que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por página.
--La razón está en que esos tratadistas son acopiadores de máximas que
reeditan modernizándolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las
que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo.
--¡A millares!...
--Como suena, y si no, fíjate en la forma con que el maquinista que nos
lleva contestó a mi saludo cuando le pregunté: «¿cómo le va, amigo?»...
«Bien, por lo conforme»--me dijo.
--¡No veo motivo para maravillarse por eso!
--¡Cómo lo has de ver, Ricardo, si tú has demostrado mil veces que eres
incapaz de conformarte con tu suerte y hasta has pensado en que tu vida
debía concluir el día en que una tontuela casquivana te dijo que no le
daba la gana de quererte. A eso conduce el desprecio por todo lo que no
esté a la altura de nuestro nivel circunvecino; a eso conduce la fiel
observancia de ideas que nos inculca la vanidad, la petulancia y el
espejismo social, tras del que vamos como locos, fascinados por ideales
quiméricos o absurdos, mientras la verdadera filosofía, la del pueblo,
la del buen pueblo manso, trabajador y resignado, ¡es despreciada por su
origen «bajo»! ¡ése es el resultado de los que prefieren el libro con
lujosa encuademación!... por ahí se empieza o por ahí se acaba--lo que
es peor,--porque suele marcar el último tramo de una verdadera
perversión en las ideas que regulan nuestra manera de ser--y en
oposición al criterio con que se le enseñó al maquinista a sentirse
bien, «por lo conforme», se te ha taladrado los oídos con un grito ruin
y perverso que me parece estar oyendo: «es necesario no conformarse con
eso»: y así has vivido tú, y tú también, ¡y todos! torturándose en la
estúpida ambición de ambiciones nuevas.
--¿Y acaso tú no las tienes?
--¡Si yo no creo que la fórmula definitiva de nuestra perfectibilidad
consista en no tenerlas, sino en restringirlas sensatamente, hasta
ponerlas dentro de los límites de nuestro destino o de nuestra
capacidad, habituándonos a resignarse con esto! De lo contrario, surgen
los delitos, y los más de los crímenes; de cada mil robos uno se hará
por necesidad, los demás, ¡por ambiciones incontenibles!
--¡Qué buena marcha llevamos!
--Ya ves, Lorenzo, con esta velocidad vamos doscientos o trescientos
pasajeros, más o menos acaudalados... felices... de alta posición
social... de gran porvenir muchos... en manos del maquinista, que actúa
bajo una sola y tenaz preocupación: velar por nuestra vida. Un
movimiento de despecho, de envidia ruin--si cupiera en su alma fuerte y
sana,--bastaría para concluir con todos nosotros.
--¡Y con él!--interrumpió Ricardo.
--A él le bastaría con bajarse y dejar a la máquina en libertad.
Seguramente iríamos a darnos cuenta al otro mundo, si no se repetía el
caso de un maquinista que en esta misma vía y sabiendo que se había
escapado un tren de pasajeros, lo esperó subido al depósito de agua de
la estación en que se encontraba, «con licencia», y al pasar el tren se
arrojó al ténder, en el que por la violencia del choque se rompió las
dos piernas y así, arrastrándose penosamente, llegó hasta la palanca de
la máquina, paró al tren y salvó la vida de todos los pasajeros.
--¡Lo haría pensando en la recompensa!--dijo Ricardo.
--¡Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... ¡y
nada más! Con ese criterio la acción más noble y generosa resulta
despreciable y lo mismo podrías pensar de otro maquinista que, al entrar
con un tren rápido entre las quintas de Flores, vio un pequeño bulto en
la vía, que a la distancia le pareció un perro; pero cuando estuvo casi
encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material
para parar la máquina pasó en dos brincos hasta el miriñaque y al llegar
a la niñita, la levantó en alto con una mano, salvándola de una muerte
segura.
--Ché, Lorenzo: ¿qué te parece la imaginación de Melchor?...
