carrera á los hombres mas ligeros. La voz que acerca de esto corrió no
fue ciertamente una fábula. Es evidente que los aventajaba, y no era
fácil decidir en qué se aventajaba mas, si en la ligereza de sus pies
ó en su hermosura. Habiendo esta doncella consultado al oráculo sobre
la eleccion de un esposo, le respondió aquel: „Atalanta, no te conviene
tener marido. Huye del consorcio; pero no podrás huir, y tendrás la
desgracia de carecer, aunque viva, de tí misma,[178] siendo convertida
en otra forma.” Amedrentada con la respuesta del oráculo, resolvió
vivir soltera, frecuentando las selvas sombrías en el egercicio de la
caza.[179] Cuando se veia importunada de la multitud de pretendientes
los despedia y excluia con una terrible condicion, diciéndoles: „Si
me he de casar con alguno de vosotros, ha de ser con el que me exceda
en la carrera: apostad todos á correr conmigo: si yo fuese vencida,
será el premio mi mano y mi consorcio; pero si yo venciere, la muerte
será el castigo del vencido. Esta ha de ser la ley del certamen.” Ella
ciertamente era una condicion cruel; pero la hermosura tiene mucho
atractivo y eficacia. Sujetóse á esta dura ley una grande y temeraria
multitud de pretendientes. Hipomenes, que habia concurrido movido de
la curiosidad de ver el certamen de la carrera, instruido de la dura
ley con que se hacia: „¿Es posible, dijo, que haya hombre que solicite
á una muger, exponiéndose á tanto riesgo y peligro?” Al tiempo que
desaprobaba los excesivos amores de los jóvenes descubrió á Atalanta
con el velo quitado,[180] y al ver su hermosura, el aire y gracia de su
cuerpo (que era como el mio, ó como el tuyo si fueses muger),[181] se
quedó pasmado, y alzando las manos dijo: „Perdonadme, jóvenes amantes,
á quienes sin razon poco hace tuve por temerarios, por no estar
informado de la calidad del premio á que aspirábais.” Alabando asi á
Atalanta, concibe amor por ella; del amor pasa luego á la envidia, y
desea que ningun jóven corra mas velozmente que ella. „¿Por qué, dice,
no he de probar yo fortuna en esta competencia? Los Dioses favorecen
siempre á los atrevidos.” Mientras Hipomenes se decia á sí mismo estas
razones vió pasar á Atalanta; y aunque iba con la misma velocidad que
una ave ó una saeta de Escitia, no obstante tuvo tiempo de admirar su
belleza, que habia tomado incremento con el egercicio de la carrera.
El aire con que corria, tremolando los lazos de su calzado, daba nuevo
impulso á sus ligeras plantas; tambien hacia ondear sus cabellos sobre
las espaldas mas blancas que el marfil, y agitaba las lazadas de las
ligas, que se la veian debajo de las rodillas, y el egercicio de la
carrera sonroseaba la blancura de su rostro, no de otro modo que cuando
la luz, penetrando por un velo ó cortina encarnada, pinta de color
encarnado la blancura de la pieza que ilumina. Mientras Hipomenes nota
admirado todas estas bellezas llega Atalanta al fin de la carrera, en
la que salió vencedora, y mereció se la diese el premio de la corona.
Suspiran los vencidos, y padecen el castigo segun las leyes del
combate. Poco amedrentado Hipomenes con el suceso de estos jóvenes,
se presentó en la palestra, y fijando la vista en Atalanta, la habla
de esta manera: „¿Qué gloria puede tributarte la fácil victoria de
los cobardes? Contiende conmigo; y si mi fortuna me hiciere vencedor,
no te avergonzarás de haber sido vencida por un pretendiente de mi
gerarquía, porque mi padre es Megareo, hijo de Onquestio, y nieto de
Neptuno, de modo que yo vengo á ser biznieto del Rey de las aguas:
mi valor no es menor que mi nobleza; y si yo soy vencido, tendrás un
grande y memorable nombre por haber vencido á Hipomenes.” Mientras
decia estas cosas Atalanta le miraba con semblante halagüeño,[182]
é incierta de si le estaria mejor vencerle ó ser vencida, habló en
estos términos: „¿Qué deidad contraria y opuesta á los hombres de
gallardía y gentileza se propone perder á este jóven? ¿Quién es el que
le inspira á que pretenda mi casamiento con peligro de su amable vida?
