Como se deja ver por las opiniones y ejemplos expuestos, es preciso que

en la clase de historia los alumnos estén en actividad. Tal idea la

manifiesta también Rafael Altamira en su obra sobre la _Enseñanza de la

Historia_, y llega a recomendar este autor,--a fin de que los alumnos no

reciban pasivamente ni las lecciones del profesor ni las del escritor de

un texto,--que debe estudiarse la historia en sus fuentes mismas, en los

documentos, monumentos, restos, etc.

Se comprende fácilmente cuántas dificultades puede presentar la

aplicación de este método en cualquier país y más en el nuestro, donde

los establecimientos de instrucción no tienen a su disposición no sólo

los monumentos y documentos necesarios para efectuar cursos completos,

pero ni aun cuadros en cantidad y de calidad suficientes.

Por estas razones,--y sin olvidar el principio primordial de la

actividad de los alumnos,--es menester considerar mucho todavía entre

nosotros la manera cómo el profesor comunica ciertos conocimientos a sus

alumnos y trata de que éstos se los asimilen.

Consideremos primeramente la narración oral. Usada ésta de una manera

exclusiva tiene que ir acompañada del trabajo de redactar apuntes, si el

profesor no habla muy rápidamente, o si sucede esto último, el

estudiante llega a encontrarse sin puntos de apoyo y referencia para

refrescar sus recuerdos.

En el primero de los casos indicados ya ocurre que el profesor dicta

lentamente sus lecciones, lo que hace que la clase sea muy aburrida e

inactiva, tanto para los alumnos como para el profesor, ya sucede que

éste lleva a cabo una narración propiamente tal y entonces los

estudiantes se ven reducidos, cuando tienen interés, a redactar, según

sus recuerdos, algunos apuntes en sus casas. Aunque esto es menos malo

que dictar en clase, sin embargo, de todas maneras es recomendable que

no se llegue a caer en el sistema de los apuntes. Éstos resultan

generalmente escritos con mala sintaxis, mala ortografía, letra apenas

inteligible y muchos errores de fondo, de suerte que el estudiante los

consulta y lee más tarde sólo por necesidad, y, una vez rendido el

examen, o los arroja en un rincón o los deja en legado a otro estudiante

de curso inferior, para quien pasan a ser una calamidad aun mayor. Todo

el tiempo que se gasta en esta labor de resultados fugaces debe ser

mejor empleado.

Cuando el profesor, en el segundo de los casos anotados más atrás,

narra con mucha rapidez y no repite lo suficiente, y los alumnos, que no

tienen a su disposición un texto o manual adecuado, no alcanzan a tomar

o redactar apuntes, viene como consecuencia inevitable el fracaso de la

clase.

Por los motivos expuestos, creemos que lo más conveniente es la

combinación discreta de la narración en clase con el uso de un buen

libro fuera de la clase.

Casi no es menester ya detenerse a decir cuán censurable es el uso de un

manual o texto mal hecho, recargados de cifras y de nombres, y adquirido

principalmente para que el alumno aprenda de memoria cierto número de

páginas que el profesor cuida de indicar en cada clase.

La narración ha de ser vivaz, casi artística, evocadora de los tiempos

ya muertos, sugestiva, de modo que haga sentir que la historia es la

vida del pasado.

Para que el profesor esté en aptitud de hacer narraciones en la forma

que se acaba de expresar, le es indispensable la lectura de las obras de

los grandes maestros de la historia y de obras literarias y poéticas

importantes de la época de que se ocupa, o de obras de tiempos

posteriores que se refieran a dicha época. Ejemplos de estas últimas

serían buenas novelas históricas.