--¡Imaginación!... En los archivos de esta empresa están los
antecedentes de estos dos casos y de muchos análogos. Si dudas, anda a
preguntar.
--¡No me da tan fuerte!
--Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde
que es verdad.
--¡Es cuando fastidia más no ser creído!
--¡Estás equivocadísimo! El que se fastidia de que no le crean, es,
generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con
quien no le cree; cuando más, lo compadece...
* * *
--Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades más
importantes de la provincia--dijo Ricardo.
--Así es--contestó Lorenzo,--y ha prosperado extraordinariamente.
--¿Qué población tiene?
--Cerca de treinta mil habitantes.
--¿Tanto, eh?... Y Melchor, ¿dónde está?
--Me dijo que ya venía... Aquí viene.
--Fui a hacer un telegrama--dijo Melchor, respondiendo a Ricardo.
--¿Un telegrama?... ¿a quién?
--Menos averigua Dios, y perdona... ¿Subamos?
Instalados en sus asientos y de nuevo en marcha, Ricardo no pudo
reprimir su curiosidad e insistió en su pregunta:
--Y al fin, ¿a quién telegrafiaste?
--¡Qué curiosidad!
--¿Es un secreto tan grande?
--¡No, hombre!... Hice un telegrama que había prometido a Clota.
La fisonomía de Ricardo se nubló intensamente, y aun cuando las sombras
de su espíritu no hubieran asomado al semblante, su repentino silencio
las habría delatado.
Los tres amigos permanecieron callados un largo rato, en aparente
observación del paisaje, pero, en realidad, absortos en pensamientos más
o menos torcedores.
Melchor había advertido el cambio brusco producido en Ricardo, al mismo
tiempo que observaba en Lorenzo uno de esos aplanamientos propios de su
estado de ánimo y que tan hondamente lo preocupaban; en el espíritu de
Ricardo, como en la naturaleza, las sombras se habían ennegrecido ante
la luz, y la idea de aquel telegrama, de aquel mensaje de amor y de
felicidad, irradiaba en su imaginación como un lampo de luz obnubilante.
Por su parte, Lorenzo pretendía meditar sobre su estado mental, luchando
sin éxito con la incoherencia de sus ideas, en uno de esos curiosos
estados de conciencia en que la voluntad parece desmayar a cada impulso
y en que sólo se destaca nítido y claro el falso convencimiento de una
enfermedad imaginaria.
Él quería pensar en las ulterioridades del viaje que realizaba, en la
posibilidad de reaccionar sobre un estado enfermizo, que, en realidad,
no existía; pero vagas visiones de la infancia se superponían
confusamente en su imaginación y al considerarlas fijadas en su memoria,
el recuerdo de sus íntimos surgía mezclado con extravagancias de
carácter sociológico o con problemas de política internacional, para
concluir pensando que todo su mal radicaba en el estómago, y que si
pudiera respirar bien, la circulación se haría cumplidamente y su
cerebro volvería a la plenitud de su perdida energía mental.
En estas situaciones Lorenzo arribaba al convencimiento de ser víctima
de un mal incurable, a cuyo lento trabajo de destrucción debía asistir
resignadamente «hasta que me llegue la hora de morir del todo», pensaba.
Bajo el imperio de esta obsesión había leído mucho y preguntado más,
para confirmar el convencimiento de poseer en cada caso el cuadro
sintomatológico de toda enfermedad, y era, entretanto, un organismo sano
y preparado para vivir a base de una discreta metodización de las
energías físicas e intelectuales, que había disipado con la
incontinencia propia de la edad y del enorme caudal que poseía.
Melchor veía en el semblante de Lorenzo y en la vaguedad melancólica de
su mirada, el reflejo de lo que pasaba por su espíritu; pero esta vez le
atribulaba menos, porque el asentimiento obtenido de él para hacer el
viaje que realizaban y permanecer en el campo algún tiempo, lo había
considerado fundadamente como un gran paso hacia su curación, en la que
estaba leal, sincera, hondamente interesado.
