De tarde en tarde, después del despacho, salíamos de paseo, a lo largo
del río, hacia los campos de caña de azúcar, hasta las faldas de
pintoresca y cercana colina, algunas veces a acaballo, las más a pie.
Mauricio empujaba el cochecito de Pepillo, y don Carlos y doña Gabriela
le seguían a corta distancia. La joven y yo nos deteníamos aquí y allá
en busca de flores o de helechos.
Una ocasión, viéndonos a gran distancia de los señores, nos sentamos al
pie de un árbol, uno de los más hermosos de la ribera, cerca del cual se
precipita el río a través de tupidos carrizales. Delante de nosotros
teníamos hermoso panorama, dilatada dehesa, verdes gramales, risueños
collados, arboledas seculares cubiertas por floridas enredaderas, viejos
troncos poblados de orquídeas y de mil plantas trepadoras. A la
izquierda lejano caserío, la fábrica, el «real», los establos, hacia los
cuales volvía el ganado, la capilla con su torre envuelta en un manto de
hiedras; a la derecha la vega villaverdina iluminada por los últimos
reflejos del sol; y en el fondo las altas montañas de la Sierra,
sombrías, boscosas, coronadas de abetos y de ocotes. Gabriela observaba
atentamente el magnífico espectáculo de la puesta del sol, prestando
atento oído a los ruidos del campo, a los rumores del río, a los
zumbidos extraños con que los insectos saludan el advenimiento de la
noche; yo, recostado en el tronco de aquel árbol gigantesco, no apartaba
los ojos de la encantadora señorita. Gabriela volvióse de pronto, y me
dijo con sencilla franqueza:
--¿A que adivino en qué piensa usted?
--¿En qué?
--¿Me ofrece usted decirme la verdad?
--Sí.
--¡Piensa usted en.... Linilla!
--¿En Angelina?
--Sí; desde que salimos no aparta usted los ojos de aquellas montañas.
El amor no puede estar escondido.... Cuando hablo de esa niña no me
responde usted.... ¿Le inspiro poca confianza?
--No, Gabriela: ¿a quién mejor que a usted pudiera yo confiar uno de
esos secretos que no se pueden guardar mucho tiempo?
--Hable usted, Rodolfo, hable usted. Una amiga como yo suele ser buena
consejera.... ¿Hay enojos en la niña? Pues contarlos a esa amiga. ¿La
niña está contenta? ¡Pues decirlo!... ¿Padece usted?... ¡Pida
consuelo!... ¿Es usted feliz? La felicidad es expansiva y franca. Sólo
el dolor suele ser reservado y silencioso. Corresponde usted mal a mi
amistad. ¿No he sido yo la primera en contarle la triste historia de un
amor desgraciado?
--Sí, Gabriela.
--Pues entonces, dígame usted que ama a Linilla, y que Linilla le ama a
usted....
--No, Gabriela;--le dije, trémulo y sonrojado,--estimo la confianza de
usted; agradezco infinito la bondad con que usted me trata, la
amabilidad con que me distingue... pero ¿qué decir de Linilla? ¿Que la
amo con fraternal afecto?
--¿Fraternal solamente? ¿Cómo a mí?
Sentí que me ahogaba la emoción. Gabriela escribía en la arena, con la
contera de la sombrilla, una letra, una letra, que brilló ante mis ojos
como si fuera de fuego. Me dolió el corazón como si me le mordiera una
víbora. ¡Tuve celos, celos horribles! ¿En quién pensaba la señorita?
Aquella letra era la primera de un hombre amado, y ese nombre... ¡no
era el mío!
--¿Cómo a mí?--repitió la doncella.
--¡Cómo a usted, Gabriela!
--Se engaña usted, Rodolfo. Angelina es dueña de ese corazón. Lo sé, no
me cabe duda... mi perspicacia de mujer supo descubrirlo ha tiempo. El
nombre de Angelina suena en los oídos de usted como celeste melodía. ¡Ya
usted lo vé! Me estoy volviendo poetisa.... Ustedes se aman. ¿Nada le ha
dicho usted? Algún día le confesará usted que la ama. Y entonces ella,
que calla y oculta su secreto en lo más hondo del corazón, hablará
también, y quedito, muy quedito, ¡así se dicen esas cosas!
contestará:--¡Te amo!» ¿Cómo se hablan ustedes, de tú o de usted?
--¡De usted, Gabriela!
La señorita se echó a reir, y exclamó:
--Los labios dirán así... ¡pero los corazones no!
En aquellos momentos oímos voces que nos llamaban. Los señores se habían
detenido en un puentecillo por donde el coche del corcovadito no podía
pasar.
--¡Señorita, nos llaman!
--Vamos.
Gabriela se levantó, y antes de dar un paso miró entristecida la cifra
escrita en la arena.
Yo, al pasar, la borré con los pies.
--¿Qué ha hecho usted?
--¡Nada, señorita!
--¡Bien hecho!... ¡Mejor! Locuras mías.... ¡Quién pudiera olvidar!