No se puede encarecer lo bastante cuán necesaria es la lectura de los

grandes autores para que el profesor de historia manifieste en su clase

el gusto, la confianza y el entusiasmo que la hacen agradable y

educadora. Ni el profesor de los primeros años de Humanidades debe

prescindir de esas lecturas. A este respecto acuden a la memoria los

nombres de autores como Fustel de Coulanges, Mommsen, Curtius, Taine,

Renan, Macaulay, Buckle, Michelet, Lamprecht, Monod, H. Houssaye, Mitre,

Letelier, Barros Arana, Amunátegui, etc. Entre los historiadores de fama

más reciente hay que recordar al norteamericano H. Charles Lea, que,

entre otras obras, ha escrito una _Historia de la Inquisición en la Edad

Media_ (traducida al francés por Salomón Reinach), considerada

unánimemente por los críticos europeos como un libro monumental que en

el porvenir no podrá ser superado; y al italiano Guillermo Ferrero que

lleva publicados tres volúmenes (traducidos al francés) de su obra

_Grandeza y Decadencia de Roma_.

Debe ser también una de las más importantes consecuencias de las clases

de Historia, que los alumnos mismos de los cursos superiores adquieran

gusto por la lectura de los autores de mérito y que han escrito

sirviéndose de fuentes originales. Consiguiendo esto, no sólo se enseña

sino que se educa, se encamina a los jóvenes por la senda de los goces

delicados y salvadores que procura la comunión intelectual con los

grandes hombres.

Por último, considerando, que en la vida es preciso no sólo pensar

exactamente, sino también sentir y obrar de las maneras que más

elevadamente correspondan a las justas aspiraciones individuales y

sociales y a las mutuas adaptaciones de éstas,--se llega a apreciar el

valor que la Historia tiene para la educación moral. Su influencia en

este sentido la ejerce la historia por medio de los ejemplos de trabajo,

abnegación, constancia, valor moral, independencia y tenacidad para las

luchas legítimas que ofrecen las vidas de los grandes hombres y de los

grandes pueblos. Para que el efecto benéfico de tales ejemplos obre

sobre los alumnos, es menester que el profesor sienta primero vivamente

la importancia, belleza y grandeza que dichos ejemplos contienen.

IDEALES PARA LA JUVENTUD

La Federación de Estudiantes me ha conferido la honra de hablar en esta

hermosa velada, organizada para celebrar el Centenario de la

Independencia Argentina, y como un homenaje a la Federación

Universitaria de Buenos Aires.

Es un honor que impone serias responsabilidades, y éstas crecen cuando,

como voy a hacerlo ahora, no se ha de hablar en nombre de la Federación

respecto de la República hermana, sino a los estudiantes con motivo del

aniversario que conmemoramos.

Si de toda obra de carácter intelectual, y por consiguiente de un

discurso, se entiende en general que ha de ser la expresión sincera de

un alma y no un conjunto de fórmulas huecas, propias de una ceremonia

oficial; si toda producción que se presenta al público como la

manifestación de un espíritu ha de ser la expresión de lo que él tenga

por verdadero y no sólo de lo que considere conveniente en ese momento

para su auditorio, en desmedro de la verdad,--es indudable que estas

condiciones se tornan más exigentes cuando el auditorio o el público lo

forma la juventud de una nación. Hablar a la juventud es practicar un

acto que revista algo de sagrado. No comprenderlo así es como tener en

sus manos el ser aún informe de la patria futura y soltarlo,

abandonándole al tiempo tal como se le había recibido, en lugar de

apretarlo con amor en sus brazos para darle los rasgos que las lecciones

del pasado y la visión del porvenir enseñan, para hacerle sentir que es

el depositario dichoso de la fuerza viva más rica, que ha de ser la

causa y el objeto de las transformaciones individuales y sociales de los

días venideros.

Por tales razones y sentimientos, esta fiesta se me presenta con

caracteres excepcionales que la realizan a mis ojos.

