A este respecto dice Fouillée: «ser verdaderamente determinado por _sí

mismo_, es pues, ante todo, ser determinado por su carácter adquirido,

no innato. Además, es preciso que hasta cierto punto seamos

_independientes aun del carácter adquirido_, que no seamos por ningún

motivo esclavos de nosotros mismos, ni de la forma que la naturaleza nos

ha dado ni de la que nosotros nos hemos dado _hasta el presente_.»

Cuando somos verdaderamente _libres_ somos más bien determinados por

nuestro carácter _virtual e ideal_. La libertad tiene los ojos vueltos

hacia el porvenir, hacia lo posible, hacia lo que nos representamos como

contingente en el sentido de que no concebimos que pueda salir de la

ambigüedad en que se encuentra sin nuestro esfuerzo personal. Esta

reacción complicada de uno sobre sí mismo, en la plena luz de la

reflexión, por medio de la idea, es la que constituye la libertad moral.

Se la ha definido siempre como «ser determinado por sí mismo y

determinarse a sí mismo.» (_Morale des idées forces_, p. 279).

¿Significa esta libertad virtual de que trata Fouillée otra cosa que la

posibilidad de concebir nuevos fines para la acción, que reemplazar las

ideas directrices de edades anteriores por ideas que son novadoras

respecto de aquéllas? ¿Y qué quiere decir esa reacción complicada que ha

de efectuarse en la _plena luz de la reflexión_ sino que para alcanzar

esta libertad virtual debemos considerar maduramente y estudiar los

móviles que nos determinan a un cambio de nuestros ideales, para

cambiarlos cuando llegamos a tener por más acertado proceder así? Y la

modificación de nuestros ideales traerá consigo la transformación de

nuestra conducta, porque, como se sabe, toda idea es un principio de

acción. Basta cultivarla, encendiendo a la luz de ella el fuego del

sentimiento, para convertirla en acto.

No es otro pensamiento que el de la libertad virtual de Fouillée el que

afirma Rodó cuando dice, al empezar sus _Motivos de Proteo_, que «vivir

es reformarse». Igualmente la amplitud de criterio para juzgar y

comprender, sin aplicar los moldes rígidos de escuelas y dogmas

intransigentes, las obras de la literatura o del arte, revela la

posesión de esa libertad virtual.

De esta suerte, la libertad virtual, expresión altísima de la libertad

moral y de la falta de espíritu de sistema, coincide con la concepción o

con la aceptación y comprensión de ideales nuevos, coincide con la

fuerza fresca y creadora de la mente, capaz de renovarse a sí misma y de

ponerse en el caso de los demás. El llegar a disfrutar de este estado de

ánimo es el resultado de una educación bien organizada y de una obra de

perfeccionamiento y cultivo llevado a cabo sin cesar, después de salir

de las aulas, por cada individuo en su propia personalidad.

Y esta labor no encierra nada de misterioso ni de indeterminado.

VI

EL DETERMINISMO SOCIAL Y EL INDIVIDUO

Mirada la humanidad entera en las perspectivas que nos ofrecen la

antropogeografía, la etnografía, la historia, la sociología y la

estadística, la libertad individual desaparece, se diluye en el gran

todo, se esfuma. Desde las alturas a que nos elevan estas ciencias vemos

moverse a los individuos en manadas como títeres o muñecos, impulsados

por resortes ocultos que ellos no conocen y que, en su soberbia, suelen

no estar dispuestos a conocer tampoco. El determinismo social que obra

de esta suerte sobre los individuos es evidente. La acción del medio

geográfico y climatológico sobre los pueblos es colosal.

Las costas de Siria y los bosques del Líbano hicieron de los fenicios

comerciantes y marinos, señores del Mediterráneo, y precursores de los

helenos y latinos. Los indoeuropeos, partiendo del centro del Asia,

llegaron a las llanuras orientales de la Europa; aquí, después de una

gigantesca bifurcación, unos se establecieron en el Norte y otros en el

Sur.

