Oí que preguntaban por mí, dejé la pluma, me restregué los ojos y salí
al corredor. Era Mauricio que volvía de Villaverde con la
correspondencia.
--Tenga usted;--me dijo el mancebo, quitándose respetuosamente el
jarano--ahí vienen dos cartas para usted. Me dieron una en la casa; la
otra en el correo. Hablé con la señora... y ví a la enferma; yo creo
que va muy de alivio porque estaba en la sala, sentadita en un sillón.
Me pareció muy alegre. ¿No se ofrece nada? Dígale usted al amo que ya
vine.... ¡Estoy hecho un pato! Me cogió el aguacero al pasar por la
garita. ¡Qué aguacero! ¡Qué Dios lo mandaba! ¡El primero del año! ¡Vaya!
¡Y ya lo necesitaban las tierras, que la seca ha sido buena, los pastos
estaban amarillos, amarillos! ¡Se ha muerto más ganado! Me voy, don
Rodolfo, que estoy chorreando agua, y tengo que desensillar....
Puse en la mesa de don Carlos el paquete de periódicos; volví a mi
asiento; acabé los apuntes empezados, y en seguida leí mis cartas. Una
era de cierto condiscípulo mío que solía escribirme de tiempo en
tiempo, la otra de la tía Pepa que me decía:
«Carmen va muy bien. Sarmiento viene todos los días, y está
contentísimo, porque la pobrecilla come y duerme a las mil maravillas.
Ahora me ha confesado don Crisanto que en el último ataque vio a tu
madrina muy mala, tan mala que poco faltó para que la mandara disponer.
La Virgen me ha hecho el milagro; se lo pedí de todo corazón, y le
ofrecí unos ramilletes. Recibí el dinero. Gracias, hijito. Dios te lo
pague. Eres muy bueno con nosotras. ¿Por qué mandaste todo el sueldo, y
nada guardaste para tí? Andrés dice que nada le debes, y nada quiso
recibir. Dios lo ayudará siempre porque es muy bueno y muy agradecido.
Del dinero he tomado para los avíos de los ramilletes de la Virgen. Tú
pondrás el dinero que se necesite y yo el trabajo, porque la promesa la
hice por los dos, por tí y por mí. Angelina no ha escrito. No ha venido
el mozo en toda la semana, y por acá estamos con mucho cuidado, temiendo
que el Padre siga malo. El trabajo de la Semana Santa es pesadísimo.
Figúrate que el Padre tiene que hacerlo todo. Yo estoy temiendo que siga
malo; pero me tranquiliza la idea de que a ser así ya hubieran venido
por Sarmiento, que es el médico de allá, aunque quién sabe si, por estar
más cerca, llamarían a alguno de Pluviosilla. Hay allá uno que acaba de
recibirse y dicen que ha hecho curas muy buenas. Lo que sí me disgusta
es que Angelina no escriba, ni siquiera para saber de la salud de tu
madrina. El domingo me puso cuatro letras, pero nada me dice para tí. Si
hay carta te la mandaré con el muchacho. Ya sé que eres muy impaciente.
«Saluda de nuestra parte a doña Gabriela, a Gabrielita y a don Carlos, y
diles que deseamos que el niño esté mejorcito».
Me dió un vuelco el corazón; no pensé en el P. Herrera, ni en que
estuviera enfermo. Me asaltó el presentimiento de que Linilla no
escribía por alguna otra causa, y, a decir verdad, me creía yo culpable,
y me pareció que Angelina adivinaba que la señorita Gabriela le robaba
mi amor.
Linilla no me quiere; Linilla no me ama; Linilla desea
olvidarme,--pensaba yo. Y entonces ¡oh miseria del corazón humano! la
pobre niña ocupó mi pensamiento, y cuando me encontré con Gabriela a la
entrada del comedor me pareció que era otra mujer, otra joven cualquiera
que ni me causaba interés ni era simpática para mí. Durante la cena
hablé de Angelina, de su belleza, de la dulzura de su carácter, de su
discreción, de sus habilidades y de lo mucho que todos la queríamos en
casa. Gabriela acogió los elogios muy contenta, y repitió con entusiasmo
cuanto yo decía. Se trató del P. Herrera, y don Carlos dijo que era muy
digno de ocupar los puestos más elevados en la diócesis; que merecía ser
obispo, y que su extremada modestia le tenía relegado en la Sierra, en
un pueblo remoto que era como una Tebaida.
Después fuimos a la sala.
--Gabriela,--dijo don Carlos--¡siéntate al piano y tócanos algo!
Obedeció la señorita, y durante una hora, hasta las once, estuvo tocando
cuanto sabía que era del agrado de su padre.
Me puse a leer los periódicos; pero ni oía yo la música ni me enteraba
yo de las noticias. Mi pensamiento, y mi alma estaban en otra parte. Me
sentía yo satisfecho de mí. La conversación acerca de Linilla había
sido, a mi ver, como una prueba de fidelidad, como una manifestación
pública de mi amor. Linilla estaría contenta; el corazón le diría que su
Rodolfo no amaba a otra; que su Rodolfo vivía sólo para ella; que su
Rodolfo es incapaz de olvidarla. La idea de que Linilla dejase de
quererme me llenaba de espanto y me prometía yo serle fiel hasta más
allá de la tumba. La idea de que podía yo perder a Linilla me perseguía
de tal modo, y de tal modo me asediaba que hubiera yo querido volar en
busca de la joven para decirle:
--Linilla, ¡perdóname, perdóname! ¡He faltado a mis promesas! Te he
olvidado un instante, ¡pero un instante nada más! ¡Por piedad! ¡No me
niegues tu cariño!... ¡Mira que sólo vivo para tí, para tí, Linilla mía!
No paré mientes en la música. Cuando dejó de sonar el piano advertí que
Gabriela estaba cerca de mí.
--¡Qué de noticias interesantes traerán los periódicos, Rodolfo, cuando
abismado en la lectura no ha oído usted la sonata aquella...!
No supe como disculparme; murmuré torpes excusas, alabé una pieza que no
había yo escuchado, y me levanté para despedirme.
Habló don Carlos de Villaverde, del día de la Cruz, del paseo en la
Alameda y en la colina del Escobillar, y de la fiesta del Cinco de Mayo.
Dijo la señora que Pepillo deseaba pasar ese día en Villaverde, se
resolvió darle gusto, y la salida quedó acordada para el día siguiente.
En los momentos de retirarnos me detuvo don Carlos:
--El día cinco le esperamos a usted. Verá Usted a sus tías y comerá con
nosotros. En la Plaza es la fiesta, y sin salir a la calle lo veremos
todo: el paseo cívico, y los fuegos... que será cuanto habrá que ver.