quieres juzgar los ajenos;
y es engaño conocido,
que si el tuyo por mí muere,
no con una flecha hiere
todos los pechos Cupido;
y aunque el Duque tenga amor,
galán querrá ser, don Juan,
y honra más que un rey galán,
un marido labrador;
y aunque en el Duque es forzosa
la ventaja que le doy,
grande para dama soy
si pequeña para esposa.
DON JUAN.
Nadie con tal pensamiento
ofende tu calidad.
DOÑA ANA.
De mi consejo, dejad
de terciar en ese intento;
porque mayor esperanza
puede al fin tener de mí,
quien pretende para sí,
que quien para otro alcanza.
(_Vase_).
Escena IV.
_Don Juan, y después Beltrán._
DON JUAN.
¿Posible es que tal favor
merecieron mis oídos?
¡Dichosos males sufridos!
¡Dulces victorias de amor!
Que tendrá más esperanza,
dijo, si bien lo entendí,
quien pretende para sí,
que quien para otro alcanza.
Que la pretenda mi amor
me aconseja claramente,
y la mujer que consiente
ser amada, hace favor.
BELTRÁN.
Mira que el Duque te espera,
y no el padre de Faetón,
que a publicar tu intención,
apresura su carrera.
DON JUAN.
En cas de mi amada bella
son los años puntos breves.
BELTRÁN.
En la taberna no bebes,
pero te huelgas en ella.
DON JUAN.
Bien lo entiendes.
BELTRÁN.
Alegría
vierten tus ojos, señor.
DON JUAN.
Hacen fiestas a un favor.
BELTRÁN.
Mucho alcanza la porfía.
Escena V.
_Dichos y Celia._
DON JUAN.
Celia, amiga, Dios te guarde.
CELIA.
Y te dé el bien que deseas.
DON JUAN.
Como de mi parte seas,
no hay ventura que no aguarde.
CELIA.
Si en mi mano hubiera sido,
tu dicha fuera la mía;
mas, don Juan, sirve y porfía,
que no va tu amor perdido.
(_Vase don Juan_).
Escena VI.
_Celia y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Y a mí me aprovecharía
el servir como a mi amo?
CELIA.
¿Pues amas también?
BELTRÁN.
Yo amo
por solo hacer compañía.
Escena VII.
_Dichos y doña Ana._
DOÑA ANA.
Celia está con el criado
de don Juan, y no sosiego
hasta hablarle; ya está el fuego
en mi pecho declarado.
CELIA.
Mi señora.
BELTRÁN.
Voyme.
DOÑA ANA.
Hidalgo,
volved. ¿Quién sois?
BELTRÁN.
Soy Beltrán,
un criado de don Juan
de Mendoza.
DOÑA ANA.
¿Queréis algo?
BELTRÁN.
Servirte solo quisiera;
aquí a Celia le decía
que amo por compañía.
DOÑA ANA.
No es conclusión verdadera.
¿Satirizas?
BELTRÁN.
No conviene,
que eso puede solo hacer,
quien no tiene que perder,
o que le digan no tiene.
Pero yo, ¿cómo querías
que predique, sin ser santo?
¿Qué faltas diré, si hay tanto
que remediar en las mías?
DOÑA ANA.
Tu gusto desacreditas
con esa cuerda intención,
porque a la conversación
la mejor salsa le quitas.
BELTRÁN.
Si ella es salsa, es muy costosa,
señora; que bien mirado,
ni hay más inútil pecado,
ni salsa más peligrosa.
Después que uno ha dicho mal,
¿saca de hacerlo algún bien?
Los que le escuchan más bien,
esos lo quieren más mal;
que cada cual entre sí
dice, oyendo al maldiciente:
«Este, cuando yo me ausente,
lo mismo dirá de mí».
Pues si aquel de quien murmura
lo sabe, que es fácil cosa,
¿qué mesa tiene gustosa?,
¿qué cama tiene segura?
Viciosos hay de mil modos,
que no aborrecen la gente,
y solo del maldiciente
huyen con cuidado todos.
Del malo más pertinaz
lastima la desventura,
solamente al que murmura
lleva el diablo en haz y en paz.
En la corte hay un señor,
que muchas veces oí
(_Aparte_),
(esto encaja bien aquí
para quitarle el amor),
que está malquisto de modo,
por vicioso en murmurar,
que si lo vieran quemar
diera leña el pueblo todo.
