problema de la educación y sus soluciones han sido señaladas por varios
ideales. Muchos individuos han fundado instituciones para realizar algún
ideal predilecto y la Iglesia ha conducido siempre las empresas
educativas de acuerdo con sus creencias; pero ante todo el Estado, es
decir, la sociedad comprendida en su capacidad colectiva, ha sido el que
ha efectuado más importantes progresos en esta materia. Todo lo que ha
hecho a este respecto ha sido más provechoso que lo llevado a cabo por
los individuos o por los cuerpos eclesiásticos. Aunque no se puede decir
que haya visto claramente que la educación debería consistir en la
completa apropiación social de los conocimientos que han civilizado al
mundo, con todo, ha dado importantes pasos hacia la realización de esta
verdad, y ha obrado mejor que nadie en la convicción de que la educación
debe ser para todos, de que es una necesidad social y de que sus
beneficios son proporcionales a su extensión. En Francia y Alemania,
casi toda la educación superior se encuentra ahora socializada y el
Estado considera en esos países la instrucción pública como una de sus
grandes funciones. Inglaterra y otras naciones van lentamente marchando
hacia este ideal y no cabe la menor duda de que el siglo XX verá la
completa socialización de la educación en el mundo civilizado. Y esto es
lo que debe suceder y lo que conviene que suceda, porque la sociedad es
la más interesada en el resultado. Es el recipiente de los principales
beneficios, que de la educación se desprenden. Además, la educación es
una de esas empresas que no pueden ser dirigidas por la ley de la oferta
y de la demanda y según los principios de los negocios. Para la
educación no existe el pedido en el sentido económico. Los niños no
conocen nada de su valor y los padres muy a menudo no la desean. Puede
afirmarse que el interés social es el único que la pide y la sociedad
misma debe satisfacer su propio anhelo.
Aquellos que fundan establecimientos de educación y promueven empresas
educadoras, se colocan en el lugar de la sociedad y no deben olvidar que
la situación que asumen les obliga a obrar y hablar generosamente en
nombre de ella y según las conveniencias de ella y no guiados por algún
interés económico egoísta.
IX
LA SOCIOCRACIA
La educación entendida de la manera amplia y completa que hemos visto,
que ha de ser lo propio de la función del Estado, hará surgir alguna vez
una mayor integración social que produzca una verdadera conciencia
social con voluntad e inteligencias sociales.
Hacer uso de estos últimos conceptos es establecer una analogía entre el
individuo y la sociedad y considerar a ésta, de igual suerte que al
primero, como un organismo. Es una comparación, no biológica, sino
psicológica.
La voluntad individual no es más que la facultad que un ser pone en
ejercicio para satisfacer sus deseos. La impresión que llega a la
conciencia produce un movimiento reflejo que es la acción apropiada. En
la sociedad las necesidades de los individuos (en cuanto tienen
importancia colectiva) luchan por alcanzar el campo de la conciencia
social, que es el Estado organizado, y tratan de verificar reacciones
análogas que ocasionen la satisfacción deseada. En los gobiernos bien
constituídos esta analogía es muy clara y se logra conseguir en ellos
cierto grado de correspondencia o simpatía en contestación a los
movimientos de los centros sociales, algo semejantes a los reflejos de
la voluntad individual. Pero aun en las formas de gobierno más rudas y
bajas existe un poco de aquella correspondencia. Todo gobierno, aun el
más despótico, es hasta cierto punto representativo del estado social en
que funciona, y muy a menudo, más de lo que generalmente se cree, es tal
vez el mejor que puede existir dentro de las circunstancias en que
actúa. Por ejemplo, se considera generalmente al gobierno ruso fuera de
armonía con el pueblo del imperio; pero esto es probablemente un error
que proviene de dos causas. Aquellos que viven bajo un gobierno más
liberal se inclinan a imaginarse que las otras sociedades han de ser
como la suya propia. Se olvidan que la gran razón porque un gobierno es
más liberal reside en que la sociedad es mucho más inteligente, y que es
la sociedad la que determina el carácter del gobierno. La segunda
equivocación resulta de que el pueblo ruso es muy heterogéneo. Existe en
ese país una numerosa clase inteligente que no merece el gobierno bajo
cuya tiranía padece. Pero esta clase es relativamente pequeña y el
gobierno representa más bien a la gran masa del pueblo, para la cual tal
vez no sería fácil encontrar un gobierno mejor. El gobierno tiene
siempre que adaptarse a la peor de las clases de la nación y una pequeña
banda de ciudadanos incultos rebaja su _standard_ en una proporción
mucho mayor de lo que debería ser, según la importancia de dichos
ciudadanos. Esto hace que la clase inteligente aparezca como peligrosa y
turbulenta, e induzca a algunos a mirar la inteligencia como una
calamidad antes que como una bendición. El mayor desideratum social es
cierto grado de uniformidad en las inteligencias o sea la homogeneidad
moral e intelectual.
