llegaron por último á una pequeña cabaña, cubierta de paja y cañas
palustres, en la que los recibieron con mucho agasajo Filemon y Baucis
su muger, anciana llena de piedad, como tambien su marido. Los dos
de igual edad se habian casado muy jóvenes, y envejecido en aquella
pobre choza. Pobres y sin bienes habian sabido con su virtud disminuir
los riesgos de la indigencia. Ellos solos en esta cabaña eran los
señores y criados, y componian toda la familia; ellos mismos daban las
órdenes, y ellos las egecutaban. Luego que Júpiter y Mercurio entraron
bajando la cabeza, porque la puerta era muy baja, Filemon les rogó que
descansaran, presentándoles unos asientos, sobre los cuales Baucis
puso un poco de paja para que estuviesen con mas comodidad: despues
desenvolvió la caliente ceniza, y buscó entre ella algunas pequeñas
brasas que habian quedado del dia anterior, y poniendo sobre ellas
hojas y virutas secas, á fuerza de soplar con fatigado aliento estas
concibieron llamas; y para cebarlas arrancó del techo de la choza
algunos manojos y ramos menudos, y partiéndolos en trozos, los aplicó
á un pequeño caldero que habia puesto con agua á la lumbre, y al mismo
tiempo cortó y preparó unas verduras que su marido habia cogido en un
pequeño huerto: él entre tanto alcanzó con una horquilla una espaldilla
de tocino que estaba colgada en una negra viga, y cortando de ella
una pequeña parte, la puso á cocer en el agua hirviendo del caldero.
Para que á los Dioses no se les hiciese largo el tiempo que gastaban
en disponer la comida, les entretuvieron con varias conversaciones. En
un rincon pendia de una asa encorvada un barreño de haya, que Filemon
llenó de agua para que se lavasen los pies.[55] Habia tambien en medio
de la choza un tarimon ó lecho de madera de sauce con los pies de lo
mismo, sobre el cual estaba un jergon rehenchido de suaves ovas, en el
cual extendió la vieja Baucis una manta que solia servirles para los
dias de fiesta, bien que vil y despreciable, y acomodada á la armadura
de sauce. Sentáronse en él los Dioses, y Baucis arregazada y temblando
de vejez puso la mesa; pero por desgracia tenia desigual un pie, y lo
remedió poniendo debajo un pedazo de teja. Despues que la enderezó,
limpió y cubrió con hierba buena, sirvió y puso sobre ella aceitunas
aderezadas, cerezas, otras hierbas y raices conservadas y adobadas
en vino, queso y algunos huevos asados en el rescoldo,[56] y todo
servido en platos de barro. Un jarro de la misma materia, con unos
vasos de haya bien encerados por dentro, componian toda la bajilla.
Despues de esto sirvieron la comida condimentada,[57] y vino, que
no era muy añejo, y por postres[58] nueces, higos pasos, sazonados
dátiles, ciruelas, manzanas olorosas y uvas recien cogidas, todo en
un canastillo, y en medio de todo ello un blanco panal. La comida era
á la verdad frugal; pero dada con buen semblante, y lo que vale mas
que todo con una sincera voluntad. Entre tanto las dos buenas personas
advirtieron que el jarro se llenaba por sí cuando quedaba vacío, y
que el vino se aumentaba en vez de disminuirse. Atónitos á la vista
de este prodigio, se pasman, y levantan sus manos trémulas al cielo,
pidiendo perdon á sus huéspedes de la comida y del poco aparato de
ella. Quedábales aun un ganso que guardaba la cabaña, é iban á matarlo;
pero como tenia alas, cansa á Baucis y Filemon, pesados con la edad,
y los burla por mucho rato, y al fin huyendo de ellos se acogió á
los mismos Dioses, quienes, despues que impidieron le matasen, se
dieron á conocer, anunciándoles al mismo tiempo la justa venganza que
querian tomar de toda aquella impía poblacion. „Vosotros, les dijeron,
quedareis libres del castigo; abandonad al punto vuestra cabaña, y
seguidnos: venid con nosotros á la cumbre del monte.” Filemon y Baucis
obedecen la órden; y sostenidos en sus báculos, hacen esfuerzos para
subir á la cima. No estaban ya de ella tan distante cuanto alcanza
el tiro de una saeta, cuando vuelven la vista, y ven todo el pais
anegado, excepto su casa. Pasmándose de ver este prodigio, y llorando
la triste suerte de sus vecinos, advierten que su reducida cabaña se
habia convertido en templo. Las rústicas vigas que la sostenian antes
se volvieron columnas magníficas; la paja que la cubria se convirtió
