Oí ruido en la habitación contigua. Tía Pepilla se había levantado, y no
tardó en llamarme. Daba golpes en la puerta, y al contestarle yo decía:
--¡Vamos perezoso! Ya está amaneciendo.... ¡Arriba! ¡Ya es hora!... Si
has de ir con nosotras, ¡levántate! ¿No has oído el repique?
Y la buena señora reía y bromeaba como una chiquilla.
Aun no cesaba la música de las mil campanas villaverdinas. Las de la
Parroquia, graves, solemnes, como un arcediano cuando entona el prefacio
en la misa de Corpus; las de San Francisco seriotas, sonando en ritmo
circular, rotundo el toque, como en los domingos de cuerda; las de San
Juan desafinadas y chillonas; el campanario de la iglesita de San
Antonio armaba una algazara sin igual, como en una orquesta platillos y
chinesco; en la espadaña del convento de Santa Teresa se volvían locas
las campanillas, y el esquilón rajado del Cristo resonaba presumido y
vanidoso, a semejanza de un tenor cascado que no quiere retirarse del
teatro.
El conjunto era singularmente bello. Aquel repicar vario y caprichoso,
sin unidad ni medida, tan distinto del otro con que se anuncian los días
solemnes y las fiestas clásicas, tenía algo de la maravillosa música
moderna en que parece que los instrumentos van libres, de su cuenta,
campando por sus respetos, desdeñando compás y disciplina, huyendo los
unos de los otros, pero que de pronto se unen y concuerdan en rara e
incomparable harmonía que primero sorprende, luego subyuga, y, por
último, nos hace ver bosques silenciosos, regiones celestes sin nubes ni
celajes, cerúleos adormecidos mares.
La música de los campanarios caía sobre la ciudad en frescas oleadas y
se difundía por el valle, a manera de río desbordado que quisiera
escaparse por los barrancos. Allí se detenía un instante, y luego como
que se levantaba ansiosa de volver a las alturas, para remontarse a los
cielos en pos de los astros que iban palideciendo y borrándose en la
ténue claridad del crepúsculo.
¡Qué bien se harmonizaba aquel vibrante vocerío con el despertar de
valles y montañas, con los preludios del pueblo alado, con el susurro de
las arboledas, con el canto idílico del Pedregoso, con el centellear de
los luceros, y con el mugir de las vacadas en el cercano ejido!
No sé por qué temí que la tía Pepilla supiera que no había yo probado el
sueño. Deshice el intacto lecho, revolviendo sábanas y colchas; tomé el
sombrero y el gabán, y salí al corredor. La anciana y Angelina me
aguardaban allí. Tía Pepa muy rebozada con el pañolón; la doncella,
caído sobre los hombros el abrigo, dejaba ver su hermosa frente.
--¡Buenos días!--me dijo tímida y medrosa.
Seguro estoy de que se puso roja como una amapola al estrechar mi mano.
--¡Vamos, muchacho... vamos! ¿Qué aguardas? Y tú Angelina: ¿despertaste
a señora Juana para que se quede con Carmen?
--Sí, señora.
--Pues vámonos, Rorró, que de aquí a San Antonio ya tenemos que andar.
Está lejos, pero allá iremos,--repetía--que allí hay pisos, y sonajas,
y panderos, y música de cuerda que toca sones y piezas alegres, y la
misa no es larga.... ¡Cómo que la dice el P. Solís!
Tomamos calle arriba, por una acera angosta y desigual. Había que subir
penosísima cuesta. La capilla de San Antonio está en el Barrio Alto.
Desde allí se goza de un hermoso panorama.
Los farolillos ardían con mortecina luz. Los serenos apagaban sus
linternas, y grupos de mujeres y niños iban apresurados hacia el templo.
Las madres regañaban a los chicos porque sonaban sus pitos y sus
panderetas, como temerosas de que a la hora precisa unos y otras se les
quedaran mudos.
Ofrecí mi brazo a la anciana.
--No,--me contestó--¡voy mejor sola! Dáselo a la señorita....
Angelina no le rehusó, pero comprendí que le aceptaba por compromiso. De
pronto se detuvo tía Pepa y, sonriendo, nos dijo:
--¡Bonita figura! ¡La vieja siguiendo a los galanes!
Angelina quiso desenlazar su brazo; pero yo no lo permití.
