--Déjalos, no más. ¡Vamos!

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

ENRIQUE DE VEDIA

TRANSFUSIÓN

BUENOS AIRES

1914

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires

PRÓLOGO

_La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su

autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia,

acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también

había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y

sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y

literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que

hoy llega con_ TRANSFUSIÓN, _como un resumen de energías y una síntesis

de belleza_.

_Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero

lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y

ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo

constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el

autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como

contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y

en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el

análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del

espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus

atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces

de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo._

_De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de

humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se

advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de

alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso

viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron

sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la

impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres

centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima,

sino también a las figuras de segundo término, o episódicas._

_El señor Vedia ha matizado_ TRANSFUSIÓN _con algunos trozos

descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando

del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a

describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que

la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de

la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres

camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo._

_Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí

que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura,

allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo

lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado

y la energía evocadora._

LA NACIÓN.

Junio 10 de 1908.

Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se

encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto

ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde:

«Rosario, julio 15 de 1908.--Señor Enrique de Vedia.--Buenos Aires.--Mi

distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de

romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con

ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que

se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos

referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de

contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo;

que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del

protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su

fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e

imbécil, en un acceso de _delirium tremens_ o maniatado por la parálisis

general progresiva.

»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para

continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera

un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros

admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la

imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana.

»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su

simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se

llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda

a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos

elementos realizan verdaderas creaciones.

»Tan cierto es que un simple gesto, o una _pose_ revelan muchas veces

todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie.

»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así

plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la

metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y

su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar

uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud

análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de

aplomo dibujándose en los labios.

»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la

salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo,

los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las

flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido

carbónico, que es la muerte.

»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose

ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como

en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un

padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente,

catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero

¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por

excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se

busca?

»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de

consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil

ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda

alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo.

»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su

romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de

campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido

arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza

genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana

magnificencia.

»No tengo por delante su trabajo; el folletín vuela y muchas bellezas

escapan al ojear los recuerdos. Dejo, además, como usted ve, correr la

pluma en el natural desaliño epistolar, como que estamos conversando

familiarmente sobre las facciones de su primogénito.

»Espero ver pronto en forma de libro su bella concepción, tan sencilla y

eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo

debe decirse de ella al público. Desde luego, el deseo de verla hecha

carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer

momento.

»¿La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: «Yo estoy con Dios así»...

vale un Perú. Su afectísimo amigo,

»ALEJANDRO V. MURGUIONDO.»

TRANSFUSIÓN

[Publicada, por primera vez, en el folletín de «LA NACIÓN» en los meses

de junio y julio de 1908.]

* * * * *

* * * * *

--¿Suicidarte? ¿Pero comprendes bien lo que dices?

--Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué

ideal puede estimularme ya?...

--No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la

ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos.

--Como cualquier animal...

--¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su

condición de tales?...

--Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.

--No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos

entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de

circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no

quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy!

--Porque la desgracia no te agarra...

--¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia

se aburre conmigo.

--No te entiendo.

--¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia

en compañía de quien ríe constantemente.

--Lo difícil, lo imposible es eso; reír siempre...

--¡Qué ha de ser difícil! Todo es cuestión de resolverse, no sólo en

defensa propia, te diría, sino en homenaje a la risa que es, sin

disputa, nuestra patente de racionales.

--Tampoco te entiendo.

--¡Sí, hombre! Nosotros, los humanos, somos los únicos animales que

reímos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los

demás bichos de la creación es la de reír.

--¿Y la de sufrir?...

--¿Y quién te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren

horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ¿O que los gatos de

nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que

nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el «civet de liebre»?... ¿Sabes

lo que sucede?...

--No sé adonde vas.

--A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les

importa.

--Eso dices tú.

--No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a

las vacas, por ejemplo; ¿tú crees que una vaca a la que el tambero le

quita la leche que ella formó para su ternero no sufre? ¡Sufre, che!

pero se resigna. ¿Y sabes cómo lo demuestra?... ¡Comiendo de nuevo para

tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus

entrañas!...