¿No conoces a don Mendo
de Guzmán?
DOÑA ANA.
Beltrán, detente.
El vicio del maldiciente
has estado maldiciendo,
¿y con tal desenvoltura
de don Mendo has murmurado?
BELTRÁN.
Pienso que es exceptuado
murmurar del que murmura;
dicen que el que hurta al ladrón
gana perdones, señora.
DOÑA ANA.
Dicen mal. Vete en buen hora.
BELTRÁN.
Da a mi ignorancia perdón,
si acaso te he disgustado.
(_Aparte_).
(Mal disimula quien ama.)
(_Vase_).
Escena VIII.
_Doña Ana y Celia._
CELIA.
Apagado se ha la llama,
mas mucha brasa ha quedado
pues su ofensa te ofendió.
Sin duda que en tu memoria
ha borrado amor la historia
que esta noche te pasó.
DOÑA ANA.
Celia, ten; cierra los labios,
mira que mi honor ofendes,
cuando de mi pecho entiendes
que olvida así sus agravios.
No los males he olvidado,
que ha dicho de mí don Mendo;
la infame hazaña estoy viendo
que hoy en el campo ha intentado,
en que claramente veo,
pues tan poco me estimaba,
que engañoso procuraba
solo cumplir su deseo.
Conque ya en mi pensamiento
no solo el fuego apagué,
pero cuanto el amor fue
es el aborrecimiento.
Mas esto no da licencia
para que un bajo criado
de hombre tan calificado
hable mal en mi presencia;
que no por la enemistad
que entre dos nobles empieza,
pierden ellos la nobleza,
ni el villano la humildad.
Esto, Celia, me ha obligado
a indignarme con Beltrán,
que no porque ya don Juan
no esté solo en mi cuidado.
CELIA.
¿Al fin su fe te ha vencido?
DOÑA ANA.
Con lo que anoche pasó,
cuanto don Mendo bajó,
él en mi rueda ha subido.
CELIA.
¿Declarástele tu amor?
DOÑA ANA.
¿Tan liviana me has hallado?
¿No basta haberle mostrado
resplandores de favor?
CELIA.
¡Liviana dices, después
de dos años que por ti
ha andado fuera de sí!
Bien parece que no ves
lo que en las comedias hacen
las infantas de León.
DOÑA ANA.
¿Cómo?
CELIA.
Con tal condición
o con tal desdicha nacen,
que en viendo un hombre, al momento
le ruegan, y mudan traje,
y sirviéndole de paje,
van con las piernas al viento.
Pues tú, que obligada estás
de tanto tiempo y fe tanta,
si bien señora, no infanta,
honestamente podrás
decirle tu voluntad
con prevenciones discretas,
sin temer que a los poetas
les parezca impropiedad.
DOÑA ANA.
¿Poco a poco no es mejor?
CELIA.
¿Tú quiéreslo?
DOÑA ANA.
Celia, sí.
CELIA.
¿Sabes que él muere por ti?
DOÑA ANA.
Bien cierta estoy de su amor.
CELIA.
Pues cuando de esa verdad
hay certidumbre, yo hallo
más crueldad con dilatallo,
que en decillo liviandad;
que el tiempo sirve de dar
del amor información,
y es necia la dilación,
si no queda que probar.
DOÑA ANA.
El sujetarme es forzoso,
Celia, a tu agudeza extraña.
CELIA.
Es verdad que es poca hazaña
persuadir a un deseoso.
(_Vanse_).
Escena IX.
Sala en casa de don Mendo.
_Don Mendo con banda, sin espada, y el Conde._
DON MENDO.
Mis cocheros me han vendido,
dijo mi enemiga apenas,
cuando en espadas y dagas
truecan azotes y riendas,
y como animosos, mudos,
indicio de su fiereza,
que da el valor a los pechos
lo que les quita las lenguas,
embistieron dos a dos
con tal ímpetu y violencia,
que pensé, viendo el exceso
de su valor y sus fuerzas,
que transformado en cochero,
Jove, por mi ingrata bella
vibraba rayos ardientes
para vengar sus ofensas;
porque sus valientes golpes
eran tantos, que no suenan
en la fragua de Vulcano
los martillos tan apriesa.
