Puesto un jugador impenitente al frente de una mesa de bacar

Note: Images of the original pages are available through

Internet Archive/American Libraries. See

https://archive.org/details/filosofbiaam00molirich

Nota del Transcriptor:

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las

minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas

de tamaño normal.

FILOSOFÍA AMERICANA

ENRIQUE MOLINA

Ensayos

[Ilustración]

PARÍS

CASA EDITORIAL GARNIER HERMANOS

6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6

FILOSOFÍA AMERICANA

LA LIBERTAD, EL DETERMINISMO Y LA RESPONSABILIDAD

SUMARIO

I.--Las ideas de libertad y el determinismo.

II.--El determinismo y su influencia sobre la acción humana y el

pensamiento.

III.--La libertad absoluta.

IV.--El determinismo psíquico y las ideas nuevas.

V.--La fuerza coordinadora de la voluntad y la libertad virtual.

VI.--El determinismo social y el individuo.

VII.--El fundamento de la responsabilidad.

VIII.--El sentimiento de responsabilidad y su educación.--Conceptos

definitivos de libertad y responsabilidad.

Que una discusión haya agitado a las inteligencias durante siglos, no es

motivo para dejarla de la mano, sin tentar antes el ensayo de probar una

de dos cosas: o alguna solución que se encuentre, o que la cuestión es

insoluble.

En este caso se halla la secular polémica sobre el determinismo y el

libre albedrío.

Creo que esta contienda se ha enmarañado por falta de claridad sobre los

conceptos discutidos, de donde ha resultado que se ha confundido el

determinismo con el fatalismo; se ha buscado para la libertad y

responsabilidad un sentido absoluto que no pueden tener: no se ha visto

que es inconcebible la actividad voluntaria sin determinaciones que la

encaminen, de donde proviene una conciliación entre la única libertad

práctica y posible y el determinismo; y no se ha pensado que basta al

mantenimiento de la vida social y moral la responsabilidad relativa que

emana de la convivencia y solidaridad de los hombres y no es

incompatible con el determinismo.

Estas ideas y otras que digan relación con ellas van a ser la materia de

este ensayo.

I

LAS IDEAS DE LIBERTAD Y EL DETERMINISMO

Cuando decimos que un hombre goza de libertad o que alguien tiene

conciencia de su libertad, pensamos atribuir una cualidad a esos

sujetos; pero, en realidad, sólo empleamos respecto de ellos un término

abstracto cuya comprensión es muy variada.

El populacho y el demagogo que deliran de entusiasmo cuando se les habla

de su sagrada libertad, que serían capaces de colgar de un farol a

alguien que la negara, el tribuno ilustrado que defiende la libertad de

testar, y de la prensa, y el metafísico que aboga por la libertad

absoluta, cubren con la misma palabra cosas muy distintas.

Veamos, así, primero, los sentidos que son propios del concepto de

libertad y, en cada caso, las relaciones que pueden ligarlo al

determinismo o hacerlo incompatible con él.

Empezaremos por la libertad empírica o externa.

Ésta consiste en la facultad de hacer lo que se quiere, en la falta de

coerción exterior; en la facultad de convertir en acto lo que indica el

motivo que más se quiere, aunque más acertado sería decir, no que uno

puede decidirse por el motivo que más quiere, sino que uno quiere al

motivo que más puede sobre uno; porque, en cuanto a la ejecución del

acto, ¿será posible que alguien no obre en definitiva según el motivo

que más puede sobre él? Hacia donde enderece su acción, obrará siempre

impulsado por el motivo que más imperio tenga sobre él en ese momento.

En sentido empírico se dice que un hombre consagrado a una profesión

liberal es libre y que un empleado no lo es. Frecuente caso es

considerar la falta de libertad sólo desde el punto de vista de la

sujeción a otro hombre y no tomar en cuenta las causas que coartan, que

impiden o tuercen de mil maneras nuestras acciones.

Conocí un corredor de comercio que se jactaba de ser libre, de no

depender de nadie. Todas las mañanas debía irse antes de las siete a un

puerto vecino al lugar de su residencia y lidiar allí hasta la tarde con

cargadores, fletadores, empleados de los ferrocarriles, etc. Este hombre

libre regresaba generalmente molido a su casa ya entrada la noche.

Dentro de esta manera de entender la libertad se habla de las cadenas

del matrimonio, de la sujeción de las mujeres y de los hijos de familia,

y de la independencia de los hombres solteros.

El conferir al Estado mayor o menor suma de atribuciones, la fijación de

los derechos y de las relaciones de los individuos, las controversias de

los feministas y antifeministas y las luchas entre socialistas e

individualistas, giran alrededor de la libertad empírica; es decir, se

trata en estos problemas de fijar lo que los individuos o grupos de

individuos tengan el derecho de hacer o no hacer. En este mismo sentido

se habla de los pueblos que combaten por su independencia o que son

celosos de ella, de los héroes de las libertades cívicas y, en una

palabra, de todos los casos en que hay lucha por el derecho.

La libertad de que hablamos comprende en primer lugar el dominio sobre

nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Moverse, viajar y poner el sello de

las fuerzas personales en un objeto exterior; sentir la conciencia sin

imposiciones extrañas a la propia personalidad y pensar según

inspiraciones íntimas, son atributos de la libertad empírica. Simmel[1]

agrega a estos atributos la propiedad y la soberanía sobre otros

hombres. Es claro que si mi libertad consiste en hacer lo que quiero,

respecto de los objetos exteriores, puedo hacer más mientras mayor

número de objetos o bienes posea. «Así es la posesión de objetos

exteriores, un simple aumento o extensión de la propia libertad

personal». Pero agrega nuestro autor, «la libertad aumenta con la

propiedad sólo hasta ciertos límites; después más bien disminuye. Hay

cierta cantidad de bienes, más allá de los cuales la voluntad, por

decirlo así, no deja sentir su acción sobre ellos, que es en lo que

consiste la libertad.»

