las más superiores inteligencias no le han dedicado a ella ni ratos de
ocios, en lo que han obrado muy cuerdamente. Pero de aquí a la
afirmación de que en Inglaterra no ocupan un lugar preeminente las
cuestiones intelectuales entre las cosas que interesan vivamente a un
grupo selecto y al gran público, hay un abismo. Basta para corroborar
este aserto, recordar que ha sido la patria de hombres de ciencia y
filósofos que han ocupado puestos sobresalientes en los anales del
espíritu humano por sus servicios, sus descubrimientos y estudios. Desde
Bacón y Newton en los comienzos de la edad moderna, hasta Stuart Mill,
Alejandro Bain, Herbert Spencer, Huxley, Lublock, Macaulay y muchos
otros, en el siglo XIX, la Inglaterra ha contribuído poderosamente al
progreso de las ideas y de las ciencias. Los franceses dicen que los
ingleses no tienen aptitudes para manejar abstracciones; pero esto no
significa que no sean eximios como hombres de ciencia que emplean
métodos positivos y experimentales, ni tampoco que los que se consagran
a tales estudios dejen de necesitar la abnegación indispensable para
renunciar a los goces y triunfos mundanos, abnegación que sólo resulta
de un desarrollo superior de ciertos sentimientos altruístas y de la
concepción de la vida, no como un campo de lucha por la satisfacción de
apetitos, sino como una arena de esfuerzos equilibrados en que, sin
descuidar las bases necesarias de la propia existencia, se siente el
impulso de cooperar en la obra inmensa e indefinida de la humanidad
entera. Esto es vivir vida completa, dilatar los horizontes de nuestra
conciencia, aumentar la órbita de nuestras sensaciones en el tiempo y en
el espacio y experimentar los goces más superiores de que es susceptible
la naturaleza humana, ya que todo buen desarrollo de actividad es fuente
de placer.
Pero nada de esto nos hablan los que nos incitan a que imitemos a los
ingleses.
Las grandes Universidades inglesas son centros donde se forma una parte
distinguida de la sociedad, muy selecta por su elevadísima cultura
intelectual. Sólo en una sociedad que ha llegado a un alto grado de
intelectualismo se encuentran vidas como la de James Mill, educaciones
como las de J. Stuart Mill, hijo de éste, de Macaulay, de Ruskin, etc.
James Mill era padre de una numerosa familia y carecía de fortuna; los
recursos necesarios se los procuraba escribiendo artículos para los
diarios y revistas, y simultáneamente encontraba tiempo suficiente para
consagrarse personalmente y con un celo digno de imitación a la
educación de sus hijos y para escribir una vasta y bien documentada obra
sobre la India. Más o menos por 1840 apareció la primera edición del
«Sistema de Lógica» de Stuart Mill, y un libro tan abstracto y
especulativo como ese fué agotado rápidamente por el público.
También sólo es concebible en una sociedad que goza de una alta y
general instrucción la propaganda casi revolucionaria que hacen contra
el estado actual del mundo, espíritus tan sobresalientes como un
Díckens, un Thackeray, un Carlyle; y lo que es más, esos autores
eminentes atacan precisamente la situación actual de Inglaterra, las
injusticias sociales y los múltiples defectos de una colectividad que
han estudiado con ciencia y arte muy de cerca.
Pero de esto no se ocupan los que nos presentan a Inglaterra como ideal
intachable.
Bajemos ahora de las cumbres. El amor al estudio desinteresado, que
recrea, ilustra y eleva el pensamiento, es igualmente intenso en las
clases medias e inferiores. Algunos ejemplos serán suficientes. En
Birmingham se fundó por una sociedad particular el «Birmingham and
Midland Institute», que da clases nocturnas a obreros, a los cuales se
les enseña no sólo química industrial y otros ramos de utilidad
práctica, sino también historia y literatura. Este establecimiento en
1886 contaba con 4.190 alumnos. Proporcionalmente Santiago debería tener
3.000 asistentes a sus escuelas nocturnas. Aquella institución hace ir
un profesor universitario de Londres u Oxford una vez por semana a dar
conferencias.
La llamada extensión universitaria es una prueba brillante de los gustos
intelectuales de los ingleses. En 1867 existían en varias grandes
ciudades asociaciones de señoras que tenían por objeto organizar
conferencias que debían ser dadas por profesores universitarios llamados
especialmente para ello. Fué tal el éxito de esta novedad, que las
personas ocupadas solicitaron de los profesores que repitieran en las
noches las conferencias dadas en las tardes antes a las señoras.
Conviene tener presente que esos profesores no hablaban gratuitamente.