En mi sentir no me considero acreedora á que por mí se exponga á tanto
riesgo; no me mueve á compasion su gallardía, aunque ella es tal que
pudiera conmoverme, sino el verle aun tan jóven. No él sino su edad
es la que me compadece; y ¿qué diré siendo testigo de su valor, y del
desprecio que muestra á la muerte? ¿Qué cuando le contemplo en cuarto
grado descendiente de Neptuno? ¿Qué al ver un amor tan fino que estima
mi mano mas que su vida, y se resuelve á morir si la dura suerte le
negase el vencerme? Ilustre extrangero, le dijo, desiste ahora que
estás en tiempo, y abandona la pretension de un enlace que te expone
á perder la vida. Mi casamiento es cruel y costoso. Hallarás otras
infinitas que apetezcan casarse contigo, pues eres digno de ser amado
por cualquiera discreta jóven. Mas ¿por qué, prosiguió, me tomo yo
estos cuidados por este jóven, á quien no desanima el egemplar de los
muchos que han sufrido la muerte por haber sido vencidos? Allá se las
avenga; muera, pues él lo quiere; y sin escarmentar con la desgracia
de tantos pretendientes, parece que le desagrada el vivir. Pero ¿será
puesto en razon que muera únicamente porque intenta vivir en union
conmigo?[183] ¿Será buena recompensa del amor que me manifiesta el
que sufra la muerte, que él en verdad no merece? Todo el lauro de mi
victoria no podrá mitigar el disgusto y resentimiento que tendré de
haberlo vencido; pero en caso de que incurra en esta desgracia, no
será culpa mia, sino de su temeridad. ¡Ah, inconsiderado jóven, si
te allanaras á desistir de tu empresa! ¡Ah, si ya que eres temerario
fueras mas ligero que yo! ¡Qué femenil hermosura se descubre en tu
pueril semblante! ¡Ah, infeliz Hipomenes, no querria haber sido vista
por tí! Ciertamente eres digno de vivir; y si yo fuese mas feliz, y los
importunos y contrarios hados no me prohibiesen el estado conyugal,
serias tú el solo con quien yo apeteceria casarme.” Concluyó su
razonamiento; y como poco experimentada, y por primera vez acometida
del amor, ama sin advertirlo y sin saber lo que hace. El padre de
Atalanta y todos los espectadores instaban sobre que se continuase el
certamen de la carrera; y estando para principiarla, Hipomenes invocó
mi proteccion[184] con el mayor fervor, diciendo: „Ayude y favorezca
Venus Citerea[185] mi atrevimiento, y proteja este amor que en mí ha
fomentado.” Conmovíme, lo confieso, con esta rendida súplica, que el
blando viento hizo llegase á mis oidos; pero como ya iba á empezar la
carrera, quedaba muy poco tiempo para usar de arbitrios en su favor.
En la isla de Chipre[186] hay un campo, que sus naturales le llaman
Tamaseno. Este sitio, que es la mejor parte de la isla, me fue dedicado
por los antiguos, y mandaron que se agregase en dote á mi templo. En
medio de este campo hay un árbol, cuyas hojas y frutos son de oro. Yo
volvia de él en esta sazon, y traia en la mano tres manzanas de oro que
habia cogido. Lleguéme á Hipomenes sin que nadie pudiese verme sino él
solo, y le enseñé al dárselas el uso que habia de hacer de ellas. Á la
señal que hicieron las trompetas el uno y la otra partieron á un tiempo
de los señalados límites con la mayor ligereza. Parecia que sus pies
apenas tocaban la arena. Al verlos se creeria que podrian correr sobre
el mar sin humedecer sus plantas, y sobre las espigas de las secas
mieses sin ajarlas.[187] Animaban á Hipomenes las voces y aplausos de
los espectadores, que gritaban diciendo: „Ahora, ahora, Hipomenes, es
la ocasion de que te esfuerces; corre ligero; usa ahora de todas tus
fuerzas; date priesa, que tú alcanzarás la victoria.” No es fácil de
decidir á quien de los dos agradaban mas estos aplausos, si á Hipomenes
ó á Atalanta. ¡Cuántas veces, pudiendo ella dejarle atras, se detuvo de
intento! ¡Y con cuánta dificultad apartaba la vista que en él llevaba
clavada! Fatigado Hipomenes de tan larga carrera, respiraba ya un
aliento seco y anhelante, y aun faltaba mucho para llegar al término
de la carrera. Entonces arrojó una de las tres manzanas. Pasmóse
Atalanta al verla, y deseosa de cogerla torció la carrera para alzarla.