--¿En qué piensas?--le preguntó, golpeándole afablemente con la palma de
la mano en la rodilla.
--¡Psh!... ¡En tantas cosas!...
--¿En muchas?...
--En muchas...
--¿Alegres?
--Si fuera como tú...
--¡Qué modelito! ¿eh? pues imitarlo: ¡no vayas a creer que con las
personas ocurre lo que con los sombreros de señora!... ¡no!
--Precisamente, Melchor; tú eres un modelo que todos estimamos en lo que
vale; pero si yo pretendiera imitarte resultaría un mamarracho.
--¡Modestia... ché... modestia! Los hombres podemos y debemos imitarnos.
Yo podría ser igual a ti o a Ricardo, pero no me conviene... en cambio,
¿a ti te conviene ser como yo?... ¡pues me imitas!
--Eso equivale a poner un changador fornido frente a un ser enteco y
decir a éste: ¡imítalo!... levanta los pesos que aquél...
--¡Es muy distinto, Lorenzo!... Y aun asimismo, a fuerza de ejercicio
perseverante y metódico, el enteco puede llegar a imitar al changador;
pero en cambio tú no me negarás que el hombre más sucio y desidioso de
su persona puede reaccionar y ponerse, en una hora, a la altura del más
higiénico y acicalado... ¿no es verdad?... todo es cuestión de jabón...
¡mucho jabón!... y agua en abundancia.
--¡En ese caso, es claro! pero dile a una madre que no llore la muerte
de su hijo... ¡Anda! ¡dile que ría!...--dijo Ricardo.
--¡Me guardaré muy bien!
--¡Bueno, pues!--agregó Lorenzo.
--No, me guardaré muy bien, porque ello iría contra la energía moral
embotada momentáneamente por el dolor y porque es necesario, dulcemente
necesario llorar al hijo muerto; pero ninguna madre se ha pasado la vida
llorando la muerte de un hijo... se llora durante algún tiempo... más o
menos largo... pero al fin vuelve el equilibrio moral... llega la
resignación... la conformidad... el hábito, te diría, y gradualmente se
vuelve a la vida... se vuelve... ¡se vuelve a la risa!... ¡Esta es la
verdad en toda su crudeza!
--Sí; pero ésa es la obra del tiempo.
--¡En cambio, el individuo que pierde un ojo queda tuerto para siempre!
--No sé qué me quieres decir.
--Esto: que los más grandes dolores morales, el más grande de todos: el
de una madre que pierde a un hijo, es transitorio... es casi fugaz... y
que cuando todo nos enseña que todo es transitorio y deleznable, la
razón nos obliga a rechazar la perdurabilidad de un estado moral que nos
daña... ¡y está en nosotros rechazarlo!... no sólo por nuestra salud,
sino porque vivimos rodeados de otros seres a quienes no debemos
acongojar constantemente con el lamento de nuestras penas; porque esto
es perverso y es cobarde, y es indigno de hombres como nosotros, que
hemos nacido y crecido recibiendo beneficios y cariños y energías, de
nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos.
