NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos, acudiendo a la edición
_princeps_ de 1628 para resolver las dudas.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques al modernizarla.
* En algunas ocasiones las acotaciones escénicas han sido desplazadas
ligeramente dentro de su estrofa para la mejor comprensión del texto.
TEATRO ESPAÑOL
JUAN RUIZ DE ALARCÓN
LAS PAREDES OYEN
[Ilustración]
EDITORA INTERNACIONAL
MADRID · BERLÍN · BUENOS AIRES
SE RESERVAN TODOS LOS DERECHOS QUE
INDICA LA LEY DEL 19 DE JUNIO 1901 ASÍ
COMO LOS DERECHOS DE TRADUCCIÓN.
COPYRIGHT 1924 BY EDITORA INTERNACIONAL
BUENOS AIRES.
PRÓLOGO.
«Las paredes oyen» es la mejor de las comedias de don Juan Ruiz de
Alarcón, y se distingue por no encontrarse en ella los defectos que
eran comunes a cuantas en aquella época se escribieron.
No tiene escenas enfadosas ni largos recitados, ni se abusa de aquellas
conceptuosas retahílas en que para expresar sentimientos de amor se
prodigan las metáforas mitológicas; las mutaciones de decoración no son
frecuentes; el plan está hecho con una admirable habilidad.
Don Mendo, que es vano y murmurador, pregona sus venturas y corteja
a dos damas: doña Ana, a la que ama verdaderamente, y doña Lucrecia,
prima de esta; y como por escrito y de palabra habla mal de una y otra,
ambas lo llegan a saber y las dos le rechazan, otorgando sus favores
respectivamente a dos galanes, que las defendieron de las murmuraciones
de don Mendo.
Unas veces oye doña Ana misma lo que don Mendo murmura de ella para
impedir que inspire sentimientos de amor al duque Urbino; otras cae en
las manos de doña Lucrecia el papel escrito por él en que la ridiculiza
ante su propio rival; otra, censura a sus amigos sin sospechar que le
escuchan disfrazados de cocheros, y hasta la criada de la dama de sus
pensamientos oye que la llama vieja, y desde aquel momento se convierte
en su implacable enemiga.
«Las paredes oyen» y todo cuanto murmura se sabe, y se concitan contra
él las antipatías y los odios de quienes le profesaban sentimientos
opuestos.
Todo esto sucede con tal naturalidad, y el diálogo es tan justo y
adecuado, que se puede decir que en este punto es una comedia modelo.
Además, tiene algunos trozos epigramáticos no inferiores a los del
mismo Tirso de Molina, como aquella relación del Beltrán, en el primer
acto, en la que explica que todo se reduce en la vida a pedir dinero.
Semeja a «La Verdad sospechosa» del mismo autor, en que fustiga en ella
el vicio de la murmuración como en la primera se censura el de mentir;
pero la trama, el movimiento de los personajes y hasta el diálogo,
superan en esta a aquella.
La murmuración es un defecto tan general como censurable, que, aunque
prediquen contra él los moralistas y le fustiguen los literatos, no ha
de extirparse, porque se engendra en la propia naturaleza dispuesta
a apreciar defectos ajenos y que para juzgarlos ven, como dice el
Evangelio, la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
San Francisco de Sales decía que la suprema virtud era la benevolencia
para juzgar al prójimo, y aconsejaba que al referir alguna cosa se
procurara siempre darle la interpretación más benévola; la Biblia
nos habla de Datán, Coré y Abirón, a los que se tragó la tierra por
murmuradores; pero en cambio en nuestro tiempo se considera indicio de
gracia y de cualidades sociales ridiculizar con ingenio a las personas
y sus actos, y en un salón, aquel que no murmura resulta aburrido.
Otras personas, para medrar en política, donde es más útil que hacerse
amar hacerse temer, emplean la murmuración, y algunos murmuran para
defenderse, como la célebre condesa de Campo Alange que, señalando con
el dedo su lengua, decía: esta es mi guardia civil.
Todo esto quiere decir que «Las paredes oyen», como cuanto se ha
escrito contra los murmuradores, ha servido para enriquecer el tesoro
literario del país, pero los resultados para la corrección del defecto
seguramente no han de corresponder a la importancia del éxito logrado.
Además de las muchas cualidades de don Juan Ruiz de Alarcón, ofrece un
motivo a la consideración de los pueblos de América donde se habla el
español, y es la de haber nacido en Méjico o en Nueva España, que es el
nombre que llevaba entonces aquel virreinato.
Ruiz de Alarcón, que vivió y trabajó en España, y que en su obra
retrató costumbres netamente españolas, había nacido en Méjico, como
en el siglo XIX aconteció con otro ilustre autor dramático que vivió,
trabajó y murió en Madrid, y que había nacido en Buenos Aires: don
Ventura de la Vega.
Don Juan Ruiz de Alarcón, piadoso como todos los señores de su época,
dotó una fundación para religiosos en Madrid, donde yacían sus restos,
y el convento, que no sabemos si existe aún, pero que existía hace
pocos años, era denominado de «Don Juan de Alarcón», y lo mismo la
iglesia.
Nació en América, vivió en España, llevó las costumbres y los
personajes de ella a la escena, murió en el seno del catolicismo y
dispuso que sus restos reposasen en una iglesia que él había fundado.
Alarcón era un americano español, como lo era la mayor parte.
Un escritor español de peregrino ingenio, comentaba en una crónica
enviada a un periódico madrileño que cuando en tierra extranjera
declaraba su nacionalidad española le preguntaban:
Pero ¿es usted español de España?
Esta pregunta no demuestra ignorancia, sino, por el contrario, un
concepto exacto de que la condición de español no depende del lugar
de nacimiento, sino que la determina la raza y la sangre que corre
por nuestras venas, y por eso tan español es el de España como el de
América, aunque su nacionalidad sea distinta.
Don Juan Ruiz de Alarcón es un español de América, gloria de
la Literatura española y símbolo, por tanto, de esa unión
hispanoamericana, supremo ideal político de los pueblos llamados a
formarla y que, como la estrella Polar marca siempre el Norte, en el
horizonte político señala el rumbo del renacimiento de la Raza.
JUAN RUIZ DE ALARCÓN
LAS PAREDES OYEN
PERSONAS.
DON MENDO, _galán._
DON JUAN, _galán._
EL DUQUE, _galán._
EL CONDE, _galán._
LEONARDO, _criado._
BELTRÁN, _gracioso._
DOÑA ANA, _dama viuda._
DOÑA LUCRECIA, _dama._
CELIA, _criada._
ORTIZ, _escudero._
FABIO,
MARCELO. _criados del Duque._
ACTO PRIMERO.
Escena primera.
Sala en casa de doña Ana.
_Don Juan, vestido llanamente, y Beltrán._
DON JUAN.
Tiéneme desesperado,
Beltrán, la desigualdad,
si no de mi calidad,
de mis partes, y mi estado.
La hermosura de doña Ana,
el cuerpo airoso y gentil,
bella emulación de abril,
dulce envidia de Diana,
¡mira tú cómo podrán,
dar esperanza al deseo
de un hombre tan pobre y feo,
y de mal talle, Beltrán!
BELTRÁN.
A un Narciso, cortesano,
un humano Serafín
resistió un siglo, y al fin
la halló en brazos de un enano.
Y si las historias creo,
y ejemplos de autores graves
(pues, aunque sirviente, sabes
que a ratos escribo y leo),
me dicen que es ciego amor,
y sin consejo se inclina;
que la emperatriz Faustina
quiso un feo esgrimidor;
que mil injustos deseos,
puestos locamente en ella,
cumplió Hipia noble y bella
de hombres humildes y feos.
