De muchas maneras se ha planteado hasta ahora algo desordenadamente el

problema de la educación y sus soluciones han sido señaladas por varios

ideales. Muchos individuos han fundado instituciones para realizar algún

ideal predilecto y la Iglesia ha conducido siempre las empresas

educativas de acuerdo con sus creencias; pero ante todo el Estado, es

decir, la sociedad comprendida en su capacidad colectiva, ha sido el que

ha efectuado más importantes progresos en esta materia. Todo lo que ha

hecho a este respecto ha sido más provechoso que lo llevado a cabo por

los individuos o por los cuerpos eclesiásticos. Aunque no se puede decir

que haya visto claramente que la educación debería consistir en la

completa apropiación social de los conocimientos que han civilizado al

mundo, con todo, ha dado importantes pasos hacia la realización de esta

verdad, y ha obrado mejor que nadie en la convicción de que la educación

debe ser para todos, de que es una necesidad social y de que sus

beneficios son proporcionales a su extensión. En Francia y Alemania,

casi toda la educación superior se encuentra ahora socializada y el

Estado considera en esos países la instrucción pública como una de sus

grandes funciones. Inglaterra y otras naciones van lentamente marchando

hacia este ideal y no cabe la menor duda de que el siglo XX verá la

completa socialización de la educación en el mundo civilizado. Y esto es

lo que debe suceder y lo que conviene que suceda, porque la sociedad es

la más interesada en el resultado. Es el recipiente de los principales

beneficios, que de la educación se desprenden. Además, la educación es

una de esas empresas que no pueden ser dirigidas por la ley de la oferta

y de la demanda y según los principios de los negocios. Para la

educación no existe el pedido en el sentido económico. Los niños no

conocen nada de su valor y los padres muy a menudo no la desean. Puede

afirmarse que el interés social es el único que la pide y la sociedad

misma debe satisfacer su propio anhelo.

Aquellos que fundan establecimientos de educación y promueven empresas

educadoras, se colocan en el lugar de la sociedad y no deben olvidar que

la situación que asumen les obliga a obrar y hablar generosamente en

nombre de ella y según las conveniencias de ella y no guiados por algún

interés económico egoísta.

IX

LA SOCIOCRACIA

La educación entendida de la manera amplia y completa que hemos visto,

que ha de ser lo propio de la función del Estado, hará surgir alguna vez

una mayor integración social que produzca una verdadera conciencia

social con voluntad e inteligencias sociales.

Hacer uso de estos últimos conceptos es establecer una analogía entre el

individuo y la sociedad y considerar a ésta, de igual suerte que al

primero, como un organismo. Es una comparación, no biológica, sino

psicológica.