Al fin, primo, (que a vos solo
puedo confesar mi afrenta),
la espada de un hombre humilde
pudo herirme en la cabeza;
y tanta sangre corría,
con ser la herida pequeña,
que cegándome los ojos
puso fin a la pendencia.
Volví a curarme a Alcalá,
que estaba a cuarto de legua,
más con rabia de la causa,
que del efecto con pena.
Esto ha podido en doña Ana
una mal fundada queja,
y este es el premio que traigo
de celebrarla en las fiestas.
CONDE.
¡Hay suceso más extraño!
¿Y habéis sabido quién eran
cocheros tan valerosos?
DON MENDO.
Como se va con cautela
procurando, por mi honor,
que el suceso no se sepa,
no es averiguarlo fácil;
mas yo tengo una sospecha,
que siempre estas viudas mozas,
hipócritas y santeras,
tienen galanes humildes,
para que nadie lo entienda.
Tal valor en un cochero
los celos no más lo engendran,
que nunca así por leales
los hombres bajos se arriesgan.
Esto se viene rodado,
que si no, no lo dijera,
que ya sabéis que no suelo
meterme en vidas ajenas.
CONDE.
(_Aparte_).
(¡Así tengas la salud!)
No vengo en esa sospecha.
El enojo os precipita
contra tan honradas prendas;
y no es justo hablar así
de quien puede ser que sea
vuestra esposa.
DON MENDO.
Ya he perdido
la esperanza y la paciencia.
CONDE.
¿Tan presto?
DON MENDO.
Volverme quiero
a mi constante Lucrecia.
CONDE.
(_Aparte_).
(¡Malas nuevas te dé Dios!)
Indicios dais de flaqueza.
Si doña Ana está engañada,
procurad satisfacerla.
DON MENDO.
Niega a mi voz los oídos.
CONDE.
Entrad y habladle por fuerza,
porque quien el dueño ha sido,
siempre tiene esa licencia
mientras no se satisface
de que es la mudanza cierta.
Quizá enojada os castiga,
y no os despide resuelta;
o decid vuestras disculpas
en un papel.
DON MENDO.
Yo lo hiciera
si hubiera de recibirlo.
CONDE.
Yo me obligo a que lo lea.
DON MENDO.
¿Cómo?
CONDE.
Dádmelo, que yo
lo pondré en sus manos mesmas.
DON MENDO.
Al punto voy a escribirlo.
(_Vase_).
Escena X.
_El Conde._
CONDE.
(_Aparte_).
Y yo a pedir a Lucrecia
que me cumpla su palabra,
pues ha visto sus ofensas;
que pues con doña Ana vino
de Alcalá en un coche, es fuerza
que viera lo que ha contado,
y su desengaño viera;
y este papel ha de ver,
para que negar no pueda;
que modo habrá de excusarme,
cuando don Mendo lo sepa
y consiga yo mi intento,
suceda lo que suceda;
que no mira inconvenientes
el que ciega amor de veras.
(_Vase_).
Escena XI.
_Don Juan y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Qué, llegó el tiempo?
DON JUAN.
Llegó
el fin de las ansias mías.
BELTRÁN.
¡Gracias a Dios, que en mis días
un milagro sucedió!
¿Que a doña Ana le das pena?
¿Que olvida al Guzmán Narciso?
Este es el tiempo que quiso
ver el Marqués de Villena.
Es verdad que de cada año
lo mismo decir he oído;
pero viene aquí nacido
con suceso tan extraño.
¿Que te quiere bien?
DON JUAN.
Sin duda.
Ya lo dijo claramente,
y un ángel, Beltrán, no miente.
BELTRÁN.
Todo, en efecto, se muda,
pues algún tiempo averiguo,
que fue ya la calva hermosa:
jamás el tiempo reposa.
¿No dice un romance antiguo:
«Por mayo era por mayo,
cuando los grandes calores,
cuando los enamorados
a sus damas llevan flores?».
Pues ves aquí se ha pasado
a septiembre ya el calor;
pero sospecho, señor,
que tú también te has mudado.
¿De qué tal melancolía
te ha cargado en un instante?
Tahúr parece el amante,
pues no dura su alegría.
Pero advierte que es flaqueza.
DON JUAN.
Déjame con mi aflicción.
BELTRÁN.
¿Ello importa a la invención,
señor? Pues va de tristeza.
DON JUAN.