--Comen para satisfacer una necesidad.

--¡Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ¿o tú crees que no

necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?

--No sólo de pan vive el hombre.

--¡Ya lo creo! pero así como nuestra economía animal nos exige alimentos

que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro--¿te gusta el locro?

¿qué rico es con pedacitos de cordero, eh?--bueno, pues lo mismo nuestro

ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman:

resignación, esperanza, jovialidad, ¡risa, ché! ¡risa!... ¡mucha risa!

--Es muy fácil decirlo.

--¡Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los

dolores morales; pero cuando uno de éstos me manifiesta intenciones de

molestarme demasiado, metiéndoseme muy adentro o quedándose en mí más

tiempo del tolerable, ¡me le planto delante, le suelto una carcajada y

le señalo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas;

como que hay «personas-dolor» y «personas-alegría». A una de éstas le

digo: ¡Cuánto gusto! ¡Adelante! Tome asiento;--a las otras les hago

decir con mi sirviente que no estoy.

--¿Y qué haces cuando una de esas que llamas «personas-dolor» te

sorprende y te agarra sin poder evitarlo?

--¿A qué hora?

--¿Cómo a qué hora?

--Sí, pues; porque según la hora será el rumbo que tome; si es de día la

llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que

tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y

en el primer entreacto ¡zas! me le escabullo.

--Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.

--¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de

ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que

el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral?

--Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.

--La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar.

--¿Cuáles serían?...

--En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que

aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a

la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada

mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y,

contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas

deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en

nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá

sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la

fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales...

¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...!

--Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.

--¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo

ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra

parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás

que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos

los tuyos...

--¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe?

--La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas

o no? A esto he venido... por última vez...

--Bueno, ¡iré!

--¡Bravo!... ¡Venga un abrazo!... ¡Ya ha empezado tu mejoría!

--Mi mejoría... Tú eres muy bueno, Melchor.

--¡Ah!... ¡Soy una monada!...--contestó éste riendo de nuevo como lo

había hecho durante todo el diálogo sostenido con su amigo de la

infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combatía desde algunos

meses, como combatía también el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien

conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.

Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida

para el campo, se dirigió a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y

luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla también, como

lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.

* * * * *

* * * * *

--Ya no eres un niño, Melchor--le dijo su madre,--y debes saber lo que

haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad

para con Lorenzo y Ricardo.

--¡Pero, mamá! ¡Gran cosa!

--Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que tú mismo

no sabes cuánto será; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a

cuidar a dos amigos.

--Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos.

--¿De cuándo acá eres médico?

--El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo.

--Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú?

--Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún

amigo como ellos, mamá.

--Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te

vayas así y a que cargues con esa responsabilidad.

--¿Que me vaya cómo?

--Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?--dijo la

señora quitándose los anteojos con que cosía.

--Dos o tres meses.

--¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes

obligaciones a que «antes» no habrías faltado.

--¡Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia,

reemplazándome el subjefe, un excelente compañero, mientras dure mi

ausencia.

--¿Y el sueldo?

--¡Es claro que lo cobrará él!

--¿De modo que tú no figurarás para nada?

--Figuraré con licencia; y Clota... también me ha dado licencia--agregó

Melchor, riendo y abrazando cariñosamente a su madre.

--Pero yo no te la he dado todavía--replicó ella, mientras le miraba con

una de esas miradas con que sólo una madre sabe decir: ¡bendito seas!

--¿Y serías capaz de negármela, cuando voy a realizar una obra buena?

--Yo no puedo darte ni negarte licencia--dijo la señora cambiando el

tono de su voz;--tú tienes veintiocho años.

--¡Todavía no!--interrumpió Melchor;--los cumplo en febrero--y

agregó:--¡qué afán de echarme edad!

--¿Y tu padre, qué dice a todo esto?

--¿Él? ¡él es el primero en alentarme!

