el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... ¡y en
todos los grados de la civilización!... ¡Pensar que aquí estaban las
tolderías de los indios, y que hoy no hay en todo el país ni un solo
indio salvaje!
--¡Y después nos quejamos!--interrumpió Melchor.
--Así es.
--¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...--insistió Melchor
socarronamente.
--¿Por qué?--preguntaron Lorenzo y Ricardo.
--¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»!
--Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo
de alcanzar un mayor grado de progreso.
--¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más
ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no--decía
Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz
particular intención,--no... me refiero a cierto caballeros, que yo
conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo
necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que...
--¡Ya saliste con tu eterno tema!--le interrumpió Ricardo.
--¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que
siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren
desgraciados.
--«Todo es según el color del cristal con que se mira»--le respondió
Ricardo.
--Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de
cristales rosados?
--Tú, dispones.
--¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis
cristales?--insistió Melchor, riéndose cariñosamente.
--Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá
viéndose negro.
--Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo
tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas!
saco el que me conviene.
--¡Es una suerte!--dijo Ricardo.--Pero a mí no me sirven de gran cosa
tus cristales...
--¡Qué! ¿Eres daltónico?
--Tal vez...
--¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi
diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...--exclamó Melchor, riendo con toda
su risa franca y contagiosa.
--¿Y usted considera, señor médico--le preguntó Lorenzo, en tono por
excepción solemne y bromista al par--que nuestro «mal» sea curable?
--Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo
garantizo porque han de saber ustedes que ustedes también tienen la
colección de cristales que yo tengo.
--¿Nosotros?
--¡Sí, señor... ustedes!--y agregó ahuecando la voz:--Para el daltonismo
moral, la imaginación tiene colores complementarios.
--Quizá no dices un disparate--dijo Lorenzo.
--¿Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el
insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces
toma de su imaginación un color complementario... un color «sin
vergüenza», por ejemplo, y en seguida no más «ve» que el insultador es
despreciable, y... ¡lo desprecia!
--¡Está gracioso!...
--¿Otro ejemplo? ¡Nada convence tanto como la ejemplificación!... Un
caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que
la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginación el color
complementario que se necesita, color... «indiferencia»... o mejor aún:
color... «reciprocidad», y al instante «verá» que él tampoco la
quiere--y Melchor terminó con una vibrante carcajada.
--¿Y si no se trata de un daltónico?
--¡Bah... bah... bah!... ¡No seas tan ingenuo, Ricardo! ¡Si en lo moral
todos somos daltónicos! ¡Y todo el talento consiste en saber emplear los
colores complementarios! Convéncete: todos somos daltónicos.
--De manera que, según tu teoría, el amor...
--¿El amor?--le interrumpió vehementemente Melchor, y riéndose al mismo
tiempo que hablaba, le dijo:--¿el amor?... ¡qué gracioso!... ¿el
amor?... ¡daltonismo puro!
* * *
--Va a ser la una--dijo Lorenzo mirando su reloj,--me está dando sueño.
--Es la digestión.
--¡No, señor!--interrumpió Melchor.--No es la digestión... ¿qué sabes
tú?... Si fuera la digestión, sentiría siempre el mismo sueño después de
comer; ¡es el aire!... es un efecto de oxigenación... es ya la obra del
ambiente puro del campo.
--Tal vez tienes razón; pero me siento como si hubiera tomado alcohol.
--Exactamente... eso es... una especie de...
--Borrachera sin vino--dijo Ricardo.
--Justamente; tal es la sensación que todo habitante de las grandes
ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El
organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad,
siente las consecuencias de una oxigenación más intensa, y como el
oxígeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusión
de que estás, Lorenzo, empezando a sentirte... ¡ebrio de vida!...
--¡Si fuera así!
--¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo
razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran
esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola
te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte!
--Voy a buscar los diarios--dijo Ricardo poniéndose de pie.
--Vamos para allá--dijo Lorenzo,--ya no tenemos nada que hacer aquí.
--¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...--le dijo Melchor, en broma,
alcanzándole su gorra de viaje.
--¡Dios me libre!
--Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo?
--¡Dios me libre!--repitió éste como un eco de Lorenzo.
--¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando.
--¡Vamos... a nuestros asientos!--contestó Ricardo al abrir la puerta
del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía
puesta:--¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.
Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor:
--¿Los diarios, no?... ¿Tú querías los diarios, Ricardo?
--Sí... pero, ¿quieres creer...? A mí también me está dando sueño.
--¡Yo... me... duermo!--agregó Lorenzo.
--Pues aprovechen... ¡nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme
come.
