Entró la noche, llegó la hora de la cena, y tía Pepilla vino en busca
mía.
--Muchacho: ¿qué tienes? ¿estás enfermo?
Tocóme en la frente y en las mejillas para ver si tenía yo calentura, y
acariciándome dulcemente prosiguió:
--¿Qué te pasa? Dímelo, muchacho, dímelo.... No hay en tu rostro la
serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... Tú padeces....
¡Habla, Rorró, habla por Dios! ¿Con quién has de quejarte si no es con
nosotras?
--¡Nada, tía, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene
así. ¡Vamos a la mesa!
Salté de la cama, ofrecí mi brazo a la anciana, y paso a paso nos
dirigimos al comedor. Afectando la más alta corrección, como la de
apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilísima dama,
bromeaba yo con mi tía:
--Señorita... ¡es usted encantadora! Dígnese usted escucharme. Ya no
puedo, ni debo callar.... ¡Amo a usted!... ¡La adoro!
La anciana reía, reía a su sabor, y contestaba a mis requiebros con
frases entrecortadas, como si fuera presa de profunda emoción. Al entrar
en el comedor, exclamó, deteniéndose y separándose de mí:
--¡Basta! ¡Basta! ¡Eres atroz! Ni de muchacha, hice yo esto.... ¡Suelta!
¡Suelta!
Al sentarme a la mesa oí la voz de Andrés el cual conversaba con la
enferma. Hablaba de mi y de mi separación. No tardó en venir a charlar
conmigo.
--¿Te vas, no? ¿Cosa decidida?--me dijo ocupando su asiento.--¿Te vas?
¡Me alegro! ¡Me alegro! ¡Mejor! No habías de pasarte lo mejor de la
vida escribiendo papelotes en casa de don Juan. En la hacienda estarás
muy bien; ganarás buen sueldo, porque ese señor sabe pagar a los que le
sirven; vendrás a vernos cada quince días, y todos estaremos muy
contentos.
Tía Pepa entraba y salía. En momentos en que no podía oírnos me dijo
Andrés:
--Las señoras están muy tristes porque te vas, tan tristes que ni el sol
las calienta. Pero no tengas cuidado; no tengas cuidado.... Ya se les
pasará la aflicción.
Luego prosiguió en alta voz:
--Oye: ¿y tú no sabes montar a caballo, verdad? Ya me parece que te veo.
¡Qué figura! Como la del P. Solís cuando se va a la dominica.... Mira:
procura salir buen charro; tu papá se pintaba para eso, y les daba
cartilla a muchos de esos que se la echan de buenos cuando no son más
que unos «cachaletes». ¡Cuidado, Rorró! ¡Cuidado, amito! ¡No dejes mal
puesto el pabellón! Aprende a sentarte bien en la silla; para que no
parezcas colegial o sacristán que va diciendo: «¡Para la misa de
doce!».... Pon cuidado; te sientas a plomo, naturalmente, sin echarte ni
para atrás ni para adelante; nada de estirar las piernas como un gringo,
sueltas, sueltas.... Ya veremos. Si lo haces mal me voy a reír de tí, y
te harán burla las muchachas. Procura que si las obras son malas la
facha sea buena. ¡Siquiera la facha! ¡Ya me imagino al charro! ¡Ja, ja,
ja, ja!
El buen servidor gustaba de bromearse conmigo; se complacía en tratarme
como a un niño en quien conviene apagar las llamaradas de una vanidad
jactanciosa. Acaso no cuadraban con el carácter de Andrés, grave,
formal, modesto, casi adusto, ciertas genialidades y ligerezas del mío.
