caballeriza... ¿qué mal pueden hacer?... ¡Llueve tan feo!...
--¡Como han venido, que se vayan!
--No hagas eso, Melchor.
--¡Pero! ¿qué es lo que hay?--repitió Ricardo.
--Dos gringos, ché--le contestó Melchor,--dos bribones... que quieren
pasar aquí la noche.
--¿Y...? déjalos...
--¡Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hágalos salir del campo.
--¿De «verdá», don Melchor...?
--¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?...
--Déjalos, ¡infelices!--insistió Lorenzo.
--¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!...
--Está bien, don Melchor--dijo Baldomero dirigiéndose hacia la
caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la
luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.
--¡Baldomero!--gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta
recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,--¡que los
acompañe Hipólito hasta la tranquera!
--Está bien, señor--se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos
después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla
aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo,
mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y
tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta...
* * *
--¡Así!...--decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo
placenteramente,--¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace
que no va a faltar nadie!...
--¿Y vendrán muchachas?--preguntó Lorenzo.
--¡Como gato al bofe!... señor. ¿En habiendo bailable?... ¡ni qué
hablar! ¡Y más cuando han sabido que es por festejar el santo de don
Melchor y qué habrá carneada... y carreras! ¡Viera don Lorenzo, cómo
abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar
«veinte» de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... ¡Si se me
hace que hasta de a pie la corrían!
--¿Avisó al comisario, Baldomero?
--Hoy de mañana le hablé, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y
que no faltaría.
--Yo creo--dijo Ricardo,--que para un «fieston» como el que preparan
deberías invitar a don Casiano... quizás viniera.
--¡Anda tú!... Vas mañana... y te lo traes el domingo.
--¿En serio?... ¿Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre?
--¡Por indicación tuya!... ¡pero no le digas que se trata de mi
cumpleaños, porque lo pondrías en el compromiso de regalarme algo y no
sea el diablo que me regalara... la «Pampita»!
--¡No seas bárbaro!... Bueno: ¿voy?
--Como te parezca... lo que es por mí...
--Convenido; ¿me hará preparar caballo, Baldomero?
--¿Cómo no, señor, si usted dispone?
--¿Y me acompañará Juancito?
--¡Sí, hombre!, te acompañará Juancito... y llevará el «tostado» ¡que es
de «anca»!... por si hay que traer a la «Pampita».
--Te ha dado fuerte con la «Pampita»...
--¡Más fuerte te ha dado a ti!
--¿Y qué camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro
con Anastasio?
--Juancito le dirá, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gómez,
¿sabe don Melchor? que no es una vuelta grande.
--¡Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no
encontrarme con Anastasio.
--Qué, ¿le tiene tanto miedo?
--Miedo, no, Baldomero; ¿pero a qué comprometerme?
--¡Cuando ya estás comprometido con la «Pampita»!--dijo Melchor,
sonriendo.
--¡Dale con la «Pampita»...! casi estoy por creer que te acuerdas más de
ella que de Clota...
Melchor, que acababa con el mate que tenía en la mano, se lo dio a
Ramona, diciéndole:
--No me dé más.
La conversación continuó anticipando comentarios sobre las fiestas
proyectadas para festejar el cumpleaños de Melchor, postergado hasta el
domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, según
Baldomero, merecía.
--Al fin son dos días, no más, mientras que mañana no podrían venir
muchos--decía éste.
--Lo que a mí me interesa más es el baile--dijo Lorenzo,--porque nunca
he visto un «pericón», ni un «gato», ni nada de eso.
--Pues saldrá de la «curiosidá», don Lorenzo.
Baldomero se interrumpió de pronto, poniéndose de pie y mirando a la
distancia atentamente en forma que despertó la curiosidad de todos, que
se levantaron también preguntándole:
--¿Qué mira?...
--...Allá... Si no me engaño... viene un coche... y viene para acá...
--¿Dónde?
--...Allá... bajando la loma... ¿ve?... derechito a la tranquera...
--¡Es cierto!--dijo Lorenzo.--Ahora lo veo perfectamente.