Que los sucesos épicos de nuestra independencia sean celebrados

dignamente por la juventud que estudia, es como si los frutos del

heroísmo fueran celebrados por el heroísmo en flor. Si nos imaginamos,

tal vez de una manera poco precisa, que existe el alma de una raza, el

alma de un pueblo, y que en ella palpita sin cesar algo de heroico que

anda buscando personalidades en quienes encarnarse para realizar lo

grande que las necesidades de cualquier instante de la vida social

reclaman,--esa parte heroica del alma de la raza ha de tener puestas sus

esperanzas seguramente en la juventud que trabaja; en la que no deserta

de las nobles luchas; en la que, al emprender una campaña de adelanto,

no siente el miedo de perder en ella el logro de ambiciones bastardas o

las comodidades de la existencia ordinaria; en la que cree que lo bello

y lo bueno ha de amarse y que, aunque cueste, lo justo ha de hacerse y

lo verdadero ha de decirse.

La juventud, en efecto, (hablo de la que es capaz de disciplina y

esfuerzo), ocupa en la sociedad un lugar privilegiado: ha alcanzado

cierta madurez que le falta al niño, y lleva en su pecho valientes

anhelos e impulsos de que suele carecer el hombre. En el sistema de la

rotación histórica es como un calor de mediodía que apresura el

maduramiento de los frutos del progreso, que no estarían nunca en sazón

al contar sólo con la indiferencia de los espíritus vulgares y cansados,

que comen, miran y duermen, y creen en los descubrimientos y adelantos

sólo cuando se les ponen en las manos.

Esta especie de conjunción del recuerdo de un gran hecho del pasado

americano con la fuerza generosa de la adolescencia, impone el

considerar con reflexión lo que haremos esta noche y cuál será el orden

de ideas más apropiadas a ella. En esta circunstancia y en la de que es

poco menos que imposible expresar algo nuevo sobre el patriotismo y la

confraternidad chilenoargentina después de todo lo que se ha hablado y

escrito en estos días sobre el particular, se encuentran las razones

del rumbo que voy a dar a mis palabras. Al concepto dominante de este

discurso, que es un género de patriotismo recomendado a los estudiantes

de cursos superiores, llamadlo, a falta de otra denominación mejor,

patriotismo intelectual, patriotismo superior o americanismo

intelectual.

Me parece, en consecuencia, que en estos instantes no basta con que nos

regocijemos al rememorar las hazañas de los padres de la patria, sino

que es menester para celebrar y comprender a los héroes, sentir en sí

mismo algo de heroico. Proceder del primer modo, sólo aumentando la

intensidad de los goces fáciles, sería indigno de nosotros, sería como

aplaudir los triunfos de César y Alejandro, con las parodias de

Caracalla y de otros emperadores romanos.

Primeramente voy a concretar a un punto esta manifestación cariñosa y

entusiasta de simpatía a la República hermana del otro lado de los

Andes, punto que va a ser de admiración para ella y de enseñanza para

nosotros.

Hemos sido y somos en estos días viajeros que recorremos la espléndida

selva de los progresos argentinos; admirados y contentos, hemos puesto

nuestros ojos en sus árboles gigantescos y en sus frutos exquisitos.

¡Quién ha contado los progresos materiales de esa tierra, quién ha

entonado himnos a sus guerreros, quién ha celebrado la opulencia de su

capital, la segunda metrópoli del mundo latino! Yo, de la floresta, voy

a tomar una flor humilde, especie de violeta del campo social, y a ella

voy a consagrar mi admiración. Esta flor es la instrucción primaria.

Aspirando su perfume y bendiciendo al suelo que la ha hecho crecer, os

digo mi sentimiento en la siguiente expresión:--Saludemos en la

República Argentina a la primera democracia de la América española, a

una democracia que tiene instrucción primaria gratuita, secularizada y

obligatoria. Saludémosla con estos dictados que nos señalan un camino y

que la honran. En efecto, la instrucción primaria de aquella República

desde los seis hasta los catorce años, y completamente secularizada, de

manera que en las escuelas no se da ninguna enseñanza religiosa, a menos

que los alumnos o sus padres la soliciten expresamente, y, en este caso,

la reciben en horas extraordinarias. De esta suerte, la República

Argentina ha llegado a tener una proporción de un poco más de un treinta

por ciento de analfabetos, mientras que nosotros contamos con cerca de

un setenta por ciento de los mismos. Estos son los resultados funestos

de un concepto de la libertad, aún poderoso entre nosotros, que se

resiste a hacer compulsiva la instrucción más indispensable al

ciudadano, libertad que, así entendida, no es otra cosa que una

desorganización erradamente individualista, feudal y anárquica. A los

partidarios de esta falsa libertad les dijo Mirabeau en la

Constituyente, hace más de un siglo: «Si defendéis la ignorancia del

pueblo es porque os habéis formado una renta con esa ignorancia».

