(_Leyendo_).

«Tu sentimiento encareces,

sin escuchar mis disculpas,

cuanto sin razón me culpas,

tanto con razón padeces.

Si miras lo que mereces,

verás como la pasión

te obliga a que sin razón

agravies en tu locura,

con las dudas, la hermosura,

con los celos, la elección.

Lucrecia, de ti a doña Ana

ventaja hay más conocida

que de la muerte a la vida,

de la noche a la mañana;

¿quién a la hermosa Diana

trocará por una estrella?

Deja la injusta querella,

desengaña tus enojos,

que tengo un alma y dos ojos

para escoger la más bella».

DOÑA LUCRECIA.

¿Qué dices de ese papel?

DOÑA ANA.

Si estás viendo, prima, aquí,

lo que él ha dicho de mí,

¿qué quieres que diga de él?

Pierde el cuidado crüel

que te obliga a recelar

cuando así me ves tratar,

si es cosa cierta el nacer

la injuria de aborrecer,

y la alabanza de amar.

Mas cansada te imagino,

entra a reposar un rato,

que para hablar de tu ingrato

será tercero el camino.

DOÑA LUCRECIA.

Mi celoso desatino

el sueño me ha de impedir.

DOÑA ANA.

A las doce es el partir

forzoso.

DOÑA LUCRECIA.

Y tú, ¿no reposas?

DOÑA ANA.

No, Lucrecia, que mil cosas

me faltan por prevenir.

DOÑA LUCRECIA.

¿Puedo ayudarte?

DOÑA ANA.

Ayudarme,

dejarme sola será.

DOÑA LUCRECIA.

El obedecerte es ya

forzoso.

(_Vase_).

DOÑA ANA.

(_Aparte_).

(Como el matarme.)

Celia, ven, ven a ayudarme

a lamentar mi tormento,

presta tu voz a mi aliento,

que en desventura tan grave,

por una boca no cabe

a salir el sentimiento.

Escena IV.

_Doña Ana y Celia._

CELIA.

¿Qué ha sido?

DOÑA ANA.

Nuevos agravios

del vil don Mendo, que en suma

firma también con la pluma

lo que afirmó con los labios.

CELIA.

Mudar consejo es de sabios;

hasta aquí nada has perdido;

tu misma vista y oído

te han avisado tu daño;

agradece el desengaño

que a tan buen tiempo ha venido.

Quien así te injuria ausente

y presente lisonjea,

o engañoso te desea,

o deseoso te miente;

y cuando cumplir intente

lo que ofrece, y ser tu esposo,

si ordinario, y aun forzoso,

es el cansarse un marido,

¿cómo hablará arrepentido,

quien habla así deseoso?

DOÑA ANA.

No es, Celia, mi corazón

ángel en el aprehender,

que nunca pueda perder

la primera aprehensión;

no es bronce mi corazón

en quien viven inmortales

las esculpidas señales;

mudarse puede mi amor;

si puede, ¿cuándo mejor,

que con ocasiones tales?

No pienses que está ya en mí

tan poderoso y entero

el gigante amor primero

a quien tanto me rendí;

desde la noche que oí

mis agravios, la memoria

en tan afrentosa historia

tan rabiosamente piensa

que entre el amor y la ofensa

dudaba ya la victoria.

Pero con tan gran pujanza

la nueva injuria ha venido

que del todo se ha rendido

el amor a la venganza.

CELIA.

¿Serás firme en la mudanza?

DOÑA ANA.

O el cielo mi mal aumente.

CELIA.

Tus venturas acreciente

como contento me ha dado

tu pensamiento mudado

de un hombre tan maldiciente.

Que desde que estando un día

viéndote por una reja,

la cerré, y me llamó vieja,

sin pensar que yo lo oía,

tal cual soy, no lo querría

si él fuese del mundo Adán.

DOÑA ANA.

Que eran botes mi Jordán,

dijo de mí; ¿qué te altera,

que a tus años se atreviera?

CELIA.

¡Cuán diferente es don Juan!

Ofendido y despreciado

es honrar su condición

cuanto el lengua de escorpión

ofende, siendo estimado.

