Tales frases las tomé como las exterminadoras de la lógica y de todas

las ciencias, de una plumada. Ya, después de esta novísima doctrina, no

hay que buscar certidumbre ni en la evidencia ni en los métodos lógicos

y deben dejar de existir la física, la química, la biología, la

psicología, etc., y todas las ciencias concretas derivadas de éstas, de

las cuales, a su vez, la industria de todos los países y muy

especialmente la de los compatriotas de Mr. James, saca tan útiles y

fecundas aplicaciones. Tanta extrañeza me causó esto, que pareciome una

aberración que no podía ser tomada en serio y me di a pensar en la

suerte que habría corrido la nueva escuela filosófica si en lugar de

llevar por padrino a un filósofo de fama mundial, como Mr. William

James, hubiera llegado a los grandes centros de estudio amparada tan

sólo por el modesto nombre de un pastor protestante de un pobre pueblo

de provincia. Seguramente no habría encendido las discusiones que ha

encendido, no habría provocado uno sólo de los artículos de revista que

han visto la luz por ella, y los filósofos, al conocerla, habrían a lo

más y en el mejor de los casos, desplegado sus más irónicas y

despreciativas sonrisas. Pero no ha sido así: el mundo de los filósofos

ha discutido vivamente el problema de la verdad, y el pragmatismo y el

humanismo, el intelectualismo y el racionalismo han esgrimido sus

mejores armas para obtener el triunfo.

Primeramente es menester reconocer que la concepción pragmatista da

lugar a confusiones. Hasta ahora nosotros hemos distinguido con

fundamento y claridad las verdades propiamente dichas (que pueden ser

amargas) y errores convenientes para inducir a obrar. A un niño

embustero le podemos decir que abrigamos plena fe en su palabra (aunque

precisamente no sea así) a fin de que él mismo adquiera confianza en su

persona y no mienta. Un error sirve para la acción mucho mejor que la

verdad en este caso. A una madre que adora a su hijo no es posible

decirle la verdad de que éste ha muerto. La verdad, lejos de servirle

para la acción, podría ocasionarle un síncope o arrancarle a ella misma

la vida. El error es salvador en esta ocasión y la verdad es funesta. En

conformidad a la doctrina pragmatista la verdad sería que el hijo no

había muerto. No es necesario insistir sobre tales naderías.

En segundo lugar, con la doctrina que analizamos se pierde todo criterio

para juzgar el pasado. Para los antiguos iráneos fué de suma importancia

su creencia en Ormuz y Ahriman. Por favorecer a aquél y hostilizar a

éste cultivaron sus campos, fertilizaron las tierras estériles,

domesticaron los animales útiles y exterminaron las bestias dañinas.

Nosotros no debemos decir únicamente que la fe en Ormuz fué útil para

los persas sino que, pragmáticamente, Ormuz y Ahriman tuvieron tanta

existencia real como, por ejemplo, el Tigris y el Éufrates, cuyas aguas

utilizaron los persas cuando conquistaron la Mesopotamia. Como el

pragmatismo no cree en la existencia de verdades objetivas, quedan para

él dentro de la misma penumbra la simple creencia que es un acicate para

la acción y la representación que, además de impulsar la acción, va

acompañada de certidumbre objetiva.

En tercer lugar, no es posible tener una norma para juzgar nuestras

representaciones relativas a entidades o cosas que no se hallan al

alcance de nuestra experiencia. El pragmatismo renuncia al manejo de los

principios lógicos y no se inquieta por las contradicciones cuando se

trata de infundir vigor a la acción. Freno poderoso para la impulsividad

de súbditos salvajes ha de ser que crean a su reyezuelo dotado de

poderes mágicos. El pragmatismo debe decir entonces que es una verdad la

existencia de la hechicería como don sobrenatural otorgado a algunos

hombres. Para la conducta de algunos pazguatos puede ser mejor que crean

en el infierno; y el pragmatismo debe consagrar con su sello filosófico

esta creencia vulgar, sin importarle un ardite lo inconcebible que es la

suposición de una sustancia material o espiritual que esté ardiendo

eternamente sin consumirse.