Que los gobiernos fracasen a menudo en sus medidas para satisfacer las
aspiraciones sociales, es explicable de la misma manera que son
explicables los fracasos de la voluntad individual. En ambos casos el
mal está en la ignorancia de las leyes físicas y en especial de las de
la naturaleza humana. En los gobiernos es ignorancia de las leyes
sociales. Aquellos que hacen leyes malas, ineficaces o perjudiciales, no
tienen conocimiento de la naturaleza de las fuerzas sociales.
No es lógico, pues, sólo por esas faltas de éxito argüir que el Estado
no debe extender más sus poderes. Él es el órgano de la conciencia
social y debe tratar siempre de obedecer a la voluntad de la sociedad.
Debe estar pronto a conseguir o hacer lo que la sociedad pida. Las
funciones del gobierno no están necesariamente limitadas a las pocas que
ha desempeñado hasta ahora. El único límite es el del bien de la
sociedad y mientras exista algún medio para conseguir este fin por la
acción del Estado, ese fin debe ser puesto en práctica.
De los gobiernos existentes es posible decir que sólo en grado muy
insignificante constituyen la conciencia, la voluntad y la inteligencia
de la sociedad. La conciencia social ha sido hasta ahora excesivamente
débil, pareciéndose más bien a la conciencia de un _caenobium_ como en
las _Flagellata_ y _Ciliata_ antes que a la de cualquier animal
superior. La voluntad social es por esto tan sólo una suma de deseos
contendientes que se neutralizan en gran escala unos a otros y consigue
muy poco movimiento en una dirección dada. El intelecto social es un
pobre guía por ahora, no porque no sea suficientemente vigoroso, sino
porque los conocimientos que se refieren a la sociedad son tan limitados
y los que existen están en las cabezas de aquellos individuos que no
tienen voz en los negocios del Estado.
Sólo por medio de esa educación amplia de que se ha hablado antes, y
después de largos períodos, llegarán a ser la voluntad y la inteligencia
social para la sociedad algo semejante a lo que es ahora la mente para
los individuos.
Los gobiernos del pasado y del presente han sido y son esencialmente
empíricos. Los términos de monarquía y democracia con que se les designa
han pasado a ser inadecuados.
Casi todas las monarquías de Europa, con excepción de dos, son ahora
democracias, si es que hay algún gobierno que merezca este nombre, y en
América, donde todo son repúblicas en el nombre, en el fondo son
autocracias y oligarquías, en las cuales las elecciones se reducen a
meras farsas.
Donde la evolución ha sido más completa, los gobiernos han pasado de ser
autocracias a ser aristocracias y democracias. En estos cambios la
naturaleza humana no se ha alterado: el egoísmo sigue siendo el mismo.
Lo que ha variado es la manera de satisfacerlo.
El resultado general ha sido que el mundo, después de estar regido por
autocracias y aristocracias y habiendo entregado la dirección de sus
destinos a la democracia, ha venido a caer, en virtud de la reacción que
se ha verificado en contra de los poderes personales que ha disminuído
notablemente la acción de los gobiernos, en las manos de las
plutocracias. Estas tratan de supeditar a las democracias que suponen
su existencia ajustada a supuestas leyes naturales, lo que las haría
dignas también de ser denominadas _fisiocracias_. En realidad, por su
afirmación interesada de que es menester limitar las facultades de los
gobiernos, lo que hacen es sostener el imperio de un individualismo
exagerado que mantiene a las naciones en una situación acrática
(_acracia_) por no decir anárquica. _Laissez-faire_ es la divisa de este
extremado individualismo que conduce a la anarquía en todo, menos en el
reforzar los derechos de propiedad existentes, divisa que se proclama en
alta voz y mantiene cegada a la opinión pública sobre la verdadera
condición de las cosas.