Una vez desesperado,

don Juan se quejaba así:

«¿Qué delito cometí

en quererte, ingrata fiera?

¡Quiera Dios!... pero no quiera,

que te quiero más que a mí».

¡Si vieras la cortesía

y humildad con que me habló

cuando licencia pidió

para verte el otro día!

¡Si vieras lo que decía

en mi defensa a un criado

que porfiaba arrojado

que si yo dificultaba

la visita, lo causaba

ser él pobre y desdichado!

¡Si vieras!... pero ¿qué vieras

que igualase a lo que viste,

cuando del traidor le oíste

defenderte tan de veras?

Ya te ablandaras, si fueras

formada de pedernal.

DOÑA ANA.

¿Qué te obliga a que tan mal

te parezca mi desdén?

CELIA.

Tener a quien habla bien

inclinación natural;

y sin ella me obligara

la razón a que lo hiciera.

DOÑA ANA.

Celia, ¡si don Juan tuviera

mejor talle, y mejor cara!...

CELIA.

Pues ¡cómo! ¿En eso repara

una tan cuerda mujer?

En el hombre no has de ver

la hermosura o gentileza:

su hermosura es la nobleza,

su gentileza el saber;

lo visible es el tesoro

de mozas faltas de seso,

y las más veces por eso

topan con un asno de oro;

por eso no tiene el moro

ventanas, y es cosa clara

que, aunque al principio repara

la vista, con la costumbre

pierde el gusto o pesadumbre

de la buena o mala cara.

DOÑA ANA.

No niego que desde el día,

que defenderme le oí,

tiene ya don Juan en mí

mejor lugar que solía;

porque el beneficio cría

obligación natural

y pues el rigor mortal

aplacó ya mi desdén,

principio es de querer bien,

el dejar de querer mal.

Pero no fácil se olvida

amor que costumbre ha hecho;

por más que se valga el pecho

de la ofensa recibida,

y una forma corrompida

y otra forma hace lugar,

mas bien puedes confiar,

que el tiempo irá introduciendo

a don Juan, pues a don Mendo

he comenzado a olvidar.

CELIA.

¿Podré yo ver el papel?

DOÑA ANA.

Pide luces, que la oscura

noche impedirte procura

ver mis agravios en él.

CELIA.

Ya están las luces aquí.

DOÑA ANA.

(_Dale el papel a Celia_).

Ten el papel.

Escena V.

_Dichos y un Escudero._

ESCUDERO.

Dos cocheros

piden licencia de veros.

DOÑA ANA.

Entren.

ESCUDERO.

Entrad.

Escena VI.

_Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros._

DON JUAN.

Pues a ti

nunca te ha visto, seguro

habla de ser conocido,

mientras yo callo, escondido

en manto de sombra oscuro.

DUQUE.

El cielo os guarde, señora.

DOÑA ANA.

Bien venido.

DUQUE.

Acá me envía

el cochero que os servía,

y no puede hacerlo ahora,

rendido a un dolor crüel.

¿A qué hora habéis de partir?,

que os tengo yo de servir

esta jornada por él.

DOÑA ANA.

¿Tanto es su mal?

DON JUAN.

Por lo menos

no podrá serviros hoy.

DOÑA ANA.

Pésame.

DUQUE.

Persona soy

con quien no lo echaréis menos.

DOÑA ANA.

A media noche esté el coche

prevenido a la carrera.

DUQUE.

Y será la vez primera

que el sol sale a media noche.

DOÑA ANA.

¿Cómo es eso?

DUQUE.

¿Cómo es eso?

DOÑA ANA.

¿Tierno sois?

DUQUE.

¿Es contra ley?

Alma, tengo, como el rey,

aunque este oficio profeso.

No huyo del amor los males,

que si por ellos no fuera,

yo os juro que no estuviera

cubierto de estos sayales.

DOÑA ANA.

¡Pues qué! ¿Son disfraz de amor

por infanta pretendida?

DUQUE.

Puede ser.

DOÑA ANA.

Bien por mi vida.

El cochero tiene humor.

CELIA.

Don Mendo viene.

