No es posible dejar de conocer que Novicow ha sido más sólido en el

ataque al darwinismo social que en la construcción de su propia

doctrina. Su esquema es demasiado simple y fácil. Conviene recordar,

antes de poner punto final a esta parte, que los autores que sostienen

teorías que pueden quedar comprendidas dentro del darwinismo social más

o menos atenuado no son, por supuesto, únicamente los tres nombrados en

líneas anteriores. L. Stein en su obra _La Question sociale au point de

vue philosophique_ se expresa en los siguientes términos sobre el origen

del Estado: «Comprenderemos ahora cómo se ha efectuado el paso de la

sociedad al Estado. La caza, trabajo impuesto a los hombres por las

condiciones económicas, colocó a los grupos sociales, que en tiempos

anteriores habían sido pacíficos, en un estado de guerra perpetua. O

bien acechaban el momento de caer oportunamente sobre sus vecinos, o

bien se esforzaban en no ser sorprendidos por ellos. Así surgió y se

constituyó el tipo guerrero, cuya nitidez y precisión fueron aumentado

con el transcurso de las edades. Este tipo exigía imperiosamente la

división de la sociedad, en _gentes industriosas_ y en _protectores_. El

proceso de las diferenciaciones progresó desde entonces rápidamente. La

primera división en estados había roto el comunismo primitivo, roto el

curso ordinario de la sociedad gentil; sólo el nacimiento del Estado

hizo imposible un _bellum omniaum contra omnes_.

Se ve que, según Stein, si el Estado no es el resultado de la conquista

de un grupo social por otro, se deriva, sin embargo, necesariamente de

la guerra entre los grupos.

Volviendo para terminar, a nuestro autor, debemos decir que si bien es

cierto que sus doctrinas están exactamente citadas por Novicow cuando

éste se propone atacar el origen que los darwinistas atribuyen a las

formas superiores de la sociedad y del Estado, con todo, esas citas no

constituyen la expresión completa de las teorías de Mr. Ward.

Cualesquiera que sean las ideas del sociólogo norteamericano sobre el

génesis del Estado, no afirma que la violencia sea la única manera de

lograr el establecimiento de esa forma social. Al contrario, como

tendremos que verlo más adelante, el remedio que indica para nuestros

males sociales consiste en el perfeccionamiento del organismo social por

medio de una mayor conciencia social, por medio de una educación

amplísima; en el establecimiento de una forma de gobierno que se llama

_Sociocracia_, o sea el gobierno de la sociedad misma, lo que viene a

significar en substancia el establecimiento de un Estado superior, que

sirva a todos los intereses sociales y no a tal o cual clase, y cuya

creación haya sido hecha posible en virtud únicamente del desarrollo de

la inteligencia social.

V

OPTIMISMO O PESIMISMO.--MELIORISMO.

Después de este breve e incompleto resumen de las doctrinas de nuestro

autor sobre el origen y primitivo desarrollo de la sociedad y del

Estado, cabe ya preguntarse con él, dando un paso fuera de la sociología

pura: ¿Qué concepto general debemos formarnos de este mundo? ¿Con qué

ánimo debemos actuar en esta sociedad en que vivimos? ¿Seremos

optimistas? ¿Seremos pesimistas?

Examinemos ligeramente estas dos tendencias.

Sostener con los optimistas que nuestro mundo es el mejor de los mundos

posibles, equivale a repetir una doctrina que desde un punto de vista

filosófico y social no resiste a la más superficial impugnación, y

constituye a la fecha una ingenuidad que hace sonreir con los recuerdos

del _Cándido de Voltaire_.

El pesimismo es la doctrina que ha tenido por sustentadores más

conocidos a los filósofos alemanes, Schopenhauer y Hartmann. Según estos

escritores, son más los dolores que los placeres de la vida. Esto es en

cuanto a la cantidad. Cualitativamente, sólo el dolor es positivo, y el

placer y la felicidad son negativos; resultan de que nos libramos de

algún deseo que ha sido para nosotros, como todos los deseos, un aguijón

desagradable. Mas, por nuestra naturaleza, apenas satisfecho un deseo

aparece otro y así sucesivamente se va eslabonando desde el nacimiento

hasta la muerte una serie de estados desagradables.