DON JUAN.
Beltrán, ¿para qué refieres
comparaciones tan vanas?
¿No ves que eran más livianas
que bellas esas mujeres,
y que en doña Ana es locura
esperar igual error,
en quien excede el honor,
al milagro de hermosura?
BELTRÁN.
¿No eres don Juan de Mendoza?
Pues doña Ana ¿qué perdiera
cuando la mano te diera?
DON JUAN.
Tan alta fortuna goza,
que nos hace desiguales
la humilde en que yo me veo.
BELTRÁN.
Que diste en el punto, creo,
de que proceden tus males.
Si Fortuna en tu humildad
con un soplo te ayudara,
a fe que te aprovechara
la misma desigualdad.
Fortuna acompaña al dios
que amorosas flechas tira,
que en un templo los de Egira
adoraban a los dos.
Sin riqueza, su hermosura
pudieras lograr tu intento:
siglos de merecimiento
trueco a puntos de ventura.
DON JUAN.
Eso mismo me acobarda:
¡soy desdichado, Beltrán!
BELTRÁN.
Trocar las manos podrán
fortuna y amor; aguarda.
DON JUAN.
Si a don Mendo hace favor,
¿qué esperanza he de tener?
BELTRÁN.
En ese echarás de ver,
que es todo fortuna amor.
A competencia lo quieren
doña Ana y doña Teodora;
doña Lucrecia lo adora,
todas al fin por él mueren.
Jamás el desdén gustó.
DON JUAN.
Es bello, rico y mancebo.
BELTRÁN.
¡Cuánto mejor era Febo,
y Dafne lo desdeñó!
Y cuando no conociera
otro en perfección igual,
aquesto de decir mal
¿es defecto como quiera?
DON JUAN.
¿Y no es eso murmurar?
BELTRÁN.
Esto es decir lo que siento.
DON JUAN.
Lo que siente el pensamiento
no siempre se ha de explicar.
BELTRÁN.
Decir...
DON JUAN.
Que calles te digo,
y ten por cosa segura
que tiene aquel que murmura
en su lengua su enemigo.
BELTRÁN.
Entre tus desconfianzas
en su casa entrar te veo;
sin duda que el gran deseo
engaña tus esperanzas.
Vete en desierto lugar,
y no ceses de dar voces,
y aunque tu muerte conoces,
nadas en medio del mar.
DON JUAN.
Lo que en gran tiempo no ha hecho
hace amor en solo un día,
venciendo en fin la porfía.
BELTRÁN.
Que te sucede, sospecho,
lo que al tahúr que, en perdiendo,
solamente con decir:
«¡Que no sepa yo gruñir!»
está sin cesar gruñendo.
Tú dices que desesperas,
y entre el mismo no esperar
nunca dejas de intentar:
¿qué más haces cuando esperas?
¿Tú piensas que el esperar
es alguna confección
venida ya del Japón?
El esperar es pensar
que puede al fin suceder
aquello que se desea,
y quien hace porque sea
bien piensa que pueda ser.
DON JUAN.
(_Saca una carta_).
Pues si con esta invención
en su desdén no hay mudanza,
aunque viva mi esperanza,
morirá mi pretensión.
BELTRÁN.
El mercader marinero,
con la codicia avarienta,
cada viaje que intenta
dice que será el postrero.
Así tú, cuando imagino
que desengañado estás,
ya con nuevo intento vas
en la mitad del camino.
Mas dime: ¿qué te ha obligado
a trazar esta invención
para mostrar tu afición,
pudiendo con un criado
de su casa negociar
lo que tú vienes a hacer?
DON JUAN.
No he de arriesgarme a ofender
a quien pretendo obligar;
que como es tan delicada
la honra, suele perderse
solamente con saberse
que ha sido solicitada.
Y así del murmurador
pretendo que esté segura
mi desdicha o mi ventura,
su flaqueza o su valor.
Que aun a ti mismo callado
estos intentos hubiera,
si en ti, Beltrán, no tuviera
más amigo que criado.
BELTRÁN.
¿Toda esta casa, don Juan,
a una mujer aposenta?
DON JUAN.
Seis mil ducados de renta,
¿qué alcázar no ocuparán?
BELTRÁN.
Celia es esta.
Escena II.
_Dichos y Celia._
CELIA.
¿Qué mandáis,
señor don Juan?
DON JUAN.
Celia mía,
besar las manos quería,
si licencia me alcanzáis,
a mi señora doña Ana.
CELIA.
Que será imposible, entiendo,
porque se está previniendo
para partirse mañana
a una novena a Alcalá.
DON JUAN.
¿De la corte se desvía
cuando el celebrado día
de san Juan tan cerca está?
CELIA.
Para los tristes no hay fiesta.
DON JUAN.
Pues, Celia, verla me importa;
la visita será corta;
solo le quiero dar esta
que le ha venido en un pliego,
y me dice quien la envía
que solo de mí confía
el darla.
CELIA.
Yo salgo luego.
Escena III.
_Don Juan y Beltrán._
BELTRÁN.
No hay pobre con calidad:
si un villano rico fueras,
a fe que nunca tuvieras
en verla dificultad.
DON JUAN.
Si ella está tan de camino,
que es justa la causa creo.
BELTRÁN.
Lo que con los ojos veo...
DON JUAN.
Malicioso desatino.
BELTRÁN.
¿Cuánto va que no la ves?
DON JUAN.
De no alcanzar no se ofende
quien lo difícil emprende;
mas doña Ana es muy cortés.
BELTRÁN.
Y ahora, ¿qué hemos de hacer,
que ella se parte a Alcalá?
DON JUAN.
En tanto que ausente está,
aguardar y padecer.
BELTRÁN.
Bueno fuera acompañarla.
DON JUAN.
Si, como quien soy, pudiera,
forzoso el hacerlo fuera
si así entendiese obligarla.
Mas ni me ayuda el poder,
ni ella lo agradecería,
por la nota que daría
si se llegase a entender.
BELTRÁN.
Ella sale.
DON JUAN.
Di, Beltrán,
que la aurora bella y clara.
Escena IV.
_Dichos, y doña Ana hablando aparte a Celia._
DOÑA ANA.
¡Ay Celia, y qué mala cara,
y mal talle de don Juan!
DON JUAN.
Aunque me dijo, señora,
Celia vuestra ocupación,
con que fuera más razón
el no estorbaros ahora,
la importancia contenida
(_Dale la carta_)
en esta carta que os doy,
me disculpa.
DOÑA ANA.
Nunca estoy,
señor don Juan, impedida
para recibir merced
de tan noble caballero.
DON JUAN.
Vuestro soy; repuesta espero.
Si sois servida, leed.
DOÑA ANA.
Ser descortés me mandáis.
DON JUAN.
Leed, que importa una vida,
que cerca está de perdida
si remedio no le dais.
DOÑA ANA.
Si está su defensa en mí,
la pena y temor dejad.
DON JUAN.
El caso es grave, mandad
que estemos solos aquí,
que tenemos que tratar,
y el secreto es importante.
DOÑA ANA.
Dejadnos solos.
BELTRÁN.
Amante
fue el inventor de engañar.
(_Vanse Beltrán y Celia_).
Escena V.
_Doña Ana y don Juan._
DON JUAN.
Pues contigo solo estoy,
porque mi recato veas
(_Va a leer doña Ana, y detiénela_),
oye, señora: no leas,
que la carta viva soy.