DOÑA ANA.

Id con Dios

y a media noche os espero.

DUQUE.

Tengo por mi compañero

también que tratar con vos;

que es suyo el coche en que va

vuestra gente, y esta noche

ya veis cuanto vale un coche,

y concertado no está.

La visita recibid,

que los dos esperaremos.

DOÑA ANA.

Por eso no reñiremos,

si con bien llego a Madrid.

DUQUE.

Señora, entre padres e hijos

parece bien el concierto.

(_Se aparta el Duque_).

Escena VII.

_Dichos, don Mendo y Leonardo._

DON MENDO.

¡Gloria a Dios que llego al puerto

de combates tan prolijos!

DUQUE.

Escuchar pretendo así,

si a don Mendo favorece

doña Ana.

DON JUAN.

Pues ¿qué os parece?

DUQUE.

Que por mi daño la vi.

Escena VIII.

_Dichos, doña Lucrecia y Ortiz, al paño._

DOÑA LUCRECIA.

¡Don Mendo con ella, cielos!

ORTIZ.

¿Si sabe que estás acá?

DOÑA LUCRECIA.

(_Pónese a escuchar_).

Cerca el desengaño está.

ORTIZ.

Hoy averiguas tus celos.

DON MENDO.

¿Qué es esto, doña Ana hermosa?

¿No me respondes? ¿Qué es esto?

¿Quién ha mudado tan presto

mi fortuna venturosa?

¿Tú, señora, estás así

grave y callada conmigo?

¿Quién me ha puesto mal contigo?

¿Quién te ha dicho mal de mí?

Habla, dime tu querella.

DOÑA ANA.

¿Tú puedes causarme enojos,

teniendo una alma y dos ojos

para escoger la más bella?

DON MENDO.

(_Aparte_).

(Palabras son que escribí

a la engañada Lucrecia.)

Esperado habrá la necia

Lucrecia tener de mí

favor con hacerme daño;

mas no pienso que le importe;

vamos, señora, a la corte,

verás si la desengaño.

DOÑA LUCRECIA.

(_Aparte_).

¡Ah falso!

DON MENDO.

Que su favor

no estimo, porque concluya,

lo que una palabra tuya

aunque la engendre el rigor.

DOÑA ANA.

¿Cómo, pues si el labio mueve

mi mediano entendimiento,

helado queda mi aliento

entre palabras de nieve?

DON MENDO.

(_Aparte_).

(Don Juan le debió de dar

cuenta de nuestra porfía;

mas aquí la industria mía

las suertes ha de trocar;

que si la verdad confieso,

y que el amor y el poder

temí del Duque, es mujer,

y despertará con eso.)

Vuelve ese rostro en que veo

cifrado el cielo de amor.

DOÑA ANA.

Don Mendo, así está mejor,

quien tiene el cerca tan feo.

DON MENDO.

Ya colijo que don Juan

de Mendoza, mal mirado,

la contienda te ha contado

de la noche de san Juan;

que conozco esas razones

que el necio dijo de ti,

porque yo le defendí

tus divinas perfecciones.

DON JUAN.

(_Aparte al Duque_).

¡Ah traidor!

DUQUE.

(_Aparte a don Juan_).

Disimulad.

DON MENDO.

Pero don Juan bien podía

callar, pues que yo quería

perdonar su necedad.

Mas ya que estás de esa suerte

de mí, señora, ofendida,

porque le dejé la vida

a quien se atrevió a ofenderte,

no me culpes, que el estar

el duque Urbino presente,

pudo de mi furia ardiente

el ímpetu refrenar.

CELIA.

¡Qué embustero!

DOÑA ANA.

¡Qué engañoso!

CELIA.

Mira con quien te casabas.

DON MENDO.

Si por eso me privabas

de ver ese cielo hermoso,

vuelve, que presto por mí

cortada verás la lengua

que en tus gracias puso mengua.

DOÑA ANA.

Pues guárdate tú de ti.

DON MENDO.

¡Yo de mí! ¿Luego yo he sido

quien te ofendió?

DOÑA ANA.

Claro está.

¿Quien sino tú?

DON MENDO.

