Aquellos veinte días fueron muy amargos para mí. ¡Más de medio mes sin
ganar un peso! Nuestros gastos habían subido considerablemente; hubo que
pagar a una criada, y fué preciso comprar no sé qué medicinas muy caras
que recetó Sarmiento, y vino de suprema clase para la enferma. Andrés,
generoso como siempre, acudió en mi auxilio.
--No te aflijas,--me decía,--el tenducho da para mucho. ¡Toma!
Y puso en mis manos un rollo de pesos.
Mi salida de la casa de Castro Pérez, salida que además de enojosa me
pareció ofensiva para mi buen nombre, me puso abatido y desalentado.
Todos aquéllos que me veían en la calle, sin ocupación ni empleo, y que
antes me vieron en el despacho del abogado, pensarían, sin duda, que
Castro Pérez me había despedido por algo vergonzoso. Dime a cavilar en
esto, y me resolví a no salir de casa. Me pasaba yo el día leyendo,
escribiendo y cuidando del jardín. Las plantas que Angelina y yo
habíamos sembrado prosperaban a maravilla; los rosales recobraban su
lozano follaje; las violetas macollaban que era una gloria, y el cuadro
de «no me olvides» parecía una alfombra de felpa.
Cierto día, aburrido de pasar el tiempo entre cuatro paredes, tomé el
sombrero y me fuí de tertulia a la casa de don Procopio. Allí estaban
los pedagogos y el P. Solís. No bien me vieron mis críticos se pusieron
a sonreir como si de mí se burlaran, como si recordaran que me habían
puesto de oro y azul en sus periódicos. Los mancebos que trabajaban
detrás del mostrador, el uno triturando cierta sustancia fétida, y el
otro copiando una receta, se miraron, se hicieron una seña de
inteligencia, que no pasó inadvertida para mí, y de buenas a primeras me
preguntaron por qué causa me «había despedido» el jurisconsulto. Dominé
la cólera que en mí provocó aquel ataque, que ataque era, y muy audaz,
puesto que la palabreja usada era ofensiva, y en pocas palabras, con
mucha cortesía, expliqué los motivos de mi separación. Ocaña y Venegas
me oyeron con indiferencia, casi con desprecio, pero los boticarios
dieron muestras de que se interesaban por mí.
--¡Ya!--exclamó el más parlachín.--¡Ya me lo imaginaba yo! Así son las
cosas. Se lo dije a éste y a don Procopio. Me alegro de saber la verdad
del caso. Ahora ya no daremos crédito a Ricardo ni a don Juan.
De seguro que uno y otro contaban a su manera lo sucedido, y en
perjuicio mío. Pronto supe todo; los chicos de la botica no me ocultaron
nada. Ricardito les dijo que el jurisconsulto me había despedido por
abuso de confianza; «no lo aseguraba... así lo decían... algo habría
de cierto; el dinero es pegajoso; no es difícil que al contarlo se le
pasen a uno dos o tres monedas falsas, o, lo que es más fácil todavía,
que le falten a uno cinco o... más duros». Pero Ricardo repetía que era
yo persona honradísima, incapaz de faltar a la confianza que depositaran
en mí; éramos condiscípulos, amigos, y él me defendería contra viento y
marea.
Me irritó la maldad de mi amigo, me indignó su hipocresía; pero no había
remedio, no le había, era justo que agradeciera yo a mi condiscípulo
defensa tan brillante.
Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separación,
se limitó a decir:
--Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y
aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografía,
escribe bien, muy bien! No sabía nada cuando entró en mi despacho, y
pronto se puso al corriente.
--Bueno,--le replicaron.--¿Entonces... por qué se ha separado de la
casa de usted?
Castro no respondió, hizo un gesto, y después de un rato de silencio
murmuró:
--¡No me convenía tenerle en casa!...
Todos callaron, y nadie se atrevió a inquirir el motivo de mi
separación. Unos pensaron que, sin duda, no veía yo con malos ojos a
Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumplía yo con mis deberes; y
todos que.... ¡No me atrevo a repetirlo! Todavía, después de tantos
años, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo
menos vivo cómoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el día de
mañana, cuando recuerdo la hipócrita calumnia de Ricardo y las
reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.
Me retiré de la botica triste y afligido. ¿Y si la calumnia aquella,
corriendo de boca en boca, llegaba a oídos del señor Fernández? Este me
cerraría las puertas de su casa, me negaría el empleo, ordenaría que me
vigilasen los demás empleados.... ¿Y si la calumnia llegaba hasta mis
tías?... ¡Las pobrecillas se morirían de pena!
Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango
en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan
los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos
acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan
los follajes, hasta en el aroma de las flores.
Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a
la víctima hasta más allá de la tumba. La calumnia es la fetidez de las
almas corrompidas. El corazón del calumniador es un esterquilinio.
Corrí a mi casa, me encerré en mi cuarto, y me tendí en la cama. Mis
sienes ardían; el corazón se me hacía pedazos. Volviéndome y
revolviéndome en mi lecho pasé dos o tres horas. ¡Odio, odio terrible,
deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las
pasiones más horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se
agrupaban en torno mío, y al entornar los ojos percibía yo fulgores
rojizos, relámpagos de sangre. Aborrecí la vida; maldije de ella; pedí
la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino
para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecían mi
espíritu y batallaban dentro de mí como legiones de irritados demonios.
Pensé con alegría en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgió ante
mis ojos como una doncella pálida, de rostro tristemente risueño.... Sin
darme cuenta de lo que hacía yo, mis labios repetían estos versos de
Leopardi, leídos, pocos días antes, en las notas de un libro francés:
«Solo aspettar sereno Quel di ch'io pieghi addormentato il volto
Nel tuo virgineo seno.