A este respecto es de lo más sugestivo el informe presentado el año

pasado por nuestro conocido, el ilustre profesor de ciencia política de

la Universidad de Pensilvania, Mr. L. S. Rowe, sobre la instrucción

pública en la Argentina y Chile.

«El progreso de la educación en Chile, dice el distinguido profesor, en

el _Report of the Commissioner of Education_ (1909), presenta un

contraste notable con el de la República Argentina». En la República

Argentina el desarrollo democrático del país desde 1850, ha conducido

hacia un temprano desenvolvimiento de la instrucción primaria. La

instrucción secundaria y superior han recibido poca atención. La

organización social aristocrática de Chile, por otro lado, ha encaminado

los esfuerzos hacia el desarrollo de los establecimientos de instrucción

secundaria. En consecuencia, Chile posee los mejores Liceos e institutos

de Sud América. Desgraciadamente la instrucción primaria fué descuidada

por muchos años y ha resultado de ahí un grado de ignorancia tal en las

masas populares, que hace insalvable (impassable) el abismo (chasm) que

existe entre las clases sociales. El país sufre ahora las consecuencias

de esta larga negligencia...

«El problema de mayor importancia que en estos momentos afronta Chile,

es el del adelanto y expansión del sistema de educación primaria. Sólo

por medio de la educación de las masas y el consecuente emparejamiento

del tremendo abismo que separa las clases ricas y educadas, podrá Chile

retardar el aumento del descontento».

Tiene razón Mr. Rowe. La educación contribuirá a que se solucionen de

una manera suave, en una evolución social progresiva, los conflictos

internos que han de sobrevenir. Esta previsión está fundada en la

historia entera del siglo XIX. Inglaterra y España ofrecen a este

respecto ejemplos elocuentes. Ambos pueblos eran, al empezar aquella

centuria, monarquías absolutas autocráticas; pero mientras en la primera

existía desde entonces una opinión pública educada y preparada, en la

segunda, durante el primer cuarto del siglo, un ministro de Fernando

VII, Calomarde, cerraba casi todos los establecimientos de instrucción,

y dejaba abierta, bajo los especiales auspicios de Su Majestad Católica,

¿qué? una escuela de Tauromaquia en Sevilla. Las consecuencias de este

estado de cosas y de las diferencias de educación de los dos países son

bien conocidas: Inglaterra, en el trascurso del siglo, ha realizado una

transformación maravillosa de sus instituciones y ha llegado a ser una

monarquía democrática modelo, sin ninguna revolución, y ofreciendo al

mundo los más bellos ejemplos de luchas cívicas; y España, en el mismo

lapso de tiempo, se ha visto sacudida por innumerables revoluciones

sangrientas, que han costado la vida a millares de sus hijos, no ha

logrado dar una forma sólida a su Constitución, y se debate aún

dolorosamente en medio de las tendencias más opuestas y desgarradoras.

Pero entre nosotros, no existe únicamente ese abismo entre las clases

sociales de que habla el profesor norteamericano; existe,--en virtud del

mismo hecho de la falta de educación de una gran parte de la

población,--una notable disonancia entre nuestra cultura intelectual y

nuestras instituciones sociales. Estas no corresponden al grado de

adelanto que ha alcanzado aquélla.

Estos problemas del desarrollo y expansión de la instrucción primaria y

del mejoramiento de las instituciones, son problemas que se compenetran.

Ambos requieren que se ilustre a la sociedad para transformar al Estado.

