--Este pedazo está feo--le contestó Baldomero,--antes sabía haber un
pantano aquí; pero don Casiano lo está arreglando.
--¡Jiu!...¡ Jiú!...--repetía Hipólito sin sacar el látigo de la latigera
y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio
interrumpido sólo por el vibrante arpegio de algún pájaro o el sonar
del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero.
* * * * *
--Quieto, Baldomero--dijo Melchor,--deje que la abra este pueblero: a
ver, Ricardo, una gauchada.
--Vaya una gran dificultad--repuso éste bajando del break y dirigiéndose
a abrir la tranquera, ante la que se había detenido.
Así lo hizo; el break pasó y se detuvo nuevamente.
--¿La cierro?--preguntó Ricardo, provocando una leve sonrisa de
Hipólito.
--Es mejor cerrarla, sí, señor--le contestó Baldomero al mismo tiempo
que Melchor exclamaba:
--¡Qué pregunta!... ¡Chambón!...
El break entró en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba
acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al
reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita:
Son los Astules... tomá el mate, hijita--y se dirigió al encuentro del
carruaje, que ascendía penosamente el final empinado de la cuesta.
--¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...
--Torcé a la derecha, Hipólito--gritó don Casiano,--¡por ahí!...
¡detrás de las casuarinas!... es más liviano.
Así lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que
acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa
edificada en la cumbre de una pequeña lomada.
Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo
don Casiano:
--Pasen... pasen, caballeros... aquí está más fresco... tomen asiento.
--Qué hermosa chacra tiene usted, señor--dijo Lorenzo,--qué hermosos
árboles.
--Sí, señor, si algo vale es por eso... tiene árboles hechos ya... la
chacrita vale por vieja, señor, al revés de las personas.
--Yo he pensado siempre lo contrario, señor; los hombres jóvenes si
valen es por lo que prometen para cuando sean viejos.
--Pero los viejos no prometen nada, señor, y en la vida hay que prometer
siempre... para valer algo... ¡aunque después no se de nada!--contestó
don Casiano, riéndose.
--Es que ellos han dado y siguen dando.
--¡Consejos!... que no se cumplen--le interrumpió a Lorenzo don Casiano,
agregando:--y, ¿qué van a tomar los señores?... ¿Querrán leche recién
ordeñada?... ¿o un matecito?...
--Usted estaba «mateando», don Casiano--le dijo Melchor.
--Seguiremos... si ustedes gustan--contestó levantándose y aproximándose
a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:--Pampita, trae mate,
hijita.
--Hemos venido a molestar, señor.
--¡No, señor!... ¿y por mucho tiempo?
--Es verdad pensamos pasar aquí una temporada.
--Dos o tres meses--agregó Ricardo.
--¿Tanto tiempo? Vendrán por algún quehacer.
--¡No, don Casiano!--dijo Melchor,--¿sabe por qué vienen?... míreles las
caras... ¡vienen a curarse!...
--En verdad, que no parecen muy enfermos.
--Son bromas de Melchor, señor--dijo Ricardo.
--¿Bromas?... ¿A que digo «de qué» estás enfermo?... ¿Digo?
--¡Pero esta muchacha que no viene!--exclamó el viejo, más que nada por
cambiar de conversación y aproximándose de nuevo a la ventana,
dijo:--¡Pampita! ¿y el mate?
--¡Voy, tata!
* * *
--¡Divina!--pensaron simultáneamente Lorenzo y Ricardo al aparecer la
Pampita, a quien fueron presentados por Melchor y de quien recibieron un
saludo despojado de toda afectación.
--¿Y el mate, hijita?
--Ahí lo trae el «ñato», tata--repuso ella tomando una silla y
sentándose con la majestad de una reina y la sencillez de una niña.
En efecto, el mate llegó en manos del «ñato», muchacho de quince años,
poseedor de una «superlativa» nariz ciranesca, que dio motivo a Lorenzo
para romper el silencio de estupor que siguió a la deslumbrante
aparición de la Pampita.
--Creo que estoy, señorita, en la chacra de los contrastes.
