Cayóme en gracia el viejecito. Fino, afable, cortés, jovial, sin
llanezas ni bromas de mal gusto, de fácil palabra y amena conversación,
el P. Herrera, a pesar de sus años, parecía un mozo por la frescura de
sentimientos. Le hallé tal como Angelina me le pintara.
--Ya le conocerás--me decía la joven--es muy sencillo, muy locuaz. A
veces tiene cosas de chiquillo. Por eso le quieren tanto sus feligreses.
Y mira que los indios son insufribles. Dicen: «por aquí, esto, lo otro»,
y no hay manera de que entren en razón. Papá los sobrelleva de un modo
que a las dos palabras ya están sumisos y obedientes. Dicen que San
Sebastián era antes un pueblo perdido, un pueblo de haraganes y de
borrachos. Allí sólo las mujeres trabajaban.... ¡Ahora es otra cosa!
Papá consiguió que le oyeran, y hoy todo anda a las mil maravillas. Ha
puesto escuelas; una de niños y otra de niñas. La iglesia no es ya la
que encontramos, fría, húmeda, pavorosa. Papá la ha puesto como una
tacita de plata. Yo quisiera que tú la vieras.... Los altares
lindísimos; el púlpito magnífico, nuevo, de madera muy rica, digno de un
obispo; las imágenes muy buenas.... Una Virgen de los Dolores, que es
una perla; un San Sebastián que da gusto verle. Todavía quedan algunas
imágenes feas... pero... ¡imposible! Papá dice que con el tiempo todo
se consigue, y que él acabará con esos santos que parecen hechos para
asustar chiquillos. Ya tú sabes lo que son los indios. Y todos quieren
mucho a su cura. Una vez dijeron allá que se iba; que le mandaban a otro
curato, y todo el pueblo, todito, se juntó en la plaza, para pedirle que
no los dejara. Papá les dijo que no, que estuvieran tranquilos; pero
ellos no hicieron caso, y más de cien fueron a Jalapa, y se le
presentaron al señor Obispo. Ahora, ¡si tú vieras a mi papa!... ¡No
para, no para! Temprano dice misa. Después, ¡un rato al jardincito, una
huerta muy bonita, con muchos árboles frutales, con hortaliza, y un
gallinero, ¡qué gallinero! Luego, a la iglesia, a oír confesiones, a
bautizar, a cuanto se ofrece. Lástima me daba verle. En ocasiones
llueve a cántaros, como llueve por allá, y vienen por él, para ir a una
confesión.... Y allá va el pobrecillo, en su mula, a subir y bajar
cerros, porque allí todo es subir y bajar. De regreso descansa un
ratito, y a las escuelas, a enseñar a los muchachos, a dar lección de
catecismo a las inditas. Y en la tarde: rosario, sermón. En Mayo... mes
de María, y ¡qué altar! ¡qué flores! ¡Para flores... la Sierra! Ahora,
si vieras ¡qué bueno y qué bondadoso es con todos!... Nunca se
impacienta, nunca está malhumorado. Para una cosa si es terrible, para
el arreglo de la casa. No puede ver nada fuera de su sitio. La mesa ha
de estar bien puesta, sin que falte nada. ¡Cuidadito! El dice que en las
casas bien arregladas no dura mucho la tristeza; que en una mesa bien
servida, aunque no haya en ella ricos manjares, ni perdices, ni
lampreas, no falta la alegría. Ya tú verás, hay que andar listas. ¡Que
lo diga señora Francisca!...
Era muy ilustrado el P. Herrera, muy instruído, sabía de muchas cosas, y
se perecía por la Botánica. Era de oírle cuando se soltaba hablando del
movimiento religioso en Inglaterra y en los Estados Unidos. Estaba al
tanto de los progresos científicos, y sin pedantería ni vanidades, así,
como quien no quiere la cosa, discurría como un sabio, de Filosofía y de
ciencias físicas y naturales, dando innumerables muestras de su claro
talento y de su copiosa erudición. ¡Buenos ratos me pasé oyéndole hablar
de religión! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué dulzura! ¡Nada de vanos escrúpulos
ni de ridículas gazmoñerías!
Tres días estuvo con nosotros; al cuarto se fué a Pluviosilla, con
objeto de arreglar algunos negocios, y asistir a no sé qué fiesta
solemnísima en el templo de Santa Marta. Estuvo por allá una semana. El
día veinte de Febrero ya le teníamos de regreso.
El viaje de Angelina quedó resuelto. Se iría, y no la volveríamos a ver
hasta que pasara la Semana Mayor. ¡Qué amargo fué para mí aquel mes de
Febrero! Y para todos. Mis tías ocultaban su tristeza. Tía Pepa, siempre
tan parladora, enmudeció como los pajarillos del corredor, silenciosos y
tristes a la sazón por el cambio de pluma; la enferma nos parecía más
abatida que de ordinario, y Angelina salía y entraba, arreglando los
equipajes, mustia y cabizbaja.
