pasaba «adentro»; bajo el ombú grande estaba el break en cuyo estribo
trasero se había sentado Lorenzo que tenía la cabeza apoyada entre las
manos; en las gruesas raíces del ombú estaba sentado Hipólito y junto a
él, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo
de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo.
Casi no se advertía más movimiento que el piafar de los caballos y el
batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el
«_gué_»... «_gué_»... de alguna gallina que salía de los pastos en busca
de su nidal; ¡pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una
racha helada cruzaba por la estancia!...
En eso apareció por el camino del jardín que daba acceso a la
caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se
destacaban las ojeras negras y profundas. Vestía su traje predilecto y
en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrón...
--¿Ya están listos, muchachos?--preguntó amablemente, casi sonriendo.
--Sí, Melchor... ya estamos listos--le contestó Lorenzo, profundamente
abatido;--¿no tienes nada que mandar?
--Nada, ché... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le
voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días...
--¿Cuándo?... más o menos.
--¡Hombre!... Cuando me desocupe.
--¿Tienes algún trabajo que realizar?...
--El que correspondería al mayordomo... un establecimiento como éste...
aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo.
--¿Y Baldomero?...
--Por ahí andará--dijo Melchor como si contestara a la pregunta,
dirigiéndose hacia su zaino y agregó:--cuando quieran.
Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al
disponerse a hacerlo con Melchor, éste les dijo:
--Los voy a acompañar.
--¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor!
Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente
las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos,
hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo
a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían
despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo
contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse
junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en
silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir
sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos
viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda
recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y
sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la
despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a
los dos desde el primer instante.
--¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho
por nosotros--le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por
Melchor,--y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.
--Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien.
--Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has
hecho por mí.
--¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada.
--Si quieres--dijo Lorenzo,--encárgame algo para tu casa.
--Les das recuerdos.
--O para Clota.
--«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de
unos días»--volvió a repetir Melchor.
--¡Cuanto antes, Melchor!--le dijo Lorenzo bajo la presión de una
emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.--¡Cuánto antes!... tú no
debes quedarte aquí.
--Y me quedo.
--Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos
contigo mañana o pasado... ¿Quieres?...
--No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo.
--¡Cómo ha de ser!--exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y
agregó:--yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos
días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o
allá...
--¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!...
* * * * *
* * * * *
¡«Jiú»!, moduló Hipólito y el coche partió a todo trote, como si una
fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al través de lágrimas
silenciosas vio Lorenzo que Melchor había bajado del caballo para cerrar
la tranquera, en la que apoyó luego los brazos cruzados, y bajo un sol
de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por
vicio, las matas de pasto que el freno le permitía morder...
FIN