Despidióse el año, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina
Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montañas y valles permanecen velados
durante algunas semanas, y sólo de cuando en cuando, de mañanita, asoma
el sol su rostro paliducho a través de las gasas, como para decir a los
villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrán, el mejor día, muy
guapo y rozagante.
Acabó Diciembre, nos dijo adiós, y se fué, casi sin ser visto, mientras
la gente corría hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para
el año nuevo, o se entretenía, alegre y divertida, jugándose los cuartos
en polacas y loterías. Desde la noche de Navidad no fuí a la Plaza. No
tardaría en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se
fuera con él, quería yo gozar de los pocos días de felicidad que me
quedaban. La pobre niña no volvió a hablar de viaje. Se apresuró a
disponer la recámara de su protector. Convinimos en que mi habitación
era la más cómoda, y, aunque las tías se empeñaron en dejarle la suya,
decidióse que el huésped ocupara la mía. En dos por tres quedó arreglada
y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto
era indispensable. Nada faltaba allí, ni el reclinatorio. El P. Solís
nos prestó uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.
--Venga a cualquiera hora;--decía la joven--¡que venga, que todo está
listo!
Linilla sonreía alegremente, pensando en la próxima llegada de su
protector; pero no podía disimular su tristeza. A cada rato bajaba los
ojos, y se ponía pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la
idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle
grato recuerdo de sus cuidados, la pobre niña se extremaba en todo
cuanto a la anciana se refería.
--¿No lo ves, Rorró?--solía decirme al oído la tía Pepa.--¿No lo ves?
¡Esta niña es un ángel! ¡Mira, mira cómo atiende a tu tía!... ¡Qué mimos!
¡Qué paciencia!
No sólo Angelina estaba triste; yo lo estaba también. Sólo de recordar
que se iba se me oprimía el corazón, se me obscurecía el mundo. ¿Qué
haría yo sin ella? ¿Qué sería de mí sin la palabra consoladora de
Angelina? Ella era la única que poseía el secreto de mis tristezas; sólo
ella sabía darme aliento y ánimo.
Frecuentemente me encerraba yo en mi recámara para dar rienda suelta a
mis cavilaciones y melancolías. Allí pasaba yo horas y horas.
--¿Estás enfermo?--me preguntaban las tías.--Di que tienes....
«¡Vaya si soy desgraciado!--pensaba yo, tendido en el lecho.--Llegué a
mi casa descorazonado y abatido, y cuando creía encontrar aquí dichas y
alegrías, no hallé más que penas y tristezas. Angelina ha sido para mí
como un ángel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he
puesto mi cariño; me amó, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con
celestes claridades; cuando de ella recibía mi corazón vigor y
fortaleza, se va, y me deja.... Se irá, y en esta casa se acabará toda
alegría.... ¡Adiós amorosas platicas! ¡Adiós gratas lecturas! Las
plantas que los dos hemos sembrado prosperarán, se cubrirán de follaje,
se llenarán de flores.... ¡Y Linilla no las verá!...» Y volviendo a mi
manía poética me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:
«De qué me sirven los jacintos rojos, el lirio azul y el loto de la
fuente....
Pero Angelina no se olvidará de mí; ni yo la olvidaré; me escribirá, y
le escribiré, cada semana... ¡todos los días! Pero ¡ay! no la veré en
muchos meses, tal vez en muchos años, porque al P. Herrera no le gusta
separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no
habrá quién traiga las cartas, y pasarán días y más días, y yo... ¡sin
saber de Angelina!»
A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel
amor de niño, tímido, vago, ensoñador, que me inspiró Matilde; cariño
melancólico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de
una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos;
dulce amor que dulcificó la vida del pobre estudiante; pálido fulgor de
la aurora juvenil que inundó de reflejos primaverales los claustros
solitarios de un colegio sombrío; amor que no conseguí arrancar de mi
alma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque ni
atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, después
de tantos años, suspiro a veces por la donairosa niña, objeto de mi
primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas
me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente,
cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salga
de mi boca a la hora de morir.
El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y
venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y
despertando risueñas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que
nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho,
esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos de
felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era purísimo y
desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que sólo parece
traer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre de
sensuales impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo a
Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y
desgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo aquellos
amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su
nítida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada,
allí donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y
quería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana compartiera
conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, un
hermano, un compañero de infortunios. Acaso algún día, andando el
tiempo, se mudaría mi suerte, y me sería dable ofrecerle cuanto el
hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.
Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación,
sacrificio; estos eran los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, y
que no han vuelto a conmover mi corazón. Después... he amado, he amado
muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaños
heroismos.
¡Romanticismo! ¡Locura!--exclamarán muchos al leer estas
páginas.--¡Idealismo!--dirán los desengañados, los hijos de esta
generación egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran
jóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que los
de ahora; que aquella juventud aparentemente melancólica, plañidera y
sentimental, valía más por la pureza del sentimiento y la hidalguía del
corazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en
realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y
prematuramente codiciosa.