¿Qué sería de nosotros si los múltiples antecedentes que hacen que las

golondrinas sean lo que son, no obrasen, y de la noche a la mañana

pudieran convertirse en víboras de mortal picadura? Tal universo sí que

sería un caos si es que alcanzábamos a vivir en él un segundo para

concebirlo así y decirlo. Si tales cosas no suceden es en virtud de la

uniformidad esencial de la naturaleza, de la ley de causalidad y del

determinismo.

He dicho que el conocimiento y aplicación del principio determinista es

lo único que puede aumentar la menguada y mal llamada libertad de que

disfrutamos. Es claro que si queremos hacer una cosa o evitar otra, lo

mejor es conocer las causas y los agentes que nos conducirán a esos

fines, y, lo repetimos, poner en acción esos agentes es aplicar y

confiar en el determinismo. Estamos en situación de aumentar nuestra

libertad especialmente, cuando disponemos de tiempo para la consecución

de nuestros objetos.

_El determinismo está en razón inversa del tiempo que falta para que se

efectúe el fenómeno._ No cabe dentro de ninguna facultad el evitar que

los hijos de una familia dada sean raquíticos, débiles y torpes si

sabemos que sus padres, además de tener complexiones enfermizas, eran

parientes muy cercanos entre sí. El que nazcan niños degenerados en

tales circunstancias se halla casi fatalmente determinado; pero el

hombre tiene el poder de impedir que este mal se repita en lo porvenir

haciendo que no se verifiquen matrimonios entre parientes cercanos y que

no se liguen por los lazos del amor conyugal sino personas sanas. El

aumento de nuestra propia voluntad se verifica de la misma suerte. Si un

hombre de hábitos desarreglados, glotón y perezoso, lanza una tarde el

_fiat_ y resuelve trabajar inmediatamente después de su almuerzo o de un

_lunch_ suculento, no conseguirá nada, sino adelantarse. Pero si al día

siguiente se levanta temprano, se baña, reforma su régimen alimenticio y

se modera en el comer y en el beber, empezará a sentir inmediatamente

mayor elasticidad en sus músculos, fuerza para trabajar, viveza de

imaginación, más voluntad y más libertad.

Por todas estas razones hemos dicho que la obra de Mr. Payot corresponde

mejor a sus tendencias voluntaristas que las conferencias de Mr. James.

El voluntarismo del psicólogo de Harvard (por lo menos tal como aparece

en sus conferencias pragmatistas y en su ensayo sobre la _Voluntad de

creer_), puede no sólo carecer de eficacia, sino aun ser perjudicial.

Decidle a un dispéptico que confíe sólo en su voluntad para levantar su

ánimo abatido, no le proporcionéis las pócimas y régimen adecuados a sus

dolencias y le habréis infligido uno de los mayores males de su vida.

Es de advertir que Mr. James, psicólogo, no es voluntarista de la misma

manera que Mr. James, pragmatista. En los _Principios de Psicología_

trata científicamente de la formación de hábitos y de la educación de la

voluntad.

Ya he dicho también que Mr. James considera el problema de la libertad

como un problema metafísico y cree en ella sólo por motivos morales. Así

las ideas de libertad y responsabilidad pasan a ocupar la categoría, no

de poderes y estados reales, sino de postulados éticos, necesarios al

educador y al moralista.

VII

Antes de concluir, permítansenos algunas últimas observaciones. Vamos a

explotar una de las cualidades esenciales del propio pragmatismo, para

poner en claro cómo su principal característica resulta ser la carencia

de carácter distintivo, cómo es un término general que no tiene

connotación en sentido lógico.

Ya sabemos que se vanagloria de ser antidogmático; y que cobija bajo sus

alas anhelantes de poder, cualquiera idea que sirva para la acción. De

aquí se infiere que, disintiendo de Mr. James, se puede, no obstante,

reclamar el dictado de ser tan pragmatista como él, siempre que el

contradictor sostenga que sus ideas, distintas de las del psicólogo de

Harvard las considera más aptas que cualesquiera otras a robustecer su

voluntad.

