adquirido más tarde puede reaccionar sobre las

tendencias y sentimientos.

No tenemos el propósito de desarrollar este concepto en su sentido

amplio y completo, tal como se encuentra explayado en el sistema de un

Kant, de un Spencer, de un Haeckel, sino tratar de él sólo en sus

conexiones con la moral.

De este sentido amplio sólo recordemos que el concepto de la vida que en

nuestra época predomina, es positivista en cuanto al método, monista en

cuanto a la afirmación de la existencia de una sola substancia, y

evolucionista en cuanto a la ley de la formación y transformación de los

organismos. Es de advertir también que los conceptos corrientes de la

vida, conceptos al uso de las gentes de mundo, significan cierto

desconocimiento de esas nociones científicas. El profesor debe poseer

una ilustración científica general que le permita elevarse sobre las

nociones vulgares comunes, no olvidando que en estas materias el vulgo

no está formado únicamente por aquellos que andan desarrapados y mal

trajeados.

Esta elevación intelectual y moral del profesor es en la realidad

entorpecida por la acción de varias circunstancias de carácter social.

En nuestra sociedad, y en cualquiera otra también, se forma cada cual el

concepto de la vida, aun aquél que baja a la tumba sin darse cuenta de

que se lo ha formado, por medio de la aceptación pasiva de las ideas

dominantes que circulan bajo la fe de los demás, sin fundamento

científico ni lógico y que, por consiguiente, son sólo _nociones

fiduciarias, papel moneda intelectual_. La inmensa mayoría de las

personas rara vez se detienen a considerar el porqué de las cosas más

trascendentales de la vida. Entre éstas se encuentran los problemas de

la moral y los principios que generalmente se señalan como normas de

conducta. A las ideas de _deber_, _bien_, _virtud_ y otras, se les

concede una existencia real algo mitológica, y no se piensa que son

puras abstracciones, derivadas de una elaboración lenta llevada a cabo

por la inteligencia humana. Las personas, obedeciendo a esta concepción

mitológica de la ética, no hacen otra cosa que imitar, y de este modo se

van trasmitiendo los usos y creencias. Así la base que en cualquiera

época tienen las normas de conducta se encuentra en la tradición y en

los hábitos sociales. La sociedad impone sus normas: esta es la doctrina

de la moral sociocrática, sostenida por Levy Bruhl[16].

[16] _La Morale et la Science des Moeurs._

Afortunadamente el espíritu humano posee, además de la tendencia a la

imitación, el poder de invención que permite que, como en cualquiera

otra materia de estudio o de actividad, sea capaz de llevar a cabo en la

moral innovaciones en las normas y principios tradicionales. Esta es la

doctrina de la moral filosófica defendida por Höffding[17].

[17] _La morale._

Volviendo al concepto corriente de la vida de que hablábamos en líneas

anteriores, debemos decir que algunos de sus rasgos característicos son

una lamentable cortedad de vista y un _filisteismo_ satisfecho. La

sociedad es como es y ha de ser como es, se dice. Se niega la

posibilidad de la evolución y del progreso. Se afirma la existencia, no

de un orden social que con el tiempo ha de alterar sus principios y la

situación de sus elementos y clases, sino la permanencia del orden

social actual como algo invariable. Las ideas que llegan a formar el

núcleo de toda alma cultivada, las ideas de justicia, verdad, belleza,

sinceridad y progreso, son divagaciones para esa comprensión corriente

de la vida; dichas ideas llegan a no resistir a la acción destructora

del medio social, y en las conciencias no van quedando más que una

tendencia imperante, una idea, un anhelo, grabados con vigor

indestructible por el ejemplo de lo que hacen y predican todos los

hombres graves, serios y prácticos: «ganarse la vida».

No tenemos para qué entrar a examinar cómo entienden algunos esto de

ganarse la vida, que lo entienden de modo que otros trabajen por ellos o

que otros hayan trabajado para ellos.

Debemos notar, sí, que de esa manera de entender la vida resulta la

apreciación de los individuos y de las ocupaciones sólo desde el punto

de vista económico egoístamente comprendido, y no se estiman ni el

carácter ni el talento, ni tampoco la influencia que tengan las

profesiones individuales sobre el adelanto social. Un bolsista, un

abogado y hasta un jugador, es decir, cualquier parásito que se procura

diestramente dinero en abundancia, valen más en la sociedad que un

educador.