Entre tanto Hipomenes la cogió ventaja, y empezaron á victorearle los
espectadores. Mas ella repara la detencion y el tiempo perdido con
la veloz carrera, y deja atras al jóven. Aunque Hipomenes volvió á
detenerla arrojando otra manzana, volvió á alcanzarle y á dejársele
atras. Ya solo faltaba el último tercio de la carrera cuando Hipomenes
me hizo esta súplica: „Asísteme ahora, ó Diosa, y haz que me aproveche
este don que benéfica me has hecho.” Al pronunciar estas palabras
arrojó con fuerza la tercera manzana hácia un lado para que perdiese
la direccion en ir por ella, y volver á la carrera. Pareció que la
doncella dudaba si iria ó no á cogerla; pero yo con mi inspiracion la
incliné á que se determinase, y al tiempo de cogerla aumenté el peso
de la manzana, y la impedí su velocidad con esta detencion y con el
mayor peso de aquella. Últimamente porque mi narracion no se extienda
mas que aquella carrera, Atalanta quedó vencida, é Hipomenes vencedor
obtuvo su premio.”
FÁBULA XIV.
_HIPOMENES CONVERTIDO EN LEON Y ATALANTA EN LEONA._
„Dime ahora, querido Adonis, ¿no era yo digna de que Hipomenes me
hubiese rendido gracias y ofrecido el honor del incienso y de los
sacrificios por semejante favor? Pues has de saber que ni me las
tributó ni me ofreció sacrificios. Me dejé arrebatar de la ira mas
violenta; y sintiendo vivamente este desprecio, me indigné contra
ambos, é hice en ellos un castigo tal que me asegurase de ulteriores
desprecios. Pasaban un dia junto á un templo, que escondido en una
espesa selva habia en otro tiempo edificado por voto á la madre de los
Dioses el esclarecido Equion.[188] Como se hallaban fatigados del largo
camino, se sentaron á la sombra para descansar. Alli asaltó á Hipomenes
un intempestivo deseo del uso conyugal, promovido por mí. Cerca del
templo habia un lugar retirado de escasa luz, formado naturalmente de
las peñas, á manera de una cueva, y que habia sido consagrado desde la
mas remota antigüedad, y alli los sacerdotes habian colocado muchos
simulacros de madera de los antiguos Dioses. Entraron en este sitio, y
le profanaron con una accion tan agena de su santidad. Los Dioses por
no ver este sacrilegio volvieron los ojos, y Cibeles dudó si sumergiria
á los delincuentes en la laguna Estigia; pero le pareció que este
castigo era muy leve para un delito tan enorme. Al punto pues se cubren
sus cuellos de rojas crines; sus dedos se encorvan en uñas; los hombros
se convierten en espaldas; todo el peso carga sobre los pechos; con la
cola barren la superficie de la arena; en el rostro se ve pintada la
saña, y en vez de palabras pronuncian un espantoso murmullo, y tienen
por tálamo las selvas: en una palabra, fueron transformados en leones,
animales temidos de todos, y dóciles para el carro de Cibeles. Tú pues,
amado Adonis, huye de estas fieras, y de todas aquellas que en vez de
huir y volver la espalda presentan su cuerpo y pecho á los que les
acometen. Evita su encuentro, no sea que tu osadía sea perjudicial á
tí y á mí, que mas que tú sentiré tu desgracia.” Despues que Venus dió
este consejo á Adonis, tomó el camino por los aires en un carro tirado
de cisnes. Pero Adonis, dejándose llevar de su valor, no se aprovechó
de las advertencias de Venus.”
[Ilustración: (112) Venus llora á su querido Adonis herido por un
jabalí.]
FÁBULA XV.
