„Abominable Mirra, no tienes disculpa excusándote con el amor, porque

este niega y repugna haberte herido sus armas, y se disculpa de que sus

incentivos te pudiesen incitar. Solo alguna de las infernales Furias

te abrasó con su horrible tea,[166] é inspiró en tí el venenoso hálito

de sus hinchadas víboras. Maldad abominable seria el que hubieses

aborrecido á tu padre; pero es mas abominable el que te enamorases

de él. Puesto que de todas partes concurrian á ser pretendientes

tuyos los próceres mas afamados, y la juventud de todo el Oriente se

presenta como á competencia á solicitar tus bodas, elige al que quieras

de todos ellos, con tal que en ellos no esté ni se cuente uno.[167]

Mirra, conociéndose arrebatada de su pasion, resistia cuanto podia á

un amor tan abominable, y decia entre sí: „¿Adónde me precipito? ¿Qué

es lo que intento? Deidades, piedad y reverencia paternal, sagrados

respetos y derechos de los padres, impedid que llegue á egecutarse

tal maldad, y oponeos á tan execrable deliro, á llamarse asi lo que

intento, porque puede con razon negarse que lo abominen y condenen la

piedad y la reverencia, pues vemos que los brutos y animales se enlazan

entre sí sin reparos ni respetos: no es torpe ni feo en la novilla el

tener por marido al toro su padre, ni al caballo el tener por muger á

su propia hija: por el mismo órden se conducen las aves y los demas

animales que andan y pacen reunidos en rebaños. Dichosos todos ellos,

pues se hallan sin trabas, y les es lícita esta libertad.[168] La

invencion de los hombres estableció unas extrañas leyes, que niegan y

prohiben envidiosamente lo que la naturaleza permite y dispensa.[169]

Con todo eso se cuenta que hay pueblos entre quienes la madre se casa

con el hijo, el padre con la hija, y crece la piedad[170] con el amor

duplicado. ¡Desgraciada de mí! ¡Que no hubiera tenido la suerte de

haber nacido en aquellas regiones, y me perjudicase la costumbre y

derecho de mi patria! Pero ¿de qué me sirve cavilar sobre estas cosas?

Alejaos de mí, esperanzas prohibidas. Es cierto que Ciniras es digno

de ser amado; pero solo como padre. De aqui infiero que si yo no fuese

su hija, podria enlazarme con él en lícito casamiento. La proximidad

es la que me perjudica; y si fuera extraña, seria mas asequible mi

esperanza. El corazon me inspira la resolucion de alejarme de aqui,

y abandonar el suelo patrio por evitar tan execrable delito; pero mi

loca pasion me detiene, porque presente podré recrearme con la vista

de Ciniras, con tocarle, hablarle y besarle, ya que no pueda ser otra

cosa mas. Pero ¿qué es esto que digo de mas, impía doncella, puedes

esperar alguna otra cosa mas? ¿No conoces el trastorno que causarias

en los nombres y en las leyes? Entonces serias una competidora de

tu madre, concubina de tu padre, hermana de tu propio hijo, y madre

de tu hermano. ¿No temes pues á las implacables Furias, que con la

hacha en la mano y los cabellos erizados de serpientes amedrentan sin

cesar á los delincuentes? Pero tú, puesto que aun no has cometido

la maldad en efecto, no la concibas en el ánimo, ni atropelles con

un gusto prohibido las poderosas leyes de la naturaleza. Imagínate

que él pueda inclinarse á quererte; pero la cosa no es permitida, y

le detendrá su misma piedad, y el acordarse de la prohibicion de la

ley. ¡Ay! ¡cuánto desearia yo que él estuviese poseido de un fuego

semejante al mio!” Con esto puso fin á su razonamiento; pero Ciniras,

á quien la multitud de los pretendientes de su hija le hacia dudar

sobre la eleccion, se los nombró todos, preguntándola á ella misma á

cual escogia por su marido. Enmudece al principio; y reclinándose como

desmayada sobre el rostro de su padre, se abrasa, y humedece sus ojos

con un ardiente llanto. Creyendo Ciniras que sus lágrimas y silencio

eran efecto de su modestia y pudor virginal, las interrumpe con su

mandato, la besa y enjuga sus mejillas. Causaron mucho gozo á Mirra

estas demostraciones de la terneza de su padre, y preguntada por este á

quien de los pretendientes queria elegir por esposo, le respondió que

á uno que en todo se le asemejase. Ciniras aplaudió sin entender la

respuesta de su hija, teniéndola por obediencia y subordinacion, y la

dijo: „Persevera, hija mia, en ser siempre tan obediente y piadosa.”