¿Cuánto va

que ese falso fementido,

lisonjero universal,

con capa de bien hablado,

por adularte ha contado

que él dijo bien y yo mal?

Mas brevemente verán

esos ojos, dueño hermoso,

castigado al malicioso.

DOÑA ANA.

Para entre los dos, don Juan

es un buen hombre, y si digo

que tiene poco de sabio,

puedo, sin hacerle agravio;

vuestro deudo es, y mi amigo;

mas esto no es murmurar.

DON MENDO.

Eso dije a solas yo

al Duque; que se admiró

de verle vituperar

lo que yo tanto alabé.

DOÑA ANA.

Dilo al revés.

DON MENDO.

Según esto,

quien contigo mal me ha puesto

el Duque sin duda fue.

¡Aún no ha llegado a la corte,

y ya en enredos se emplea!

¿O piensa que está en su aldea,

para que nada le importe

su grandeza o calidad

al necio rapaz conmigo,

para no darle el castigo?

DUQUE.

(_Aparte a don Juan_).

¡Ah traidor!

DON JUAN.

(_Aparte al Duque_).

Dismulad.

DOÑA ANA.

¿Qué sirven falsas excusas,

qué quimeras, qué invenciones,

donde la misma verdad

acusa tu lengua torpe?

¿Hablas tú tan mal de mí

sin que contigo te enojes,

y enójaste con quien pudo

contarme tus sinrazones?

Quien te daña es la verdad

de las culpas que te ponen;

si pecaste, y yo lo supe,

¿qué importa saber de dónde?

Pues nadie me ha referido

lo que hablaste aquella noche;

verdad te digo, o la muerte

en agraz mis años corte.

Y siendo así, sabes tú

que son las mismas razones

las que aquí me has escuchado,

que las que dijiste entonces.

Y pues las sé, bien te puedes

despedir de mis favores,

y a toda ley hablar bien,

porque las paredes oyen.

(_Vase_).

Escena IX.

_Dichos, menos doña Ana y después los demás._

DON MENDO.

Vuelve, escucha, dueño hermoso,

lo que mi fe te responde,

y pues oyen las paredes,

oye tú mis tristes voces.

DOÑA LUCRECIA.

Mas que de tristeza mueras.

(_Vase_).

CELIA.

Mas que eternamente llores.

DUQUE.

¿De dónde pudo doña Ana

saber lo que aquella noche

hablamos?

DON JUAN.

Yo no lo he dicho.

DUQUE.

Ni yo.

DON JUAN.

Las paredes oyen.

(_Vanse_).

DON MENDO.

Óyeme tú, Celia, así

tus floridos años logres.

CELIA.

Las que ya llamaste canas,

¿cómo ahora llamas flores?

DON MENDO.

¿Quien te ha dicho tal de mí,

Celia?

CELIA.

Las paredes oyen.

(_Vase_).

Escena X.

Decoración de calle.

_Don Mendo y Leonardo._

DON MENDO.

¿Qué es esto, suerte enemiga?

¡Por tan falsas ocasiones,

tan verdadera mudanza

en voluntad tan conforme!

¡Que pueda ser quien me ha dado

los más estrechos favores,

a mi acusación de cera,

y a mi descargo de bronce!

¿A mis contrarios escuchas?

¿A malos terceros oyes?

¿A mí el oído me niegas?

¿A mí la cara me escondes?

LEONARDO.

Con la pasión no discurres;

¿posible es que no conoces

que tan extraños efetos

a mayor causa responden?

No por las culpas que dice,

hay mudanza en sus amores;

antes por haber mudanza

aquestas culpas te pone.

Que si el enojo que ves

causaran tus sinrazones,

no tan resuelta negara

los oídos a tus voces;

que a quien obligan ofensas

de quien ama que se enoje,

las satisfacción desea

cuando la culpa propone.

Doña Ana no quiso oírte,

y así me espanta que ignores

que culpas ha menester,

pues huye satisfacciones;

y el que anda a caza de culpas

intención resuelta esconde,

y pretende dar color

de castigo a sus errores.

DON MENDO.

Bien imaginas.