En cuarto lugar. Al proferir la frase «lo verdadero es útil y lo útil es

verdadero» me parece que un eco burlón repitiera «lo bello es útil y lo

útil es bello», «lo bueno es útil y lo útil es bueno», «la lezna del

zapatero es útil, la lezna del zapatero es bella». He aquí la doctrina

ideal para los abogados y rábulas, para los farsantes, para los

políticos que engañan: si conservan en algún rincón de su alma alguna

partecita de conciencia que de vez en cuando los clava para advertirles

que han mentido, deben apresurarse a aleccionarla con la nueva doctrina

y hacerla comprender que si han perseguido lo útil para ellos, no han

mentido. Estas afirmaciones pragmatistas (si no son una pura tautología)

nos precipitan en una confusión de conceptos donde los términos se

barajan unos con otros y no es fácil entenderse sobre su significado. Si

decimos que lo útil es verdadero y sabemos que la mentira es a menudo

útil, llegaremos a la conclusión peregrina de que la mentira es

verdadera. A la inversa, si lo verdadero es útil y sabemos cuántas

innumerables desgracias hay verdaderas, seremos conducidos a sostener

que las desgracias son útiles.

No debemos silenciar en este punto una aplicación que el mismo Mr. James

hace de su doctrina a la teología. «El pragmatismo, dice, no tiene

prejuicios _a priori_ en contra de la teología. Si las ideas teológicas

resultan de algún valor para la vida, deben de ser ciertas para el

pragmatismo, en el sentido de que son buenas para dicho fin». No se

puede negar que esta es una admirable, pasmosa afirmación. ¡Prejuicios

_a priori_ en contra de la teología! Decir que el pragmatismo no los

tiene y esmerarse en expresarlo, es dar a entender que otra escuela

filosófica los tiene, tal vez el racionalismo, el empirismo o el

naturalismo. ¡Cuán infundado es hablar de principios _a priori_ respecto

de ese orden de estudios! Si hay alguna disciplina que haya ido

desacreditándose _a posteriori_ es la teología. En otros tiempos esta

seudociencia[14] ha sido un fuerte lazo de unión para todas las

inteligencias, un lazo sagrado y querido; y si se ha ido debilitando

después hasta el punto de encontrarse casi del todo gastado, no ha sido

en virtud de ataques _a priori_, sino por medio de muy lentas enseñanzas

_a posteriori_, por los descubrimientos experimentales y científicos que

han puesto al desnudo la vaciedad e inconsistencia de sus doctrinas, por

lo menos de sus doctrinas relativas a la concepción del mundo y de la

vida humana.

[14] La llamo seudociencia porque no puede ser ciencia, aunque la

designen así los teólogos, ya que éstos no pueden suponer como

base de ella la ley de causalidad y el determinismo, que

constituyen los postulados primordiales de toda ciencia.

Agregando a los puntos que estamos analizando el que se halla expresado

bajo el número 3.º y que dice «que llegan a ser verdad aquellas

representaciones que se adaptan, amoldan, injertan en el _stock_ de las

creencias establecidas, no las que chocan con estas», encontramos nuevas

objeciones que apuntar en contra del pragmatismo.

No se nos ocurre pensar qué actitud decorosa, digámoslo así, podría

haber asumido el pragmatismo ante teorías que hoy son verdades

inconclusas y que cuando recién hicieron irrupción en la mente de

algunos genios no prometían ventajas prácticas por el momento y venían

armadas de condiciones que, lejos de plegarlas al cuerpo de ideas

existentes, las ponían en pugna con él. Para el pragmatismo esas

teorías, que para nosotros son y fueron verdades, son seguramente

verdades también, pero cuando recién salieron a luz debieron de ser

errores. Así ¿qué habría contestado el pragmatismo en el siglo XV cuando

se comenzó a plantear el problema de si la tierra era redonda o plana, o

la tesis de si la tierra o el sol es el centro del mundo? ¿Qué habría

contestado en el siglo XVII al hacérsele la pregunta de si la sangre

circula o no?