en oro, y el suelo estaba enlosado con riquísimos mármores, y la
puerta adornada de escultura y bajos relieves; en una palabra, toda
la mansion brillaba con el oro. Admirados estaban aun cuando Júpiter
les habló en estos términos: „Justo anciano, y tú, digna esposa de
un marido tan virtuoso, decidme lo que deseais, y podeis pedirlo con
seguridad.” „Todos nuestros deseos, le respondió Filemon con Baucis,
despues de haber consultado por un breve espacio con su muger, se
limitan á ser los sacerdotes de este nuevo templo; y porque siempre
hemos vivido en una perfecta union, quisiéramos tambien morir en un
mismo dia: concédeme la gracia de no ver el sepulcro de mi esposa, ni
que ella sobreviva á mi funeral.” Júpiter vino bien en otorgarles su
peticion, y ellos sirvieron en el templo el resto de su vida. Luego que
llegaron á una extrema vejez, un dia que se hallaban sentados en las
gradas del templo, y que hablaban de sus extraños acaecimientos, Baucis
advirtió de repente que el cuerpo de Filemon se cubria de hojas, y él
observó que lo mismo sucedia á su muger. Viendo en seguida ambos que
la corteza empezaba á llegar hasta la cabeza, prorumpieron mientras
pudieron en estas mutuas expresiones: „Á Dios, querida esposa,” le dijo
tiernamente Filemon; „Á Dios, querido esposo,” le respondió Baucis.
Apenas pronunciaron estas palabras cuando sus bocas se cerraron para
siempre. Un morador de Tiana muestra aun alli los troncos de estos dos
árboles, el uno cerca del otro. Esta es, añadió Lelex, la historia
que me han contado unos viejos dignos de que se les dé crédito, y que
no tenian ningun interes en engañarme. Yo mismo he visto las ramas de
estos árboles adornadas de ramilletes y guirnaldas, y aun algunas puse
yo diciendo: „De este modo recompensan los Dioses la piedad, y honran
despues de su muerte á los que les han dado culto durante su vida.”
Este discurso, pronunciado por un hombre tan sabio como Lelex, habia
hecho mella en los ánimos, y especialmente en el de Teseo, quien
manifestaba muchos deseos de saber los maravillosos hechos de los
Dioses. Aqueloo, que lo notó, apoyado sobre su brazo le habló asi: „Hay
muchos que han sido transformados conservando siempre su nueva forma, y
hay otros que no la han conservado, sino que han ido transformándose en
otras muchas figuras, como tú, ó famoso Proteo,[59] habitador del mar,
que te has dejado ver algunas veces bajo la forma de un jóven, otras
bajo la de un leon, de un furioso jabalí, de una culebra que causaba
espanto, de un toro, de una piedra y de un árbol. Unas veces tomabas
toda la fluidez del agua, y se hacia un rio, y otras se convertia en
fuego, elemento contrario al agua.”
_LA HAMBRE SE APODERA DE ERESICTON._
„No tenia menos poder y eficacia, prosiguió Aqueloo, para transformarse
en varias figuras la hija de Eresicton,[60] muger de Autólico. Su padre
era uno de aquellos impíos que desprecian á los Dioses, y que jamas les
ofrecen sacrificios. Dicen de él que tuvo la temeridad de cortar con
una segur una encina, y de destruir un bosque antiguo,[61] dedicados á
Céres. Estaba aquella en medio del tal bosque, y casi le ocupaba ella
sola; de cuyas ramas pendian cintas, guirnaldas y pinturas ofrecidas
por votos, y promesas conseguidas de la divinidad de este lugar. Muchas
veces habian danzado las Dríadas debajo de esta encina; y otras,
asiéndose de las manos, rodearon lo grueso de su tronco, que tenia
quince codos de circunferencia, y que excedia á los demas árboles en
la misma proporcion que ellos exceden á la yerba. Mas nada de todo eso
sirvió de estorbo á Eresicton para mandar á sus criados que cortasen
aquel privilegiado árbol; y como viese que no se atrevian á obedecerle,
quitando á uno de ellos el hacha: „No le valdrá, dijo, á este tronco
para dejar de caer á tierra el estar dedicado á Céres, ni el que fuera
la misma Diosa la que habitase en él.” Dichas estas palabras, empezó á
darle los primeros golpes; pero apenas fue herido el árbol cuando se
le vió temblar, y demostrar su sentimiento;[62] las hojas, las ramas y
bellota de que estaba cubierto mudaron de color. Cortada la corteza,
empezó á correr sangre en lugar de humor con tanta abundancia, como la
de un grueso toro cuando se inmola como víctima al pie de los altares.