LEONARDO.

Señor,

ciego estás, pues no conoces

su desamor en su ausencia,

su engaño en sus dilaciones.

Dilató por las novenas

el matrimonio: engañote;

que no hay mujer que al amor

prefiera las devociones.

Con secreto caminaba

a otro fin su trato doble,

y por si no lo alcanzase

entretuvo tus amores.

Ya lo alcanzó, y te despide

sin que en descargo le informes,

que ha menester que tus culpas

su injusta mudanza abonen.

DON MENDO.

Agudamente discurres;

mas por los celestes orbes

juro que me he de vengar

de su rigor esta noche.

LEONARDO.

Poderoso eres, señor.

DON MENDO.

De allá han salido dos hombres.

LEONARDO.

Cocheros son de doña Ana.

DON MENDO.

La fortuna me socorre.

Escena XI.

_Dichos, el Duque y don Juan._

DUQUE.

Ni vi hermosura mayor,

ni tal discreción oí.

DON JUAN.

¿Luego a don Mendo vencí?

DUQUE.

Pregúntaselo a mi amor.

Vive el cielo que estoy loco.

DON JUAN.

(_Aparte_).

Mi invención es ya dichosa.

DUQUE.

Será mi esposa.

DON JUAN.

¡Tu esposa!

DUQUE.

Sí.

DON JUAN.

(_Aparte_).

Ni tanto ni tan poco.

DON MENDO.

Dios os guarde, buena gente.

DUQUE.

¿Quién va allá?

DON MENDO.

Don Mendo soy

de Guzmán.

DUQUE.

(_Aparte_).

Por darle estoy

el castigo aquí.

DON JUAN.

Detente,

que es de doña Ana esta puerta.

DUQUE.

¿Qué mandáis?

DON MENDO.

Que me digáis,

pues a doña Ana lleváis,

¿a qué hora se concierta

la partida?

DUQUE.

A media noche.

DON MENDO.

Una cosa habéis de hacer,

que me obligo a agradecer.

DUQUE.

Decidla.

DON MENDO.

Apartar el coche

en que fuere vuestro dueño,

de camino un trecho largo,

haciendo del yerro cargo

a la oscuridad o al sueño.

DUQUE.

¿Para qué fin?

DON MENDO.

Solamente

hablarla pretendo, amigos,

con espacio y sin testigos.

DUQUE.

¿Cosa que algún hecho intente

que nos cueste...?

DON MENDO.

No os dé pena,

cuando yo os amparo, el miedo;

la obligación en que os quedo

publique aquesta cadena,

que podéis los dos partir.

DUQUE.

No, señor.

DON MENDO.

Esto ha de ser.

(_Dale una cadena, y tómala el Duque_).

DUQUE.

Una cosa habéis de hacer,

si os habemos de servir.

DON MENDO.

Hablad pues.

DUQUE.

Que a la ocasión

no vais más de dos amigos;

porque cuantos son testigos,

tantos enemigos son.

DON MENDO.

Solos iremos los dos;

de esto la palabra os doy.

DUQUE.

Con eso a serviros voy.

DON MENDO.

Y yo a seguiros.

DUQUE.

Adiós,

que es hora ya de partir.

DON JUAN.

¿Dónde con tu intento vas?

DUQUE.

Presto, don Juan, lo verás.

(_Vanse los dos_).

Escena XII.

_Don Mendo y Leonardo._

DON MENDO.

Manda luego apercibir,

Leonardo, los dos rocines

de campo, para alcanzar

esta fiera. Hoy he de dar

a esta caza dulces fines.

LEONARDO.

No lo dudes, pues está

tan de tu parte el cochero.

DON MENDO.

Como eso puede el dinero.

LEONARDO.

Contra su dueño será,

si de su favor te ayudas.

DON MENDO.

El primer cochero ahora

no será que a su señora

haya servido de judas.

(_Vanse_).

Escena XIII.

Decoración de Campo.

(_Cantan dentro:_)

UN ARRIERO.

_Venta de Viveros,_

_¡dichoso sitio,_

_si el ventero es cristiano_

_y es moro el vino!_

_¡Sitio dichoso,_

_si el ventero es cristiano_

_y el vino es moro!_

OTRO.