Que me atreva no te altere,
pues estoy solo contigo,
y un agravio sin testigo,
al punto que nace muere.
Desde que la vez primera
vi la luz de tu arrebol,
dos veces la ha dado el sol
a los signos de su esfera;
como al que el rayo tocó
de Júpiter vengativo,
por gran tiempo muerto, vivo
en un instante quedó;
como aquel, que la cabeza
de la Górgona miraba,
por un peñasco trocaba
la humana naturaleza;
tal en viéndote, me veo,
tan absorto y admirado,
que en admirarme ocupado,
no doy lugar al deseo;
que esos divinos despojos
tanta gloria me mostraron,
que al punto me arrebataron
toda el alma por los ojos.
DOÑA ANA.
Tened, don Juan, ¿esto para
todo en que amor me tenéis?
DON JUAN.
No, porque ya lo sabéis,
y en vano el tiempo gastara.
DOÑA ANA.
¿En que os morís?
DON JUAN.
No, señora;
pues ni en morir parará,
que en el alma vivirá
el amor que os tengo ahora.
DOÑA ANA.
¿Para en pedirme que os quiera?
DON JUAN.
Ni llega, señora, ahí,
que no hay méritos en mí
para que a tal me atreviera.
DOÑA ANA.
Pues decid lo que queréis.
DON JUAN.
Quiero... Solo sé que os quiero,
y que remedio no espero,
viendo lo que merecéis.
Como el mísero doliente
que en el lecho fatigado,
a cualquier parte inclinado,
los mismos dolores siente;
y por huir del tormento,
que en cada lado es mayor,
busca alivio a su dolor
en el mismo movimiento;
así yo con mi cuidado
vengo a vos, dueño querido,
no de esperanza inducido,
sino de dolor forzado;
por no morir con callarlo,
no por sanar con decirlo,
pues es imposible el sufrirlo
como lo es el remediarlo.
Y así no os ha de ofender
que me atreva a declarar,
pues va junto el confesar,
que no os puedo merecer.
DOÑA ANA.
¿Queréis más?
DON JUAN.
¿Qué más que vos?
Si entender queréis mi estado,
en que os quiero está cifrado.
DOÑA ANA.
Pues, señor don Juan, adiós.
DON JUAN.
Tened, ¿no me respondéis?,
¿de esta suerte me dejáis?
DOÑA ANA.
¿No habéis dicho que me amáis?
DON JUAN.
Yo lo he dicho, y vos lo veis.
DOÑA ANA.
¿No decís que vuestro intento
no es pedirme que yo os quiera,
porque atrevimiento fuera?
DON JUAN.
Así lo he dicho y lo siento.
DOÑA ANA.
¿No decís que no tenéis
esperanzas de ablandarme?
DON JUAN.
Yo lo he dicho.
DOÑA ANA.
¿Y que igualarme
en méritos no podéis,
vuestra lengua no afirmó?
DON JUAN.
Yo lo he dicho de este modo.
DOÑA ANA.
Pues si vos lo decís todo,
¿qué queréis que os diga yo?
(_Vase_).
Escena VI.
_Don Juan._
DON JUAN.
¡Oh venga la muerte, acabe
con vida tan desdichada,
que solo puede su espada
remediar pena tan grave!
¿Qué delito cometí
en quererte, ingrata fiera?
Quiera Dios... pero no quiera,
que te quiero más que a mí.
Escena VII.
_Don Juan, Celia y Beltrán._
CELIA.
¡Ah desdichado don Juan!
BELTRÁN.
Ayúdale.
CELIA.
A Dios pluguiera
que mi voluntad valiera.
(_Vase_).
Escena VIII.
_Don Juan y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Pues qué tenemos?
DON JUAN.
Beltrán:
La verdad huye, a la esperanza pido
Engaños que alimenten mi deseo
eternos contra mí imposibles veo,
nado en un golfo, ni de un leño asido;
con el vuelo de amor más atrevido
no subo un paso, y aunque más peleo,
al fin vencido soy de lo que creo,
vencedor solo en lo que soy vencido.
Así desesperado victorioso
niego al deseo engaños, y a la gloria
más vivo anhelo, si su muerte sigo.
¡Triste donde es el no esperar forzoso,
donde el desesperar es la victoria,
donde el vencer da fuerza al enemigo!
BELTRÁN.
¡Triste donde es forzoso andar contigo,
donde hallar que comer es gran victoria,
donde el cenar es siempre de memoria!
Escena IX.
Sala en casa de don Mendo.
_El Conde, don Mendo y Ortiz._
CONDE.
A mi señora Lucrecia
dad, Ortiz, ese papel.
(_Dale un papel_).
ORTIZ.
Guárdeos Dios.
(_Vase_).
DON MENDO.
Cosa cruel
Conde, es una mujer necia.
CONDE.
¿Cómo?
DON MENDO.
Con celos y amor
sale Lucrecia de sí.
CONDE.
¿Con causa, don Mendo?
DON MENDO.
Sí;
mas tanto el yerro es mayor.
Si por doña Ana estoy ciego,
ella ¿qué ha de remediar
con reñir, y con celar,
sino añadir fuerza al fuego?
CONDE.
(_Aparte_).
(¡Quieran, Lucrecia, los cielos,
que te mude esta mudanza,
y a mi perdida esperanza
abran la puerta tus celos!)
Y vos, ¿qué le respondéis?
DON MENDO.
Nunca el negar hizo daño.
CONDE.
Mejor fuera el desengaño
si en otra parte queréis.
DON MENDO.
Dañarme, Conde, podría,
que su amor causó en mi pecho
terrible incendio, y sospecho
que hay centellas todavía.
Y quien antiguo cuidado
arraigado al alma tiene,
ha de obligar el que viene,
sin despedir el pasado;
que mil veces se agradó
de la novedad Cupido,
y vuelve a buscar rendido
lo que arrogante dejó.
CONDE.
Avariento sois de amor.
DON MENDO.
Más el de doña Ana estimo.
CONDE.
¿Y ella os quiere?
DON MENDO.
Pienso, primo,
que merezco su favor.
CONDE.
¿Qué hay de Teodora?
DON MENDO.
Quería
que yo fuese su marido,
como si hubieran nacido
mis abuelos en Turquía.
CONDE.
Sin ser loca, yo no creo
que ninguna mujer pida
la esclavitud de una vida
por la muerte de un deseo.
DON MENDO.
Pues ya después que mi amor
sacó pies amedrentado,
en ello crece el cuidado,
y al paso de él, mi rigor.
Ya sin esa condición
estimara mis favores.
CONDE.
Dichoso sois en amores.
DON MENDO.
En el signo del León
Marte y Venus concurrieron
de mi nacimiento el día,
y si hay cierta astrología,
ellos amable me hicieron...
Mas adiós, primo, que es tarde,
y a doña Ana quiero ver,
que hoy su sol se va a poner
en Alcalá.
CONDE.
Dios os guarde.
(_Vase el Conde_).
Escena X.
_Don Mendo y Leonardo._
LEONARDO.
El coche a la puerta está;
que ya se para imagino.
DON MENDO.
Tenme el coche de camino
a la puerta de Alcalá.
Parta al punto el repostero,
y encárgales, por mi vida,
que esté a punto la comida
en la venta de Vivero.
Haz cómo doña Ana vea
en mi prevención mi amor.
LEONARDO.
Toda tu gente, señor,
su vida en tu gusto emplea.
(_Vanse_).
Escena XI.
Sala en casa de doña Ana.
_Doña Ana, de camino, y Celia._
DOÑA ANA.
