--Pues en cuanto bajé del caballo vi aparecer al «ñato», a otro

individuo que parecía peón, a una señora de buen aspecto y alguien

más... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron

en seguida, en momentos en que la «Pampita» me tendía la mano y me

saludaba como a un viejo amigo, ofreciéndome asiento. Después supe que

aquella señora era su maestra de labores y que pasa una temporada con

ella. Le pregunté por su padre: «Está en el pueblo», me contestó,

agregando: «Quizá venga antes de comer; ¿quiere hablar con él?» «Sí...

y... no... señorita», le repuse. Ella me miró fijamente un instante y

girando sobre sí misma tomó del asiento que ocupaba el libro que había

estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana

próxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabría descifrar el enigma

planteado con mi contestación. «Quizá» le contesté «fuera indiscreto

aclararlo sin su permiso.» «¿Y necesita usted de mi autorización para

hablar?», me preguntó riéndose. «No se ría usted» le dije, «porque acaso

hubiéramos de hablar de cosas serias... muy serias». «Vea, usted...

señor... a mí me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser

una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar

a tata y hablan de «cosas serias», yo me entretengo mucho más que con

las conversaciones de mis amigas... ¿qué raro, eh?» «En un espíritu

selecto como el de usted» le respondí, «eso se explica; pero,

desgraciadamente, mi conversación no tendrá aquel carácter, y permítame

que insista en pedirle su permiso para hablarle de las «cosas serias» a

que me he referido.» ¿Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me

preguntó con una ingenuidad insuperable: «¿Usted va a comer con

nosotros?» Yo me quedé como aturdido y sólo atiné a decirle: «Creo que

usted no está segura de que su señor padre venga a comer...» «Por eso le

pregunto» me contestó, «para mandarlo buscar.» «Pues bien», le dije, en

una forma que no pude reprimir, «de usted depende que acepte su

inestimable invitación o que me retire inmediatamente, y acaso para

siempre». Yo había visto a la Pampita sonriente, amable, bromista,

seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: ¿te

acuerdas, Lorenzo? Pero yo no había imaginado ver aquella divina

expresión de dignidad reposada y grave con que habló conmigo desde ese

instante para decirme después y reiteradamente: «Yo tengo que

agradecerle de veras, señor, el honor que usted me dispensa, pero que,

aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca,

no podría aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis

deberes de hija: yo me debo a mi padre, señor, y sería una criminal--yo

lo entiendo así, perdóneme--si lo abandonara en sus últimos años». «¿Ni

con el asentimiento de él?» le pregunté, y me contestó: «Ni con el

asentimiento de él... que me lo daría, estoy segura, si creyera que

podría hacerme más feliz...--pero que yo tendría que juzgar en su

verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por mí y que yo

no podría imponer ni aceptar».

--¡No le decía!... don Ricardo... ¡si esa muchacha es tremenda!... Y

diga que usted iba con buenas intenciones...

--¿Y al fin?--dijo Melchor,--¿a qué arribaron?

--¡A nada!... A la noche volví y hablé con don Casiano largamente; le

expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo

que tendré con el tiempo en punto a recursos: llegué a decirle que

liquidaría todo y me vendría a establecer aquí; el buen viejo me trató

con toda consideración; pero diciéndome invariablemente: «Vea, señor, lo

que ella resuelva, estará bien... ¿qué quiere que yo me ponga a

contrariarla?... háblele usted, no más... y si es por visitarla, puede

venir cuando quiera». Así lo hice; el martes, casi pasé el día allí;

comí con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volví ayer...

hemos estado horas y horas solos; pero la última palabra de la Pampita

al despedirme fue la primera: «Me debo a mi padre y no lo abandonaré en

sus últimos años». «¿Me permite usted que la frecuente?» le dije

teniéndole la mano tomada. «Siempre me será grata su visita», me

contestó, y cuando salí por la tranquera para venirme, la vi en el

corredor; la saludé con el sombrero y ella me contestó con la mano. Me

vine y... aquí estoy.»

--Mi opinión, Ricardo, es que tú nos cuentas la mitad de la jornada;

pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido.

--No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, ¿y

concluido?... ¿por qué?...

--Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habría dicho o te

lo habría hecho saber por don Casiano.

--Es claro que no les he repetido sílaba por sílaba cuanto hemos

hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte años,

durante ellos la Pampita se conservará igual.