[1] _Einleitung in die Moral Wissenschaft_, II, Die Freiheit.

«El deseo y la codicia pueden naturalmente seguir adelante, pero éstos

evidencian su falta de finalidad en el descontento que sigue al logro de

su ambición. En tanto que una exorbitante cantidad de riquezas se

acumulan en una mano, otros carecen de lo necesario para su libertad.

El principio del máximum de libertad exige que el máximum de la

propiedad se coloque donde el hombre pueda poner a los objetos

exteriores el sello de su voluntad.» Para mayor claridad, yo agregaría

que el propietario hiciera sentir sobre los objetos de su propiedad la

acción de su trabajo.

No se me ocultan dos cosas a este respecto: que esta fórmula, aun con la

explicación adicional, es demasiado vaga; y que dilatar el concepto de

libertad, hasta encerrar dentro de él el de propiedad, es lanzarse en

divagaciones que se prestan a la confusión de ideas.

Mayor estiramiento, si se quiere, significa el otro pensamiento de

Simmel, de que la libertad llega a coincidir con el ejercicio de

soberanía sobre otros hombres.

En esta situación deben de haberse colocado el señor feudal al frente de

sus siervos, y el patricio romano respecto de sus centenares de

esclavos. Un caso concreto en que se ha llamado libertad al dominio

sobre los demás, nos ofrece la historia de la llamada libertad de la

iglesia.

Toda la historia de la Edad Media, desde Carlomagno hasta Gregorio VII,

nos muestra el proceso de la creciente emancipación de la Iglesia

respecto del Estado, y, al mismo tiempo, en proporción al aumento de la

libertad e independencia de aquélla, va desarrollándose su poder sobre

el Estado. La «Independencia del Mundo», que era la voz de orden de la

Iglesia, y del sacerdocio, les sirvió a éstos para la «dominación del

mundo».

Como en el caso anterior, relativo a la propiedad, hay en el recién

apuntado, referente al dominio sobre los demás hombres, confusión entre

los términos poder y libertad. Lo más que puede decirse, es que el poder

aumenta la capacidad de obrar encaminada a ciertos fines. ¿Y no la

coarta también por otros lados?

* * * * *

En relación inmediata con la libertad empírica se halla la que se define

como el dominio sobre sí mismo. Proceder de acuerdo con las sugestiones

de la propia personalidad, ilustrada por una conciencia reflexiva, es

inherente a este aspecto del concepto de libertad. Es libre en este

sentido, el espíritu que no se siente arrastrado ni por los vicios ni

por las pasiones, y sabe sostener un criterio suyo ante las falaces

preocupaciones y sugestiones sociales vulgares. Es libre, en una

palabra, el que manifiesta individualidad y carácter, el que combate por

su independencia, porque si no hay obstáculos que vencer, no hay

libertad. Como dijo el poeta: «Sólo es digno de la libertad y de la

vida, el que se las conquista día a día».

* * * * *

En las dos grandes maneras de entender la libertad que hemos examinado,

no se presenta ninguna oposición entre el determinismo y la libertad, o,

más bien, entre el determinismo y la posibilidad de ejecutar una acción

u otra de varias que se ofrecen a la voluntad. Lo único que afirma el

determinismo es que la preferencia que triunfa resulta de causas

anteriores, o hereditarias, o sociales que arrastran al individuo. En

ninguno de los ejemplos apuntados faltan las causas determinantes. La

vida del profesional, del hombre soltero, de la sufragista, del

individualista o del socialista, con toda la libertad de que alardean,

están encaminadas por motivos poderosos que constituyen la explicación

de su existencia. La historia de los pueblos civilizadores o amantes de

su autonomía, la de los héroes e individualidades eminentes obedecen a

causas anteriores que, por lo menos en sus líneas generales, arrojan luz

también sobre el origen de sus hechos y creaciones.

El determinismo en vez de poner trabas a la acción de esas

personalidades es su guía más seguro, porque para hacer algo, para

modificar algo, para producir un efecto sobre las cosas, es preciso

conocer, o científicamente o empíricamente, las causas capaces de

engendrar los efectos que se desean. La ciencia es el determinismo, y el

empirismo, en cuanto procede acertadamente, coincide también con el

determinismo. Imaginaos a los fenicios y su dominio sobre el

Mediterráneo y no comprenderéis que hayan ignorado los movimientos de

los astros que les servían de guías, la acción del viento, la fuerza de

las corrientes y otras nociones prácticas del arte de la navegación.

Imaginaos a los ingleses ignorando las grandes leyes de la ingeniería y

aspirando a cruzar el África con líneas férreas y a manejar el agua del

Nilo por medio de gigantescas represas. Los negros del Congo, al cruzar

su caudaloso río, en piraguas movidas a remo, darían pruebas de más

sabiduría que ellos. Imaginaos a los holandeses, a esos creadores de una

parte de nuestro planeta, aspirando a poner diques al mar e ignorando al

mismo tiempo las leyes de la hidráulica y la capacidad de resistencia de

sus materiales. Serían menos discretos que los niños que juegan con la

arena de la playa en una mañana de verano. Imaginaos a los alemanes, a

los suecos, a los norteamericanos, luchando por levantar a los pueblos

por medio de la educación y consiguiéndolo; y suponed que no se han

acordado de principios de psicología y pedagogía, y veréis que incurrís

en un contrasentido manifiesto.

Toda la obra de la cultura humana, toda la acción del hombre sobre las

cosas para transformarlas y adaptarlas a sus necesidades; y toda la

actividad gastada sobre los hombres mismos en virtud de la educación,

han sido el fruto de la aplicación inconsciente o consciente del

determinismo, inconsciente en el caso del empirismo primitivo y

consciente en el caso de las deducciones científicas. Hasta el orador

sagrado que trata de inculcar en sus oyentes una opinión, una dirección

dada, hasta el profesor que enseña en su cátedra la doctrina del libre

albedrío, y hasta el polemista que escribe artículo tras artículo para

atacar el determinismo, proceden como los más consumados deterministas

porque cuentan con que sus palabras, sus lecciones y sus artículos han

de ser causas suficientes a producir los efectos que ellos calculan y

desean en sus oyentes, discípulos y lectores. Y esta confianza en una

relación causal segura, es una mera aplicación y aprovechamiento del

determinismo.