Mirra, que oyó la palabra piedad que su padre habia pronunciado, bajó

el rostro avergonzada de su delito. Á la media noche, cuando todos

estan descuidados y entregados al sueño, Mirra desvelada se abrasaba

en el fuego de su amor, y resolvia en su imaginacion sus locos deseos.

Unas veces desconfia, otras se resuelve á probar fortuna, y á intentar

el ponerlos en egecucion. Ya se avergüenza, ya se inflama, y por mas

que discurre no halla ni le adapta medio ni modo alguno de egecutar su

proyecto; y á la manera que un grande árbol herido con los golpes de la

segur, cuando ya resta poco para acabarlo de cortar, no se sabe hácia

qué lado podrá caer, y se teme por todas partes, asi el ánimo de Mirra,

agitado de tantos y tan varios impulsos, duda entre los medios que debe

escoger, y no encuentra medio ni reposo sino en la muerte. Resuélvese á

ella, se levanta precipitada con la determinacion de echarse un dogal

á la garganta; y teniendo ya para ello atado al techo el cíngulo que

al efecto se quitó, dijo: „Á Dios, querido Ciniras, sabe que tu amor

es la causa de mi muerte.” Dijo esto, y al momento acomodó el lazo á

su descolorido cuello. Se cuenta que su fiel aya, que dormia en la

pieza inmediata, oyó el confuso ruido de las voces. Levántase asustada,

abre la puerta, y viéndola en la disposicion que estaba, puesto en el

cuello el lazo para ahorcarse, empieza á dar voces, se da golpes, se

hiere el pecho, la desata y quita el lazo, y le hace pedazos. Despues

la estrecha entre sus brazos, derrama un torrente de lágrimas, y la

pregunta la causa de su desesperacion. Queda enmudecida la doncella,

é inmóvil fija sus ojos en el suelo, sintiendo que su ama la hubiese

hallado en aquella accion, y la estorbase darse la muerte. La anciana

la insta de nuevo; y descubriendo sus canas y ya arrugados pechos, la

ruega con mucho ahinco por la leche que la dió, y por los desvelos que

padeció en criarla, que la comunique su dolor, cualquiera que él fuese.

Mirra gimiendo con alguna indignacion repelió sus ruegos. La anciana

persiste en averiguar la causa, prometiéndola todo su favor. „Dime,

hija mia, la decia, ¿qué es lo que te aflige? No me niegues el gusto y

consuelo que tendré en aliviarte. No me servirá de estorbo la vejez. Si

el amor causa tu mal, tengo yerbas virtuosas y encantos para curarlo:

si alguno te ha fascinado, serás purificada con las ceremonias mágicas:

últimamente si los Dioses vengadores quieren castigarte, yo sabré

aplacarlos con los sacrificios. Yo no puedo atribuir á otra cosa alguna

mas que á las referidas la causa de tu desesperacion, porque tus bienes

y tu casa no padecen ninguna quiebra ni menoscabo, y viven y estan

sanos tu madre y tu padre.” Al oir Mirra la palabra padre arrancó un

triste suspiro de lo íntimo de su pecho, y el ama, aunque comprendió

que podia proceder de algun amor, no sospechó que pudiese ser de los

nefarios y prohibidos. Tenaz en su propósito de averiguarlo, la hace

instancias á que la manifieste la causa de su desesperacion, fuese

de la clase que fuese; y viendo que no daba otra respuesta que la de

deshacerse en lágrimas, la tomó en su regazo, y abrazando estrechamente

su cuello con sus débiles brazos, la dijo: „Ya he penetrado lo que ello

es: tú estás enamorada; anímate y depon tu temor, y confia en que mi

industria y mi eficacia te serán útiles para proporcionarte el logro

de tus deseos, sin que jamas lo llegue á entender tu padre.” Mirra se

soltó furiosa de los brazos de su ama, y echándose boca abajo sobre la

cama y mordiendo la ropa, la dijo: „Apártate de aqui por vida tuya, y

déjame ocultar mi vergüenza con el llanto;” y como el ama redoblase las

instancias, la respondió: „No seas importuna, vete de aqui, ó deja de

preguntarme la causa de mi dolor, porque es una maldad lo que pretendes

saber.” Llenóse de horror la vieja; y alargando sus manos trémulas con

la edad y con el miedo, se postró rendida á los pies de su alumna; unas

veces la acaricia, otras la amedrenta si no la descubre el secreto,

amenazándola que descubrirá y publicará el delito que intentaba cometer

cuando la halló á punto de quitarse la vida con el dogal al cuello,

y por el contrario la aseguraba su ayuda y favor para el logro de su

amor si se descubria. Mirra algo animada se incorporó, y echándose al

cuello de su ama, la riega el pecho con sus lágrimas. Mil veces intenta

descubrir su debilidad, y otras tantas detiene los acentos. En fin,

cubriéndose el rostro con su ropa: „¡Ah! dijo suspirando, ¡qué dichosa

es mi madre con ser esposa de mi padre!” No dijo mas, y concluyó con

un suspiro; pero la aya, que comprendió el sentido de estas palabras,

entró en un temblor que la penetró hasta los huesos, se llenó de pavor,

y se le erizaron los plateados cabellos. Persuadióla cuanto pudo por

si podia apartarla de una pasion tan criminal. Penetra Mirra lo justo

de sus persuasiones; pero sin embargo estaba resuelta á morir si no

daba satisfaccion á sus deseos. „Vive, la dijo entonces el aya: tú

gozarás de tu propio...” y calló, no atreviéndose á decir _padre_, y

la asegura con juramento esta promesa. Era tiempo en que las matronas

vestidas de blanco celebraban la fiesta de Céres, y la ofrecian como

en primicias de sus cosechas guirnaldas de espigas; y era rito de esta

solemnidad el que en los nueve dias y noches que duraba las casadas

no podian cohabitar con sus maridos, y como Ceneris[171] era una de

las que asistian á la fiesta, quedóse solo el Rey Ciniras su marido.

Aprovechándose la oficiosa aya de esta coyuntura, se entró en su cámara

en ocasion que le halló algo trastornado con el vino, y le propuso bajo

un nombre supuesto el amor que le tenia una jóven, alabándole mucho

su hermosura. Preguntándola el Rey los años de la doncella, respondió

que era de la misma edad de su hija, de lo que informado, mandó se la

llevara. Al momento fue al cuarto de Mirra, y abrazándola la dijo:

„Alégrate, hija mia, pues ya te tengo proporcionada la victoria y el

logro de tus deseos.” Aunque esta noticia no causó sino una alegría

imperfecta á Mirra, y que su corazon le presagió alguna cosa funesta,

no obstante no dejó de regocijarse: tanta era la perturbacion en que la

tenia su pasion. Llegó la media noche, en que todo yacia en silencio

profundo, y el carro de Bootes habia ya torcido su direccion. Á esta

hora se encaminó Mirra al aposento de su padre á egecutar su torpe

deseo. La luna desamparó el cielo, ocultándose debajo del horizonte;

las estrellas se cubrieron de nubes negras y espesas, y la noche

quedó en una total oscuridad. Icario y Erigone,[172] vosotros que por

el amor paternal fuisteis colocados en el cielo, velasteis vuestro

rostro por no ser testigos de una accion tan abominable. Mirra tropezó

tres veces, y tres veces el fúnebre buho la presagió alguna desgracia

con su lúgubre canto. No obstante como la noche y las tinieblas la

hacian menos tímida, continuó su camino asida á la mano izquierda de

su aya, y de la derecha se servia para atinar el camino por medio

de la oscuridad. Llega por último á la entrada del cuarto de su

padre. Apenas entró cuando le temblaron las rodillas, vacilando las

piernas; mudó de color, y la faltaba el ánimo para proseguir. Cuanto

mas se acerca á su delito tanto mas se horroriza y arrepiente de su

atrevimiento, y quisiera poder volverse sin ser conocida. La vieja,

que la ve detenerse, la conduce é introduce, llevándola asida por la

mano, y al tiempo que la entregaba á Ciniras habló de esta manera:

„Esta es la persona que te he prometido,” y se retiró, dejándola en

el cuarto. Ciniras para acariciarla, alentarla y hacerla deponer el

temor es creible que alguna vez la llamase hija, y ella á él padre, y

de este modo no faltaron á la maldad los verdaderos nombres. Cometido

el incesto, del que fue consecuencia la gravidacion, se repitió por el

mismo órden otras noches, hasta que Ciniras, ansioso por ver y conocer

á su amante, hizo entrar una luz, á cuyo resplandor vió y comprendió

su delito, y que la cómplice era su hija. Callando y sin pronunciar

una palabra, porque no se lo permitia su dolor, arremetió á su espada,

y la desenvainó. Mirra al verlo echó á huir, y se ocultó y escapó de

la muerte favorecida de la oscuridad y de lo tenebroso de la noche,

á quienes debió poder escapar del palacio y salir á los dilatados

campos, y entregándose por ellos á la fuga, penetró peregrinando

hasta la Arabia, abundante en palmas, y se dejó atras las llanuras

de Pancaya, y despues de haber andado errante por espacio de nueve

meses, hallándose cansada de la fatiga de su viage, y aun mas de la

incomodidad de su embarazo, hizo alto en la region Sabea. Entonces sin

saber qué hacer, pues le era odiosa la vida, aunque temia la muerte,

hizo á los Dioses esta súplica: „Ó Dioses, si favoreceis á los que

confiesan su delito, yo me reconozco digna de la mayor pena: no rehuso

el merecido castigo. Mas para que yo no sea el oprobio y escándalo de

la tierra si vivo en ella, ó la vergüenza y espanto de los muertos si

bajo al reino tenebroso, arrojadme de ambos imperios, y mudándome mi

forma, negadme la vida y la muerte.” Estos votos y súplicas de Mirra

hallaron propicios á los Dioses, pues aun no las habia concluido cuando

la tierra empezó á cubrir sus pies, que se volvieron raices retorcidas,

capaces de sostener un robusto árbol. Sus huesos, que conservaron su

medula, formaron el tronco; su sangre se convirtió en jugo, sus brazos

y dedos se trocaron en las ramas, y su piel en dura corteza; la que

creciendo poco á poco, habia ya ocultado el elevado é hinchado vientre

y el pecho, y se dirigia á cubrir el cuello y cabeza, que era lo que

únicamente faltaba: no aguardó á tanto Mirra, sino que impaciente con

la tardanza se encogió un poco, y zabulló su rostro en la corteza que

venia creciendo. Aunque con la transformacion de su cuerpo perdió Mirra

el uso de todos los sentidos, conservó el llanto, pues del tronco se

destilan unas cálidas gotas, que corriendo por él á manera de lágrimas,

se congelan y forman una preciosa goma, que tiene y conserva el nombre

de Mirra, y perpetuarán la memoria y noticia de su transformacion á

todas las edades.”

[Ilustración: (109) Mirra pare á Adonis y es transformada en el árbol

de su nombre.]

FÁBULA X.

_NACIMIENTO DE ADONIS._

„El incestuoso feto que Mirra tenia en su vientre antes de su

transformacion creció,[173] y se puso despues de ella á punto de salir

á luz, para lo cual buscaba camino por donde echarse fuera, y dejar

el seno materno. El vientre se entumecia debajo de la corteza, y el

peso hacia extender y dilatar al árbol, sin que los dolores pudiesen

explicarse por falta de voz, ni en aquel aprieto de la parturienta

pudiese ser invocada Lucina. El árbol tomó una postura semejante á

la de una muger que hace esfuerzos para el parto, y encorvándose

daba continuos gemidos, y se humedecia con las gotas que destilaba á

manera de lágrimas. Lucina propicia acudió á los ramos y troncos que

tristemente rechinaban, aplicó á ellos sus manos, y pronunció las

palabras y cláusulas que sirven para facilitar los partos. Por la

eficacia de ellas se abrió el árbol, y por la abertura de su corteza

salió vivo un niño, y empezó á llorar. Las Náyades le pusieron sobre la

mullida yerba, y le ungieron y bañaron con las gotas que como lágrimas

destilaba el árbol. Hasta la misma Envidia alabaria la hermosura de su

rostro, pues era tal, que no le excedian los retratos que al vivo se

expresan del desnudo Amor; y para que entre estos y aquel no hubiera

diferencia con el adorno, pudiera muy bien quitársele á este el

carcax,[174] y acomodarse á aquel.”