No sé cómo pude trabajar durante ese tiempo. Para colmo de males tuvimos
quehacer de sobra en el despacho. Castro Pérez traía entre manos un
negocio muy difícil, y se le iban las horas hojeando librotes y dictando
alegatos. La tarea terminaba a las mil y quinientas, volvía yo a casa
entre nueve y diez de la noche, y apenas podía conversar con Linilla
unos cuantos minutos, y eso delante de las tías o del P. Herrera....
La víspera del viaje no hubo que ir al despacho. Era domingo, y me
estuve en casa todo el día. El P. Herrera se fué a comer con su grande y
buen amigo el P. Solís; tía Pepa no se apartó de la enferma en toda la
tarde, y Angelina y yo nos la pasamos en el jardincillo, sentados al pie
de los naranjos.
--Este--me decía la doncella, haciendo un ramillete--será el último....
¿Quién asegura que nos volvamos a ver? ¿Quién me asegura que volveré a
esta casa, donde he pasado los días más felices de mi vida? Me separo de
tí, y no me sorprende la separación. Así la esperé, así la temí, no sólo
porque debía yo volver al lado de mi papá, sino porque desde niña me
persigue la desgracia. He aprendido en la escuela del dolor que toda
dicha, toda felicidad es pasajera, fugitiva y efímera. Te amo y te amaré
hasta la hora de morir, ¡hasta después de la muerte! Pues bien, no fío en
tu cariño.... Acaso me olvides: ojos que no ven, corazón que no
siente.... Todos los sentimientos son mudables, y el amor que yo te he
inspirado, amor que hoy te parece firme y duradero, mañana, cuando ya no
me tengas cerca de tí, cuando la pena que hoy te abate se disipe, ese
amor irá languideciendo poco a poco, se extinguirá, y aunque conserves
de tu Linilla gratos recuerdos, será preciso que pongas tus ojos y tu
corazón en otra mujer. Pero, óyelo, óyelo: ninguna te amará como yo;
ninguna tendrá para tí este amor que encadena mi alma a la tuya; amor
que es mi dicha y desgracia. Se ha hecho dueño de mi corazón, le ha
dominado por completo, y ahora, y siempre, será objeto de todos mis
anhelos, consuelo mío en todas las horas de dolor.
--Angelina, ¡no hables así!... ¡Mira que me atormentas!
--Apura hasta las heces el cáliz del dolor. Padeces, sí, padeces; lo sé
muy bien; tus ojos están húmedos.... Llora; no te avergüences de llorar;
pero no llores porque me voy; llora porque me has de olvidar. Miras el
porvenir triste y sombrío, y te dices: «¡No hay esperanza!» ¿Y quién te
asegura que esa obscuridad no se tornará mañana en espléndido día?
Aunque crees que en la vida no hay más que tinieblas, la idea de plácido
crepúsculo te hace sonreir, y cuando sueñas con días mejores, ya no
piensas en tu Linilla, en la huérfana desventurada.... ¿A qué negarlo?
¿No es verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, miras
luminosos días de incomparable felicidad? Sí, y entonces... ¡no piensas
en mí! Tienes razón. A qué pensar en la infeliz muchacha a quien tanto
amas, porque me amas, ¡sí, me amas con toda tu alma!... ¿A qué pensar en
esta huérfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder a
ese porvenir con que sueñas a todas horas? Rorró: no olvides lo que te
digo hoy, en vísperas de separarme de tí: me olvidarás, y acaso muy
pronto;--¡yo no te olvidaré!--Ya sé lo que vas a contestarme, ya lo sé;
pero no lo digas, óyelo de mis labios: «Pues si estás segura de que te
olvidaré, ¿por qué no rompes ahora mismo los lazos que nos unen?»
--¡Sí, Linilla, eso digo!
--¿Por qué? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir,
para amarte, para verte dichoso. ¿Quieres que yo misma aumente mis
penas? ¿Quieres que te olvide? ¡Si no puedo, si no puedo!... Déjame
vivir engañada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento el
desengaño, lo veo venir. ¡Qué negro! Pero no quiero que llegue, y busco
en tus ojos luz de amor perenne, amor que no acabe, ¡amor que viva
siempre!... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.
--¡Cuánto quieras, Linilla!
--Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo de
tu corazón; allí donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariño
para mí, un poquito nada más... para que cuando padezcas y llores
puedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»
--¿Y qué otra cosa?
--Otra...--me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:--Esto....
Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenados
cabellos, y mostrándome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja,
como si temiese ser oída:
--¿Corto?
--Corta.