--¡Qué se va a conservar!... ¡no seas ingenuo!... mantiene una actitud

simpática, porque es inteligentísima, para hacerse más interesante, pero

ha comprendido que tú eres un gran partido y no lo perderá.

--Haces mal en hablar así... la Pampita es incapaz de una coquetería, ni

de una farsa: me ha revelado un propósito firme y sincero, que nada ni

nadie hará modificar.

--Bueno; no te resientas.

--¡Si no me resiento!

--Haces una defensa que lo parece.

--Es que tú pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera.

--No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo;

creo que es una mujer, y nada más; y así, la juzgo como a todas...

igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas,

amables, sencillas, modestas, etcétera... preparándose a formar el otro

grupo, ¡el antitético!

--La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se

conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificará ni por mí ni

por nadie.

--Vuelve mañana; insiste; plantea un dilema de términos extremos, y ya

verás... ¡La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas!

--¡Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero sé

perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como tú dices, se

mantendría en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podré ir

veinte, cien veces, y siempre me diría lo mismo.

--¡Quién sabe! Ricardo, insiste y allá veremos.

--Este no es asunto que se gane con la insistencia, ¿no es verdad,

Baldomero?... usted que la conoce bien.

--Así es, sí, señor; pero lo que usted cuenta, ¿sabe? ya es un adelanto

y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que

«cuantos más chicharrones más grasa sale...»--contestó Baldomero

provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo.

--En fin--dijo Lorenzo,--yo pienso como Melchor: ¡ésta es campaña

ganada, Ricardo!... ¡Y tanto que si quieres acompañarnos a una siestita,

podrás dormir sobre tus laureles!... ¿eh?...

--¡Qué va a dormir, Ricardo!... No está para eso.

--¿Que no, Melchor? dormiré a pierna suelta, buena falta me hace.

--Y a todo esto, Ricardo, ¿cuál es el síntoma de salud moral a que te

referiste?

--¡Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, ¡y eso que

esta vez va como nunca!, yo me conformaría pensando...

--¡Con los colores complementarios!--le interrumpió Melchor.

--No, ché, pensando en lo que tú nos decías en el tren, ¿te acuerdas?

«el mundo está lleno de Clotas».

* * *

--¿Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han traído?

--Bueno, ¿ustedes se animan?

--No, ché, yo voy a quedarme para escribir a casa.

--Y yo también; ya te dije.

--Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace días. ¿Qué le

parece que fuéramos mañana a ver la hacienda?

--Mejor que escriba mañana, don Melchor; de todos modos Hipólito saldrá

tarde... y siempre tendrá tiempo... también puede escribir luego, a la

noche, ¿no le parece?

--¡Estoy tan cansado!...

--¿De qué, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada...

--He andado tanto estos días... y he dormido poco en las últimas noches.

--¡Tu receta, Melchor, acuérdate!--intercedió Ricardo,--contra el

cansancio, el ejercicio.

--Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga,

porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de

sangre.

--Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar?

--¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?...

--No; hágame ensillar el _Platero_... con recado, ¡eh!--repuso Melchor

dirigiéndose a su dormitorio.

Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate

y comentando el deseo de Melchor de montar al _Platero_, redomón que lo

era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se

cumplían al pie de la letra y momentos después el _Platero_ ensillado

giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en

que había sido atado.

Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra

ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color

plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían

sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque,

trenzado, con virolas de plata.

--¿Qué tal?--preguntó al presentarse.

--¡Pareces un gaucho de verdad!

--A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de

hombre de campo--dijo Lorenzo.

--Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?...

--¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu

condición.

En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un

perfumado pañuelo de manos, diciéndole:

--Tanto pedírmelo y se iba sin él.

--Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero?

--...Cuando... quiera... don Melchor--dijo Baldomero, que se había

quedado contemplando a Ramona.

Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde

Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al _Platero_, mientras lo

tenía sujeto por una oreja.

--Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito!

--¿Por qué, Baldomero?

--Para pechárselo, si es caso--repuso éste al montar en su «azulejo»,

agregando:--Monte ahora, don Melchor.

Este había puesto el pie en el estribo, pero el _Platero_ giraba sin

cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor

aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se

tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar

algunos pasos en las patas traseras.