Además, no han tratado en los temas que han elegido asuntos que fuesen
más o menos de utilidad y provecho inmediatos para su auditorio, sino al
contrario, cuestiones muy generales, casi abstractas, si se considera
que el público era no pocas veces compuesto en su mayor parte de
obreros. Delante de trabajadores de Sheffield han pintado el siglo de
Perícles; a los tejedores de Oldham les han contado la historia de
Florencia; a los mineros de New-Castle han entretenido con narraciones
sobre la tragedia griega y la Iliada.
Los profesores, encuentran que la seriedad y el ardor con que estos
hombres escuchan y aprovechan y la precisión de su lenguaje son
admirables. Un conferencista conversaba con un grupo de mineros y se
llegó a hablar de la Historia de las ciencias inductivas de Whewell. Un
minero exclamó: «Ah, he ahí un libro que desde hace mucho tiempo deseo
conocer. Stuart Mill lo ataca en un punto; pero, por lo que puedo
juzgar, Mill no tiene razón». ¿Qué tal? Un minero discutiendo sobre
Stuart Mill y ciencias inductivas. ¿Carecerá de inclinaciones
intelectuales un pueblo así?
No existe país en el mundo como Inglaterra donde el pueblo lea más
diarios, revistas y libros, dice Max Leclerc. El inglés lee toda su
vida, no sólo para distraerse, sino para instruirse aun después que ha
salido de la escuela, porque está naturalmente penetrado de la idea de
que el hombre jamás ha concluído de aprender.
_El Times_ anuncia cada día tantos libros recientemente publicados, como
todos los diarios de París en una semana.
Con razón ha podido decir Johnson, que Inglaterra, es el país que
cultiva mejor su suelo y su espíritu.
Todos estos detalles son seguramente muy conocidos; pero la verdad es
que en los últimos tiempos se les ha silenciado por completo y se ha
insistido, recargando de colores los cuadros que se han hecho, en dos de
las otras cualidades de los ingleses: la fuerte musculatura y el egoísmo
sincero que no miente. Se ha proclamado, en consecuencia, que es de
urgente necesidad educar a la juventud con dos fines principales:
Adquirir fuerza física y actitud para ganarse la vida.
Una de las razones que más o menos expresa o implícitamente ha hecho
valer para sustentar esta propaganda, es la de que los ingleses han
obrado y han obtenido la supremacía en el mundo.
Ya se ha visto cuánto de inexacto envuelve esta afirmación, cuántas
inolvidables lecciones deberíamos sacar de la educación intelectual del
pueblo inglés y cuánto podría enseñar un minero de Newcastle, no digo
sobre cosas de su oficio, sino sobre la antigüedad clásica, a muchos
ciudadanos de esta tierra.
En realidad, grandes ejemplos que imitar nos ofrece la Inglaterra; pero
debemos proceder a seguirlos sin desequilibrarnos.
La familia es la primera escuela donde los niños empiezan a desarrollar
el carácter que hace más tarde de ellos verdaderos hombres. Los padres
no miman al niño, no aumentan la natural timidez infantil asustándose
demasiado por cada nuevo paso que el niño da o por algún insignificante
peligro de que se vea amenazado; acostumbran fríamente, y se entiende
que con cuidado, al pequeñuelo a sufrir las consecuencias de que lo
hace. Así ejercitan más su actividad y lo hacen adquirir confianza en sí
mismo.
En igual atmósfera de iniciativa y responsabilidad crece el joven. Puede
tener un padre millonario; pero éste goza del derecho de disponer de su
fortuna a su antojo y en aquél domina el sentimiento de que precisa
empezar por combatir solo. No pone sus ojos ni en la futura herencia
paterna ni espera surgir por medio de empeños. Respira un aire viril,
adquiere carácter, confía soberanamente en sus esfuerzos y no deja
penetrar en sí aquella idea desconsoladora, germen destructor de la
voluntad, de que sin apoyos superiores nada se consigue, creencia por
desgracia demasiado difundida entre nosotros.
De tal suerte florece ese individualismo que tanto se admira y que es
efectivamente por tantos aspectos digno de admiración. El individualismo
que consiste en el respeto exagerado de la propia conciencia sin
consideración a nadie ni al que dirán, siempre que no se violen derechos
ajenos, que sugiere valor moral para no faltar nunca a la verdad, aunque
sean heridos con ella sentimientos de otros y perjudicados intereses
propios; y que hace que cada cual sea capaz de apreciar en sí mismo el
mérito de lo que hace sin buscar el aplauso de los demás: este es un
individualismo grande y viril que debemos tratar de inculcar a nuestra
juventud.