--Y yo también--dijo Ricardo,--podríamos ir a salirle al encuentro; ¿qué
les parece?
--Vamos, la tarde está fresca.
--¡No ve! Don Melchor: ahí endereza a la tranquera, ¿quién será?...
--Ahora lo sabremos, vamos.
El grupo se dirigió al encuentro del coche que visiblemente se dirigía a
la «Celia».
--Viene del pueblo, don Melchor... de la cochería de Gaspar, ¿sabe?... y
viene con una persona...--dijo Baldomero.
--¿Quién será?
--Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar
el día de mañana contigo.
--¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso!
--¿Y por qué no?...
--Porque no...
El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al
grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de
pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su
sombrero.
--¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...--dijo Lorenzo y agregó con viva
satisfacción:--¡qué bueno!
Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que
descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo,
casi como un padre:
--¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?...
--Perfectamente, Rufino, ¿y por allá?
--Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don
Ricardo?...
Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron
orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos,
regresaron a pie en dirección a las casas.
--Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para
que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor--cosa que estuviera
aquí mañana, ¿no?--y que le trajese noticias de casa que están todos
buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo,
que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus
noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña.
--Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo.
--¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la
ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí....
El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor.
--¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese
enfermo de cuidado...
--Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también.
--¿Ha estado en cama muchos días?...
--Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos
porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado.
--Y diga, amigo--le preguntó Baldomero,--¿ya está bien el viejo?
--Bien del todo, no, señor; pero está mejor... eso sí... y cuidándose no
ha de suceder nada... ¿y sabe la novedad, niño?--agregó dirigiéndose a
Lorenzo,--que la niña Sofía está pedida y según me dijo la señora que le
dijera, que parece que para mayo o junio.
--Sí, Rufino, Sofía me escribió dándome la noticia.
--Las niñas no hablan de otra, cosa, niño, y todos los días se llenan
de amigas que la felicitan ¡y es un ir a las tiendas!... ¡Mire que da
trabajo un casamiento!...
--¡Cuénteselo a don Ricardo, amigo!--dijo Baldomero riéndose.
--¿Y por qué a mí?... Más cerca lo tiene a Melchor.
--Ahora que me hace acordar: me dijo la señora, don Melchor, que le
dijera que la niña Clota los acompañó sin descanso en los días que el
señor estaba peor.
--Pero... ¿qué ha estado mal el viejo?--le preguntó Melchor.
--Sí, señor... al principio no estuvo muy bien, ¿no le decía?... pero ya
va mejor.
El grupo se dirigió a la caballeriza de donde regresó a las piezas
interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que
aquél era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala.
Rufino entregó a Lorenzo algunas cosas diciéndole:
--Esto le manda la señora, niño, y esta carta--y dirigiéndose a Melchor
agregó:--Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas
que me dieron y a más... espérese, don Melchor, aquí le traigo... pero,
¿dónde lo he puesto?--repetía buscando en los bolsillos interiores
afanosamente,--¡ah!... aquí está... esto que le mandaba la niña Clota...
Melchor, que se había dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y
las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entregó un pequeño estuche que
hizo exclamar a todos:
--¡A ver!... ¡A ver!...
Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi
displicentemente, desató el pequeño estuche que abrió y, sin detenerse a
contemplarlo, lo mostró a Lorenzo y Ricardo que exclamaron:
--¡Qué maravilla!...
--¡Qué buen gusto!...
La caballeriza, barrida y regada prolijamente, había sido desalojada de
cuanto podía disminuir su capacidad de salón de baile, dispuesto con
bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro
farolitos chinescos colgantes del techo y guías de sauces adornando los
pilares del frente.
En el monte de durazneros se había dispuesto lo necesario para el
almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas,
cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo
la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de
gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador
de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de
oro; gran «panamá» con ancha cinta de colores; y por detrás, debajo de
la blusa asomaba el caño bruñido de un revólver.
En los palenques no cabía ni un caballo más y bajo los ombúes estaban
los carros en que habían llegado las familias invitadas que se
diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre
el esplendor de aquella fiesta excepcional.