Á la vista de este prodigio todos los circunstantes se pasmaron; y
uno de ellos, despues de haber abominado la maldad que su amo iba
á cometer, quiso quitarle la hacha; pero mirándole Eresicton con
indignacion: „Recibe, le dijo, cortándole la cabeza con la misma hacha,
el premio de tu piadoso corazon,” y continuó repitiendo los golpes
en la encina. De lo interior del árbol salió una voz que articulaba
estas palabras: „Yo soy una Ninfa querida de Céres, que habito este
árbol; has cortado el hilo de mi vida, y en el momento de mi muerte
pronostico las penas que estarán bien presto sobre tí por este hecho, y
es el único consuelo con que rindo mi vida.” El impío Eresicton, poco
asustado de la amenaza, continúa hiriendo el árbol; y viendo que ya
se movia á fuerza de tantos golpes, tirado de un lazo cayó, y derribó
muchos árboles con el peso. Atónitas las Dríadas con el daño del bosque
y suyo, se visten de luto, y tristes se presentan á Céres, pidiéndola
castigue una accion tan cruel. Manifestando la bellísima Céres por un
movimiento de cabeza, que hizo temblar todos los campos y mieses de que
estaban cubiertos, que les otorgaba su demanda, le traza un desgraciado
castigo, si él fuera digno de que alguno le tuviera lástima por sus
acciones, que era el despedazarlo por medio de una cruel hambre; la
cual, porque no conviene á la Diosa (pues los hados no permiten que se
junte Céres y la hambre),[63] habló á una de las Ninfas que habian ido
á implorar su socorro en estos términos:
„En la extremidad de la helada Escitia hay un lugar triste y tenebroso,
donde no se encuentran sembrados ni árboles.[64] Este horroroso clima,
en que reina un frio eterno, es la mansion de la amarillez, del temblor
y de la hambre. Parte y dile á esta de mi órden que se introduzca hasta
el interior de las perversas entrañas del sacrílego Eresicton; que haga
de modo que nada pueda saciarla, y que sean inútiles por su obstinacion
en atormentarle todos los socorros que yo proporciono contra la hambre.
Y porque no te amedrente lo largo del camino, he aqui te presento mi
carro, y estos dragones[65] que te conducirán por medio de los aires.”
Subiendo la Ninfa á él, llegó en poco tiempo á la Escitia sobre la
cumbre del monte Cáucaso, donde encontró á la hambre en medio de un
campo cubierto de piedras, que arrancaba algunas escasas yerbas con
las uñas y dientes. Tenia el cabello erizado y desgreñado, los ojos
hundidos y cárdenos, el rostro amarillo, los labios denegridos, los
dientes podridos con el sarro, su piel acartonada y transparente, por
la cual se le podian ver las entrañas, y los huesos sobresalian á
las escasas carnes de sus lomos. Su pecho parecia que pendia, y que
se sostenia de la textura del espinazo, y por vientre solo se veia
el lugar donde debia estar colocado. Su gran flaqueza descubria sus
músculos y nervios; y los huesos de sus rodillas y tobillos presentaban
el aspecto de unos globos. Luego que la vió la Ninfa de lejos (porque
no se atrevió á acercar), la intimó la órden de la Diosa. Á pesar de
esta precaucion en el poco tiempo que tardó, y en el lugar distante
en que se hallaba, se sintió penetrada de la hambre; y volviendo las
riendas á los dragones de su carro, se restituyó por los aires á
Tesalia.