Aquéllos tuvieron por mansión tierras pantanosas y selváticas y costas

inhospitalarias, barridas por furiosas tormentas. Los otros llegaron a

las comarcas benignas y sonrientes del mediodía, pusiéronse en contacto

con los pueblos más civilizados del antiguo Oriente y fueron los

creadores de la civilización occidental. Accidentes geográficos,

climatológicos y sociales hicieron de dos razas idénticas y hermanas,

naciones tan distintas que ellas mismas se miraron recíprocamente, dos

mil años más tarde, como los polos opuestos de la humanidad. Los

normandos medioevales fueron piratas a causa de la pobreza de su suelo y

de las leyes sobre las herencias que regían entre ellos.

Las razas primitivas han sido el producto de la adaptación a medios

geográficos diferentes. En seguida, la raza misma pasa a constituir una

forma de energía social que se deja sentir a través de todas las

generaciones futuras.

En las grandes corrientes de la historia, el individuo es, como si

dijéramos, un elemento de cantidad y no de calidad. Los individuos

participan de las pasiones y preocupaciones de sus pueblos, de sus

amores y odios, de sus creencias religiosas y costumbres, sin detenerse

generalmente a analizarlas, juzgarlas, y, en consecuencia a aceptarlas o

rechazarlas en virtud de un acto reflexivo de su conciencia. No es

fácil concebir que un hindú del siglo VIII a. de J. C. no fuera

_bramanista_; que un griego o romano de antes del siglo primero no fuera

pagano; que un árabe del califato de Bagdad no fuera musulmán; ni

tampoco que un hijo de la América Latina, desde la colonia acá, no crea,

por lo general, en el catolicismo.

En los marcos de la estadística el hombre pierde toda la calidad

individual y se somete a nuestra consideración como un guarismo

inconsciente. En la vida social, así contemplada, los hombres nacen,

contraen matrimonio, tienen hijos, producen, roban, matan, o se suicidan

con una regularidad anual pasmosa, con más precisión que la que se

observa en la cantidad de centímetros de agua que debe caer en una

estación en cierta región dada, sin que los matrimonios, los robos o los

suicidios sean otra cosa que engendros de circunstancias sociales

existentes, y no los frutos de voluntades que obren reflexivamente.

Así M. G. Tarde ve en el hombre social un verdadero sonámbulo. «El

estado social--dice--como el estado hipnótico, no es más que una forma

del sueño en acción. No tener más que ideas sugeridas y creerlas

espontáneas; tal es la ilusión propia del sonámbulo e igualmente del

hombre social.

«Para conocer la exactitud de este punto de vista sociológico, es

menester no considerarnos a nosotros mismos, porque aceptar esta verdad

en la parte que los concierne, sería aceptar la ceguedad que ella afirma

y, por consiguiente, suministrar un argumento, en contra de ella.

«Pero es menester pensar en algún pueblo antiguo de una civilización

bastante distinta de la nuestra, en los egipcios, esparciatas,

hebreos...

«¿Acaso aquellas gentes no se creían autónomas, como nosotros nos

creemos, y eran sin saberlo autómatas, cuyos resortes movían sus

antepasados, sus jefes políticos o sus profetas, cuando no se los movían

recíprocamente los unos a los otros?

«Lo que distingue a nuestra sociedad contemporánea y europea de aquellas

sociedades extrañas y primitivas, es que la magnetización ha llegado a

ser ahora mutua, por decirlo así, hasta cierto punto por lo menos; y,

como dentro de nuestro orgullo igualitario, nos exageramos un poco esta

mutualidad, y como además nos olvidamos de que esta magnetización,

fuente de toda fe y obediencia, al hacerse mutua se ha generalizado, nos

jactamos sin razón de ser menos crédulos y menos dóciles, menos

imitativos en una palabra, que nuestros antepasados. Es un error[2]».

[2] _Les lois de i'imitation_, III.

Más adelante agrega:

«¿No es cierto que las experiencias y las observaciones más claras son

rechazadas, las verdades más palpables combatidas, siempre se encuentran

en oposición con las ideas tradicionales, hijas antiguas del prestigio y

de la fe? Los pueblos civilizados se vanaglorian de haberse escapado de

este _sueño dogmático_.»