Ese tercero imaginario podría decirle a Mr. James:

«Aceptamos su fe meliorista; pero precisamente por creerlo más apto, más

eficaz, más fecundo, más salvador, oponemos a su meliorismo

providencialista, vago, metafísico, especie de panacea espiritual y

moral, un meliorismo humano que no esté reñido con el conocimiento

objetivo de las cosas y confíe en las inducciones y deducciones de la

ciencia para introducir ideas nuevas y realizar obras melioristas. Este

pragmatismo reformado, por llamarlo así, cree en la verdad y descansa

exclusivamente en las virtualidades de la acción humana para transformar

al mundo.»

«Es menester, continúa el tercero imaginario, convencerse de una vez por

todas de que la necesidad más urgente para el hombre es mejorar la vida

de la especie, pensando por ahora nada más que en ella misma y contando

nada más que con sus medios humanos. Si existe un Supremo Hacedor,

dejémosle tranquilo entre lo incognoscible, en la caprichosa e

insondable sombra del misterio que envuelve el principio de las cosas.

Procediendo así estamos de acuerdo con su indudable norma de no

intervención, porque si alguna vez ese Supremo Hacedor dió dentro del

caos el primer impulso para el desenvolvimiento de las cosas inorgánicas

y orgánicas, no se puede negar que desde aquel instante dejó a los

mundos entregados a la suerte que le resultara del funcionamiento de sus

leyes mecánicas, complejas e invariables; no ha vuelto a mezclarse en

el destino de sus criaturas y se ha retirado por completo a su

enigmática mansión de lo eterno, de lo infinito y de lo misterioso».

«Esta concepción es franca y además profundamente religiosa. Establece

la más santa hermandad entre los hombres, liga a los hijos de esta

tierra con sólidos lazos para que venzan mejor las peripecias de su

común destino; y en lugar de las vanas palabras y pequeñas formas e

imágenes, todas muy vanas y pequeñas hasta ahora, con que se ha

pretendido llenar el arcano sin fondo de lo desconocido y de los

orígenes del universo, coloca sonriente al frente el término _Misterio_.

No adora al indescifrable Supremo Hacedor en los ríos, en los mares, en

las montañas, en los templos ni en representaciones antropomórficas,

sino que lo busca donde palpita la esencia de la vida que es y de la

vida que aspira a ser más, en el corazón de los que sufren y de los que

aman, en el alma de los ignorantes que esperan más luz para ser también

conscientes cooperadores en la creación, en las pasiones de los

extraviados y de los desequilibrados, para estudiar ensayos fracasados

de las infinitas formas de la palpitante vida, en las esperanzas locas y

en las quimeras de la juventud, que suelen constituir anuncios

inconscientes de lo porvenir, en el espíritu de los místicos sinceros,

porque se olvidan de sí mismos, en el corazón de los héroes, de los

genios y de los esforzados, porque viven para los demás y forman

cristalizaciones del alma popular.»

«Llevados en alas de esa concepción, el tiempo que gastábamos en

invocaciones y súplicas debe ir a aumentar las vigilias que consagramos

a nuestras aspiraciones y tareas melioristas, y entonces la serenidad de

un espíritu verdaderamente moral y religioso se expresará diciendo:

Estoy bien en conciencia con Dios porque estoy bien en conciencia

conmigo y con los hombres; porque he tratado de descifrar la obscuridad

del destino humano, he puesto con ahinco mi alma en la solución de este

problema y sinceramente no he encontrado otra que buscar el conocimiento

de las leyes de nuestro universo para mejorar las cosas de esta tierra y

las relaciones de los hombres entre sí».