El paisanaje se había reunido en la «cancha» improvisada donde se medía
las distancias a correr y en cuyas inmediaciones «se caminaban» del
cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor
aspecto presentaban.
--¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!--gritó Melchor
desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió
hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que
los muchachos paseaban a morral:
--¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el
«malacara»...
--Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye.
--¡Quién dice que juega al «ruano»?
--¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal»
pasto!...
--Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que
va, ¡si es que recula!
--No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él--dijo don
Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un
peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que
al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las
rodillas.
Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de
ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la
cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar
vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:--No se
mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...
Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más
ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que
caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez.
--¡A ver--gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,--si
echan reses a la playa!
En diversos y pintorescos grupos se realizó el almuerzo presidido por la
mesa dispuesta para Melchor que sentó a ella a los convidados más
representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y
dos muchachas hijas de un colono alemán a las que puso a su lado, al
mismo tiempo que decía al hermano de ellas que las había acompañado:
--Usted no cabe aquí, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomódese por
allí...
Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas
a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono
confidencial:
--Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita...
--¡Oj!... mi «guérmana» no «está» para un señor así.
--Pero usted sí... para eso y mucho más...
La muchacha ingenua y sencilla se puso más roja de lo que era: por
primera vez, en su vida, sintió en los oídos el palpitar acelerado y
martillante de su propio corazón y, como en un desvanecimiento extraño,
tuvo la visión fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un
carruaje esperase a su dueña...
Melchor lo comprendió y cuando se disponía a insinuarse en el lenguaje
agresivo y mudo de una pasión fingida llamó su atención, y la de todos,
el viejo Montero, que alzándose a la distancia le gritó:
--¡Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la «salú» de su futura, la niña
Clota, que nos dice Hipólito...
Y el viejo que tenía en frente al cochero de la estancia levantaba en
alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos
vueltos hacia abajo.
--¡Por la niña Clota!...
--¡Por la futura del patrón!...--gritaron en coro todos, cuando llegó
Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo:
--Se avista a don Ricardo que viene con Juancito--y regresó a las piezas
de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su
patrón tenía al lado.
Momentos antes de terminar el almuerzo llegó Ricardo que, al encontrarse
con Melchor; lo abrazó efusivamente:
--¡Que los cumplas muy felices!
--¿Cómo te fue?...
--¡Perfectamente!...
--¿No te dije?...
--...hasta donde es posible--agregó Ricardo tomando asiento donde no
había cabido el hermano de las rubias.
Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y
payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras
los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con éste a la sala para
oír a Ricardo en el piano.
A los acordes de éste la gente empezó a reunirse en el corredor donde se
hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras
Melchor atendía a todos, como dueño de casa, haciendo servir algunas
botellas de sidra espumante.
Llegó luego la hora de las carreras que debían empezar por la del premio
ofrecido por Lorenzo y en la que tomarían parte cinco caballos.
La carrera debía ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al
comisario Maidagan, pero aquél no sospechó la laboriosa operación en que
se había comprometido, pues cada vez que calculó poder bajar la señal de
la partida debió desistir, porque el «overo» hacía punta, o el «ruano»
se quedaba atrás, o el «rosillo» se anticipaba, o el «malacara» se
volvía, o el «gateao» permanecía firme en la raya.
Entre la línea fijada a los caballos y la de la partida definitiva,
ocupada por Lorenzo, había unos treinta metros que aquéllos recorrieron
treinta veces, sin presentarse en línea, hasta que por fin Lorenzo les
dijo:
--Bueno, amigos, va la última: voy a largar... ¡y el que se quede atrás
que se quede!
Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en
irreprochable formación; bajó la señal; sonaron los rebenques y el lote
partió, levantando tras sí como la cortina de polvo de un automóvil en
marcha.