En problemas como estos no ha habido, en un principio, ninguna

conveniencia práctica señalada, según se tomara un partido u otro. Más

aún, lo práctico, lo conveniente para la acción y la conducta, fué en

aquella época mantenerse en el error. Si hubieran procedido así los

sostenedores de esas ideas, habríanse visto libres de las inhumanas

persecuciones de que fueron víctimas. Si Galileo hubiera sido

pragmatista no habría desafiado las iras de la Inquisición y hubiera

vivido en paz y oscuramente, sofocando con el manto de la fe los aleteos

de su genio. No incurriré en la injusticia de afirmar que Mr. James

pueda o tenga que aceptar estas inferencias que obtenemos exagerando un

aspecto algo vulgar y egoísta que es fácil de explotar en su doctrina.

El idealismo de nuestro filósofo lo eleva hasta colocarlo por encima de

las consecuencias de sus propias premisas.

Una pregunta más: ¿Fueron pragmatistas o procedieron como tales los

sabios de Salamanca cuando en pleno siglo XVIII rechazaron el introducir

en los cursos de su universidad los sistemas de Copérnico, Galileo y

Newton, porque se hallaban en oposición con la verdad revelada? ¿No

tomaron entonces la senda más conveniente para su conducta, para su

práctica, según la manera de entender de ellos? ¿No repudiaron algo que

no se avenía con el _stock_ de sus antiguas creencias? Nosotros decimos

que repudiaron la verdad para permanecer en el error; pero debemos

reconocer que procedieron en un todo como pragmatistas consumados.

Así el pragmatismo se presenta no sólo como indiferente a la verdad,

sino que aún viene a servir, retrospectivamente aplicado, de sostén a

errores manifiestos.

Acercándonos ya al fin de esta parte, examinaremos el último número de

nuestro resumen, que dice así:

7.º Las leyes científicas constituyen sólo generalizaciones

aproximativas. Las teorías no deben ser consideradas transcripciones

absolutas de la realidad y todas (se entiende que hasta las más

contrarias) son utilizables desde algún punto de vista.

Si esto acontece con las leyes y teorías científicas, con mayor razón y

en superior escala debe acontecer con todas las creencias y sistemas

formulados y concebidos con menos precisión que las leyes y teorías

científicas. A los principios pragmatistas les corresponderá el rango de

generalizaciones aproximativas de segundo o tercer grado, y el ser

pragmatista _a outrance_ consistirá precisamente en ser pragmatista a

medias. Todavía valdría la pena de oir la respuesta que daría el

pragmatista si se le preguntara si afirmar que la sangre circula, que la

tierra gira alrededor de su eje y en torno del sol, no son absolutas

transcripciones de la realidad, sino sólo generalizaciones aproximativas

utilizables; o si son aún utilizables en algunos casos las ideas de que

la sangre sea un líquido estancado, la tierra forme el centro de nuestro

sistema planetario y su figura sea la de una superficie plana inmóvil

bajo la bóveda estrellada.

No se nos ocurre que Mr. James fuera a contestar estas interrogaciones

en el sentido que implícitamente se desprende de ellas; pero la verdad

es que nuestro filósofo no distingue en sus conferencias entre leyes

probadas y leyes discutidas, entre teorías e hipótesis y arroja sobre

todo el cuerpo del saber humano el vapor difuso y confuso de su fino

escepticismo y de la desconfianza en la ciencia.

Causa mayor perplejidad ver que quien afirma que las leyes y teorías

científicas son sólo aproximaciones aproximativas utilizables es Mr.

William James, autor de unos _Principios de Psicología_, donde ha

estampado centenares de reglas que después en su obra posterior, cuando

habla como pragmatista y no como hombre de ciencia, declara inciertas.

En los filósofos del Renacimiento, eran frecuentes contradicciones como

estas: para librarse de las persecuciones y de la hoguera (lo que no

siempre conseguían) los pensadores se apresuraban a declarar que

aceptaban como cristianos los dogmas que rechazaban como filósofos. Pero

¿qué temen ahora los pragmatistas? Albert Schinz en su libro

_Anti-Pragmatisme_ presume que temen el desarrollo de una democracia

licenciosa que, falta de frenos religiosos, arrastrará a la sociedad por

pendientes imprevistas. Creo que a los que niegan la verdad y la

certidumbre de las leyes científicas, movidos por un fantástico peligro

que amenazara a la conservación social, se les podría preguntar si han

ahondado en sus conciencias y están seguros de que sea un amplio y

generoso interés social el que los mueve y no algún menguado y apenas

consciente, casi instintivo, interés individual, de clase o de secta.