Pero si es cierto que la actual educación de Inglaterra contribuye a
desarrollar esas altas cualidades individualistas, también es indudable
que en su origen no se deben a ella. Fueron fomentadas en un principio
por la reforma religiosa y afianzadas soberanamente por la energía y
sacrificios de los puritanos, cuáqueros y wesleyanos, héroes de la
libertad personal, que consagraron a la conciencia humana como el
santuario inviolable de toda autonomía, rectitud y justicia. Milton,
Jorge Fox, Penn, son algunos de los adalides de ese individualismo
elevadamente humano, puro e ideal.
Entre otros puntos que se recomiendan en la educación inglesa, se olvida
que no son prácticas propias de ella, sino que han sido ya establecidas,
por lo menos entre nosotros, por la pedagogía alemana. El estudio del
carácter de los niños efectuado con atención durante todos los años que
permanecen en el colegio; el cultivo de relaciones francas, sinceras
entre los alumnos y el profesor, de tal suerte que aquéllos consideren a
éste casi como un padre cariñoso; el cuidar particularmente de la
moralidad, no por medio de sermones, sino con ejemplos, y condenar la
mentira con severidad inflexible, constituyen principios de educación
que han sido enseñados por los profesores del Instituto Pedagógico desde
su fundación. Desmolins en su libro «La educación nueva» cuenta como un
gran rasgo de moralidad inglesa que entre los estudiantes de esa
nacionalidad se considera una cobardía no confesar una falta.
Precisamente, lo mismo nos dijo durante las lecciones del primer curso
nuestro profesor de pedagogía y nosotros con nuestro espíritu ladino de
niños mal educados, nos reimos de semejante prueba de valor.
A la implantación completa de todas esas sanas prácticas educativas, y
en lo que se refiere muy especialmente a la moralidad, se han opuesto
varias circunstancias sociales y de otro carácter, y no ha sido
ignorancia de los procedimientos lo que ha faltado. Para estudiar
detenidamente y mantener relaciones estrechas con cada alumno, es
preciso que las clases sean poco numerosas. Ahora bien, por diversas
causas son frecuentísimas en nuestros Liceos las clases con más de 50
alumnos: he visto hasta con 70, sin que se consiguiera en todo el año
seccionarla. La ley misma no permite dividir una clase sino cuando han
entrado más de 50 alumnos. Con esta enorme acumulación de niños es
absolutamente imposible dedicar a cada cual una regular atención.
Se nos dice que una mentira se castiga en Inglaterra con la expulsión.
Con no menos severidad se procede en Alemania.
Imaginémonos el efecto que una medida de esta naturaleza produciría por
ahora entre nosotros. El padre del niño expulsado, que, como muchos de
nuestra sociedad, sin ofender a nadie, considera la mentira una prueba
de ingenio, un inofensivo juego de artificio, un deleite mundano, entre
aspavientos e interjecciones enérgicas protestaría delante del mismo
niño contra semejante determinación y la calificaría de injusta, torpe
e inadecuada. Pondría en seguida en movimientos sus empeños y sus
relaciones, hablaría a sus amigos, algunos de los cuales pueden ser
diputados y senadores, y se cernería sobre el desgraciado rector o
profesor que había tenido la malhadada idea de imitar a los ingleses,
sin reflexionar en qué país se encontraba, una atmósfera de desprestigio
y se diría de él que era un sujeto sin tino, que carecía de don de
gentes, y quién sabe hasta dónde se llegaría si se presentara una
situación política adecuada y el padre fuera un elector influyente.
Imitemos a los ingleses en fundar asociaciones que difundan la
ilustración en todas las clases sociales. No es posible silenciar en
estos momentos una bella iniciativa tomada por algunas personas
entusiastas y emprendedoras para establecer con recursos privados un
colegio como los mejores ingleses, para lo cual una de esas personas ha
obsequiado ya generosamente el terreno adecuado en Peñalolen. Que
nuestros hombres acaudalados imiten a los millonarios británicos y echen
las bases de escuelas, universidades y bibliotecas ricamente dotadas,
que tengan asegurada en el porvenir una existencia del todo
independiente, de modo que algún día podamos decir de nuestra patria
algo parecido a lo que Johnson dijo de la suya: «Ningún país en el nuevo
mundo cultiva mejor su suelo y el espíritu de su pueblo que Chile.»
Me ha inducido particularmente a escribir este trabajo la propaganda
activa, constante, apasionada que se ha hecho en estos años en contra de
la educación de nuestros Liceos y a favor de la llamada educación
práctica y del desarrollo corporal. Sentí el temor de que se fuera a
producir un desequilibrio lamentable en la cultura de nuestra patria.