II

EL CONCEPTO DE DETERMINISMO Y SU INFLUENCIA SOBRE LA ACCIÓN HUMANA Y EL

PENSAMIENTO

Un mundo no regido por el determinismo sería _fatal_ para el hombre y

para la existencia de la vida en general.

Negar el determinismo es negar la ley de causalidad, o sea las

relaciones constantes y proporcionales que existen entre hechos pasados

y hechos futuros, entre antecedentes y consecuentes, entre causas y

efectos. Si se niega este orden de cosas, es menester aceptar que la

causa que ayer produjo un efecto dado, ha de poder ocasionar mañana, en

igualdad de circunstancias, consecuencias enteramente imprevistas. Así

no debería sorprendernos que una substancia, que teníamos por alimento

sano y nutritivo, se convirtiera de un día a otro en un veneno mortal;

que la neurosina que en una ocasión robusteció los nervios de un

neurasténico, en otra agravara su mal; ni que un perro o un gato pasara

en el trascurso de una noche a ser ave de rapiña. No se diga que esta es

una puerilidad que desentona en una discusión filosófica. No; es una

consecuencia perfectamente lógica y necesaria dentro de la negación del

determinismo. En la situación que suponemos, nuestra propia personalidad

no tendría tampoco ninguna consistencia, porque los procesos que la

mantienen son procesos causales que, en lo esencial, constituyen una

repetición ordenada de fenómenos determinados por la herencia orgánica y

por el medio que nos rodea. La vida no podría existir en un mundo no

sometido al imperio de causas y efectos encadenados por una relación

constante y regular, que permiten las adaptaciones y previsiones

necesarias al mantenimiento de los organismos. Si no, habría que suponer

en éstos una capacidad verdaderamente mefistofélica para efectuar en sí

mismos transformaciones instantáneas, y tales _avatares_ mágicos son

inconcebibles.

Por más que nuestro conocimiento de las cosas sea y haya de permanecer

siempre incompleto, y a pesar de que el principio de causalidad natural

tenga un carácter hipotético, la verdad es que el determinismo nos

ofrece los únicos ensayos de interpretación y explicación de los hechos

que puede alcanzar nuestra inteligencia. Nuestra inteligencia se orienta

en medio del complejo conjunto de los fenómenos, estableciendo entre

ellos semejanzas y diferencias, antecedentes y consecuentes. La

comprensión por _identidad_ consiste en hacer un reconocimiento,

establecer una semejanza, que descansa en definitiva sobre la

uniformidad esencial de las cosas, como cuando se dice que se comprende

un lenguaje cuando se conoce el sentido propio de sus voces. La

comprensión por racionalidad es un caso de _identidad_, porque la

conclusión es el resultado de la combinación de las premisas; por

ejemplo: A = C, porque A = B y B = C. La comprensión _causal_ consiste

en explicar un consecuente por sus antecedentes, en reducir un hecho

desconocido a otro conocido, en aprovechar la identidad fundamental de

la naturaleza, formulando principios que han de tener al mismo tiempo el

carácter de racionalidad lógica. Tratar de interrumpir en cualquier

momento la explicación causal determinista, es renunciar a toda

explicación. Es lo que sucede, por ejemplo, con el problema de la

libertad incondicionada de la voluntad y con el del origen primero de

las cosas (cuestiones más metafísicas que científicas). Este caso, los

que renuncian a la interpretación por medio de la causalidad natural

deben decir: He aquí el misterio.

* * * * *

Vamos a hacer ahora una comparación entre ciertas supuestas virtudes que

se atribuyen al libre albedrío y los defectos correspondientes que hacen

recelar del determinismo. Creemos que pueden resultar de ella caracteres

inesperados, que generalmente no se observan por falta de un análisis

detenido de la cuestión.

A primera vista se presenta la doctrina del libre albedrío como una

enseñanza capaz de infundir aliento, enaltecedora de la voluntad y

celosa de la dignidad humana; y el determinismo, al contrario, como un

evangelio depresivo de las fuerzas del espíritu, tiránico, casi

humillante. Sin embargo, ¡cuánta diferencia en la realidad! No es

exagerado decir que todo el incremento de sus libertades positivas,

reales y prácticas se las debe el hombre a las concepciones

deterministas. Algo de la prueba de lo que acabamos de afirmar hemos

adelantado ya con lo dicho en el artículo anterior respecto de la obra

civilizadora de los pueblos y de los grandes hombres.

Siendo evidente que el aumento de poder sobre los objetos exteriores, de

dominio sobre la naturaleza, significa aumento de libertad, y siendo que

ese poder y ese dominio no se han adquirido sino por medio de la ciencia

o del empirismo, que es su precursor, teniendo ambos de común la fe en

el determinismo, es claro que las aplicaciones deterministas de la

actividad humana al mundo exterior han producido un aumento de las

libertades humanas prácticas.

Pero no es esto sólo. En la existencia histórica y social, los

verdaderos enaltecedores de la personalidad humana, los que luchan por

abrirle nuevos horizontes, los que confían en ella, son los

deterministas y no los librearbitristas.

