Este término se deriva del griego, significa acción, su raíz es la misma

de donde han provenido nuestras voces «práctico» y «práctica». Fué

introducida por primera vez en la filosofía por Mr. Charles Peirce en

1878, quien en un artículo publicado en el _Popular Science Monthly_,

afirmaba que nuestras creencias son sólo reglas para la acción y que

para comprender bien el sentido de una idea necesitamos sólo determinar

qué clase de conducta será adecuada a producir. Esta conducta es para

nosotros su único significado. Para alcanzar perfecta claridad en

nuestros pensamientos respecto de un objeto, necesitamos considerar

exclusivamente qué efectos producirá en la práctica dicho objeto, qué

sensaciones debemos esperar de él y qué reacciones debemos preparar.

Estos son los principios pragmáticos de Mr. Peirce, que permanecieron

completamente desconocidos durante veinte años, hasta que en 1898 empezó

Mr. James a propagarlos.

«En esta fecha, dice nuestro autor, los tiempos parecían haber madurado

para recibirlos. El término _pragmatismo_ se ha extendido y ahora ocupa

las páginas de todos los periódicos filosóficos.»

II

Las conferencias de nuestro autor dejan una impresión muy variada, y

fuera de reconocer el admirable idealismo que campea en algunas de ellas

y la sencillez de su lenguaje, no es fácil dar un juicio de conjunto

sobre todas.

Conviene distinguir entre los principios mismos del pragmatismo y las

consecuencias que el autor saca de ellos. Estas consecuencias nos han

parecido a veces demasiado tradicionalistas, y aquí se encuentra la

razón de que muchos dogmáticos lo hayan recibido en palmas, sin percatar

que por otros lados encierra explosivos mortales para muchas

preocupaciones existentes.

Dentro de los principios es menester distinguir una parte lógica y

psicológica y otra metafísica y moral.

No hay escuela filosófica ni de ningún género que sea capaz de

satisfacer por completo a otra persona que su propio fundador, y aun en

este caso no son pocas las veces, me parece, en que el autor mismo

critica sus obras o incurre en contradicciones manifiestas, lo que

equivale a negar alguna parte de lo que ha dicho. Hasta los creyentes de

fe más ardiente ensanchan de alguna manera las tiranteces de los dogmas,

suavizan la severidad de algún mandamiento y modifican algo a su sabor y

comodidad los sagrados cánones de su credo.

No es posible imaginarse que el pragmatismo haya nacido con más feliz

estrella que los demás ensayos humanos de orden filosófico o religioso y

resista el examen de los estudiosos, de los aficionados o de los

curiosos, y salga sin mácula de esta dura prueba.

III

Veamos primero el lado lógico y psicológico de nuestra doctrina. Se

presenta desde luego con caracteres un poco vagos, cuyo primer efecto es

sorprender y extrañar al lector. Tomando en cuenta nada más que la pura

creencia, no cabe negar que las ideas pragmáticas son inmejorables. El

autor se concreta exclusivamente al campo subjetivo de la simple

creencia y casi niega la posibilidad del saber objetivo. Él dice que

niega la existencia de la verdad a la manera como la entienden los

racionalistas, es decir, como una entidad exterior a nosotros, como un

arquetipo, como una cosa objetiva, inmutable y eterna, respecto de la

cual nuestra misión sea tratar de conocerla.

Tales afirmaciones hacen pensar en que cierto suave vapor de

escepticismo mariposeara en la mente de nuestro filósofo; pero muchos

párrafos de sus conferencias prueban que está muy lejos de ser un

escéptico en el sentido corriente de este vocablo.

Con lo que dijimos de Mr. Peirce y su manera de entender los principios

de la nueva escuela que él fundó, tenemos ya algunos caracteres de lo

que es o debe entenderse por verdad.

En el curso de la obra de Mr. James se afirman estos mismos caracteres y

se diseñan otros. Veamos algunos.