«Su error se explica. La magnetización de una persona es tanto más

pronta y fácil cuanto, más a menudo ha sido magnetizada.»

«Esta observación nos explica por qué los pueblos van imitándose con

facilidad y rapidez crecientes, dándose menos cuenta de este hecho a

medida que se civilizan, cuando por lo mismo se han imitado más».

En un sentido análogo Mr. Lester F. Ward, citando la opinión de varios

filósofos, dice lo siguiente:

«La base esencial de la ciencia psíquica es que los fenómenos psíquicos

obedecen a leyes uniformes. La aceptación de esta verdad, desde un punto

de vista colectivo, aplicándolo a la historia por ejemplo, es la primera

condición de toda ciencia de las sociedades. Pero como la acción

colectiva se forma con el conjunto de las acciones individuales, lo

dicho debe ser también cierto de las últimas, por más contrario que ello

parezca a la observación diaria.

Nuestra incapacidad para percibirlo (el hecho de que las acciones

individuales obedezcan a leyes determinadas) es debido a lo que se

llama «la ilusión de lo cercano». De Herbart se dice que afirmaba que

las ideas se movían en nuestra mente con la misma regularidad con que

las estrellas se mueven en el cielo.»

Kant, decía, que si pudiésemos contar hasta sus fundamentos últimos

todos los fenómenos de la volición, no habría una sola acción humana que

no pudiéramos predecir y que no debiéramos tener por necesaria en vista

de sus antecedentes. (_Kritik der reinen Vernunft_, p. 380.)

Kant es considerado generalmente como un partidario del libre albedrío,

y no obstante en su único ensayo sociológico se expresa así:

«Sea cual sea nuestra noción de la _libertad de la voluntad_,

metafísicamente considerada, es evidente que las manifestaciones de esta

voluntad, es decir, las acciones humanas, se encuentran bajo el imperio

de las leyes universales de la naturaleza, como cualquier fenómeno

físico.

Es propio de la historia narrar estas manifestaciones; y aunque sean sus

causas todo lo secretas que se quiera, sin embargo, sabemos que la

historia, contemplando la acción de la voluntad humana a la distancia y

en grande escala, aspira a desarrollar ante nuestra vista una regular

corriente, una tendencia, en la gran sucesión de los acontecimientos; de

tal suerte que los incidentes que, tomados separada e individualmente,

habrían parecido incoherentes y rebeldes a toda ley, vistos dentro del

nexo que los une y considerados como acciones de la especie humana y no

de seres independientes, nunca dejan de presentar un desarrollo continuo

y constante.

Así, por ejemplo, considerando cuán dependientes son de la voluntad

humana los nacimientos, los matrimonios y los suicidios, si se les mira

separadamente, podría parecer que no estarían sujetos a ninguna ley que

permitiera calcular su monto de antemano; y, sin embargo, las cifras

anuales de estos sucesos en los grandes países prueban que ellos marchan

tan sometidos a las leyes de la naturaleza como las oscilaciones de las

aguas». (Kant, _Idea of a Universal History_, citado por L. F. Ward,

_Preu Sociology_, p. 151 y 152.)

Las limitaciones y determinaciones de la actividad son, como venimos

viendo, considerables. El hombre no elige el nacer o el no hacer y,

junto con este primer paso de su destino, se le imponen innumerables

sellos del pasado. De él no ha dependido elegir el lugar de su

nacimiento y de su infancia, o sea, las condiciones de clima, de

vegetación, de belleza panorámica, de proximidad o distancia del mar,

que han de formar uno de los lados del molde de su ser; de él no ha

dependido escoger a sus padres y velar porque sean sanos y vigorosos,

buenos, inteligentes, sobrios y trabajadores, ni tampoco por

consiguiente ha estado en sus manos el pertenecer a una raza superior.

Si nace de padres raquíticos, alcohólicos, corrompidos y viciosos, o si

viene al mundo en el seno de una raza abyecta y degenerada, ya no hay

remedio, ya el dado está echado, no se puede jugar de nuevo, y la voz de

orden es «vivir venga lo que venga». El hombre no elige tampoco la

educación que le dan o que no le dan, ni las costumbres que van formando

su idiosincrasia espiritual.

