En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vida
estudiantil; pero no consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen anciano
tenía mucha gracia para conversar. Todos estábamos tristes. El mismo, en
cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó a
Angelina, y le dijo:
--Niña: ven a platicar conmigo; mañana te vas, y acaso no volverás a
verme, porque, desengáñate, hija, ¡mi mal no tiene remedio! El doctor
dice que nervios; ¡pero yo no creo nada de eso! El mejor día sabrás que
me he muerto.... Pero, niña, no hablemos de eso; siéntate aquí, a mi
lado. Voy a pedirte un favor. Mañana no te despidas de mí. Si Dios
quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, después de Semana
Santa, me verás. Y ya lo sabes, no irás a otra parte, no, porque nos
darías un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te
queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque,
dime, ¿qué necesidad tenías tú de convertirte en enfermera para cuidar
de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al señor Cura, que cuando
vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya.
Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,--me lo ha dicho muchas
veces--te quiere como a una hermana.
Y cuando llegó la hora de recogerse le dijo:
--¿Cerraste ya los baúles? ¿No? Pues mira: toma la llave, y abre mi
ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te diré lo que
quiero....
Angelina la obedeció.
--¿No hay allí una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, sácala.
Abrela, aquí, delante de mí. En ella encontrarás un paquete de retratos.
Angelina hizo lo que deseaba la tía Carmen.
Era una colección de retratos de familia.
--Ahora, niña, toma uno mío, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo
hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito,
uno en que está jugando con un aro.... Ese no. De los demás el que tú
quieras.
Después le regaló unos pañuelos de seda y un abanico de laca.
--Este abanico no es de moda, lo sé bien, pero dicen que es una pieza de
mucho mérito, legítima de China. Consérvalo como un recuerdo de
nosotras. Nos escribirás de cuando en cuando, ¿no es verdad? Nosotras
también. Cuando Pepa no esté para eso lo hará Rorró. Ahora, dame un
abrazo, y acuéstate. Llama a Pepa. Me parece que el señor Cura ya está
en su cuarto.
El sacerdote se había retirado a su habitación. Debía salir muy de
mañana y no quería desvelarse.
Salí al corredor. Espléndida noche, una noche invernal por lo serena,
limpia de nubes y pródiga en luceros, semejante a aquella que pareció
participar de mi dicha después de que la joven me confesó su amor.
Sentado en un viejo sillón, que perteneció a mi abuelo, pensaba yo en
Angelina. No la veríamos más en aquel patio ni en aquellos corredores,
ni cuidaría de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al
llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros
plantamos, de las cuales esperábamos Linilla y yo pruebas maravillosas
de amorosa fidelidad, no lucirían para mi amada sus perfumadas corolas;
ninguna de ellas adornaría los negros cabellos de la niña. ¡Adiós
alegría! ¡Se iba con ella, y acaso para no volver más! Nos quedaríamos
llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre huérfana,
cuya hermosa y modesta juventud había sido para nuestra pobre casa,
siempre triste y sombría, como un rayo de sol.
Silbaban los insectos nocturnos en lo más escondido de los follajes;
los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus
campanas de raso; el «huele de noche» no tenía aromas, y el agua corría
silenciosa por el sumidero del pilón. De pronto arreció el viento, me
estremecí de frío, y cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo estuve así, adormecido, abrumado de pesar. Me dolía
el corazón...--Sentí que me tocaban en el hombro, y que me decían
quedito, muy quedito:
--¡Rodolfo!... ¡Rodolfo!
Era Linilla.
--Ya todos se han recogido,--murmuró--y he venido a decirte adiós,
porque no quiero verte mañana.
--¿No quieres verme?
--¡No; me sería imposible salir de aquí!... ¡No podría contener mis
lágrimas! Finge que estás dormido; que estás enfermo; que no quieres
levantarte, lo que sea mejor, ¡pero no salgas!
--Siéntate aquí, a mi lado, en esta silla....
--No, Rorró. Me voy, y no sé cuándo volveré. ¿Irás a verme? Sí... ¿no
es verdad? Me escribirás.... Llevo tu retrato, y lo miraré a todas
horas, y leeré tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de
escribirme, te lo ruego, y ¡ámame, ámame como yo te amo! Piensa que he
sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el
santo anciano, que ha sido para mí un verdadero padre, vivirá poco, y el
día que me falte.... Antes de conocerte él era mi único amor, y me decía
yo: mientras mi papá viva yo viviré, después... ¿para qué? Ahora pienso
en eso, y quiero vivir, quiero vivir para tí, ¡para amarte, para ser
amada! Te dije que me olvidarías, que me olvidarás.... ¡No, Rodolfo, no
me olvides! ¡No me olvidarás... porque no debes, no puedes olvidarme!
¡Tu amor ha sido la única felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!...
¡Siquiera eso para esta pobre huérfana! No; el cielo no permitirá que me
olvides.... ¿Verdad que no es posible? ¡Piensa en mí; habla de mí, a
todas horas, con tus tías, con señora Juana, con cualquiera!... Quiero
estar siempre en tu corazón; quiero estar a todas horas en tu
pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en mí cuando trabajes,
cuando leas, cuando reces.... ¡Hasta cuando duermas!... ¡Sueña conmigo,
sueña con tu Linilla!...
No pudo más. El llanto la ahogaba. Se echó en mis brazos, y reclinó su
cabeza sobre la mía. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tomó mi mano,
la estrechó fuertemente, y me la besó con efusión infantil.
Después de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si
le oprimieran el pecho, me dijo, alargándome un objeto que sacó del
bolsillo del delantal:
--Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde niña; me la puso
mi madre, y me la he quitado para dártela.... Ahora, ¡dime adiós, y
perdona si mi cariño es causa de amarguras para tí!...
Iba yo a detenerla. Me apartó dulcemente, y se retiró paso a paso.