Beltrán, la mudanza mía,
en mudarse todo está,
que también se mudará
la causa de mi alegría.
Que adora así su beldad
el duque Urbino, que creo
que, por lograr su deseo,
perderá la libertad.
BELTRÁN.
¿Que se case temes?
DON JUAN.
Sí.
BELTRÁN.
Pues si tu querida alcanza
de vista aquesa esperanza,
bien pueden doblar por ti;
que por llamarse excelencia,
¿qué no hará una mujer?
DON JUAN.
Eso me obliga a perder
la esperanza y la paciencia.
BELTRÁN.
Pues el remedio, señor.
DON JUAN.
Dilo tú, si alguno ves.
BELTRÁN.
Si él ama así, no lo es
el declararle tu amor.
Mas pues que tu amada bella
contigo está declarada,
antes que él la persuada,
cásate, señor, con ella.
DON JUAN.
¿Cómo la podré obligar
tan brevemente?
BELTRÁN.
Fingiendo
que la herida de don Mendo
se ha sabido en el lugar,
y con esto el vulgo toca
en la opinión de doña Ana,
que tengo por cosa llana,
que por taparle la boca,
si se ha de determinar
tarde, que quiera temprano
darte de esposa la mano;
con esto puedes mostrar
un desconfiado pecho
con recelos de su fe,
porque la mano te dé
para verte satisfecho.
Que pues dice claramente
que te quiere, y tú la quieres,
o ha de hacer lo que quisieres,
o ha de confesar que miente.
DON JUAN.
Al jardín irá esta tarde,
allí la tengo de ver,
y seguir tu parecer.
BELTRÁN.
Nunca ha vencido el cobarde.
El Duque es este.
Escena XII.
_Dichos, el Duque y Fabio._
DON JUAN.
¿Señor?
DUQUE.
Don Juan, amigo, yo muero.
DON JUAN.
¿Cómo?
DUQUE.
En un combate fiero
de celos, desdén y amor.
Al ingrato como bello
ángel que adoro, escribí
hoy un papel.
DON JUAN.
(_Aparte_).
¡Ay de mí!
DUQUE.
Y no ha querido leello.
DON JUAN.
(_Aparte_).
(El alma al cuerpo me ha vuelto.)
¿Pues cómo tanto rigor?
DUQUE.
Nacido es de ajeno amor
un disfavor tan resuelto.
DON JUAN.
Yo a ser amada atribuyo
el mostrarse tan ingrata.
DUQUE.
Cuando el efecto me mata,
sobre la causa no arguyo.
Lo que es cierto, es que yo muero;
vos, don Juan, me aconsejad.
DON JUAN.
De tan resuelta crueldad
la mudanza desespero.
Dejarlo es mi parecer,
antes que crezca el amor.
DUQUE.
Ya no puede ser mayor.
DON JUAN.
Pues amad y padeced.
Escena XIII.
_Dichos y Marcelo, criado del Duque._
MARCELO.
¿Puedo hablarte?
DUQUE.
Sí, Marcelo.
MARCELO.
Dame albricias.
DUQUE.
Tu tardanza
me mata.
MARCELO.
Ya tu esperanza
ha hallado puerta en tu cielo.
Hoy va tu dueño crüel
al jardín, y un escudero
(que esto ha podido el dinero)
quiere darte entrada en él.
DUQUE.
Abrázame.
BELTRÁN.
¡Qué doblones!
DUQUE.
¿No iréis conmigo, don Juan?
DON JUAN.
Señor, los que solos van
gozan bien las ocasiones.
DUQUE.
Bien decís; vedme después
que se esconda el sol dorado,
sabréis lo que me ha pasado.
(_Vase_).
DON JUAN.
¡Mal haya el vil interés,
por quién ni honor ni opinión
podemos asegurar!
BELTRÁN.
Lo que importa es madrugar
y hurtarle la bendición.
(_Vanse_).
Escena XIV.
Decoración de jardín.
_El Conde y doña Lucrecia._
CONDE.
¿Negarás, señora mía,
la palabra que me diste?
DOÑA LUCRECIA.
Yo no la niego.
CONDE.
¿Y que viste,
cuando doña Ana venía
de Alcalá, tu desengaño?
DOÑA LUCRECIA.
Eso tampoco te niego;
mas aunque se apagó el fuego
quedan reliquias del daño.
CONDE.