La voluntad individual no es más que la facultad que un ser pone en

ejercicio para satisfacer sus deseos. La impresión que llega a la

conciencia produce un movimiento reflejo que es la acción apropiada. En

la sociedad las necesidades de los individuos (en cuanto tienen

importancia colectiva) luchan por alcanzar el campo de la conciencia

social, que es el Estado organizado, y tratan de verificar reacciones

análogas que ocasionen la satisfacción deseada. En los gobiernos bien

constituídos esta analogía es muy clara y se logra conseguir en ellos

cierto grado de correspondencia o simpatía en contestación a los

movimientos de los centros sociales, algo semejantes a los reflejos de

la voluntad individual. Pero aun en las formas de gobierno más rudas y

bajas existe un poco de aquella correspondencia. Todo gobierno, aun el

más despótico, es hasta cierto punto representativo del estado social en

que funciona, y muy a menudo, más de lo que generalmente se cree, es tal

vez el mejor que puede existir dentro de las circunstancias en que

actúa. Por ejemplo, se considera generalmente al gobierno ruso fuera de

armonía con el pueblo del imperio; pero esto es probablemente un error

que proviene de dos causas. Aquellos que viven bajo un gobierno más

liberal se inclinan a imaginarse que las otras sociedades han de ser

como la suya propia. Se olvidan que la gran razón porque un gobierno es

más liberal reside en que la sociedad es mucho más inteligente, y que es

la sociedad la que determina el carácter del gobierno. La segunda

equivocación resulta de que el pueblo ruso es muy heterogéneo. Existe en

ese país una numerosa clase inteligente que no merece el gobierno bajo

cuya tiranía padece. Pero esta clase es relativamente pequeña y el

gobierno representa más bien a la gran masa del pueblo, para la cual tal

vez no sería fácil encontrar un gobierno mejor. El gobierno tiene

siempre que adaptarse a la peor de las clases de la nación y una pequeña

banda de ciudadanos incultos rebaja su _standard_ en una proporción

mucho mayor de lo que debería ser, según la importancia de dichos

ciudadanos. Esto hace que la clase inteligente aparezca como peligrosa y

turbulenta, e induzca a algunos a mirar la inteligencia como una

calamidad antes que como una bendición. El mayor desideratum social es

cierto grado de uniformidad en las inteligencias o sea la homogeneidad

moral e intelectual.

Que los gobiernos fracasen a menudo en sus medidas para satisfacer las

aspiraciones sociales, es explicable de la misma manera que son

explicables los fracasos de la voluntad individual. En ambos casos el

mal está en la ignorancia de las leyes físicas y en especial de las de

la naturaleza humana. En los gobiernos es ignorancia de las leyes

sociales. Aquellos que hacen leyes malas, ineficaces o perjudiciales, no

tienen conocimiento de la naturaleza de las fuerzas sociales.

No es lógico, pues, sólo por esas faltas de éxito argüir que el Estado

no debe extender más sus poderes. Él es el órgano de la conciencia

social y debe tratar siempre de obedecer a la voluntad de la sociedad.

Debe estar pronto a conseguir o hacer lo que la sociedad pida. Las

funciones del gobierno no están necesariamente limitadas a las pocas que

ha desempeñado hasta ahora. El único límite es el del bien de la

sociedad y mientras exista algún medio para conseguir este fin por la

acción del Estado, ese fin debe ser puesto en práctica.

De los gobiernos existentes es posible decir que sólo en grado muy

insignificante constituyen la conciencia, la voluntad y la inteligencia

de la sociedad. La conciencia social ha sido hasta ahora excesivamente

débil, pareciéndose más bien a la conciencia de un _caenobium_ como en

las _Flagellata_ y _Ciliata_ antes que a la de cualquier animal

superior. La voluntad social es por esto tan sólo una suma de deseos

contendientes que se neutralizan en gran escala unos a otros y consigue

muy poco movimiento en una dirección dada. El intelecto social es un

pobre guía por ahora, no porque no sea suficientemente vigoroso, sino

porque los conocimientos que se refieren a la sociedad son tan limitados

y los que existen están en las cabezas de aquellos individuos que no

tienen voz en los negocios del Estado.

Sólo por medio de esa educación amplia de que se ha hablado antes, y

después de largos períodos, llegarán a ser la voluntad y la inteligencia

social para la sociedad algo semejante a lo que es ahora la mente para

los individuos.

Los gobiernos del pasado y del presente han sido y son esencialmente

empíricos. Los términos de monarquía y democracia con que se les designa

han pasado a ser inadecuados.

Casi todas las monarquías de Europa, con excepción de dos, son ahora

democracias, si es que hay algún gobierno que merezca este nombre, y en

América, donde todo son repúblicas en el nombre, en el fondo son

autocracias y oligarquías, en las cuales las elecciones se reducen a

meras farsas.

Donde la evolución ha sido más completa, los gobiernos han pasado de ser

autocracias a ser aristocracias y democracias. En estos cambios la

naturaleza humana no se ha alterado: el egoísmo sigue siendo el mismo.

Lo que ha variado es la manera de satisfacerlo.

El resultado general ha sido que el mundo, después de estar regido por

autocracias y aristocracias y habiendo entregado la dirección de sus

destinos a la democracia, ha venido a caer, en virtud de la reacción que

se ha verificado en contra de los poderes personales que ha disminuído

notablemente la acción de los gobiernos, en las manos de las

plutocracias. Estas tratan de supeditar a las democracias que suponen

su existencia ajustada a supuestas leyes naturales, lo que las haría

dignas también de ser denominadas _fisiocracias_. En realidad, por su

afirmación interesada de que es menester limitar las facultades de los

gobiernos, lo que hacen es sostener el imperio de un individualismo

exagerado que mantiene a las naciones en una situación acrática

(_acracia_) por no decir anárquica. _Laissez-faire_ es la divisa de este

extremado individualismo que conduce a la anarquía en todo, menos en el

reforzar los derechos de propiedad existentes, divisa que se proclama en

alta voz y mantiene cegada a la opinión pública sobre la verdadera

condición de las cosas.