¿De qué vas triste? ¿De qué
lo van todas mis doncellas?
Habla, dime sus querellas.
CELIA.
Señora, verdad diré,
pues obligación me pones:
tienen tus criadas todas
en la esperanza sus bodas
y en la corte sus pasiones;
y como de aquí a seis días
es la noche de san Juan,
cuando los amantes dan
indicios de sus porfías,
sienten el ver que esa noche
en la corte no han de estar.
DOÑA ANA.
Pues pierdan, Celia, el pesar,
que por la posta en un coche
conmigo entonces vendrán;
porque se alegre mi gente,
gozaré secretamente
de la noche de San Juan,
y volvereme a la aurora
a proseguir mis novenas.
CELIA.
Alivie el cielo tus penas;
mas ¿no era mejor, señora,
dilatar esta partida?
DOÑA ANA.
Si sabes que estoy muriendo
por dar la mano a don Mendo,
y no hay cosa que lo impida
sino el cumplir las novenas,
que a san Diego prometí,
¿dilataré, estando así,
el remedio de mis penas?
Con esta traza que doy
ninguna queda quejosa.
CELIA.
Hágate el cielo dichosa;
a darles la nueva voy.
DOÑA ANA.
Encárgales por mi vida
el secreto.
CELIA.
Así lo haré.
Don Mendo viene.
DOÑA ANA.
Tendré
buen agüero en la partida.
Escena XII.
_Doña Ana y don Mendo._
DON MENDO.
Los campos de Alcalá, bella señora,
desdeñan los favores del verano,
y de la fértil flora
no solicitan ya la diestra mano,
después que primavera les reparte
la dichosa esperanza de mirarte.
Los arroyos, que esperan ser espejos,
en quien de esos dos soles celestiales,
se miran los reflejos,
transforman sus corrientes en cristales;
y el agua en cambio de besarlos, grata
hace a tus blancos pies, puente de plata.
Al nuevo sol que nace, agradecidas
en verdes ramos las cantoras aves
a coros divididas,
dando a los vientos músicas süaves,
para explicar la gloria de este día
articular intentan su armonía.
Parte, oh feliz, que el céfiro süave
lisonjear pretende codicioso
la voladora nave,
de nueva Europa, Júpiter dichoso
por quien en Indias vuelto, Manzanares,
España de sus glorias hace a Henares.
Parte, oh primero móvil adorado,
de quien siguiendo voy el movimiento,
si bien arrebatado,
pues tras mi centro corro no violento;
que yo, si lo merezco, gloria mía,
voy a ser el lucero de este día.
DOÑA ANA.
Los campos de esperanza matizados,
la consonancia dulce de las aves,
los cristales cuajados,
las lisonjas del céfiro süaves,
en nada estimo, y estimara solo
llevar por mi lucero al mismo Apolo.
Mas cuando el corazón lo solicita
forzosa acción de amor correspondiente,
ni el honor acredita,
ni el estado que tengo lo consiente.
DON MENDO.
Es imán de mis ojos tu presencia.
DOÑA ANA.
Justo efecto de amor es la obediencia.
DON MENDO.
¿Sin ti queréis dejarme?
DOÑA ANA.
Yo, don Mendo,
parto sin ti.
DON MENDO.
¿Qué mucho? Vas helada
cuando yo quedo ardiendo.
DOÑA ANA.
Segura fuese yo, como abrasada.
DON MENDO.
No me apartes de ti si desconfías.
DOÑA ANA.
Vive el recato entre las ansias mías.
DON MENDO.
¿No me llamas tu dueño?
DOÑA ANA.
Y de mis ojos,
cierta lengua del alma, lo has sabido.
DON MENDO.
¿De quién temes enojos,
cuando te adoro yo, de ti querido?
DOÑA ANA.
Hasta el sí conyugal temo mudanza,
que no hay dentro del mar cierta bonanza.
En tanto que a mis deudos comunico
la dichosa elección de vuestra mano,
y devota suplico
en Alcalá a su dueño soberano,
que lleve a fin feliz mi intento nuevo,
y las novenas pago, que le debo,
puede mudarse vuestro amor ardiente,
y quedar mi opinión en opiniones
del vulgo maldiciente,
que a lo peor aplica las acciones.
DON MENDO.
¿Mudarme yo?
DOÑA ANA.
Temores son de amante.
DON MENDO.
Más parece cautelas de inconstante.
Si ya nuevo cuidado te fatiga,
el fingido recato, ¿qué pretende?
Declárate, enemiga,
no el desengaño la mudanza ofende;
vete segura, ocúpate entre tanto,
el alma en celos, y la vida en llanto.
DOÑA ANA.
Ofendes mi lealtad, si desconfías;
mas porque de tu error te desengañes,
pon secretas espías,
prueba mi fe, como mi honor no dañes.
DON MENDO.
Confianza tendré, mas no paciencia,
contra el rigor, señora, de tu ausencia.
Escena XIII.
_Dichos y Celia._
CELIA.
Doña Lucrecia, señora,
viene a visitarte.
DOÑA ANA.
¿Quién?
CELIA.
Tu prima.
DON MENDO.
(_Aparte_).
A impedir mi bien
la trae mi desdicha ahora.
Escena XIV.
_Dichos, doña Lucrecia con manto, y Ortiz._
DOÑA LUCRECIA.
No quise, prima, dejar
de verte en esta partida.
DOÑA ANA.
Ni yo, Lucrecia querida,
me partiera sin pasar
por tu casa, porque el ver
al pasar tu rostro hermoso,
fuese presagio dichoso
del viaje que he de hacer.
DOÑA LUCRECIA.
(_Aparte a don Mendo_).
Niégame ahora, traidor,
las verdades que estoy viendo.
DOÑA ANA.
¿Qué le dices a don Mendo?
DOÑA LUCRECIA.
Del vestido de color
le pregunto la ocasión;
porque de irte a acompañar
lo indica el tiempo y lugar,
y fuera galante acción.
DOÑA ANA.
Tan alto merecimiento
con mi humildad no conviene
y más que lisonja, tiene
malicia ese pensamiento.
Mas si conmigo partiera,
de parecer, prima, soy,
que pues yo de negro voy,
de color no se vistiera.
CELIA.
Ya bien te puedes partir,
que los coches han venido.
DOÑA ANA.
Que no me olvides, te pido.
DOÑA LUCRECIA.
Por puntos te he escribir.
DOÑA ANA.
Adiós, don Mendo.
DON MENDO.
Señora,
en el coche os dejaré.
DOÑA ANA.
Si alguno en la calle os ve,
sospechará lo que ahora
ha sospechado mi prima.
Quedaos y salid después.
(_Vase_).
DON MENDO.
Yo obedezco...
(_Aparte de Lucrecia_).
y vuestros pies
sigue el alma que os estima.
Escena XV.
_Doña Lucrecia, don Mendo y Ortiz._
DOÑA LUCRECIA.
(_Saca un papel, y muéstralo a don Mendo_).
¿Conoces este papel?
DON MENDO.
Yo, Lucrecia, lo escribí.
DOÑA LUCRECIA.
Junta lo que has hecho aquí
con lo que dices en él.
Traidor, fingido, embustero,
engañoso, ¿a ti te dan
apellido de Guzmán
y nombre de caballero?
¿Qué sangre puede tener
quien tiene pecho traidor?
¿Es hazaña de valor
engañar una mujer?
DON MENDO.
Oye, señora...
DOÑA LUCRECIA.
No muevas
esos fementidos labios,
que intentas nuevos agravios
con satisfacciones nuevas.
