Aquel recuerdo me llenó de tristeza. Vinieron a mi memoria las alegrías
de los quince años, las fugitivas amarguras del primer pesar, la tortura
congojosa del primer desengaño.
¡Mísera humanidad en la cual todo pasa y perece! En ella no persisten ni
dichas ni dolores; la más intensa alegría se disipa como la niebla; el
afecto de hoy se ve traicionado por el afecto de ayer, afecto que
creíamos muerto, y que de pronto revive en el alma fuerte y activo. El
dolor, con el cual llegamos a encariñarnos, del cual nos abrazamos
perdida toda esperanza de volver a la dicha, deseosos de vivir para él,
sólo para él, pasa y se va, huye y no vuelve, nos deja para que brisas
de ventura, de una ventura fugaz y efímera también, venga a refrescar
nuestra frente y a reanimar el desmayado corazón.
La noche era magnífica, una de esas noches de Villaverde, tibias y
benignas, sin nubes ni celajes, en que los astros centellean como
diamantes, en que los vientos traen a la ciudad el rumor de los campos
adormecidos, los cantares del perezoso río y los gratos perfumes del
valle. El agua corría dulcemente por el sumidero del pilón, y en la
espesura del jardincillo el «huele de noche» embalsamaba el espacio con
el penetrante aroma de sus flores tardías. Al pie de los muros y en
torno de la fuente las últimas maravillas prodigaban, como en las noches
otoñales, la esencia suavísima de sus caducas corolas. Orión fulguraba
espléndido; Sirio brillaba apacible como una lágrima de oro; Aldebarán
ardía purpúreo; la cerúlea Capella parpadeaba melancólica, y allá por el
Sud, joya sin par de las regiones australes, resplandecía Canopo con
irradiaciones azules, blancas y rojas. En suma, hermosísima noche, una
de esas noches ante las cuales se dilata el alma y se ensancha el
corazón; en que el pensamiento vuela de estrella en estrella, y en que,
olvidados de las miserias de la triste vida terrena, quisiéramos volar y
subir hasta más allá de los últimos astros, para perdernos y abismarnos
en las soledades misteriosas del éter.
Me puse de codos en el alféizar, y allí pasé la noche, solo con mi dicha
y mis recuerdos. El constelado firmamento hacía gala de sus pálidos
fuegos, la tierra dormía silenciosa, y de cuando en cuando se oía a lo
lejos el ladrido de un perro o el canto de un gallo.
Recordé cosas y sucesos pasados; evoqué memorias dolorosas de la niñez,
pesares y amarguras infantiles; los tristes días de colegio, las
melancolías del primer amor. Uno a uno desfilaron delante de mí
parientes cariñosos, fieles servidores, amigos nunca olvidados. Al
repasar las páginas del librillo de mi vida me pareció que iba yo
recorriendo larguísima y desolada calle, entre dos hileras de tumbas que
aquí y allá blanqueaban a la sombra de los sauces y de los cipreses.
La felicidad y bienestar de mi familia en tiempos mejores vino a
sonreirme, a lastimar con sus alegres memorias mi dolorido corazón.
Antes abundancia, respetos, halagos, lisonjas. Ahora, pobreza,
desconfianza, menosprecio, olvido.... ¿Dónde estaban los amigos de mis
padres? No quedaban más que dos: el bondadoso médico y el desgraciado
dómine....
Me dí a pensar en los días felices de mi primer amor. Entonces surgió
ante mis ojos blanca figura de mujer. Esbelta, pálida, vaporosa, ideal,
aquella imagen querida venía a recordarme olvidados juramentos, promesas
no cumplidas. Triste, doliente, llorosa, parecía decirme:--«Me ofreciste
tu alma y tu vida; me ofreciste tu corazón, y se los diste a otra....
¡Ingrato!»
Y aquella voz tenía el timbre de la voz de Angelina. La visión
desapareció arrebatada por una ráfaga del viento matinal que pasó
estremeciendo las copas de los naranjos y columpiando los floripondios.
¡Locuras de muchacho! ¡Delirios de ardorosa fantasía! ¡Presentimientos
de una alma tímida, de un corazón inconstante!
Sentí anhelo infinito de que aquel amor que llenaba mi alma fuese el
último de mi vida; deseo firmísimo de vivir sólo para Angelina, sólo
para ella; deseo vehemente de ser bueno para merecer el amor de la
modesta niña; para gozar, como de cosa propia, de la hermosura de aquel
cielo tachonado de luceros, de las mil y mil bellezas que la noche tenía
cubiertas con sus velos, y que dentro de breves horas, al clarear el
alba, aparecerían en toda su magnificencia; que sólo a condición de ser
bueno me sería dable gozar del supremo espectáculo de la naturaleza, de
modo que se me revelaran todos sus encantos, y no fueran arcanos para mí
la dulce melancolía de una tarde de otoño, ni la risueña alegría de una
alborada de Mayo, ni la serenidad abrasadora de un día canicular, ni la
terrífica majestad de la tormenta, cuando, desatada en las alturas,
incendia con cárdenos fulgores las cumbres de la sierra.
Creía yo entonces--¡pobre muchacho soñador!--que un orto de fuego sería
opaco y brumoso para el malvado; que los lirios del río no tendrían
aromas para el perverso; que las selvas acallarían sus músicas y
enmudecerían medrosas cuando pasaran bajo sus arcadas, bajo sus bóvedas
de follaje, corazones manchados. Creía yo que el verdadero amor era
premio y palma de la bondad, y que para amar y ser amados, con amor tan
alto como yo le sentía y alcanzaba a comprenderle, elevación sublime,
anhelo incesante de perfección, aspiración interminable a lo absoluto,
era preciso que el alma se asemejase, por lo inmaculada y pura, a la
flor que coronada de rocío abre su intacta corola al soplo cariñoso de
los céfiros.
Pasé la noche en la ventana. Orión descendía hacia el ocaso, y el Carro
iba ocultando sus estrellas en las profundidades de luctuosa nube que
subía lenta y creciente en los húmedos valles de Pluviosilla.
Permanecí largo rato con el rostro entre las manos. El sueño entornaba
mis párpados, e iba yo a recogerme, cuando grave y majestuosa sonó la
campana mayor del templo parroquial. Tañido, misterioso y solemne que
anuncia la llegada del día; que repetido de montaña en montaña dice a
los moradores de la serranía que Villaverde ha despertado.
A los ecos del sagrado bronce contestan el río, la selva, los huertos y
las aves. Las corrientes del Pedregoso cambian de ritmo; hay en las
espesuras preludios corales, amorosos aleteos, y principia por todas
partes el movimiento y la vida.
Diríase que los vientos se apresuran a derramar por los valles el aroma
de las flores que se abrieron durante la noche.
Los toques de la campana eran pesados y lentos.... Cesaron, y, un
instante después, estalló en todas las torres un repique bullicioso y
plácido, retozón e infantil, como si convocara turbas escolares, como si
los tañedores fuesen angelillos traviesos escapados del cielo.
¡Las misas de aguinaldo!