Los males existentes son grandes y serios, y comparados con ellos los
crímenes, ya declarados tales, que pudieran cometerse si no hubiera
gobiernos, serían futilezas. Todas las desgracias que resultan del
trabajo mal pagado, del exceso de labor, de las fuerzas perdidas, de las
malas condiciones de vida, de las muertes prematuras, etc., sobrepasan
en importancia y en consecuencia en un solo año a todos los crímenes
juntos de una centuria. Este vasto teatro de males se considera por los
individualistas fuera de la acción de los gobiernos, al mismo tiempo que
se pone en acción un estruendoso esfuerzo para reducir a prisión y
castigar al perpetrador del más insignificante de los crímenes
catalogados en los códigos.
Los gobiernos primitivos, cuando sólo imperaba la fuerza bruta, eran
bastante fuertes para asegurar una justa y equitativa repartición de las
riquezas. Hoy día, en que la fuerza mental lo puede todo y la fuerza
física vale relativamente poco, están desarmados para intervenir de esa
manera. Esto prueba únicamente que debe ser robustecida esa esencial
facultad del gobierno de proteger a la sociedad. Es enteramente ilógico
el afirmar que la ambición y el egoísmo que buscan su satisfacción por
medio del abuso de la fuerza física, deben ser prohibidos mientras que
la misma satisfacción que se busca por medio de la fuerza mental o de la
ficción legal deba ser permitida. Es absurdo reclamar que la injusticia
cometida por los músculos sea impedida y que la cometida por el cerebro
goce de toda libertad.
¿Dónde está el remedio para estos males? ¿Cómo podrá libertarse la
sociedad de esta última conquista de la autoridad efectuada por el
intelecto egoísta? Ha impedido el abuso de la fuerza bruta por medio del
establecimiento del gobierno; ha suplantado a las autocracias por las
aristocracias y a estas por las democracias, y ahora se encuentra ella
misma en las redes de la plutocracia. ¿Escapará la sociedad de este
peligro? ¿Necesitará, para conseguirlo, volver a confiarse a un
autócrata o debe resignarse a ser aniquilada? Ni lo uno ni lo otro.
Existe un poder y sólo uno que es más grande que el imperante en la
sociedad. Ese poder es la sociedad misma. Hay una forma de gobierno que
es más fuerte que la autocracia, la aristocracia y la democracia y aun
que la plutocracia: es la sociocracia.
El individuo ha reinado ya bastante. Ha llegado para la sociedad el día
en que le toca tomar en sus manos sus propios asuntos y dar forma a sus
destinos. El individuo ha obrado lo mejor que ha podido y de la única
manera que le era posible. No debe ser censurado. Aun más, debe ser
alabado y aun imitado. La sociedad debe aprender de él la manera de
tener éxito. Debe imaginarse ella que es un individuo con todos los
intereses que le son propios, y perfectamente consciente de ellos debe
proseguir su satisfacción con la misma indomable voluntad que han
gastado los individuos.
La sociocracia será diferente de todos los gobiernos que se han
imaginado; pero esta diferencia no será radical hasta el punto de
requerir una revolución. La democracia es capaz aun sin cambiar de
nombre, de convertirse suavemente en una sociocracia. Porque, aunque
parezca paradojal, la democracia que es ahora la más débil de todas las
formas de gobierno, puede llegar a convertirse en la más fuerte.
La sociocracia significa el gobierno de la sociedad entera y no el de
partidos y banderías que mientras se hallan en el poder tienen al
frente otros partidos y banderías que son sus enemigos y sólo aspiran a
derrocarlos para hacer una vez en el poder poco más o menos lo mismo que
sus predecesores censurados y derribados por ellos.
En el régimen sociocrático la legislación dejará de ser principalmente
coercitiva y prohibitiva, como ahora, y pasará a ser atractiva, de igual
manera que el trabajo, fundado en la necesidad de actividad que tiene el
organismo humano, no será una condenación sino una bendición también
atractiva.
X
CONCLUSIÓN
Hemos llegado al fin de nuestro análisis que no ha sido tan detallado
como lo merecería la filosofía de Ward.