Esta filosofía es también inexacta. Nos conviene concretarnos a atacarla

por su base y probar que los placeres constituyen por un lado estados

psíquicos, y por otro lado que somos capaces de gozar de algunos de

ellos sin haber pasado antes por dolores previos que sean la condición

_sine qua non_ de aquéllos.

Los placeres ocupan como estados psíquicos una extensión más o menos

larga de tiempo. Es esta una cuestión de psicometría. Como las

experiencias de la observación interna son muy expuestas a ilusiones, es

mejor buscar la demostración de lo que afirmamos en las sensaciones más

simples. Una persona, por ejemplo, no tiene el menor deseo de comer un

dulce, no siente el ansia desagradable de un apetito no satisfecho. Sin

embargo, se echa a la boca un confite delicado, lo saborea y experimenta

una sensación de placer que no ha venido precedida de ningún dolor

anterior y que es completamente positiva.

En las emociones complejas la duración del estado placentero es mayor

aún que en las emociones simples, y para gozar de ellas no necesitamos

tampoco haber pasado antes por el purgatorio de algún dolor. Las

emociones del amor no le dejarán en este respecto lugar a dudas a nadie

que las haya sentido verdaderamente, a no ser que sea algún joven poeta

de escasa inspiración y que por lo mismo canta lo que menos conoce: el

dolor. El placer que nos produce la contemplación de un bello cuadro, de

una hermosa estatua, la lectura de un buen libro, el conocimiento de una

vida heroica, la admiración de los paisajes de la naturaleza, es, por

dicha nuestra, perfectamente positivo y no necesitamos conquistarlo por

medio de ningún tormento anterior.

La verdad es que el pesimismo constituye el fruto de un estado social

imperfecto, malo, hostil, y uno de los problemas que tiene la ciencia

por delante es destruir y aniquilar al pesimismo merced a la

transformación y mejoramiento del estado social.

La solución de este problema es más difícil que entre nosotros en la

vieja Europa, que se halla atada a su pasado por mil tradiciones falsas

que en cierto sentido tienen petrificados a buen número de sus

espíritus. Es una prueba de esa incapacidad para mirar los problemas

humanos frente a frente y esforzarse por resolverlos sin el auxilio de

tradiciones reconocidamente erróneas, la novela de A. Fogazzaro llamada

_El Santo_. Ver la salvación de la sociedad, como se dice en ese libro

interesante, en la renovación del catolicismo efectuada gracias a la

infusión de doctrinas nuevas en los arcaicos dogmas, es sólo la

inspiración de un misticismo decadente.

La filosofía que se levanta frente a frente de este misticismo,

evangelio de la desesperación y del optimismo, evangelio de la inacción,

es el meliorismo[9]. El meliorismo es el utilitarismo científico que

descansa en la ley de causalidad y en la eficacia de la acción humana

bien dirigida. Como su nombre mismo lo da a entender, esta doctrina que

aspira exclusivamente al _mejoramiento_ de las condiciones de la vida

humana. Está muy lejos de repetir con el optimismo que el nuestro sea el

mejor de los mundos posibles; pero tampoco cree con el pesimismo que no

tenga remedio. Se coloca a igual distancia de estos dos extremos y lanza

a los hombres sus voces de aliento invitándolos a la acción.

[9] _The Psychic Factors of Civilization_, XXXIII.

Este término _meliorismo_ fué usado primeramente por la célebre

novelista inglesa J. Eliot con el objeto de expresar su propia manera

de ser. Constituye el meliorismo un principio dinámico, un principio de

actividad, opuesto al _laissez faire_ clásico. Implica el adelanto del

estado social por los medios indirectos que inventa la inteligencia y no

se contenta únicamente con aliviar los sufrimientos presentes, como lo

hace la buena caridad sentimental y vana, sino que aspira (oh, ilusión)

a crear condiciones bajo las cuales no existan sufrimientos.