--¡Hum!--moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de

nuevo los anteojos:--¡En fin!...

--Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que

reniegues de tu propia obra!

--¿Qué obra?

--¡Haberme hecho como soy!

--Sí... mucho...

--¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?...

¡Mírame!--dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:--bueno,

ahora hay que preparar todo.

--¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...--entró gritando desaforadamente

su hermanita menor:--¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo!

--Que lo pongan en mi cuarto, nena.

--¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!--repetía la nena hondamente impresionada

ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y

contemplado escrupulosamente por toda la familia.

Cuando Melchor quedó solo, abrió el baúl para empezar la tarea de

preparar su viaje, aproximó una silla y sentado en ella quedó

contemplando la luciente caja vacía.

--¡Un baúl!--se decía Melchor,--¡un baúl es lo más parecido a una

persona!... ¡Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los

hombres como los baúles... Un baúl nuevo como éste es igual, igualito a

un recién nacido... ¿Qué se le va a poner adentro...? ¡Psh!... ¡tantas

cosas...! A éste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva,

¿cómo vendrá esta ropa?... ¿habré usado toda?... ¿volverá sucia?...

¿traerá toda?... ¿traerá menos?... ¿se le agregará ropa ajena?... acaso

sucia... quizá limpia... ¡quién sabe!... ¡Pero cómo se parece un baúl a

una persona!... Por lo pronto éste es igual a mí: le cabe en suerte

recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un

viaje proyectado con la mejor intención...

«Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas

limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... ¡me pusieron lo

único que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas

intenciones...

»¡Y qué diablos! Voy cumpliéndolas... ¡es la verdad!... en el fondo de

este baúl que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la

conciencia, no guardo ningún agravio... ninguna ofensa... ningún

remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo

haciéndolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido

envidia por quienes me consideraron así... y ahora mismo sigo mi viaje

de buenas intenciones... y lo seguiré hasta el fin... ¡hasta que el baúl

se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo

roben los hombres... ¡o lo ensucie el uso!...

»...O lo ensucie el uso... ¡las cosas que dice uno de repente!... O lo

roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...»

* * *

Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos

de dormido.

Hacia el oriente la vaga y tenue coloración auroral frente a la que las

sombras de la noche huyen como arreadas por las guías curvas de una

amarillenta luna en su último menguante.

Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraños,

pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la más franca

irradiación de la indecisa luz con que el día se anuncia.

Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvías

conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a

intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeños carritos que, al

salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ésta a la calle,

conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz

hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisión

de hortalizas con que hace un nutrido «agosto» en el breve espacio de

cada mañana.

La claridad avanza, hundiéndose en la sombra a lo largo de las calles y

haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada,

mientras los noctámbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes

blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.

Como la más limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de

lenta isocronía, parece bajar de planos más altos aún que los altos

campanarios, mientras--como surgiendo de entre las apretadas piezas del

entarugado--pasan veloces los carros que llevan a domicilio «el pan

nuestro de cada día»...

Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los

«nocheros» de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones

que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melancólicas nostalgias.

De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que

pululan llenando las calles--como esas bandadas de avecillas que en el

bosque cantan cuando el día llega,--y es de admirar el contraste que

ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmón lleno

proclaman su luminosa mercancía, pasando rápidos y sonoros por el lado

del «repartidor de diarios» que, silencioso y grave, va echando por

entre buzones, celosías y rendijas la doblada hoja impresa que aquéllos

pregonan a gritos.

Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanación

peculiar que bien pudiera llamarse el regüeldo matinal de las casas,

mientras la sirvienta que abrió la puerta, se alisa el despeinado

cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el

repartidor de pan o el mucamo de enfrente...

Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmósfera

de la ciudad densa y cargada, y sólo el punto en que el observador se

coloca parece limpio y diáfano, ofreciéndose en el explicable fenómeno

de sobresaturación atmosférica el más vivo remedo del que los más

padecen al considerarse a sí mismos en el centro de la verdad luminosa,

mientras ven o creen ver a los demás obnubilados por las sombras del

desacierto.