* * * * *

Pero que el individuo resulte una cantidad despreciable, un autómata

dentro de las grandes perspectivas históricas y sociológicas, no quiere

decir que en realidad sea así en todos los círculos de su actividad.

Formular tal afirmación no sería proceder respetando los hechos, como no

sería acertado tampoco estimar el valor de la humanidad por lo que ella

representa cuando se estudia a la tierra desde un punto de vista

exclusivamente astronómico. En este caso la humanidad aparece también

como una cantidad despreciable.

La tierra efectúa sus movimientos y cruza los espacios sin que le

importen un ardite la vida de nuestra pobre especie, sus planes y

pretensiones, sus alegrías y sus dolores. Y no obstante, la humanidad

se ha enseñoreado del planeta. Por idéntico modo, el individuo, aunque

arrastrado inevitablemente por las grandes corrientes sociales de su

tiempo, goza, dentro de un círculo inmediato a su persona, de la

posibilidad de obrar de diversas maneras.

Dentro de un mismo instituto de educación y dentro de circunstancias

idénticas (fuera de la diferencia personal característica de los

maestros), un profesor logra infundir entusiasmo, amor y nobles anhelos

en el pecho de sus discípulos, y otro no pasa de ser entre ellos un

ganapán que los provoca a risa.

De varios padres de familia de una misma sociedad y condición, unos

tienen una comprensión clara de sus deberes, y carácter e ideas sólidas

para dirigir la educación de sus hijos, mientras que otros, o son unos

corrompidos, víctimas de sus vicios, o unos calzonazos, juguetes de sus

mujeres. Hay sacerdotes débiles y despreciables, y otros de la misma

época, lugar y situación, que despiertan respeto por su virtud y

sinceridad y son escuchados como oráculos por los creyentes. En una

misma edad y dentro de un propio país políticos viles, de índole

menguada, que apenas cuentan con partidarios asalariados, mientras que

otros, enaltecidos por el valor moral, elevación de ideas y abnegación

que los distingue, son capaces de dar grandes movimientos a las masas

sociales que creen en ellos.

La historia de estos individuos capaces de originalidad y carácter y la

de algunos grupos sociales es en un cierto sentido heroica respecto de

estas fuerzas geográficas, hereditarias y sociales, que tratan de

encaminarlos y determinarlos ciegamente.

Al lado de la adaptación resignada al medio, del sometimiento a la

tradición, se nos presenta el cuadro alentador de la labor ciclópea de

los hombres, encaminada a transformar el medio y a mejorarlo en un

sentido humano. La lucha contra las influencias hereditarias y sociales

funestas, el anhelo de _librarse_ de ellas, es un afán continuo que va

marcando los pasos de la humanidad en su conquista de las energías de la

tierra y en su acción eliminadora de los agentes del pasado, que va

considerando inadecuados a sus nuevos fines. La humanidad, en este

combate, se sustrae a algunas determinaciones, para obedecer a otras que

se le presentan revestidas de valor más alto y definitivo.

Así, a las determinaciones a que dan lugar las tradiciones falsas y los

prejuicios sociales, opone el espíritu humano las de la ciencia y del

amor a la verdad, a las de las preocupaciones de castas, las de la

justicia social; a las del respeto ciego de los códigos, las de la

evolución del derecho.

VII

EL FUNDAMENTO DE LA RESPONSABILIDAD

Se ataca también el determinismo diciendo que, al negar la libertad,

destruye la responsabilidad moral, y que, en consecuencia, mina por su

base el orden social y ético.

Las ideas corrientes se desarrollan en este asunto en una especie de

ecuación o progresión muy sencilla en apariencia; pero engañosa en

realidad. El hombre, se dice, es libre, y siendo libre es responsable, y

siendo responsable autoriza, justifica la reacción social contra los

actos voluntariamente malos.

