ilustre, hubiera gozado de una felicidad perfecta, á no haberla turbado
el fratricidio de su hermano Foco, por cuyo delito fue desterrado de
la casa de su padre, y se acogió á Trachinia, region de la Tesalia,
donde pacíficamente reinaba Ceix, hijo de Lúcifer, que en su rostro
ostentaba muy bien el resplandor de su padre; pero en aquel tiempo le
tenia oscurecido por el dolor de la muerte de su hermano Dedalion.
Luego que Peleo, fatigado del camino y de la pena de su destierro,
llegó á Trachinia, y entró en la ciudad con poco acompañamiento,
dejando antes en un sombrío valle no lejos de sus muros los rebaños y
vacadas que traia consigo, se presentó al Rey, y haciéndole una grande
reverencia con las manos tendidas, en las que llevaba una señal de
paz,[208] le refirió quien era, quien era su padre, y la causa que
pretextó de la fuga de su casa, callando y ocultando el fratricidio que
habia cometido, pidiéndole que le acogiese en la ciudad ó en algun otro
lugar de sus estados. Ceix le respondió con rostro apacible en estos
términos: „Mis estados estan abiertos á cualquiera persona por humilde
que sea, y mi reino hace gala de esmerarse en la hospitalidad; mi ánimo
benigno se inflama mas á egercerla, y le son poderosos impulsos tu
esclarecido nombre, y el ser descendiente de Júpiter. No pierdas el
tiempo en plegarias: cuanto pidas te será concedido; elige lo que te
acomode entre todo lo que ves, y ¡ojalá hubieras llegado y lo hubieras
visto en mejor estado!” En este punto comenzó Ceix á llorar, y Peleo y
sus compañeros le preguntaron cual era la causa de tanto sentimiento, á
los cuales respondió asi: „Acaso creereis que la ave[209] que vive de
rapiñas, y es el terror de las demas aves, lo fue siempre, y estuvo
vestida de plumas como ahora; pues no es asi: hace poco tiempo que
era hombre, y ha conservado despues de su transformacion el ánimo,
ferocidad y violencia que tenia antes. Llamábase Dedalion, y tuvo por
padre al astro precursor de la Aurora, y que desaparece el último.[210]
Como yo siempre he amado la paz, he empleado todos mis cuidados por
conservarla en mis estados y familia; mi hermano por el contrario tenia
toda su complacencia en las sangrientas guerras. El valor con que desde
su transformacion persigue á las palomas tisbeas, lo empleó antes en
sujetar naciones enteras y Reyes poderosos. Tenia una hija dotada
de gran belleza llamada Quione, que á la edad de catorce años era
pretendida de muchos amantes. Volviendo un dia acaso Febo y Mercurio,
aquel de Delfos, y este del monte Cileno, la vieron ambos, y ambos se
enamoraron de ella. El primero quiso esperar la noche para declararla
su pasion; pero Mercurio, sin diferir mas tiempo, tocó el rostro de la
doncella con su caduceo, que tiene la virtud de infundir sueño: ella se
duerme con el contacto poderoso, y en el sueño fue violentada por él.
Luego que llegó la noche Apolo toma la figura de vieja, y bajo de esta
apariencia tomó lo que ya otro habia disfrutado. Al cabo de nueve meses
parió dos hijos: el uno fue Autólico, que parecido en todo á su padre
Mercurio, y de su misma índole y astucia, era ingenioso, é inclinado
á todo robo, y sabia hacer de lo negro blanco y de lo blanco negro.
