--¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?--le preguntó
Lorenzo para cortar la conversación.
--Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que
me iba a dar.
Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde
durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del
día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que
había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente
fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de
Gaspar.
--¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?--dijo de
pronto Melchor al terminar la comida.
--¿Cómo no?...--repuso Ricardo,--hemos asistido a un espectáculo muy
interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de
esta mañana y el trajín de todo el día.
--¿Y tú?
--¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado
bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?...
--¿Por ejemplo?...
--Si te empeñas... me parece muy censurable tu afán de identificarte con
todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... ¡y
hasta beber a la par de ellos, Melchor!
--¡Apareció el aristócrata!... ¿y qué más?...
--¡Hombre!... mucho más que callo quizás por no fastidiarte.
--Sí, ché Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse...
--Así será... ¡tonteras!--dijo Lorenzo levantándose de la mesa en
momentos en que Melchor decía a José:
--Traiga el cognac...
Al oír esto, Lorenzo, que trasponía la puerta del comedor, se detuvo un
instante y antes de continuar dijo:
--¿También sería tontera criticarte eso?...--y se alejó.
--¡Ven... no te vayas... ché Lorenzo!... ¡Si no me voy a
emborrachar!--dijo Melchor en voz alta y prorrumpió en una carcajada...
* * *
El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la
estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.
Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso
sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre
temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más
de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que
leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante.
Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo
rompió el silencio diciendo:
--¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos!
--Ustedes han dado en no hablar.
--Seguimos tu ejemplo.
--¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo
temas agradables, ché...
--¡Yo tengo--dijo Lorenzo,--ahora que me acuerdo! Entre las cartas que
nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida
permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias
que le daba de mi estado.
--¡Al fin me da la razón ese pillo!
--¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero,
Melchor.
--Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer
día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón.
--¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno?
--Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en
la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a
enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a
la cama para sacarles el jugo.
--Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción...
Moreno es un hombre digno y serio.
--¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios--exclamó Melchor
reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y
sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.
--Que también, para ti, los hombres serios son... unos...
--¡Truanes! en la mayoría de los casos--le interrumpió Melchor,--¡porque
casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que
haría poner colorado a un negro!
--Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo
mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer
despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.
--¿Pero crees, Lorenzo--interrumpió Melchor violentamente,--que yo
puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado
para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más
«enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo
o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y
no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres
serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos
grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos
de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias,
se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos...
verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan
o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan,
vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a
escobazos con pinturas ordinarias.
--Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no
pensabas así.
--¡Es que he aprendido!
--Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no
me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos
representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.
--¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque
han sido suficientemente astutos para embaucarte.
--¿De modo que la proporción es inversa?...
--Posible... ¡casi seguramente!...
--¡No digas eso, por Dios, Melchor!--exclamó Lorenzo poniéndose de pie y
caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado
hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo
de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión.
--No lo diré si te incomoda--repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.
--¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas
gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los
hombres...
--¡Como son!--le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:--yo he
pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he
pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a
calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me
siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin
engañarme, ¿entiendes?...
--¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas
desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?
--¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?...
--¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu
padre, ni a los de Ricardo ni a los míos.
--Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las
madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso
como tú.
Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a
Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar,
por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se
había parado al otro extremo de la mesa.
--Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.
--Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una
protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que
me equivocaba... una vez más.
--Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus
ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía
de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón
puede y debe sentir?
--¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo
amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu
santa madre?
--Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin
sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un
agravio miserable y ruin.
--¡Qué monstruosidad!...--exclamó Lorenzo.
Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos,
Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y
dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos:
--Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes
de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme
satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este
miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de
nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio
impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te
callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin
reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre
que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi
madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su
hijo!
--Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te
disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana
hablaremos.
--¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?--rugió Melchor
aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se
interpuso rápidamente, diciendo:
--No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado.
--Si no me altero, ché--repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de
nuevo el tono de la voz exclamó;--¡sólo que no le voy a permitir a
Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!
--Yo soy incapaz de ofenderte--dijo Lorenzo en el mismo instante en que
entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero:
--Quiere venir un momento, don Melchor...
--¿Para qué?...
--Tengo que hablarlo; venga un momento...
--¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!...
Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para
él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás
de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo:
--Ahí está Anastasio... venga... Patroncito...
Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero
salió del comedor.
* * *
Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron
portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que
vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas
manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido
definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor.
Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a
todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu
se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos,
respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la
balanza sube, el otro baja.
La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había
contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había
iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la
estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su
madre cuando le decía: «tienes deberes a que «_antes_» no habrías
faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las
influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le
rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o
del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró
desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus
actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo
propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo
ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la
caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún
peón.
El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento
moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar
hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba
pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en
seguida como un luchador que se conquista un triunfo.
Sus reacciones eran fugaces; tenía a la mano los recursos para anularlas
y a ellos se acogía porque nunca le traicionaban ni le mentían, mientras
crecía en su espíritu el convencimiento de ser víctima de la
indiferencia y del egoísmo de todos los que deberían rodearle solícitos
para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y
energías que le habían robado, para concluir pensando: ya nadie se
interesa por mí... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les
incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser
aceptado... ¡nadie me escribe, siquiera., sino por forma!...
Y entretanto las cartas amantísimas de su madre eran contestadas de
tarde en tarde y en breves líneas, y las cartas apasionadas y sinceras
de su novia muchas veces las leía Ramona antes que él y las de sus
amigos no merecían en muchos casos más que una mirada de burla o de
encono...
Ninguna causa positiva justificó el descenso y la caída; pero había
prodigado su jovialidad ingénita hasta sentirse entristecido, y había
trasvasado sus altruismos hasta ponerse egoísta y había dilapidado sus
energías morales hasta caer exánime en la abyección y en el vicio.
De nada valían las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los
consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la
propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de
su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, había
caído, quizás para no levantarse más.
Cuando, transcurridos más de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron
regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesión de la salud
físico-moral que habían readquirido por la acción exclusiva y constante
de Melchor, éste les manifestó el propósito de quedarse en la estancia
«durante algunos días más».
--No te quedes, ¿para qué? vente con nosotros--le repetía Lorenzo.
--Tengo que hacer aquí.
--¡Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente
con nosotros y te vuelves después.
--Ahora no puedo, yo sé por qué lo digo.
--¡Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa están abatidos
por tu conducta... que tu padre está enfermo... que Clota tiene derecho
a exigirte que vayas... tú no puedes proceder así con esa niña.
--Ni ella tampoco conmigo.
--¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una
muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no
quisieras reconocer.
--Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte.
--¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener
que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.
--No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus
resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí...
acuérdate de las últimas cartas de tu casa.
--Yo las voy a contestar.
--Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu
oficina.
--¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir!
--Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.
--¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!...
--¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo.
--El viejo no tiene nada...
--Eso no lo sabes... Además, Clota...
--¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de
tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que
hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!...
Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había
levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la
servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas
interiores en una de las que entró dando un formidable portazo.
--Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.
--Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a
ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la
medida!...
Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien
encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero
sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.
--Baldomero--le dijo Lorenzo, intensamente agitado,--nosotros
necesitamos salir en seguida para el pueblo.
--¿Y... eso?...
--Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero
sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo.
--Pero... ¿qué, ha pasado algo?
--Lo que tenía que suceder, desgraciadamente.
Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que
empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba
sentado y roscándose la cabeza, dijo:
--¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor?
--No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro...
y nos ha echado.
--¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto?
--No, en su cuarto no está.
--No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo!
--Mande ensillar, primero.
--¡Qué se van a ir a esta hora y con «esta» calor! ya vuelvo... miren
qué trabajo--agregó alejándose.
* * * * *
* * * * *
--¿Dónde está don Melchor, Ramona?
--Yo no sé.
--...Hum... conque... no... sé... ¿eh?
--¡Oh!... Y si no sé... ¿qué quiere que le haga?... Andará por ahí...
--¿Por dónde?... ¡diga... le digo!
--¿Y no le digo que no sé...? Búsquelo.
--¿Qué hay conmigo?--dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en
su semblante y en sus gestos la profunda agitación que lo embargaba.
--Nada, don Melchor... yo quería hablarlo... ¿quiere que vamos para
allá?--repuso Baldomero señalando hacia la sala.
--¡Hable aquí, no más! ¿Qué hay?...
Baldomero dirigió a Ramona una mirada que era una indicación de
alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por
delante de él le dijo, en tono humilde y tímido:
--Me dice don Lorenzo que se van...
--¿Y...? ¡Qué se vayan!--contestó Melchor casi gritando.
--Yo pensaba que no se iban a ir todavía, don Melchor.