_MUERTE DE ADONIS._
„Los perros de Adonis, que seguian el rastro, echaron del bosque un
jabalí, y cuando iba á salir de la selva le hirió de través con una
flecha. Al punto el feroz animal sacudió el dardo ensangrentado, y
con sus colmillos corvos siguió á Adonis, que temblaba y buscaba
donde guarecerse; se los clavó todos debajo de la ingle, y lo arrojó
moribundo en la roja arena. Venus, conducida por medio de los aires
en su ligero carro, no habia llegado aun á la isla de Chipre, y de
lejos oyó los suspiros de su moribundo amante, y volvió hácia alli el
ligero carro: luego que desde la alta region le vió desmayado, y que se
revolcaba en su misma sangre, bajó; y rasgando sus delgados vestidos,
se arranca los cabellos, se hiere el pecho lastimosamente, y quejándose
de los hados, les dice: „No han de estar todas las cosas sujetas á
vuestro poder. Querido Adonis, quedarán para siempre vestigios de mi
llanto y sentimiento por tí, y en memoria de tu muerte se repetirá y
celebrará todos los años una fiesta en que se imitará y representará
mi llanto y mi dolor. Tu sangre será convertida en flor. Asi como
tú, Proserpina, pudiste en otro tiempo convertir á tu rival[189] en
olorosa yerbabuena, ¿no podré yo tambien, sin que se me atribuya á mal,
convertir á Adonis en otra yerba?”
„Despues que dijo esto roció con néctar oloroso la sangre de Adonis,
que hinchándose como aquellas gotas de agua que al caer forman menudas
y transparentes ampollas, en menos de una hora salió de la sangre una
flor colorada semejante á la de la granada. Esta flor es de corta
duracion, porque siendo de poco vigor y de mucha ligereza, la marchitan
los vientos, de quienes tomó el nombre de amapola.”
[Ilustración]
LIBRO ONCENO.
_ARGUMENTO._
Despues que las mugeres de Tracia, agitadas del entusiasmo de Baco,
despedazaron á Orfeo, se convirtieron en árboles. Baco se retira de
la Tracia; y por la restitucion de Sileno remuneró á Midas con la
gracia de que convirtiese en oro todo lo que tocase. Y como este don le
acarrease mas daño que provecho, se bañó en el rio Pactolo, y trocó en
oro sus arenas. Despues, por haber desempeñado mal el papel de juez,
Apolo le hizo nacer orejas de asno, y en seguida edificó los muros de
Troya, revestido de forma humana. Habiéndose Hércules apoderado de la
ciudad, dió á Telamon á Hesione por muger, en suposicion de haberse
Peleo casado ya con Tetis despues de sus varias transformaciones; y
habiendo ido á verse con Ceix, en parte vió y en parte entendió que
Dedalion se habia convertido en alcon, y un lobo en piedra. Alcione,
despues de haber visto en un sueño el naufragio de su marido, ella y
este se transformaron en aves. Luego que algunos los vieron volar por
los aires se acordaron que en otro tiempo Esaco, que entonces vivia, se
habia transformado en cuervo marino.
[Ilustración: (113) Las Bacantes de Tracia que mataron á Orfeo son
transformadas en árboles.]
FÁBULA PRIMERA.
_ORFEO DESPEDAZADO POR LAS BACANTES._
Mientras Orfeo halagaba y atraia con la dulzura de su canto
la ferocidad de los animales, árboles y peñascos, las jóvenes
Ciconas,[190] cubiertas con pieles de fieras, lo vieron desde un alto
en el monte Rodope, que estaba cantando sus versos al son de la lira.