--¿Por qué, señor?--repuso ella envolviéndole en una verdadera
irradiación de sus inmensos ojos verdes, circundados de largas y crespas
pestañas negras.
Cuando Lorenzo se encontró con la mirada de la Pampita; cuando vio
aquellos dos ojos inteligentes, apacibles, escudriñadores y profundos
como jamás habría creído encontrar; cuando vio que ella le miraba, creyó
que había cometido una inconveniencia, una falta, una descortesía
obligándola a mover aquellos ojos y a desplegar aquellos labios...
--Me ha parecido oír el apodo del cebador de mate.
--Es verdad--repuso ella sonriendo afablemente y dejando ver unos
dientes que no podían estar sin burla en otra boca, ni pertenecer sin
desdoro a otra dueña; tanto eran de perfectos. Yo pensaba lo mismo que
Lorenzo, señorita; estamos sin duda en la chacra de los contrastes.
--¿Lo dice usted por el «ñato»?
--Así es--le contestó Ricardo, abrumado de emoción ante aquel portento
de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor.
--Estaremos entonces en la chacra del contraste--dijo ella con la mayor
ingenuidad.
--Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita--repuso Lorenzo
acentuando esta palabra.
--No sé por qué el honor--contestó ella, estableciendo así la propiedad
del apodo.
--Eso lo discutiremos después.
--Ni veo qué tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se
refieren.
--Lo que nosotros no vemos es la razón para llamar a usted «Pampita».
--Muy justa: ¡sí lo soy! yo he nacido aquí... en plena Pampa, y desde
chica me dicen así.
--¿Sabe, Pampita, por qué le dicen todo eso?--le dijo Melchor y sin
esperar la respuesta continuó:--Porque en Buenos Aires, «pampita» se
entiende por «indiecita» ¡y como usted no les parece «tan india»... que
digamos!
--¡Ah!--contestó ella rápidamente,--¿entonces en Buenos Aires las
palabras se entienden de distinto modo que aquí?
Los tres viajeros se miraron como interrogándose sobre el alcance de
aquella observación y cuando se disponían a contestarla dijo don
Casiano:
--Hijita, ya que estos señores no gustan mate, ¿por qué no les muestras
el jardín?... y les juntas unas florcitas, para que lleven.
--Si ustedes lo desean...
--Sí, ché, vayan--les dijo Melchor,--mientras mateamos nosotros con don
Casiano.
--Por aquí--les dijo ella señalándoles un camino de paraísos y los dos
amigos siguieron la indicación bajo la influencia irresistible de aquel
gesto de sencilla majestad.
Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura
excepcional de belleza y de cultura: ¿Cómo ha alcanzado este grado de
visible educación?--se preguntaban y como para confirmar una sospecha le
dijo Ricardo:
--¿Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, señorita?
--¡Pero, señor! si hubiera estado sabría el significado que allí se da a
las palabras que usamos aquí.
--Bien podría, señorita, haber estado y no conocer el de todas las
palabras--replicó Lorenzo ligeramente turbado.
--¿Ignoraría, señor, el de mi propio nombre?...--repuso riendo sin
ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anularía en
ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados más en la
expresión y la palabra ajena que en su propio espejo.
Antes de que Ricardo encontrara la fórmula de una respuesta presentable,
la Pampita tuvo la amabilidad de decirle:
--¿Podría preguntar, sin indiscreción, por qué me ha hecho usted esa
pregunta?
--...Porque... me parecía haberla visto allá...
--¿Cuándo?...
¡«Cuándo»! repitió para sí Lorenzo, pensando al mismo tiempo: «¡qué
preguntas formula esta muchacha!...»
--Es difícil, señorita, fijar la fecha de una reminiscencia.
--Más difícil es ser franco--repuso ella entre el asombro de sus dos
acompañantes.
--Yo lo soy siempre que es necesario.
--Quiere decir que en este caso no lo considera usted necesario, señor.
--¿Y en qué consistiría mi falta de franqueza, señorita?--dijo Ricardo
envolviendo a Lorenzo en una mirada que parecía decir: «¡Ayúdame!», o
«déjanos solos».
--¿En qué?... ¡Y usted me lo pregunta!...--dijo riendo sonoramente la
Pampita.