La hambre, aunque muy contraria á Céres, cumplió sus órdenes. Conducida
por los vientos llegó á la casa de Eresicton. Era de noche, y en
medio del profundo sueño que tenia embargados sus sentidos todos, le
estrecha entre sus brazos. Introduciéndose despues en sus entrañas
la horrible Diosa, derramó su veneno en su boca, garganta y pecho,
haciéndole circular por sus venas. Despues que cumplió la órden de
Céres abandonó una tierra donde reinaba la abundancia, y se volvió al
clima estéril que es su mansion ordinaria. Eresicton estaba todavía
entregado á la dulzura del reposo, bien que ya remiso, cuando empezó
á sentir los rigores de la hambre. En las fantasmas del sueño creia
comer, y movia la boca y dientes como si verdaderamente hubiese comido,
fatigando de este modo su garganta por la vana representacion de un
manjar imaginario. Luego que despertó sintió devorar por la hambre
mas cruel asi su famélica garganta como los senos de sus entrañas, y
mandó buscar sin la menor dilacion los alimentos que producen el mar,
la tierra y el aire. Cuando su mesa estaba cubierta con profusion, se
quejaba de que no tenia con que saciarse, y en medio de la abundancia
buscaba codiciosamente con que satisfacer la hambre que le devoraba. Lo
que podia ser bastante para alimentar á ciudades y pueblos enteros no
le era suficiente: cuanto mas comia tanto mas deseaba comer: asi como
el mar, que recibe en su vasto seno todos los rios de la tierra sin que
sus aguas rebosen; ó como el fuego, que devora toda la leña que se le
arroja, y lejos de entibiar su ardor por la cantidad de las materias
que consume, cobra nuevas fuerzas á proporcion de la cantidad.”
[Ilustración: (89) La Hambre, por órden de Céres, esparce su veneno
sobre Eresicton.]
FÁBULA VIII.
_METRA TOMA DIFERENTES FORMAS._
„Asi Eresicton, despues de haber engullido todas las viandas que
le habian servido, pide otras: lo que come no hace sino acrecentar
su hambre, y siempre queda en su vientre un vacío que no se puede
llenar. Ya con ella habia consumido todos sus bienes; pero esta no se
disminuia, y la llama de su voraz gula se aumentaba cada vez mas. En
fin, despues de haberse metido en el vientre todo su caudal y riqueza,
solo le quedaba una hija, á la que, digna por cierto de mejor padre,
vendió. Metra (asi se llamaba), viéndose en la esclavitud, alargó
sus brazos hácia el mar, que no distaba de la casa de su amo, é hizo
esta súplica á Neptuno: „Ó Dios de las olas, á quien yo agradé en
otro tiempo, líbrame del indigno estado en que me hallo; tú debes
esta recompensa á una doncella que correspondió á tu amor.” Neptuno
oyó la súplica de Metra, y á presencia de su amo, que la acompañaba,
muda de figura en la de un pescador. Viendo el amo á su lado un hombre
que tenia una caña en la mano, le dijo: „Quien quiera que seas, asi
el mar te sea propicio como para enriquecerte la pesca, te ruego me
digas si has visto y donde está una jóven mal vestida y desgreñada,
que poco há estaba en esta playa: yo acabo de verla en la ribera, y
por sus huellas infiero que no está muy lejos de aqui.” Metra, que
conoció la utilidad que la resultaba ya de esta mudanza, se alegró de
que su amo la preguntase sobre su situacion, y le respondió: „Siempre
tuve la vista fija en estas aguas, y cuidadoso he estado aplicado á mi
ministerio y egercicio; y para persuadirte mejor que lo que te digo es
cierto, consiento que Neptuno haga mi pesca infructuosa, si ha habido
en esta playa mucho tiempo há mas hombre ni muger que yo.” El amo,
dándole crédito, se retiró con el engaño, y Metra recobró su primera
forma. Viendo Eresicton que su hija tenia el poder de transformarse,
la vendió á diferentes personas, y ya bajo la forma de vaca, ya bajo
la de yegua, ave y ciervo, servia á mantener, aunque él no lo merecia,
la insaciable hambre de su padre;[66] pero á poco tiempo se burlaba de
los compradores escapándose; mas viendo que ninguno de estos socorros
bastaban á satisfacer la cruel hambre que le atormentaba, tomó por
último la desesperada resolucion de morderse sus propios miembros,
sustentando el miserable su mismo cuerpo con los pedazos que de él se
arrancaba.”