Los daños que de esta falsa escala de valores resultan son

incalculables. Ella aniquila la idea de luchar por el bien de la

sociedad y de la humanidad.

Pero el profesor, por la naturaleza misma de su ministerio, tiene que

darle a la vida un sentido más elevado. Comte ha clasificado a los

hombres en dos grandes grupos: el uno lo forman los altruístas,

servidores de sus semejantes y propulsores del progreso; y el otro los

egoístas, a quienes el filósofo nombrado denomina duramente

_producteurs de fumiers_. El profesor debe considerarse colocado entre

los primeros, y este sólo sentimiento abrigado profundamente, vale por

algunas reglas de procedimientos técnicos y por algunos volúmenes de

erudición. El profesor debe de ser una de aquellas personas que no

comprendiendo la vida sin obligaciones de actividad social y de acción

progresista, no se contentan con ser sólo muñecos correctos, tratan de

abarcar intelectualmente a la sociedad de que son miembros, en su

conjunto y en sus relaciones con las demás sociedades del orbe, hacen

comparaciones, y,--de acuerdo con aquellos _caracteres profundos_ de que

habla Goethe en sus Memorias (_Aus meinem Leben_), _que han menester

vivir tanto en el pasado como en el porvenir_,--hacen resurgir los

tiempos ya muertos, presienten el futuro, examinan las necesidades

sociales, y esforzándose en atender a ellas, procuran realizar ideales

soñados por inteligencias superiores.

El profesor no puede, pues, prescindir de un juicio general sobre la

sociedad en que actúa, juicio que tiene que ser al mismo tiempo una gran

síntesis que ponga de relieve la influencia de su propia misión en

relación con los demás factores y elementos sociales.

No puede prescindir de esta síntesis, entre otras razones, porque debe

creer en el mejoramiento social producido por su acción. En este punto

se le impone el siguiente dilema: O la educación ejerce la influencia

que esperamos, y en este caso progresaremos; o no ejerce influencia

alguna, y en este caso debían cesar inmediatamente las tareas del

educador, so pena de no continuar siendo más que un infeliz ganapán.

Se podría preguntar todavía si educamos únicamente para no retroceder;

pero sería demasiado cruel nuestro destino si tuviéramos que vivir en

una sociedad amenazada de retroceso si no obrábamos, e incapaz de

adelantar si no obrábamos con vigor.

Se impone en definitiva el orientar nuestros actos en el sentido del

progreso. Para llevar a cabo esta obra disponemos de la fuerza creadora

de nuestra _psiquis_, que, acumulando y ordenando los elementos

dispersos que le ofrece el mundo o que ella misma se procura por medio

del análisis, da a luz las síntesis que son inventos, conceptos, leyes y

procedimientos nuevos que van mejorando las formas de la existencia y

adaptándolas a las necesidades de la realidad.

Tomando en consideración únicamente las creaciones morales y religiosas,

puede decirse que desde los tiempos más remotos la inteligencia y el

sentimiento se han preocupado tan sólo de dar vida y presentar a la

veneración general a dioses con caracteres humanos. Pensemos que ya es

hora de crear y presentar al respeto mutuo hombres con caracteres

divinos, pensemos en realizar al revés un hermoso mito griego. Los

griegos imaginaron en un principio que los dioses vivían en el Monte

Olimpo; pero, explorado este monte, nada encontraron y concibieron

entonces la existencia de un Olimpo celeste: los dioses volaron de la

tierra al cielo. Hagamos ahora descender a los dioses o, más bien a las

cualidades ideales de los dioses del cielo a la tierra, y soñemos con

que, empleando todos los medios imaginables de perfeccionamiento, los

hombres se convertirán, por la serenidad de su ánimo, la grandeza de sus

especulaciones intelectuales y la pureza de sus goces, en verdaderos

dioses.