DON MENDO.
Pues ¿qué quieres?, ¿condenarme,
sin oír satisfacción
por solo una presunción?
DOÑA LUCRECIA.
¿Qué disculpa puedes darme?
¿Presunción llamas, traidor,
esta tan clara probanza
de mi agravio y tu mudanza?
DON MENDO.
En lo que fundas mi error,
fundo la satisfacción:
¿no te dijo de mi parte
tu escudero, que de hablarte
deseaba una ocasión,
donde el descargo sabrías
del recelo que te abrasa?
Tuve aviso de tu casa
que a ver tu prima salías,
y vine a esperarte aquí,
y adelanteme en llegar,
por no dar que sospechar,
viéndome venir tras ti.
¡Mira por qué me condenas!
DOÑA LUCRECIA.
¿De modo que te disculpas
multiplicando tus culpas
y acrecentando mis penas?
Causa doña Ana mi daño,
¿y con hallarte con ella
das remedio a mi querella?
DON MENDO.
Porque fuese el desengaño
en su presencia más fuerte.
DOÑA LUCRECIA.
¿Qué desengaño me diste?
DON MENDO.
Como tu pena encubriste,
no quise hablando ofenderte;
mas ten cierta confianza,
para asegurar tus celos,
que en el orden de los cielos,
antes que en mí, habrá mudanza.
Tuyo soy.
DOÑA LUCRECIA.
Las obras creo.
DON MENDO.
Presto, con la voluntad
de tu padre, su verdad
te mostrará mi deseo.
Escena XVI.
_Dichos y el Conde._
CONDE.
(_Aparte_).
(¿Dónde hay con celos cordura?)
Lucrecia hermosa, don Mendo.
DON MENDO.
Conde, que venís entiendo
traído de mi ventura.
Que Lucrecia ha de saber
de vos, lo que hablamos hoy
de su amor.
CONDE.
Testigo soy.
DON MENDO.
Eso a solas ha de ser,
que pensará que os obligo
con mi presencia a abonarme.
(_Vase_).
Escena XVII.
_Dichos menos don Mendo._
DOÑA LUCRECIA.
(_Aparte_).
(¡Tú dejas para informarme
en tu favor buen testigo!)
CONDE.
¿He de decir la verdad?
DOÑA LUCRECIA.
Para eso quedas aquí.
CONDE.
Pues escúchala de mí,
pagues, o no, mi lealtad;
y por prevenir el daño,
si acaso no me creyeres,
ten secreto lo que oyeres,
y averigua si es engaño;
que pues me dijo don Mendo
que cuente lo que pasó,
cumpliendo lo que él mandó,
nadie dirá que le ofendo;
que aunque si intento haya sido
que use contigo de engaño,
no debo para mi daño
darme yo por entendido.
Dando hoy para ti un papel
don Mendo a Ortiz, tu criado,
desdeñoso y enfadado
me dijo: «¡Cosa cruel,
Conde, es una mujer necia!
Después que a doña Ana di
en servir, sale de sí
de amor y celos Lucrecia».
Yo le dije: «¿No es mejor
no engañarla?» Y respondió:
«Mil veces lo que dejó
volvió a desear amor;
y este caso previniendo,
nada pierdo en conservalla».
DOÑA LUCRECIA.
¿Que enredos inventas? Calla;
¿tal pudo decir don Mendo?
Que tu afición agradezca
quieres así disponer;
¿piensas que te he de querer
aunque a don Mendo aborrezca?
CONDE.
Oye.
DOÑA LUCRECIA.
No me digas nada.
CONDE.
Averígualo advertida,
y dame pena ofendida,
o premio desengañada.
Y si por amarte yo,
duda en mi verdad has puesto,
sírvate de indicio aquesto,
ya que de probanza no.
Él va tras ella a Alcalá,
y no es este mal testigo
del desengaño que digo;
despacha tú quien allá
con cuidado y sin pasión
secretamente lo siga,
y si mi verdad te obliga,
premia un leal corazón;
que será culpable error
que prefiera en tu cuidado,
un engaño averiguado
a un averiguado amor.
DOÑA LUCRECIA.
La verdad diciendo estás;
que si negándola estoy,
no es que crédito no doy,
sino que pena me das.
¡Ah falso! ¡Ah, mal caballero!
¡Plegue a Dios, que en igual grado
amante y desengañado
pruebes el mal de que muero!
Pluguiera a Dios, Conde mío,
pudiera en esta ocasión
mudarse la inclinación
al paso que el albedrío;
mas vive cierto, señor,
que si me has dicho verdad,
te dará mi voluntad,
lo que te niega mi amor.
CONDE.
Yo lo estimo de esa suerte.
DOÑA LUCRECIA.
Tanto más me deberás
cuanto me forzare más,
Conde, por corresponderte.
Escena XVIII.
Decoración de Calle.
_Don Juan y Beltrán, de noche._
BELTRÁN.
El duque Urbino esta noche
bien pudiera perdonarte.
DON JUAN.
¿Qué puede querer?
BELTRÁN.
Llevarte
querrá consigo en el coche
amarrado al duro banco
sin poderte entretener,
cuando el decir y el hacer
anda por las calles franco;
que, noche de san Juan, hallo,
si un peón sabe embestir,
que suele solo rendir
más que treinta de a caballo;
que hay mujer, que en el engaño
que en esta noche previene,
librados los gustos tiene
de los deseos de un año;
cuál llega al poblado coche
de angélica jerarquía,
y siendo paje de día,
pasa por marqués de noche;
cuál si a pensar se acomoda
con la viuda disfrazada,
que entre galas de casada
hurta los gustos de boda;
cuál encuentra y desbarata
una sarta de doncellas,
de quien son las manos bellas
engarzadoras de plata;
cuál se llega a las que van
brindando los retozones
y trueca a mil refregones
un pellizco que le dan.
DON JUAN.
Quien los encuentros enseña,
encuentra con un azar.
BELTRÁN.
¿Es el azar encontrar
una mujer pedigüeña?
Si eso temes, en tu vida
en poblado vivirás;
porque ¿dónde encontrarás
hombre o mujer que no pida?
Cuando dar gritos oyeres
diciendo: «Lienzo», a un lencero,
te dice: «dame dinero
si de mi lienzo quisieres».
El mercader claramente
diciendo está, sin hablar:
«dame dinero, y llevar
podrás lo que te contente».
Todos, según imagino,
piden, que para vivir
es fuerza dar y pedir
cada uno por su camino:
con la cruz el sacristán,
con los responsos el cura,
el monstruo con su figura,
con su cuerpo el ganapán,
el alguacil con la vara,
con la pluma el escribano,
el oficial con la mano,
y la mujer con la cara;
y esta, que a todos excede,
con más razón pedirá,
pues que más por todos da,
y menos que todos puede;
y el miserable que el dar
tuviere por pesadumbre,
ellas piden por costumbre,
haga costumbre el negar;
que tanto, desde que nacen,
el pedir usado está,
que pienso que piden ya
sin saber lo que se hacen.
Y así es fácil el negar,
porque se puede inferir,
que quien pide sin sentir
no sentirá no alcanzar.
DON JUAN.
Aunque más razones halles
no has de quitarme el temor,
Beltrán, que el azar mayor
es el no tener que dalles;
y más si la que he adorado,
se dignase de mis dones.
BELTRÁN.
¿Aún te duran tus pasiones?
DON JUAN.
Ardo más, más desdeñado.
BELTRÁN.
Este es el Duque.
Escena XIX.
_Dichos, el Duque y don Mendo, de noche._
DUQUE.