Un párrafo más para terminar esta sección de nuestro ensayo.

La concepción pragmatista de la verdad es, como se ha dicho, genética, y

esta parte de la nueva escuela es la que, a nuestro entender, descansa

sobre bases sólidas. Es además instrumentalista, individualista y

voluntarista, caracteres que la conducen al escepticismo.

Este núcleo lógico y psicológico, que es la esencia de la novísima

doctrina, ha sido el que ha recibido las principales críticas de los

filósofos.

En el reciente Tercer Congreso de Filosofía celebrado en Heidelberg en

Septiembre de 1908, Mr. Josiah Royce, de la Universidad de Harvard, como

Mr. James, hizo una comunicación sobre la materia con el título de _El

problema de la verdad según recientes investigaciones (The problem of

Truth in the light of recent research)_. En esta exposición, el filósofo

americano ha distinguido las diferentes formas del pragmatismo y ha

mantenido contra el individualismo (o subjetivismo) y el

instrumentalismo (o la teoría de que la verdad sea un simple instrumento

para la acción) la existencia de una verdad absoluta, independiente de

las necesidades y de la vida social y orgánica, aunque siempre

relacionada con la voluntad, por cuanto es la obra de una serie de

procesos de actividad. Esta doctrina de Mr. Royce tiene de común con el

intelectualismo que admite una verdad independiente de la práctica

ordinaria y se diferencia de él en que insiste sobre los procesos

activos que su constitución (de la verdad) supone. Mr. Royce propone

para ella el nombre de Pragmatismo absoluto.

V

Es peculiar de la naturaleza del pragmatismo no enarbolar ninguna

bandera metafísica. Ya hemos visto que no se interesa por ningún

resultado (especulativo o doctrinario) especial, quiere ser ante todo un

método, una teoría genética de la verdad.

Mr. James, como buen pragmatista, empieza por declarar que, todas las

discusiones metafísicas son en sí ociosas e interminables y pueden

recibir el dictado de verdaderas o falsas, según como se coloque el

prisma con que se las mire. Mas, luego les aplica a algunos problemas

de este género, tales como el de la existencia de Dios, de la acción de

un designio en el universo (o sea la Providencia) el del libre albedrío

y el determinismo (haciendo de esta cuestión una tesis metafísica y no

psicológica), les aplica el infalible reactivo pragmatista y se pregunta

tan sólo cuál solución sería más conveniente para la conducta en las

tres siguientes tesis y antítesis, o dilemas: que Dios exista o no

exista; que haya un designio en el universo o no; que la voluntad sea

libre o no.

Paso a paso, en las lucubraciones de Mr. James se va cristalizando que

para obrar mejor nos interesa creer en la existencia de Dios, en la

acción de un designio en el universo y en el libre albedrío. El nuevo

árbol del pragmatismo, esponjado en sus principales consecuencias, por

uno de sus más preclaros sostenedores, va a cubrir con su sombra al

añoso tronco del tradicionalismo. Me imagino el placentero recogimiento

que producirá en ciertas almas este hecho. El gran psicólogo, después de

haber remontado la cumbre del saber por el camino de la ciencia, ansioso

de nuevos horizontes, va a buscarlos al templo proteiforme del deísmo.

Además, por su defensa del libre albedrío, y de la idea de una vida

futura, en cuanto sirven para favorecer nuestra mejor conducta, y

sosteniendo que lo primero es obrar bien y que después viene el pensar

bien, Mr. James comulga en los altares del moralismo criticista, la

tendencia que han defendido en la segunda mitad del siglo XIX Mrs.

Renouvier y Secretan.