De carácter enteramente científico y positivo, levantada sobre una
concepción del universo exclusivamente monista, esta filosofía lleva en
sí doctrinas muy alentadoras. Cualesquiera que sean las ideas del que
llegue a conocerla, debe inspirar respeto e invitar a la reflexión. No
contempla la existencia ni con el ingenuo optimismo de los
bienaventurados ni con el estéril pesimismo de los débiles y de los
fracasados. Su divisa es el _meliorismo_, el mejoramiento del mundo por
medio de la acción humana inteligente y gracias a una educación
científica ampliamente difundida que haga que las ideas positivas que
hoy inspiran la mente de unos pocos lleguen a ser posesión de la masa
humana completa y procuren la existencia de un gobierno que sea la
expresión de la conciencia social entera y liberte a las democracias
actuales de las redes de la plutocracia.
Con tal fin preconiza sin duda nuestro autor la extensión de las
funciones del Estado.
El desarrollo amplio de este punto requeriría muy lato examen. No ha
sido ni es posible fijar de una manera definitiva cuál sea el límite de
la acción del Estado. Algunas esferas de la actividad social han sido ya
casi generalmente sustraídas a su influencia. Por ejemplo, ya
nadie--queremos decir ninguna persona culta y estudiosa--piensa que los
gobiernos puedan tener religión y al Estado se le concibe como una
entidad laica. La historia, por otro lado, nos presenta curiosos y
numerosos ejemplos de funciones que se han dejado en un principio
exclusivamente a la iniciativa individual, y que cuando ha madurado para
ellos la conciencia social y se ha formado en lo tocante a ellas una
voluntad social clara, han pasado a ser funciones públicas. El castigo
de los crímenes y delitos en contra de las personas, empezó por ser un
asunto de carácter enteramente privado; lo mismo ha pasado con la
instrucción y en menor grado con el ejército y la marina. Dentro de este
tópico es sugestivo lo que ha ocurrido con los cuerpos de bomberos. En
la antigua Roma eran muy frecuentes los incendios a causa del material
con que estaban fabricadas las casas y la estrechez de las calles.
Cuenta G. Ferrero en su obra _Grandeza y decadencia de Roma_, que al
conocido hombre de negocios y millonario, contemporáneo de Julio César,
M. Licinio Craso, se le ocurrió tener una bomba para apagar los
incendios. Sus agentes, bien repartidos en la ciudad, le advertían con
presteza cuando sobrevenía algún siniestro. Los bomberos de Craso
acudían al sitio amagado; pero junto con ellos iba un empleado del
financista que ofrecía a los propietarios de la casa amenazada por las
llamas comprar el edificio a un bajo precio. Si aceptaba se apagaba el
incendio y Craso había dado un nuevo golpe de fortuna, y si no, los
empresarios privados dejaban que se destruyera una parte de la ciudad.
En nuestro tiempo todo el mundo considera natural que los cuerpos de
bomberos sean instituciones del Estado. Me imagino la sorpresa de
algunos individualistas al reflexionar sobre aquel estado de cosas y me
imagino más aún las protestas con que los individualistas de entonces
habrían recibido cualquiera medida tendente a ponerle término a la
explotación hecha por Craso.
A muchos las doctrinas del sabio norteamericano parecerán en su parte
aplicada nada más que hermosos ensueños; pero son ensueños que en
nuestro tiempo brotan por doquiera, merced al estudio, en toda mente que
considera los problemas humanos con amor, calma, ilustración, elevación
y profundidad de miras; brotan por la misma razón, sin el menor acuerdo
previo, con rasgos notablemente semejantes en los sitios más lejanos y
en personas que no tienen conocimiento unas de otras; son la superior
florescencia del alma, que no respeta diferencias de climas ni de
latitudes; surgen tanto en las faldas de los Alleghany como en las de
los Andes y en las riberas del Báltico: Ward y H. Höffding, el sabio
filósofo, profesor y rector de la Universidad de Copenhague, no se
conocen, por lo menos no se citan en sus obras, y sus doctrinas son en
alto grado análogas.