Por lo general, todo librearbitrista es tradicionalista, o, al menos si

se dice que tal afirmación es caprichosa e infundada, no se podrá negar

que todo tradicionalista es librearbitrista. Establecemos esta relación

como un hecho característico, sin entrar a ver si por razón de ella hay

algo de defectuoso en el librearbitrismo. Y es característico el hecho,

por cuanto no sería fácil encontrar un tradicionalista que sea

determinista. Si el tradicionalismo se une fácilmente con el

librearbitrismo y le repugna el determinismo, es posible que esto

resulte de que haya entre aquellos identidades esenciales. Lo cual

quiere decir,--por lo menos cuando el tradicionalismo y la doctrina del

librealbedrío vayan coligadas, caso que es frecuente,--que para los

librearbitristas el hombre ha de marchar, social, económica, jurídica y

religiosamente, por las sendas seculares señaladas por las huellas de

las generaciones pretéritas, sin dejarle la posibilidad de descubrir en

esos campos caminos nuevos y mejores. Y a esto debe resignarse el

hombre, a pesar de su libre albedrío. Entretanto, el determinista es,

por lo común, novador. Supone en el hombre una potencia mental creadora,

que dentro del _devenir_ general de las cosas,--_devenir_ inherente

también a la naturaleza de las sociedades humanas,--inventa las formas

nuevas que reclama el desarrollo social. El determinista atribuye al

hombre la capacidad de enriquecer con infinitas _posibilidades_ los

campos de su acción, y lo impulsa a que aumente así la esfera de sus

libertades.

He aquí una segunda oposición curiosa. El determinista comulga en la

generalidad de los casos con el _libre_ pensamiento, mientras que el

librearbitrista es también, en la generalidad de los casos, contrario a

él. Aquel supuesto enemigo de la libertad, le dice al hombre: «Hijo de

la tierra, eres el portador de la forma más excelsa de vida, de la razón

que se ha formado en ti, y mediante cuyo uso puedes aspirar a resolver

los enigmas del mundo. Aplícala con método a examinarte a ti mismo y a

estudiar lo que te rodea, y cuenta con que no existe poder en el

Universo con derecho bastante a hacerte aceptar lo que tu razón rechace,

a hacerte negar lo que tu razón proclame, o a impedirte expresar lo que

tu razón te inspire». Y al mismo tiempo, el librearbitrista

tradicionalista, emplea las siguientes palabras: «Desconfía de tu razón,

criatura humana, no des crédito a lo que tu pensamiento te indica, y

sométete sin discurrir a los principios que la tradición te enseña».

La libertad de pensar, a que nos referimos, es la inherente a las

funciones de la ciencia, en cuanto ésta reclama como derecho propio la

facultad de investigar todos los problemas de valor especulativo, y de

dar a luz los resultados de sus investigaciones. En ambos casos no tiene

más límites que los impuestos por los principios de la lógica y las

necesidades del método.

* * * * *

De las comparaciones que hemos hecho, y cuyos resultados presentamos

sólo como proposiciones aproximativas, fluyen, pues, las conclusiones

siguientes: que las apariencias engañan cuando se juzga superficialmente

del valor que encierran, para la actividad de la voluntad y de la

inteligencia, el determinismo y el libre albedrío; que mientras el

determinismo estimula y desarrolla las libertades positivas y prácticas

de obrar y pensar, el libre albedrío las contraría o las niega; y que el

determinismo propende a cultivar la personalidad, a formar

individualidades ricas en posibilidades de acción y pensamientos, que

conducen a aumentar las únicas libertades posibles de que la humanidad

entera puede gozar.

III

LA LIBERTAD ABSOLUTA

Si en las maneras de entender la libertad, examinadas en los párrafos

anteriores, no se ve ninguna incompatibilidad entre ese concepto y el

determinismo, no sucede igual cosa cuando se considera a la libertad

entendida como libre albedrío absoluto.

Que uno pueda hacer lo que quiera (que es en lo que consiste la libertad

empírica, como hemos visto), es un hecho que no lleva implícita ninguna

idea sobre si la voluntad misma es determinada o indeterminada. Aquí se

revela el carácter sumamente abstracto y especulativo del problema de la

determinación o indeterminación de la voluntad, que carece de interés en

la vida ordinaria y para la generalidad de las personas.

Los hombres son celosos principalmente de sus libertades empíricas,

luchan por ellas y por poder hacer lo que quieren, sin preocuparse de

inquirir si su voluntad misma es determinada o indeterminada en un

sentido metafísico.

De esta suerte, cuando un escritor defiende el libre albedrío absoluto,

aduciendo en favor de su tesis, entre otras razones, la de que es un

problema de vital interés para la totalidad de los mortales, no logra

otra cosa que hacer un juego de palabras, que formular un sofisma

derivado del sentido ambiguo del término _libertad_.

El libre albedrío absoluto, metafísico o filosófico, consiste, según

entiendo, en que la voluntad tenga la facultad de optar por una u otra

resolución que la solicitan, sin ser arrastrada por ningún motivo

extraño a la voluntad misma.

Colocada la voluntad en cualquiera disyuntiva, debe pesar las ventajas

de los caminos que se le ofrecen, pero no dejarse dominar por ninguna de

ellas, sino que debe esperar el pronunciamiento de esa entidad que lleva

en su seno, la libertad, que debe inclinar la balanza en favor de

alguno de los caminos que se presentan, sin que se pueda decir al mismo

tiempo que ha sido _determinada_ por alguna ventaja ni por ningún móvil

de cualquiera clase.

Si vosotros, lectores, podéis armonizar y conciliar estas cosas, hacedlo

en buena hora. Por nuestra parte, creemos que, planteado el problema en

los términos que acabamos de hacerlo (que son los característicos de la

libertad absoluta), no es para la inteligencia más que un enigma, un lío

preñado de contradicciones e inconsecuencias.

Veamos algunas:

Esa libertad es una soberana indiferente. Por medio de ella queda

sustraída la voluntad a la ley de causalidad, tanto respecto de los

demás hombres como del sujeto mismo. Dentro de ella no es posible

afirmar si una madre preferirá velar al borde del lecho de su hijo

enfermo o irse de paseo. Si dijéramos que habría de quedarse al lado del

hijo enfermo, sería establecer un impulso determinante de la voluntad y

se desvanecería el libre albedrío indiferente de la madre.

