El día dos, al caer la tarde, llegó Mauricio. Me trajo una carta de tía
Pepilla:
«Tu madrina sigue bien. Don Crisanto me dijo ayer que ya pasó el
peligro; pero que el estado de Carmen no es bueno. Me ofreció venir a
verla cada tres días. ¡Bendita sea la Santísima Virgen que nos ha sacado
con bien! Los ramilletes salieron lindísimos, y ya estarán en el altar.
Se llevaron de avíos más de cinco pesos, pero, eso sí, ¡son de papel muy
fino! No han escrito de San Sebastián, ni Angelina ni el Padre; será
porque han tenido mucho a que atender con las fiestas de Semana Santa.
Ahora tienen huéspedes; Castro Pérez anda por allá con motivo de que fué
a dar posesión de unos terrenos a don Pedro Amador, uno de los ricos de
por allá. ¡Qué ocurrencias de don Juan! ¡Ir cargando con las muchachas!
El Juez se va mañana. Como vive aquí enfrente vimos que ya le trajeron
los caballos. ¡Tú dirás! En San Sebastián no hay más que jacales, y toda
esa gente habrá posado en la casa del Padre. No sé lo que harán, para
colocar a tantos en una casa tan chica y tan incómoda, ni qué darán de
comer a tanta boca. Mandarían por víveres a Pluviosilla. Antier a las
seis de la mañana pasaron por aquí las Castro Pérez: iban a caballo, con
sombreros jaranos. ¡Buena visita! ¡Pobre de Angelina que habrá tenido
que lidiar con ellas!
«A la una, cuando volvía yo de misa, me encontré a don Carlos. Iba con
Gabrielita. ¡De veras que la muchacha es hermosa! Me dijeron que el día
cinco vendrás a la fiesta. Nosotras estamos contando las horas. Carmen
te manda un abrazo, y también Juana y Andrés.»
«Sabes cuánto te quiere tu tía
María Josefa».
Esta carta de la tía me devolvió la tranquilidad. Todo quedaba
explicado. Angelina no había escrito por los quehaceres de la Semana
Santa y por los huéspedes. Pero escribiría, sí, escribiría. De seguro
que al llegar a Villaverde tendría yo carta de Linilla, y acaso dentro
de pocas semanas vendría el Padre, y con él Angelina. ¡Bueno era el
santo señor para no traerla!
Después de la cena, luego que los empleados se retiraron a sus
habitaciones, me fui a la sala, abrí el balcón, y sentado en una
mecedora, gozando del fresco de la noche, una hermosa noche de luna, me
puse a pensar en Linilla. ¡Sí, sí, ella sería la dulce compañera de mi
vida! Me la imaginaba yo vestida de blanco, cubierta con vaporoso velo,
coronada de azahares, tímida, sonrojada, radiante de alegría. Ya me
parecía verla a mi lado, de rodillas, delante del altar.
Por el balcón, abierto de par en par, llegaban hasta mí, en alas de la
brisa, los rumores del río, el susurro de los árboles, el zumbido de los
insectos, el silbido de los reptiles, la voz vibrante de alado trovador.
Delante de mí se abría dilatada calle de árboles. La luz de la luna
pasaba a través del follaje y dibujaba en la arena blanquecina círculos
vagarosos. En los vecinos naranjales se abrían los últimos azahares.
¡Hermosa noche! ¡Qué dulcemente que susurraban los vientos! Pero, ¡ay,
qué solitaria y triste me pareció la sala!... Estaba fría como una
tumba, desolada como una alcoba de la cual han sacado un cadáver. El
piano mudo; los pinceles olvidados; las rosas, pálidas y desfallecidas,
se inclinaban al borde del rico tazón de Sévres, y cuando el viento las
movía dejaban caer, uno a uno, sus pétalos marchitos. Aun quedaba en el
aposento el aroma de los vestidos de Gabriela.... El rumor de las hojas
secas que caían, en el balcón remedaba el roce de una falda de seda....
Se había ido la hermosa señorita. No vivía para mí, no me amaba, no
podía amarme, y ¡ay! ¡me había robado el corazón!...
Pensé muy seriamente en la vida. ¡La vida! ¡Un crepúsculo espléndido que
dura unos cuantos minutos! Después... sombras y obscuridad. Todo nos
engaña... la fortuna, la gloria, la amistad, el amor. Amamos, queremos
ser amados, caemos a los pies de una mujer, y le ofrecemos el corazón,
la vida, el alma, y luego, cuando somos correspondidos, cuando la dicha
y la felicidad nos sonríen, olvidamos nuestras promesas más sinceras,
nuestros juramentos más sagrados.
Me sentí desalentado y triste; comprendí que aquel amor que poco a poco
iba apoderándose de mi alma, era un delirio, una locura que me
arrastraba hacia la ingratitud y la infidelidad.
¡Pobre niña desgraciada, huérfana, víctima del infortunio! Me amaba;
había escuchado mis ruegos; me había dado su corazón, aquel corazón
hecho pedazos por el dolor, y yo pagaba tanta ternura con el olvido. ¡No;
mi conducta era infame, inicua, vergonzosa! ¿Qué amaba yo en Gabriela?
¿La hermosura, la discreción? También Angelina era hermosa y discreta.
¿La elegancia? Sí, Angelina con sus trajes humildes y sencillos era tan
elegante como Gabriela.... ¿La riqueza? ¡No; la riqueza no puede dar
felicidad a los corazones!... Tía Carmen me había dicho que la señorita
Fernández era rica... sí, pero también me decía: «no seas causa de que
una mujer llore un desengaño».