Tales serían las palabras que un espíritu lógico podría pronunciar,

reclamando para ellas el calificativo de ser, por el hecho de creerlas

alentadoras de la acción, tan pragmatistas como las que pronuncia Mr.

James, que predica ideas contrarias; tales son algunas de las

inferencias que irrefutablemente cabe deducir de los principios teóricos

y método lógicos del pragmatismo.

Pero el pragmatismo aplicado, aplicado por el mismo Mr. James, resulta

otra cosa: es una forma de escepticismo encaminada principalmente a

apuntalar al tradicionalismo. Lo que hace que el conjunto de la obra de

nuestro filósofo resulte contradictorio, porque empieza alardeando de

antidogmatismo para concluir doblando la cerviz bajo el dogmatismo.

Esta escuela filosófica ha encontrado en la gran República del Norte su

cuna y una tierra propicia para su difusión, por dos razones: una es la

primacía que tiene la actividad sobre el pensar especulativo entre los

hijos de aquella nación, y la otra la constituyen los temores que

inspira el desarrollo de una democracia desbordada que sin freno

religioso pueda ser víctima de su egoísmo y de su concupiscencia.

Como ha dicho A. Schinz[15], el pragmatismo es la escolástica moderna,

de igual suerte que la escolástica fué el pragmatismo de la Edad Media.

En ambos casos se ha sacrificado la verdad a la consecución de fines

considerados superiores.

[15] Antipragmatismo.

En la Edad Media la filosofía escolástica se cortó las alas para seguir

los pasos de la teología, y ahora el pragmatismo quiere maniatar a la

filosofía para hacer de ella la humilde servidora de la ética

tradicional.

En el pragmatismo hay no sólo escepticismo y tradicionalismo; es un

nuevo aspecto del sutil obscurantismo. Podría verse en él también una

especie de decadentismo filosófico, de igual manera que el decadentismo

propiamente dicho es un género de obscurantismo literario.

Cabe decir que en la producción de obras obscuras y decadentes, ya sean

filosóficas o literarias, no toca toda la responsabilidad a los

escritores que las dan a luz; no: parece que una gran masa del público

pide, desea o fomenta tales obras. Así como hay gentes que prefieren

contemplar las pequeñas realidades de la vida, las realidades

cotidianas, al través de los vapores del alcohol o del humo de los

cigarros, a pesar de que no ignoran cuan funestos son esos hábitos para

su salud y la nitidez de sus percepciones, de idéntico modo muchas

otras, al tratarse de los grandes problemas de la existencia, rechazan

las ideas claras y coherentes, se niegan a examinarlas; prefieren la

confusión que no choca con la imitación tradicional o los impulsos

hereditarios; prefieren el engaño tranquilo a las inquietudes de la duda

y de la reconstrucción mental.

Felizmente no hay cuidado de que entre nosotros prendan en forma tan

amenazante tales retoños de escepticismo intelectual y de obscurantismo

filosófico. Entre nosotros ha echado bastantes raíces la filosofía

científica europea, que por nuestra parte la consideramos _positiva_, en

cuanto al método, _evolucionista_ en cuanto a la ley que rige los

procesos de los fenómenos y _monista_ en cuanto supone la existencia de

una sola substancia. No es tampoco su positivismo tan estrecho que

niegue a la _psiquis_ la facultad de efectuar síntesis creadoras, de

crear formas nuevas, de ser una cooperadora de la creación universal y

de transformarse y perfeccionarse a sí misma. Esa filosofía auna y

armoniza las aspiraciones del naturalismo y del humanismo, prestando a

la acción humana la base del conocimiento objetivo y científico, sin el

cual el espíritu humano, entregado a los inconsistentes espejismos

pragmatistas de Mr. James, sería como una ave poderosa que, entendiendo

que el aire era un estorbo para emprender un alto vuelo, saliera de la

atmósfera, y por su ilusión temeraria se viera con las alas plegadas

rodando al abismo.