Puesto un jugador impenitente al frente de una mesa de bacarat, no

podremos, sin embargo, decir que apuntará a una o a otra carta: en

virtud del libre albedrío, debemos considerar que hay una región en su

alma que se mantiene del todo indiferente a la tentación del juego.

Salvo que se diga que el jugador tiene perdido su libre albedrío.

En conformidad a los cánones de esta idea, no hay un hilo conductor por

el cual barruntar lo que hará una persona en un momento dado. Se

interrumpe así a cada instante la continuidad de la evolución del ser

humano. Cada vez que la voluntad aplica su libre albedrío, debe crear

algo de la nada, porque debe desentenderse de los móviles que puedan

obrar sobre ella. Se comprende que semejante facultad de la voluntad no

debería llamarse libertad, sino capricho, azar o cualquiera otra cosa.

Fouillée, que ha hecho esfuerzos heroicos por salvar la idea de la

libertad, se expresa de la manera siguiente sobre el _liberum arbitrium

indifferentiæ_: «Esta moral (científica) está obligada a elevarse sobre

el concepto vulgar del _indeterminismo_ o del libre albedrío. Hay en el

ser vivo órganos que la lenta evolución de los siglos ha tornado

inútiles y que sólo subsisten como vestigios de antiguas edades; del

mismo modo, en el dominio intelectual y moral, ciertas ideas parecen

destinadas a perder la significación que ellas pudieron tener antaño, a

transformarse, so pena de desaparecer.»

«Así sucede con la antigua noción del libre albedrío, en cuanto es

concebida subjetivamente como poder incondicional de querer en las

mismas circunstancias una cosa o su contraria; objetivamente, como

«compatibilidad absoluta e incondicional de las contrarias en un solo y

mismo instante, permaneciendo, por lo demás, iguales todas las cosas».

(Definición de Renouvier).»

«Lo que se explicaba en otro tiempo por esta decisión imprevista e

_imprevisible_ de una voluntad realmente indeterminada en sus fuentes,

los psicólogos, los sociólogos y los moralistas tienden a explicarlo por

la acción combinada de los factores siguientes: 1.º, carácter adquirido

y sus tendencias; 2.º, estado actual de la sensibilidad y ejercicio

actual de la inteligencia; 3.º, circunstancias y medio social. Desde el

punto de vista de la ética es dudoso que un poder absolutamente

indeterminado entre las contrarias, capaz de escoger tan bien la una

como la otra, sea él mismo moral. Esta especie de Fortuna personificada

en nosotros haría de nuestros actos, como lo ha visto justamente

Leibnitz, accidentes desprendidos de nosotros mismos, sin lazo

determinado, no sólo con nuestro carácter, sino aun con lo que

constituye nuestra individualidad y nuestro yo consciente.»

«Queremos una cosa y habríamos perdido perfectamente, con las mismas

disposiciones y en las mismas circunstancias, querer la opuesta. ¿Cómo

entonces calificar _moralmente_ e imputarnos un acto tan arbitrario que

no es la expresión de nosotros mismos y de nuestra voluntad verdadera,

sino un acontecimiento superficial y fortuito, especie de meteoro

interior? La casualidad hecha realidad no es más moral que la necesidad

hecha realidad». (_Morale des idées-forces_, p. 270-271).

Haroldo Höffding piensa que si uno quisiera encontrar algún caso real en

que se hallara efectivamente en acción ese libre albedrío absoluto,

debería ir a buscarlo en los actos de los alienados. Esa doctrina,

agrega, hace de cada hombre o un loco, porque suprime todo el

encadenamiento propio de las acciones humanas, o un dios, porque hace

que cada persona arranque de la nada la substancia de sus actos. (Véase

Höffding-Morale, V. _Psychologie_, VII).

* * * * *

Ahora, ¿cómo puede haber brotado esta concepción en algún cerebro

humano? Decir que se tiene conciencia de esa libertad es sentar una

proposición que se puede refutar por dos órdenes de razones

principalmente. En primer lugar, suponiendo que obtuviéramos por medio

de la conciencia una noción de nuestro libre albedrío, esto no sería

concluyente. Para la psicología, moderna, la conciencia y el método de

la observación interna no constituyen una fuente segura de

conocimientos.

Las observaciones que hace uno en su propio yo, y por consiguiente las

sugestiones de la conciencia, son falaces, engañosas. La conciencia nada

nos dice sobre los fenómenos subconscientes o inconscientes y éstos han

adquirido en los últimos tiempos un gran valor en el estudio de la

psicología. La conciencia es una especie de gran señora, que no ve los

hilos que la manejan, no conoce las tramas que se urden en las capas de

lo subconsciente para marcarle rumbos a ella.

Fuera de esta situación desairada de la conciencia que induce a

recusarla en cuanto testimonio para asentar una verdad científica,

tenemos el hecho de que en realidad nadie, según me parece, puede

afirmar que posee la conciencia de su libertad absoluta, es decir, la

conciencia de una voluntad que no obre impulsada por móviles que la

determinen en un sentido u otro.

Cuando nuestra actividad se ve solicitada por distintas posibilidades de

obrar, tenemos conciencia de la lucha que se traba entre los móviles que

actúan a favor de las diferentes tendencias. Al fin triunfa alguno, y

entonces decimos que hemos resuelto proceder en esa dirección. Llamamos,

pues, libertad a la conciencia de la lucha de los móviles; y de esta

clase de libertad es la única de que tenemos conciencia.

Cuando decimos que somos libres porque tenemos conciencia de nuestra

libertad y queremos dar a entender que somos libres en sentido

absoluto, incurrimos en un nuevo sofisma por ambigüedad, porque

atribuímos a la conciencia de la libertad un sentido ilimitado que no le

es propio, por cuanto la conciencia no presenta ejemplos de una

resolución sin motivos. La idea de la libertad absoluta no es más que

una creación de filósofos metafísicos y espiritualistas, así como la de

tiempo ilimitado lo es de los astrónomos y la de espacio infinito, de

los geómetras. Por analogía se pasó de la libertad empírica a concebir

la libertad metafísica de la voluntad.