--¡Sí!... ¡Yo!...--repuso Ricardo con la voz trémula.
--Pues en no confesar que creyó usted encontrarse con una pampita...
legítima... inculta; y al oírme hablar no ha podido menos que pensar
que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... ¡Aquí
también hay, señor, quienes enseñan a leer... y hay libros... no
crea!...
--¿Usted lee mucho?--le preguntó Ricardo, visiblemente confundido.
--No cambie de conversación; ¡si no hablábamos de eso! ¿no es verdad,
señor?--repuso ella dirigiéndose a Lorenzo.
--Aunque no fuera así, no la desmentiría, señorita.
--¿Tampoco usted es capaz de ser franco?
--Ya ve si lo sooy; le confieso lo que haría, con toda franqueza.
--Me doy por vencida: cerremos el capítulo. Voy a juntarles unas flores.
--Acaso es tarde ya, señorita--dijo Ricardo.
--¡No!--le interrumpió vivamente ella.--¡No! Si no voy a darles o a
juntarles todas las flores del jardín...
--¡Ni lo hemos podido pensar!--contestó Ricardo sonriendo y en el mismo
tono.
--A mí me basta con una sola flor, señorita, que usted me dé... la que
usted prefiera...
--¡Ah, señor! yo no tengo preferencias tratándose de flores; las quiero
a todas igualmente.
--¿Y cuando no se trata de flores?--le dijo Ricardo, bajando un poco el
tono de la voz.
--¿Y de qué?... ¿de pájaros?... ¡Me pasa lo mismo!
--¿Y si se tratara de personas?--insistió Ricardo, más subyugado cada
vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... más o menos
lo mismo.
--¿No tiene usted más familia?--intercedió Lorenzo.
--Sí, señor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos
murieron hace mucho tiempo... mi hermana se casó hace cuatro años...
vive allá... ve... derecho a ese rosal... ¡Ah!--agregó repentinamente
dirigiéndose a la planta,--vean qué dos pimpollos tan lindos, ¿eh?--y
cortándolos volvió con ellos al camino diciendo al separarlos--pues
estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted...
--Mil gracias--dijo Ricardo.
--Un millón de gracias--dijo Lorenzo.
--Usted es más generoso: ¡un millón!
--Más derrochador, habrá querido decir usted, señorita--dijo Ricardo.
--¿Por qué?...
--Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas...
--¡Qué gracioso... o qué amable, más bien! ¿no le parece?
--Como usted quiera.
--Si yo no quiero...
--¿A nadie?
--Ya le he dicho: a mi padre.
--¿Y a nadie más?
--¡Qué curiosidad! A nadie más...
--¿Será eso posible?
--Tan posible, que así es.
--Feliz de quien pueda compartir tanto afecto.
--Me parece que los llaman--dijo la Pampita, parándose, y poniendo
atención, agregó:--Sí, los llaman... es don Baldomero, ¿volvamos?
Por el mismo camino marchaba hacia ellos Baldomero, que al aproximarse
exclamó:
--Me parece, señores, que les ha gustado... la chacra, ¿no?
--Ya viene usted con sus locuras.
--¿Locuras?... Y te parece locura, hijita, entusiasmarse hasta perder
los estribos, viendo...--y la señalaba a ella con la mano
extendida--esta preciosura de... chacra.
--Estábamos realmente embelesados recorriendo este jardín--dijo Lorenzo.
--Puede ser, señor; pero se me hace que no han de haber mirado mucho las
plantas; ¿qué decís vos, hijita?... Yo la trato a ésta así porque la he
tenido en mis faldas... ¡pero hace quince años! ¿eh?--dijo Baldomero
riéndose.
--¿Y ya se van?--preguntó la Pampita dirigiéndose a Baldomero...
--¡Avisa!...--le dijo éste, parándose y contemplándola fijamente.
--Déjese de zonceras. ¡Cuándo tendrá juicio!
--¡Es lo que te recomiendo siempre!... ¡pero no lo necesita!... ¡No
saben ustedes lo que vale esta prenda!
--¡Cállese, le digo!