--¡Piense lo que le dé la gana! ¿Entiende?...
--Y también pensaba que soy merecedor de que usted no me trate así, don
Melchor.
--¡Pero qué pretende usted?... ¿Qué se ha figurado?--exclamó Melchor
parándose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante.
--Cálmese, don Melchor, si yo no le falto... yo sé respetar a la
gente... pero estos señores parece que se van a ir con mala impresión...
--¡Mejor para ellos!
--¿Por qué no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y...
¡mire que lo quieren a usted!...
--¡A mí!... a mí no me quiere nadie, ¿entiende?...
--¿Por qué dice eso?...
--¡Porque es así!... Yo he tenido muchos amigos cuando tenía qué dar,
¿sabe, Baldomero? ¡pero se acabaron esos tiempos!...
--¡Cómo se van a acabar, señor! ¡Si a usted lo quieren hasta los
chimangos!...
--¡Yo sé lo que digo, ¿entiende? y no me chupo el dedo... y sé que ni
uno de los que se llamaron amigos míos se acuerda de mí para nada!
--¿Sabe, don Melchor, que me está haciendo acordar al carancho que come
y grita al mismo tiempo?... porque, ¿dónde va a ir usted que no
encuentre amigos de verdad?
--¡Eso era antes!... y ya lo ve: hasta éstos me dejan.
--Porque usted los trató mal... don Melchor.
--¡Mienten!... Son ellos... que se empeñan en convencerme de que soy un
sinvergüenza y un miserable y qué sé yo...
--Les habrá entendido mal, don Melchor.
--Les entiendo perfectamente y sé adonde van... ¡Es el recurso de todos!
enojarse después del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho
de gratitud... ¡Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden
por nada... ¡Todos... todos son iguales!... ¡y el día en que le han
sacado el jugo... ¡canallas!... se resienten por cualquier pavada... y
lo cuerean sin ascos!...
--Cálmese, don Melchor; no hable así; estos señores son mozos bien...
¿quiere que los hable?...
--¡Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... ¡que se
vayan a hablar mal de mí, a otra parte!--repuso Melchor gritando como
para ser oído por todos y entró a su cuarto diciendo en voz alta:
--¡Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada.
* * *
--Don Lorenzo, el coche está ya...
--Vamos en seguida, Baldomero; háganos poner estas cosas en el break.
--Y diga, don Lorenzo, ¿por qué no le hablan a don Melchor?... puede que
cambie.
--Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos
ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!...
--¡Hágalo por los viejos!--dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que
quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.
--Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro
que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su
familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule
nuestra situación...
--¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para
tener que ver estas cosas!--dijo el noble Baldomero arrojando lejos un
bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:--¡Esto va a
matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya
formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!...
¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza
lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver
llorar a muchos hombres!...
--Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que
hagamos?...
--...¡Es una fatalidad!...
--Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina...
--¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el
viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí
va a ser su perdición...
En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto:
--¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino.
--¡Voy, don Melchor!--contestó y como si no hubiera oído la orden se
dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su
blusa por los ojos.
--Que me haga ensillar el zaino, le dije.
--¿Piensa salir con esta calor?
--Voy a acompañar a los muchachos que se van--contestó Melchor mientras,
sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de
montar.
--¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...--le preguntó
insinuantemente Baldomero.
--¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera
del bajo.
--A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos
días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla?
--No, Baldomero, déjelos que se vayan--respondió Melchor continuando en
la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de
espíritu,--ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya
están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y
se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de
Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron
enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe...
¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no
necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son
todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!...
--¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don
Melchor...! ¿por qué dice todo eso?
--¡Porque es verdad!
--Qué ha de ser, ¡señor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre
hay quienes lo quieren de veras, don Melchor.
--¡A mí?... ¡Bah!...
--¿Y los viejos?... ¿y las niñas?... ¡sus hermanas, don Melchor!
¡recuérdese de la «nena»!
Al oír esto Melchor que se ponía el «panamá» mirándose en el espejo del
ropero, dio vuelta rápidamente hacia Baldomero clavándole la vista como
en un reproche y cuando parecía que iba a prorrumpir en una amenaza dijo
como renunciando a ella y como para terminar con el diálogo:
--¿Mandó ensillar el zaino?
--...Voy... Sí, señor... voy... ¡cómo... ha... de... ser!...--contestó
Baldomero alejándose.
Momentos después el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie más que
él estuviera en la caballeriza, que parecía abandonada.