_Con mi albarda y mi burro_

_no envidio nada,_

_que son coches de pobres_

_burros y albardas._

UNA MUJER.

_Tan gustosa yo vengo_

_de ver los toros,_

_que nunca se me quitan_

_de entre los ojos._

TERCERO.

_Unos ojos que adoro,_

_llevo a las ancas;_

_¿quién ha visto los ojos_

_a las espaldas?_

UN ARRIERO.

(_Dentro_).

¿Gruñes, o gritas, o cantas?

CUARTO.

Mis males espanto así.

ARRIERO.

¿Somos tus males aquí?,

porque también nos espantas.

CUARTO.

Calla y toma mi consejo,

que no es la miel para ti.

ARRIERO.

¿Fuiste a ver los toros?

CUARTO.

Sí.

ARRIERO.

¿Pues no hay en tu casa espejo?

ARRIERO SEGUNDO.

¡Ah del coche! ¿Dónde bueno?

Del camino se han salido.

PRIMERO.

O el cochero se ha dormido,

o han de hacer noche al sereno.

SEGUNDO.

¡Ah Faetón de los cocheros,

que te pierdes! Por acá.

PRIMERO.

Por esos trigos se va.

SEGUNDO.

Y tras él dos caballeros.

PRIMERO.

De malas lenguas se quita

quien va al desierto a morar.

SEGUNDO.

No van ellos a rezar,

que por allí no hay ermita.

PRIMERO.

Arre, mula de Mahoma,

ella hace burla de mí;

dale, Francisco.

SEGUNDO.

Echa aquí.

PRIMERO.

Arre, ¿qué diablo te toma?

(_Vanse_).

DON MENDO.

(_Dentro_).

Para, cochero.

DOÑA ANA.

¿Quién es?

DON MENDO.

Don Mendo soy.

DOÑA ANA.

¡Anda!

DON MENDO.

¡Para!

Escena XIV.

_Don Mendo, doña Ana, doña Lucrecia y Leonardo._

DOÑA ANA.

¿Quien sino tú se mostrara

conmigo tan descortés?

DON MENDO.

Mi exceso y atrevimiento

disculpo con tu mudanza.

DOÑA ANA.

Llámala justa venganza,

y cuerdo arrepentimiento.

DON MENDO.

¿Quien lo causó?

DOÑA ANA.

Tus traiciones.

DON MENDO.

¡Ah falsa! ¿Engañarme piensas?

¿Acreditas mis ofensas

por abonar tus acciones?

Pues no lograrás tu intento.

DOÑA ANA.

¿Qué es esto?

(_Llega don Mendo a pelear con doña Ana, doña Lucrecia a ayudarla, y

Leonardo a tener a doña Lucrecia_).

DON MENDO.

Justo castigo

de tu mudanza.

DOÑA ANA.

¿Conmigo

tan grosero atrevimiento?

DOÑA LUCRECIA.

¡Justicia de Dios!

LEONARDO.

¡Teneos!

DOÑA ANA.

¿Hay excesos más extraños?

DON MENDO.

A pesar de tus engaños

he de lograr mis deseos.

Escena XV.

_Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros, que sacan las espadas y dan

sobre ellos._

DUQUE.

La venganza nos convida.

DOÑA ANA.

¿Dónde están mis escuderos?

Vendido me han los cocheros.

DUQUE.

Por vos, señora, la vida

vuestros cocheros darán.

DON MENDO.

¿A don Mendo os atrevéis,

viles?

LEONARDO.

Cocheros, ¿qué hacéis?,

que es don Mendo de Guzmán.

A vuestro coche os volved.

DON MENDO.

Furias del infierno son.

DOÑA LUCRECIA.

¡Qué pena!

DOÑA ANA.

¡Qué confusión!

(_Retíranse don Mendo y Leonardo, y el Duque y don Juan van tras

ellos_).

Cocheros, tened, tened.

(_Vase_).

ACTO TERCERO.

Escena primera.

Sala en casa de doña Ana.