De aquí la importancia que envuelve el que la juventud se forme un

concepto cabal de la vida social y de sus exigencias de progreso, lo

cual no se consigue sin una instrucción que sea simultáneamente

positiva, científica y filosófica.

--¿Qué nexo, qué relación se deja sentir entre estos asuntos y el

centenario de la independencia argentina, o de la independencia

americana si se quiere, que celebramos en estos instantes? Hay algunos

muy esenciales y al ocuparnos de ellos llegaremos a la segunda y última

parte de que pienso tratar.

Así como comprende y sabe amar a Jesús sólo el que desprecia de corazón

las riquezas y quiere a los pobres, a los humildes y a los niños; así

como comprende y estima el alma de Marco Aurelio aquél que obedece en su

vida espiritual a una austeridad benévola y a una ecuanimidad severa;

así como penetra mejor el ser de un Spencer, de un Comte, o de un Stuart

Mill el que consagra sus desvelos al estudio y a la ciencia, de igual

suerte será capaz de apreciar y de celebrar las hazañas de los héroes de

nuestra independencia sobre todo el que tenga el ánimo, como ellos lo

tuvieron, de consagrar su individualidad a un ideal humano y nacional.

¿Se dirá, acaso, que ya pasaron los tiempos del heroísmo y que las

espadas de San Martín, de Belgrano y de O'Higgins descansan en los

museos para que nosotros las miremos sonrientes y evoquemos tranquilos

el recuerdo de una edad homérica que no ha de volver?

¡Ah, no! Las espadas pueden descansar en los museos y quizás no sea

necesario el heroísmo de la guerra (y esto aun desgraciadamente puede no

ser cierto); pero, qué hermosas jornadas nos presenta el heroísmo de la

paz, cómo reclaman nuestra acción la pluma, la palabra, el laboratorio,

las masas incultas y los errores imperantes, con un apremio que parece

que aun centuplicándonos seríamos pocos. Así como creía John Ruskin,

allá por 1860, en su bella y solitaria residencia de Los Alpes, tener su

cabeza sumida en un haz de hierbas de un campo de batalla, empapado en

sangre, y oir los gritos que se levantaban de la tierra, los gritos de

la inocencia que quería ser socorrida y los de la miseria que quería ser

consolada, así me imagino que brotan de nuestra tierra y de la América

en general, voces por doquiera, voces que claman por hombres que

trabajen con fe y entusiasmo en las cosas del progreso espiritual; me

imagino que hay verdades que palpitan en el aire esperando quien con

valor las sostenga y las proclame; reformas que esperan un adalid que

las convierta en realidades; y pobrezas, dolores e injusticias que, si

no han de ser remediadas, suspiran a lo menos por la pluma atrevida de

un Galdós, de un Zola o de un Díckens que, con obras de aliento, los

inmortalicen en el arte.

Este heroísmo de la paz no es algo brillante y que sólo requiera el

esfuerzo de un día. No; es labor modesta, a veces obscura, de energía

tenaz, de perseverancia que llega a ser un hábito; es la existencia

entera del hombre noblemente vivida; es marchar con la augusta serenidad

del estoico para cumplir sus deberes y con la fuerza propulsora del amor

para efectuar creaciones; es tener la convicción de que en la vida

social nada se improvisa, y de que los hombres no somos más que las

madréporas solidarias de un monumento colosal que en el mar del espacio

está construyendo la humanidad.

En el heroísmo de la guerra se lanza la voz de «al abordaje» una o

varias veces en una o más campañas. En el heroísmo de la paz hay que

vivir siempre, como Cirano, con el penacho en alto, para combatir sin

tregua a los verdaderos enemigos del hombre: la pereza y el egoísmo, el

misoneismo, los prejuicios y el dogmatismo. En el heroísmo de la guerra

bajan del cielo las walkirias a coronar a los guerreros después de las

batallas; en el heroísmo de la paz llevan los guerreros las walkirias en

el alma en forma de virtudes, que celebran sus triunfos y entonan sólo

para ellos himnos de aliento cuando desmayan.