Decir que los ideales son palabrería vana y por este solo hecho
condenarlos, es ignorar el proceso de toda creación genuínamente humana,
es renunciar al distintivo específicamente racional. Hasta para ser
práctico de una manera verdadera e inteligente se necesitan ideales. No
ha habido una sola de las realidades, una sola de las cosas llevadas a
cabo racionalmente por el hombre, y no inconsciente y automáticamente,
que no haya empezado por ser de un modo necesario una idea, una
concepción expresada por palabras, un ideal. Concebir ideales es
concebir posibilidades que para convertirse en realidades esperan su
oportunidad. Lo cual no quiere decir que convenga dar por cierto un
ensueño antes de tiempo porque, aunque el ensueño en sí mismo sea bueno
para impulsar a la acción, proceder así sería marchar a un fracaso
seguro. Concebir la posibilidad de tener una comunicación expedita a
través de los Andes en el invierno, es dar el primer paso para
convertirla en un hecho; ir a practicar luego la travesía como si ese
progreso ya se hubiese conquistado es exponerse a morir helado.
Una filosofía alentadora que nos impulsa a transformar la existencia por
medio de la acción debe ser nuestra bienvenida. Debe ser nuestro
evangelio una filosofía que nos da confianza en el progreso siempre que
no nos durmamos. Son ilusiones de la proximidad el desconfiar
amargamente de la época en que se vive. Los hombres juzgan a su tiempo
como Gulliver a las mujeres de Brondignac: ven enormemente grandes los
lunares y defectos y no pueden apreciar la belleza del conjunto.
La voz de esta filosofía me parece la de un hombre de estudio simbólico
que no tiene ambiciones, que las ha sacrificado placentero al culto de
la ciencia, con la cual ha contraído un matrimonio sublime, y que no
aspira más que a dar calor y vida intensa a los más hermosos frutos del
más bello desposorio humano, las verdades; que puede llamarse a sí mismo
el condensador de las mil corrientes que han seguido las almas de los
hombres y las almas de los pueblos desde los primitivos tiempos y que
lleva en sí la luz que del choque de esas corrientes ha brotado para
alumbrar el porvenir. Es una voz que nos enseña a contemplar la realidad
en su plenitud inmensa; nos señala los millares de siglos que hay detrás
de nosotros y los millares de siglos que habrá después de nosotros; nos
indica cómo nos es dado admirar por un instante esta realidad grandiosa,
que en las obras científicas que la interpretan y pintan adquiere
proporciones épicas, nos impulsa a que ante el eterno todo y la eterna
nada que nos espera, asumamos los caracteres de fraternales y solidarios
cooperadores y perfeccionadores de la creación y no dejemos que nuestra
existencia bastardee empequeñecida con temores infundados, atraída
únicamente por el cosquilleo de los apetitos y tolerando que el engaño
mutuo con gestos simiescos impere entre los hombres.
Es propio de los caracteres débiles el considerar las situaciones
difíciles no como difíciles sino como irremediables y apresurarse a
arrojar los ideales sino se puede medrar con ellos; y es un espejismo de
la historia el imaginarse que ha habido épocas de héroes (me refiero a
los héroes de la paz y del civismo) y épocas de sibaritas que han
impuesto a los hombres un sello fatal e indeleble. No; siempre han
debido los héroes del civismo pasar al lado de las faces indiferentes o
escépticas de los sibaritas, y han debido, para cumplir con su misión,
recordando lo que dice el Poeta en el prólogo de _Fausto_, de que «lo
brillante existe momentáneamente y lo meritorio perdura en la
posteridad», embotar en su valor moral los resplandores de falsa
grandeza con que la vida ordinaria centellea.
Seamos capaces de librarnos de estos males del ánimo, distendamos
nuestras facultades, apliquémoslas con desinterés o elevado criterio a
la solución de nuestros problemas, guiados por la aspiración de servir
al alma de nuestro pueblo y de nuestra juventud y de infundirles una
conciencia más clara de sus derechos y deberes.
