De madrugada, antes de salir el sol, monté a caballo y salí de la
hacienda camino de Villaverde.
Era domingo. Delante de mí avanzaban lentamente algunos peones y una
media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas
caballerías. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la
esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles
boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera
meridional, y las montañas de Pluviosilla envueltas en los vapores
matinales que parecían gasas hechas girones en los picachos. Repicaban
alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho
del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los álamos, se alzaba
espesa y se desvanecía vagarosa blanquecina nube que velaba las
arboledas.
¡Qué largo me parecía el camino! ¡Con qué ansia me aguardarían mis tías!
¡Qué anhelo el mío por llegar a la ciudad! La campana de la aldea sonaba
festiva, y el viento matinal, fresco e impetuoso, traía hasta allí las
mil voces de los templos villaverdinos; música incomparable que repetida
por los ecos parecía el canto de los valles y de los bosques. A poco
descubrí el caserio, las torres y las cúpulas en cuyos azulejos
centelleaba el sol.
Media hora después estaba yo al lado de mis tías.
--¡Muchacho!--exclamó tía Pepilla.--Entra, entra para que te vea tu
madrina.... La pobrecilla ha estado muy mala; buen susto nos dió....
Por eso no te hemos escrito. ¿Quién lo había de hacer? Si Angelina
estuviera aquí....
Entré en el cuarto de la enferma. La pobre anciana estaba en un sillón,
muy abatida y trémula. Se animó al verme, y cuando me acerqué para
abrazarla me miró tristemente, y con voz muy débil, tan débil que apenas
la oímos, me dijo:
--Al fin viniste.... ¡Gracias a Dios! Temí que no volvieras a verme....
Pero ¡ya pasó... ya pasó! ¡Ya estoy bien, muy bien! ¿Estás contento? ¿Te
gusta la hacienda?
Me apresuré a contestarle que el señor Fernández me trataba muy bien;
que toda la familia me distinguía con su afecto; que el trabajo era
ligero y agradable, y que tenía yo un sueldo muy bueno, como nunca pensé
alcanzarle, como jamás le soñé.
--¡Así lo esperaba yo! ¡Me alegro, hijito, me alegro mucho! ¡Si tú vieras
cuánta pena me causaba ver que en la casa de Castro Pérez ganabas poco y
trabajabas mucho!... ¡Vaya! A desayunarte, hijo mío.... Y después
quítate ese traje de ranchero.... ¡No me gusta! ¡No quiero verte así!
Ponte otro vestido, y vete a pasear.... ¿Cuándo te vas, esta tarde o
mañana?
--Mañana tempranito....
Tía Pepilla me esperaba en el comedor, en el pobre comedor donde señora
Juana iba y venía muy deseosa de atenderme y obsequiarme.
Mientras yo me desayunaba alegremente y con buen apetito, tía Pepilla
conversaba.
--Tengo una carta para tí, una carta de Angelina. Ayer la trajeron;
hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la daré....
--Venga esa carta, tía; venga esa carta....
--¡Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: ¿qué tal
es la señorita Gabriela?
--¡Lindísima!
--¡No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo sé. Pero, ¿es buena,
es simpática? ¿No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....
--¡Antes la carta, tía; antes la carta de Linilla!
--¡Paciencia, niño, paciencia! ¿Qué fugas son esas? Cualquiera
diría....
--¿Qué diría?
--¡Nada!...
La anciana sonrió dulcemente, y salió del comedor. A poco apareció en la
puerta, mostrándome la carta deseada.
--¿Qué me das por esto?
--Un abrazo.
--¡Es poco!
--Un beso.
--Es poco.
--Pues entonces, ¿qué quiere usted?
--¡Tu cariño! ¡Tu cariño, muchacho, que con eso me basta!
La señora llegó hasta mí, me abrazó, me acarició dulcemente, y puso
delante de mí la carta de Linilla, diciéndome:
--¡Ay, Rorró! Anoche soñé una cosa....
--¿Qué?
--La diré.... No; ¡mejor es callar!
--Hable usted, tía.
--Soñé que te habías enamorado de.... Gabriela.
--¿De Gabriela?
--¡Si, de esa señorita que es tan buena, tan amable, tan elegante, tan
inteligente, tan linda, y... tan rica!
--No, tía. Mi corazón tiene dueño.
--¿Y quién es?
--Ese es mi secreto.
--¿Secreto?
--Secreto.
--Mira, Rorró; a mí no me engañas....
--¡Ah!
--¡Mira, lee tu carta... y déjame en paz!
En mi cuarto, a solas, leí la carta de Lanilla.
«Rodolfo mío:
«En vano habrás esperado mi contestación, y ya me imagino tu impaciencia
al no recibir noticias mías. Papá ha estado enfermo. Cosa de nada, es
cierto, pero nos tuvo muy inquietas, y de más a más el mozo no ha ido a
Villaverde. Fué a Pluviosilla a traer muchas cosas para la Semana
Santa: cera, ornamentos, y una urna lindísima que será estrenada el
jueves. Vamos a tener unos días de mucho trabajo. Figúrate que aquí no
se cuenta con nadie para eso de arreglar el altar, y yo tengo que
hacerlo todo. He preparado cosas muy bonitas: cortinas, ramilletes,
moños, y otras mil chucherías, todo nuevo. Papá está contentísimo, y
cuando descansa del confesionario viene a divertirse y a ver cómo
trabajo. Ahora no es tiempo de pensar en el novio, señor mió; es mucho
lo que falta por hacer, y todo tiene que salir de mis manos. Al fin del
día estoy muy cansada; pero yo no te olvido y a todas horas pienso en
tí, y además te dedico un rato todas las noches, y a esa hora no hago
más que recordarte y ver tu retrato. Son las once de la noche, estoy
solita en mi pieza, y con lápiz, porque olvidé traer el tintero y la
pluma, te escribo estas lineas, muy de prisa, tan de prisa que no sé
cuántos disparates estoy poniendo.