-¿Y tú?
--Yo no tengo sueño... voy a leer los diarios.
Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodándose lo mejor
posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los
diarios que había puesto en la percha y se ubicaba en un asiento
inmediato.
Antes de desdoblarlos se levantó y fue a bajar las cortinillas del sitio
en que estaban sus dos amigos.
--Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz.
--¡ Qué buena idea!
--A mí no me molesta--dijo Ricardo.
Vuelto a su asiento, Melchor tomó los diarios y quedó con ellos en la
mano, contemplando el paisaje monótono y espléndido al mismo tiempo,
como que ante su vista se extendía la llanura, de una horizontalidad
perfecta, cubierta en toda su extensión por maizales y linares matizados
a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeños bosques de las
estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un
diámetro que girara sin cesar.
--...Aquí realizaría el ideal de mi vida--pensaba Melchor,--en la más
pequeña de estas propiedades pasaría toda mi vida, reducido al trato de
los míos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que
tuviéramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... ¡Y pensar
que los dueños de estas estancias sólo vienen a pasar breves temporadas
en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripción imperiosa de la
crónica social que publican los diarios!... ¡Ah!... ¡es toda una tiranía
la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no
tienen ningún fin moral... Absurdas necesidades que no conducen más que
a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al
que va delante... ¡y el poder arrollador de ese vértigo dantesco en que
todos vivimos pagando en lágrimas y en angustias y en ruindades y en
bajezas nuestro tributo miserable y estéril!... ¡Y cómo al alejarnos de
ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!...
¡Cuántos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de
obligaciones anonadadoras y contraídas con el solo fin de pagar dos
líneas de esa crónica social!... ¡Cuántas energías malogradas... y
cuánto sacrificio sin provecho!... ¡Superficialidad y mentira!...
¡mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque
no somos una sociedad en que se mienta más o menos... ¡somos una
sociedad que miente!... Si casi no hay un sólo hogar de alguna
apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una
capacidad económica de que carecen... los hijos fingen una educación que
no tienen... ¡mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado...
mienten... las señoras... las señoras... las señoras...
La imagen de su propia madre surgió en la imaginación de Melchor, al
rumiar mentalmente las últimas palabras y después de una breve pausa, en
que su espíritu quedó suspenso y absorto como ante un abismo, continuó
en sus meditaciones:
--...¿Y por qué no ha de haber muchas como ella?... ¿Qué maldita forma
de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al
desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca
ofrecemos al elogio... al aplauso... Oímos decir que se juega y nos
inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos
sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... ¡pero, por
qué, señor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra
parte, siempre habrá quien mienta... quien engañe... pero la virtud no
muere... ni la fidelidad... ¡porque no puede morir el afecto... porque
no puede morir el amor!...
Melchor había dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que
levantó y puso sobre el asiento que tenía delante.
El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal
columna de humo que se proyectaba al costado de la vía en una sombra
sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como
escurriéndose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas
inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los
arroyos; espantaba a los teros que parecían huir alerteando un peligro;
subía por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba
y al detenerse éste en las estaciones, parecía recogerse sobre sí misma
para erguirse en línea recta, como el brazo de un gladiador alzado en
alto después del triunfo.
...«¿Por qué te has llevado mi pensamiento?»...--leía y releía Melchor
en el telegrama de Clota, que había sacado del bolsillo para
contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando:
--...¡Qué misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones
coincidentes, en esta suprema armonía de afecto que nos une!... ¡Cómo ha
sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo también
pensaba... «te has llevado mi pensamiento»! ¡De qué manera se habrá
sentido, acompañándome con la imaginación, que ha producido esta fórmula
tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... «te has llevado mi
pensamiento»... ¿Si ocurrirá así?... porque desde que me he separado de
ella siento en mi cerebro, en mi corazón, en mi espíritu, ¡qué sé yo!
algo como una voz íntima que me dice: «Clota... soy Clota... ¿ves? estoy
contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!...»
Melchor se repetía amorosamente las últimas palabras con que Clota le
había despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas
y los ojos lánguidos y firmes, puestos en los de él, le había dicho:
--Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo
lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa
que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!
* * *
--¿Parece que no has leído mucho?--dijo Ricardo a Melchor, asomándose
por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de
_La Nación_ y _La Prensa_.
--En cambio parece que tú has dormido bastante--repuso Melchor,
levantándose.
--No; he dormitado.
--Lo mismo que yo--dijo Lorenzo, incorporándose;--¡si no se puede dormir
con el movimiento del tren!
--¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a
«Pehuajó»?
--¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta.