Los males existentes son grandes y serios, y comparados con ellos los

crímenes, ya declarados tales, que pudieran cometerse si no hubiera

gobiernos, serían futilezas. Todas las desgracias que resultan del

trabajo mal pagado, del exceso de labor, de las fuerzas perdidas, de las

malas condiciones de vida, de las muertes prematuras, etc., sobrepasan

en importancia y en consecuencia en un solo año a todos los crímenes

juntos de una centuria. Este vasto teatro de males se considera por los

individualistas fuera de la acción de los gobiernos, al mismo tiempo que

se pone en acción un estruendoso esfuerzo para reducir a prisión y

castigar al perpetrador del más insignificante de los crímenes

catalogados en los códigos.

Los gobiernos primitivos, cuando sólo imperaba la fuerza bruta, eran

bastante fuertes para asegurar una justa y equitativa repartición de las

riquezas. Hoy día, en que la fuerza mental lo puede todo y la fuerza

física vale relativamente poco, están desarmados para intervenir de esa

manera. Esto prueba únicamente que debe ser robustecida esa esencial

facultad del gobierno de proteger a la sociedad. Es enteramente ilógico

el afirmar que la ambición y el egoísmo que buscan su satisfacción por

medio del abuso de la fuerza física, deben ser prohibidos mientras que

la misma satisfacción que se busca por medio de la fuerza mental o de la

ficción legal deba ser permitida. Es absurdo reclamar que la injusticia

cometida por los músculos sea impedida y que la cometida por el cerebro

goce de toda libertad.

¿Dónde está el remedio para estos males? ¿Cómo podrá libertarse la

sociedad de esta última conquista de la autoridad efectuada por el

intelecto egoísta? Ha impedido el abuso de la fuerza bruta por medio del

establecimiento del gobierno; ha suplantado a las autocracias por las

aristocracias y a estas por las democracias, y ahora se encuentra ella

misma en las redes de la plutocracia. ¿Escapará la sociedad de este

peligro? ¿Necesitará, para conseguirlo, volver a confiarse a un

autócrata o debe resignarse a ser aniquilada? Ni lo uno ni lo otro.

Existe un poder y sólo uno que es más grande que el imperante en la

sociedad. Ese poder es la sociedad misma. Hay una forma de gobierno que

es más fuerte que la autocracia, la aristocracia y la democracia y aun

que la plutocracia: es la sociocracia.

El individuo ha reinado ya bastante. Ha llegado para la sociedad el día

en que le toca tomar en sus manos sus propios asuntos y dar forma a sus

destinos. El individuo ha obrado lo mejor que ha podido y de la única

manera que le era posible. No debe ser censurado. Aun más, debe ser

alabado y aun imitado. La sociedad debe aprender de él la manera de

tener éxito. Debe imaginarse ella que es un individuo con todos los

intereses que le son propios, y perfectamente consciente de ellos debe

proseguir su satisfacción con la misma indomable voluntad que han

gastado los individuos.

La sociocracia será diferente de todos los gobiernos que se han

imaginado; pero esta diferencia no será radical hasta el punto de

requerir una revolución. La democracia es capaz aun sin cambiar de

nombre, de convertirse suavemente en una sociocracia. Porque, aunque

parezca paradojal, la democracia que es ahora la más débil de todas las

formas de gobierno, puede llegar a convertirse en la más fuerte.

La sociocracia significa el gobierno de la sociedad entera y no el de

partidos y banderías que mientras se hallan en el poder tienen al

frente otros partidos y banderías que son sus enemigos y sólo aspiran a

derrocarlos para hacer una vez en el poder poco más o menos lo mismo que

sus predecesores censurados y derribados por ellos.

En el régimen sociocrático la legislación dejará de ser principalmente

coercitiva y prohibitiva, como ahora, y pasará a ser atractiva, de igual

manera que el trabajo, fundado en la necesidad de actividad que tiene el

organismo humano, no será una condenación sino una bendición también

atractiva.

X

CONCLUSIÓN

Hemos llegado al fin de nuestro análisis que no ha sido tan detallado

como lo merecería la filosofía de Ward.