De Febo nació Filamon, hombre aventajado por su voz y lira. Pero ¿qué
aprovecha á Quione haber agradado á dos Dioses, haber tenido dos hijos
tan célebres, ser hija de un padre tan valiente, y nieta del dueño y
Soberano de los Dioses? Hay muchos á quienes son dañosos la gloria y
los honores, y esto le sucedió á Quione, pues se atrevió á preferirse
á Diana y á llamarla fea,[211] poniendo faltas á su hermosura; de lo
que ofendida la Diosa, se dejó arrebatar de la vehemente pasion de la
ira contra ella, diciendo: „Ya que no le agrada mi rostro, tendrá que
sufrir mis hechos;” y al momento encorvó el arco, y de un flechazo
atravesó la lengua sacrílega. Herida Quione mortalmente, hace vanos
esfuerzos por hablar; su voz la abandona, y pierde la vida envuelta en
su misma sangre. Yo entonces abrazándola tiernamente, sufrí en obsequio
de la piedad todo el dolor que cabe en el corazon de un tio, y procuré
consolar á mi hermano; pero este, como padre, recibió el consuelo no
de otro modo que los peñascos insensibles la agitacion estrepitosa de
las olas del mar, y se abandonó á los lamentos por la pérdida de su
hija. Pero luego que la vió en la pira, cuatro veces tuvo ímpetus de
arrojarse á ella, é impedido otras tantas de que lo egecutase, echó
á huir con precipitacion, y á la manera que lo hace un novillo, que
estimulado del aguijon de los tábanos ó moscardones, se arroja por las
asperezas y por donde no hay senda ni camino. En la precipitacion de
su carrera me parecia que iba aumentándose su velocidad mas que la que
puede tener un hombre: quien le viese juzgaria que tenia alas en los
pies. Nos fue imposible alcanzarlo, y veloz con el deseo de perder la
vida, llegó á la altura del Parnaso; y habiéndose precipitado de un
alto peñasco, tuvo Apolo misericordia de él, convirtiéndole en ave, y
sosteniéndolo en el aire con alas repentinas que le dió al tiempo de
caer. Su boca fue mudada en un pico corvo, y sus uñas se encorvaron
igualmente como lo estan los anzuelos. Conservó en su transformacion su
antigua inclinacion, y unas fuerzas superiores al tamaño de su cuerpo.
En fin vuelto gavilan, es enemigo de todas las aves, y les hace sentir
una parte de los males que él mismo sufre.”
Ceix continuaba aun refiriendo las calamidades de su hermano, cuando
Anetor, pastor de los ganados de Peleo, llegó apresurado con el aliento
anhelante, y dijo: „¡Ay Peleo, Peleo, vengo á anunciarte una gran
desgracia!” Peleo le manda se la diga, y el Rey de Trachinia queda
suspenso y temblando del miedo. „Yo habia conducido, respondió Anetor,
tus novillos á las playas cuando[212] el sol altísimo en medio de la
esfera habia subido tanto cuanto le faltaba para descender á su ocaso:
unos echados sobre la roja arena miraban desde alli las cristalinas
llanuras del mar; otros con paso perezoso andaban errantes en aquellas
cercanías, y otros en fin se habian metido en el agua para refrescarse,
y solo se les veia el cuello. Cerca del mar hay un templo, en cuya
construccion no se empleó oro ni mármol, sino unas toscas vigas,
é inmediato á él un antiguo bosque sombrío con la espesura de sus
árboles, dedicado todo á Nereo[213] y á las Nereidas. Un pescador que
estaba en la playa enjugando sus redes me informó de que el templo
estaba dedicado á aquellos Dioses. Inmediato á este templo hay una
laguna cercada de espesos sauces, la que se formó con el agua que
rebosa del mar. Del fondo de este pantano sale de repente un lobo fiero
de un tamaño enorme, haciendo un estruendo tan espantoso, que amedrentó