Pues porque arrojes del pecho
las cenizas que han quedado,
mira el papel que me ha dado
don Mendo, de amor deshecho,
para aplacar el rigor
de doña Ana de Contreras.
Si más agravios esperas,
será bajeza y no amor.
(_Dale un papel y lee Lucrecia_).
DOÑA LUCRECIA.
«El que sin oír condena,
oyendo ha de condenar;
y esto me obliga a pensar
que es sin remedio mi pena.
Ya que el cielo así lo ordena,
dadme solo un rato oído,
que si culpado lo pido,
para más pena ha de ser,
si no que os dañe saber
que jamás os he ofendido».
CONDE.
¿Conoces la letra?
DOÑA LUCRECIA.
Sí.
CONDE.
¿Ves tu engaño?
DOÑA LUCRECIA.
Ya lo veo,
Conde, y pagarte deseo
lo que padeces por mí;
que demás de que premiarte
es justo tan firme fe,
gusto a mi padre daré,
que es en esto de tu parte.
Hazme gusto de esconderte
por el jardín, no te vea
mi prima.
CONDE.
El alma desea
por gloria el obedecerte.
(_Vase_).
Escena XV.
_Doña Lucrecia, doña Ana y Celia._
CELIA.
¿Que de esa manera estás?
DOÑA ANA.
Después que estoy declarada,
cuanto más resistí helada,
tanto voy ardiendo más.
¡Quién detrás de este arrayán
súbitamente lo hallara!
CELIA.
¡Ay, Celia, y qué mala cara,
y mal talle de don Juan!
¿Ves lo que en un hombre vale
el buen trato y condición?
DOÑA ANA.
Tanto, que ya en mi opinión
no hay Narciso que le iguale.
Prima, ¿qué es eso que lees?
DOÑA LUCRECIA.
Un billete de don Mendo,
y mostrártelo pretendo,
por si sus promesas crees.
DOÑA ANA.
Ni le escucho, ni le creo,
bien puedes vivir segura.
DOÑA LUCRECIA.
(_Da el papel a doña Ana, y ella se pone a leerlo_).
¡No le dé Dios más ventura,
de la que yo le deseo!
Solo pretendo que dél
entiendas lo que te quiere.
(_Aparte_).
Harele el mal que pudiere
pues da ocasión el papel.
Escena XVI.
_Dichos y don Juan._
CELIA.
Llega atrevido y dichoso.
(_Don Juan que se llega por un lado a doña Ana_).
DON JUAN.
(_Aparte_).
(Un papel está leyendo,
y la letra es de don Mendo.)
¿Tendrá licencia un celoso,
a quien tu dueño has llamado
para ver ese papel?
DOÑA ANA.
Don Juan, si ha nacido dél
ese celoso cuidado,
pide licencia primero
a mi prima, y lo verás.
DON JUAN.
¿Luego licencia me das
de decirle que te quiero?
DOÑA ANA.
Sí, que este es lance forzoso,
puesto que el alma te adora.
DON JUAN.
Dadme licencia, señora,
por amante, o por celoso,
para ver este papel.
DOÑA LUCRECIA.
Mi gusto en doña Ana vive.
DOÑA ANA.
Ahora sabe que escribe
don Mendo a Lucrecia en él.
DON JUAN.
¿Don Mendo a Lucrecia?
DOÑA ANA.
Sí;
decirlo puede mi prima.
DON JUAN.
Si tanto tu gusto estima,
más que eso dirá por ti.
Pero aquí el mismo papel
es bien que el testigo sea.
DOÑA LUCRECIA.
Satisfacerme desea,
y audiencia me pide en él.
(_Toma don Juan el papel y lee_).
DON JUAN.
«El que sin oír condena,
oyendo ha de condenar,
y esto me obliga a pensar,
que es sin remedio mi pena:
ya que el cielo así lo ordena
dadme solo un rato oído,
que si culpado lo pido,
para más pena ha de ser,
sino que os dañe saber
que jamás os he ofendido».
(_Prosigue don Juan_).
Doña Ana, ¿qué te ha obligado
a pretenderme a engañar?
¿Qué te puedo yo importar
no querido y engañado?
A ti vienen dirigidas
las razones que he leído,
que sobre lo sucedido
son palabras conocidas.
DOÑA ANA.
Cuando a mí venga el papel,
¿da gracia de algún favor,
o quejas de mi rigor?