A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada
vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternísimo
escuchándole y deseando que continuara en su disertación, que inoculaba
en su espíritu una extraña sensación de energías no sentidas. Nunca,
como en aquel momento había experimentado Lorenzo y Ricardo como él, la
influencia tonificante que Melchor les producía, nunca como en aquel
momento y realizando aquel viaje, se les había mostrado éste tan digno
de ser imitado, y nunca habían sentido más candente el rubor de la
propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prédica
de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les producía, continuó
diciendo:
--Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable
discreción; pero nunca he trasmitido a nadie ni la más mínima
participación en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido
consecuencia de mis actos, y tengo--invocando la amistad a que apelaba
Ricardo hace un rato,--el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones
se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes
cultivan. Así: «cultivan», como si fuera muy hermoso y muy digno
entregarse a todas las apatías y contaminar a cuantos nos rodean con la
baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de
levantar el espíritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es
necesario, una alegría que nos haga amables o cuando menos que no nos
convierta en motivo de pena para nuestros íntimos y para cuantos tenemos
que frecuentar. Tú, tú, Lorenzo, deberías vivir riendo y cantando en tu
casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde
has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el día en que te
creíste enfermo de un mal que no existe más que en tu imaginación y que
no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles
así porque, sin tener ni más inteligencia ni siquiera la ilustración de
ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los
preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con más caudal
que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me
es duro hablarles así y sufro más yo diciéndoles estas cosas que ustedes
mereciéndolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes
virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan
contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponían a mi
servicio; es decir, al de un propósito honesto y digno, en cuya
consecución el mayor beneficio será para ustedes.
--Por mi parte--le interrumpió Ricardo--no he contraído con nadie la
obligación de divertirles y si mi carácter es así la culpa no es mía.
--¡Tuya, y nada más que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido
en tu casa cuanto has querido, el día en que alguien te negó algo te
sentiste desgraciado. Tú eres víctima de tu propia felicidad, Ricardo.
¡Vuélvete a ella!
--¡Esas son frases, Melchor, y nada más! Porque tú, como nadie, sabes
que la desgracia se ha cebado en mí.
Al oír esto, Melchor prorrumpió en una carcajada, diciendo al subrayar
cada sílaba:
--...Que la desgracia se ha cebado en ti... ¡esto es divino!...
--Ríe todo lo que quieras... eso es muy cómodo.
--Pero cómo no he de reírme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo
un mismo rótulo que inspira risa: «¡amores contrariados!»
Y volvió a reír estrepitosamente.
--¡Yo habría de verte si Clota te dejase por otro!--dijo Ricardo
calculando herir en lo más hondo.
--¡Ya está!--prorrumpió vehementemente Melchor.--¿Quieres que te diga lo
que sucedería?... pues bien, escucha: primero pensaría: es mentira.
--¡Ah! ¿Y si no fuera mentira?
--Pero espérate, ¡caramba! ¡déjame hablar! Cuando me convenciera de que
Clota me reemplazaba sin vuelta, ¡me daría un furor tremendo!... y ganas
de matar al otro (jamás, en ningún caso, de matarme yo), y me pondría
triste después, muy triste durante dos o tres... horas--espérate, no me
interrumpas;--luego tomaría un coche; me iría a Palermo, vería allí un
mundo de muchachas jóvenes, lindas, dispuestas todas a quererme
mucho--como que esas muchachas van buscando a quien querer, ¿eh?--pero
yo no les haría caso, ese día, porque estaría muy triste; regresaría a
casa, y como en casa nadie tendría la culpa de que Clota me hubiese
olvidado por otro, diría al entrar en casa lo que un amigo mío en
circunstancias análogas: «ahora hay que reír» y entraría riéndome... mi
madre conocería que mi risa era fingida; me preguntaría la causa, y como
mi madre es mi madre, yo le diría: Clota me ha engañado; me mentía: se
ha comprometido con otro; y en seguida no más, abrazándola, agregaría:
¡pero tú no me has mentido nunca! ¡tú me quieres siempre!... y apoyado
en el cariño de mi madre y feliz con él, esperaría la llegada de...
--¿De qué?...
--¡De otra Clota más constante!--dijo Melchor riendo, y agregó:--el
mundo está lleno de Clotas, ché Ricardo; convéncete.
--Eso lo dices ahora.
--Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi acción en la vida y mi
vida misma no pueden depender, ¡no deben depender! de la volubilidad de
una muchacha ni de dos... y, por otra parte, ¿quieres nada más ridículo,
nada más desairado, nada más cursi, que un hombre como nosotros,
eternamente triste porque lo dejó una novia para casarse con otro con
quien es «eternamente» feliz?... ¡Adonde iríamos a parar!