á todos los lugares comarcanos. Una espuma mezclada con sangre negra
le salia de la boca, y sus ojos centelleaban llamas. Mas impelido de
la rabia que de la hambre, no tanto por satisfacer á esta cuanto por
saciar á aquella con la muerte de los bueyes, á unos hiere, y á otros
derriba causándoles la muerte. Algunos de mis compañeros, heridos del
lobo por querer defender al ganado, perdieron su vida. La playa y las
primeras olas se tiñen de sangre, y en todas las lagunas comarcanas
resuenan los bramidos de las reses heridas. No perdamos tiempo,
continúa; la menor dilacion nos será perniciosa. Armémonos todos, que
es el recurso único que nos queda para ir á salvar lo que se pueda
escapar del furor de este monstruo.” Asi habló Anetor. Peleo, menos
movido por esta pérdida que por la memoria de su delito, comprendió que
la Nereida queria que estas calamidades fuesen venganza y sacrificio
á un tiempo en alivio de Foco su hijo. Ceix manda que todos tomen sus
armas, y él se disponia á ir con ellos; pero su muger Alcione, que lo
entendió por el ruido que habia en palacio, salió precipitada de su
cuarto á medio peinar, y abandonando al aire sus cabellos, se arrojó
al cuello de su marido, y con persuasiones y lágrimas le rogaba que
no fuese él á aquella empresa, y que procurase guardar su vida, en
la que consistia la suya propia. „Deja, ó Reina, la dijo Peleo, tus
honestos y piadosos temores. La oferta que Ceix me ha hecho prueba su
bondad y generosidad; pero no es mi ánimo aprovecharme de ella, ni
perseguir con las armas á tan nuevo monstruo, sino adorar y suplicar á
la Deidad del mar que me ha afligido con tal desgracia.” Cerca de la
playa habia una elevada torre, y un fanal en lo mas alto de ella para
direccion y regocijo de los navegantes. Suben á ella, y miran con dolor
á los toros muertos y tendidos en la playa, y al monstruo que habia
causado tantos estragos con la piel toda teñida de sangre. Entonces
Peleo, tendiendo las manos hácia la ribera del dilatado mar, ruega á
la cerúlea Psamate[214] que deponiendo su saña, les sea propicia. La
Nereida no se ablandó con las palabras y súplicas de Peleo. Tetis, su
muger, la suplicó por su marido, y consiguió el perdon; pero el lobo,
cebado en la dulzura de la sangre, perseveraba en la cruel matanza,
hasta que en la accion de estar despedazando la cerviz de una novilla
fue transformado en piedra por la Diosa: el color indicaba que ya no
era lobo, ni habia ya para qué temerle, aunque el cuerpo conservaba
la forma y figura de fiera. El destino no permitió á Peleo permanecer
mas tiempo prófugo en los estados de Ceix: errante y fugitivo aportó
á Tesalia, y alli tomó venganza de Acasto, dándole la muerte por la
traicion[215] que en otro tiempo habia intentado contra él.
FÁBULA V.
_NAUFRAGIO DE CEIX._
Perturbado Ceix con las calamidades de su hermano y las que siguieron
á estas, dispone ir á consultar al oráculo de Apolo, que existia
en la ciudad de Claros, porque el bandido Forbas,[216] unido con
los Phlegios, tenia interceptados los caminos del templo de Delfos.
Comunicó anticipadamente esta su resolucion Ceix á su querida muger,
que al oirla se quedó helada, y su semblante pálido á la manera del
box, corriéndole las lágrimas por las mejillas. Tres veces procuró
hablar, y tres veces se lo impidió el llanto y los sollozos, que
interrumpian sus amantes quejas.
[Ilustración: (117) Ceix, que va á consultar el oráculo de Apolo, se
despide de Alcione.]