Luego te obligo con él.
DON JUAN.
Mejor modo de obligar
fuera no haberlo leído,
que quien escucha ofendido,
no huye de perdonar.
¿Ajeno papel recibes
cuando mía te has nombrado?
O poco me has estimado,
o livianamente vives.
De donde he ya conocido
que vivir me está más bien
desdichado en tu desdén
que en tu favor ofendido.
Yo me iré, donde jamás
pueda otra vez engañarme
tu favor.
DOÑA ANA.
¿Quieres matarme,
señor?
DON JUAN.
Suelta.
DOÑA ANA.
No te irás
sin oírme. Prima mía,
ayúdamele a tener.
DON JUAN.
Soltad.
DOÑA LUCRECIA.
Ya es esto perder
la debida cortesía.
CELIA.
Don Mendo está en el jardín.
DOÑA ANA.
¿Don Mendo?
CELIA.
Por fuerza ha entrado.
DOÑA ANA.
A coyuntura ha llegado
que daré a tus celos fin.
Los dos tras ese arrayán
os entrad, donde escondidos
los ojos y los oídos
satisfacción os darán.
DON JUAN.
Sola tu mano ha de ser
quien me tenga satisfecho.
DOÑA ANA.
Señor eres ya del pecho;
poco te queda que hacer.
(_Escóndense don Juan y doña Lucrecia_).
Escena XVII.
_Dichos y don Mendo._
DON MENDO.
Ni quiero que me perdones,
ni volver quiero a tu gracia,
y si tal pidiere, cierra
el oído a mis palabras.
Mis descargos solamente
quiero que escuches, doña Ana,
por volver por mi opinión,
no por culpar tu mudanza.
Si al duque Urbino de ti
dije una noche mil faltas,
fue temor de que en su pecho
engendrase amor tu fama;
porque don Juan de Mendoza
contaba tus alabanzas,
y a la pólvora de un mozo
la menor centella basta.
A tu prima le escribí
mil agravios por tu causa,
desengañando su amor
y encareciendo tus gracias.
Si ella te ha dicho otra cosa,
presto verás que te engaña,
que el traslado traigo aquí;
oye sus mismas palabras:
(_Lee_):
«Tu sentimiento encareces
sin escuchar mis disculpas:
cuanto sin razón me culpas,
tanto con razón padeces.
Verás cómo la pasión
si miras lo que mereces,
te obliga a que sin razón
agravies en tu locura,
con las dudas, la hermosura,
con los celos, la elección.
Lucrecia, de ti a doña Ana
ventaja hay más conocida
que de la muerte a la vida,
de la noche a la mañana.
¿Quién a la hermosa Diana
trocará por una estrella?
Deja la injusta querella,
desengaña tus enojos,
que tengo una alma y dos ojos
para escoger la más bella».
(_Prosigue_).
Mira si más claramente,
pude yo desengañarla;
si ella lo entendió al revés,
en mí no estuvo la falta.
Que quise en el campo usar
de fuerza, dirás. ¡Ah, ingrata!
Como a esposa lo intenté,
si te ofendí como a extraña;
y delinquir en el campo
no fue mucho, si llevaba
anticipado el castigo
con mil flechas en el alma.
Tus quejas y mis disculpas
estas son, la furia amansa,
huya de tu hermoso cielo
la nube de mi desgracia;
que el cielo, el aire, la tierra
son testigos de mis ansias;
no hay quien dude mis verdades
sino tú, que eres la causa.
Esta es mi mano de esposo,
y con disculpa tan clara,
o no niegues mi firmeza,
o confiesa tu mudanza.
DOÑA LUCRECIA.
Aquí se casan sin duda.
DON JUAN.
Aquí sin duda se casan.
¿Saldré, Celia?
CELIA.
No la enojes,
cuando te importa obligalla.
Escena XVIII.
_Dichos, el Duque con un escudero, y quédanse al paño._
ESCUDERO.
De aquí podéis aguardar
a que don Mendo se vaya.
DOÑA ANA.
Don Mendo, yo te confieso
que tu descargo es muy llano,
y que con darme la mano,
puede cerrarse el proceso;
pero tu intento no tiene
remedio: ya me has perdido,
y resuelto el ofendido,
tarde la disculpa viene.