¿Don Juan?
DON JUAN.
Deme los pies vuecelencia.
DUQUE.
Ya acusaba vuestra ausencia.
DON JUAN.
Si don Mendo de Guzmán,
Apolo de discreción,
acompañándoos está,
señor, ¿qué falta os hará
el que en su comparación
luz de una estrella no envía?
DON MENDO.
Merced recibo de vos.
DUQUE.
La amistad de entre los dos
extraña la cortesía.
DON JUAN.
Decidme, pues, el intento
con que hemos sido llamados.
DON MENDO.
Aquí tenéis dos criados.
DUQUE.
Dadme, pues, oído atento.
Hombre que a la corte viene
recién heredado y mozo,
pájaro que estrena el viento,
nave que se arroja al golfo,
que a los ojos de su rey
y a los populares ojos,
ni debe mostrar flaqueza,
ni puede esconder el rostro;
ha de regir sus acciones
por los expertos pilotos,
obligados, por parientes,
por amigos, cuidadosos.
Con esta ley os obligo
y con esta fe os escojo,
capitanes veteranos
de este soldado bisoño.
Acompañadme los dos,
advertirme lo que ignoro,
decidme el nombre, el estado,
y la calidad de todos;
y en lo de las cortesías
principal cuidado os pongo,
advirtiendo que con nadie,
pretendo pecar de corto;
que el señor siempre es señor,
como Apolo siempre Apolo,
aunque en lugares indignos
entren sus rayos hermosos.
Lengua honrosa, noble pecho,
fácil gorra, humano rostro
son voluntarios Argeles
de la libertad de todos.
Enseñadme los bajíos
en que tocar suelen otros,
cuál es Acates fiel,
y cuál Sinón cauteloso;
ya del dulce lisonjero
el veneno en vaso de oro,
ya la canora sirena,
porque me defienda sordo.
Al fin, los dos sois el hilo,
la corte el cretense monstruo,
por mí corren mis aciertos,
y mis yerros por vosotros.
DON MENDO.
Yo confieso que es muy débil,
para ese cielo este polo;
mas suplirán mis deseos
el defecto de mis hombros.
DON JUAN.
De no ser un Quinto Fabio
hoy con mi suerte me enojo;
mas el que soy, obediente
a serviros me dispongo.
DUQUE.
Con eso, en nombre de Dios,
seguro a la mar me arrojo;
vamos andando las calles,
mientras pregunto y me informo.
DON MENDO.
Esta es la calle Mayor.
DON JUAN.
Las Indias de nuestro polo.
DON MENDO.
Si hay Indias de empobrecer
yo también Indias la nombro.
DON JUAN.
Es gran tercera de gustos.
DON MENDO.
Y gran corsaria de tontos.
DON JUAN.
Aquí compran las mujeres.
DON MENDO.
Y nos venden a nosotros.
DUQUE.
¿Quién habita en estas casas?
DON JUAN.
Don Lope de Lara, un mozo
muy rico, pero más noble.
DON MENDO.
Y menos noble que tonto.
(_Hacen dentro ruido de baile_).
DUQUE.
Tened, que bailan allí.
DON JUAN.
San Juan es fiesta de todos.
DON MENDO.
Yo aseguro que van estos
más alegres que devotos.
DUQUE.
¿Quién vive aquí?
DON JUAN.
Una viuda
muy honrada, de buen rostro.
DON MENDO.
Casta es la que no es rogada;
alegres tiene los ojos.
BELTRÁN.
(_Aparte_).
¡Bien haya tan buena lengua!
¡Vive Cristo que es un Momo!
DON JUAN.
Esta imagen puso aquí
un extranjero devoto.
DON MENDO.
Y entre aquestas devociones
no le sabe mal un logro.
DON JUAN.
Un regidor de esta villa
hizo este hospital famoso.
DON MENDO.
Y primero hizo los pobres.
BELTRÁN.
(_Aparte_).
Por Dios que lo arrasa todo.
Escena XX.
_Dichos, doña Ana y Celia a la ventana._
DOÑA ANA.
Hoy hace, Celia, tres años
que mi esposo, con sus días,
dio fin a mis alegrías,
y dio principio a mis daños.
CELIA.
Si de Alcalá te viniste,
solo a gozar la alegría
que Madrid hace este día,
¿por qué quieres estar triste?
¿Por que con esta memoria
tan injusta guerra mueves
contra el contento que debes
a noche de tanta gloria?
Ya que tu luto funesto
te impide salir de casa
hoy, que los límites pasa
el estado más honesto,
y estar quieres encerrada
noche que el uso permite
que los altares visite
la doncella más honrada,
con quien pasa, tus enojos
divierte, señora mía,
y niegue esta celosía
lo que conceden tus ojos.
Las doce han dado, señora;
oye del segundo esposo
el pronóstico dichoso.
DOÑA ANA.
A don Mendo el alma adora.
DON MENDO.
Don Juan de Mendoza...
DOÑA ANA.
¡Ay, Dios!
¿Don Mendo no es el que habló?
CELIA.
Sí, mas a don Juan nombró.
DOÑA ANA.
¿Quien duda que de los dos
es don Mendo de Guzmán
pronóstico para mí,
pues antes su voz oí,
que no el nombre de don Juan?
CELIA.
Mas ¡qué fuera que ordenara
el destino soberano
que tu blanca hermosa mano
para don Juan se guardara!
DOÑA ANA.
Calla, necia, ¿quién pensó
tan notable desatino?
¿qué importará que el destino
quiera, si no quiero yo?
Del cielo es la inclinación,
el sí o el no todo es mío;
que el hado en el albedrío
no tiene jurisdicción.
¿Cómo puedo yo querer
hombre cuya cara y talle
me enfada solo en miralle?
CELIA.
El amor lo puede hacer.
DOÑA ANA.
Solo quitará el morirme,
Celia, a don Mendo mi mano;
que está el plazo muy cercano,
y mi voluntad muy firme.
DUQUE.
¿Cúyos son estos balcones?
DON JUAN.
De doña Ana de Contreras;
el sol por sus vidrieras
suele abrasar corazones.
DOÑA ANA.
Escucha, que hablan de mí.
DUQUE.
¿Es la viuda de Siqueo?
DON JUAN.
La misma.
DUQUE.
Verla deseo.
DON MENDO.
Pues ahora no está aquí.
(_Aparte_).
(Ni yo en mí, que estoy sin ella.)
DUQUE.
¿Dónde fue?
DON MENDO.
Velando está
a san Diego, en Alcalá.
DUQUE.
La fama dice que es bella.
DON JUAN.
Pues por imposible siento
que en algo la haya igualado
el dibujo que ha formado
la fama en tu pensamiento;
que en belleza y bizarría,
en virtud y discreción
vence a la imaginación,
si vence a la noche el día.
DON MENDO.
(_Aparte_).
(¡Plegue a Dios que esta alabanza
no engendre en el Duque amor,
que con tal competidor
mal vivirá mi esperanza!
Yo quiero decir mal de ella,
por quitar la fuerza al fuego.)
Ciego sois, o soy ciego,
o la viuda no es tan bella;
ella tiene el cerca feo,
si el lejos os ha agradado,
que yo estoy desengañado
porque en su casa la veo.
DUQUE.
¿Visitáisla?
DON MENDO.
Por pariente
alguna vez la visito,
que si no, fuera delito,
según es de impertinente.
DOÑA ANA.
¡Ah traidor!
DON MENDO.
Si el labio mueve
su mediano entendimiento,
helado queda su aliento
entre palabras de nieve.