„¿Qué culpa, decia, he cometido yo, carísimo esposo mio, que asi ha
trocado tu cariño? ¿Donde está aquel cuidado y desvelo que solias tener
por mí? Ya no te es dificil el ausentarte y dejar á tu Alcione.[217]
Ya te agrada el hacer un largo viage; y ya quieres mas bien tenerme
ausente que en tu compañía. Si tu viage lo hicieras por tierra, solo
me causaria pena y dolor, pero no sobresalto. Los mares me amedrentan:
solo el pensar en él me causa horror. Poco há que he visto sobre la
playa los tristes fragmentos de un naufragio; y muchas veces he leido
los epitafios[218] de los túmulos que no ocultaban los cadáveres. No
te dejes llevar de la falaz confianza de que tienes por suegro á Eolo,
que egerce su imperio sobre los vientos, reprimiendo su impetuosidad en
una cárcel, y cuando le place con esta sujecion queda el mar en calma;
porque una vez sueltos se apoderan de todo el Océano; nada hay que se
les oponga; toda la tierra y todo el mar quedan á su arbitrio. Tambien
agitan las nubes del cielo con fieros torbellinos, y las hacen vibrar
los resplandecientes rayos y centellas. Cuanto mas bien los conozco
(y los conozco muy bien, porque los ví muchas veces cuando era niña
en la casa de mi padre), tanto mas estoy persuadida de que deben ser
temidos. Pero si tu resolucion, carísimo esposo, no se puede alterar
con mis plegarias, y estás constantemente determinado á hacer este
viage, llévame contigo, y correremos ambos una misma suerte: entonces
no tendré que temer lo que me vea precisada á sufrir: ambos en union
mutua toleraremos lo que sobreviniese, y entrambos en union correremos
los riesgos de los extendidos mares.” Con estos ruegos y lágrimas de
Alcione se conmovió Ceix, porque no era inferior su cariño hácia su
esposa; pero ni se resolvia á mudar de propósito, ni se atrevia á
llevar consigo á Alcione, y exponerla á que fuese participante de los
peligros. Díjole muchas cosas tiernas que consolasen su tímido corazon;
pero no por esto se aquietó Alcione, ni aprobó la causa del viage.
En fin para disminuir en lo posible el dolor que iba á causarle esta
funesta separacion, añadió este lenitivo, con el cual tranquilizó el
espíritu de su muger. „Cualquiera detencion será larga y enfadosa para
mí; pero te juro por los brillantes resplandores de mi padre que si el
destino no se opone á mi vuelta, me verás antes que la luna por dos
veces llene de luz su hermosa faz.”[219] Luego que con estas promesas
la aseguró de su pronta vuelta, mandó al punto botar al agua una nave,
y equiparla con todas sus jarcias y demas utensilios.
Al momento que la vió aparejada Alcione se llenó de horror, como
adivinando lo que habia de suceder; dejó correr algunas lágrimas, le
abrazó tiernísimamente, y al tiempo de decirle con voz triste el último
á Dios cayó desmayada. Los marineros, aunque Ceix buscaba pretextos
para detenerse, aplicaron á sus fuertes pechos las dos órdenes de
remos, y con golpes comparados empiezan á remar. Alcione, algo
recobrada de su desmayo, levantó sus llorosos ojos, y vió á su marido
que estaba de pie en la encorvada popa, y desde ella le hacia señas
con la mano, á las que ella correspondia con otras tantas. Cuando ya
se habia alejado, y la vista no alcanzaba á distinguirle y conocerle,
se contentaba con ver la nave fugitiva, y cuando ya esta no podia
distinguirse por la gran distancia, miraba las velas tremoladas del
viento en lo alto de los mástiles. Luego que se perdieron de vista de
todo punto las velas, se volvió afligida á su aposento, y se echa en la
cama, la cual le renueva sus lágrimas, acordándose de lo que faltaba
en ella. En tanto se alejaba la nave; y como el viento daba en popa,
dejaron de remar, y extendiendo todas las velas, las hinchaban los
vientos favorables que soplaban.