Ilusión de óptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del

error nos envuelve...

El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste

diafanidad cenital, como si aquella coloración rojiza del primer

instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso

el rojo de su propia irradiación se desvanece y el contorno de la

inextinguible hoguera se destaca nítido en la eucarística limpidez del

cielo.

Es la hora de las grandes honestidades...

El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego--ése, para

quien la acción y el fin de la vida están en las astucias del tapete y

en sus éxitos repugnantes,--se alza bravamente ante los distinguidos

tahures o «clubmen» que le rodean y palpitante de emoción o de angustia,

proclama:

--¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día!

Más allá, alguien--acaso en ausencia del que abandona la carpeta,--ha

dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido

de un puñal que sale de la herida:

--Bueno, basta; ya viene el día...

Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de

tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo,

dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada

día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y

el amor.

Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de

enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel

y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la

victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día.

La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde

horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han

intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos

de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es

cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de

dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la

pasta dentífrica; el betún, etc., etc.

Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de

Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano--según

lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,--por si se daba algún baile

en el pueblo».

--Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que

no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se

olviden del frac--y luego, dirigiéndose al cochero:--vamos a casa de

Merrick, ¿sabes? en la avenida.

--El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo.

--¡Ah! entonces vamos allá.

Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al

romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la

regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de

la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor,

que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor

de diarios que descendía de un tranvía:

--Dame _Nación_ y _Prensa_...

--...No tengo cobre...

--Déjalos, no más. ¡Vamos!

Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse

en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de

generosidad.

Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en

la puerta de calle.

--Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.

--¿Por qué?

--Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para

nosotros estéril y para ti penoso.

--¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo;

bajo en seguida.

--Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.

--Ya las he visto--dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia

escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que

en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír

y de llorar se mezclan.

La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala

que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a

Melchor diciéndole:

--Venga para acá... venga el santo... el bueno...

--¡Señora!--exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con

los brazos abiertos exclamando:

--Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!--y rompió a llorar.

Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de

un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia

el escritorio en el que penetró despacio...

--¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!

--Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.

--Y usted es para mí un hijo desde hoy.

--Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para

los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve

Lorenzo hecho unas pascuas--dijo Melchor sonriendo al dominar la

intensa, la profunda emoción que sentía.

--¡Dios lo oiga!

--¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...--repuso sonriendo al

cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:

--¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita»,

adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!--dirigiéndose al

viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el

chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su

saco...

--¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...

--Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones

para cien años!--repuso Melchor con su jovialidad habitual.

Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que

dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno

derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.

--¡Caramba, con tu despedida!

--La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!

--Al Once, ché--dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.

--Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...--decía

Melchor,--¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal?

Ricardo, ¿qué dices?

--¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?

--¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides

lo que te decía anoche tu madre.

--¡Mi madre!...

--Sí, tu madre, ¿pues qué?

--Mi madre ha sido feliz toda su vida.

--¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así--y reunía en un haz las

yemas de sus dedos,--así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.

--Es posible.

--No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan

un juguete.

--¡Un juguete!...

--¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?--interrumpió Lorenzo.

--A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a

la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia».

--¿Y a la estancia?--insistió Lorenzo.

--Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde.

--¡Todo el día en coche! ¡Qué horror!

--No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del

«Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?

--¿El qué?...

--¡El qué!... ¿Estás dormido?

--Estaba distraído.

--Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso.

En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino

Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía

en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien

merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no

había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también.

--Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande

no puede ir en este tren; pero va más tarde.

--¿Por qué?

--No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque

dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita.

--Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo?

--Ahí viene con D. Ricardo.

Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban

el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo.

--¿En qué andan?

--Este, que quería comprar _La Nación_ y _La Prensa_, a pesar de que yo

los llevo.

--Y yo también.

--No importa--replicó Ricardo;--yo no puedo pasarme sin los diarios.

--¡Pero si los teníamos!

--Bueno, déjalo--dijo Melchor, en tono de broma,--cada loco con su

tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?