La filosofía científica de que hablamos no se halla reñida con la más

elevada vida ética y ofrece a los hombres de estudio los más ciertos y

fecundos métodos de investigación y principios sólidos de interpretación

del mundo, de previsión y de acción. En esta época de crisis moral y

mental en que se cruzan y luchan las corrientes de ideas más contrarias,

aparece la filosofía científica como el evangelio dotado de superior

eficacia para librarnos del escepticismo que nos echa en brazos de los

placeres sensuales; del diletantismo literario que señala a la

inteligencia desorientada un fin y un goce en las brillantes frases de

hueca sonoridad; para apartarnos de la superidolatría del dinero y del

pesimismo social que engendra el desánimo de la voluntad.

Y si ponemos con amor la conciencia atenta a las sagradas esperanzas

contenidas en las almas jóvenes, una voz íntima nos dice que la

filosofía científica, que aún exige luchas, es la única disciplina

seria, es el único mentor sólido para esa juventud intelectual que busca

con agitado entusiasmo la senda que debe seguir.

LA EDUCACIÓN INTELECTUAL Y LA IMITACIÓN INGLESA

Causa placer considerar el gran interés con que se estudian y discuten

actualmente las cuestiones de educación. La opinión pública recibe y da

en este sentido impulsos que han de producir magníficos resultados.

Sin embargo, se ha dejado sentir en los últimos tiempos una marcada

tendencia a señalar a la educación rumbos exclusivamente prácticos y a

presentarnos como el perfecto modelo que debemos imitar: la educación

inglesa. Este propósito es algo erróneo y extraviado, porque nace de

ideas inexactas sobre las instituciones pedagógicas inglesas y no es

quizás más que el resultado del deslumbramiento superficial producido

por el actual poderío británico, cuyas complejísimas causas no se

estudian detenida y hondamente, y porque revela la carencia de una

concepción clara, propia y llena de alientos de lo que debe ser la

educación de un pueblo nuevo que quiere dejar grabado con brillante

vigor el paso de su nacionalidad por la historia humana. Los pueblos

como los individuos han de ver ejemplos que seguir en las grandes

personalidades y naciones del pasado y del presente; pero teniendo al

mismo tiempo la serenidad suficiente para conocer los defectos de sus

modelos y ánimo inquebrantable de corregirlos y afrontar la vida con

ideales superiores.

Se ha dicho entre nosotros últimamente en la prensa, en revistas y

discursos, que la educación que proporcionan nuestros Liceos es mala y

no corresponde a las necesidades del día, por dar sobrada importancia al

cultivo de la inteligencia y no habilitar a los jóvenes para ganarse la

vida en cuanto salgan de los establecimientos de instrucción secundaria.

Naturalmente, nuestros Liceos están lejos, muy lejos de ser perfectos;

pero son infundadas las críticas que se hacen y en parte inadecuados los

remedios que se proponen. Al criticar nuestros sistemas de enseñanza se

ha caído en el juicio inexacto de ver intelectualismo exagerado donde no

existe, por la sencilla razón de que observamos muchas cosas a través de

libros franceses. Algunos franceses, preocupados de una manera anhelante

y casi angustiada de la expansión comercial y colonial de su país,

dominados con obsesión por la idea de la potencia abrumadora del imperio

británico, han ido a estudiar en Inglaterra las causas de ese poder

para ver si es cosa que se puede imitar, ni más ni menos como en tiempo

de Luis XIV observaron los procedimientos y quisieron seguir los pasos

de los holandeses que entonces tenían en el mundo la hegemonía de los

mares.

Han creído encontrar esos motivos en las diferencias de educación y han

iniciado un movimiento poderoso de reforma de su instrucción nacional. Y

han tenido en parte razón.