Habrian hecho poco menos de la mitad de la travesía, alejados de una
y otra playa, cuando á la entrada de la noche empezó el viento á
soplar con mas fuerza, y á ponerse el mar blanco con las encrespadas
olas.[220] Inmediatamente ordena el piloto que se recojan las velas,
y que las aten á las antenas; pero la contraria tempestad impide la
egecucion de lo mandado, y el estrépito del mar agitado impedia que las
voces llegasen á los oidos. Todos andaban diligentes: unos se apresuran
á quitar los remos, otros á cubrir el costado para impedir que el agua
entrase, otros á recoger las velas: estos sacan el agua que habia hecho
la nave, y la vierten en el mar, aquellos bajan las antenas; pero todo
se egecuta con desórden y atropellamiento. Entre tanto se aumenta la
deshecha tempestad, y los desenfrenados vientos, soplando á un tiempo
de partes contrarias, se enfurecen en una terrible guerra, y agitan
las olas, confundiéndolas unas con otras. El mismo piloto se pasma, y
confiesa que ni está en sí, ni sabe el estado en que se halla la nave,
ni qué mande, ni qué prohiba en tanta confusion y apuro, en el que ya
es inútil toda la destreza de su arte. Confúndense, formando el mayor
estrépito, los clamores de los marineros, los crujidos de las cuerdas
y masteleros, el bramido de las olas que se baten unas con otras, y los
espantosos truenos en que las nubes se desgajan. El mar, embravecido
por los vientos, levanta sus olas hasta el cielo, y rocía con ellas
las nubes: unas veces cuando el agua barre las rojas arenas se vuelve
del color de ellas, y otras es mas negra que la de la laguna Estigia:
algunas veces se allana y emblanquece con las espumas que suenan, y la
nave es juguete de todas estas causas impelentes: ya parece que elevada
sobre las olas como montañas mira desde alli á la profundidad de un
valle y al mismo Aqueronte; y ya abatida á lo ínfimo por las mismas
olas las ve desde la profundidad tocar en el cielo. Azotada por ellas
la nave en sus costados, hace un ruido semejante al del ariete cuando
derriba los muros de una guarnecida ciudad. Y á la manera que dos
fieros leones, tomando fuerza con la carrera, suelen acometer con furor
á los venablos que les presentan, asi las olas, confundidas con los
vientos que las alteran, atacan la tablazon de la nave, sobre la cual
se levantaban. Ya se aflojan y desencajan los clavos, y despegándose la
brea, se descubren aberturas, que dan entrada á las ondas que amenazan
con la muerte. Las nubes se resuelven en copiosas lluvias, y parecia
que sobre el mar caia todo el cielo, ó que aquel entumecido subia á
ocupar el asiento de este. Las velas se empapan con la lluvia, y las
aguas del mar se mezclan con las del cielo. Ningun astro se ve brillar
en él, antes bien por el contrario la oscuridad de la tempestad, junta
con la de la noche, aumenta el horror de las tinieblas. Si se ve alguna
claridad es la de los relámpagos y rayos, que parecia abrasaban las
aguas. Las olas tambien saltan á las corvas junturas de la nave; y como
el soldado que se aventaja á todos los demas cuando repetidas veces
asalta á los muros de una ciudad defendida, y por último consigue entre
mil combatientes trepar á ellos estimulado del deseo de la gloria;
del mismo modo, despues que las violentas olas batieron mucho tiempo
los altos costados de la nave, los sobrepuja el ímpetu de la ola
décima,[221] que es la mayor y mas terrible, y combatiendo á aquella
ya quebrantada, no desiste de la empresa hasta apoderarse de ella, y
venir á llenar todo el buque, á la manera de la toma de una plaza de
armas. No interrumpen las olas el asalto; y habiendo entrado muchas
veces en la nave, empiezan todos á temblar, del mismo modo que sucede