BELTRÁN.
(_Aparte con don Juan_).
¡Ya escampa!
DON JUAN.
(_Aparte a Beltrán_).
¿Que trate así
un caballero a quien ama?
BELTRÁN.
Esto dice de su dama,
¡mira que dirá de ti!
DON MENDO.
Pues la edad no sufre engaños,
aunque la tez resplandece.
DOÑA ANA.
¡Ah falso! ¿Qué te parece?
Aun no perdona mis años.
DON MENDO.
Mil botes son el Jordán
con que se remoza y lava.
DUQUE.
(_Aparte los dos_).
Pues ¿cómo don Juan la alaba?
DON MENDO.
Para entre los dos, don Juan
es un buen hombre; y si digo
que tiene poco de sabio,
puedo, sin hacerle agravio;
vuestro deudo es, y mi amigo.
Mas esto no es murmurar.
DON JUAN.
¡Que queráis poner defeto
en tan hermoso sujeto!
DON MENDO.
En la rosa suele estar
oculta la aguda espina.
DON JUAN.
Ellos son gustos, y al mío,
o del todo desvarío,
o esta mujer es divina.
DON MENDO.
Poco sabéis de mujeres.
DON JUAN.
Veréisla, Duque, algún día,
y acabará esta porfía
de encontrados pareceres.
DON MENDO.
(_Aparte_).
Don Juan me quiere matar,
y aquello mismo que he hecho
para sosegar el pecho
del Duque, me ha de dañar.
CELIA.
¿Qué te parece?
DOÑA ANA.
Estoy loca.
CELIA.
¿A este hombre tienes amor?
DOÑA ANA.
¡El pecho abrasa el furor!
¡Fuego arrojo por la boca!
¿Posible es que tal oí?
¡Vil!, ¿a quien te quiere infamas?
¿Así tratas a quien amas?
CELIA.
No ama, quien habla así;
él te engaña.
DOÑA ANA.
Claro está;
di que me traigan un coche;
volvamos, Celia, esta noche
a amanecer a Alcalá,
que lo que ahora escuché
castigo del cielo ha sido,
por haber interrumpido
las novenas que empecé.
CELIA.
Antes este desengaño
le debes a esta venida.
DOÑA ANA.
Si con él pierdo la vida,
mejor me estaba el engaño.
(_Vanse_).
Escena XXI.
_Dichos, menos doña Ana y Celia._
DON MENDO.
(_Hacen dentro ruido de cuchilladas_).
Allí suenan cuchilladas.
DUQUE.
Estas damas, de mi voto
sigamos.
(_Vase_).
DON MENDO.
(_Aparte con don Juan_).
Es más devoto
de mujeres que de espadas.
(_Vase_).
DON JUAN.
Y así el más amigo abona,
para que advertido estés.
BELTRÁN.
Su lengua en efecto es
la que a nadie no perdona.
(_Vanse_).
ACTO SEGUNDO.
Escena primera.
Sala en casa del Duque.
_El Duque, don Juan y Beltrán, todos de color._
DUQUE.
¿Cómo los toros dejáis?
DON JUAN.
Viéndome sin vos en ellos,
estaba de los cabellos.
Del juego ¿cómo quedáis?
Que era robado el partido.
DUQUE.
Cogiéronme de picado;
he perdido, y me he cansado.
DON JUAN.
Mil cosas habéis perdido;
el descanso y el dinero,
y los toros.
BELTRÁN.
¿Que haya juicio
que del cansancio haga vicio,
y tras un hinchado cuero,
que el mundo llama pelota,
corra ansioso y afanado?
¡Cuánto mejor es, sentado,
buscar los pies a una sota
que moler piernas y brazos!
Si el cuero fuera de vino,
aun no fuera desatino
sacarle el alma a porrazos.
Pero ¿perder el aliento
con una y otra mudanza,
y alcanzar, cuando se alcanza,
un cuero lleno de viento;
y cuando, una pierna rota,
brama un pobre jugador,
ver al compás del dolor
ir brincando la pelota?
DON JUAN.
El brazo queda gustoso
si bien la pelota dio.
BELTRÁN.
Séneca la comparó
al vano presuntuoso,
y esa semejanza ha dado
sin duda al juego sabor;
porque no hay gusto mayor
que apalear a un hinchado.
Mas si miras el contento
de un jugador de pelota,
y un cazador que alborota
con halcón la cuerva al viento,
por dicha, ¿tendrás la risa,
viendo que a presa tan corta,
que vencida nada importa,
corre un hombre tan deprisa
que apenas tocan la yerba
los caballos voladores?
Válgaos Dios por cazadores;
¿qué os hizo esa pobre cuerva?
DUQUE.
De la guerra has de pensar
que es la caza semejanza,
y así el ardid, la asechanza,
el seguir y el alcanzar
es gustoso pasatiempo.
BELTRÁN.
¿Mil contra una cuerva? Sí,
bien dices que son así
las pendencias de este tiempo.
DON JUAN.
¡Beltrán, satírico estás!
BELTRÁN.
¿En qué discreto, señor,
no predomina ese humor?
DON JUAN.
Como matas morirás.
BELTRÁN.
En Madrid estuve yo
en corro de tal tijera,
que la pegaba cualquiera
al padre que la engendró;
y si alguno se partía
del corro, los que quedaban
mucho peor de él hablaban
que él de otros hablado había.
Yo, que conocí sus modos,
a sus lenguas tuve miedo,
y ¿qué hago?, estoyme quedo
hasta que se fueron todos.
Pero no me valió el arte,
que, ausentándose de allí,
solo a murmurar de mí
hicieron un corro aparte.
Sí el maldiciente mirara
este solo inconveniente,
¿hallárase un maldiciente
por un ojo de la cara?
DON JUAN.
¿Fuera por eso peor?
BELTRÁN.
Espántome que eso ignores;
más que cíen predicadores
importa un murmurador.
Yo sé quién ni con sermones,
ni cuaresmas, ni consejos
de amigos sabios y viejos,
puso freno a sus pasiones;
ni sus costumbres redujo
en gran tiempo, y solamente
de temor de un maldiciente,
vive ya como un cartujo.
DUQUE.
Digo que tenéis, don Juan,
entretenido criado.
DON JUAN.
Es agudo, y ha estudiado
algunos años Beltrán.
DUQUE.
¿Qué hay de doña Ana?
DON JUAN.
Esta noche
parte sin duda a Madrid.
DUQUE.
Nuestra invención prevenid.
DON JUAN.
Ella, Duque, va en su coche,
su gente en uno alquilado.
DUQUE.
Bien nos viene.
DON JUAN.
Así lo espero.
DUQUE.
¿Apercibiose el cochero?
DON JUAN.
Ya, señor, lo he concertado.
DUQUE.
¿Y está en los toros doña Ana?
DON JUAN.
No la he visto; pero sé
que cuando en ellos esté,
ni en andamio ni en ventana
de suerte estará que pueda
ser de nadie conocida;
que no por fiestas olvida
obligaciones que hereda.
DUQUE.
¿Cuántos toros viste?
DON JUAN.
Tres,
y entró don Mendo al tercero,
despreciando en un overo
al amor y al interés.
Salió con verde librea,
robando así corazones,
que aun el toro a sus rejones
con su muerte lisonjea.
DUQUE.
¿Tan bueno anduvo el Guzmán?
DON JUAN.
En todo es hombre excelente
don Mendo.
DUQUE.
(_Aparte_).
(¡Cuán diferente
suele hablar él de don Juan!)
Cansado estoy.