Una de ellas, dejando agitar el cabello á discrecion de los vientos:
„He aqui, dice, nuestro capital enemigo.” Y diciendo y haciendo le
tiró al rostro el tirso, que como estaba entretejido de pámpanos, solo
le hizo una ligera contusion: otra le tiró una piedra, la cual quedó
sin efecto en el aire á la armonía de su voz y lira, y se arrojó á
sus pies como pidiéndole perdon por su enfurecido atrevimiento: sin
embargo se empeñaron las demas en una temeraria pelea, sin observar
modo por estar dominadas del mas loco furor. Las armas que le
disparaban hubieran perdido sin dificultad su fuerza con la eficacia
del canto de Orfeo, si la confusa gritería, los tambores, las flautas
y cornetas, las voces y los aullidos de estas mugeres Bacantes no
hubieran confundido el son de la lira. En medio de este tumulto fue
herido el desgraciado Orfeo con las piedras que le tiraron; y despues
que las Ménades[191] dispersaron las aves, serpientes y la multitud
de animales, que encantados de sus dulces acentos formaban un cerco
al rededor de él, se vuelven con las sangrientas manos contra Orfeo,
y le rodean como las aves que ven á la lechuza en medio del dia, ó
como los perros al rededor de un ciervo que sueltan por la mañana
para diversion del pueblo en el anfiteatro. Ellas le acometen por
todas partes, y le tiran los tirsos verdes, que no estaban destinados
para este uso. Unas le arrojan terrones, otras ramas arrancadas de
los árboles, otras guijarros; y porque no faltasen armas á su loco
furor, acaeció que cerca de alli habia unos labradores que barbechaban
la tierra, y otros no lejos la cavaban, ganando el preciso sustento
con el sudor de su rostro; los cuales, como vieron el escuadron de
mugeres, huyeron y dejaron los instrumentos de su penoso trabajo; á
saber, pesados rastrillos y azadones. Las Bacantes se apoderaron de
estas armas, y aun arrancaron á los bueyes los cuernos, y volvieron
á acometer al desgraciado Orfeo, que en vano les tendia las manos
para aplacarlas; y esta fue la primera vez que no movió con su voz á
los que le oian. En fin ellas le mataron sacrílegamente, y su alma
(¡ó Júpiter poderoso!) se exhaló á los vientos[192] por aquella misma
boca que articulaba aquellos dulces sones, y que tantas veces oyeron
los peñascos y entendieron los animales. Por tí, desgraciado Orfeo,
hicieron sentimiento las aves, las fieras, los peñascos; y las mismas
selvas, que muchas veces acudieron al son armonioso de tu lira, te
lloraron con amargas lágrimas. Los árboles despojados de sus hojas, los
rios crecidos con las lágrimas que derramaron, las Náyades y Dríades
vestidas de luto y esparcidos los cabellos, tambien fueron sensibles
á tu muerte: sus miembros estaban esparcidos por todas partes: su
cabeza y lira cayeron en el Hebro;[193] y cuando iban por medio de
la corriente (¡cosa maravillosa!) empieza la lira no sé que triste
lamento, y su misma lengua, aunque sin vida, unos murmullos lúgubres y
lastimosos, que los ecos repetian en las riberas de este rio. Luego
que entraron en el mar, y las olas y vientos las arrojaron á las playas
de Lesbos, una fiera serpiente acomete á la cabeza de Orfeo, que yacia
en la arena extraña, lame sus cabellos mojados con el agua de que
estaba bañada, y abre su boca para desfigurar su rostro; pero cuando
iba á morderla, Apolo la convirtió en piedra antes que la cerrase, y
la dejó en la actitud de una culebra que va á morder. La sombra de
Orfeo bajó al infierno, y despues que reconoció todos los lugares que
habia visto en otro tiempo, pasó á los campos Elíseos, y encontrando á
su amada Eurídice, la abrazó con la mayor ternura. Desde este momento
no se separan un punto; unas veces se pasean juntos; otras la deja ir
delante, y otras la precede él; pero asegurado siempre de que aunque
vuelva el rostro atras para mirarla, no la volverá otra vez á perder.
No permitió Baco quedase esta maldad sin castigo; y sintiendo la
pérdida de un hombre que era el corifeo de sus sacrificios,[194] al
punto convirtió en árboles á todas las mugeres de Tracia que cooperaron
á la maldad y estuvieron presentes. Extendidos los dedos de sus pies,
se pegaron en la sólida tierra en el órden que se seguian, y echaron
raices. Y al modo que la ave, luego que se ve presa en el lazo que el
astuto cazador ocultó, se revuelve, se agita, y hace mil esfuerzos,
que solo sirven para apretar mas el lazo que la tiene presa; asi estas
Bacantes, luego que se vieron presas, pegadas en la tierra, atónitas
procuraban en vano la fuga; pero las raices las detenian, y no las
dejaban proseguir en sus saltos bacanales; y mientras se paran á mirar
donde estan sus dedos, sus pies y sus uñas, ven que las rodillas se
iban vistiendo de madera; y queriendo golpear tristemente con las
manos, herian la misma madera, la cual fue creciendo hasta convertir
en tronco los muslos, el pecho, los hombros y los brazos extendidos en
ramas.
FÁBULA II.