en una plaza cuando ven que de los enemigos unos toman ya posesion de
sus muros desde adentro, despues de haberla los otros batido y minado
por de fuera. Desfallece el arte; los ánimos desmayan, y todas las olas
que se ven venir se temen como causadoras de otras tantas muertes. De
los marineros unos no pueden contener las lágrimas, otros se llenan de
estupor, otros llaman felices á los que mueren y son sepultados con
fúnebre aparato en tierra,[222] otros hacen promesas á los Dioses, y
levantando en vano los brazos, piden socorro al cielo que no ven:[223]
acuérdase aquel de su padre y hermanos; este de sus hijos, de su casa y
de lo que dejó en ella: Ceix solo se acuerda de Alcione: de su boca no
sale otra palabra que Alcione; y siendo ella sola el objeto de su amor,
se alegra de que no se halle en su compañía. Querria mirar hácia las
playas de su patria, y dirigir hácia su casa las últimas ojeadas; pero
no puede discernir en qué sitio se halla por la terrible agitacion del
mar, por la oscuridad que causan las negras nubes, por estar cargado
de ellas todo el cielo, y por ser por la misma causa dobladamente
oscura la noche. La impetuosidad de un llovioso torbellino derriba el
mástil, y hace pedazos el timon; y animosa la ola con tales despojos,
sobreponiéndose como vencedora, se eleva en forma de arco sobre todas
las demas, y cayendo precipitada, no de otro modo que si se lanzasen
el monte Atos y el Pindo arrancados de sus estables asientos en medio
del mar, con su peso y con su impulso sumerge hasta lo profundo la
nave, en la cual se ahogó gran parte de los marineros, quedando solo
los pocos que pudieron asirse á las tablas y fragmentos de ella: Ceix,
asido á uno con la mano que solia empuñar el cetro, invocaba en vano
á Eolo y Lúcifer, su suegro y padre; pero mas frecuentemente repetia
cuando nadaba el nombre de su esposa Alcione. De esta sola se acuerda,
á esta sola llama, deseando que despues de su muerte las olas llevasen
á su presencia su cadaver, y que este fuese enterrado por ella. Cuando
asi zozobraba entre las olas, y estas le dejaban respirar, pronunciaba
claro el nombre de Alcione, y confusamente y entre dientes cuando le
cubrian la cabeza. Mientras estaba en esta disposicion, una encrespada
y negra ola, que formaba un grande arco, se rompe, cae á plomo sobre
él, y cubriéndole de agua le sumerge.
El Lucífero su padre estuvo aquella noche oscuro y desconocido; porque
como no podia bajar del cielo en aquel triste momento, cubrió su rostro
con densas nubes. Alcione entre tanto, ignorante de tan calamitosa
desgracia de su esposo, estaba contando las noches de su ausencia; y
esperando vanamente su vuelta, preparaba los vestidos con que habia
de engalanarse cuando volviese, y las joyas con que ella habia de
adornarse en aquel suspirado momento. Ofrecia inciensos á todos los
Dioses, y principalmente en los templos de Juno, y se postraba ante
las aras por su marido que ya no existia, y rogaba por su salud y su
vuelta, y porque la prefiriese siempre y no se enamorase de otra;
pero de tantos votos y súplicas esta última era sola la que se podia
verificar. La Diosa, no queriendo ya que se le rogase mas por la salud
de un difunto, ni se ofreciesen por él sacrificios en sus aras, llamó
á Iris, y la dijo: „Iris, fidelísima embajadora mia, marcha al punto
al palacio del Dios del sueño, y dile de mi parte que envie á Alcione
un sueño que la represente la imágen de su marido que ha padecido
naufragio, y la haga entender esta verdad.” Apenas dijo esto, Iris,
vestida de mil colores, y señalando en el cielo su corvo[224] arco, se
encaminó como se lo habia ordenado al palacio del Sueño, que estaba
oculto entre unos peñascos.
