Esta carta me causó profunda pena. Linilla padecía y lloraba, temerosa
de que Gabriela le robara mi corazón.... Obscura nube veló de pronto el
cielo de mi dicha, y temblé al considerar que me aguardaban nuevas
amarguras. Pero, a decir lo cierto, no me causaron extrañeza ni las
palabras de Angelina, ni el tono de su carta.
Desde los primeros días, cuando mi cariño era todavía un misterio para
la doncella, pude observar mil veces que nunca le fueron gratos los
elogios de mi tía para la gallarda señorita. Y no porque la envidia o el
orgullo fuesen causa de ello, que tales pasiones no tenían morada en
aquel corazón generoso y sencillo, sino porque debido a las torpes
murmuraciones villaverdinas o a presentimientos y recelos, muy
naturales en una niña que ama y cree que es amada, la pobre Linilla
temió, aun antes de corresponder a mi amor, que yo me prendara de
Gabriela, cuya belleza y elegancia, no podían ser vistas sin interés por
ningún mozo de mi edad. ¡Pobre niña infortunada! El dolor y la desgracia
la habían hecho temerosa. Muchas veces me dijo: «Rodolfo: nuestros
amores no serán dichosos. Nací condenada al infortunio; nací condenada a
padecer, y cuanto es para mí felicidad y ventura perece y se malogra....
¿Me amas? Sí; pues dejarás de amarme. ¿Te amo? Pues, óyelo bien: este
amor que es en mi como la aurora de hermoso día; este amor en el cual he
cifrado todas mis ilusiones y todas mis esperanzas, no será coronado por
la dicha...»
Y la pobre niña no podía ocultar sus recelos, y me los confiaba
sencillamente, como deseosa de conseguir, por este medio, la perennidad
de un afecto que le parecía vano y fugitivo. Después se arrepentía de
haber dudado de mi constancia, y llorando me pedía que la perdonara. Mas
a poco, cuando calmada por mis palabras y mis promesas sonreía dichosa,
y en su pálido rostro irradiaba la alegría, tornaba a sus
presentimientos: «No me engaño, no quiero engañarme.... Me da pena
decírtelo, pero ya sabes que nada te oculto, que no quiero ocultarte
nada. Vives engañado; dices que me amas, y no mientes, no, porque eres
incapaz de mentir.... Dices que me amas, y, ciertamente, tu corazón es
mío, y a toda hora piensas en mí. Pero no es Linilla, la pobre Linilla,
la huérfana recogida en un mesón por un sacerdote caritativo, la niña
infeliz fruto de amores que el cielo no bendijo, la que será tu esposa.
Te conozco, Rorró. Eres ambicioso; deseas una mujer brillante que a
todos cautive con su belleza, que deslumbre en los salones.... Sueñas
¡al fin poeta! con dichas que yo no puedo darte.... ¿Me amas? ¡Ya me
olvidarás!»
Linilla se engañaba. La amaba yo con toda mi alma, y bien sabe Dios que
mi corazón era todo suyo; que nunca mis ojos se fueron en pos de otra
mujer, y que era yo celoso, en bien de mi amada, hasta, de la menor
palabra que pudiera salir de mis labios con olvido de Angelina, y fuera
para ella como una infidelidad mía. Lo que nunca quiso hacer, y de ello
me acuso sinceramente, fué borrar de mi memoria el recuerdo de Matilde,
la dulce niña de mi primer amor.
Pero ¡ah! yo aliviaría las penas de mi amada, desvanecería sus
tristezas, le escribiría larguísima carta, y pronto estos, temores
quedarían disipados.
Me vestí de prisa y me lancé a la calle.
El domingo es alegre en Villaverde; muy alegre si se le compara con los
demás días en que las calles y plazas están casi desiertas. La población
rural viene a la ciudad con motivo del tianguis, y los villaverdinos
salen de sus casillas para ir a misa y al mercado. Las tiendas están
abiertas hasta las tres de la tarde, y los rancheros, muy vestidos de
limpio, luciendo la camisa planchada y azulosa, suben y bajan por las
calles, llenan templos y tiendas, y a eso de las tres se vuelven a sus
campos y a sus aldeas.
La misa de doce es la más concurrida; a ella van, las muchachas en
privanza, muy emperejiladas y lindas, y en el atrio de la Parroquia,
bajo los fresnos y los ahuehuetes, se reune la flor y nata de la
pollería villaverdina.
Visité a don Román, el cual se mostró muy afable y cariñoso con su
discípulo. Estuve en la casa de Sarmiento; pero no tuve la fortuna de
verle, como yo deseaba, para darle las gracias por sus eficaces
recomendaciones. Le dejé una carta del señor Fernández, en la cual le
consultaba no sé qué acerca de las enfermedades de Pepillo, y me fuí en
busca de Andrés hacia su tenducho de «La Legalidad». El pobre viejo se
olvidó de sus marchantes, saltó por encima del mostrador, y corrió hacia
mi, abriendo los brazos. Charló conmigo unos cuantos minutos, y luego me
dijo, poniendo su mano en mi cabeza:
--Ya ves, tengo muchos marchantes... y ya lo sabes: el que tenga tienda
que la atienda.... Allá te veré.... Esta noche iré a cenar contigo. Vete
a pasear... diviértete, que bastante habrás trabajado desde que te
fuiste....