Aunque parezca redundancia, debemos decir, con todo, que existe una

diferencia profunda entre el tradicionalismo y el moralismo por un lado,

y el pragmatismo por otro. Las creencias que hemos citado recientemente

sobre la divinidad, la vida futura, la Providencia y el libre albedrío,

son para el tradicionalismo y el moralismo representaciones de cosas que

existen en sí o de atributos que se hallan dotados de existencia real,

mientras para el pragmatismo son sólo creencias, desprovistas de toda

objetividad, imágenes útiles para nuestra conducta, son, casi casi,

ilusiones, añagazas o señuelos destinados a darnos vigor en nuestro

bregar continuo por las variadas corrientes de la vida.

VI

Cualesquiera que sean las objeciones que fluyan en contra del credo de

Mr. James, es no obstante bello, simpático, y en parte grandioso, dentro

de sus tendencias voluntaristas, idealistas y melioristas. Estos rasgos

lo hacen marchar de acuerdo con el humanismo que predican los señores

Schiller y Dewey.

Hablando de los puntos en que se igualan los caracteres del pragmatismo

y del humanismo, dice Mr. James en sus dos últimas conferencias:

«Estas cosas (la verdad, el derecho, el lenguaje, etc.), se van haciendo

a medida que la especie humana avanza en la existencia y son creaciones

que se desarrollan dentro del proceso histórico. Lejos de ser

antecedentes que animan esos procesos, el derecho, el lenguaje y la

verdad, son sólo nombres abstractos para sus resultados. Nuestras

creencias no son pues imágenes de la realidad, sino productos hechos por

el hombre. (_Man-made products_).

«El mundo es como nosotros lo hacemos (_The world is what we make it_).

Es infructuoso definirlo por lo que fué originalmente o por lo que es

aparte de nosotros; no es más que lo que se hace de él (_it is what is

made of it_). De aquí... (se infiere)... que el mundo, es plástico.

Podemos conocer los límites de su plasticidad sólo por medio de nuestros

ensayos (_only by trying_) y debemos proceder como si fuera

completamente plástico, obrando metódicamente dentro de esta presunción

y deteniéndonos en el caso de que seamos decisivamente contrariados por

la experiencia.

«La realidad independiente de nuestro pensar humano es muy difícil de

encontrar.

«Nosotros rompemos a nuestra voluntad el flujo de la realidad; creamos

los sujetos de nuestras verdades y de nuestras proposiciones falsas.

Creamos también los predicados de ellos, muchos de los cuales expresan

únicamente las relaciones en que se encuentran las cosas con nuestros

sentimientos.

«Tanto en nuestra vida activa como en nuestra vida cognoscitiva somos

creadores. El mundo es maleable y espera sus últimos retoques de

nuestras manos. El hombre engendra las verdades en él.

«Nadie podrá negar que este papel aumenta tanto nuestra dignidad como

nuestra responsabilidad de pensadores y que da fuerzas inspiradoras al

hombre el saberse dotado de divinas funciones creadoras.

«Mientras que para el racionalismo la realidad se encuentra

completamente hecha de una vez y por toda la eternidad, para el

pragmatismo se está todavía haciendo y espera del futuro parte de su

complexión.

«El pragmatismo es meliorista; ocupa el término medio entre el pesimismo

que afirma que el mundo es malo sin remedio, y el optimista que

considera el perfeccionamiento del mundo inevitable.

«El pragmatismo vive en medio de un conjunto de posibilidades y se halla

dispuesto a pagar hasta con su propia vida, si es preciso, la

realización de los ideales que ha forjado.»

Esta concepción es grandiosamente hermosa, casi poética. El hombre,

formador y trasformador de la realidad; el hombre cooperador en la

creación universal; y, para los deístas como Mr. James, en este gran

movimiento de la vida universal, Dios es un cooperador también

(_helper_) y nada más; es _primus inter pares_.

Examinando con calma la dirección del pensamiento de Mr. James, se ve de

sobra y se ha dicho ya que es voluntarista en oposición a

intelectualista: afirma que es de más importancia para nosotros obrar

que perdernos en disquisiciones sobre el conocimiento. Este rumbo no es

una novedad en las orientaciones del espíritu humano.

A fines del siglo XIX empezó una reacción antiintelectualista, no sólo

en Estados Unidos e Inglaterra, sino muy principalmente en Francia. La

conocida obra de Mr. Jules Payot sobre «La educación de la voluntad», es

fundamental en esta materia y las predicaciones pragmatistas de Mr.