Todas las representaciones e imágenes y todos los sistemas filosóficos

dependen para nuestro filósofo de los temperamentos de los pensadores.

Probablemente en la mente del autor está el sostener que esta es una

afirmación que tiene valor sólo para la mera creencia, pero él nada dice

al respecto y su proposición se halla establecida sin distinciones.

«La historia de la filosofía es en una gran extensión la de cierto

antagonismo de los temperamentos humanos. Aunque esta manera pueda

parecer poco digna a alguno de mis colegas, tengo que tomar cuenta de

este antagonismo y explicar por él un buen número de las divergencias de

los filósofos. Es cierto que un filósofo de profesión trata ante todo de

ocultar el hecho de su temperamento, porque éste no se halla reconocido

convencionalmente como una fuerza dotada de razón, y funda sus

conclusiones sólo en razones impersonales. Pero su temperamento tiene

una influencia más fuerte que cualquiera de sus premisas más

estrictamente objetivas. Él confía en su temperamento. Necesitando un

universo que esté de acuerdo con él, cree en la representación del

universo que esté de acuerdo con él.»

«Siente que los hombres de un temperamento opuesto al suyo se encuentran

fuera de la clave del carácter del mundo y son incompetentes para

ocuparse de asuntos filosóficos.»

Los distintos temperamentos dan lugar en filosofía a dos tendencias o

escuelas principales: los racionalistas y los empíricos. Los primeros

son los partidarios de los principios abstractos y eternos, y los

segundos lo son de los hechos en toda su cruda y desordenada variedad.

(_Lover of facts in all their crude variety_).

No se puede negar que esta clasificación es simple en demasía. Así lo

reconoce también el autor.

No pasaremos más adelante sin decir que no es exacto colocar al

empirismo como desprovisto de principios.

Las grandes leyes de la naturaleza son los principios del empirismo,

dentro del cual la crudeza de los hechos no impide la formación de

grandes síntesis, que tienen el mérito de no ser _a priori_, sino

fundadas en la experiencia.

«Pero estas dos corrientes tienen el inconveniente de ser demasiado

extremas; la una se aleja por completo de los hechos y queda muy en el

aire; la otra carece de espíritu religioso, se pierde en la

multiplicidad de los hechos y hace del hombre un juguete de fuerzas

mecánicas inferiores.»

No estará de más también intercalar aquí, que dentro de las doctrinas

deterministas, empíricas y científicas el hombre no es sólo un juguete

sometido a las leyes naturales, sino que por medio del conocimiento de

esas mismas leyes y formando ideales que son creaciones de su mente,

puede a su vez ser un transformador de la naturaleza y de la sociedad.

Evidentemente nuestro autor debe de referirse a un empirismo muy

restringido.

Continúa Mr. James:

«Lo que ustedes necesitan es una filosofía que no sólo ejercite sus

poderes de abstracción intelectual, sino que los mantenga también en

conexión con este actual mundo de vidas humanas finitas. Ustedes

necesitan un sistema que combine las dos cosas, la lealtad científica

hacia los hechos, la disposición a tomar cuenta de ellos y el espíritu

de adaptación por un lado, y por otro la antigua confianza en los

valores humanos y en la espontaneidad que de ellos resulta. Y tal es su

dilema: Ustedes encuentran ambas partes de su _quaesitum_ separadas y

sin esperanzas de unirse. Ustedes encuentran el empirismo del brazo con

el inhumanismo y la irreligión, o la filosofía racionalista que puede

llamarse a sí misma religiosa, pero que se mantiene fuera de toda

relación definida con los hechos concretos, con las alegrías y las

penas.»

Este modo de presentar al pragmatismo nos choca un poco. Según los

pragmatistas, al estudiar un sistema filosófico no se debe preguntar

uno si es verdadero o falso en sus líneas generales, sino si le conviene

o no le conviene. El pragmatista les dice a sus neófitos: yo les

recomiendo este sistema, no porque sea verdadero, sino porque es el que

ustedes necesitan. De la verdad o error objetivo que él encierre no nos

preocupamos. Es cierto que puede afirmarse que se habla de conveniencia,

en cuanto conveniencia intelectual, es decir, como de un cuerpo de

doctrinas dotado de consistencia intelectual y exento de

contradicciones.