De pensar que se puede hacer lo que se quiera voló la fantasía a

imaginarse que se puede querer lo que se quiera. Según Simmel, «el

modelo de la libertad humana ha sido la libertad de Dios, que, sin

causa, creó el mundo de la nada». Lo que se niega por medio de esta

libertad así entendida, es la existencia fuera de Dios de substancias y

fuerzas que lo tomaron a Él a modo de punto de tránsito en su

desarrollo. Inmediatamente y sólo de Él brotó el mundo, sin que hubiera

ninguna necesidad preexistente.

Los gnósticos han atribuído al hombre una facultad análoga a esta

libertad divina; y el motivo capital en virtud de que se adorna al

hombre con la libertad, descansa en la imposibilidad que existe de

derivar de Dios, principio absolutamente bueno, el mal del mundo. Para

esto se necesitaba un principio autónomo que fuera para la producción

del _mal_ tan independiente de las condiciones exteriores como lo fué

Dios para crear el _bien_. Este principio, el Yo humano, es libre porque

su acción brota exclusivamente de él; y, obre bien u obre mal, en él y

nada más que en él se halla la fuente única de sus acciones. (Einleitung

in die Moralwissenchaft-Cap. Die Freiheit.)

Así se presenta la idea del libre albedrío, no como un dato de la

conciencia, sino como el fruto de una necesidad metafísica y teológica,

encaminada a hacer _responsable_ al hombre de los males que lo abruman.

Hacer servir a esa idea de base de la moral, es dar a ésta un fundamento

deleznable, porque hay irracionalidad lógica en establecer la

imputabilidad moral y la responsabilidad sobre un poder caprichoso que

se sustrae a toda previsión. Proceder así,--colocando una abstracción

como principio de la moral, siendo que las abstracciones son su

coronamiento,--es invertir el orden del desarrollo de los hechos.

La moral descansa sobre la educación que cultiva las buenas

disposiciones hereditarias y forma hábitos, y en sus comienzos no tiene

otra razón de ser que la obediencia y la imitación. Sólo después surgen

el sentimiento de la responsabilidad y el de una libertad relativa, que

no es indeterminada. Estas concepciones abstractas, como la idea de

deber también, constituyen los frutos y no las raíces del árbol de la

moral.

Y no se diga, por último, que detenerse a probar la absurdidad de la

libertad absoluta es complacerse en darle golpes a un fantasma, que

nadie ha pensado en sostener. Porque si los librearbitristas defienden

sólo una libertad relativa, defienden, entonces, una libertad limitada,

o sea, una actividad _determinada_ por diversos antecedentes, móviles y

circunstancias. Como hemos visto en un párrafo anterior, este género de

actividad no está reñido con el determinismo. De donde resulta el

siguiente dilema: o que los librearbitristas defienden la libertad

absoluta, y en este caso son los paladines de un principio absurdo; o

que defienden sólo la libertad relativa, y en este caso tienen que

comulgar con el determinismo.

IV

EL DETERMINISMO PSÍQUICO Y LAS IDEAS NUEVAS

Algunos filósofos, entre ellos Wundt (Ethik, II, Die Willensfreiheit),

al mismo tiempo que dicen que suponer en el espíritu el libre albedrío

sería convertirlo en juguete de la casualidad, aceptan el determinismo

de la voluntad de una manera restringida y lo designan con el nombre de

_determinismo psíquico_, para distinguirlo del _determinismo mecánico_.

La voluntad, según el determinismo psíquico, se determina por el

carácter individual, los antecedentes del individuo y los móviles o

motivos que la voluntad acepta como propios. En realidad, esta

explicación no es otra cosa que una profesión de fe dualista y un salto

del problema del libre albedrío, considerado en sí mismo, al problema de

la conciencia, o sea al de las relaciones de los fenómenos físicos con

los fenómenos psíquicos. Pero sea como se quiera, si se pretende

estudiar los hechos psíquicos de una manera científica hay que

reconocerlos como sometidos a una ley de causalidad (llamadla, si

gustáis, causalidad psíquica, no olvidando que tiene que ser un

principio que establece relaciones de antecedentes a consecuentes) y hay

que concebir a la voluntad como _determinada_ por causas... psíquicas,

si no se resignan los impugnadores del determinismo a entregarla a los

embates del capricho, de la casualidad o a la divina e inconcebible

suerte de tener que crear algo de la nada.

La doctrina que aplica la ley de causalidad a la voluntad, sin suponer

la existencia de dos substancias distintas, y dando por sentado que

todos los fenómenos de la conciencia son el resultado de cambios

mecánicos, químicos, y fisiológicos, es una doctrina monista que afirma

que lo físico y lo psíquico no constituyen más que dos aspectos

distintos de una misma cosa y no dos cosas que no se pueden reducir una

a otra.

Dentro del monismo existe un punto vulnerable y que el dualismo

aprovecha regocijado para atacarlo con sus propias armas: es el paso de

lo fisiológico a lo psíquico. Este fenómeno se halla sustraído hasta

ahora a todas las tentativas de la experiencia y, aunque todas las

presunciones obran en ese paso en favor del mantenimiento de la ley de

la conservación y transformación de la energía, de manera que los hechos

psíquicos no puedan ser más que la continuación de fenómenos

fisiológicos y físicos anteriores o los concomitantes de éstos, sin

embargo, los dualistas repiten que aquello no se ha probado

experimentalmente.

En este paso de lo fisiológico a lo psíquico, origen de lo imprevisto

que encierran en parte los productos del alma, y en la complejidad de la

vida, radican los fundamentos de la ilusión de nuestra libertad.

Vamos a detenernos a examinar una clase de productos psíquicos, que no

han llamado como debieran, la atención de los partidarios del libre

albedrío. Por lo mismo, no les han exprimido éstos todo el jugo que

podrían hacerlos destilar en su favor. Nos referimos a las ideas nuevas.