_Doña Ana, Celia, el Duque y don Juan. (Todos como acabaron el segundo

acto)._

DOÑA ANA.

¿No advertís lo que habéis hecho?

¿Cómo tan despacio estáis?

DUQUE.

Por nosotros no temáis,

quitad el hermoso pecho;

pues con probar la violencia

que intentó aquel caballero;

en nuestro favor espero,

que tendremos la sentencia.

Y por su reputación

le estará más bien callar;

no penséis que ha de tratar

de tomar satisfacción

por justicia un caballero.

¿No veis lo mal que sonara,

que herido se confesara

del brazo vil de un cochero

un tan ilustre señor,

dueño de tantos vasallos?

De estos casos el callallos

es el remedio mejor.

DOÑA ANA.

Siéntome tan obligada

de vuestro valor extraño,

que el temor de vuestro daño

toda me tiene turbada.

DUQUE.

No temáis.

DOÑA ANA.

El pecho fiel

el daño está previniendo.

DUQUE.

Quien pudo herir a don Mendo,

podrá defenderse de él.

CELIA.

(_A doña Ana al oído_).

En hablar tan cortesanos,

tan valientes en obrar,

mucho dan que sospechar

estos cocheros.

DOÑA ANA.

(_A Celia al oído_).

Las manos

les mira, que la verdad

nos dirán.

CELIA.

Es gran razón

pagarles la obligación

que tienes a su lealtad,

(_Toma las manos al Duque y vuélvese a hablar aparte a doña Ana_).

pues por otras manos queda

tu honestidad defendida.

(_Aparte las dos_).

¡Ay, señora de mi vida!

Blandas son como una seda,

y en llegando cerca, son

sus olores soberanos.

DOÑA ANA.

¿Buen olor y buenas manos?

Clara está la información.

Disimula.

(_Don Juan se está escondiendo detrás del Duque_).

CELIA.

El otro está

siempre cubierto y callado.

(_Va Celia por detrás de todos a coger de cara a don Juan_).

Cogerelo descuidado,

pues la aurora alumbra ya,

lo que basta a conocerlo.

DOÑA ANA.

Amigos, puesto que así

os arriesgasteis por mí,

sin obligación de hacerlo,

de esta casa y de mi hacienda

os valed.

DUQUE.

Los pies os beso,

mas yo no paso por eso,

que no es razón que se entienda

que fue sin obligación

el serviros; pues de un modo

se le pone al mundo todo

vuestra rara perfección.

Porque a quien os llega a ver

dais gloria tan sin medida,

que aunque os pague con la vida,

os queda mucho a deber.

CELIA.

(_Aparte a don Juan_).

Y vos, ¿sois mudo, cochero?

¿De qué estáis triste? Volved;

alzar el rostro, aprended

ánimo del compañero.

¿El que riñó sin temer,

teme sin reñir ahora?

DUQUE.

En vano os cansáis, señora,

que es mudo.

CELIA.

Bien puede ser.

(_Aparte_).

(Mas yo don Juan de Mendoza

pienso que es... Él es, ¿qué dudo?

El triste se finge mudo

por no perder lo que goza

mientras encubierto está.)

¿Quien dirá, señora, que es

el callado?

DOÑA ANA.

Dilo pues.

CELIA.

¿Quién piensas tú que será?

DOÑA ANA.

No lo sé.

CELIA.

¿Quién puede ser

quien, siendo gran caballero,

quisiese ser tu cochero,

solo por poderte ver?

¿Quién el que con tal valor,

en un lance tan estrecho,

pusiese a la espada el pecho

por asegurar tu honor?

¿Quién, el que en pensar se goza

por tu amor y tu desdén,

sigue enamorado? ¿Quién,

sino don Juan de Mendoza?

DOÑA ANA.

Bien dices, solo él haría

finezas tan extremadas.

CELIA.

Bien merecen ser premiadas.

DOÑA ANA.

Que no las pierde, confía.

DUQUE.

El sol sale, porque vos,

que sol al mundo habéis sido

en tanto que él ha dormido,

reposéis ahora; adiós.