DON JUAN.
Reposar
podéis, señor, entre tanto
que da Tetis con su manto
a nuestra invención lugar.
DUQUE.
Que a su tiempo me despiertes
te encargo.
(_Vase_).
DON JUAN.
Tendré cuidado.
Escena II.
_Don Juan y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Por qué, señor, no has pintado
caballos, toros y suertes?
que con eso, y con tratar
mal a los calvos, hicieras
comedias con que pudieras
tu pobreza remediar.
A que te cuenten, me obligo,
seiscientos por cada una.
DON JUAN.
Pues supongamos que en una
eso que me adviertes digo,
en otra ¿qué he de decir?,
que a un poeta le está mal
no variar, que el caudal
se muestra en no repetir.
BELTRÁN.
Para dar desconocidos
estos platos duplicados,
dar aquí calvos asados,
y acullá calvos cocidos.
Pero, señor, a las veras
vuelva la conversación:
¿no me dirás la intención
que llevan estas quimeras?
¿Para qué se han prevenido
los dos capotes groseros?
¿Qué es esto de los cocheros?
DON JUAN.
Escucha, irás advertido.
Desde aquella alegre noche,
que al gran Precursor el suelo
celebra por alba hermosa
del sol de justicia eterno,
de la encontrada porfía
en que me puso don Mendo
a mil gracias que conté
de doña Ana, mil defetos;
en el corazón del Duque
nació un curioso deseo
de someter a sus ojos
la definición del pleito.
A don Mendo le explicó
el Duque este pensamiento,
y para ver a doña Ana
quiso que él fuese el tercero.
Él se excusó, procurando
divertirlo de este intento,
o temiendo mi victoria
o anticipando sus celos.
Creció en el mancebo Duque
el apetito con esto,
que sospechando su amor,
hizo tema del deseo.
Declarome su intención,
y yo en su ayuda me ofrezco,
dándome esperanza a mí
lo que temor a don Mendo;
y como doña Ana estaba
aquí velando a san Diego,
vinimos hoy a los toros
más por verla que por verlos.
Y sabiendo que esta noche
se parte mi dulce dueño,
por quien ya comienza Henares
el lloroso sentimiento;
por poder gozar mejor
de su cara y de su ingenio,
porque las gracias del alma
son alma de las del cuerpo,
trazamos acompañarla,
sirviéndole de cocheros,
nuevos faetones del sol,
si atrevidos, no soberbios.
Con los cocheros ha sido
para este fin el concierto,
para esto la prevención
de los capotes groseros;
que a tales trazas obliga
en ella el recato honesto,
en el Duque sus antojos,
y en mí, Beltrán, mis deseos.
BELTRÁN.
Todo lo demás alcanzo,
y eso postrero no entiendo.
¿Cómo en el amor del Duque
funda el tuyo su remedio?
DON JUAN.
Mientras sin contrario fuerte
ame a doña Ana don Mendo,
ella está en su amor muy firme;
a mudarla no me atrevo.
Y como el Duque es persona,
a cuyas fuerzas y ruegos
puede mudarse doña Ana,
que la conquiste pretendo,
para que andando mudable
entre los fuertes opuestos,
no estando firme en su amor,
esté flaca a mi deseo.
BELTRÁN.
Esa es cautela que enseña
el diestro don Luis Pacheco,
que dice que está la espada
más flaca en el movimiento.
DON JUAN.
Mejor se sujeta entonces:
de esa lección me aprovecho.
BELTRÁN.
Y dime, por vida tuya,
¿ahora sales con esto?
¿No eres tú quien me dijiste:
«Si de esta vez no la muevo,
morirá mi pretensión,
aunque vivan mis deseos»?
DON JUAN.
Imita mi amor al hijo
de la tierra, aquel Anteo,
que derribado cobraba
nueva fuerza y valor nuevo.
BELTRÁN.
Pensé que desesperado
lo curabas como a muerto,
que aunque la traza es aguda,
pongo gran duda en su efecto;
que el Duque es muy poderoso;
llevarala.
DON JUAN.
Por lo menos,
si vence, alivio será,
que por un duque la pierdo;
y si no, consolarame
ver que lo que yo no puedo
tampoco ha podido un duque.
BELTRÁN.
En fe de aquesos consuelos
has cortado la cabeza
totalmente a tus intentos,
y estando tu mal dudoso
has querido hacerlo cierto.
Quieres que el Duque la lleve
por quitársela a don Mendo,
y del daño el daño mismo
has tomado por remedio.
El epigrama que a Fanio
hizo Marcial, viene a pelo.
DON JUAN.
¿Cómo dice?
BELTRÁN.
Traducido,
dice así en lenguaje nuestro.
«Queriendo Fanio huir
sus contrarios, se mató».
¿No es furor, pregunto yo,
para no morir, morir?
DON JUAN.
El epigrama es agudo,
mas la aplicación te niego,
que no es, como tú imaginas,
que venza el Duque tan cierto;
que si él es grande de España,
es el querido don Mendo,
y esto es ser grande también
en la presencia de Venus.
BELTRÁN.
Grandes son los dos contrarios,
y tú, señor, muy pequeño;
mas si fortuna te ayuda,
juzgo posible tu intento.
Dos valientes salteadores
por un hurto que habían hecho,
riñeron, que cada cual,
lo quiso llevar entero;
y mientras ellos reñían,
un ladroncillo ratero
cogió la presa.
DON JUAN.
Dios quiera
que me suceda lo mesmo.
(_Vanse_).
Escena III.
Habitación de doña Ana.
_Doña Ana y doña Lucrecia, de camino._
DOÑA ANA.
¿Cómo en los toros te ha ido?
DOÑA LUCRECIA.
Jamás hicieron provecho
en las dolencias del pecho
los remedios del sentido.
Que en un rabioso cuidado,
tanto con el alma asisto,
que aunque los toros he visto,
prima, no los he mirado.
DOÑA ANA.
Yo apostaré que hay amor.
DOÑA LUCRECIA.
Forzoso es ya que te cuente,
porque el daño no se aumente,
la causa de mi dolor.
Doce veces ha vestido
Febo la luz a su hermana,
después, hermosa doña Ana,
que me sujetó Cupido;
mas no fácil en mi amor
llevó el que adoro la palma,
que al postrer precio del alma
le rendí el primer favor.
Hasta aquí te lo he callado,
porque muestra liviandad
la que sin necesidad
manifiesta su cuidado.
Mas ya que teme el amor,
si callo, un agravio injusto,
viendo que se anega el gusto,
se arroja a nado el honor.
Don Mendo es pues el sujeto,
por quien quiso amor que muera,
que menos causa no hiciera
en mí tan tirano efeto.
Supe que daba en mirar
tu belleza soberana,
que solo por ti, doña Ana,
me pudiera a mí olvidar.
A mi celosa querella
satisfacer intentó,
mas aunque el fuego aplacó,
quedó viva la centella.
Supe que a Henares venía
hoy en galas y librea;
¿por quién quieres tú que sea,
si a mí en Madrid me tenía?
Pedí a mi padre licencia
para venir a Alcalá
y porque estabas tú acá
me ha permitido esta ausencia;
no vine a los toros, no,
mas a impedir nuestro daño,
con que sepas tú tu engaño
y mi desengaño yo.
Y porque probar pretendo
mi verdad, este papel
mira, y confirma con él
las traiciones de don Mendo;
a los celos satisface
de que yo cargo le hice;
mira de ti lo que dice,
y contigo lo que hace.
(_Da un papel a doña Ana_).
DOÑA ANA.