En este razonamiento o, si se quiere, en esta construcción que se tiene

como la base _sine qua non_ de la moral, hay mucha argamasa de mala

calidad, y a poco que se escarbe en ella, se desmorona, y puede

observarse lo endeble de la fábrica.

Cuando afirmamos que un hombre es responsable porque ha obrado

consciente y libremente, lo que queremos decir en realidad es: 1.º Que

ha debido tener una idea completa de las consecuencias de sus actos, que

ha debido concebir perfectamente una relación de causalidad, en que él

mismo es la causa que va a producir ciertos efectos; y 2.º Que teniendo

esa idea, ha de obrar en conformidad a ella.

Respecto de la proposición del 1.º, no está demás dejar establecido que

de ella se desprende que,--a pesar de que se ataca al determinismo en

nombre de la responsabilidad,--sin embargo no es posible imaginarse que

una persona sea responsable, sin suponerla al mismo tiempo determinista.

Afirmar que hay entre los actos de una persona y las consecuencias de

ellos una relación necesaria (hecho en virtud de la cual aquella es

responsable), no es otra cosa que efectuar una aplicación de la ley de

causalidad y del determinismo. Así tenemos que mientras los partidarios

del libre albedrío quieren destruir al determinismo para salvar la idea

de responsabilidad, resulta después de un breve análisis, que la

responsabilidad es inconcebible sin el determinismo.

Esa misma primera proposición establece una especie de ecuación

insostenible entre la idea de las consecuencias de los actos y la

responsabilidad. Un hombre tiene que sufrir las consecuencias de sus

actos hasta en sus más remotas derivaciones, y es imposible suponer en

una inteligencia humana, una capacidad de previsión que llegue tan

lejos. Un ejemplo característico es el matrimonio. Rara vez es posible

ejecutar este acto importantísimo en buenas condiciones de previsión;

pero las responsabilidades que de él se desprenden no dejan de pesar

jamás hasta el fin de la vida sobre los cónyuges. Y aun cuando dos seres

se unen con los mejores auspicios de felicidad ¡cuántas veces el hado

trágico desgarra sus almas bienintencionadas, trocando en suerte infeliz

la que ellos se imaginaron senda de dicha al jurarse amor eterno!

Otro ejemplo es la elección de una carrera.

Toda carrera profesional depara sorpresas imprevistas al que se inicia

en ella. Generalmente se hacen con ardor juvenil los primeros estudios

que conducen a la obtención del título anhelado, y los primeros ensayos

en la práctica de la profesión producen engaños enervadores.

Cuántos jóvenes abogados no sienten casi asco y repugnancia al verse

convertidos, para vivir, en agentes de la mentira y de la farsa

judicial. Pero ya se han invertido ingentes sumas de dinero y mucho

tiempo para llegar a esa meta y no es posible volver atrás. Las

consecuencias de una primera determinación pesan de una manera

indefinida sobre el sujeto que no pudo preverlas.

La proposición 2.ª, constituye un postulado, una suposición de

causalidad que, a poco que se examine, resulta muy discutible. Cuando

decimos que alguien ha obrado mal pensamos al mismo tiempo que habría

que tomar otra línea de conducta que llamamos buena; pero al afirmar

esto, lo único que estamos en situación de sostener, es que nosotros,

colocados en las circunstancias externas en que ese individuo se ha

encontrado, habríamos procedido de la manera que consideramos buena.

Mas, ignoramos entonces que, o no ha tenido él la fuerza necesaria para

proceder así, o que esa fuerza se ha hallado inhibida por otras fuerzas.

Establecemos de esta suerte, como decíamos, un postulado de causalidad

que es insostenible. Este error proviene de querer dar a la

responsabilidad una base lógica cuando no tiene otra que la de una

necesidad social.

La sociedad no se preocupa de la mayor o menor responsabilidad para

defenderse de los actos antisociales y malos que puedan dañarla. Una

sociedad toma o debe tomar medidas contra los alcohólicos y los

criminales, no porque sean responsables, sino porque son nocivos.