De carácter enteramente científico y positivo, levantada sobre una

concepción del universo exclusivamente monista, esta filosofía lleva en

sí doctrinas muy alentadoras. Cualesquiera que sean las ideas del que

llegue a conocerla, debe inspirar respeto e invitar a la reflexión. No

contempla la existencia ni con el ingenuo optimismo de los

bienaventurados ni con el estéril pesimismo de los débiles y de los

fracasados. Su divisa es el _meliorismo_, el mejoramiento del mundo por

medio de la acción humana inteligente y gracias a una educación

científica ampliamente difundida que haga que las ideas positivas que

hoy inspiran la mente de unos pocos lleguen a ser posesión de la masa

humana completa y procuren la existencia de un gobierno que sea la

expresión de la conciencia social entera y liberte a las democracias

actuales de las redes de la plutocracia.

Con tal fin preconiza sin duda nuestro autor la extensión de las

funciones del Estado.

El desarrollo amplio de este punto requeriría muy lato examen. No ha

sido ni es posible fijar de una manera definitiva cuál sea el límite de

la acción del Estado. Algunas esferas de la actividad social han sido ya

casi generalmente sustraídas a su influencia. Por ejemplo, ya

nadie--queremos decir ninguna persona culta y estudiosa--piensa que los

gobiernos puedan tener religión y al Estado se le concibe como una

entidad laica. La historia, por otro lado, nos presenta curiosos y

numerosos ejemplos de funciones que se han dejado en un principio

exclusivamente a la iniciativa individual, y que cuando ha madurado para

ellos la conciencia social y se ha formado en lo tocante a ellas una

voluntad social clara, han pasado a ser funciones públicas. El castigo

de los crímenes y delitos en contra de las personas, empezó por ser un

asunto de carácter enteramente privado; lo mismo ha pasado con la

instrucción y en menor grado con el ejército y la marina. Dentro de este

tópico es sugestivo lo que ha ocurrido con los cuerpos de bomberos. En

la antigua Roma eran muy frecuentes los incendios a causa del material

con que estaban fabricadas las casas y la estrechez de las calles.

Cuenta G. Ferrero en su obra _Grandeza y decadencia de Roma_, que al

conocido hombre de negocios y millonario, contemporáneo de Julio César,

M. Licinio Craso, se le ocurrió tener una bomba para apagar los

incendios. Sus agentes, bien repartidos en la ciudad, le advertían con

presteza cuando sobrevenía algún siniestro. Los bomberos de Craso

acudían al sitio amagado; pero junto con ellos iba un empleado del

financista que ofrecía a los propietarios de la casa amenazada por las

llamas comprar el edificio a un bajo precio. Si aceptaba se apagaba el

incendio y Craso había dado un nuevo golpe de fortuna, y si no, los

empresarios privados dejaban que se destruyera una parte de la ciudad.

En nuestro tiempo todo el mundo considera natural que los cuerpos de

bomberos sean instituciones del Estado. Me imagino la sorpresa de

algunos individualistas al reflexionar sobre aquel estado de cosas y me

imagino más aún las protestas con que los individualistas de entonces

habrían recibido cualquiera medida tendente a ponerle término a la

explotación hecha por Craso.

A muchos las doctrinas del sabio norteamericano parecerán en su parte

aplicada nada más que hermosos ensueños; pero son ensueños que en

nuestro tiempo brotan por doquiera, merced al estudio, en toda mente que

considera los problemas humanos con amor, calma, ilustración, elevación

y profundidad de miras; brotan por la misma razón, sin el menor acuerdo

previo, con rasgos notablemente semejantes en los sitios más lejanos y

en personas que no tienen conocimiento unas de otras; son la superior

florescencia del alma, que no respeta diferencias de climas ni de

latitudes; surgen tanto en las faldas de los Alleghany como en las de

los Andes y en las riberas del Báltico: Ward y H. Höffding, el sabio

filósofo, profesor y rector de la Universidad de Copenhague, no se

conocen, por lo menos no se citan en sus obras, y sus doctrinas son en

alto grado análogas.