Por supuesto, Mr. James habla más adelante una vez de la consistencia

intelectual; pero ahora se refiere más bien seguramente a la

conveniencia entendida en un alto y total sentido humano.

Así continúa:

«Ofrezco esta cosa singularmente llamada pragmatismo como una filosofía

que puede satisfacer ambas aspiraciones. Puede permanecer religiosa como

el racionalismo, pero al mismo tiempo, de acuerdo con el empirismo,

puede estar en el más fecundo contacto con los hechos.»

Fuera de afirmar esos principios que envuelven una negación de la verdad

objetiva, y sobre lo que tendremos que volver en más de una ocasión, el

pragmatismo es muy principalmente un _método_.

«El método pragmático es ante todo un método para fijar las cuestiones

metafísicas que de otra manera podrían ser interminables. ¿Es el mundo

uno o vario, determinado o libre, material o espiritual? Estas son

nociones que pueden ser o no ser verdaderas respecto del mundo, y

disputas sobre tales nociones no tienen fin. El método pragmático

consiste en cada caso en tratar de interpretar una noción por las

consecuencias prácticas que pueden desprenderse de ella. ¿Qué diferencia

podrá haber para mí en que esta o aquella noción sea verdadera? Si no se

puede trazar ninguna diferencia práctica, entonces las alternativas

significan prácticamente la misma cosa y la discusión es ociosa.

«El pragmatismo se aparta de toda abstracción (no se dice si con base o

sin base), de toda solución verbal, de las razones malas _a priori_, de

los principios fijos (¿no hay naturales entonces?), de los sistemas

cerrados. Busca lo concreto, los hechos (¿sin explicarlos por medio de

inducciones?).

«Por lo demás, el pragmatismo no se interesa por ningún resultado

especial; es sólo: 1.º, un método, y 2.º, una teoría genética de la

verdad.

«Pero si seguís el método pragmático no podéis considerar ningún término

(de estos con que se designan los grandes principios: Universo, Dios,

Materia, Razón, lo Absoluto, la Energía) como una solución que ponga fin

a vuestras investigaciones. Necesitáis sacar de cada término un valor

práctico (_practical vash-value_), ponerlo a la obra en la corriente de

vuestra experiencia. Es, pues, antes que una solución un programa para

nuevos trabajos y especialmente una indicación de cómo pueden cambiarse

las realidades existentes.»

Sobre esta admirable tendencia meliorista del pragmatismo tendremos que

volver más adelante.

Ante todo conviene que dejemos bien establecido que el pragmatismo no se

interesa (teórica y especulativamente) por ningún resultado especial y

que «no rechaza ninguna hipótesis si se desprenden de ella consecuencias

útiles para la vida.»

Un pragmatista puede ser ardoroso socialista y otro al mismo tiempo

reposado individualista; de igual suerte no hay que admirarse si un

pragmatista es ateo y otro deísta. Lo único que está reñido con lo más

íntimo de su idiosincrasia es el dogmatismo y cuanto trabe su acción

meliorista. No puede ser dogmático: su espíritu está abierto a todos los

vientos de la experiencia, y los resortes de su actividad listos para

girar en el sentido de la mayor conveniencia humana.

Sin embargo, este es el caso de distinguir entre los principios de la

doctrina y las consecuencias que el autor saca de ellos. Estas son tan

determinadas y tan armónicas, que cuesta creerle al autor que no se

interese por ningún resultado especial.

Concluyamos de definir la concepción pragmática de la verdad.

«La verdad significa el acuerdo de nuestras ideas con la realidad, así

como la falsedad significa su desacuerdo.

