Mi entrada en el despacho de Castro Pérez fué para mi tía Pepa el colmo
de la dicha, no sólo porque allí ganaría algunos duros su pobre sobrino,
sino porque creía, en su candorosa sencillez, que dados el crédito y la
buena posición del abogado, éste aseguraría mi porvenir. Se mostraba
contentísima la buena señora e iba diciendo por todas partes:
--¿Ya saben ustedes? ¿No lo saben? ¡Estamos muy contentas! Rodolfita
está colocado en el bufete del señor don Juan. ¡Ahora sí que se acabaron
las penas y las dificultades! ¡Ya el sobrino tiene un buen sueldo, y, si
Dios quiere, me quitaré de lidiar con la chiquillería!
Pero la enferma veía las cosas de otro modo.
--Estoy contenta; sí, porque de algo a nada... ¡algo es algo! Tú mereces
más, mucho mas. ¡No es justo que trabajes así, todo el santo día, por tan
poco dinero! Pero, ¡qué quieres! Así es todo en Villaverde. Digámoslo
claro: todos quieren que los demás les sirvan de balde. Confórmate,
Rorró, y procura cumplir con tus obligaciones, para que si mañana es
necesario que te ocupes en algo que te produzca más, no tenga Castro que
decir de tí lo que yo le he oído decir de otros muchachos.
Desde el día en que entré a servir al jurisconsulto me propuse vivir
aislado, lejos de los chismes villaverdinos que ya comenzaban a
disgustarme, así es que a las horas de descanso me encerraba en casa, a
leer o a conversar con Angelina, y únicamente los domingos por la tarde
me echaba a vagar por los callejones, o me iba a pasar dos o tres horas
en las orillas del Pedregoso o en las verdes laderas del Escobillar, de
donde volvía cargado de helechos y flores campesinas.
Angelina se mostraba amable y cariñosa conmigo, pero pronto pude
observar que no gustaba de quedarse sola a mi lado, antes, por el
contrario, huía de mí como temerosa de un peligro. Sin duda obedecía
prudentes consejos de su confesor el buen P. Solís. Aquel despego de la
hermosa niña avivaba en mi alma, de un modo terrible, la pasión que la
belleza y las cualidades de la joven habían encendido en mi, y que mi
tía Pepa procuraba fomentar.
Cuando por las mañanas, al salir de mi cuarto, buscaba yo a la gentil
doncella, y esperaba encontrarla en el comedor, me hallaba yo a Juana,
muy engestada, y mohina.
--¿Qué hace usted aquí?
--¡Estoy barriendo! Esto no es de mi obligación, pero como la niña no
quiere hacer este quehacer, aquí me tiene usted....
Por la noche, en torno de la mesa, mientras mi tía Pepa y Angelina
hacían aquellas hermosas flores que han dejado perdurable fama en
Villaverde, me instalaba yo, triste y contrariado, en un sillón, cerca
de ellas, y sin decir palabra me engolfaba en la lectura de un libro
ameno. La enferma estaba ya en el lecho, y la anciana y la joven
trabajaban hasta media noche.
--¿Qué te pasa?--solía decirme tía Pepa.--¿Qué tienes que así estás como
pajarillo en muda?
--Nada tía. Este libro que me tiene interesado y lleno de curiosidad.
Angelina conversaba de cosas indiferentes, pero a cada instante clavaba
en mí una mirada llena de ternura. Yo habría deseado decirle: «Angelina,
mi dulce Angelina, óyeme: ¿por qué huyes de mí? ¿por qué te muestras
indiferente y desdeñosa con quien te ama? Antes no eras así; antes....
Te amo, Angelina, te amo. No puedo ofrecerte una fortuna, no puedo
brindarte riquezas.... Nadie sabe mejor que tú que soy pobre y
desgraciado. Tú has sido desdichada también. Pues amémonos, amémonos,
pero no como dos hermanos. Tus ojos, esos hermosos y brillantes ojos,
húmedos por las amargas lágrimas de la orfandad, me dicen que me amas.