VI

ECONOMÍA DE LA NATURALEZA Y ECONOMÍA DE LA MENTE

Llegamos aquí a una parte bastante original de las doctrinas de Mr.

Ward, la que él llama economía de la naturaleza y economía de la mente.

En los principios del meliorismo va implícita la afirmación de que lo

artificial, por lo menos desde un punto de vista antropocéntrico, es

superior a lo natural. Una casa es mejor habitación que una caverna. La

aseveración recién anotada es la razón de ser de las ciencias aplicadas.

Lo hecho por el hombre es no sólo más adecuado a sus propios fines que

lo que le ofrece espontáneamente la naturaleza, sino que, además, es

llevado a cabo con menor pérdida de fuerzas. Queda probada esta

afirmación comparando los procedimientos creadores de la naturaleza o

economía de la naturaleza y los procedimientos creadores de la mente o

economía de la mente.

La naturaleza es extremadamente práctica, pero no económica, y es muy

explicable que no lo sea. Las acciones y producciones de la naturaleza

se ejecutan por medio de un gran derroche de sus energías. Su manera de

proceder muy distinta de la del hombre, es exclusivamente _genética_, lo

que quiere decir que es tan sólo movida por causas eficientes que no

tienen la conciencia de ningún fin. En la economía genética, al mismo

tiempo que no se economiza ninguna fuerza, para producir los más

insignificantes resultados, tampoco nada se hace que no produzca algún

resultado por pequeño que sea. Al revés, en la economía propiamente

humana o _teleológica_ (porque siempre obra proponiéndose fines) se

despliega mucha parsimonia en los gastos y sucede al mismo tiempo que a

menudo grandes trabajos se llevan a cabo sin resultados, a causa de

algunas interpretaciones erróneas de los fenómenos. La naturaleza no se

equivoca nunca, pero derrocha. El hombre economiza sus energías, pero a

menudo sus errores lo hacen fracasar. Así el hombre, al revés de la

naturaleza, es económico, pero es siempre práctico.

Concretemos más la cuestión.

La extravagancia de los medios que emplea la naturaleza para llevar a

cabo sus adaptaciones y creaciones ha sido un motivo corriente de

observaciones. El profesor Huxley hizo ver en una conferencia que cada

arenque hembra de medianas proporciones ponía 10.000 huevos y que de

éstos morían 9.998 mucho antes de llegar a la madurez. Darwin calculó

los huevos de una blanca _Doris_ y supuso que serían no menos de

600.000. Al mismo tiempo encontró que los individuos de esa especie no

eran numerosos, de manera que los huevos se producían en una cantidad

desmesuradamente superior a la que se aprovechaba. Igual cosa se observa

en la langosta de Juan Fernández; pone alrededor de 100.000 huevos y se

pierde el mayor número de ellos.

Semejantes proporciones entre los muchos nacimientos o embriones y las

pocas vidas completas revelan grandes derroches, e iguales derroches se

notan en las semillas de los vegetales. Las semillas, los huevos y otros

gérmenes parecen destinados a ser plantas y animales, pero ni uno entre

miles o entre millones cumple con su destino. Así como de la luz solar

que se derrama en todas direcciones sólo una porción insignificante es

interceptada por la tierra o por otros planetas para utilizarla en

favor de la vida, así también acontece con los organismos empezados.

Sólo una pequeña parte de ellos alcanza el presunto fin de su creación.

Indudablemente que este orden de sembrar al azar y de que por cada ser

que subsista 10.000 perezcan, sería considerado como el peor de los

desórdenes, si lo imaginamos aplicado a cualquier asunto humano.

La naturaleza obra con la seguridad de que sus recursos son inagotables.