Y así los cielos, que os dan

belleza, os den larga vida,

que no os inquiete la herida

de don Mendo de Guzmán.

(_Vase_).

Escena II.

_Dichos, menos el Duque._

DOÑA ANA.

Tras la ofensa que ha intentado,

no hay por qué inquietarme pueda,

que ni aun la ceniza queda

en mí del amor pasado.

Detén a don Juan, que quiero

hablarle.

CELIA.

A servirte voy.

DOÑA ANA.

Y mientras con él estoy,

entretén al compañero.

CELIA.

Señor cochero fingido,

mi dueño os llama, esperad.

DON JUAN.

Hum...

CELIA.

No hay «Hum», volved y hablad,

que ya os hemos conocido.

(_Vase_).

Escena III.

_Doña Ana y don Juan._

DON JUAN.

¡Eso debo a mi ventura!

DOÑA ANA.

¿Qué es esto, don Juan?

DON JUAN.

Amor.

DOÑA ANA.

Locura, dirás mejor.

DON JUAN.

¿Cuándo amor no fue locura?

DOÑA ANA.

Sí; mas los fines ignoro

de estos disfraces que veo.

DON JUAN.

Así miro a quien deseo,

así sirvo a quien adoro.

DOÑA ANA.

No; traidoras intenciones

encubren estos disfraces.

DON JUAN.

Falsas conjeturas haces,

por negar obligaciones.

DOÑA ANA.

El probarte lo que digo

no es difícil.

DON JUAN.

Ya lo espero.

DOÑA ANA.

¿Quién es ese caballero

y a qué fin viene contigo?

Traer quien me diga amores,

y escucharlos escondido,

¿podrás decir que no ha sido

con pensamientos traidores?

DON JUAN.

¡Cuán lejos del blanco das,

pues si traidores los llamas,

la mayor fineza infamas

que ha hecho el amor jamás!

DOÑA ANA.

Dila pues, que a agradecella,

si no a pagalla, me obligo.

DON JUAN.

Por obedecer la digo,

no por obligar con ella.

Como mi mucha afición

y poco merecimiento

engendró en mi pensamiento

justa desesperación,

vino amor a dar un medio

en desventura tan fiera,

que a mi mal consuelo fuera,

ya que no fuera remedio:

y fue que te alcance quien

te merezca; tu bien quiero,

que el efecto verdadero

es este de querer bien.

A este fin, tus partes bellas

al duque Urbino conté,

si contar posible fue

en el cielo las estrellas;

él, de tu fama movido,

de tu recato obligado,

este disfraz ha ordenado

con que te ha visto y oído.

Y ojalá que conociendo

tu sujeto soberano,

dé, con pretender tu mano,

efecto a lo que pretendo;

que yo, con verte en estado

igual al merecimiento,

al fin quedaré contento,

ya que no quede pagado.

Esta ha sido mi intención,

y si escuchaba escondido,

fue porque el ser conocido

no estorbase la invención.

Que juzgues ahora quiero,

si he merecido o pecado,

pues de puro enamorado

vengo a servir de tercero.

DOÑA ANA.

Tu voluntad agradezco,

pero condeno tu engaño,

que presumes por mi daño

más de mí que yo merezco.

Porque no es a la excelencia

del Duque igual mi valor;

que no engaña el propio amor

donde hay tanta diferencia.

Fue mi padre un caballero

ilustre, mas yo imagino

que pensara honrarle Urbino

si lo hiciera su escudero.

Y así, a tan locos intentos

tus lisonjas no me incitan,

que afrentosos precipitan

los soberbios pensamientos.

DON JUAN.

Mucho, señora, te ofendes,

porque sin tu calidad,

digna es por sí tu beldad

de más bien que en esto emprendes.

No te merece gozar

el Duque, ni el Rey, ni...

DOÑA ANA.

Tente;

la fiebre de amor ardiente

te obliga a desatinar.

Tu amoroso pensamiento

encarece mi valor;

diérasle al Duque tu amor,

que yo le diera tu intento.

DON JUAN.

¿Quien podrá quererte menos,

en viendo tu perfección?

DOÑA ANA.

Las paredes oyen · 第 2 / 3 段