--Todo, sí, señor--contestó Rufino.

--Ché, ¿y las boletas?

--Aquí están, niño.

--¡Bueno, andando!--dijo Melchor.

El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino

había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.

--Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir

más cómodos.

--¿Y tú?

--Yo... ¡aquí!--dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con

estrepitosa satisfacción.

--¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina?

--No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el

viaje les hará.

Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección

despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco

silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el

movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su

suave deslizamiento...

--¡Adiós, adiós, Rufino!--exclamaron los viajeros asomados a las

ventanillas del coche.

--¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese

¡eh! y a ver si vuelve sano y contento.

--¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban!

* * *

En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama,

que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren,

que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos.

Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles

distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la

misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos

y sólo por ellos.

Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón

limpio y sano--todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de

reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente

enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo

cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones

lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo

Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica,

de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad

confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de

vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.

--¡Ah!--pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos

amigos.--¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando

vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de

pavadas?...

En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su

asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento

esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna

conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:

--Linda mañana, ¿eh?

--¡Hola!--exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose

efusivamente las manos.--¿Conque ya encontramos algo lindo?

--¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta

espléndida mañana?

--¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al

empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?

--¡Déjate de tonteras!--interrumpió Ricardo,--pues nos vas a poner en el

caso de no poder hablar.

--No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el

«médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta

el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.

--¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!

--Gracias por la amabilidad.

--¿Vas a resentirte?

--¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un

amigo...

--Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...

--¿A pegar?...

--Yo no te pego; te hago una observación amistosa.

--Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no

deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique;

pero señalan con el dedo...

--¡Boooletos!--gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno,

cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los

discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se

gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como

ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra

y el sacabocados.

--Me ha dejado aturdido el grito del guarda--dijo Lorenzo, por romper el

silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.

--¡Realmente! ¡Qué pulmones!--repuso Melchor, agregando:--¡Cómo se

conoce que ese hombre vive viajando!

--¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?--replicó Ricardo.

--¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!

--Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que

todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.

--¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del

mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más;

fíjate... mira qué maravillas de quintas.

--Sí; muy lindas...

--¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor

a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!

--¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...--dijo riendo amablemente

Ricardo.

--¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a

cloacas, a hoteles, a multitudes.

--¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay

multitudes en despoblado?

--Te digo multitudes, empleando una metonimia.

--Una... ¿qué?

--Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes

por no decirte olor a sudor.

--¡Qué porquería!

--¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.

--Pero, ¡qué encono con la ciudad!--dijo Lorenzo, que parecía absorbido

en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de

la marcha acelerada del tren.

--No hay tal; es justicia al campo.

--«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de

Larra.

--No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa

una condenación a la vida en las grandes ciudades.

--Pero prefieres la primera.

--¡Con toda mi alma!

--Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.

--Que no me gusta...--replicó Melchor, subrayando las palabras,--tanto

como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.

--¿Que Buenos Aires se parece al mar?

--¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades,

borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes

calmas se parece.

--¿Y por eso no te gusta?

--Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me

gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida

entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven,

atropellan, contagian, pegan, muerden!

--¡¡Luján!!--gritó en el andén la misma formidable voz de los

«booletos».

--¿Tendremos tiempo de bajar?--preguntó Lorenzo.

--Algunos minutos--repuso Melchor;--bajemos.

--¡Cuánta gente baja aquí!--dijo Ricardo al pisar el andén.

--Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján.

--¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando!

--Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del

exterior.

--¡Qué cosa bárbara!--exclamó Ricardo, agregando:--¿Y todos éstos

creerán?

--Si no creyeran--le contestó Melchor,--no vendrían a traer sus ofrendas

y sus preces.

--Eso... no...--replicó Ricardo, como distraídamente.--¿Vamos a ver?

--¿A ver qué?

--A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van...

--No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van,

probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos.

--¿Van caminando?...

--¿Y cómo quieres que vayan?

--Yo creía que irían hincados--dijo burlonamente Ricardo.

--Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.

--Subamos, ché, que va a ser la hora.

De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:

--Deben ser felices los que creen, ¿eh?

--Si la felicidad está en creer--repuso Melchor,--todos deben ser

felices.

--Todos los que creen.

--¿Y tú crees que haya excepciones?

--¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.

--¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!...

¿Por qué?--repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una

inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por

oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor

francés.

--Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor.

--No lo recuerdo...

--Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de

morir quiso ponerse bien con Dios.

--¿Es cierto eso, Melchor?--preguntó Lorenzo.

--Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel

filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la

existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el

sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios».

--Por lo visto, eres todo un creyente--dijo Ricardo.

--Yo sí, ché; ¿para qué negarlo?

--Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos

fatigoso...

--¡Y es... tan común!

--¿Lo dices por mí?

--¡Hombre!... tú me has dicho recién cosas peores.

--Que has querido considerarlas así y tomar ahora una revancha

sangrienta.

--¡Sangrienta!...

--Pues es nada: me dices mentiroso, hipócrita... casi apóstata.

--¡Apóstata!... ¡qué gracioso!

--Advierte que el ateísmo y el panteísmo se dan la mano y que si me

supones renegando de «mi» religión, me colocas en plena apostasía.

--¡Es ir lejos!

--Tú me llevas...

--¡Qué he de llevarte!... ¡Acaso explicablemente no he hablado nunca de

religión contigo y al tocar incidentalmente el tema he creído ver

confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez

pensé hablarte de estas cosas.

--¿Puedo saber de qué índole son esas «sospechas», señor médico?...

--¡Qué tema tan aburrido!--interrumpió Lorenzo.

--¿Aburrido?... ¿por parte de quién? ¿de Ricardo?... ¿o de mí?

--No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en sí

mismo.

--¿Por qué?

--Porque hablarán todo el día y todo el mes sin arribar a nada.

--¡Quién sabe!...

--Sí, ché... Lorenzo tiene razón; entre un materialista y un

espiritualista como tú...

--O como tú...

--¿Cómo yo?

--¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a

filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos

en Dios y sostener que descendemos del mono--aunque no sepamos de dónde

desciende el mono,--y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto

aparecen viruelas.

--Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.

--¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de

evolución, un átomo de vida!

--Perfectamente.

--¡Y bien: ahí, ahí está Dios!

--¿Tan chiquito es Dios?

--Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el

Universo.

--¿También está en todo el Universo?

--¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como

socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan

creyente y tan cristiano como yo.

--¡Qué voy a ser!

--¡Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas

y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral

cristiana que tú mismo practicas a cada rato.

--Eso es cuestión de educación.

--Sí, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver

con nuestros sentimientos religiosos.

--Que yo no tengo.

--Mira: no hay, no ha habido ni habrá jamás un ser humano que no sienta

a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro.

No hago cuestión de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de

Méndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc.,

todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma

impresión, y si nos es dado elegir, ¿cuál de todas las religiones del

mundo nos ofrece una moral más sana, más fecunda, más generosa que

nuestra moral cristiana en la fe de Dios?

Lorenzo escuchaba el diálogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el

campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las

últimas palabras de Melchor se volvió hacia éste, diciéndole:

--¡Pareces un apóstol en pleno paganismo!

--Bien puede haber de las dos cosas--replicó Melchor,--y más que fecundo

me resultaría este viaje si él me hubiera de servir para convertir a

ustedes.

--¡Qué empeño!...

--Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de

hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el

tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que

les falta.

--Lo que a mí me falta no me lo dará la religión--dijo Ricardo.

--Por lo pronto te ha dado tema para hablar con más vivacidad de la que

te es habitual.

--Lo mismo pasaría si habláramos de modas.

--¡No, ché, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por más que sea el

tema predilecto de los hombres de... la actualidad.

--Eso es cierto--dijo Lorenzo,--más de una vez lo he comprobado.

--Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de

caballeros y de damas.

--No diré tanto; pero es frecuente...