_BACO DEJA LA TRACIA._
No contento Baco con esta venganza, desampara la Tracia, teatro funesto
de la muerte de Orfeo. Acompañado de mejor coro, se va á los viñedos
del Tomolo y á las riberas del Pactolo,[195] aunque en aquel tiempo no
tenia las arenas de oro, ni era envidiado de los hombres. Los Sátiros
y Bacantes acompañaban á este Dios; pero Sileno no pudo seguirle: unos
labradores frigios le hallaron vacilante, asi con la edad como con el
vino de que estaba poseido; y despues que le adornaron con guirnaldas y
flores, lo llevaron al Rey Midas, á quien Orfeo y el ateniense Eumolpo
habian enseñado los ritos de los sacrificios de Baco. Luego que este
Príncipe reconoció á Sileno por compañero de aquel Dios, y por uno de
los que intervenian en sus sacrificios, celebró con una gran fiesta
la llegada de tal huesped, la que duró diez dias y diez noches, y al
amanecer del undécimo el mismo Rey placentero fue á los campos
lidios, y lo restituyó á Baco su alumno.
[Ilustración: (114) Sileno, adornado de pámpanos, es presentado á
Midas, quien lo entrega á Baco.]
Alegre este Dios por haber recibido á su ayo, mandó al Rey de Frigia
pidiese el don que gustase. Entonces Midas, que no preveia las funestas
consecuencias de su demanda: „Concédeme, le dice, la gracia de que
se convierta en oro todo cuanto tocare mi cuerpo.” Concedióle Baco
al momento lo que deseaba; le dió un don que le habia de ser nocivo,
y sintió que no le hubiese pedido otro mejor. El Rey se retiró muy
contento por la gracia fatal que habia obtenido; y aun no asegurándose
bien de ella, iba tocando todas las cosas que encontraba para hacer
experiencia de si seria ó no verdad: cortó una rama verde de una
encina, y al punto fue convertida en una rama de oro. Tomó una piedra
del suelo, y tambien se puso roja como el oro: tocó un terron, y se
convirtió luego en masa de oro fino. Arrancó unas espigas de trigo, y
al momento se convirtieron en oro. Cogió una manzana de un árbol, y
juzgaria cualquiera que era del jardin de las Hespérides. Apenas tocó
las puertas de su palacio cuando resplandecen maravillosamente. Si
se lavaba las manos, el agua se teñia de un color que podria engañar
á Dánae.[196] Encantado Midas de una virtud tan extraordinaria, se
entregaba á todos los trasportes de su alegría, cuando le avisaron
que la mesa estaba puesta, y grandemente provista de viandas. Luego
que se sentó en la mesa y tomó el pan, don precioso de Céres, lo
halló convertido en oro. Si llevaba á la boca cualquier manjar para
satisfacer su apetito, cuando lo iba á comer lo hallaba convertido
en oro resplandeciente. Cuando le dieron de beber vino mezclado con
agua, no tragó sino oro líquido. Atónito con la novedad de un mal tan
extraordinario, rico y pobre á un mismo tiempo, aborrece una opulencia
que le costaba tan cara, y se arrepiente de haberla deseado. En medio
de la abundancia no puede satisfacer su hambre ni apagar la sed que
le abrasa la garganta, y con justa razon le atormentaba el oro, que
ya aborrecia. Entonces levantando las manos al cielo, dijo: „Ó padre
Leneo, perdóname; confieso haber delinquido: por vida tuya que tengas
misericordia de mí, y me libres de este precioso metal que me aflige.”
El piadoso Dios, mirando ya con benignidad al que confesaba su pecado,
le restituyó á su antiguo estado, y en premio del beneficio de haber
restituido á Sileno le revocó el don que le habia concedido: „Para no
verte bañado del oro que malamente codiciaste, ve, le dice, al rio
vecino á la famosa Sardes,[197] y caminando agua arriba, sigue por
el collado de la ribera hasta que llegues á su nacimiento: mete la
cabeza en las espumosas aguas que forman su raudal copioso, y lava á un
tiempo tu cuerpo y el delito cometido.”[198] Midas, obedeciendo esta
órden, se encaminó al rio y se entró en el agua, á la que de su cuerpo
se transfirio la virtud aurífica,[199] y desde entonces sus arenas
se convirtieron en oro; y cuando sale de madre se inundan los campos
vecinos de arenas doradas. Aborreciendo Midas las riquezas, frecuentaba
las selvas y campos, acompañando en ellos al Dios Pan, el cual de
continuo se retiraba á las grutas de los montes; pero el trato de este
Dios no le abrió mas el ingenio. Quedóse con la insensatez, que habia
de acarrearle los daños que habia ya experimentado.