En el pais de los Cimerios[225] hay una cueva dilatada en la concavidad
de una montaña, en donde el perezoso Sueño tiene su palacio y
habitacion: jamas penetran en ella los rayos del sol, ni cuando nace,
ni cuando está en lo mas alto, ni cuando se pone: la tierra exhala
unas densas nieblas mezcladas de oscuridad, y la escasa luz de aquel
sitio es como la del crepúsculo: jamas los gallos anuncian alli la
vuelta de la Aurora: jamas los perros, guardas fieles de una casa,
ni los ánsares, mas sagaces todavía que estos, interrumpen con su
ladrar ni graznidos el tranquilo reposo que alli reina. Ni la fiera,
ni los ganados, ni las ramas agitadas del viento, ni las voces de los
hombres hacen ruido alguno: aquella es propiamente la mansion del
mudo silencio. De lo mas bajo del peñasco sale un arroyo, que alguno
diria ser el Leteo, cuya corriente, causando un dulce murmullo en
las piedrecillas, convida á dormir. Á la puerta de la cueva se crian
fecundas adormideras[226] y otras muchas yerbas, de las cuales la
noche extrae el jugo soporífero, y lo esparce por el orbe oscuro de
la tierra. En toda la casa hay puerta alguna cuyo quicial rechine al
abrirla ó cerrarla, ni tampoco hay ningun guarda á su entrada. En medio
de ella hay una alta cama, cuya armadura es de ébano, sus colchones de
plumas, todo negro como la ropa que la cubria: en ella yacia el Dios
del sueño con sus miembros como desfallecidos y desmayados. Al rededor
de la cama estaban postrados una multitud de vanos sueños, que saben
remedar todo género de figuras, y que son tantos en número como aristas
tiene la mies, hojas las selvas, y la playa granos de arena. Al entrar
Iris en esta cueva apartó con las manos los sueños que estorbaban su
paso, y se acerca á la cama del Dios: iluminóse la estancia con el
resplandor de su vestido, que hiriendo los pesados y soñolientos ojos
de aquel, se los hizo abrir, aunque con dificultad, y levantar la
vista un poco, volviéndose al momento á quedar medio dormido; pero
por último despertó algo, y levantando la cabeza, y tocándose el pecho
con la trémula barba, y apoyado sobre el hombro izquierdo, le preguntó
á Iris (pues desde luego la conoció) cual era la causa de su venida.
Ella entonces le dijo: „¡Ó Sueño! que eres el mas agradable de todos
los Dioses: ¡ó Sueño! descanso de las fatigas, tranquilidad del ánimo,
enemigo del desasosiego, que halagas y reparas para que continúen el
trabajo los miembros fatigados con las diarias tareas, dispon que los
sueños que remedan á la perfeccion las verdaderas figuras, vayan á
Trachinia, y presentándose á Alcione bajo la imágen del Rey Ceix su
esposo, le representen su naufragio. Juno es quien lo ordena, y me ha
encargado esta diligencia.” Despues que Iris desempeñó el precepto de
Juno se retiró, porque no podia tolerar mas la eficacia soporífera
ni los vapores soñolientos de aquella casa, y sintiéndose acometida
del sueño, se apresuró y volvió por el mismo arco en que poco antes
habia venido. Entonces el Dios, de entre la multitud de los sueños
que rodeaban su cama, escogió á Morfeo, artífice é imitador de las
figuras.[227] Ninguno con mas destreza que él remeda y representa
cuando se le manda el modo de andar, la fisonomía, el eco y sonido de
la voz, los vestidos y las palabras que son mas usadas del que quiere
figurar; pero este sueño solo imita y representa á los hombres; mas
el otro, á quien los Dioses llaman Icelo, y los hombres Fobetor, se
reviste de la figura de fiera, de ave, de serpiente, y de los demas
seres del reino animal. Hay otro de tercera especie, llamado Fantaso,
que se transforma en tierra, en peñasco, en agua, en madero, y en
cualquiera cosa inanimada. Estos tres sueños solo frecuentan de noche
los palacios de los Reyes, de los Grandes y Generales, y representan
sus figuras; los demas sirven para la plebe. De estos no hizo caso el
Dios anciano, y de aquellos tres hermanos eligió á Morfeo para que
desempeñase el encargo y mandato de Juno que le habia intimado Iris, y
al punto volvió á dejar caer su cabeza cargada de sueño, y se cubrió
con la ropa de la cama.