¡Lejos de esta gente!--me dije esa mañana al salir de la misa de doce, y
me fui a mi casa, a mi pobre casita, resuelto a no tratar más ni con los
tertulios de la botica ni con las señoritas Castro Pérez, y decidido a
no venir a Villaverde sino de tiempo en tiempo.
Después de la comida me puse a escribir. La idea de que Linilla padecía
y lloraba por causa mía me tuvo inquieto toda la tarde. Cuando cerré mi
carta, estaba yo tranquilo. En ella le hablé francamente:
«¿A qué pensar en eso, Linilla mía? ¡Te amo, te adoro! ¿Qué motivos
tienes para dudar de mi fidelidad? Me ofendes cuando dices que tarde o
temprano he de olvidarte. Angelina: eres cruel conmigo, y no temes
lastimar mi corazón. ¿No dices que me amas? Pues entonces, ¿por qué
dudas así de mi cariño? Más de una vez he oído de tu boca que soy
ambicioso, que sueño con opulencias y lujos. No comprendes que con esas
palabras me desgarras el corazón. Dime, con toda sinceridad: ¿crees que
sería yo capaz de buscar fortuna y riquezas por ese camino? No ambiciono
grandezas; con poco me conformo; poco necesito para ser feliz. Una
posición modesta, modestísima, rayana en la pobreza, es cuanto deseo
para que mis pobres tías pasen tranquilas los últimos años de su vida, y
¡nada más! Nada me seduce en el mundo como no seas tú, tú, Linilla, alma
de mi alma, en quien cifro ilusiones y esperanzas, en quien he puesto
todo mi cariño.
«Mientras yo sueño a todas horas contigo, mientras vivo pensando en tí,
tú te complaces en dudar de mis palabras, y temes que, prendado de
Gabriela y empujado por una ambición vulgar, desdeñe tu amor olvide que
me amas y que vives para mí, y corra en busca de un enlace que me
proporcione bienestar y riquezas.... ¿No piensas que me calumnias, que
calumnias a tu Rodolfo? Huérfano, desgraciado, pobre, el mundo era para
mí un valle de dolores; quise cerrar mi corazón a todo afecto, no amar
ni ser amado, cuando te conocí y te amé. Te hablé noble y
desinteresadamente. ¿Qué interés podía guiarme? Te amé y te di mi
corazón; me amaste, y al oír de tus labios que me amabas se disiparon
las tinieblas de mi vida; se iluminó mi alma con los esplendores de la
tuya, y anhelé ser bueno porque tú eras buena; quiso tener resignación
como tú, y la tuve; y el que poco antes deseaba morir, amó la vida, y
soñó con dichas y felicidades, no esas que tú supones, sino otras
verdaderas, humildes... un hogar modesto y tranquilo, ni envidiado ni
envidioso, del cual tú fueras alegría. Tú amas como yo a las buenas
ancianas que ampararon mi orfandad, ellas te aman también.... ¡Qué
dichosos seremos!
«A veces, por la noche, cuando todos duermen, me paso las horas en el
balcón, pensando en mi Linilla. Tengo delante el «real» solitario, la
llanura desierta y silenciosa, en el fondo de la cual corre el Pedregoso
adormecido y manso bajo las arboledas.... Me abismo en la contemplación
del paisaje; te nombro, y mi alma corre hacia las montañas esas que me
separan de tí, y escala las cimas, y vuela con las nubes, y va a velar
tu sueño. Y me imagino que eres mi esposa; que vivimos tranquilos y
felices al lado de mis tías, en una casita muy linda y muy alegre,
embellecida por tí, llena de flores y cantos de pájaros. Sueño que mi
casa, hoy tan triste, está de fiesta; que tu papá ha venido a pasar con
nosotros algunos días; que celebramos su cumpleaños y que todos reímos
venturosos y satisfechos. Tía Carmen, sentada en su sillón y muy
aliviada de sus males, nos contempla y sonríe; tía Pepilla parece una
abuela bondadosa y tierna; tu papá charla y se goza en nuestra dicha, y
mientras tú y yo estamos en el comedor y preparamos una sorpresa al
santo sacerdote, poniendo entre los pliegues de su servilleta los
retratos de la gente menuda, allá, en el fondo del jardín... dos
chiquitines inteligentes y guapos, muy vestidos de gala,--una niña que
se parece a tí, y un rapazuelo que se parece a mí--corren en pos de un
aro tintinante.
«¡Ya lo ves, Linilla! ¡Y así dudas de mi cariño!... Dime: ¿haces bien en
eso? ¿Verdad que no? Mira: la señorita Gabriela vale mucho, es muy
buena, y a cada rato me habla de tí, y se queja de que tú no la
quieras.... Estás celosa, sí, celosa, mal que te pese, y no hay motivo
para ello. Por el contrario, debe ser objeto de tu cariño. Esta familia
me trata muy bien. Ya te he dicho que me distinguen como no lo merezco.
«Vamos, Linilla: ¿quieres que deje yo esta casa, que pierda yo esta
colocación tan codiciada en Villaverde, y que vuelva yo a ser amanuense
de Castro Pérez? Tal vez ni eso pudiera yo conseguir. ¿Quieres que me
vaya a la tienda de Andrés a vender cominos y pimienta? Responde. Te
conozco, y creo que sólo así estarás tranquila.... Desde luego me iría
yo de Santa Clara; así quedarías contenta; pero pienso que no debo
privar a mis pobres tías del bienestar que ahora les proporciono. El
señor Fernández me quiere mucho, y muchas veces me ha dicho que él me
pondrá en buenas condiciones para que pueda yo vivir tranquilo, sin
depender de nadie. Es hombre que cumple lo que promete. Y entonces,
Linilla: ¿qué más podremos desear?
«¿Dices que no le dirás a tu papá que te amo y que me amas? Haz lo que
te plazca. El deber y el amor filial aconsejan que no le ocultes nada;
pero, a decir la verdad, como no tengo asegurado el porvenir, me parece
inoportuno que le hables de eso. Sin embargo, repito, haz lo que te
parezca mejor.
«Acaso lleguen a tus oídos ciertas murmuraciones de las gentes de
Villaverde. Dicen que soy novio de Gabriela. Ya me imagino quién inventó
eso. Las Castro Pérez que odian a la señorita Fernández, o Ricardo
Tejeda que ha estado muy enamorado de la niña. Hoy me le hallé en la
botica, y no me habló, ni siquiera se dignó saludarme. Ellos lo
inventaron y todos lo darán por cierto, y lo creerán, y dirán, como yo
lo he oído de labios de las Castro Pérez, que la cosa es hecha, y que
nos casaremos Gabriela y yo dentro de pocos meses. Espero, Linilla mía,
que no darás oído a las murmuraciones villaverdinas. Te confieso que
tales embustes me tienen apenado. ¡Qué dirá el señor Fernández si llega
a saberlos! Es persona de buen juicio y de mucha experiencia, pero se
trata de su hija, y no le será grato saber que Gabriela y yo somos a
estas fechas sabrosísimo plato para los villaverdinos maldicientes.
Pensará que yo he dado motivo para esas conversaciones».
Andrés vino a cenar conmigo. Don Román pasó con nosotros la velada, y al
siguiente día, muy de mañana, salí camino de la hacienda.