Me levanté muy de mañana, y me pasé las primeras horas en el
jardincillo. En los rosales, muy hermosos con su nuevo follaje, aun no
brotaban los capullos; pero en el cuadro de «no me olvides», sembrado
por Angelina, se abrían las primeras flores.
Había triunfado el amor de la pobre huérfana. Mis plantas, lánguidas y
tristes, no florecerían en muchos meses, hasta fines de Abril o
principios de Mayo. Las de mi niña pronto estarían engalanadas con todos
los primores de la próxima primavera.
De repente me sentí acometido de profunda tristeza. Contemplaba yo las
cerúleas florecillas, frescas, lozanas, salpicadas de rocío, y pensaba
yo en lo efímero de las esperanzas del hombre. Acaso aquel amor que
subyugaba mi alma, aquel sentimiento inefable que ennoblecía mi espíritu
y dirigía mis pensamientos hacia los propósitos más nobles, sería
pasajero como la vida de aquellas flores que no bien fueran arrancadas
del tallo se doblarían pálidas y mustias. ¡Sería cierto que el amor de
Angelina estaba destinado a vivir eternamente! ¿Sería verdad lo que me
dijo la joven, que pronto la olvidaría?... No, que la amaba yo con todo
mi corazón, con toda la energía de mi alma. Pero ¡ay! así amé a Matilde,
y aunque no había muerto en mi memoria, y aun vivía en mí su recuerdo
dulcísimo, ya no era ¡ay! para el pobre mancebo, que le había jurado
amor eterno, el ángel benéfico que a todas partes le seguía, que
señoreado de su espíritu fué luz en todas las tinieblas, rumor de fuente
en la soledad, iris de bonanza que anuncia, a través del nublado, que la
tormenta se aleja, que ha cesado la tempestad. No; Angelina vivía para
mi, yo vivía para ella; la desgracia y el amor habían unido nuestras
almas, almas hermanas, nacidas una para otra, creadas para formar una
sola:
«Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el
corazón».
Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba
yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.
Presentí que alguien me traía noticias de mi amada y acudí presuroso. No
me había engañado el corazón. Era el caballerango del P. Herrera.
--Aquí tiene usted...--me dijo, sin bajarse del caballo,--esta cajita y
estas cartas. Volveré mañana por la contestación. ¡Cartas de Angelina!
Una para mis tías; otra para mí.
Corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Deseaba estar solo, solo....
«Ya comprenderás--me decía la niña--cuan grata fué tu carta para mí.
¡Qué ansia! ¡Qué impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la
llegada del mozo, hasta que al fín me quedé dormida. ¡Soñé contigo! Soñé
que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de tí. Tú leías y yo
estaba pintando pétalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste
en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a mí, hasta reclinarte en el
respaldo del sillón.... Entonces... (como aquella noche ¿te acuerdas?)
me dijiste quedito: «¡Angelina.... Angelina... te amo!» Y desperté.
Desperté llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no
hubiera de verte más. Pero ¿verdad que no me olvidas; verdad que a todas
horas piensas en mí? ¿No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La
semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindísima.... ¡Qué
cielo! ¡Qué nubes! ¡Qué celajes! ¡Qué colores tan hermosos los del
horizonte al ponerse el sol! Papá me dijo: «Muñeca: ¿quieres venir
conmigo?» Lo dije que sí. Salimos hasta el principio de la cuesta, y
allí, en una sabanita, nos detuvimos. Abrió papá el breviario y se puso
a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los
surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo corté
muchas, muchas, tantas que ya no me cabían en el delantal; luego me
senté en una roca, y, acordándome de un poema que tú me leíste, me
entretuve en preguntar a las flores si me querías. Deshojé todas, y
todas me decían, con el último pétalo, que me quieres... «¡mucho!»...
«¡mucho!» Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy
segura de tu cariño. Perdóname; perdóname si alguna vez he dudado de tu
constancia y de tu fidelidad.
«Pero a todo esto no te he dicho cómo recibí tu carta. No pude ir hasta
el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conformé con
aguardarle en el corredor. Yo esperaba que papá, no estuviera presente,
pero sí estuvo. ¡Qué miedo, Rorro! ¡Qué miedo!. El mozo que llega, y
papá que sale. El recibió el paquete, lo abrió, tomó sus cartas y me dio
las mías, sin decir palabra. Después no me preguntó nada. Yo me apresuré
a leer la carta de doña Pepita. ¡Qué larga se me hizo la velada! Al fin
me vi sola en mi cuarto, y entonces leí, y releí, y volví a leer tu
cartita. ¿Por qué eres tan perezoso a tu Linilla? ¡Seis plieguitos! ¿No
es cierto que ahora será más? Si no es así, voy a castigarte. Y ya
verás: una hojita... y... ¡será mucho!
«Te quiero con toda el alma, Rodolfo mío; no vivo más que para tí, y me
duele mucho que me digas esas cosas tan tristes. ¿A qué hablar de la
muerte cuando somos tan dichosos? Tú dices que la muerte debe ser
deseada en los momentos de felicidad, y entonces más que en las horas de
dolor. ¿Dónde has aprendido eso? Dime: ¿dónde? Tienes unas cosas muy
raras. Hay en tí no sé qué muy lúgubre; cierta tristeza y cierto
desconsuelo que no me gustan, que me hacen padecer, que me hacen
llorar. No parece sino que tienes poco amor a la vida. Pues óyeme: yo no
pienso así, no. ¡Dios me libre de ello! La vida, por amarga que sea, es
muy hermosa y amable; si tiene penas y dolores, tiene también dichas y
alegrías, muchas, y yo quiero vivir, vivir para ti, mi Rorró; para ser
dichosa si eres dichoso; para amar lo que tú ames y aborrecer lo que tú
aborrezcas; para padecer si tú padeces, que en eso cifro mi dicha mayor.
¿No es verdad que tú no aborreces a nadie? No, estoy segura de ello.
Rodolfo mío: es preciso que cambies de modo de pensar; que apartes de tí
esas ideas tan raras y tan negras, y que ames la vida; que la ames como
yo la amo, como un don del cielo. ¿Dices que la vida no es más que
dolor? No es cierto. Cuando dices que me amas, cuando recuerdas que eres
amado, eres dichoso, y entonces amas la vida. ¿No te sientes feliz
cuando haces algo bueno, cuando socorres a un necesitado, cuando enjugas
una lágrima o das una palabra de consuelo? Pues yo sí, y tú también, tú
también, porque eres bueno. Por eso te quiero, por eso te amo.
«La última parte de tu cartita me dejó muy contenta de tí. Así te
quiero, así te soñé, así debes ser siempre con tu Linilla.
«Tengo aquí en el corazón una cosa que me apena, y quiero decírtela;
pero me falta tiempo para escribir. Pablo ha de salir a las tres, son
las doce y media, aun no he visto si la mesa está lista, y ya sabes que
mi papá come a la una en punto; suena el reloj, y no bien acaba de dar
la hora ya le tienes en el comedor, dando palmadas y pidiendo la sopa.
«Pablo te entregará una cajita; en ella va un pañuelo; he bordado el
monograma en los ratos desocupados. Dice papá que está muy bonito; le ha
gustado mucho, y creo que a tí te parecerá lo mismo.
«Cuida mucho de tus tías, principalmente de doña Carmelita; mira que le
gusta mucho que la mimen. ¿La ves así, que es tan seca y adusta? Pues
sin cariño no puede vivir.
«Vivo por tí y... sólo para tí, tu
Linilla».