«Me alegro que pienses de otro modo. ¿Qué es eso de creer que la vida es
mala? No, señor mío; ni yo que he sido tan desgraciada tengo esas ideas.
El otro día leí en un periódico un artículo muy largo en que trataban,
de unos filósofos que tienen ideas parecidas a las tuyas. Allí hablan de
un alemán, cuyo nombre no recuerdo porque es muy largo y muy revesado,
del cual dicen que tiene ideas así como las tuyas. Y yo me dije: ¡vaya!
sin duda que Rorró ha leído los libros de ese señor, y en ellos aprendió
esas tristezas con las cuales me apena y me congoja. Pregunté a papá si
esas obras están prohibidas, y me dijo que sí. De manera que, ya lo
sabes, si las tienes, quémalas; si las has leído, no vuelvas a leerlas.
¿No es cierto que así lo harás? Sí, porque me quieres mucho.
«Cuando recibas esta carta ya estarás en Santa Clara. Cuidado te
enamores de Gabrielita. Es muy hermosa, y muy simpática, y muy
inteligente, y muy buena, y además rica; pero no te querrá tanto como
yo.
«Después que leia la carta en que me decías que ibas a colocarte en la
hacienda del señor Fernández me puse muy triste. ¿Por qué? ¡Dios lo
sabe! Como eso es bueno para tí debía yo ponerme alegre, muy alegre,
pues con ese destino ya no tendrás dificultades y tu vida será más
tranquila; pero voy a confesarte una cosa, aunque te rías de mí. Me
desagradó la noticia; sentí que el corazón se me oprimía y que los ojos
se me llenaban de lágrimas. Ya sé la que vas a decir, ya lo sé. Dirás
que estoy celosa.... ¿Celosa? No sé lo que son celos. Acaso esto que
siento al pensar que vives cerca de esa señorita tan hermosa y tan
elegante; acaso serán celos estos temores que me asaltan cuando recuerdo
que hace tiempo que Gabriela me preguntó por tí, con mucho interés, con
«demasiado interés». Comprendo que en ella encontrarás muchas cosas que
yo no tengo; Gabriela es una señorita más digna que yo de ser amada, sí,
más digna que yo. No me da pena confesarlo; y óyelo bien, mira que te lo
digo sinceramente, como lo siento, como si mi madre me oyera: si te
enamoras de Gabriela; si en el amor de esa niña esta cifrada tu
felicidad; si ella es para tí dicha y ventura, no vaciles, olvídame,
olvida a la pobre Linilla, y ¡se feliz! Ya te lo dije, te lo he dicho
muchas veces, todo el anhelo de mi corazón es verte dichoso. Porque lo
seas lo sacrificaré todo, me arrancaré del alma tu cariño y procuraré
olvidarte. Acuérdate de lo que dice tu tía Carmen: que para tí, «sólo
Gabriela». El corazón me dice que nuestros amores no serán dichosos....
¿Sabes por qué? Porque nací condenada a padecer, y no me conformo con el
cariño de mi papá, que es lo único en que debo fiar. Una cosa voy a
pedirte: que el día que ya no me quieras me hables francamente, y me
digas la verdad, ¡toda la verdad! Tú dirás que estos temores míos son
infundados, que son locuras mías.... ¡Dí lo que quieras! Yo cumplo con
no ocultarte nada, nada de cuanto pienso y siento. Ya sabes que no tengo
secretos para ti, y que cuanto se me ocurre te lo digo, aunque sea en
contra mía.
«Quería decirte una cosa, pero reflexiono y pienso que sería inoportuno
hablar de ella. Sin embargo, voy a confesarte mi deseo de no ocultar a
papá nuestros amores. Me parece cruel, inhumano, que los ignore. No debí
corresponder a tu cariño sin que papá tuviera noticia de que te amo y me
amas. Hice mal, muy mal, así lo comprendo, y acaso esta pena que oprime
mi corazón es un castigo para mí. ¡Celos! dirás tú. Lo que tú quieras;
yo sé que me duele el alma; que no ceso de llorar, y que tengo que
ocultar mis lágrimas. No tengo a quien contar lo que me pasa, y acaso el
pobre anciano podría consolarme y aliviar mi pena. Si papá supiera
nuestro amor con él hablaría yo de tí, de mis temores, de mis
presentimientos, de que sólo pienso en tu felicidad, aunque sea a costa
de mi dicha. Pero no le diré nada, no, jamás; se apenaría el santo
viejecito, y no quiero contristar ese noble y apasionado corazón,
corazón de niño, corazón de mujer que fácilmente se lastima. Aunque tú
me digas que sí, que le diga todo, no lo haré.
«Pero, ¿verdad, Rodolfo mío, que me amas, que me adoras, que sólo vives
para mí? ¿No es cierto que me apeno sin motivo y que no tengo razón para
estar celosa? Y aun cuando tú quieras a Gabriela o a cualquiera otra,
¡qué me importa! ¡Te amo, y con eso me basta! No soy egoísta; no te
quiero porque tú me quieras, te amo, y en amarte cifro toda mi dicha.
¿Me amas? ¡Feliz de mi! ¿No me amas? ¿Y qué? ¡Me basta con amarte!
Linilla».