Muy parlachín y comunicativo hasta los diez años, volvíme después
huraño, reservadísimo y melancólico. Ya he dicho que la vida del
Colegio, áspera, fría, monótona, entenebreció mi espíritu; ahora es
bueno apuntar que la excesiva severidad de mis maestros, no siempre
oportuna y atinada, me hizo desconfiado y receloso. Recelo y
desconfianza inútiles y que nunca me salvaron del egoísmo y de las
arterías de amigos y extraños. Me creía yo persona de experiencia,
conocedor del mundo, y descubría a todos mi corazón, a nadie ocultaba yo
mis sentimientos, y así era yo víctima de todos.
Confieso que el buen servidor con sus burlas y fisgas me hizo rabiar
muchas veces. Hería mi vanidad en lo más vivo, lastimaba mi amor propio,
y provocaba mi cólera. Sólo el cariño me hacía callar, que si no, habría
recibido de su «amito» muy dura reprensión. ¡Pobrecillo! Le hubiera yo
matado.
--Bueno;--me dijo ese día, al acabar la cena,--acompáñame. Toma tu
sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.
Caminando hacia el Barrio Alto, Andrés a la derecha, yo a la izquierda,
conté al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Pérez, la
hipócrita calumnia de Ricardo, y por último, le hablé de mis
esperanzas.
--No te apenes;--me decía conmovido--no te apenes que no hay para qué;
eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podría estar muy
bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquería, y muchas veces han
querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajón estoy mejor;
allí mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como.
¿Crees tú que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas
caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas
cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y
vete, vete a Santa Clara, que allí estarás muy bien. Y, oye: ya que de
eso hablamos: ¿tienes plata?
--¿Plata?
--Sí, ¿qué si tienes dinero?
--¿Dinero? Para esta semana, y... ¡nada más! Yo contaba con ganar algo
en estos quince días... pero ya lo sabes.... Castro Pérez me obligó....
--Hiciste bien. ¡Bien hecho! ¿De modo que necesitarás algo?
--¡La verdad... sí!--respondí sonrojado.
--No te apures, Rorró. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures.
Además... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir
vestido de catrín. Ahora arreglaremos eso.
En esto llegamos a la tienda de «La Legalidad». Andrés, abrió la puerta,
me hizo pasar, encendió una lámpara, me dejó un rato, y volvió con un
rollo de pesos.
--Toma, aquí tienes cuarenta grullos. Con esto basta para que te hagas
dos trajes de charro, y para que te compres un sombrero jarano. La
ropa.... Mira: de dril. El dril es fresco, y se lava. El sombrero...
sencillito. No querias lujos. Para que la ropa salga buena, bien
cortada, te recomiendo al sastre que vive aquí, a la vuelta, frente a la
iglesia; trabaja bien y es baratero. Yo te daré una pistola para que
vayas armado. ¿Entiendes de eso de armas? ¿No? Pues yo te enseñaré.
Ahora, en cuanto a tus tías... ¡yo me encargo de todo! Después te tocará
a tí. Por ahora, ¡déjame, déjame a mí! Y no vuelvas a pensar en esos
chismes. Vete a la hacienda, ya verás. Luego que el señor Fernández te
conozca te ha de querer mucho, mucho, porque tú te lo mereces todo. Me
das lástima; ¡da lástima que vayas a servir en casa ajena! Yo siempre le
pedí a Dios que te librara de eso... pero, ya lo ves, ¡no hay remedio!
El dispone otra cosa.
Y esto me lo decía impulsándome a salir, y abriendo la puerta.
--Vete; ya es muy tarde.... Tengo que madrugar.... Mientras tú estás
roncando... yo tengo que trabajar en el changarro.
Me despedí del buen anciano, y tomé calle arriba, hasta el cementerio de
San Antonio. Subí la escalinata, y de codos en la verja me puse a
contemplar la ciudad. La noche estaba obscura; negras nubes ocultaban el
horizonte. Apenas se descubrían los picachos de la Sierra, dibujándose
sobre un claro de cielo, en el cual centellaban con pálidos fulgores
unas cuantas estrellas.
Mi pensamiento voló en busca de mi Angelina.