En esta magna empresa, que puede presentarse a muchos con todos los

caracteres de un ensueño, le corresponde a los educadores una parte

principal. Que cada educador, en la modesta y reducida esfera de su

acción, se considere como un verdadero redentor intelectual y moral de

su pueblo, como un creador del porvenir; y así fortificará sus

sentimientos y su voluntad y tendrá vigor para llevar a cabo sus tareas,

no como un oficinista o un síndico, sino con inspiración sugestiva,

despertadora de inteligencias y caracteres. Realizará de esta manera una

de las vidas más dignas que es posible concebir en nuestro planeta:

consagrarse al acrecentamiento y difusión de verdades científicas y

artísticas, al impulso del progreso y al cultivo de las nobles y frescas

fuerzas de la juventud, rindiendo a estos ideales un culto constante de

amor y trabajo.

* * * * *

Entrando a tratar brevemente de la enseñanza de la historia, creemos que

debe empezarse por formular la siguiente pregunta que hace Spencer al

principio de su obra sobre la educación: ¿Para qué sirve esto?

Establezcamos primeramente que la enseñanza de la historia en la

instrucción secundaria no puede servir ni para formar investigadores e

historiadores de profesión ni sociólogos que, sobre los datos, hechos y

fechas aprendidas, vayan a levantar grandes inducciones sociales.

Para llegar a estas dos alturas intelectuales es menester pasar por una

preparación metódica y técnica especial que es propia de la instrucción

superior.

No le quedan otros papeles en la instrucción secundaria a la historia,

que el de la pintura de la vida de los tiempos pasados, comprendiendo

todas las manifestaciones de la actividad humana, a saber, la económica

religiosa, social, jurídica, política, militar, intelectual, moral y

artística; el de descripción en sus rasgos generales,--no pintorescos,

como en el caso anterior,--del desarrollo de la humanidad; y el de

exposición de las leyes generales que de la vida humana pueden

deducirse.

Sucede que no siempre los profesores de historia toman en cuenta los

resultados y fines posibles de la enseñanza de dicho ramo, y, teniendo

en vista únicamente o los exámenes del año o los del bachillerato,

recargan la memoria de los alumnos con una cantidad considerable de

nombres y fechas inútiles. Las críticas que Spencer[18] y Fouillée[19]

han formulado a este respecto son fundadas. La historia enseñada de tal

manera es no sólo inútil, sino perjudicial. En esta época en que, por el

desarrollo de los conocimientos, la vida es muy corta para alcanzar a

adquirir todas las nociones realmente necesarias y sólidas que los

diversos ramos de estudio ofrecen, se pierde mucho tiempo en aprender

datos superfluos, que los jóvenes olvidan para siempre a los dos o tres

meses de haber dejado las aulas del Liceo. Si no los olvidan, quedan

esos datos como muestra de una erudición vana e inconexa, sin fuerza

sugestiva, y sirven a lo más para brillar a veces en algún salón y

proporcionar fáciles triunfos al amor propio superficial.

[18] _De la educación intelectual, moral y física._

[19] _La Réforme de l'enseignement par la philosophie._

El profesor de historia,--en atención a estas consideraciones,--debe

formularse la pregunta de para qué sirve su asignatura, que hicimos en

algunos líneas anteriores, no sólo al empezar sus cursos o al trazarse

un programa, sino antes de cada materia nueva que enseña y antes de cada

clase.

¿Qué efecto van a llevar a cabo en el espíritu de mis alumnos estos

hechos? ¿Van a evocar con caracteres de realidad la vida del pasado y

fijar puntos de comparación con la vida del presente? ¿Sugerirán por sus

condiciones dramáticas (como puede suceder con la muerte de César) una

impresión artística y despertarán interés por estudiar más

detalladamente algunas obras históricas y biográficas? ¿Harán pensar en

el lazo de unión que liga a estos hechos con otros hechos ya expuestos

oportunamente y ocasionarán así el placer de encontrar por sí mismo un

encadenamiento social? ¿Ofrecerán el goce de contemplar casi de una vez

el desenvolvimiento total de la humanidad expuesto en sus grandes rasgos

y darán confianza en los destinos y esfuerzos humanos y esperanzas de un

porvenir social mejorado? ¿Alcanzarán los alumnos a deducir por sí solos

los principios generales que de estos hechos se desprenden? ¿Se sentirán

emocionados ante el espectáculo de las luchas grandiosas de tal pueblo o

de tal hombre? ¿Experimentarán emulación en vista del heroísmo ya sea

brillante, o silencioso y modesto de tal personaje? ¿Amarán los alumnos,

después de lo que se les enseña, amarán más que antes a la verdad, la

sinceridad, la justicia, el progreso, la belleza, la patria, la

humanidad, y comprenderán mejor el valor de la solidaridad humana?