Don Casiano, que con Melchor llegaba a reunirse con el grupo de la
Pampita, dijo a ésta:
--¿Y ésas son las flores que les has juntado?
--No quisieron más, tata.
--¡Gran cosa!
--Es suficiente, señor.
--Apurémonos--dijo Melchor--que la noche se viene.
Así lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones
de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo
sentían una verdadera fascinación ejercida por aquella Pampita de veinte
años, que había resultado querer sólo a su padre...
Momentos después de partir el break, la Pampita percibía claramente el
repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hipólito:
--¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...
* * *
Si Lorenzo y Ricardo habían salido hondamente entusiasmados con la
visita a la «Pampita», ésta, había quedado más impresionada que en
otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y
cultos.
Ella sabía bien cuánto influía en los hombres que la trataban; pero en
aquella circunstancia se acrecía su mujeril satisfacción por la calidad
visible de los visitantes y por la distinción social que la sola amistad
con Melchor significaba.
No podía condensar en un pensamiento definido la vaga sensación que
experimentaba; pero en su espíritu sentía como una contrariedad porque
no se hubiera prolongado más la breve visita de los viajeros...
De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en
cuyo horizonte se cernía limitada por una línea casi recta, una
inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que parecía el
ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros
hemisferios.
Aquella línea que fijaba nítidamente un límite visible entre la sombra y
la luz, cruzaba por la imaginación de la «Pampita» como un símbolo.
--¿Si sucederá lo mismo en la vida?--pensaba.--¿Si habrá también en
nuestra existencia una línea como esa que estoy viendo por primera vez?
Una línea así... que marque la transición de un estado a otro... entre
dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... ¿Y de qué lado de esa
línea misteriosa estaré yo?... ¿Viviré en la sombra, esperando la zona
de luz?... ¿o estaré en ésta y me espera la otra?...
--Pampita, ¿y no comemos?--le preguntó don Casiano, interrumpiendo aquel
soliloquio, cuya causa podía estar y no estar en la casual línea de luz
del horizonte.
--Sí, tata; ya mandé sacar--repuso, dirigiéndose hacia el comedor,
seguida de su padre.
Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablándose en
él del tema obligado: la «Pampita».
--¡Si yo les dije que conocerían algo bueno!--decía Baldomero.
--Como belleza física--decía Lorenzo,--yo no he visto nada que se le
parezca.
--¡Y qué culta!... ¡qué educada!...--repetía Ricardo.
--Bueno--decía Baldomero,--el viejo ha gastado un platal en esta
muchacha, con buenas maestras... de francés... y de piano...
--¡Toca, el piano?...
--¡Sabe francés?...
--¡A la, perfección, señor! ¡Si cada que hay una fiesta es la
primera!--repuso Baldomero, agregando:--¡Y miren que la cortejan!...
¡Pero, señor!... ¡De aquí y de todas partes!... ¡Pero nada!... ¡Yo no
sé qué demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que
no quiere saber nada con «nadies»!... Así me ha sabido decir muchas
veces: «¡No me hable, Baldomero! ¡Yo no puedo pensar en «nadies» más que
en tata!»... ¡Fíjense!... ¡Y tan muchacha que es!... ¡Y tan linda!...
¡Porque miren que como linda, es linda!... ¿No?...
--¿Y usted la ha festejado?--le preguntó Ricardo.
--¡Atiéndamelo, don Melchor!... ¡Señor! ¡Si tengo hijos mozos!--contestó
riendo Baldomero, y agregó:--No, señor... Si la «Pampita» es como hija
mía... sólo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... ¿sabe?...
¡porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posición... y el
viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;--continuaba
Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en
aquella relación,--¡y está bien casada!... con un hombre... decente... y
trabajador... siempre tendrá ese refugio, ¿no le parece, don Melchor?
--Así es, Baldomero.
--¡Siga!--dijeron a dúo Ricardo y Lorenzo.
--¡Vean los señores!...--exclamó Baldomero.
--...¡Si Mandinga no duerme!... ¿Mire que viniera a suceder!... ¿Y cuál
sería?...