Nadie niega la vital importancia de la educación física y la necesidad
de dotar a la juventud de aptitudes que la habiliten para tomar parte
con confianza y éxito en los trabajos de la vida; pero insistir
únicamente en estos puntos, sea por considerar que lo relativo al
cuidado de la inteligencia ya está alcanzado entre nosotros, o, lo que
sería peor, por creer que se le ha prestado hasta ahora excesiva
atención, es concebir de una manera muy incompleta la educación total e
integral de un pueblo; es cerrar los ojos sobre algunas de las
exigencias más claras de una nación, interrumpiendo un proceso histórico
de noventa años, muchísimo antes de que esté terminado, porque la
historia de la educación en Chile, como pueblo libre, ha sido y debe
continuar siendo la reacción contra las herencias coloniales que viven
latentes entre nosotros, aunque a fuerza de verlas nos hayamos
acostumbrado a no notarlas, y si ese fin se ha de conseguir en realidad
en alto grado por medio de la educación técnica e industrial, la
educación intelectual es indispensable también para elevar el nivel
general de la nación. Hay tal vez en mi manera de concebir el porvenir
de mi patria, mucho de subjetivismo y casi de sentimentalismo al
imaginármela como la tierra de un pueblo primeramente robusto, sano y,
por consiguiente, alegre, que sabe sacar del seno de su suelo todas las
riquezas que las transformaciones gigantescas de la naturaleza han
depositado en él; que luego procede a combinar esas riquezas primitivas
y produce las maravillosas combinaciones de la industria que esparce por
el mundo por medio del comercio; de un pueblo que de su abundante savia
reserva una cantidad importante de ella a las labores del pensamiento y
del sentimiento, a las ciencias y a las artes; de un pueblo que en los
trajines mismos del comerciante y del industrial siente refrescado su
espíritu por una alegre visión de idealismo que le promete para las
horas de descanso los placeres más puros y reales de que puede disfrutar
la naturaleza humana: sentir, amar y pensar. Y no se diga, para no
reflexionar sobre estas cosas que son fantasías. Todas las concepciones
de la mente tienen derecho a la vida; son las fuerzas que contribuyen a
diseñar las formas de lo futuro; los pensamientos de la conciencia
nacional, cuya única condición esencial para poder existir ha de ser la
sinceridad. Los ensueños tienen en sí una especie de realidad particular
casi tan efectiva como la llamada comúnmente realidad.
Renunciar a los ensueños que tienen una base inductiva en el pasado de
la humanidad, que es una garantía y promesa para el perfeccionamiento
posible de alcanzar, es renunciar al progreso, es destruir el único
mundo verdadero que existe para cada hombre, el mundo de su conciencia;
es llevar el limbo por dentro y Babel por fuera; es cegarse para mirar
por los ojos de una multitud anónima; es dejarse cortar las alas por los
que no las tienen.
Sentí profundo pesar cuando me impuse de esa propaganda que más o menos
ha dicho: «Jóvenes, preocupaos únicamente de ganaros la vida, y para
esto desarrollad vuestra musculatura, lanzaos a la refriega, acumulad
dinero y para distraeros aprended a jugar foot-ball, cricket, lawn
tennis, remad, andad a caballo; y sobre todo lo demás de cuanto existe,
bellos cuadros, hermosas estatuas, música soñadora, libros conceptuosos,
inspirada poesía, ideas humanitarias, regeneración social, sobre todo
eso corred un denso velo, no penséis en ello y seréis felices».
Me imaginé la criatura que resultaría de esa educación y el pueblo que
resultaría de la suma de esas criaturas. Vi un ser bien conformado, de
fuertes brazos, de amplio pecho, de andar aplastador, admirablemente
dotado para comer, beber, dormir y procrear, movido por un espíritu
egoísta, no con el egoísmo franco y sincero de un inglés que no miente,
sino con el egoísmo solapado y disimulado de un latino, y vi un pueblo
de fenicios, de vientres abultados, miradas sin brillo, y cabezas
huecas, especies de pequeños sistemas planetarios que llevaban en el
centro un astro, el oro, alrededor del cual giraban en confuso
torbellino, alumbrados por él, los apetitos.