No hemos encontrado nada que pueda contribuir más al florecimiento de la

ilusión de la libertad que el hecho de que el hombre sea capaz de

concebir _ideas nuevas_, de que su mente sea un foco de _síntesis

creadoras_. Cuando un hombre, como la inmensa mayoría de nuestra

orgullosa especie, no hace otra cosa que imitar ramplonamente los

modelos más vulgares e inmediatos que la vida social le ofrece, cuesta

creer que un librearbitrista, por más obstinado que sea, se atreva a

adornarlo con la suprema dignidad de su supuesto libre albedrío. Pero

cuando otro hombre se presenta con las fulguraciones del genio, del

inventor, parece tarea más fácil atribuirle la libertad, que consiste

precisamente en sacar algo de la nada.

Es tan alta la condición de la _idea nueva_, como expresión única,

incomparable e irreductible de una individualidad, que cuando se

presenta bajo la forma moral la consideramos digna de ser tomada y

respetada por su autor como la expresión más completa, para él, de la

moralidad. Del individuo que no hace otra cosa que imitar, que es un

simple repetidor, sólo por respeto tradicional a los pergaminos

nobiliarios de nuestra especie, podemos decir que es moral o inmoral;

más fidelidad a la realidad de las cosas revelaría decir que no es ni de

una ni de otra banda, sino tan sólo _amoral_.

Al formular la anterior proposición, no desconocemos que, como la

sociedad ofrece ejemplos buenos y malos, costumbres virtuosas y

viciosas, hay individuos que merecen ser llamados buenos y virtuosos y

otros malos y viciosos. Ambas clases se parecen entre sí, por otra

parte, en que no reflexionan sobre las cuestiones morales, no le ponen

un sello propio, personal, a ninguna manera de obrar y siguen

automáticamente, por sus predisposiciones hereditarias o por las

circunstancias de su vida, los buenos o malos modelos que les ha

deparado el destino.

Estos dos grupos quedan algo opacos y envueltos en la misma penumbra al

lado del carácter original del inventor de que hemos hecho mención.

De este que, reflexionando sobre los problemas de la existencia

individual y social, se eleva sobre las normas y prácticas reinantes, ve

las contradicciones que resultan entre la conducta y las reglas que se

proclaman, y concibe principios superiores o aplicaciones nuevas de los

principios aceptados, para ordenar mejor las relaciones de los hombres,

de este cabe afirmar que es el portador de un fuego sagrado que ha de

coadyuvar a desentumecer nuestras alas en nuestro universo humano.

Esos principios superiores o esas simples normas de detalles, siendo

sinceros, constituyen para su autor un _imperativo original_ que, como

hemos dicho, significa la expresión más alta de su moralidad.

Si hay algún caso al cual puedan recurrir los partidarios de la libertad

absoluta en defensa de su tesis, es este en que el espíritu da a luz

ideas nuevas, síntesis creadoras, normas éticas originales.

Identificando así la libertad con la originalidad, sería posible decir

que una de las cumbres a que puede alcanzar el desarrollo individual, lo

marca el punto en que el nacimiento de una idea moral nueva señala el

abrazo de la más alta libertad humana, posible con la suprema moralidad.

Muchísimas personas podrán aprovechar esta forma de libertad de que

hablamos para defender un libre albedrío sin límites ni condiciones;

pero, al proceder así, confundirán la libertad con la imposibilidad de

prever de una manera precisa el surgimiento de la idea nueva; mas, la

idea nueva, el producto de la síntesis creadora de la mente, aunque

imprevista, no es indeterminada.

La historia de las ciencias, de las letras, de las artes, de las

industrias, de los fundadores de religiones, y de los reformadores

sociales y políticos, muestra claramente cómo sin el concurso feliz de

circunstancias sociales, económicas, locales e individuales, no habrían

surgido las grandes personalidades que han descollado en esos campos de

la actividad humana.

Si suponemos a Pasteur transportado el día de su nacimiento o en su

infancia al seno de una tribu australiana, ese genio, en lugar del

benefactor de la humanidad que veneramos, habría sido probablemente

varias veces asesino.

Así, la idea de nuestra libertad, es una suma de las posibilidades que

se ofrecen a nuestra acción, y de la ignorancia que da lugar a que los

hechos de nuestra existencia se nos presenten como contingentes y

sustraídos a toda previsión.

Si tenéis alguna duda al respecto, ved modo de conciliar la idea de

libertad con la de saber absoluto. Es imposible; ambas se rechazan

enérgicamente. A manera de digresión, diremos aquí que nos imaginamos el

saber absoluto, la omnisciencia y omniconciencia, ya que excluyen todas

las sorpresas con que nos sacude lo no conocido e inesperado, como

atributos abrumadores y aburridores. Por otra parte, y esto es tan claro

que apenas necesita decirse, la libertad también es inconciliable con la

ignorancia absoluta.

La conducta humana se desarrolla ocupando un término medio entre esos

extremos: saber absoluto y libertad absoluta por un lado, e ignorancia y

determinismo absolutos por otro lado. La práctica lleva a cabo una

conciliación de estos extremos.

De esta suerte, cabría comparar la existencia del hombre, respecto de

uno de sus actos o de un grupo coordinado de actos, a una marcha

efectuada en un cono, desde la base al vértice.

La base, la parte espaciosa, representa el momento en que comienza la

acción o la serie de acciones encaminadas a algún fin remoto.

En ese instante hay tiempo por delante y hay posibilidades; es, por

consiguiente, la hora en que el hombre disfruta de la mayor suma de

libertad que se puede imaginar, porque dispone de un número crecido de

posibilidades. A medida que el acto, el plan o la serie causal van

desarrollándose, simultáneamente van disminuyendo el tiempo y las

posibilidades; el determinismo de los hechos verificados va estrechando

la libertad de la acción; y la aproximación al fin, o sea al vértice del

cono, quiere decir que empieza el imperio del máximum de determinación.