--¡Ni yo tampoco!
--Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba
bien... ya lo había dicho el jefe...
--¿Y por qué la pusieron?
--Porque al descarrilarse la que traíamos se le rompió un eje.
--¿Dónde descarrilamos?
--¡Por lo visto han dormido, ché!
--¿Y tú le crees a Melchor?... ¡Son cuentos!
--Pero si ustedes no hubieran hecho más que dormitar los habrían
rectificado.
--¡Es claro que he dormido algo!
--¿Algo?... ¡tres horitas!... ¡como una!
--¿Y qué hora es?
--Más de las cuatro; ya nos falta poco.
--En fin--dijo Lorenzo bostezando,--hemos acortado el viaje.
--Parece que hay apetito, ¿eh?
--¿Por qué, Melchor?
--Porque los bostezos delatan sueño--que no puedes tener,--o languidez
de estómago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco.
--¡Qué esperanza! He almorzado el doble de lo habitual.
--Mañana, en la posta del Paso, almorzarás el triple del doble y pasado
mañana en la «Celia», el cuádruple del triple.
--Mira que eres exagerado--repuso Lorenzo riéndose.
Ricardo, que había permanecido sentado contemplando el aspecto de los
plantíos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie:
--Ché, Melchor, alcánzame _La Nación_, ¿quieres?
--¿No quieres _La Prensa_?
--¿Por qué?--dijo Ricardo volviéndose.
--¡Porque tiene más páginas!--le contestó Melchor riendo y
agregó:--¡Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!...
--Es que no he visto los diarios hoy.
--¡Pero los has comprado!
--Creo que tú has hecho lo mismo.
--Yo he cumplido con la práctica establecida: ¡comprar los diarios y no
leerlos después!
--¿Quién hace eso?
--¡Todo el mundo! ché, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no
fíjate--dijo Melchor tomando los que tenía en el asiento y
presentándoselos a Ricardo.
--No te entiendo.
--¡Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la
imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer más que los títulos y a
veces ni eso!
--¿De modo que los diarios no sirven para nada?
--Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a
la dilución abrumadora.
--¡Es ganas de criticar!
--No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24
páginas...
--¡No es precisión leer hasta los avisos!
--Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de
lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde.
--Yo leo lo que me interesa.
--Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte,
pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad
pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la
propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario
insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero».
--Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia--dijo
Lorenzo.
-Pues te quedarás sin leerlos--repuso enérgica y cómicamente Melchor.
--¿Cómo así?
--¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir!
--¿Y por qué no hemos de leer también?
--Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga!
--Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer--insistió Lorenzo.
--Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga
intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente.
--¿En qué consisten, ché?--preguntó Ricardo burlescamente.
--En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso
de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura,
procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios
físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los
centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa
sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.
--¡Pobres novelas!...--dijo Ricardo.
--¡Estás eruditísimo!--exclamó sonriendo Lorenzo.
--¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de
gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué
tal? ¡y a esta altura!
--¿Cómo a esta altura?
--¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate!
En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un
cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y
vomitado un cañonazo:
--¡¡¡Booooletooos!!!
Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó,
el convoy llegaba a su estación terminal.
--¡Ahí está Hipólito!...--exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla
del coche que aun marchaba, le gritó:
--¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!...
--¿Quién es ése, ché?
--El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita,
Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los
diarios!...
--¡No seas pavo!...
--¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer
duplicadamente!
Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que
al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran
chambergo campero, y cuadrado--contrariendo la ordenanza militar, pues
que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones
a un geme de distancia--dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de
trabajo:
--¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?--agregó mirando a
Lorenzo y Ricardo.
--Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo...
--Para servirlo.
--...y mi amigo Ricardo.
--Para servirlo.
--Y Baldomero, ¿no ha venido?
--Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable?
--No... vamos para allá, muchachos--y volviéndose hacia Hipólito:--¿Qué
tal están los caminos?
--Hay algún barro... con la lluvia: ¡qué ha llovido!...
--El maíz estará lindo, entonces.
--Así es... lindo está.
En ese momento salía al encuentro de los viajeros el gran capataz de la
«Celia», Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigió hacia él
diciéndole efusivamente:
--¡Cuánto bueno por acá!
--¿Qué tal, Baldomero?
--¡Ahora bien, muy bien!
--¿Qué, ha sucedido algo?--le preguntó Melchor, mirándole fijamente y
conservándole tomadas ambas manos.
--¡Si viera!...
--Pero, ¿qué ha ocurrido?
--¡Que usted no estaba aquí y ahora está!
--¡Me había alarmado, caramba!
Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repitió la presentación de los
huéspedes y el grupo se dirigió hacia el gran break de la estancia que
se encontraba al otro extremo del andén.
Al recorrer éste, Melchor fue objeto de las más afectuosas
demostraciones:
--¡Don Melchor! ¡cuánto gusto!...
--¡Don Melchor!... ¡qué alegría!...
--¡Don Melchor!... ¿cómo le va?...
Y no pasó por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones
análogas a las que invariablemente respondía dando la mano y con frases
amables.
--¡Qué popularidad tienes aquí!--le dijo Lorenzo.
--¿Y dónde no?...--le interrumpió Baldomero,--si donde está D. Melchor
está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda
paseando!
Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al
llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor:
--¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?...
--¿Qué opinan ustedes?
--Iremos a lavarnos--dijo Ricardo.
--Me parece bien--agregó Lorenzo,--es muy temprano para pasear.
--¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí,
¿ven?--dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a
Hipólito:--Espéranos allá.
--Ché, Hipólito--le dijo Baldomero.--Y llévame de paso el «azulejo».
El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un
pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:
--Don Melchor... me da «una... moneditas»?
Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo
al pilluelo:
--¡Salí de aquí, muchacho!
* * *
--Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y
esos mozos, ¿sabe?--decía Baldomero al dueño de casa, casa que
aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma
capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica!
todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona,
italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo.
--«No» pierda cuidado, don Baldomero.
--Hágales un buen asado de costillas con ensalada.
--¿De pepino?
--¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que
sean gordos...
--¿Y de empezar?...
--¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?
--Fresca... fresca... fresca... es fresca...
--Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...
--Hay de casualidá...
--Ya está... ¡les pone una tallarinada!--dijo Baldomero riendo
bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el
abultado abdomen de Garona.
--¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre?
--¿Qué les va a poner?
--Tengo lindo durazno en conserva.
--¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es
mío... no vaya a recibirle a don Melchor.
--¡«No» pierda cuidado!
Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían
terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se
encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a
cumplimientos y a preguntas.
--¡Caballeros!--exclamó Baldomero--los que quieran noticias pueden ir al
telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos.
--Estamos muy entretenidos, conversando.
--¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa--repuso Baldomero, y
agregó:--¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!...
¡Capaz de oírlos toda la noche!...
--¡Miren quién habla!--dijo un viejo paisano que tenía entre todos el
alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,--cuando don Luna se
agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música
que un órgano!...
--Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...--dijo
Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:--¡Vamos, don Melchor, a dar
una vuelta... vamos!...
--Bueno, vamos... será hasta luego.
--Hasta cuando usted mande--contestó el viejo por todos, y agregó
señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;--Y no se olvide, don
Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.
--¡Yo te he de dar!... viejo pícaro--dijo cariñosamente Baldomero.
--¡Disculpas!--le replicó el viejo riendo y agregó:--...Por tratarme de
vos... ¡confianzudo el mocito!...
--Simpático, el viejo, ¿eh?--dijo Lorenzo al subir al break.
--¡Y diablo!--le contestó Baldomero,--él sabe darse maña para arreglar
cualquier enredo dejando contento a todos.
--¿Debe ser muy viejo, no?
--¡Viejísimo! señor, si cuando yo vine aquí, al campo de los «Astules» y
¡mire que hace años! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor,
¿para dónde agarramos?
--¿Iremos hasta el arroyo?
--¡Queda lejos! ¿No quiere ir más bien a tomar un mate con don
Casiano?... Así estos señores conocerán algo bueno... ¡Viera cómo se ha
puesto la Pampita!
--¡Cómo no! ¡vamos!
--A lo de don Casiano... ¡ché, Hipólito!
Este, que se encontraba en su puesto esperando órdenes, volvió la cabeza
y preguntó:
--¿Aquí a la casa?
--No, a la chacra... están en la chacra...
--¡Jiú!...--moduló Hipólito interjectivamente y los caballos partieron
guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un
cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje podía decirse también que
«se iba ensanchando» Trenque Lauquen.
La chacra de don Casiano Contreras, situada en el límite del ejido,
tenía excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso
atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella,
parecían que trotaban con más firme y decidido empuje; pero, ¿qué
raro?... si era fama que los pájaros más cantores la preferían para sus
nidos, que las rosas se ponían en ella más rosadas y las violetas más
humildes y los sauces más llorones, y los álamos más rectos. ¡Y que
hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentían
ansias de hacerse buenos!
¡De tal modo era intensa la esplendorosa irradiación de la «Pampita»...!