„Pero ¿por qué, continuó Aqueloo, he de contaros egemplos extraños,
cuando yo mismo tengo el poder de transformarme en tres diferentes
figuras? Unas veces parezco lo que ahora soy; otras me vuelvo en
culebra, y otras en toro; y entonces consiste toda mi fuerza en las
astas. Pero por desgracia ahora solo tengo una, como ves; la otra me la
han arrancado.” Á cuyas tristes palabras siguieron los suspiros de su
corazon.
[Ilustración]
LIBRO NONO.
_ARGUMENTO._
Deyanira envió á Hércules el vestido con el cual perdió la vida, y fue
trasladado al cielo despues de haber convertido á Licas en una roca.
Entonces Alcmena partió adonde estaba Yole, y la contó como Galantis
habia sido transformada en comadreja, y Yole la refirió que una
hermana suya habia sido convertida en árbol. Durante esta conferencia
se les presenta Yolao despues de haber recobrado su juventud por
medio de Hebe. Y Júpiter con el egemplo de Eaco demuestra que esto
no podia suceder á todos. Mileto, huyendo de Júpiter, se retiró al
Asia, y procreó á Biblis y Cauno, por cuyo amor consumida aquella, se
transformó en fuente. Lo que hubiera causado mayor admiracion á todos,
á no ser por Ifis, que poco antes y en el mismo dia de sus bodas se
habia convertido en varon.
FÁBULA PRIMERA.
_COMBATE DE AQUELOO._
Habiendo preguntado Teseo á Aqueloo la causa de su lamento, y de
faltarle una de sus astas, el rio, que tenia ceñidas sus sienes y
sus descompuestos cabellos con una guirnalda de cañas, le respondió
en estos términos: „Me pides ciertamente una cosa que sirve para
entristecerme; porque ¿quién habrá que habiendo sido vencido quiera
acordarse y hacer relacion de la pelea? Con todo la contaré por el
órden con que sucedió, puesto que no fue tan vergonzoso el ser vencido,
como decoroso el haber peleado. En mi desgracia tengo el consuelo de
haber sido Hércules mi vencedor. Tú sin duda habrás oido hablar de
Deyanira, hermosísima doncella. Ella fue la esperanza y el motivo de
envidia de muchos pretendientes. Entre ellos fuí yo á la corte de
Calidonia para pedirla á su padre Oeneo. Habiéndola Hércules pedido
igualmente, propusimos ambos á su padre que nos recibiese por yernos;
en vista de lo cual los demas pretendientes se retiraron, cediendo
todos el campo á Hércules y á mí.
[Ilustración: (90) Aqueloo se transforma en Toro para combatir con
Hércules.]
[Ilustración: (96) Hércules, esclavo de la hermosura de Onfale, se
deja desarmar é hila con ella.]
„Aquel alegaba por mérito que era hijo de Júpiter; la fama que
habia adquirido por sus trabajos, y el haber concluido gloriosamente
todas las empresas en que le habia empeñado Juno. Yo en contra de esto
(teniendo por una cosa vergonzosa el que mi deidad se rindiese en la
pretension á un mortal, pues Hércules aun no era Dios)[67] oponia mis
méritos y cualidades, diciendo á Oeneo: „Mírame como á Rey y director
de las aguas, y que con mucho rodeo llevo mi corriente por el medio de
tu reino: no seré yo un yerno que haya venido de regiones extrangeras,
sino uno de tu mismo pueblo, y que soy y compongo una parte de él.
No se me puede echar en cara que Juno me tenga aborrecimiento como á
Hércules,[68] ni me haya impuesto la pena de avanzar á tantos trabajos
y empresas. No debes tú, Hércules, alabarte de haber nacido de Alcmena,
porque en ello debes confesar ó que falsamente te atribuyes por padre á
Júpiter, ó que si verdaderamente lo fue, lo consiguió por medio de un
delito. Aplicándote esta distincion, marcas á tu madre con la nota de
adúltera. Escoge lo que mas te acomode, ó no es verdad que Júpiter sea
tu padre, ó si lo es, ha sido tu nacimiento afrentoso.” Cuando yo decia
estas cosas me miraba Hércules con ojos airados, y sin poder contener
el ardor de su ira me respondió en estos términos: „Yo tengo mas
expeditas las manos que la lengua. Con tal que te venza peleando, nada
importa que me hagas ventaja en el hablar.” Al acabar de pronunciar
esto me acometió con ferocidad; y como yo habia hablado con tanta
arrogancia, me pareció indecoroso el dejar de admitir el combate.[69]
Arrojé mi verde vestido, opuse mis brazos, encorvé algo mis manos
hácia el pecho, y preparé todos mis miembros para la pelea.