Ahogaré este amor y viviré para Linilla;--pensé--¡sólo para ella! ¡Le
escribiré, iré a verla, y le confesaré todo! ¡Es tan buena, tan
sencilla, tan cariñosa!... «Mira Angelina, Linilla mía, ¡perdóname!--le
diría yo.--He sido infiel a tu cariño, a tu amor. De hoy más, ¡te lo
juro por la memoria de mis padres! viviré para ti, sólo para tí. ¿Qué
haré si me faltas tú, si me niegas tu cariño? ¿Qué haré abatido y
postrado por el dolor si no tengo el consuelo de tus palabras? Eres
buena, muy buena, eres un ángel.... Yo quiero ser bueno como tú.
Sálvame, Angelina. Una palabra tuya puede salvarme. ¿Verdad que me
perdonas? ¿Verdad, niña mía, que todo lo olvidarás? Nadie te ha dicho
nada, y yo mismo, yo mismo, sin temer tus enojos, vengo a confesarte que
durante varios días otra mujer ha sido dueña de este corazón que es
tuyo, solamente tuyo. Pero nunca te olvidé, aunque quise olvidarme de
ti.»
Linilla me perdonaría, seríamos felices, viviríamos dichosos, y veríamos
realizadas nuestras más bellas esperanzas.
Pensando en estas cosas pasé dos o tres horas, en lucha conmigo mismo.
La codicia, sí, la codicia, porque sólo ella me podía hablar de ese
modo, me decía:--«¿Dices que Gabriela ama a otro, que vive pensando en
otro, que no puede amarte? ¡Ten paciencia, ten calma, que no todo ha de
ir tan de prisa como tú quieres! Ese joven a quien ya detestas, aunque
no le conoces, no es digno del amor de Gabriela, y tarde o temprano, el
mejor día, se casará, con alguna señorita más rica que ésta a quien ya
amas. Gabriela le olvidará, y entonces.... ¡Ten calma! ¡Eres un muchacho
sin experiencia! Déjate de melancolías y de novelas; abomina de
Lamartine y de Zorrilla, y recuerda que tu poeta favorito fué rico
porque se casó con una inglesa millonaria. Ya verás cómo Zorrilla se
muere de hambre, sin que le valgan glorias ni laureles, sin que los
favores de príncipes y reyes le hayan sacado de pobre. ¡Ya sé lo que vas
a responderme! ¿Que eso de casarse por interés te parece indigno de un
caballero? ¡Escrúpulos pueriles! Ya procederás de modo que tu buen
nombre salga ileso. ¿Qué Gabriela no te ama? Espera».
El amor hablaba noblemente.--¡«Eres un villano! ¡No seas egoísta!
Angelina te ama con todo el corazón, con toda el alma.¡Pobre niña!
Piensa que ha sido muy desgraciada; recuerda con qué franqueza, con qué
sublime sencillez te contó la triste historia de su vida. Puedes hacerla
dichosa. No tiene parientes ni amigos. El día que muera el P. Herrera la
hermosa Linilla se quedará sola en el mundo, y se quedará en la
miseria.... ¡Qué de amarguras se le esperan! Aun no te había visto y ya
te amaba; ¡viniste y desde que tú llegaste fué dichosa! Gabriela es
buena, pero Angelina es un ángel. Rodolfo ¡eres un loco! El corazón de
la huérfana es un manantial inagotable de ternura. En esa alma dolorida
viven el amor con todas sus virtudes, y el desinterés, y la abnegación.
Estás en uno de los momentos más solemnes de tu vida: ¡mira lo que haces!
No eres codicioso ni avaro; no ambicionas riquezas; sueñas con una
felicidad modesta y tranquila.... Hace pocos días pintabas en una carta
bellísimo cuadro. ¿Te acuerdas? Una casa embellecida por Angelina; tus
tías, felices, complaciéndose en verte; el P. Herrera lleno de alegría;
tú y Linilla preparándole una sorpresa; y allá en el jardín dos niños,
que parecían dos querubines, jugando con un arillo encascabelado. ¡Eso
es lo que tú quieres! Lo tendrás a poco que te empeñes. Oyeme, óyeme: tú
eres el único amor de Angelina. Antes de amarte a tí no amó a
ninguno.... ¡Gabriela ama a otro, y acaso no le olvide jamás!...
Supongamos que mañana eres esposo de esa elegante señorita.... ¿Quién
responde, quién, de que Gabriela, es decir, tu «esposa», no piense
algunas veces en Ernesto? El otro día le viste escribir una letra... ¡y
sentiste celos, celos horribles! ¿Me pides consejo? Haz lo que quieras;
pero antes consulta con tu conciencia».
Esta me acusaba de ingrato. La conciencia quedaría tranquila y callaría.
La firmeza de mis propósitos y mi conducta futura lograrían dejarla
satisfecha. Linilla no sabría nunca que su Rodolfo le había sido infiel.
Me asaltó entonces horrible presentimiento. Las señoritas Castro Pérez
estaban en San Sebastián.... ¡Eran tan indiscretas! Pero, en suma, ¿qué
podrían decir? Los embustes que todos repetían en Villaverde, y ¡nada
más!
Cuando me levanté de la mecedora para cerrar el balcón, daban las doce
en el reloj del escritorio. Allá, en el fondo del jardín, seguía
cantando el trovador alado.
Al atravesar la sala aspiré con delicia el aroma de las flores que se
morían en el tazón de Sévres; el piano de Gabriela me pareció como todos
los pianos; los pinceles esparcidos en la mesa de trabajo, junto a la
acuarela principiada, nada me dijeron de la rubia señorita.
Dormí tranquilamente. Así deben dormir los que tienen una buena
conciencia.