Estas son algunas de las formas en que, según las circunstancias, el

profesor de historia deberá interrogarse a sí mismo. También podrá

preguntarse: ¿O enseño tales y cuales cosas únicamente para cumplir con

un determinado programa y pasar un señalado examen, y soy, por

consiguiente, nada más que una especie de aparato comunicante que lleno,

cual si fueran copas, las mentes de estos jóvenes, para que después de

vaciarse ante una comisión especial, obtengan con esto un título y

queden tan huecas como antes?

Es menester, pues, considerar a la historia en la enseñanza secundaria

no sólo como una colección de datos, sino principalmente como un factor

importante de educación intelectual y moral.

En la educación intelectual puede influir ejercitando la observación, la

atención, la reflexión, la asociación de ideas y el juicio. Como se

sabe, estas facultades se han de desenvolver presentando a los alumnos,

no soluciones hechas, sino cuestiones por resolver y acostumbrándolos a

dar a sus percepciones la mayor exactitud posible y hacer análisis

completos de los mapas, cuadros u objetos que sirvan de base al

estudio. Los niños son capaces de encontrar, gracias a su propia

reflexión, las causas de muchos hechos sociales. Por ejemplo:

Origen de las diferencias de cultura entre los indoeuropeos del sur e

indoeuropeos del norte, durante toda la antigüedad, a consecuencia de

los territorios mediterráneos que ocuparon aquéllos, y de las tierras

del norte, de clima crudo y alejadas de todo centro importante, que

ocuparon éstos después de su salida del Asia. Tal relación de causalidad

pueden encontrarla los alumnos con sólo hacer que se fijen en el mapa de

Europa, y este procedimiento es más conveniente y agradable que el de la

simple comunicación de los hechos por parte del profesor.

Explicación de la leyenda del Minotauro como un símbolo de la abolición

de los sacrificios humanos. Por medio de una serie de preguntas

hábilmente dispuestas, y partiendo de la base de que dicho monstruo no

existió jamás, y de que bien pudiera haber sucedido que por alguna

creencia de cierto carácter religioso sucumbieran todos los años en

Atenas siete jóvenes y siete niñas, es posible conducir perfectamente a

los alumnos a encontrar la causa que se desea.

Explicación de la leyenda del diluvio universal. Presentando a los

alumnos cualquier plano inclinado que represente sencillamente la

llanura de Mesopotamia, llegan ellos a hacer el mismo descubrimiento del

geólogo Suess, de que lo que se llama el diluvio no consistió en

lluvias torrenciales, como cuenta la leyenda, sino en una salida de mar.

Origen de la idea de dioses con caracteres antropomórficos.

Preguntándoles a los estudiantes si sería posible que una persona

medianamente ilustrada dijese hoy que el rayo es lanzado por un ser

llamado Zeus que tiene su asiento en tal o cual montaña y, contestando

que esto no sucedería porque se sabe en qué consiste el rayo, se llega a

establecer una de las condiciones que hacen germinar las ideas

antropomórficas en determinados estados sociales.

Con lo dicho se comprende en qué forma sería fácil continuar con otros

ejemplos.

La sugestión de asociaciones de ideas derivadas de las relaciones de

causa o efecto o de las percepciones de semejanzas y coexistencias entre

los hechos sociales, es una de las funciones más importantes de la

enseñanza de la historia para la solidez de los recuerdos, formación de

grandes síntesis y para la amplitud y elevación de las ideas. Como casos

de esta sugestión pueden ofrecerse los dos siguientes:

Observación de las circunstancias y causas semejantes que en la

antigüedad motivaron el paso de un gobierno monárquico a un gobierno

republicanoaristocrático en Esparta, Atenas y Roma. En virtud de las

mismas observaciones quedan explicadas simultáneamente las respectivas

leyendas.

Observación de las semejanzas que hay entre el cristianismo y el

islamismo que hacen que las dos religiones no sean más que retoños de un

tronco común, el judaismo.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 13 / 15 段