[Ilustración: (110) Venus aconseja á Adonis que solo caze animales

indefensos.]

FÁBULA XI.

_VENUS Y ADONIS._

„El tiempo y la edad corren ocultamente, y no hay cosa mas veloz que

los años. Este niño, hijo de su hermana y de su abuelo, que poco antes

habia estado oculto en el árbol, y habia nacido de él, llegó, siendo

cada vez mas hermoso, desde la infancia á la juventud, y desde esta á

la edad varonil,[175] en la que excediéndose á sí mismo en belleza, fue

el objeto del amor de la Diosa Venus, y vino á vengar en ella el amor

que habia inspirado á su madre: fue pues el caso que el niño Cupido,

al tiempo que como hijo se acercó á dar un beso á su madre Venus, sin

advertirlo la clavó en el pecho la punta de una de sus flechas.[176]

La Diosa sintiéndose herida, arrojó y apartó de sí á su hijo Cupido;

y aunque al ir á mirarse la herida le pareció que era pequeña, era

mas profunda de lo que parecia. La flecha la encendió en el amor de

Adonis (que este era el nombre del hijo de Mirra), y este amor la hizo

descuidarse de las playas de Citera, y de frecuentar las islas de

Pafos, la de Cnido y la de Amatonta, abundante en metales.[177] Tambien

se ausentó del olimpo, al cual preferia á su Adonis. Á este ama, de

este no puede apartarse un momento; y la que antes estaba acostumbrada

á las delicias de estar á la sombra, y á adornarse para acrecentar

su hermosura, ahora, semejante á Diana, con el vestido arregazado y

descalza trepa por collados, selvas y ásperos peñascos con su amante,

azuzando á los perros, y dando alcance á las veloces liebres, ciervos,

gamos, y á los demas animales fáciles de cazar; pero se abstiene de

los bravos jabalíes, de los hambrientos lobos, de los osos armados

de sus uñas, de los leones hartos con la muerte de los ganados, y

amonesta á Adonis tema á unos animales tan peligrosos. „Tú puedes,

le decia, seguir con tu valor y denuedo á las bestias que huyen del

cazador. La osadía no es segura contra las fieras, á quienes dió armas

la naturaleza: no te expongas, querido jóven, temerariamente y con

peligro mio: mira que me estará y costará muy cara tu animosidad: ni tu

edad, ni tu hermosura, ni cuantas cosas me hicieron inclinarme á tí,

serán respetadas, ni detendrán á los leones, á los cerdosos jabalíes,

ni templarán la centellante vista ni impetuosidad de las fieras. No

olvides nunca que los rayos no son tan temibles como los colmillos de

los ásperos jabalíes, y que los rojos leones tienen ímpetu y una grande

saña, y estos últimos son para mí muy odiosos.” „¿Cuál es la causa,

la pregunta, que te estimula á darme tales consejos?” „Yo te la diré,

respondió Venus, y te referiré una monstruosa transformacion, á quien

dió causa una culpa que es ya bien antigua.”

FÁBULA XII.

_VENUS Y ADONIS SOBRE EL CESPED._

„Pero ya me siento fatigada del egercicio de la caza, á que no estoy

acostumbrada: este blanco álamo nos convida con su fresca y apacible

sombra, y la yerba de esta pradera nos ofrece blando lecho, en el que

me será de gusto y complacencia el disfrutar contigo, mi amable Adonis,

un rato de descanso.” En esto se reclinaron en la pradera; y Venus,

apoyada mas sobre aquel que sobre el suelo, dejando caer sobre su pecho

la cabeza, é interpolando á cada palabra los mas tiernos ósculos, le

refirió el suceso siguiente.”

[Ilustración: (111) Hipomenes vence con ardid en la carrera á

Atalanta.]

FÁBULA XIII.

_CARRERA DE HIPOMENES Y ATALANTA._

Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4) · 第 6 / 10 段