Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella le
anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.
«Allá voy, muñeca;--le decía--es justo que después de los trabajos y
fatigas del Adviento me dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre
cura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además, ¡me muero por ver a mi
Linilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada;
cada día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo me
escapo. El otro día me echó una loa que ni aquellas con que los inditos
te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca
está más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta
y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si tú
estuvieras aquí sería otra cosa; ya sabes cuánto te quiere; habría menos
gruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios, y las
albas menos rasgones; me leerías algo todas las noches, aunque fuera
para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario;
jugaríamos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sería menos
fastidiosa en este destierro. Por aquí todo está tranquilo; ni asaltos,
ni robos, ni temores de «bola». Me quieren mucho «ciertos bichos» que tú
sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de
ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en
ello mucho; seguiré pensándolo, y ¡Dios dirá! Por ahora ve disponiéndome
el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y
te doy un abrazo recibe la bendición de este pobre viejo».
Cuando Angelina leyó esta carta se puso pensativa y triste.
--Temo separarme de tí, Rorró. Pero ¡qué he de hacer! No necesito que él
me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. ¿Te figuras cómo estará
aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Señora Francisca ya
no está para fiestas, y mi deber, mi obligación es estar allá, con el
santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es
cierto, hago falta allá... pero... aquí ¿quién cuidará de tu tia?
¿Doña Pepita? La pobrecita ya no puede.... Sólo de pensar en eso me
apeno y me aflijo. Yo sé muy bien que si le digo al señor cura que no
quiero ir, no me lo exige, pero....
--Haz lo que él te diga.
--¿Y te dejo, y me separo de tí? ¿Quieres que me vaya?
--No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.
--¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La
vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible,
desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me
hace pedazos el corazón.
--Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en
esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues
obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí...
cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....
-Razón de más para que no me separe de ellas....
--No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes
que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido
para tí ese buen anciano.
--¡Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera! Ya no me
verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,--me iré, y me separaré de
tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima
saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera
cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días
si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato?
¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré
muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....
--Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita,
que estará triste, tristísima, porque ¡vive lejos de su Rodolfo!
--Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo
sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....
--¡Linilla! No pienses mal de mí....
--Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....
--¡Me enojo, Linilla!...
--¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en
otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?
--Te lo juro, Angelina....
Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la
casa de Castro Pérez.
Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas.
Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar
conmigo.
--Tarde viene usted....
--¿Tarde? Acaban de dar las nueve....
--No, no es tarde;--me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y
vana,--nunca es tarde para los enamorados....
--¡Cállate! ¡Cállate mujer!--¡Qué dirá el señor!--exclamó su hermana, la
pianista, una morena vivaracha y parlera.
--Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué
viene eso de los enamorados?
Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto
modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.
--¿Quiere usted--replicó la rubia--que le endulcemos el oído?
--¡Jesús, mujer!--volvió a exclamar hipócritamente la morena.--¡Qué
libertades gastas!
La chiquilla se echó a reir.
--Yo no quiero nada, señorita...--respondí.
A lo cual contestó:
--Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo
Villaverde!
--¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde
que oí tocar a Luisa.
La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:
--¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como
una profesora.... Venga usted acá,--y me sacó hasta el zaguán--venga.
--¿Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que está pintada de
gris? Pues ahí vive una persona que toca mejor que Luisa.... ¿No lo
sabía usted?
--¡Ah! Sí, la señorita Fernández.
--¡Sí! ¡Esa!...--murmuró maliciosamente la parlanchina.
--¿Y qué?
--¿Qué?
--La señorita Fernández...--repitió con mucha sorna la morena.
--¿Por qué lo niega usted?--dijo la rubia.--¿Qué tiene eso de malo?
--Señoritas, ¡si yo no niego, ni afirmo!...
--¡Sí niega!--exclamaron a una.
--No acierto a comprender a ustedes....
La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo
me dijo:
--Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que
usted es novio de Gabriela Fernández.
--Están ustedes engañadas....
--Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.
--¡Pues no es verdad!
Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan.
Vióle la rubia y dió el grito de alarma:
--¡Ahí viene papá!
Y las muchachas echaron a correr.