Los poderes públicos encierran a los locos y velan porque los niños se

sustraigan a los males que no pueden prever y porque no constituyan una

amenaza para nadie. En cualquier orden de la vida social que se

contemple, se encuentra siempre esta rectitud consciente o ciega, firme

e implacable de la sociedad en contra de lo que ella cree perjudicial o

simplemente inconveniente para sus fines, sin detenerse a considerar si

hay realmente culpa o no de parte de los individuos que ella condena.

¿Qué culpa tienen el idiota, el degenerado, el débil, el corporalmente

monstruoso de ser como son? Ninguna. Verdad es también que la sociedad

no les atribuye por eso una responsabilidad moral, pero, en cambio, hace

pesar sobre esos desgraciados una responsabilidad _real_ terrible, que

llega a asumir caracteres trágicos. La sociedad los desprecia, trata de

alejarlos de su seno, les niega honores y placeres hasta que los

elimina. Hay que advertir también que cuando son sólo tontos inofensivos

los convierte en sus bufones. ¿Qué culpa tiene la mujer fea o antipática

de no haber podido casarse? Ninguna tampoco; y, sin embargo, desde que

pasa para ella la juventud, tiene que llevar en su corazón la carga de

una responsabilidad real, a que no ha dado origen con el más

insignificante de sus actos.

La sociedad o la especie, en su afán apasionado de belleza y

procreación, persigue sordamente a las solteronas y las ridiculiza con

tenacidad implacable hasta hacer de ellas seres que inspiran compasión.

Estos casos prueban que cada cual tiene que soportar sobre sus hombros

no sólo el peso de las consecuencias de sus actos, sino también las

determinaciones de su destino. Las limitaciones que impone a la conducta

el determinismo social son, por otro lado, fuentes de responsabilidades

reales que no se derivan de los actos de las personas.

La vida social por sí sola exige todas las responsabilidades necesarias

a la vida social misma, responsabilidades que son relativas y se

desprenden de la convivencia de los hombres y de la reciprocidad que

debe reinar entre ellos. El libre albedrío no hace falta para establecer

esta clase de responsabilidad, la única necesaria a la vida social.

Al contrario. «Ya que es imposible, dice Simmel, fundar la

responsabilidad sobre la libertad se puede justificar el ensayo de hacer

nacer a ésta de aquélla. Del instinto de defensa, que la finalidad

natural ha desarrollado por selección, ha podido brotar el impulso de

rechazar el mal, venga de donde venga, sin distinguir en un principio si

el causante ha sido realmente culpable y si ha procedido

intencionalmente o sin libertad; el salvaje golpea a su fetiche. Jerjes

hizo azotar al mar, y el niño da golpes a la piedra en que tropieza.

Estas represalias, en virtud de su propio carácter impulsivo, comenzaron

por practicarse sin excepción. Pero pronto se cayó en la cuenta de que

en una cantidad de casos no se alcanzaba ningún fin, porque el objeto

inculpado era insensible o no resultaba resguardo alguno de reaccionar

en su contra. Aceptando, pues, que la represalia es un hecho que debe

servir a la custodia del individuo, se introdujo en ella una

diferenciación, y en lugar de la reacción ciega que reclamaba ojo por

ojo, diente por diente, se consideró más acertado aplicar la

imputabilidad sólo cuando podía cumplir con el fin indicado. No me cabe

la menor duda de que un individuo es considerado «responsable» _cuando

la reacción punitiva es capaz de alcanzar sobre él el fin del castigo,

sea este fin su mejoramiento, su intimidación o cualquiera otra cosa_.

Cuando las cualidades del hechor dan lugar a pensar que el procedimiento

del castigo será inútil o superfluo, entonces se dice que se encuentra

en estado de irresponsabilidad». (_Einleitung in die Moralwissenschaft_,

II, p. 212.)

De esta suerte queda establecido que no es necesaria la idea de libertad

para fundar la responsabilidad. Ésta encuentra una base sólida en las

necesidades que se desprenden de la convicencia de los hombres, en la

reciprocidad que debe reinar entre ellos y en la reacción que todo

organismo social ejercita para asegurar su subsistencia.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 2 / 15 段