Es posible decir que está empeñada en crear todas las formas

concebibles. Cada cual sabe qué maravillosa variedad de especies existen

en los reinos animal y vegetal. Pero estas variadas formas, tan

numerosas como son, representan sólo los éxitos de la naturaleza y no

sus múltiples fracasos. Aun entre las mismas formas vivientes hay una

larga escala que va desde los fuertes hasta los débiles y el destino de

estos últimos consiste en ser arrojados del mundo por los primeros. Los

mismos organismos fuertes sólo conservan temporalmente su vigor. Como

los imperios humanos, tienen su apogeo y su caída, y los pasos de la

historia natural, de igual suerte que los de la historia humana, están

marcados con los restos de las dinastías destronadas y las ruinas de las

razas extintas.

En los procederes del hombre racional se encuentra por primera vez algo

digno del nombre de economía. Sólo por medio de previsiones y designios

de que la naturaleza no es capaz, es posible llevar a cabo algo

económicamente. Los canales son más rectos y adecuados a su objeto que

los ríos.

Aquí conviene tocar ligeramente un punto de economía política que dice

relación con esta materia.

Hace algunos siglos que fueron observadas la uniformidad e

invariabilidad de los fenómenos astronómicos y físicos; después se

efectuó igual observación con los animales y se encontró que sus

acciones, aunque mucho más complicadas, obedecen a leyes fijas que el

hombre es capaz de entender y aprovechar. Luego se extendió dicha

afirmación a los actos más simples de los hombres y de los niños, y por

último, no se requirió más que un corto paso adicional para llegar a la

más amplia generalización y sostener que todas las actividades humanas y

todos los fenómenos sociales se hallan tan rígidamente sujetos a una ley

natural como lo están las actividades de los niños y de los animales y

los movimientos de los cuerpos terrestres y celestes. Los primeros

economistas se apoderaron de este razonamiento especioso e incompleto e

hicieron de él la piedra angular de su ciencia y la base de sus grandes

leyes sobre el comercio, la industria, la población y la riqueza.

Ha sido este un error que ha provenido de ignorar la existencia de una

facultad racional en el hombre, que, aunque no sustrae las acciones de

éste a la influencia de las leyes naturales, con todo, las complica de

un modo tan enorme que no es posible encerrarlas dentro de las simples

fórmulas que bastan a explicar y a prever los motivos animales. La

acción del factor intelectual o racional en el hombre es tan colosal que

cualquiera ponderación del error de los primeros economistas no resulta

exagerada. Pongamos un ejemplo más.

El sistema de la naturaleza para que las semillas se desarrollen,

consiste en confiarlas al viento, al agua, a los pájaros y a otros

animales. De las semillas lanzadas así, sólo muy pocas llegan a crecer,

y de las que crecen son contadísimas las que alcanzan el estado de

madurez. ¡Cuán distinta es la economía, la actividad del ser racional!

El hombre prepara el terreno, lo limpia a fin de que no haya

competidores vegetales, y luego con cuidados planta las semillas

distanciadamente con el objeto de que no se amontonen y se dañen unas a

otras; cuando ha aparecido el brote cuida solícitamente de que no sea

destruído por algunos enemigos vegetales o animales, proporciónale agua

cuando la necesita y aun coloca los abonos y substancias químicas que

puedan servir para hacer que la planta crezca más vigorosa. Tal es la

economía de la mente.

El hondo significado de esta diferencia de procedimientos ha sido

expresado en el principio de que «el medio transforma al animal mientras

que el hombre transforma al medio».

El hombre procede en lo posible con economía de tiempo y de energía,

procede con _arte_. Las artes tomadas en conjunto constituyen la

civilización material que es debida exclusivamente a las facultades

intelectuales del hombre.

En el perfeccionamiento mismo de las plantas y animales es posible

observar la superioridad de los procedimientos humanos sobre los de la

naturaleza. Como se ha dicho, el animal es transformado por el medio en

que habita, dentro del cual el factor más importante es el orgánico, las

otras especies animales y vegetales con que tiene que entablar la lucha

por la existencia.