James, lejos de agregar, después de lo escrito en esa obra, algo a la

veneración de la voluntad, señalan en parte un retroceso respecto de

ella. Los estimulantes que Mr. James indica para la voluntad en sus

conferencias, quedan reducidos a tener confianza en ella, a creer en el

_fiat_ de los librearbitristas, a esperar la cooperación divina y

providencial en un mundo guiado por un supremo designio misterioso del

cual nosotros alcanzamos a percatar tanto como pueden percatar de

nuestros proyectos «nuestros gatos y perros domésticos». No se puede

negar que esta comparación es capaz de entumecerle las alas al hombre

dotado de más impulsos creadores.

Mr. James no cree seguramente en tal peligro, porque mientras en una

conferencia nos eleva a la categoría de cooperadores en la creación

universal, dentro de la cual Dios, como se ha dicho, es un auxiliar

(_helper_), _primus inter pares_, en otra nos coloca respecto del gran

designio que imprime movimiento al universo, en la deprimida situación

de animalitos domésticos.

Mr. Payot ni nos eleva ni nos abate tanto. Antes de exponer su doctrina

se hace cargo de los dos peligros extremos existentes para conseguir el

desarrollo de la voluntad: el uno lo constituye el desfallecimiento, el

desaliento fatalista, el _aboulie_ que no tiene fuerza para reaccionar;

el otro lo forma la excesiva confianza en el poder de la libertad

humana, en el _fiat_ de los espiritualistas.

Esta última disposición de ánimo es expuesta a fracasos irremediables.

Las dificultades no previstas de la acción o de una empresa, desalientan

hondamente al que se ha lanzado a ella armado sólo de su confianza en el

valor del querer.

En medio de estos dos extremos el hombre puede triunfar estudiando el

mecanismo de su voluntad, confiando en la formación de hábitos y

esperando obtener más y más relativa libertad entre los deslumbramientos

del libre albedrío y las obscuridades del fatalismo, merced al

aprovechamiento de las lecciones del determinismo. Corroborando este

aserto debemos agregar que el determinismo es la única salvaguardia,

casi el único creador de la menguada libertad de que podemos disfrutar.

Lejos de confundirse con el fatalismo, es precisamente lo contrario. El

determinismo implica la existencia y funcionamiento de una ley de

causalidad en el orden universal. Según ese principio, unas mismas

causas o unos mismos antecedentes producen siempre unos mismos efectos o

unos mismos consecuentes.

Nuestro obrar, o si queréis hablar como los espiritualistas, el

ejercicio de nuestra libertad, consiste siempre en hacer algo, es decir,

producir algún efecto por medio del movimiento de alguna cosa. Por

ejemplo, yo me propongo ir a Valparaíso esta tarde; para conseguirlo

ejecuto una multitud de movimientos, como son la preparación de mi

equipaje, el proveerme de dinero, trasladarme a la estación, adquirir

los billetes respectivos.

No hago ningún caudal de que la resolución misma de mi viaje no puede

ser indeterminada. El hecho de encontrarme en nuestro puerto a media

noche es el efecto de mi voluntad; pero este no habría sido posible sin

el determinismo y la ley de causalidad.

Que una locomotora se mueva por medio del vapor de agua, que a su vez se

ha producido por medio de la combustión del carbón, son meras

aplicaciones de la ley de causalidad y del determinismo. Si os imagináis

un mundo no regido por estos principios y si sois consecuentes debéis

convenir en que dentro de tal mundo, para efectuar un viaje, estaríamos

en peores condiciones que los volantines de los muchachos de la calle,

cuyo encumbramiento depende de los caprichos del viento.

Concebid un mundo no regido por los principios de que hablo y sed

consecuentes: dentro de ese mundo la dosis de neurosina con que hoy

alentáis a un neurasténico puede ser mañana o una cosa inútil o un

veneno. Las cualidades esenciales y duraderas de las cosas dejarían de

ser tales y se cambiarían al azar movidas por un hado caprichoso y loco.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 10 / 15 段