Digo que fue la intención
con que hablaste mal de mí
al Duque, querer así
librarme de su afición;
mas fue público el hablar,
la intención oculta fue,
si por lo escrito juzgué,
no te me puedes quejar;
y ahora te desengaña
de cuán malo es hablar mal,
pues con ser la causa tal,
y el fin tan bueno, te daña.
Por el mal medio condeno
el buen fin; todo lo igualo,
en que verás que lo malo
aun para buen fin no es bueno.
Tu lengua te condenó
sin remedio a mi desdén;
a toda ley, hablar bien,
que a nadie jamás dañó.
Con esto si eres discreto,
mudar intento podrás.
DON MENDO.
¿Resuelta, en efecto, estás?
DOÑA ANA.
Resuelta estoy en efeto.
DON MENDO.
Mira lo que dices.
DOÑA ANA.
Digo
que es vana tu presunción,
porque esta, resolución
es, don Mendo, no castigo.
DON MENDO.
Ya lo que dice de ti
la fama creer es justo,
que informa de tu mal gusto
el aborrecerme a mí.
Del cochero que me hirió
se habla mal, y mal sospecho,
que tal brío en bajo pecho
de tus favores nació.
DOÑA ANA.
Tente, no me digas más,
yo estorbaré mis afrentas:
por donde obligarme intentas
del todo me perderás.
El cochero que te hirió,
don Mendo, mostrarte quiero.
Bien podéis salir, cochero.
(_Salen al teatro, y empuñan todos las espadas_).
DON JUAN.
Yo soy el cochero.
DUQUE.
Y yo.
DOÑA ANA.
Caballeros, deteneos,
que a mí ese daño me hacéis.
DUQUE.
Basta que vos lo mandéis.
DON JUAN.
Serviros son mis deseos.
DOÑA ANA.
Estos los cocheros son,
por quien mi opinión se infama;
y por quitar a la fama
de mi afrenta la ocasión,
le doy la mano de esposa
a don Juan.
(_Danse las manos_).
DON JUAN.
Y yo os la doy.
CELIA.
¡Buena pascua!
BELTRÁN.
¡Loco estoy!
DUQUE.
Vuestra amistad engañosa
castigaré.
(_Empuña el Duque contra don Juan_).
DON JUAN.
Deteneos,
que yo nunca os engañé;
recato y no engaño fue
encubriros mis deseos;
que si os queréis acordar,
solo os tercié para verla,
y en empezando a quererla,
os dejé de acompañar.
DOÑA ANA.
Y en fin, si bien lo miráis,
el dueño fui de mi mano,
y sobre mi gusto en vano
sin mi gusto disputáis.
A don Juan la mano di,
porque me obligó diciendo
bien de mí, lo que don Mendo
perdió, hablando mal de mí.
Este es mi gusto, si bien
misterio del cielo ha sido,
con que mostrar ha querido
cuanto vale el hablar bien.
DON MENDO.
Antes sospecho que fue
pena del loco rigor,
con que por ti el firme amor
de tu prima desprecié;
mas con llorar mi mudanza
y gozar su mano bella
estorbaré su querella,
y mi engaño, y tu venganza.
DOÑA LUCRECIA.
¿Quién os dijo que sustenta
hasta ahora el alma mía
vuestra memoria?
BELTRÁN.
Él hacía
sin la huéspeda la cuenta.
DOÑA LUCRECIA.
Vos hablasteis, pretendiendo
a doña Ana, mal de mí.
DON MENDO.
¡Yo a doña Ana mal de ti!
DOÑA LUCRECIA.
Las paredes oyen, Mendo.
Mas puesto que en vos es tal
la imprudencia, que queréis
ser mi esposo, cuando habéis
hablado de mí tan mal,
yo no pienso ser tan necia,
que esposa pretenda ser,
de quien quiere por mujer
a la misma que desprecia;
y porque con la esperanza
el castigo no aliviéis,
lo que por falso perdéis,
el Conde por firme alcanza.
Vuestra soy.
(_Da la mano al Conde_).
DON MENDO.
¡Todo lo pierdo!
¿Para qué quiero la vida?
CONDE.
Júzgala también perdida,
si en hablar no eres más cuerdo.
BELTRÁN.
Y pues este ejemplo ven,
suplico a vuesas mercedes
miren que OYEN LAS PAREDES;
y a toda ley, hablar bien.
F I N.