FÁBULA III.
_APOLO Y MIDAS._
El Tomolo es una montaña de dificil subida, que se extiende desde
Sardes hasta la pequeña ciudad de Hipepa. Es muy elevada y escarpada,
y de su cumbre se descubren los anchos mares. En esta montaña cantaba
Pan sus versos á las jóvenes Ninfas al son de la encerada flauta,
jactándose de que excedia al canto de Apolo. Desafióle, y se aplazó
la competencia, haciendo juez de ella al Tomolo. El anciano juez toma
asiento en lo mas elevado de su misma cumbre para que los árboles
separados no le impidiesen oir; y ciñéndose una guirnalda de encina,
de la cual pendian las bellotas hasta las sienes, dijo al Dios Pan:
„Por el juez no hay detencion.” Pan empezó luego á cantar al son de
su flauta agreste, y embelesó á Midas (que á la sazon se hallaba
presente) con la inculta música. Despues que Pan acabó, Tomolo volvió
su semblante á Febo, y todos los árboles del monte hicieron lo mismo, y
se inclinaron á él.
[Ilustración: (115) Apolo pone orejas de asno á Midas en castigo de su
mala sentencia.]
Apolo, coronado de laurel cortado del Parnaso, y vestido de una ropa
rozagante de color de púrpura que arrastraba hasta el suelo,[200]
tomó en su mano izquierda su lira embutida de marfil y piedras
preciosas, y en la derecha el plectro, y en esta actitud empezó á tocar
con tanta delicadeza, que enagenado Tomolo con su dulzura, manda que
la flauta de Pan ceda la victoria á la lira de Apolo. Agradó á todos
el parecer y sentencia del monte: solo Midas dijo que era injusta. No
queriendo Delio que unas orejas tan insensatas conservasen la figura
humana, se las alargó, cubrió de pelo blanco, é hizo movibles; en una
palabra, las orejas de hombre se trocaron en orejas de asno perezoso.
Lo demas de su cuerpo le quedó como de antes, castigándole solo en la
parte que habia pecado. Midas procuraba ocultar esta deformidad, y la
tapaba con una tiara[201] purpúrea; pero el criado que solia cortarle
el pelo cuando crecia le vió las largas orejas; mas no se atrevió á
descubrir á nadie este defecto. Incomodado de guardar este secreto,
que no podia retener en sí,[202] se fue á un lugar retirado, hizo
un hoyo en la tierra, y en él con voz sumisa depositó el secreto que
su señor tenia orejas de asno, y despues, tapando el hoyo, se retiró
dejándolo escondido en él. Algun tiempo despues empezó á crecer alli
un espeso cañaveral; y habiendo pasado un año, crecidas ya las cañas,
descubrieron el secreto, pues agitadas por el viento de mediodia,
articularon con el manso ruido las palabras que se habian escondido en
el hoyo por el criado, y publicaron que su amo tenia orejas de asno.
Despues que Apolo se vengó de Midas se retiró del monte Tomolo;
y conducido por la vaga region del aire, pasó el estrecho del
Helesponto,[203] é hizo alto en los estados de Laomedonte. Á la derecha
está el promontorio de Sigeo, á la izquierda el de Reteo,[204] y en
medio de este espacio hay un antiguo altar dedicado á Júpiter. Desde
alli vió Apolo á Laomedonte, que edificaba los muros de la nueva Troya,
y que estos, como una obra tan grande, adelantaban poco, y por lo mismo
requeria el edificio crecidas sumas. Sin detenerse toma figura humana,
juntamente con el Dios que rige el golfo hinchado con el tridente, y
presentándose entrambos al Príncipe, se ofrecen á construir los muros
de la ciudad por cierta cantidad de dinero que estipulan. Acabada la
obra, el Rey faltó á su palabra, negándose á pagar, y añadiendo por
cúmulo de su perfidia juramentos falsos. „Tu delito, le dijo el Dios
del mar, no quedará sin castigo.” La venganza siguió á la amenaza,
y desde aquel momento suelta todas las aguas del mar á las playas
de la avarienta Troya con tanta impetuosidad, que en poco tiempo se
inundó todo el pais, los campos se anegaron, y las riquezas de los
labradores quedaron sepultadas debajo de las olas. Poco satisfecho
con un castigo tan terrible, exigió tambien que la hija de Laomedonte
fuese acometida de un monstruo marino. Atan á Hesione á un peñasco,
y Hércules la libra. Este héroe pide al padre de la Princesa el tiro
de caballos que le habia prometido por un servicio tan importante. El
Rey, siempre pérfido, le niega la paga de tan señalado servicio, y
Hércules se apodera de los muros de Troya, que por dos veces habian
sido perjuros.[205] Telamon recibe á Hesione por recompensa, porque
el ilustre Peleo su hermano, que tambien habia acompañado á Hércules
á esta expedicion, ya se habia casado con una Diosa.[206] Aunque este
Príncipe era nieto de Júpiter, no obstante no se honraba tanto con su
nacimiento como con este nuevo enlace, puesto que era el solo mortal
que podia vanagloriarse de tener á una Diosa por muger, en vez de que
muchas personas podian gloriarse de traer su orígen del Soberano de los
Dioses.