Decir que los ideales son palabrería vana y por este solo hecho

condenarlos, es ignorar el proceso de toda creación genuínamente humana,

es renunciar al distintivo específicamente racional. Hasta para ser

práctico de una manera verdadera e inteligente se necesitan ideales. No

ha habido una sola de las realidades, una sola de las cosas llevadas a

cabo racionalmente por el hombre, y no inconsciente y automáticamente,

que no haya empezado por ser de un modo necesario una idea, una

concepción expresada por palabras, un ideal. Concebir ideales es

concebir posibilidades que para convertirse en realidades esperan su

oportunidad. Lo cual no quiere decir que convenga dar por cierto un

ensueño antes de tiempo porque, aunque el ensueño en sí mismo sea bueno

para impulsar a la acción, proceder así sería marchar a un fracaso

seguro. Concebir la posibilidad de tener una comunicación expedita a

través de los Andes en el invierno, es dar el primer paso para

convertirla en un hecho; ir a practicar luego la travesía como si ese

progreso ya se hubiese conquistado es exponerse a morir helado.

Una filosofía alentadora que nos impulsa a transformar la existencia por

medio de la acción debe ser nuestra bienvenida. Debe ser nuestro

evangelio una filosofía que nos da confianza en el progreso siempre que

no nos durmamos. Son ilusiones de la proximidad el desconfiar

amargamente de la época en que se vive. Los hombres juzgan a su tiempo

como Gulliver a las mujeres de Brondignac: ven enormemente grandes los

lunares y defectos y no pueden apreciar la belleza del conjunto.

La voz de esta filosofía me parece la de un hombre de estudio simbólico

que no tiene ambiciones, que las ha sacrificado placentero al culto de

la ciencia, con la cual ha contraído un matrimonio sublime, y que no

aspira más que a dar calor y vida intensa a los más hermosos frutos del

más bello desposorio humano, las verdades; que puede llamarse a sí mismo

el condensador de las mil corrientes que han seguido las almas de los

hombres y las almas de los pueblos desde los primitivos tiempos y que

lleva en sí la luz que del choque de esas corrientes ha brotado para

alumbrar el porvenir. Es una voz que nos enseña a contemplar la realidad

en su plenitud inmensa; nos señala los millares de siglos que hay detrás

de nosotros y los millares de siglos que habrá después de nosotros; nos

indica cómo nos es dado admirar por un instante esta realidad grandiosa,

que en las obras científicas que la interpretan y pintan adquiere

proporciones épicas, nos impulsa a que ante el eterno todo y la eterna

nada que nos espera, asumamos los caracteres de fraternales y solidarios

cooperadores y perfeccionadores de la creación y no dejemos que nuestra

existencia bastardee empequeñecida con temores infundados, atraída

únicamente por el cosquilleo de los apetitos y tolerando que el engaño

mutuo con gestos simiescos impere entre los hombres.

Es propio de los caracteres débiles el considerar las situaciones

difíciles no como difíciles sino como irremediables y apresurarse a

arrojar los ideales sino se puede medrar con ellos; y es un espejismo de

la historia el imaginarse que ha habido épocas de héroes (me refiero a

los héroes de la paz y del civismo) y épocas de sibaritas que han

impuesto a los hombres un sello fatal e indeleble. No; siempre han

debido los héroes del civismo pasar al lado de las faces indiferentes o

escépticas de los sibaritas, y han debido, para cumplir con su misión,

recordando lo que dice el Poeta en el prólogo de _Fausto_, de que «lo

brillante existe momentáneamente y lo meritorio perdura en la

posteridad», embotar en su valor moral los resplandores de falsa

grandeza con que la vida ordinaria centellea.

Seamos capaces de librarnos de estos males del ánimo, distendamos

nuestras facultades, apliquémoslas con desinterés o elevado criterio a

la solución de nuestros problemas, guiados por la aspiración de servir

al alma de nuestro pueblo y de nuestra juventud y de infundirles una

conciencia más clara de sus derechos y deberes.