El programa de enseñanza clásica ha consagrado diez horas semanales

durante seis años al estudio del latín y del griego, las lenguas

modernas se estudiaban mal; apenas se ha dejado lugar para las ciencias

naturales y para la física y la química, a las cuales se ha consagrado

unas pocas horas como partes subordinadas de la filosofía que se ha

estudiado en el último año. En contra de este programa se han

levantado las voces de Lemaitre y Desmolins y en contra del

intelectualismo--excesivo también--las de Payot y Thomas. Pero ¿ocurre

en Chile algo semejante? ¿Dónde se cultiva y prospera ese

intelectualismo absorbente? Los programas actuales recargan tal vez la

memoria de los alumnos en algunas materias; pero eso no es un

intelectualismo ni defectuoso ni de ninguna clase. Lo que deberían haber

dicho los críticos de nuestra enseñanza es que ella conduce al

profesionalismo, lo que es algo enteramente distinto. Precisamente,

entre otras cosas, y dicho sea esto en honor de las excepciones, que son

las que más sufren con ello, lo que falta en Chile en alto grado es

cultura intelectual general. El mismo Desmolins en su programa de

enseñanza nueva y moderna conserva en la sección de letras el estudio

del griego y del latín y en todos los cursos de su escuela consagra

durante los seis años cuatro horas semanales a la historia y a la

geografía, mientras nosotros sólo les dedicamos tres en los primeros

años y pronto les dedicaremos tres en todos los años de las humanidades.

El programa de Desmolins, que es la última palabra de lo práctico,

reserva tiempo suficiente a estudios que nosotros o hemos suprimido o

restringido por considerarlos poco útiles. Y aun quieren que seamos más

utilitarios.

Es igualmente un grave error histórico atribuir el colosal

desenvolvimiento de Inglaterra a la influencia de sus sistemas de

educación práctica. Al contrario, debe pensarse, que tanto su vasto

imperio como su educación son efectos de una complicada multitud de

causas históricas y sociales, que han obrado durante varios siglos,

causas entre las cuales es menester reconocer un valor importantísimo a

la situación geográfica de la Gran Bretaña y a la raza de sus

pobladores.

¿Qué sería esa nación sin la posición insular que ocupa y sin los

grandes tesoros minerales que le brinda su suelo? Aun la explotación de

esos mismos tesoros y el aprovechamiento de su situación han sido

precedidos de grandes movimientos intelectuales. Según Buckle, del

desarrollo del escepticismo, a fines del siglo XVI y principios del

XVII, resultó en Inglaterra el amor a las investigaciones científicas,

que produjeron el progreso constante de los conocimientos a los cuales

debe esta gran nación su prosperidad. La época de Bacón, que fué un

resultado del Renacimiento, que dió al mundo una concepción nueva de las

ciencias y de la vida, influyó poderosamente en los descubrimientos que

se hicieron más tarde y en el vuelo que tomaron las industrias. Todos

estos hechos no han sido efecto de una educación que enseñe únicamente a

ganarse la vida. El clima ha influído también, como todos sabemos, en

las actitudes de la raza. Le ha impuesto en un principio una lucha dura

para poder vivir y ha desarrollado en ella esas cualidades de

utilitarismo, previsión y energía que le son propias. El hábito de la

resistencia y del trabajo seculares ha hecho nacer en ella, conforme a

la opinión de E. Boutmy, su cualidad característica dominante, la pasión

del esfuerzo por el esfuerzo, el amor a gastar sus fuerzas con o sin

resultado. ¿Qué sería esa nación sin esas cualidades y otras, cuyos

obscuros orígenes es muy difícil investigar, que produjeron a principios

y a mediados de los tiempos modernos, junto con la reforma religiosa, la

concepción de un ideal moral superior, elevadísimo, severo,

intransigente, que hizo de cada pecho una fortaleza y de cada hombre un

héroe? Al analizar el poder colonizador de Inglaterra, dice el último

autor citado, es preciso pensar en la gran acción ejercida en ese

sentido por las religiones disidentes. Los puritanos, los cuáqueros, los

wesleyanos, han sido colonizadores por excelencia; son personas que

ocupan en la historia un lugar preeminente por el valor moral

inapreciable que desplegaron para defender sus conciencias, donde ellos

encontraban sus ideales, su noción de la divinidad; todo lo que puede

valorizar la vida, y las fuerzas suficientes para lanzarse a tierras

desconocidas, a climas malsanos, no arredrándose ni por los bosques

impenetrables ni por desiertos, buscando sólo un sitio donde plantar de

manera inconmovible el pabellón de su independencia.