Encontramos nuevos grupos que iban a toda prisa, sin duda para ganar
puesto en la capilla. En una esquina topamos con unos «nacateros» que se
dirigían al mercado, muy cargados con grandes piezas de carne
sanguinolenta. Al llegar a la plazuela pasó delante de nosotros un
lechero, jinete en un caballejo, a cada lado un cántaro. Nos saludó
respetuosamente. Era joven; bien claro nos lo dijo su fresca y limpia
voz:
--Es Mauricio....--dijo Angelina.
--Es el lechero de Santa Clara.... De la hacienda del señor
Fernández....--agregó la anciana, dirigiéndose a mí.
Cuando subimos la escalinata vimos que las gentes se agolpaban en la
puerta. Aun no abrían los sacristanes, y todos pugnaban por colocarse en
buen sitio para entrar los primeros.
La capilla de San Antonio, el «santuario», como la llaman los viejos
villaverdinos, es una iglesita de estilo churrigueresco, muy bien
dispuesta y situada en lo más alto de una loma desde la cual se domina
toda la ciudad.
El cementerio está acotado con una verja que tiene sendas puertas en los
tres lados. Cuatro añosos cipreses dan al sitio un aspecto fúnebre,
verdadero aspecto de cementerio.
Tía Pepilla no quiso llegar hasta el punto donde los devotos bregaban
para abrirse paso, y tomó asiento en el último peldaño de la escalinata.
Reían los mozos, charlaban las doncellas, regañaban las viejas, y la
chiquillería iba de un lado para otro, con incesante ruido de cascabeles
y de pitos de agua que remedaban a maravilla los gorjeos de un coro de
alondras.
Angelina y yo nos acercamos a la verja, vueltos hacia la ciudad. Ya no
repicaban en las torres. En cada una de ellas una campanita atiplada,
urgente y chillona, llamaba a los fieles.
Aun no despuntaba el día. Los faroles de Villaverde brillaban en las
calles obscuras y por encima de los tejados como un enjambre de cocuyos.
El cielo menguaba en luces, y una apacible claridad glauca, pura como la
atmósfera y plácida como el fresco vientecillo que mecía los cipreses,
iba inundando el firmamento. Orión se hundía entre los picos de la
cordillera, y la Osa Mayor descendía hacia los valles de Pluviosilla. En
la región opuesta vagos albores anunciaban la aurora. La vega toda
revivía; el Pedregoso corría gárrulo y cantante, como si sus ondas
repitieran quedito la extraña harmonía de los repiques.
El cielo límpido de aquella noche casi invernal perdía poco a poco su
inmensa serenidad. Del vago albor que clareaba en las cimas orientales,
de las suaves tintas glaucas que todo lo invadían, brotaron lentamente,
primero indecisos e indefinibles, luego distintos y bien perfilados,
celajes y nubecillas de color de violeta, a través de las cuales vimos
que desaparecían las estrellas entre ráfagas de fuego. Las campanitas
seguían llamando a misa, el río seguía cantando, y susurraban las
arboledas, y venía de las selvas y de las cañadas algo como rumor de
lejanas orquestas misteriosas que ejecutaban, allá en la sierra, en lo
más recóndito de la cordillera, inaudita sinfonía.
Abrióse, por fin, la puerta de la capilla, y la multitud se precipitó en
el sagrado recinto.
De codos en la verja contemplábamos nosotros el espectáculo arrobador de
aquel espléndido crepúsculo, el panorama de Villaverde alumbrado por los
rojos fulgores del naciente día que incendiaba con reflejos de hornaza
los celajes que bogaban en el horizonte.
--Angelina:--exclamé, estrechando la mano de la doncella--¿me amarás
siempre, siempre, como yo te amo?
--¡Siempre!--contestó estremecida.--¡Como hoy, como mañana, hasta después
de muerta!
A la incierta luz de la aurora, que bañaba en celestes claridades el
rostro de Angelina, vi que lloraba, que dos lágrimas rodaban por sus
mejillas.
--¡Niña!--gritó mi tía desde los umbrales del templo.--¿Qué haces? ¡Ya
empezó la misa!
La joven corrió hacia la iglesia. Las torres soltaron el último repique;
el órgano desató sus raudales de místicas harmonías, y a sus acordes
solemnes se unió festivo coro de infantiles voces, de gorjeadores pitos,
de ruidosas y tintinantes panderetas. La misa principiaba.... El P.
Solís entonaba con su vocecilla devota y simpática:
«¡Gloria in excelsis Deo!»