--Nada de eso--replicó Lorenzo,--me interesa, naturalmente, el caso de
una niña, tan excepcional como ésta.
--¡Así se empieza!...--respondió Baldomero, riéndose, y agregó:--¿Pero
ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?...
En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la
acera a favor del farol colgado en el zaguán, como la de una bordalesa
que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas
de su chambergo criollo.
Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigiéndose al
comedor, don Saverio se aproximó a Baldomero y le dijo al oído:
--El asado se pasó un poquito, ¡vea!
--¿Por qué no lo retiró, amigo?
--¡Eh, qué quiere!... ¿Sabe?... es tarde...
--¿Qué dice?--preguntó Melchor a Baldomero.
--El hombre está afligido porque nos hemos demorado.
--Ganaremos tiempo comiendo ligero--contestó Melchor al sentarse a la
mesa.
El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que
observaban prolijamente a los recién llegados y, a no interponerse entre
unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero,
habrían pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso
la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo
un paisano que estaba cerca:
--¡Parece un «flaire» que va a decir misa!...
Baldomero alcanzó a oír la pulla y levantándose fue hacia quien la había
lanzado y le dijo:
--Vea, Martín: estos señores están conmigo, ¿entiende?
--¿Y yo qué hago?
--No le digo más--respondió Baldomero, disponiéndose a volver a su
asiento; pero al hacerlo oyó que el paisano decía como en un rezongo:
--...¡Tá lindo... no va a poder hablar uno!...
--¡A rebencazos te voy a tapar la jeta!--le dijo en voz baja Baldomero,
como para evitar ser oído por los demás.
--¡Cualquier día!--respondió el paisano tomando disimuladamente un
botellón que tenía delante.
--¡Soltá eso!... ¡Si no estuviera con estos señores!--repuso Baldomero
en voz aún más baja.
--¡Cuando quiera, no más!
--¡La facha!...--dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por
terminado el incidente que no había pasado inadvertido en el comedor más
que para sus compañeros de mesa.
--¿En qué andaba?--le preguntó Melchor.
--Un encargue... que no me han cumplido--contestó como contrariado, para
explicar así la ligera emoción que le embargaba. Pero en ese momento,
Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero
había estado, vio que aquél, hablando con el compañero, se besaba sin
ruido el pulgar y el índice de la derecha en cruz.
Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, servía la mesa, sobre la
que puso, para empezar, una verdadera montaña de tallarines al jugo.
--Yo también me siento con apetito--dijo Ricardo dirigiéndose a
Baldomero y aludiendo a las palabras de éste en el break.
--Es la mejor salsa, señor--repuso y agregó mirando a Lorenzo:--¿y
usted, señor, se siente con disposición?
--No mucha.
--«L'appetit vient en mangeant»--dijo Melchor, mientras levantaba en
toda la extensión de sus brazos los tenedores con que pretendía sacar de
la fuente los kilométricos tallarines.
--¿Qué vino gustan tomar?--preguntó Baldomero, haciendo una verdadera
gambeta a la sentencia de Melchor.
--Gracias, tomo agua--dijo Lorenzo.
--Y yo también.
--Para mí cualquiera.--dijo Ricardo.
--¿Pero cómo?--insistió Baldomero,--¿van a comer sin vino?
--Sin vino y con poca agua--repuso Melchor,--con la menos posible.
--¡Qué! ¿Que el agua les hace mal?
--Comiendo, sí, como a cualquiera, Baldomero.
--¡Hoy nos vamos a enfermar todos, entonces--exclamó Baldomero,
riéndose.--¿No sienten?... Está lloviendo...
--Llueve efectivamente, ¡qué chasco!--dijo Ricardo.
--No, Baldomero, esa agua no enferma a nadie; pero fíjese usted que es
tan observador insistió Melchor,--que ningún animal come y bebe al mismo
tiempo. El único es el hombre; los demás animales comen cuando tienen
hambre y beben cuando tienen sed.
--¿Sabe que es cierto?...
--La observación no es mía... la he leído... no sé dónde... y la
sigo...
--Yo también--dijo Ricardo,--por eso no como con agua...
--¡Pero te encharcas con vino! ¡vaya una gracia!--repuso Lorenzo.