«Los pragmatistas y los intelectualistas aceptan esta definición como

indiscutible. Principian a reñir sólo cuando se presenta la cuestión de

qué se entiende por el término _acuerdo_ y qué por el de _realidad_,

tomada esta como una cosa que reclama de nuestras ideas que se

encuentren de acuerdo con ella.

«Al responder a estas preguntas, el pragmatista es más analítico y

cuidadoso, el intelectualista más ligero, superficial (_offhand_) e

irreflexivo. La creencia popular es que una idea verdadera debe ser una

copia de la realidad a que se refiere. Los intelectualistas presumen

además que _verdad_, quiere decir esencialmente la existencia de una

relación estática, inerte. Cuando habéis logrado tener una idea

verdadera respecto de algo, habéis llegado a un fin en cierta materia.

Usted se halla en posesión de la verdad, usted sabe, usted ha cumplido

con su destino de pensador, usted se encuentra donde debía estar

mentalmente, usted ha obedecido a su imperativo categórico y no necesita

seguir más allá de esa cima de su destino racional. Epistemológicamente

usted se halla en equilibrio estable.

«El pragmatismo, por otro lado, formula su acostumbrada pregunta. Si se

discute si una idea es verdadera o falsa, interroga él: ¿Qué concreta

diferencia se desprenderá para la vida actual del hecho de que sea

verdadera o no? ¿En qué forma se realizará esta verdad? ¿Qué

experiencias nos resultarían distintas por el hecho de ser verdadera y

no falsa la creencia? ¿Cuál es el valor de la verdad en términos

experimentales?

«La respuesta del pragmatista es la siguiente: _Ideas verdaderas son

aquellas que nosotros podemos asimilar (?), validar, corroborar y

verificar. Ideas falsas son aquellas con las cuales no podemos hacer

esto._ La verdad de una idea no es una propiedad estacionaria, inherente

a ella. La verdad suele residir en una idea (_Truth happens to an

idea_). Esta puede llegar a ser verdadera por los acontecimientos. Su

verdad es un suceso, es un proceso de verificarse, su _veri-ficación_.

Su validez es el proceso de su _valid-ación_.

«Las voces mismas _verificación y validación_ significan,

pragmáticamente, ciertas consecuencias prácticas de la idea verificada y

validada.

«La posesión de la verdad, lejos de ser un bien en sí mismo, es

únicamente un medio preliminar para otras satisfacciones vitales. Si me

encuentro perdido en un bosque y a punto de perecer de fatiga y

encuentro la huella de las patas de una vaca, es de suma importancia que

yo infiera la existencia de una habitación humana al fin del sendero,

porque si razono así y sigo las huellas, me salvo. El pensamiento

verdadero es útil aquí, porque la casa que constituye su objeto lo es

también. El valor práctico de las verdaderas ideas depende, de esta

suerte, primeramente de la importancia práctica que su objeto tenga para

nosotros. Los objetos o contenidos de tales ideas no son efectivamente

importantes en todo tiempo. En otra ocasión puedo no preocuparme de tal

casa, y mi idea de ella, aunque verificable, estará prácticamente

desprovista de valor y hará mejor en permanecer latente. Usted puede,

pues, decir de una verdad que es útil porque es verdadera y que es

verdadera porque es útil. Ambas proposiciones (!) significan exactamente

la misma cosa y en particular que hay una idea que ha sido completada y

que puede ser verificada.

«Las realidades son, o hechos concretos o especies abstractas de cosas y

de relaciones percibidas intuitivamente entre ellas. Además, y en tercer

lugar, el término realidad quiere decir el conjunto de verdades que

poseemos en un momento dado, porque nuestras nuevas ideas deben ser

tomadas en cuenta. Estar de acuerdo con esta triple realidad quiere

decir únicamente _el poder ser guiado, o directamente hacia ella o hacia

sus inmediaciones_ (surroundings), _o el ser puesto de tal manera en

contacto con ella que sea posible manejarla a ella misma o a algo

relacionado con ella, mejor que si estuviéramos en desacuerdo_. La cosa

esencial es el proceso de ser guiado.