--Según eso, la mujer no influye en el destino del hombre.
--¡Vaya si influye!... ¡Ya lo creo!... pero la Mujer, ¿eh?... en el
destino del Hombre, ¿eh?... así, en términos generales, y no una mujer
especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi
destino, por ejemplo...
--¿Si pensará lo mismo tu novia?--dijo Lorenzo, sonriendo cariñosamente.
--¡Seguramente no! ¡qué gracia! Ella no tiene por qué pensar en estas
cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan
discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una
decepción, la recibiría virilmente, y no se entregaría a extremos
ridículos...
Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una
impresión tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigiéndose a
Lorenzo:
--¡Ché!... ¿Y los diarios?... ¿dónde los han puesto que no los veo?
--Están ahí arriba--respondió Melchor, señalándolos, y agregó:--¿no les
parece que sería bueno almorzar?... ¡Yo siento una languidez!...
--Vamos a almorzar--repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al
coche-restaurant.
* * *
Durante el almuerzo Melchor derrochó los recursos de su espiritualidad
matizando la conversación mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de
costumbre, incitaba a la jovialidad, diciéndole más de una vez:
--No temas... come; ¡pero ríe! porque la risa es el gran digestivo;
jamás la mesa llenará su función si no comprende estas tres condiciones
fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante
conversación: ¡y a cada bocado una carcajada formidable!
--¡Estás hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!--dijo Lorenzo.
--¡Perfeccionado, ché! como que a los preceptos les sucede lo mismo que
a los gringos: se perfeccionan aquí... entre nosotros... Les pasa en
nuestro país lo que nos ocurría antes con nuestros cueros, que los
mandábamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y
utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra
vitalidad social los depura y los devuelve--¡cuando se van!--curtidos y
utilizables; pero dejando estas filosofías... ¡come!... ¿te sirvo otro
«filet»?...
--No, gracias.
--¡Come! ¡no seas maula!... Acuérdate de aquel consejo: «donde vayas a
comer, come mucho; si son tus amigos les darás placer; si son tus
enemigos, les darás rabia».
Para estimular el apetito de sus compañeros, Melchor comía con exceso y
rompía los silencios con observaciones más o menos felices, destinadas a
reanudar la conversación y a disipar alguna sombra en el espíritu de sus
dos amigos.
No estaba el de él desprovisto de ellas en absoluto, porque las
alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su
madre: «dejas a tu novia», habían producido en su ánimo cierto escozor
que, sin perturbarle demasiado, persistía en él como el confuso
presentimiento de una amenaza.
Él, que jamás había sentido la sensación de una sospecha vulgar; él, que
se había considerado siempre fuerte en la posesión espiritual de Clota;
él, que había desechado resueltamente toda preocupación recelosa,
experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenuísima alucinación de
inquietud...
No la habría descubierto el psicólogo más experimentado, tanto era de
incipiente; no la habrían ni siquiera presentido sus compañeros de
viaje: él mismo acaso no podía apreciarla en su exacta magnitud, que así
es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del
espíritu.
En situaciones tales hay, más que una sensación ponderable, un
presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relámpago
precursor de una remotísima tempestad; uno de esos destellos,
instantáneos y pálidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en
silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la línea
del horizonte sensible.
--¡Qué es eso?--exclamó con asombro Lorenzo, poniéndose de pie.
--¿Has oído?--dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo
dirigiéndose a Melchor, que intensamente pálido contestó, levantándose
con violencia:
--¡Sí!... ¡es a mí!... ¿qué habrá?...
El tren acababa de entrar en la estación del Bragado, y de entre la
concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andén había salido este
grito:
--¡Señor Melchor Astul!
El llamamiento se repitió hasta que, parado el convoy, descendieron los
tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abriéndose paso por
entre la concurrencia, respondía a los llamamientos gritando:
--¡Aquí!... ¡Aquí!...