Al pasar frente a la botica de Meconio oí que me llamaban. Allí estaban
los pedagogos y Ricardo Tejeda. Me fué entrar. Todos se adelantaron a
saludarme, menos mi amigo, el cual fingió que estaba muy engolfado en la
lectura de «El Montañés». Mancebos y maestros de escuela me veían, de
pies a cabeza, se miraban unos a otros, y sonrían maliciosamente. No
dejaron de dirigirme algunas bromas.
--Ya es usted charro...--me decía uno de los mancebos.--Todo Villaverde
sabe que hace quince días vieron salir, camino de Santa Clara, al
ex-covachuelista de Castro Pérez, jinete en un corcel brioso, hecho un
caballero andante. ¡Vaya! Dejó la pluma por la reata....
Venegas y Ocaña coreaban con ruidosas carcajadas las bromas del imberbe
galeno, y Ricardo seguía abismado en la lectura. Después me hablaron de
Gabriela.
--Chico:--repetían--¡lograste lo que deseabas! Estás en la arena y junto
al rio.... ¡Buen partido! Te cayó el premio... te casarás.... ¿Cuándo
es la boda? ¿Cuándo nos das el gran día?
Me indignaban aquellas burlas; pero rechazarlas enérgicamente habría
sido una tontería. Hice risa de mi cólera; me burlé de mí, repitiendo
los dichos del boticario, y así logré que se calmara la tempestad. Luego
se habló de una compañía dramática, recién llegada, y que esa noche
daría su primera función en el Teatro Pancracio de la Vega.
--¿Irás?...--me decían.--¡Buena compañía! Esta noche nos darán «Fe,
Esperanza, y Caridad». No queda una butaca; los palcos estarán llenos, y
la temporada será magnífica.
En aquellos momentos pasaron frente a nosotros las señoritas Castro
Pérez. Entonces empezó la murmuración y el hacer trizas a las pobres
muchachas. Ricardo dejó el periódico y salió a la puerta para ver a las
señoritas. Las chicas se detuvieron un instante, saludaron, y la rubia
exclamó, dirigiéndose a mí:
--¡Rodolfo! (con permiso de los señores).... Acompáñenos hasta la
iglesia.... Tenemos que hablar con usted.
Me despedí del grupo, y acudí al llamado de la señorita. A la sazón
salía Ricardo; vióle Teresa, y la pobre niña se encendió como una
amapola, bajó los ojos, y se adelantó. Cuando yo le tendí la mano estaba
trémula y sofocada por la exitación. Mi «amigo» la miraba desdeñoso y
altivo.
No bien nos alejamos de la botica, se soltó Luisa:
--¡Conque se casa usted! Ya lo sabemos todo.... ¡Buena suerte, y
gracias por el favor!... Tere está, muy agradecida.... ¿Vió usted a
Ricardo? ¡Está que rabia! ¡El que se creía tan afortunado! Estaba seguro
de que le correspondería Gabriela.... ¡Buen chasco se ha llevado! ¡Muy
merecido!...
--Pero, señoritas....
--¡Sí, sí, no lo niegue usted! Ya todos saben que la familia le distingue
a usted mucho; que usted y Gabriela están a partir un piñón; que el
negocio está, arreglado, y que tendremos boda. Será muy lujosa. Gabriela
y usted echarán el resto....
--¡Por Dios!--interrumpió la hermana.
Protesté contra la murmuración villaverdina de la cual era yo víctima
hacía tantos días; declaré que me indignaba oír tantas mentiras como
repetían las gentes, y supliqué a las niñas que no dieran oídos a tales
dichos.
--Pues usted lo negará... pero es cierto que Gabriela y usted están
arreglados. ¡Todo se sabe!... Para que vea usted que nada ignoramos, le
diremos lo que aquí se cuenta. ¿No es cierto que esa niña y usted se
pasean en el jardín, solos, solitos?...
--Sí, es verdad... ¿y qué?
--¿Y qué? ¡Pues qué quiere decir cristiano!
--Cierto que todas las tardes paseamos en el jardín; pero no solos, como
usted dice, Luisa. Don Carlos y doña Gabriela van detrás de nosotros, y
Pepillo nos hace compañía....--Sí, Pepillo; como quien dice: el «bufón
del Rey...» ¿Sabe usted cómo le llama éste a Pepillo, a su cuñadito de
usted?....
--No.
--¡Rigoleto!
Las chicas se echaron a reír.
Estábamos en el atrio de la Parroquia. Allí, a la sombra de los
ahuehuetes, charlaban y reían cinco o seis lechuguinos. Entre ellos
estaba el joven cuyo destino fuí a ocupar. Oí mi nombre y el de
Gabriela, y una voz que decía:
--¿Se casarán?
--¡Es cosa arreglada!--exclamó alguno.... Parece que.... Y no escuché
más. Hablaron tan quedo que no percibí lo que decían. ¡Alguna infamia!
Las señoritas Castro Pérez entraron en el templo. Yo las seguí
maquinalmente....
«Parece que...» Estas palabras resonaban en mis oídos como los rumores
de lejana tempestad.
¡Bien sabía yo hasta dónde era capaz de llegar la murmuración
villaverdina!