¡Cuántas posibilidades hay en el porvenir de un niño que tiene que

desenvolver toda la variada cinta de su existencia! ¡Qué pocas

probabilidades hay, en cambio, de poder transformar radicalmente el

destino de un hombre maduro! Los polos del eje en que gira la vida de un

hombre son, pues, las posibilidades, que sugieren la idea de libertad en

un extremo, y el determinismo, que hace pensar en el lado, en el otro

extremo.

Mas, realmente, la criatura humana no debe sentirse sometida a un hado

ciego. Teniendo tiempo, es capaz, por medio de las ideas nuevas, de las

innovaciones de que hemos hablado antes, de sustraerse a las cadenas de

todo fatalismo.

Como lo hemos expresado ya también, el propio determinismo es el que

libra al hombre del fatalismo, en virtud de las enseñanzas que le dan el

poder de cambiar el mundo exterior, ya sean las enseñanzas de carácter

científico o de carácter empírico.

Nos parece que sería exacto formular lo que acabamos de establecer en

dos principios que, en resumen, no son más que uno sólo, expresado en

forma positiva y negativa.

Helos aquí:

Siempre que hay intervenciones de la voluntad humana reflexiva dirigida

por propósitos claros, la libertad (o la suma de posibilidades) de que

disfruta, se halla en razón directa del tiempo que falta para la

terminación o realización del acto.

Siempre que hay intervenciones de la voluntad humana reflexiva, dirigida

por propósitos claros, la determinación de un hecho se encuentra en

razón inversa del tiempo que falta para su realización.

Hemos entrado en estos detalles, que pueden parecer lucubraciones muy

sencillas que no merecen el tiempo que se gasta en ellas, porque los

adversarios del determinismo no cesan aún de confundirlo con el

fatalismo, y es conveniente desvanecer este error.

V

LA FUERZA COORDINADORA DE LA VOLUNTAD Y LA LIBERTAD VIRTUAL

Se podrá formular una objeción en contra de lo que expresamos en el

párrafo anterior. Cabría argüir que es inexacto que el contenido de la

idea de libertad está formado únicamente por la coexistencia de diversas

posibilidades de acción, de tiempo disponible, de ignorancia de los

fenómenos psico-fisiológicos y de la incapacidad de prever todas las

contingencias que la complejidad de la vida nos depara en el porvenir.

Puede objetarse que falta ahí la voluntad que, presidiendo y

aprovechando esos elementos, ha de darles unidad; y que el niño (tomando

el ejemplo del último párrafo), que dispone de tantas posibilidades,

carece de la fuerza directriz de la propia personalidad.

A este reparo no tenemos que observar sino que no reza por ahora con

nuestra comprensión de la libertad, que ha estado encaminado

principalmente a probar la honda diferencia que existe entre

determinismo y fatalismo, y no a dar desde luego el significado completo

de esta idea.

Agreguemos ahora lo que--fuera de los caracteres recién repetidos--le

falta a la libertad para hacer de ella una potestad personal; y veremos

que en este caso tampoco está reñida con el determinismo. Le faltan el

dominio del hombre sobre sí mismo y la orientación de la actividad hacia

fines fijados con independencia, y que el sujeto mismo reconozca que

brotan de lo más íntimo de su propio ser con entera espontaneidad.

En este caso no se puede decir que a mayor tiempo por delante

corresponda mayor libertad, y que las posibilidades por sí solas sean

fuentes de libertad. Al contrario; para llegar a disfrutar de esta

condición libre es preciso que la voluntad haya gastado mucho tiempo en

adiestrarse a sí misma, en acerarse contra las tentaciones que el

individuo condena.

La conquista de la libertad así entendida es una perpetua marcha hacia

adelante, sin que sea posible llegar jamás a un ideal que el hombre

tenga por definitivo. Pero, cosa curiosa; esta libertad superior de que

hablamos, a medida que avanza en su perfeccionamiento, va quedando más

sometida al imperio del determinismo, es decir, la voluntad va siendo

más determinada.

El hombre que posee el mayor dominio sobre sí mismo, que ha expulsado de

la esfera de sus deseos las tentaciones vulgares, que no se excede en la

bebida, no fuma, no juega juegos de azar, no es glotón, no se deja

seducir por los placeres sexuales, y marcha a la conquista de sus

ideales con una serenidad alegre, llevando con mano firme y flexible las

riendas de las potencias de su alma--este hombre avanza en la existencia

de una manera minuciosamente determinada. Este hombre lleva generalmente

una vida regida por hábitos de orden, de higiene y de trabajo, tan

detallados, que hace que a menudo se diga de él que es como un reloj.

Los actos de un hombre así están sujetos a la mayor previsión posible, y

por lo mismo inspiran confianza su constancia y seguridad sus promesas.

De Kant no se podría decir que no gozara de esta especie de libertad, y

sin embargo, su vida marchaba encerrada entre tan rigurosos hábitos, que

produjo inquietud a los vecinos de Koenigsberg el hecho de que

interrumpiera un solo día sus acostumbrados paseos vespertinos. No está

de más saber que la interrupción provino de no sé qué noticia que había

leído sobre la revolución francesa. Un artista, un sabio, pone toda su

alma cuando se consagra por largos años a una obra que ha elegido con

amor.

Es el caso de Augusto Comte, cuando preguntándose en qué consistía una

gran vida, se contestaba que en un pensamiento de la juventud ejecutado

en la edad madura. ¿Caben mayor acción personal altísima y al mismo

tiempo mayor determinación y encadenamiento que la que muestran la obra

genial de seis lustros del nombrado Comte y la labor titánica de medio

siglo de Herbert Spencer?

Vemos de esta suerte que a la libertad, que se le señala como distinción

característica el dominio sobre sí mismo, el obedecimiento a ideales

elevados y propios, no es posible considerarla exenta de limitaciones y

determinaciones; y y quizás podría decirse que a más egregia

personalidad corresponde una mayor determinación.

Filosofía Americana: Ensayos · 第 1 / 15 段