Qué propaganda tan desconsoladora si se medita sobre el estado actual de
nuestro pueblo. Qué mal ideado ese plan de empujar a los hombres
exclusivamente a ganarse la vida, cuando al revés, gran número, si no
todos los defectos orgánicos de que padecemos y las desgracias sociales
que a menudo nos sacuden, tienen sus raíces en la falta de ideales
firmes y levantados que sirvan a los hombres de freno y luminoso guía;
cuando en medio del escepticismo reinante inevitable está ocupando con
sólida base el lugar de los dioses caídos y es objeto de veneración
universal el éxito, ídolo cuyo carro conduce en alto a no pocos indignos
y ha destrozado a su paso a no pocos desgraciados. Enaltecer a los
hombres prácticos que son cuerpos nuevos con espíritus viejos, tumbas
semovientes de las ideas de sus abuelos, nubarrones sociales que
interceptan la luz para sí y para los demás, cuando nuestros pueblos
languidecen, no sólo por carencia de capitales sino también por falta de
iniciativa, de innovaciones y de ideas nuevas.
Denigrar la educación intelectual cuando la ignorancia general es aún
tan densa como las selvas de nuestras tierras no colonizadas.
Las dos terceras partes de nuestra población no saben leer ni escribir.
Hace años se encontró en la Argentina, que en igual caso se hallaba, la
mitad de sus pobladores y allende los Andes dijeron que esta era una
cifra que marcaba para un pueblo un estado vecino al de la barbarie.
Creemos comúnmente que educación profesional es sinónima de intelectual
y que error tan completo envuelve semejante ideal.
Son notables muchos síntomas que revelan, a pesar del relativamente
crecido número de profesionales que poseemos, que el grado de la cultura
intelectual entre nosotros no es elevado. ¿Por qué solo muy de tarde en
tarde visitan a nuestro país compañías dramáticas de fama? ¿Por qué
ninguna revista científica o literaria costea sus gastos y a los pocos
meses muere de consunción? Dedicarse con perseverancia entre nosotros a
las letras y a las ciencias es casi falta de seriedad. El escritor y el
hombre de ciencia no alcanzan la consideración que logran un diputado,
un senador, un llamado hombre público, que son personas muy honorables
si se quiere, pero que no han necesitado para llegar a ocupar la
posición de que gozan desplegar esa suma de virtudes, esfuerzos y
perseverancia que aquéllos han menester en su carrera, siempre también
mucho más fructífera que la de los políticos.
En provincia la cosa es un poco peor. A un profesional oí una vez decir
con tono doctoral y convencido que los versos, se entienden los buenos,
no eran asuntos que debieran preocupar a la gente del siglo XX; eran
globos de jabón buenos para entretener a la humanidad en su infancia y
adolescencia. Un amigo me ha contado que en cierta ocasión un músico
célebre proyectó dar un concierto en una de las principales ciudades de
Chile, y la persona a quien se dirigió para que le preparara todo lo
preciso le contestó que desistiera de su viaje, porque había llegado en
esos días un circo, cuya competencia no resistiría ni por una sola vez.
En nuestros pueblos, a una corrida de toros, va todo el mundo; a una
conferencia, a una fiesta literaria, asisten contadas personas. Hay
mucha gente de la llamada decente que concurre con más placer a una riña
de gallos que a un concierto. Son rarísimas las personas que leen otras
materias que diarios e insubstanciosas novelas de intriga, cuando leen
algo.
En nuestro país no existen establecimientos en que se hagan estudios
verdaderamente superiores en el sentido que se da a estos trabajos en
otros países, es decir, en que se estudie la ciencia por la ciencia sin
otro fin profesional que el de resolver los problemas dejados por los
predecesores en esos ramos y descubrir nuevas verdades. El Instituto
Pedagógico, que sería uno de los planteles que mejor podría corresponder
por varias razones a esa manera de comprender los estudios superiores,
sólo prepara profesores, porque el tiempo no alcanza para más. La
Universidad produce abogados, ingenieros y médicos; pero investigadores
no se producen en ninguna parte.
Paralelamente con este estado de cosas, es posible indicar otro aspecto
de nuestra sociedad, muy relacionado con aquél: entre nosotros tampoco
existe, propiamente hablando, la carrera de profesor universitario, y si
algunos merecen por excepción y para honra de ellos el título de tales,
ha sido tal vez porque su amor al estudio, a la ciencia, y quién sabe si
a la juventud, que es la patria de mañana, los ha impulsado a
consagrarse a unas labores que brindan muchos goces íntimos, pero que no
dan posición social. La carrera de profesor universitario no ocupa casi
ningún lugar entre los que pueden asegurar el porvenir de una persona,
por la sencilla razón de que no se destinan para ella las remuneraciones
que necesitaría. Así tenemos en nuestros cursos de leyes y medicina como
profesores notables, abogados, jueces y médicos; pero profesores
universitarios verdaderamente tales sólo existen como distinguidísimas
excepciones.
¿Revelan también estos hechos el predominio de un intelectualismo
desmesurado?