«Nuestra explicación de la verdad es una explicación de las verdades (en

plural), de los procesos que sirven para guiarnos y conducirnos. La

_verdad_, para nosotros, es simplemente un nombre colectivo relativo a

algunos procesos de verificación, como lo son igualmente los términos de

_salud_, _riqueza_, _fuerza_, que designan otros procesos relacionados

con la vida. El concepto de verdad se forma, lo mismo que los de salud,

riqueza y fuerza en el curso de la experiencia: es una abstracción

creada por el hombre. Las verdades emergen de los hechos y reaccionan

después profundamente sobre éstos y agregan algo a ellos. Los hechos en

seguida crean o revelan nuevas verdades, y así indefinidamente. La

experiencia cambia sin cesar y nuestras proposiciones sobre la verdad

tienen que cambiar también.

«Las teorías son instrumentos para la acción (práctica o intelectual) y

no soluciones de enigmas en que podemos descansar, (_answers of enigmas

in which we can rest_).»

Las verdades, por otra parte, son simplemente el resultado de una

transacción entre ideas antiguas y nuevas. «El individuo tiene un

_stock_ de viejas opiniones. Las nuevas experiencias las obligan a

extenderse, ampliarse, dilatarse. Algunas de estas resultan en

contradicciones con aquellas, de donde proviene una perturbación

interior que sorprende a su mente y de la cual trata de librarse

modificando su masa de opiniones previas. Salva de estas todas las que

puede, porque en materia de creencias somos extremadamente

conservadores. Así, trata de cambiar primero una opinión y después otra,

hasta que al fin alguna idea nueva logra introducirse en el antiguo

_stock_ con la menor perturbación posible. Ideas objetivas que no estén

sometidas a este proceso no existen.»

Agreguemos un último rasgo para terminar con los perfiles de la verdad,

entendida según las concepciones pragmatistas.

«Con el desarrollo de las ciencias, dice nuestro autor, ha ganado

terreno la noción de que las más de las leyes, tal vez todas, son sólo

aproximaciones. Las leyes mismas han llegado a ser tan numerosas que ya

no se pueden contar y se proponen tantas fórmulas opuestas en todas las

ramas de las ciencias, que los investigadores han llegado a

acostumbrarse al concepto de que ninguna teoría es absolutamente la

trascripción de la realidad y de que todas ellas son utilizables desde

algún punto de vista.»

IV

Ahora, para dar más claridad a nuestras ideas y facilitar el análisis de

la concepción pragmatista resumamos en unas pocas proposiciones los

caracteres que distinguen a la nueva escuela:

1.º Las creencias, las ideas y hasta los sistemas filosóficos dependen

de los temperamentos de los pensadores.

2.º No hay verdades objetivas en sí.

3.º Llegan a ser verdad aquellas representaciones que se adaptan,

amoldan, injertan en el _stock_ de las creencias establecidas; no las

que chocan con éstas.

4.º El toque para conocer si una idea es verdadera está en que sirva

para la práctica. Es verdadera la idea que conviene a la acción.

5.º Lo verdadero es útil y lo útil es verdadero.

6.º La idea de la verdad es una abstracción formada y transformada por

la mente humana en el curso de la experiencia, como las de salud,

riqueza, fuerza y otras semejantes. No son cosas en sí, sino creaciones

humanas que se van haciendo y modificando.

7.º Las leyes científicas constituyen sólo generalizaciones

aproximativas. Las teorías no deben ser consideradas como

transcripciones absolutas de la realidad y todas (se entiende que hasta

las más contrarias) son utilizables desde algún punto de vista.

Por suerte, al examinar estas proposiciones, no nos encontramos en

aquellos ajustados casos que eran propios de algunas dietas o asambleas

de otros siglos que debían de aceptar o rechazar en _block_ los

proyectos que se les presentaban. Podemos a nuestro agrado y sabor

comulgar con algunas y apartarnos de otras.