Un mensajero del telégrafo se le acercó:
--¿Cómo se llama usted, señor?
--Melchor Astul.
--¿Tiene alguna tarjeta... o algo?
--¡Sí, hombre! ¡Sí, es él!--dijeron a dúo Lorenzo y Ricardo.
El mensajero los contempló un instante, los miró, más bien, y
entregándoselo a Melchor, le dijo:
--Un telegrama para usted.
Melchor lo rompió temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos
azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpió con
la voz ahogada por la emoción:
--De Clota... ya vengo... voy a contestarle.
--¿El recibo?... señor...--le reclamó el mensajero.
--¡Ah... es cierto! ¿Tienes lápiz, Lorenzo?
--No.
--Yo tengo--dijo Ricardo.
--Fírmale el recibo, ¿quieres?--y sacando del chaleco un montón de
moneditas las dio al mensajero, diciéndole:
--Toma... para ti--y se dirigió al telégrafo, mientras Ricardo, apoyado
en la pared exterior de un vagón, escribía en el recibo del telegrama de
Clota, este nombre: «Melchor Astul».
Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el
mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel había sido
arrastrado en parte por Melchor al levantarse.
--¿Alguna otra cosa, señores?...
--Vamos a esperar al compañero.
--¡Conforme!--respondió el mozo, dirigiéndose hacia el pequeño mostrador
del fondo, con movimientos idénticos a los de un pato que camina ligero.
Después de un breve silencio, dijo Lorenzo:
--Cómo se quieren, ¿eh?...
--Y cómo tarda Melchor--respondió Ricardo, asomándose por la
ventanilla.
Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que decía así:
«Señor Melchor Astul.--Bragado.--En el tren de las 11,20 a. m.--Y yo
vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi
pensamiento.--Clota.»
La contestación decía:
«Señorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.--¡Te engañas! Es que mi
pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y
soy por eso eternamente tuyo.--Melchor.»
Cuando Melchor regresó a la mesa, preguntó al sentarse:
--¿De qué hablaban?
--¡Ahora la curiosidad es tuya!--respondiole Ricardo.
--Es que a mí me interesa todo lo que ustedes hablen.
--Te ha puesto zalamero el telegrama...
--No, Ricardo; la zalamería, cuando no es ingénita, es contagiada.
--Yo no te he dicho que tú seas zalamero.
--Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy más que con ustedes,
quiere decir...
--Te dije que te habías puesto zalamero con el telegrama.
--¿Otra cosa, caballeros?--volvió a preguntar el mozo poniéndose la
servilleta bajo el brazo y apoyándose con ambas manos en la orilla de la
mesa.
--Una tortilla de yerbas... ¿qué les parece?--dijo Melchor.
--Por mí, no.
--Entonces, ¿quemada, con azúcar?
--Por mí, no--insistió Lorenzo, agregando:--Para mí, café.
--Y para mí también.
--Bueno; mozo, tráiganos café.
--¡Conforme!--repuso el mozo, alejándose.
--¡Mozo!..--gritó Melchor.
--¡Vengo!--repuso éste, alzando la voz.
--...Y cigarros.
--¡Conforme!
--Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aquí.
--Efectivamente; habríamos tenido tiempo de dar una vuelta por la
ciudad.
--Lo han pensado tarde, porque ahí tocan la campana--dijo Melchor,
agregando:--¡Lo que se ha perdido el Bragado!...
--Lo que hemos perdido, en parte, nosotros--replicó Lorenzo;--y estoy
maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta
años, no más, que los indios salvajes llegaban hasta aquí.
--¿Aquí?... ¿al Bragado?...--preguntó Ricardo.
--Precisamente... si éste era el límite, la línea de fronteras, marcada
por fortines... y hace cuarenta años, más o menos, que fue avanzado
hasta el 9 de Julio, fundado entonces.
--¡Qué enormidad!