--¡Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no

me he encontrado en ninguna reunión en que no se haga una de estas dos

imbecilidades.

--Tú exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente

social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean

los centros realmente intelectuales.

--¡No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones--y tú las

conoces, Lorenzo,--sin encontrar jamás, así: ¡jamás! nada que no sea un

«poker armado» o una acalorada discusión, entre damas y caballeros,

sobre el costo del sombrero de fulanita; ¡pero, hombre! sin ir más

lejos: la otra noche fui a lo de Méndez, ¿sabes? a lo de misia Edelmira,

porque era día de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener

con la suya, el diputado Targe, el senador Ramírez con la señora--y ¡qué

linda estaba!...--Eguina... las dos muchachas de Gori--¡dos

bagres!...--y no me acuerdo quiénes más, ¡pues no se habló más que de

sombreros y de yeguas!

--¿De yeguas?...

--¡De yeguas, ché! porque, según pude entender, la «Nona», que es la

señora de «Pepito», había vendido a «Toto», que es el marido de la

«Beba», una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que había invertido

en comprar un «modelo».

--¿Qué es lo que dices?

--¡Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda

en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no

por el apellido, y menos por el título; y así es de mal gusto hablar del

«doctor García» cuando se le puede designar por su nombre de pila:

Claudio, o por el sobrenombre, lo que es más distinguido: el «Nene», por

ejemplo.

--¡Qué ridiculez!

--¡Y cuando el «Nene» resulta un hombre del alto de esa puerta, y con

varios nenes de verdad a la cola!

--¿Y lo del modelo?

--¿Pero cómo?... ¿Qué, no sabes, Lorenzo?... ¡Ah!... yo aquella noche

aprendí eso y mucho más: un «modelo» es un sombrero de señora traído de

París para hacer otros iguales; pero que jamás valen lo que aquél y

según parece la «Nona» estaba loca por comprar uno que había visto; y

como «Pepito» (¡Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los

cuatrocientos pesos que costaba, la «Nona» le vendió a «Toto», con

permiso de la «Beba», una de las yeguas del coche.

--¡Cuánto disparate!...

--Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la

reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron

los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o

jugar un «pocarcito»...

--Ese juego se ha divulgado mucho realmente--dijo Lorenzo.

--¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas

familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada

«metejón»!...

--¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando?

--¿Esto?... esto... es Mercedes--repuso Melchor,--aquí podremos bajar un

momento para estirar las piernas.

* * *

--Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina?

--¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil

veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría

conversado con el maquinista, en grande.

--¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas

excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!...

--Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.

--¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía?

--Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de

relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra

parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho

estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de

trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril.

--¡Puede ser!...

--Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más

que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de

eso... nadie vale nada.

--Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club.

--No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente

de otra clase.

--¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores

maquinistas?...

--No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas

acaso los maquinistas--¡y como ellos tantos otros!--no sacaran la peor

parte...

--¡No digas barbaridades!...

--¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las

recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y

que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran

todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a

conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo,

que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y

jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va,

Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando

amargo y escupiendo dulce.»

--¡Qué hermoso!--dijo Lorenzo.

--¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan

sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus

contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la

culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!»

--Es en bruto el concepto de Víctor Hugo... ¿te acuerdas?... en la

«Oración por todos»...--dijo Lorenzo,--cuando al hablarle de la madre

dice a su hija; más o menos, no me acuerdo bien: «que haciendo dos

porciones de la vida, bebió el acíbar y te dio la miel».

--¡Eso es!... Con una diferencia para mí: que en un caso hay un verso

de «Víctor Hugo»... y en el otro la expresión sincera de un hombre de

corazón.

--¿Y qué tiene que ver todo eso con los señores maquinistas?--dijo

Ricardo burlescamente.

--¡Que es frecuente encontrar en gente de baja condición social

conceptos y formas que impresionan más que el mejor precepto editado por

el más campanudo moralista!

--También con una diferencia, Melchor.

--¿Cuál?

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