[Ilustración: (116) Tetis oye á Proteo que la pronostica tendrá un
hijo mas poderoso que su Padre.]
FÁBULA IV.
_PROTEO PREDICE LAS BODAS DE TETIS Y PELEO._
Hablando cierto dia el anciano Proteo con Tetis, le dijo: „Diosa del
mar, tú serás madre de un hijo de tan gran valor, que excederá á su
padre en la valentía de sus hazañas, y tendrá mas fama que él.” Júpiter
pues, aunque estaba penetrado de un amoroso fuego, rehusa las bodas de
Tetis para evitar que naciese de ella un hijo que excediese á su mismo
padre, y que hubiese en el universo cosa mas poderosa que él, y manda
que su nieto Peleo suceda en sus deseos, y se case con la Diosa. Hay
un seno en Tesalia de la figura de una hoz, formado por unas lenguas
de tierra que entran en el mar. Seria muy buen puerto si tuviera mas
profundidad; pero en él apenas cubre el agua la arena. La playa es tan
maciza, que ni se estampan en ella las huellas, ni hay estorbo para
andar, ni está cubierta de ovas. Cerca de alli hay una selva de mirtos
cargados de arrayanes verdinegros; en medio de ella hay una gruta de
tal modo fabricada, que se duda si es obra del arte ó de la naturaleza;
no obstante hay indicios para creer que es mas bien obra del arte. Á
esta gruta, ó Tetis, solias venir desnuda muchas veces, sentada sobre
un enfrenado delfin, y en ella te acometió Peleo estando dormida; y
porque no quisiste consentir á sus deseos se dispuso á la violencia,
echándote los brazos al cuello; y hubiera conseguido lo que deseaba si
no te hubieras valido de tus acostumbradas artes, transformándote en
diferentes figuras. Primeramente te dejaste ver bajo la forma de una
ave, y él no obstante te tenia agarrada bajo de esta figura: despues
te transformaste en un gran árbol, y Peleo no se desasia de él; pero
cuando te convertiste en una tigre manchada se amedrentó y te soltó.
Entonces dirigiéndose á los Dioses del mar, les ofrece un sacrificio,
derramando vino sobre el mar con las entrañas de la víctima, y hace
humear el incienso en su honor, hasta que el adivino Proteo dijo desde
en medio del piélago: „Ó hijo de Eaco,[207] tus deseos se cumplirán:
serás dichoso; pero es necesario sorprender á Tetis cuando descansa
dormida en su fresca cueva, y atarla con tales cordeles y prisiones que
no pueda escaparse. Si cien figuras mudare por vencerte, aprisiónala
sin intimidarte hasta que se vuelva á su primera forma.” Apenas
Proteo pronunció estas últimas palabras cuando se ocultó en el mar.
El sol estaba entonces al fin de su carrera, y su carro iba á entrar
en el Océano, cuando la hermosa Tetis, dejando el mar, va á la cueva
donde acostumbraba descansar. Apenas Peleo la habia atado cuando toma
diferentes figuras, hasta que sintió que estaba aprisionada en todas
ellas. Entonces en fin extendiendo sus brazos por todas partes, dió
un gran gemido, y habló asi á su amante: „Peleo, solo con el socorro
de algun Dios quedas victorioso.” Al decir esto volvió á su primera
figura; consintió en casarse con él, y fue madre del gran Aquiles.