Estuvo escribiendo hasta después de media noche. A esa hora salí al
patio y corté los ramos más lindos de «myosotis» para meterlos en mi
carta y que llegaran a manos de Angelina.
«Ahí van--escribí--esas flores de color de cielo, tan amadas de mi
Linilla. Son las primeras que brotaron en el cuadro que tú sembraste.
Está lindísimo; parece llovido de chispas de zafiro. Me encanto
mirándole y pensando en tí.
«Linilla mía: me has ganado la apuesta. Tus plantas han florecido antes
que las mías; pero eso no es porque tú me quieras tanto como yo te
quiero a tí. Las mías no dan ni esperanzas, pero ya florecerán, y se
pondrán más hermosas que las tuyas, lo cual será prueba de que yo te
amaré toda mi vida.
«He tenido un gran disgusto en estos últimos días; un disgusto que me ha
causado gran pena. Bien vista la cosa no era para tanto, y acaso he
pasado días muy amargos sin que hubiese motivo para ello. El día que nos
veamos te contaré todo. ¿A qué perder el tiempo en referir cosas
desagradables? No te pongas a cavilar en esto. Chismes villaverdinos...
y ¡nada más!
«Debo decirte que hace tres días me separé de la casa de don Juan. El
doctor me ha conseguido un empleo, muy bueno, en la hacienda de Santa
Clara, que, como tú sabes, es del señor Fernández, el papá de
Gabrielita, tu compañera de Conferencia. Estuve en la casa de ese
caballero que es muy buena persona; me recibió con mucha cortesía, como
a un amigo, no como a empleado, nos arreglamos en un dos por tres, y el
día 15 salgo para la hacienda. Yo siento mucho separarme de mis tías;
pero, hija mía, no hay más remedio, ¡Qué hacer! No entiendo de campo,
pero aprenderé; cosas más difíciles he aprendido. Me apena el pensar que
voy a vivir lejos de tí, y que en mucho tiempo no he de verte, pues no
me sera posible ir a San Sebastián como se lo ofrecí a tu papá. Lo
siento, lo siento mucho; pero, como tú comprenderás, no debo perder la
colocación que el pobre don Crisanto me ha buscado. Con lo que gane yo
en Santa Clara habrá lo necesario en esta casa para que tía Pepilla no
tenga que trabajar en sus flores, ni con la chiquillería. ¡Gracias a
Dios! Voy a subvenir a todos los gastos de la casa, y acaso este destino
será para tu Rorró el principio de una vida laboriosa, sí, muy
laboriosa, pero bien retribuida. Ya te digo que no entiendo de cosas de
campo; y que no sé de eso ni una jota. Aprenderé todo, aunque, según
entiendo, mi ocupación estará en el escritorio. Procuraré ser útil y
hasta necesario. Haré que el señor Fernández estime mi empeño y mi
laboriosidad; y, si mis ilusiones no se malogran, este empleo será el
medio más apropiado para conseguir la felicidad; es decir, para que
pueda yo unir mi suerte a la tuya. No deseo más, no aspiro a otra cosa,
y en ello cifro toda mi dicha.
«¿Por qué me echas en cara mis tristezas y melancolías? Piensa que he
sido muy desgraciado, y que padezco de murrias y fastidios. Tienes
razón: la vida es amable, amabilísima, a pesar de que el dolor,
inherente a la naturaleza humana, nos persigue por todas partes y a
todas horas. Tienes razón: cuando el hombre ama y es amado la vida es
amable. Hacemos mal en aborrecerla; si la empleáramos en hacer el bien,
en aliviar los dolores ajenos, en consolar al triste y socorrer al
necesitado, no pensaríamos que la vida es dura y que mejor sería no
tenerla. ¡Perdóname, Linilla mía, perdóname! Es cierto que mi carácter
es un poco sombrío y taciturno; lo conozco y no puedo remediarlo. ¡Qué
quieres! Así soy, así me he vuelto en estos últimos años, y aunque tu
amor y tu cariño alegran mi existencia; aunque tú eres para mi alma
desmayada luz y regocijo, en ciertos momentos se entenebrece mi alma y
me complazco en alimentar mi pena, hundiéndome voluntariamente en la
tristeza. Sé tú mi redentora; disipa esas tinieblas que suelen nublar mi
alma, y torna en plácida aurora las noches de mi espíritu.
«Tienes razón: la vida es amable; debo amar la vida como un don del
cielo; debo amarla para hacer el bien, y... ¡para amarte mucho, mucho,
como tú mereces ser amada!
«¿Me dices que las margaritas de los maizales te han dicho que te amo?
No te han engañado como a la heroína del poema. ¡Sí; te amo, te amo,
Linilla mía! Yo no consulto eso con las flores, que suelen ser engañosas
y lagoteras, sino con mi corazón que es todo tuyo.
«Imagínate un hombre que hubiera vivido muchos años en la obscuridad de
un calabozo, y que de pronto, cuando tenía perdida toda esperanza de
libertad, le sacaran a la luz. ¡Cómo amaría la claridad del cielo, los
celajes veladores, los horizontes límpidos y serenos! Pues así te amo
yo, así, ni más ni menos.
«Sé justa. ¿No es verdad que ese hombre recordaría con placer, acaso con
incomparable alegría, las sombras del calabozo en que vivió tantos años?
¿No es cierto que algunas veces suspiraría amorosamente al recordar su
prisión, el estrecho recinto que fué para él casa, patria y mundo? Pues
así vuelven a mí las tristezas y melancolías de ayer, cuando aun no me
amabas, cuando la luz de tu cariño no iluminaba mi alma. A las veces no
creo, no puedo creer que me amas, que te amo, y que soy dichoso. Así te
explicarás eso que tú llamas «cosas mías muy raras». Así te explicarás
esa lúgubre tristeza, ese desconsuelo que has observado en mí, y que te
hace padecer. Imploro tu perdón, Linilla mía. Perdóname; no volveré a
pensar en eso, y si pienso en esas cosas no te las diré. ¿No es verdad
que me perdonas? ¿Verdad que sí?
«El pañuelo está lindísimo; el monograma es soberbio, muy elegante, y
muy sencillo, como dibujado y bordado por tí. Saluda a tu papá, si crees
oportuno hacerlo, de modo que no sospeche nuestros amores. Acaso no los
apruebe, y sea el recuerdo mío motivo de disgusto para tí y para él.
Ya me dirás eso que te apena, Linilla, Linilla mía, dime: ¿tienes
secretos para mí? Dímelo, dímelo. Ya me imagino lo que es: alguna
niñería....
No dirás ahora que no te escribo como tú deseas. El día que tú no me
escribas como sabes hacerlo, yo, a mi vez, te he de castigar, y ¡pobre
de tí!
«¡Adiós, bien mío!