Estos acontecimientos no son consecuencia de la educación, que se nos

presenta ahora como modelo.

Hasta el siglo XVII otras potencias superaron a Inglaterra en poder

colonial y marítimo y sólo en el siglo XVIII llegó a tomar esta nación

las grandes proporciones que creciendo han formado el vasto imperio de

hoy. Si fuera la educación la causa principal de esa gran evolución, su

acción debería haberse manifestado claramente en aquella época. Pero no

ha sido así: la educación que se nos ofrece a manera de imagen, o es

muy restringida en la esfera de influencia que abarca, lo cual debe

haberla hecho incapaz de ejercer un extenso poder sobre la masa de la

nación, o ha sido muy defectuosa y reformada sólo en la segunda mitad

del siglo XIX. De suerte que antes de este tiempo tampoco se ha hallado

dotada de las virtudes que se le atribuyen.

Probémoslo.

En 1868 se nombró una comisión para que examinara el estado en que se

encontraba la llamada instrucción secundaria. Uno de los miembros de la

comisión, Mr. James Bryce, autor y profesor bastante conocido, resume

así las conclusiones de la comisión:

«Las escuelas eran insuficientes en número y no estaban situadas donde

se tenía necesidad de ellas. La instrucción era a menudo de mediocre

calidad y no existían relaciones orgánicas, sea entre los diferentes

grados de las escuelas secundarias o entre las escuelas secundarias

tomadas en conjunto, o entre éstas y las escuelas primarias y las

superiores. En algunas escuelas el exclusivismo religioso había

aumentado el mal, ya haciendo la escuela impopular, ya excluyendo de

ella toda una categoría de ciudadanos. Los medios de que el poder

central disponía para vigilar o reformar eran lentos, costosos y tan

sobrecargados de formalidades legales, que eran totalmente ineficaces.

Algunos maestros eran con frecuencia incapaces y muy a menudo

positivamente iletrados; y sus enseñanzas, salvo algunas excepciones,

pobres y superficiales. Algunas de estas escuelas se llamaban prácticas

para atraerse sobre todo la clientela de los comerciantes; pero

convertidas en establecimientos estrechamente comerciales quedaban muy

lejos de preparar bien a sus alumnos para los trabajos de la vida real».

A propósito de esto mismo decía el sabio Huxley en ese tiempo: «La

posteridad nos infamará si no ponemos un remedio a esta situación

deplorable. Y si nosotros vivimos veinte años más, nuestras propias

conciencias nos infamarán».

He aquí gran parte de la educación inglesa de hace menos de medio siglo

juzgada por dos hombres de ciencia ilustres. ¿Puede haber sido esta

educación la creadora del poderío del imperio británico?

Otro error, especie de error callejero, es el que nos pone ante la vista

como tipo único de inglés, que debemos imitar, un personaje que anda a

trancos largos, afanado en ganarse la vida y que restaura sus fuerzas

por medio del foot-ball y del cricket; personaje serio, estirado,

sincero e implacable en la lucha por la vida, que aplasta, siempre que

puede, sin inmutarse y correctamente a su rival, y que no se preocupa de

especulaciones intelectuales, desdeñándolas como algo vano y fútil más

adecuado para las naturalezas afeminadas y fantásticas de los latinos.

¡Qué cuadro tan falso, superficial e incompleto!

Filosofía Americana: Ensayos · 第 11 / 15 段