Es falsa la idea dominante de que, como resultado de esta lucha,

sobreviva lo más perfecto posible. El efecto de la contienda consiste en

impedir que cualquiera forma alcance su máximum de desarrollo y hacer

que todas las formas que logran sobrevivir se mantengan en cierto nivel

relativamente bajo de desenvolvimiento. Cuando la competencia es

evitada, como acontece en lo tocante a algunas especies por medio de la

acción del hombre, grandes progresos son inmediatamente llevados a cabo

por la forma así protegida y pronto sobrepuja a las que se encuentran

sometidas a la necesidad de la lucha. Tal cosa ha ocurrido con los

cereales, con los árboles frutales y con los animales domésticos, con

todas las especies que el hombre ha sustraído al imperio de la ley

biológica y colocado bajo el de la ley de la mente.

A este respecto cuenta Mr. Ward un caso muy interesante[10]. «Hace

algunos años, dice, cuando era yo un _amateur_ de la botánica, en una de

mis excursiones de herborizador pasé por un campo solitario y

abandonado, distante algunas millas de la capital nacional, y

enverdecido por la presencia de una peculiar hierba completamente

desconocida para mí. La examiné atentamente, y aunque algo conocedor de

la flora indígena de esa región, fuí sorprendido por esta pequeña

extranjera. Era muy verde y sus frutos y sus flores se veían bien; pero

tenía cierta apariencia desgreñada y poco natural, indicadora de tiempos

difíciles y de una dura lucha por la existencia. Recogí una buena

cantidad de ella, coloquéla cuidadosamente en mi portafolios y la traje

a casa junto con mis otros trofeos. Sin precipitación y con todos los

requisitos necesarios procedí a analizarla. Era entonces yo diestro en

la disecación de las plantas y en un momento compelí a mi hierbecita a

revelar su nombre. Con gran sorpresa mía dijo llamarse _Triticum

aestivum_. Como los más de ustedes saben, el _Triticum aestivum_ es

aquel noble cereal que suministra la susbtancia de la mayor parte del

pan de todo el mundo. ¿Puede ser ésto trigo? me pregunté medio dudoso de

mi exactitud. Hice una nueva prueba y otra vez la respuesta fué:

_Triticum aestivum_. Interrogúela aún por tercera vez, pero como un

espíritu seco y porfiado lanzó rápidamente las mismas palabras:

_Triticum aestivum_. No había equivocación. Esta pobre hierbecita debió

salir de algunos granos de trigo sembrados o arrojados por algún

accidente casual en este paraje desierto y silvestre lleno de vegetación

natural. Aquí germinó y creció y trató de elevarse a la majestad y

altura que se ve en los campos cultivados de granos. Pero ¡ay! no pudo.

A cada paso fué encontrando la resistencia de un medio no arreglado ni

preparado por la inteligencia. Le faltó el cuidado del hombre que aleja

la competencia, destruye los enemigos y crea condiciones favorables al

más alto desarrollo. El hombre procura a la planta cultivada una

oportunidad para progresar y la diferencia entre mi extenuada hierbecita

y el trigo de un campo bien labrado es diferencia únicamente de cultivo

y no de capacidad nativa. En pocas palabras: es la diferencia entre la

naturaleza y el arte (_nature and nurture_)».

[10] _Applied Sociology_, p. 126.

La competencia, pues, no sólo envuelve el gran derroche que se ha

descrito, sino que aun impide el máximum de desarrollo, desde que lo

mejor que se puede alcanzar bajo su influencia es muy inferior a lo

obtenido gracias a la acción de lo artificial, es decir, a la supresión

de la competencia por medio de la inteligencia y de la razón.