Hércules me tiró algunos puñados de polvo,[70] y yo tambien le puse
amarillo con la arena que le tiré. Unas veces me acometia por la
cerviz, otras por las rodillas para ver si podia asirme, y en fin
me acometia por todas partes. Mi peso y mole me defendia, y en vano
intentaba sujetarme. No de otro modo me defendia yo que una roca, á
quien combaten las olas con grande ímpetu y ruido, y ella se está
inmóvil y defendida con su propio peso. Nos separamos un poco; pero
inmediatamente entramos en el combate. Estuvimos invencibles, y
resueltos á no ceder. El pie del uno oprimia al del otro, el pecho al
pecho, los dedos á los dedos y la frente á la frente. No de otra manera
pelean los fuertes toros cuando el premio del vencedor es una pujante
novilla de las que se apacientan en el bosque: quédanse mirándolos las
demas reses llenas de pavor, ignorando cual será el vencedor. Hércules
inútilmente pretendió tres veces desembarazarse de mí; á la cuarta
lo consiguió, y al punto (confieso ingenuamente la verdad) me apartó
impelido de su mano, y se cargó sobre mi espalda. Si se me cree (porque
no busco gloria con narraciones falsas), me pareció que tenia encima
una montaña. Apenas podia jugar mis brazos por el mucho sudor que por
ellos me corria, y por mas esfuerzos que hice no pude desprenderme de
él; apretábame mas y mas sin dejarme respirar ni volver á recobrar mis
fuerzas, y de este modo se enseñoreó de mi cuello y cabeza. Entonces,
arqueando algo el cuerpo, y afirmando las rodillas sobre la tierra,
solo me faltaba levantar la cabeza, pero como el peso me oprimia, la
tenia pegada al suelo, pegándose las arenas á mis labios. Viéndome
inferior en fuerzas, recurro á mis astucias;[71] y transformándome en
una larga culebra, me deslicé y desprendí de Hércules, el cual viendo
que me enroscaba, y que esgrimiendo mi lengua de tres puntas, daba
fuertes y espantosos silbidos, en lugar de intimidarse soltó la risa
burlándose de mi estratagema, y dijo: „El vencer y despedazar las
culebras es una hazaña que no me era desconocida cuando aun estaba en
la cuna.[72]
[Ilustración: (95) Hércules ahoga á Anteo que se oponia á su transito
para África.]
Aunque tú fueses mayor que los demas dragones, ¿cómo te podrias
comparar con la Hidra de Lernea?[73] Era esta fecunda, y se
multiplicaba con las heridas, pues de cien cabezas que tenia ninguna
le corté sin que al instante le renaciesen en su lugar otras dos. Yo
domé á este monstruo, que crecia y se multiplicaba con la mutilacion,
y cuyas cabezas se ramificaban con las que renacian en lugar de las
cortadas, y por último la vine á dar muerte, y acabé con todas sus
cabezas. En comparacion de aquel monstruo ¿qué piensas eres tú, que
convertido en una aparente culebra, te vales de armas agenas, y te
ocultas en una figura prestada?” Apenas dijo esto cuando me apretó
con sus manos y enlazados dedos lo mas estrecho del cuello. Veíame
comprimido como si me apretasen la garganta con unas tenazas, y
procuraba en vano desasirla de entre sus dedos. Viéndome vencido, y
que solo me quedaba el recurso de mudar tercera figura, me transformo
de repente en un toro feroz, y en esta forma me pude desprender de mi
enemigo. Él me echó sus brazos, y me asió por el lado izquierdo; y
aunque yo huia, me seguia sin desprenderse, hasta que cogiéndome por
las astas, las abatió hasta el suelo, y me tendió sobre la arena. No
paró aqui mi desgracia, sino que con la fuerza que hacia me arrancó una
de las astas. Las Náyades la llenaron de frutas y flores olorosas, y
la dedicaron á la abundancia, significada en la cornucopia.”[74] Luego
que Aqueloo acabó esta relacion se presentó una Ninfa con el cabello
esparcido y el vestido arregazado como Diana, la cual traia en esta
cornucopia las mas sazonadas frutas del otoño, y cubrió con ellas la
mesa para que sirviesen de postres.