En vano pretendes ocultarme que vives para mí; es inútil que te empeñes
en esconder así ese secreto de tu corazón. ¿No ves que a cada momento te
traicionan tus miradas? El cielo nos ha reunido bajo el mismo techo,
como para decirnos: ¡Amaos! ¡Amaos! Y te amo, dulce y buena niña; te amo
con la plácida ternura de los primeros años de la vida. ¿Temes? ¿Por
qué, mi dulce niña? ¿Sabes acaso que hace mucho tiempo me robó el
corazón una chiquilla graciosa y bella? ¡Ah! Piensa que ese amor fué un
delirio... un sueño fugitivo, algo así como esos alcázares de nubes,
palacios de plata que forma el viento de la noche en la serena
inmensidad de los cielos, brillantes edificios que duran un instante, y
luego se desvanecen, dejándonos ver un reguero de astros. Mira: ese
amor, alegría venturosa de mis primeros años juveniles, pasó para
siempre. La que despertó en mi alma eso sentimiento, es ahora esposa y
madre; es feliz, y su felicidad me tiene contento y satisfecho. Acepta
el amor que te ofrezco, Angelina; noble, sencillo, puro, ese amor
renueva en mí la plácida ilusión de los quince años, tímida flor de
pélalos embalsamados que se abre al rayo apacible de tus miradas, regada
con el llanto de tempranos infortunios. ¿Eres desgraciada? Yo también lo
soy. ¿Eres huérfana? También soy huérfano. El cariño maternal no ungió
nuestra frente con sus besos envidiables. Ámame. Nada puedo ofrecerte de
cuanto el mundo codicia y aplaude, ni riquezas, ni poder, ni gloria.
Pongo en tus manos mi corazón, mi pobre corazón trémulo de amor.
Al dejar el libro en que leía yo, levanté los ojos para mirar a la
doncella. ¡Nunca más hermosa! Vestía ligero traje de muselina, y estaba
graciosamente envuelta en un rebozo que cruzándose flojo y llena de
pliegues en el pecho de la joven dejaba caer hacia atrás, sobre los
hombros, las flecadas puntas. La luz de la lámpara daba de lleno en el
rostro de la doncella, en aquel rostro pálido y melancólico, doblemente
interesante bajo los negros cabellos. Angelina armaba un ramillete de
fantásticas flores de papel de plata, de esas que presentan tan buen
aspecto en los altares, y que son, desde hace algunos años,
indispensables en toda fiesta religiosa, en toda función clásica.
Visitad en Pluviosilla la iglesia de Santa Marta, y veréis qué aspecto
tan hermoso presenta el templo con esos adornos, con esa floración
metálica que parece robada de los jardines de los gnomos. La joven iba
disponiendo los tallos floridos en una varilla larga y flexible. En el
extremo superior un grupo de azucenas rodeado de espigas; abajo de
éstas, a cada lado, grandes malváceas de anchos pétalos, y en seguida
estupendas rosas de apretado seno, capullos vigorosos, hojas de lirio
gráciles y flexibles.
Cuando Angelina hizo el último nudo y cortó el haz de pita floja, y lió
el tallo con una tirilla de papel de China, alargó el brazo para
observar a la distancia el efecto del ramillete. Miróle largo rato, y
luego compuso las flores que no le parecían bien colocadas, encorvando
los alambres, o dando con breve toque de sus afilados dedos, gallardía
y expresión a las corolas.
--¡Vaya!--exclamó.--¡Hemos concluido! El P. Solís quedará contento.
Y volviéndose cautelosamente para ver si estábamos solos, agregó:
--¿No lee usted ya?
--Ha tiempo que cerré el libro.
--¿Qué hacía usted?
--Verla a usted.
--¿Verme?
--Sí; admirar tanta belleza....
--¿Tanta belleza? Parece que el señor don Rodolfo se ha vuelto
galante....
--¡Ay, Angelina!--exclamé poniéndome en pie.--¡Es preciso que esto tenga
término!...
La joven comprendió al punto lo que iba yo a decirle, y se puso trémula,
asustada, roja como una amapola. Me acerqué de puntillas, y apoyado en
el respaldar del sillón, me incliné, y en voz baja le dije al oído:
--Angelina: ¡la amo a usted! ¡Me muero de amor!...