--¡Y que te me ibas!... ¡maula!...--gritó Melchor afirmándose en el

recado y dando un formidable rebencazo al _Platero_, que arqueándose

agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo

cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el

alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y

oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor:

--¡No lo castigue!--y los dos caballos partieron pujando como en una

carrera que hubiese de darse «puesta».

--Cualquier día van a costarle caras estas gracias--dijo Lorenzo,

contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las

puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el _Platero_

producía.

--¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!--se aventuró a

decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza

realizada por su patrón.

--Él mandó... por eso lo ensillé--dijo Hipólito, contestando a Lorenzo,

como si considerara que le alcanzaba el reproche.

--Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una

desgracia todos vamos a ser culpables.

--Mientras esté don Baldomero no ha de ser.

--Dios lo quiera--repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el

escritorio, en el que se disponían a escribir.

Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo,

golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera

empaparla mejor:

--¿Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupación?

--Yo tengo la misma.

--¿Cuál?

--Melchor.

--¿Cómo has adivinado?

--No podía ser otra.

--¿Y en qué consiste la tuya?

--En el cambio radical que se está operando y acentuando en él.

--¡Has visto!...

--Hace ya muchos días que lo observo, y hasta me ha parecido más de una

vez que se excedía en la mesa.

--De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto

muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor.

--¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa?

--Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come

demasiado.

--...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio

alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después...

tiene un montón de cartas sin contestar...

--Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie

lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben,

¡qué sé yo!

--A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me

resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es

un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta.

--A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va

en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento

moral en que nosotros estábamos.

--Y de que él nos sacó...

--Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser

combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo

propio.

--En él debe haber una causa también.

--¡Vaya uno a buscarla!... ¡bah!... ¿y quién nos dice que todas las

amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al

deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ahí su estado

actual...?

--¿Por qué pensar eso?...

--Digo no más... porque veo que él cambia por instantes... y no para

mejorar... y además yo no encuentro la causa de este cambio, que a mí me

parece de muy mal aspecto...

--Sí... realmente... pero... ¡en fin!... yo me encuentro perplejo, no sé

qué partido tomar...

--Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a él le

gusta la vida que está haciendo, ¡que la haga!

--Tal vez pudiéramos influir en algún sentido... quizá volviéndonos a

Buenos Aires.

--¡Ya estás pensando en eso!...

--Tú podrías quedarte, desde que tienes un interés; pero yo me iría con

él.

--Y crees que Melchor acepte el regreso ya... ¡No creas!

--¿Y por qué no?

--¿Pero no has observado que él lo pasa «ahora» muy bien?...

--...Algo me ha parecido notar...

--¡Sí, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche.

Creo que él piensa hablarle...

--...¡Qué colmo sería!...

Entretanto el _Platero_ había disminuido sus impulsos y galopaba

tranquilo como un caballo definitivamente domado.

--Sujetemos, don Melchor.

--Sujetemos--contestó éste poniendo su caballo al paso. Así siguieron

contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas «a

rajarlas con la uña».

--¿Qué año excepcional, eh?

--Así es, don Melchor, para las siembras y la hacienda.

--A eso me refiero.

--Yo también...

--¿Por qué me lo dice en ese tono?

--Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite...

¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?...

--Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí...

--Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón

llegase a venir...

--¿El qué?... ¡Hable claro!

--Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien...

y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo...

pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los

enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.

--Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me

entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.

--No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con

usted...

--¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo

cartas a cuantos imbéciles me escriben...

--No es eso... no... don Melchor...

--...y que se espantan porque tomo vino en la mesa.

--Tampoco... don Melchor...

--...como si pudiera hacerme mal.

--¿Quién va a decir eso?...

--...porque ahora tomo y antes no tomaba... ¡bah!...

--No es eso... don...

--¡Bueno, Baldomero! ¡ya basta!... ¿me entiende?... No me venga usted

con pavadas que no voy a atender--exclamó Melchor vehementemente.

--No le hablaré entonces, don Melchor.

--¡Sí, es lo más discreto! ¡y basta!

--...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... señor...

no... son... pa... va... das...--repetía Baldomero, como hablando

consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que duró

la jira hasta que Melchor dijo:

--¿Volvamos?...

--Volvamos... don Melchor.

* * *

--Hoy es el día de más calor que hemos tenido, ¿no te parece?...

--El termómetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados.

--¡Cómo estarán en Buenos Aires, ché, Melchor!