Por más difícil que pueda ser para los filósofos modernos entender esto,

tal fué sin embargo, una de las primeras verdades que iluminó al

entendimiento humano. Consciente o inconscientemente se sintió desde un

principio que la misión de la mente era luchar con la ley de la

competencia, resistirla y vencerla. La ley de hierro de la naturaleza,

como puede propiamente llamársela (la ley de Ricardo sobre los salarios

no es más que una manifestación de ella), se ha puesto por doquiera al

través de los pasos del progreso humano, y todos los esfuerzos para

marchar adelante, (ya sean físicos, sociales o morales) del hombre

racional, han constituído un combate contra este tirano, la ley de la

competencia. Todo utensilio, todo invento mecánico, toda cosa artificial

que sirve a algún propósito humano, es un triunfo de la mente sobre las

fuerzas físicas de la naturaleza que se hallan sin cesar y sin un fin

determinado en competencia. El cultivo y desarrollo de las plantas

útiles y la domesticación de algunos animales significa el someter a una

dirección las fuerzas biológicas y eximir algunas formas vivientes de la

acción de una ley natural que debilita sus poderes naturales de

desenvolvimiento. Todas las instituciones humanas--religión, gobierno,

ley, matrimonio, etc.--y todos los modos de regularizar la vida social,

industrial y comercial, son, considerados ampliamente, tan sólo otras

tantas maneras de resistir y vencer a la ley de la competencia en

sociedad. Finalmente, la ley moral de los hombres ilustrados no

constituye nada más que los medios adoptados por la razón, por la

inteligencia y por la sensibilidad refinada para aniquilar la naturaleza

animal del hombre, para encadenar el egoísmo competidor que todo hombre

ha heredado de sus antepasados animales.

Es verdad que el gran desarrollo del cerebro y de la inteligencia que ha

caracterizado al hombre fué debido exclusivamente a la misma ley egoísta

de la mayor ventaja, de la competencia. El cerebro no difiere a este

respecto de los cuernos, de los dientes o de las garras. En la gran

lucha que el animal humano tuvo que llevar a cabo para obtener la

supremacía, el cerebro lo habilitó definitivamente para triunfar, y bajo

la ley biológica de la selección, cuando la superior sagacidad significó

mayor aptitud para sobrevivir, el cerebro humano fué gradualmente

desarrollado, célula tras célula, hasta que los hemisferios

completamente desenvueltos quedaron agregados a los ganglios primitivos.

El intelecto en un principio fué un mero servidor de la voluntad; pero

en virtud de su peculiar carácter fué capaz de percibir que el método

animal directo no era el más provechoso, aun en la más ruda lucha por la

existencia, y así empezó, ya en una época muy remota, y en favor de su

propio egoísmo, a contrarrestar aquel método y a adoptar el opuesto, el

que se sirve de designios previos, del cálculo y de la cooperación. Las

asociaciones de individuos se convierten a su vez en corporaciones más

extensas, los _trusts_. Todo este proceso de cooperación compuesta no se

detiene hasta que todo el producto de una industria dada es manejado por

un solo cuerpo de hombres. Este cuerpo adquiere un poder absoluto sobre

el precio del artículo producido. Así, por ejemplo, todo el petróleo que

produce un país puede estar en las manos de un solo _trust_, y a fin de

obtener para los capitalistas que lo forman las mayores ventajas

posibles, el precio será puesto a la mayor altura que los consumidores

se resignen a pagar antes de volver a usar velas de esperma o de

recurrir al gas o a la electricidad. No se establece ninguna relación

entre el precio y el costo de producción y éste puede ser veinte o cien

veces más bajo que aquél y los provechos del _trust_ incrementarse

proporcionalmente.

Lo mismo pasa con el carbón, el hierro, el azúcar, el algodón, etc.

A pesar de lo mala que esta situación puede parecer, no deja de tener

sus lados buenos. Aunque estos inmensos beneficios van a parar

exclusivamente a las cajas de unos pocos afortunados que han sabido

colocarse en la embocadura de estas grandes corrientes de riquezas, sin

embargo, para los consumidores el valor de todas las comodidades así

monopolizadas es generalmente menor de lo que era cuando estaba

entregado completamente a la influencia de la competencia.

Tal aserto debe sonar de una manera extraña en los oídos de los

economistas, que consideran la competencia como el antídoto en contra

del monopolio y a la cual le señalan como uno de sus efectos principales

la baja de los precios. Pero los hechos contradicen esta manera de ver.

He aquí la opinión resumida, al respecto, de un distinguido economista,

el profesor Simón N. Patten:

Filosofía Americana: Ensayos · 第 6 / 15 段