Empecemos por lo que es más agradable a nuestro corazón humano; con el

acuerdo, la comunión con nuestros semejantes y veamos cuál de esas tesis

nos parece aceptable.

En esta condición se encuentra la señalada bajo el número 6.º. Allí se

halla expresada la teoría genética de la verdad. La verdad es un término

abstracto, sin existencia real, que usamos para designar el conjunto de

las verdades más o menos concretas y más o menos generales que son las

que efectivamente existen. No hay, pues, una verdad inmutable. Las

verdades las formamos en virtud de la experiencia y las transformamos

por medio de nuevas experiencias. La vida intelectual entera de la

humanidad es una serie de ensayos de interpretaciones totales o

parciales del mundo, rectificados sin cesar en atención a la percepción

de nuevos hechos, al registro de nuevas observaciones que se ponen en

contradicción con las representaciones anteriores. Así se va verificando

una eliminación continua de lo que va apareciendo como erróneo. No de

otra manera han ido siendo reputadas falsas todas las cosmogonías

antiguas y las leyendas mitológicas de los pueblos primitivos; así ha

sido reemplazada la teoría geocéntrica de Tolemeo por la concepción

heliocéntrica de Copérnico y así ha sustituído a la hipótesis de la

creación la de la evolución para explicar el origen de las especies

animales. Todas las metafísicas y todas las religiones, sin excepción de

una sola, no son más que tentativas de interpretación de los misterios

del mundo, que sufren a poco de haber nacido un inevitable fracaso,

porque son pequeñas para la realidad y esta en su complejidad grandiosa

las rompe y rebasa por todos lados a pesar de los esfuerzos que gastan

sus adeptos para ocultar los quebrantos y roturas de su nave ideal. La

tela y la madera primitivas se llenan de parches y de correcciones

exigidas en el curso de la experiencia, y de la sustancia que fué la

medula del sistema o de la religión en un principio, apenas va quedando

el nombre.

Que así como fabricamos las verdades fabriquemos también la realidad, es

un aserto un tanto alambicado que volveremos a considerar más adelante.

Las afirmaciones contenidas en los números 1.º y 2.º expuestas con toda

su temeraria desnudez en una de las primeras conferencias, reciben

algunos retoques más tarde, que nos hacen salir en parte del caos del

más extremado subjetivismo en que ellas nos habían sumergido. No todas

las representaciones dependen exclusivamente del temperamento del

pensador, y es menester reconocer la existencia de algunas verdades

objetivas. El mismo Mr. James dice en la conferencia sobre la noción de

la verdad: «Hay relaciones entre ideas puramente mentales, y cuando las

creencias que a dichas relaciones se refieren son verdaderas, llevan el

nombre de definiciones o de principios. Es un principio o una definición

que 1 y 1 son 2, que 2 y 1 son 3, y así sucesivamente; que el color

blanco difiere menos del gris que el negro, que cuando la causa

principia a obrar el efecto también principia.» Estos son indudablemente

ejemplos de principios que no dependen de los temperamentos y que

encierran verdades objetivas. Mr. James no señala más casos; pero no

cabe dudar de que la lista podría aumentarse con todos los hechos

comprobados y sometidos a mediciones matemáticas y científicas y que se

encuentran sustraídos a la apreciación caprichosa y subjetiva del

temperamento de cada cual.

Las proposiciones que he colocado bajo los números 4.º y 5.º, fueron las

que especialmente sobrecogieron mi ánimo y me dejaron perplejo cuando

las leí por primera vez. ¿Cómo es posible, me pregunté, que la prueba

para conocer si una idea es verdadera esté en que sirva para la práctica

y que sean aserciones igualmente ciertas que lo verdadero es útil y lo

útil es verdadero?

Filosofía Americana: Ensayos · 第 9 / 15 段