--Ya ves... y tú decías que es preferible vivir allá.

--Con todo, ché: los ventiladores... los baños... los helados...

--En cambio aquí refresca a las tardes, y las noches son siempre

soportables, cuando menos.

--¿Lloverá hoy?--preguntó Ricardo.

--¡Sin duda!--dijo Melchor,--el barómetro marca ya 755

milímetros--agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde

acababan de almorzar.

--¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero!

--Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la

«Pampita»... y hacer méritos...

--¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino.

Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre

los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de

capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con

perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y

los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que

los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban

repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas.

Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar

de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta

ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos

a secar.

En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor,

los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos

que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo

inerrable de los animales sedientos.

Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros

echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de

sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando

la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra

que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando

algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se

levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia

el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de

nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno.

De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada

al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo

respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y

tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres

circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del

corral.

En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando

vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que,

del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba

veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse

como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre

en que dormía un peón, repetir allí su trinar aleteado y volar a un

tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un

pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando

a todos los rumbos y partir, de pronto, en línea recta hacia la glorieta

del jardín.

A ratos se oía el «meee» tembloroso de algún corderito afligido; el

silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada

burlona de los «pirinchos» y el trueno retumbante y sordo de una gran

tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes

cansados.

A medida que el sol declinaba, ascendía la tormenta pesada y amenazante,

hasta que llegó un momento en que tomó vuelo, avanzó resueltamente sobre

el sol enviándole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras

el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se

disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, partía el

repentino fogonazo de un relámpago cuya luz se mostraba por grandes

claros en las sombras del suelo--a la manera de los que se abren en los

camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja

sobre ellos una piedra.

De pronto cruzó una ráfaga de aire fresco que se aceleró por instantes,

intensificándose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas,

levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun

torcer las copas de los mismos ombúes, gruesos y anchos, como una

satisfacción sanchesca.

Las palomas salieron del sopor en que habían dormitado, lanzándose en

dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que

evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en línea, de

combate por rumbos contrarios.

De pronto también las copas de los árboles volvieron a su posición

recta; el polvo quedó en suspensión descendiendo, lentamente, sobre el

suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de

aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brilló de

nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta había

pasado en su colosal ruta parabólica, rumbo al poniente, donde pareció

detenerse, como a esperar al sol.

Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendiéndose el

tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta:

--¡Ah!... ¡canalla!... no quisiste descargar... ¡Si la seca se afirma...

yo no sé qué va a ser!...

Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus

obedeciera a su voz, empezó a moverse hacia el sud, siguiendo la línea

del horizonte lentamente, casi agazapándose, como si quisiera realizar

un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras

éste seguía en su aparente caída diurna.

Al llenar el cuadrante que recorría, la tormenta desplegó sus avanzadas

hacia el cénit desarrollándose en toda su amplitud, y, a medida que el

sol descendía a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del

cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde.

Cuando el sol se hundía, como una enorme elipse roja, tras las capas

atmosféricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa,

solemne, triunfal, descargó sus primeras gotas que, amplias y gruesas,

golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de

polvo finísimo.

Sin relámpagos, sin truenos, la lluvia se hacía más copiosa cada vez,

hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorbía

sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeñas

corrientes que seguían el desnivel del piso como arroyos y ríos vistos

desde gran altura y mientras el formidable aguacero caía como una

colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las

movedizas «ratoncitas» trinaban en los tirantes de los aleros como

diciendo acongojadas: ¡qué va a ser de nosotras!...

La lluvia continuó sin interrupción alegrando y reviviendo todo y cuando

los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oyó

ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera.

--¿Qué sucede, José?--preguntó Melchor al sirviente que ponía la sopa en

la mesa.

--Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver.

Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el

ruido continuado de la lluvia sólo pudieron percibir los gritos de

Hipólito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de

sus piezas se dirigía a la caballeriza preguntando en voz alta:

--¿Qué hay?...

Momentos después se presentó Baldomero, de cuyo poncho se escurría el

agua por las puntas y dirigiéndose a Melchor le dijo:

--Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; ¡pero

cómo llueve!...

--Pobres infelices--dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo

incorporándose al grupo preguntaba:

--¿Qué es lo que hay?

--Vea, Baldomero, dígales que esto no es posada.

--¡Qué?... ¿Los vas a echar, Melchor?...

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