Si nuestra filosofía ha de ser de aliento y de nobles luchas, ha de

tener también ilusiones. Las quimeras que impulsan a la acción elevada

son salvadoras, moralizadoras. Para la masa enorme de nuestro pueblo

ignorante que vive sumido en tradiciones contradictorias y prejuicios,

nuestra filosofía es un anuncio redentor; para las damas es un aliado

que se ha puesto al lado de ellas en la campaña emprendida con el fin de

obtener el reconocimiento de sus derechos; y como una consecuencia

necesaria que debe resultar de tomar las manifestaciones de la mente no

a modo de _diletantismo_ y pasatiempo, sino como sustancia misma de la

vida, para los hombres y los jóvenes que sienten en sí el superior

anhelo de gloria, el ímpetu sincero de hacer que haya más justicia, más

progreso, más belleza, para estos, repite los ecos mejores de la tierra

y les dice: «Vosotros no estáis solos. Hay hermanos vuestros no

únicamente en la falda de los Alleghany, en las riberas del Báltico, en

las orillas del Sena y del Spree, en las bellas campiñas de Italia y en

las tristes llanuras de Castilla; no: en todas partes hay hermanos

vuestros, almas delicadas, que suspiran noblemente por cosas mejores.

Todos competís heroicamente para cumplir con la ley histórica de

transformar y aumentar las fuerzas civilizadoras. Así como la Grecia,

hija del Oriente, incrementó en sumo grado para bien de la humanidad, la

herencia que recibiera de sus padres y convirtió en bronces y mármoles

inmortales la arcilla y la madera de sus dioses, así también vosotros,

pensadores del siglo XX, debéis aspirar a crear nuevas formas de vida, a

hacer de las sociedades desordenadas que os han legado las generaciones

pasadas, patrias conscientes y justas dentro de la solidaridad humana.»

EL PRAGMATISMO

o la Filosofía práctica de William James.

SUMARIO

I.--Origen del pragmatismo.--Mr. Charles Peirce.

II.--Juicio general.

III.--Caracteres lógicos y psicológicos del pragmatismo.--El concepto

de verdad.

IV.--Crítica de esos principios.

V.--El pragmatismo y algunos problemas metafísicos.

VI.--El pragmatismo meliorista y voluntarista.

VII.--Últimas observaciones.

I

En materia de ideas y doctrinas también hay modas: algunas, efímeras,

que resultan de un estado morboso de los espíritus; otras, que duran más

tiempo aunque carecen igualmente de fundamento sólido y provienen sólo

de la necesidad que tiene el hombre de cambiar de camino, y otras, por

último, a las cuales puede más bien no sentarles el nombre de modas, y

que son el fruto del señalamiento de una nueva senda, de la formación de

alguna síntesis que viene a esclarecernos un poco los problemas de la

vida.

Las doctrinas científicas estrictamente tales, han estado expuestas

continuamente a esta alta y baja marea de la inconstancia y de la

impaciencia humanas. Si la ciencia no ha satisfecho pronto todas las

aspiraciones del hombre, éste se hace escéptico por algún tiempo para

volver a la ciencia de nuevo, después de haber dado algunas manotadas en

el vacío.

Un caso de escepticismo semejante ha podido verse por algún motivo en el

pragmatismo y, por tal razón, los tradicionalistas, no entendiéndole por

completo y no exprimiéndole todo el jugo y la sustancia que encierra, lo

han recibido alborozados y lo han anunciado al mundo con los más alegres

tañidos de sus campanas.

El pragmatismo está a la fecha de moda en el campo de la filosofía, y es

de presumir y en parte (en cuanto rechaza todo dogmatismo) de esperar,

que no sea una moda pasajera. Las revistas traen casi en todos sus

números artículos y notas destinadas a su defensa o a su ataque, libros

enteros se han consagrado a discutir sus concepciones y ha dado la

materia para acaloradas controversias en los congresos filosóficos.

Hasta un médico me decía, no ha mucho, que la última palabra en achaque

de curaciones era la terapéutica pragmática.

El pragmatismo se ha levantado en contra del materialismo y de la

ciencia, haciendo suyas arcaicas banderas, pues como lo dice su

principal adalid, «el _pragmatismo_ es un nuevo nombre para viejas

maneras de pensar».

Su principal campeón es el eminente psicólogo de la Universidad de

Harvard, Mr. William James, autor de los _Principios de Psicología_, de

la _Experiencia Religiosa_ y de muchos ensayos filosóficos.

He tomado como fuente para escribir este estudio, ocho conferencias,

dadas por Mr. James en Boston y en Nueva York, en la Columbia

University, en Diciembre de 1906 y en Enero de 1907 respectivamente, y

publicadas después en un volumen con el título de _Pragmatismo_[13].

[13] London. Longman, Green and C.º.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 8 / 15 段