No me contestó; llevóse las manos al pecho, y fijó la mirada en una
cestilla que tenía delante.
--Angelina...--supliqué.
¡Silencio! ¡Silencio horrible! La emoción la ahogaba. Oía yo los latidos
de su corazón.
--Angelina, una palabra.... ¡Una palabra, por piedad!
--No quiero hablar,--me dijo tristemente,--no quiero hablar; ¿no lee
usted en mis ojos más de lo que mis labios pudieran decirle? ¡A qué
negar lo que ya sabe usted! ¡A qué ocultar, Rodolfo, que hace mucho
tiempo que le amo! ¡A qué negar lo que mis ojos le han dicho tantas
veces!
Apartó los ramilletes que tenía delante, y ocultó el rostro entre las
manos.
Sonaban en aquel momento las doce en el viejo reloj de la sala, y tía
Pepa, que andaba en las piezas interiores, se presentó en la habitación.
--¿Acabaste ya?
--¡Ya! Vea usted....
--Mañana, hijita. Es preciso madrugar. ¿No dices que quieres ir a las
misas de aguinaldo? ¡Yo también, yo también quiero ir!
--¡Ni quien se acordara de eso!
--¡Rodolfo no irá!--prosiguió la anciana.--¡Bueno es él para levantarse
tan temprano! Si tú quisieras, Rorró, irías con nosotras.... Yo no
pierdo nunca esas misas; me gustan mucho, mucho. Me parece que soy
muchacha. El abuelito nos levantaba tempranito. Con él íbamos todos,
menos Carmen, porque siempre fué muy floja. ¡Ya se ve! ¡Se acostaba a
las mil y quinientas! ¿Vas con nosotras? Ya no te acordarás de cómo son
las misas de aguinaldo.... No son como antes, ¡cuándo! pero verás cómo
te gustan. ¿Qué allá en México no hay misas así?
Mientras mi tía hablaba, Angelina puso en orden las cosas de las mesas;
cerró cajas y cajitas; las alineó en un extremo, recogió los alambrillos
dispersos y tapó el cacito del engrudo para que los ratones no hicieran
de las suyas en él. Charlaba la anciana, y yo, más atento a la joven que
a la conversación de mi tía, me gozaba en los rubores de la doncella
que, medio envuelta en el rebozo, huía de mis miradas como si hubiera
cometido un delito. Colocaba Angelina sus ramilletes en una gran cesta y
los cubría con un lienzo, cuando mi tía, tocándome en el hombro, exclamó
impaciente:
--¡Pero, muchacho, estás ido, o qué te pasa que no oyes lo que te digo!
--Usted dispense, tía--contesté avergonzado, temeroso de que
sorprendiera el secreto que me tenía distraído.--¿Misas de aguinaldo?
Las hay en todos los templos, y con pitos, sonajas y música de
cuerda... mas no para los colegiales sujetos a rigoroso reglamente,
condenados a perenne clausura, como si fueran monjitas capuchinas. En el
oratorio había misa, pero muy silenciosa y triste. La oíamos soñolientos
y desesperados, tiritando de frío. Ahora iré con Angelina y con usted a
todas, a todas, para acordarme de mis buenos tiempos. ¿Se acuerda usted,
tía Pepilla, de cuando me llevaba usted a las misas de aguinaldo que
decía en el Cristo el P. Artega?
--No me hables de eso, hijo mío, ni me recuerdes a ese infeliz que se
hizo hereje, protestante, apóstata....
Y desdeñando la conversación cortó la hebra de su charla.
--Vamos, Angelina.... ¡A dormir, que es muy tarde! Carmen te está
esperando. La pobrecilla quiere cambiar de postura....
En tanto que Angelina cerraba la puerta de la sala me dirigí a mi
recamarita. El viento inundaba la habitación con los mil aromas del
jardín, y el amor derramaba en mi alma el perfume embriagante de los
años juveniles.
Apagué la bujía, y de codos en la ventana me puse a contemplar el cielo.
Era yo feliz, muy feliz. Mis labios quisieron pronunciar el nombre de
Angelina, y sólo dijeron: ¡Matilde!
La dulce niña de mi primer amor ocupaba todavía un lugar en mi corazón.