Todo el paisanaje se lanzó a escape tras los competidores entre los que
desde el «pique» hizo «punta» el «malacara» montado por Juancito--el
peón de la caballeriza solicitado al efecto por su dueño con la promesa
de darle dos pesos si ganaba la carrera.--Llegó segundo el «rosillo»
montado por su dueño, Lucas Bando, que había tomado varias «paradas»
dando «fila» con su cacaballo y que al bajar de éste dijo a gritos:
--¡Meten un caballo de sangre y así qué gracia!... Con un animal de la
estancia... ¡«Pchá» que son vivos!...
Melchor, que montaba el «zaino» y que había bebido más de lo habitual
por estimular a sus invitados, al oír a Bando, picó su caballo y
poniéndosele al lado le dijo:
--¡Avisa si querés que estrene este arreador!
--¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese
caballo por criollo, entonces?...
--Porque es criollo, ¿entendés «guacho»?
--Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...
--¡Pero qué te has pensado, canalla!--dijo Melchor haciendo girar el
cinturón como para sacar el revólver.
Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó
en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien
Maidagan tomó del brazo diciéndole:
--¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...--al mismo
tiempo que decía a Bando:--¡Monte y retírese, amigo!
--¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo!
--Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido--repuso
Bando;--para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo...
Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la
caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron,
poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron
al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones,
y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se
alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo».
* * *
En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la
cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la
recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.
Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al
viejo Montero que aceptó el cargo diciendo:
--¡La primera pieza «pal» patrón!...
La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una
habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos,
abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados
descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y,
parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó
un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la
ejecución de la habanera, le dijo;
--Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a
iniciar el baile.
La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía
salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que
continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha
apretaba fuertemente con la izquierda.
Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación
que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de
otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de
fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban,
entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un
trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente
y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin
palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso
galán.
Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en
las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas,
prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja
y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia
arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un
semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó
como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los
dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y
mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan
unido a ella
«Que sus dos almas en una acaso se misturaron».
--¡Quiébrela, niño...!--dijo una voz que partió del grupo de paisanos,
hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible...
La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con
especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos seguía ansioso y
lívido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes.
Cuando el acordeón, como una isoca que se encoge, se replegó ondulante
emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las
cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel
«cinturón ardiente» se corrió por la cintura como una culebra que se
desliza, y Melchor se inclinó en una graciosa reverencia sobre la
rubia, el hermano de ésta avanzó resueltamente y sin calcular la
impresión que provocaba en todos, la tomó del brazo diciéndole que era
hora de retirarse, al mismo tiempo que hacía una seña a la otra hermana
sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo.
Fue inútil cuanto se hizo por modificar la resolución que arrancaba del
baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un
alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenían el color,
la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros.
--...¡Cretino!... ¡Imbécil!...--repetía Melchor contemplando a las dos
muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y
ancho del colono.
--¡Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que está en el balde!
--No bebas más, Melchor...
--Déjate de pavadas, Lorenzo; tengo sed.
--Toma limonada.
--¡Pero qué afán de darme consejos!... ¡Caramba!... Deme la cerveza,
Rufino.
--Don Lorenzo--exclamó Baldomero desde la caballeriza,--aquí le han
hecho un pericón... Usted que quería verlo. ¡Venga!...
Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y
monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!...
¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los
bailarines, como en las cadenas de los lanceros.
Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba:
--¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de
palo!...
Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz
de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente,
proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella
operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos
fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala
delantera.
Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una
pareja que conversaba íntimamente.
--¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan?
--«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen.
--¡A ver!... Déjenme sentar a mí también--les dijo Melchor,--quiero
verles las caras.
La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano;
pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y
su compañera:
--No, yo en el medio.
En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una
«mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera:
--Acompáñeme, que ahí tocan.
La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su
compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía:
--Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...--pero no volvió a
verlos aquella tarde.
El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los
convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas
vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí
sólo marchaba a la querencia.
Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de
Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras
Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le
preparaba Ramona.
--Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va
mal--decía Rufino,--y diga que don Baldomero no le pierde pisada...
--En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta
gente, Rufino.
--Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y
cómo lo quiere este hombre!...
--¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?--repuso Lorenzo.
--Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que
de no que le hable al patrón.
--No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de
repetirse.