[Ilustración: (91) Deyanira es robada por el Centauro Neso.]
FÁBULA II.
_RAPTO DE DEYANIRA._
Llegó el siguiente dia, y al comenzar el sol á dorar las cumbres de
los montes partieron Teseo y sus compañeros, sin esperar á que el rio
se aplacase y enfrenase su corriente. Aqueloo se metió en el agua
para ocultar en ella su cabeza despojada de una asta. Esta pérdida
era lo único que le afligia y afeaba, porque en lo demas no padeció
menoscabo alguno; sin embargo, la disformidad de su cabeza la reparaba
ocultándola con una guirnalda de sauces ó cañas verdes.
Tambien al feroz Centauro Neso le sentó mal su ardiente amor á la
bella Deyanira, y le costó el haber perdido la vida á la violencia
de una flecha que le disparó Hércules, con la cual le traspasó todo
el cuerpo por las espaldas. Fue el caso que regresando Hércules á su
patria en compañía de su nueva esposa, llegó á la ribera del rápido
Eveno,[75] que engrosado con las aguas del invierno iba mas caudaloso
que nunca, y no podia pasarse por sus frecuentes remolinos. Viéndole
Neso determinado á pasar, y que le detenia el cuidado de su muger,
y la imposibilidad de atravesar con ella el rio, se llegó á él, y
jactándose de la valentía de su cuerpo, y de que tenia bien conocidos
y experimentados los vados, le dijo: „Yo me encargaré de poner á
Deyanira en la otra orilla: tú procura usar de tus fuerzas, y pasar
el rio á nado.” Aceptó Hércules, y entregó al Centauro á Deyanira
llena de sobresalto, y que se resistia á ello, rezelándose tanto del
Centauro como del rio. En seguida asi conforme estaba vestido de su
piel de leon, y armado con la aljaba (pues la clava y el arco los habia
tirado á la contrapuesta orilla), dijo: „Ya que he empezado la empresa
enviando delante á mi esposa, atraviese yo tambien el enfurecido rio.”
Sin detenerse mas se arrojó á la corriente sin buscar el vado, ni por
donde aquella fuese mas mansa, dejándose llevar del ímpetu de las aguas.
Luego que Hércules llegó á la otra orilla, al tiempo de recoger su
clava y arco oyó los gritos que daba su muger, porque el Centauro
intentaba robarla. „¿Adónde, exclamó, ó ladron, te arrebata la vana
confianza de la ligereza de tus pies?[76] Á tí hablo, Neso, monstruo
de dos formas, atiéndeme, y no me robes lo que es mio. Si el respeto
que me debes no te mueve, á lo menos la rueda donde tu padre está
atado[77] debia contenerte en lo que te está prohibido; pero no te
me escaparás, pues aunque confias en la ligereza de tus pies de
caballo, te alcanzaré, no con mis pies, sino con mis flechas.” Asi lo
verificó, pues al concluir estas últimas palabras disparó una, con
la que le atravesó por las espaldas en medio de su carrera. La corva
lengüeta penetró hasta el pecho, y salió algo fuera de él. Despues que
el Centauro se sacó la flecha, su sangre, mezclada con el veneno de
la Hidra[78] de Lernea, saltó con ímpetu por ambas heridas. Procuró
recogerla el Centauro; y viéndose ya cercano á espirar, dijo entre sí:
„Á lo menos no moriré sin vengarme;” y dió á Deyanira la camisa en que
habia empapado su sangre, haciéndola creer que era un regalo, del cual
se podria servir contra el olvido de su marido, y para que este siempre
la amase.
[Ilustración: (92) Hércules se tiende sobre la pira, y Filoctetes la
prende fuego.]
FÁBULA III.
_MUERTE DE HÉRCULES._