Si nuestra filosofía ha de ser de aliento y de nobles luchas, ha de
tener también ilusiones. Las quimeras que impulsan a la acción elevada
son salvadoras, moralizadoras. Para la masa enorme de nuestro pueblo
ignorante que vive sumido en tradiciones contradictorias y prejuicios,
nuestra filosofía es un anuncio redentor; para las damas es un aliado
que se ha puesto al lado de ellas en la campaña emprendida con el fin de
obtener el reconocimiento de sus derechos; y como una consecuencia
necesaria que debe resultar de tomar las manifestaciones de la mente no
a modo de _diletantismo_ y pasatiempo, sino como sustancia misma de la
vida, para los hombres y los jóvenes que sienten en sí el superior
anhelo de gloria, el ímpetu sincero de hacer que haya más justicia, más
progreso, más belleza, para estos, repite los ecos mejores de la tierra
y les dice: «Vosotros no estáis solos. Hay hermanos vuestros no
únicamente en la falda de los Alleghany, en las riberas del Báltico, en
las orillas del Sena y del Spree, en las bellas campiñas de Italia y en
las tristes llanuras de Castilla; no: en todas partes hay hermanos
vuestros, almas delicadas, que suspiran noblemente por cosas mejores.
Todos competís heroicamente para cumplir con la ley histórica de
transformar y aumentar las fuerzas civilizadoras. Así como la Grecia,
hija del Oriente, incrementó en sumo grado para bien de la humanidad, la
herencia que recibiera de sus padres y convirtió en bronces y mármoles
inmortales la arcilla y la madera de sus dioses, así también vosotros,
pensadores del siglo XX, debéis aspirar a crear nuevas formas de vida, a
hacer de las sociedades desordenadas que os han legado las generaciones
pasadas, patrias conscientes y justas dentro de la solidaridad humana.»
EL PRAGMATISMO
o la Filosofía práctica de William James.
SUMARIO
I.--Origen del pragmatismo.--Mr. Charles Peirce.
II.--Juicio general.
III.--Caracteres lógicos y psicológicos del pragmatismo.--El concepto
de verdad.
IV.--Crítica de esos principios.
V.--El pragmatismo y algunos problemas metafísicos.
VI.--El pragmatismo meliorista y voluntarista.
VII.--Últimas observaciones.
I
En materia de ideas y doctrinas también hay modas: algunas, efímeras,
que resultan de un estado morboso de los espíritus; otras, que duran más
tiempo aunque carecen igualmente de fundamento sólido y provienen sólo
de la necesidad que tiene el hombre de cambiar de camino, y otras, por
último, a las cuales puede más bien no sentarles el nombre de modas, y
que son el fruto del señalamiento de una nueva senda, de la formación de
alguna síntesis que viene a esclarecernos un poco los problemas de la
vida.
Las doctrinas científicas estrictamente tales, han estado expuestas
continuamente a esta alta y baja marea de la inconstancia y de la
impaciencia humanas. Si la ciencia no ha satisfecho pronto todas las
aspiraciones del hombre, éste se hace escéptico por algún tiempo para
volver a la ciencia de nuevo, después de haber dado algunas manotadas en
el vacío.
Un caso de escepticismo semejante ha podido verse por algún motivo en el
pragmatismo y, por tal razón, los tradicionalistas, no entendiéndole por
completo y no exprimiéndole todo el jugo y la sustancia que encierra, lo
han recibido alborozados y lo han anunciado al mundo con los más alegres
tañidos de sus campanas.
El pragmatismo está a la fecha de moda en el campo de la filosofía, y es
de presumir y en parte (en cuanto rechaza todo dogmatismo) de esperar,
que no sea una moda pasajera. Las revistas traen casi en todos sus
números artículos y notas destinadas a su defensa o a su ataque, libros
enteros se han consagrado a discutir sus concepciones y ha dado la
materia para acaloradas controversias en los congresos filosóficos.
Hasta un médico me decía, no ha mucho, que la última palabra en achaque
de curaciones era la terapéutica pragmática.
El pragmatismo se ha levantado en contra del materialismo y de la
ciencia, haciendo suyas arcaicas banderas, pues como lo dice su
principal adalid, «el _pragmatismo_ es un nuevo nombre para viejas
maneras de pensar».
Su principal campeón es el eminente psicólogo de la Universidad de
Harvard, Mr. William James, autor de los _Principios de Psicología_, de
la _Experiencia Religiosa_ y de muchos ensayos filosóficos.
He tomado como fuente para escribir este estudio, ocho conferencias,
dadas por Mr. James en Boston y en Nueva York, en la Columbia
University, en Diciembre de 1906 y en Enero de 1907 respectivamente, y
publicadas después en un volumen con el título de _Pragmatismo_[13].
[13] London. Longman, Green and C.º.