La comida siguió sin nuevos incidentes hasta el preciso momento en que
don Saverio ponía sobre la mesa un fuentón de duraznos en almíbar y una
gran caja de guayaba, cuando apareció por la puerta el «ñato», con una
preciosa canasta en la mano y parándose junto a Melchor, le dijo:
--Aquí le manda el patrón estos duraznos y dice que son de la chacra,
para que convide a sus amigos y que muchos recuerdos.
¡El breve y gracioso moño de cinta celeste que cerraba la canasta no
estaba, no podía estar hecho por don Casiano!...
* * *
Al llegar el día, Melchor estaba de pie, habiendo abandonado la cama con
especial cuidado de no interrumpir el sueño de sus dos compañeros, hasta
que llegase el momento de partir.
Hipólito tenía listo el break y Baldomero tomaba mate en compañía de
Garona, que hecho a las costumbres criollas, había aprendido a «hacer
roncar un cimarrón»--según la gráfica frase con que se da a entender que
se ha sorbido hasta la última gota del mate.
La lluvia de la noche, bien que breve, había hecho descender la
temperatura y del suelo húmedo se alzaba un vaho saturado de emanaciones
olorosas, que daban particular densidad a la atmósfera. Podía decirse
que el aire estaba «gordo» y así se veía a la distancia denso y violáceo
como una tenue niebla invernal en pleno estío.
El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un
incendio que se inicia; pero que anunciaban para más tarde la alta
temperatura propia de la estación y de un día sin nubes que la
aplacaran.
Comprendiéndolo así, Baldomero contestó al saludo de Melchor, que
elogiaba la mañana, diciéndole:
--Ahora está lindo; pero «hoy va a cantar la chicharra», ¿y esos
hombres?...
--Duermen todavía; no he querido despertarlos, para que descansen un
poco más.
--¿Tomará un mate, don Melchor? ¿o prefiere café?
--No, mate. ¿Es dulce?
--¡Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce también.
Garona llamó a una muchacha de servicio y minutos después Melchor tomaba
su mate.
--¿Y los equipajes, Baldomero?
--Ya van en viaje. El carro salió hará dos horas.
--¡Pero vea usted!--dijo Melchor contemplando bondadosamente a
Garona.--¡Cómo se aclimatan estos gringos!... ¡Quién había de decirle,
don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida?
--¡Qué quiere!... aquí aprendemos de todo... y quién sabe si hay alguno
que toma más mate «de» yo--contestó enfáticamente Garona, que hacía gala
de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mérito de «un
buen gaucho» se revela por el número de mates que pueda tomar y no por
calidades de otro orden.
--Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos.
--Cuando quiera, estamos listos.
--Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto café con leche, pan y
manteca, bien servido, ¿eh?--y con el mate en la mano se dirigió al
dormitorio de sus compañeros, a quienes dijo:
--¡Muchachos!... ¡Aquí está la Pampita!
--¡El qué?--exclamó Ricardo, irguiéndose rápidamente en la cama, al
mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba también.
--Que ya es de día...--contestó Melchor.
--Pero, ¿qué fue lo que dijiste?
--¡Nada!... que es hora de levantarse...
--¡Juraría que te había oído nombrar a la Pampita!
--¡Estás soñando!
--Yo sí que he soñado con ella--dijo Lorenzo,--¡y qué linda estaba!...
Habíamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... ¡muy
largo!
--¡Que te parecería corto!--le interrumpió Melchor, agregando:--Bueno,
levántense... ya les van a traer desayuno--y como en ese momento
apareciera un sirviente llevándolo, le dijo:--Entre, ché, póngalo
aquí... en esta mesa--y volviéndose a Lorenzo y Ricardo:--les voy a
servir yo... ¿cuántos terrones?...
--¿Y por qué no nos dan mate?
--Es mejor café con leche; el mate produce acidez al estómago cuando no
se está acostumbrado a tomarlo como desayuno..
--¿Y tú lo estás?...
--No; pero a mí no me hace nada.
--Si... por darte corte con esta gente... toma café con leche... no seas
pavo--le dijo Ricardo.