Se puede decir que los esfuerzos de los hombres se encaminan al mejor

aprovechamiento y desarrollo de dos clases de energías: energías

materiales y energías espirituales y sociales. Entre nosotros, movidos

por el gran afán de las cosas prácticas, se ha gastado especial cuidado

sobre todo con las primeras. No obstante, nuestros campos y las entrañas

de nuestros montes y las caídas de agua de nuestras cordilleras están

todavía casi vírgenes y encierran tesoros incalculables para los

trabajadores que a arrancarlos se consagren. No es raro que esto suceda

en Chile, cuando al decir de W. Ostwald, la explotación de las energías

del sol y de la tierra se encuentran en la infancia aun en los países

más adelantados. Si es verdad, pues, que se pierden en Chile muchísimas

energías de la tierra, es preciso también apresurarse a reconocer que

son inmensas las fuerzas sociales que se despilfarran. El pueblo

ignorante de que hemos hablado, la mujer que por preocupaciones de casta

no sigue una profesión que le permita mantenerse, los ociosos que

podrían robustecer los músculos en las fábricas, los parásitos de todas

clases que pululan en los clubs, en el foro o en los templos; los

llevados por la ventolera de la idea ramplona dominante de que en la

vida, con el dinero que bien o mal gasta, no hay otra cosa que hacer que

gozar hoy y preparar los placeres de mañana; todas estas son fuerzas

sociales que se malgastan.

En la necesidad de salvar y aprovechar estas energías sociales,

necesidad que concuerda con la tendencia constante de la especie de dar

intensidad y facilidad a su existencia, radica el motivo de hacer

germinar y cultivar en la juventud un concepto superior de la vida, un

concepto armónico en que, a la base de la riqueza material, se agregue

el florecimiento de la cultura espiritual, sintetizada en una filosofía

que sea a la vez positivista e idealista evolucionista y meliorista.

Al cultivo de la ciencia y de la filosofía en Hispano América quiero

llamar la atención de las almas jóvenes, considerándolo como el supremo

trabajo del heroísmo de la paz, en cuanto significa la empresa más digna

de continuar la obra de los padres de la patria, tanto por su valor

intrínseco, cuanto por la reacción que debe operar sobre la vida

realmente práctica.

¿No merecen esta clase de homenaje los héroes de 1810? ¿O es homenaje

inadecuado que tratemos de retemplar nuestro espíritu con el ejemplo de

aquéllos para practicar las principales formas de heroísmo que las

condiciones de la época presente permiten? ¿O viviremos en nuestra vida

espiritual y social únicamente de imitaciones y repeticiones?

Proceder así sería decirle a la juventud que la forma en que hemos

vivido nosotros es la mejor forma de vida posible, o que la existencia

social no es susceptible de mejoramiento. Ninguna persona puede con

seguridad decir esto; y la que lo hace no ve en su pesimismo que lo que

falta no son tanto las virtudes en el corazón de los hombres, como

quizás la fuerza en su propio pecho, la fuerza generosa que sube al alma

en vapor de esperanza y de aliento.

¿O no tenemos tal vez los elementos para dar a las mejores enseñanzas de

la ciencia y de la filosofía modernas formas adecuadas a nuestras

condiciones de pueblos nuevos, que nos permitan establecer y aplicar

principios, conceptos e innovaciones que a su vez recobren sobre el

resto del mundo?

Aunque dudemos de esta posibilidad, debemos tentarla. Como ha dicho

Hoffnidg, el que no se atreve a equivocarse no acierta jamás con la

verdad.

Si queremos dar a nuestra patria y a nuestra raza personalidad en el

concierto de la humanidad, debemos esforzarnos por darle personalidad

espiritual, es decir, artística y científica.

El que no nos atreviéramos a esto encontraría una mengua para nuestro

carácter, así como es en cierto grado dolorosa, vergonzosa, la situación

internacional de nuestro idioma castellano.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 14 / 15 段