Grato pasatiempo diario fué para mí la tertulia que se reunía todas las
tardes, dadas las cinco, en el despacho del jurisconsulto. Concurrían de
ordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a menos que los deberes
de su profesión se lo impidieran), don Cosme Linares, y el escribano
Quintín Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso y
decidor. Inteligente, instruído, perspicaz, oportuno, hacía que le
oyéramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban. Recibió el título a
mediados del 67; había estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y en
México. Leía mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tenía grande
afición a los estudios serios; gustaba de las ciencias eclesiásticas, y
siempre andaba a vueltas con la Moral y la Teología. Había que
escucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la de
controvertir y disputar, y otra, muy dulce y pacífica, el tresillo
nocturno en casa de Sarmiento, con el P. Solís, don Cosme, y algunos
más. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su carácter,
cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.
Cuando él peroraba nadie metía baza; era capaz de discutir con el lucero
del alba, y hasta con los moradores de ultra-tumba. Cierta vez,--así lo
cuentan en Villaverde,--el amigo Porras fué llevado a un círculo
espiritista, con visos de lógia masónica, fundado recientemente por don
Juan Jurado, un «huizachero» de Pluviosilla. El gran círculo, centro de
teósofos y de libres pensadores, formando al uso del liberalismo más
avanzado, era por aquellos días piedra de escándalo para los piadosos
timoratos villaverdinos, y dió quehacer y congojas al Cura y a sus
vicarios, y mucha tela para sermones al bueno del P. Solís; y, qué más,
hasta puso en manos del «pomposísimo» la pluma gloriosa del apologista.
Los individuos de la sociedad católica fundaron un periódico, «La Era
Cristiana», que, sea dicho de paso, y repitiendo las palabras del
dómine, «es el papel que habla más alto en favor de la cultura
villaverdina». Le redactaba don Román, ayudado por el exclaustrado y por
Castro Pérez. Porras no pudo refrenar sus bríos, y se metió a
periodista, y publicó en «La Era» unos articulillos con mucha sal y
pimienta y mucho sí señor, enderezados a impugnar las nuevas y
perniciosas doctrinas. Mucho me dieron que reír los articulitos de
Porras, quien, bajo el seudónimo de «Canta Claro», hizo gala de sus
saberes y dió cada felpa a los ardorosos discípulos de Allán-Kardec, que
Dios tocaba a juicio.
Los del bando espiritista no se quedaron callados, y a su vez sacaron un
papel, rotulado «La Nueva Revelación», en el cual trataron a los de «La
Era» poco menos que como a cafres o negritos del Congo. Porras, especie
de Veuillot villaverdino, cobró alientos, apuró su ciencia, y extremó
sus sátiras contra los que él llamaba «destructores de la unidad
religiosa de la blasonada Ciudad». Se armó el zípizape; Villaverde tuvo
con qué entretenerse cada domingo, y las cosas subieron a tal punto que
a poco se llegan a las manos los exaltados contendientes. El Cura,
persona muy juiciosa y prudente, puso paz en ambos ejércitos, y la
budística población volvió a su calma y tranquilidad habituales.
Antes de que las cosas llegaran a tal altura, Venegas, presidente del
nigromántico senado, supo o sospechó que «Canta Claro» era mi amigo
Porras, y acometió la empresa de llevarle al círculo para que
presenciara las maravillas que allí se «producían». Sacó el cuerpo mi
don Quintín; pretextó ocupaciones; se negó a tratar del asunto, como no
fuera en los periódicos; pero Agustín perseveró en la empresa, y... la
curiosidad pudo más en el ánimo del improvisado escritor que las
censuras de la Iglesia. Porras fué llevado a una reunión extraordinaria,
especialmente convocada para que el incrédulo «Canta Claro» saliera de
allí vencido «por los hechos». Así lo dijo en varios corrillos el
sabihondo Jurado que era el más fanático de la cohorte nigromántica.
Allí tuvo que habérselas mi amigo con el mismísimo Voltaire. El célebre
escritor no tardó en acudir al llamado de la pitonisa, y ésta escribió
bajo la influencia del evocado espíritu, en castellano de gacetilla, y
en estilo difuso y pesado, semejante al de los redactores de «La Nueva
Revelación», no sé cuántas perrerías luteranas, contra la confesión
auricular.
Es fama que al oirlas saltó Porras en el asiento, como lanzado por un
resorte, y pidió la palabra para decirle a Voltaire cuanto era del caso.
Echóle en cara su mala fe, las contradicciones de sus escritos y su
desprecio para con la nación francesa; citó textos del mismo Voltaire
que decían de la confesión cosas muy distintas de las que ahora repetía,
y acabó, con grandísimo escándalo de los sectarios, por negar que fuese
Voltaire quien hablaba por boca de la pitonisa.
--¡No!--exclamó.--¡Voltaire era un gran escritor! ¡Cómo pocos! Yo no sé
si poseía el castellano, pero si así era, como supongo, no escribiría
tan mal la hermosa lengua de Guillén de Castro, de Lope de Vega y de
Ruiz de Alarcón. Sin duda, caballeros, que un espíritu chocarrero se
está burlando de todos nosotros.
Y dijo, y tomó el sombrero, y se retiró, sin que nadie pudiera
detenerle.
Mucho se habló en Villaverde del incidente. Desde entonces, si mentáis
al escribano, os dirán todos:
--¿Porras? ¡Si es capaz de disputar con los difuntos!
Correctamente vestido de negro, albeándole la camisa, desaliñado el
calzado y muy peinada y brillante la profusa barba, era un tipo de los
más simpáticos; pero más simpática aún era su charla. Conocía muy bien a
Castro Pérez; se complacía en hacerle rabiar, y cuando éste iba
poniéndose mohino le calmaba con un chiste o con una frase halagadora.
Los primeros días me le encontraba yo en la esquina, y pasaba sin
saludarme; después solía decirme, entre afable y sereno: «¡Adiós, joven!»
Más tarde, cuando conversé con él en el despacho, se mostró conmigo
cariñoso y sincero. Le oí, y quedé encantado de su charla. Por gozar de
ella procuraba yo retardar el trabajo, aquellas copias de los alegatos
de Castro Pérez, difusos, cansados y fastidiosos, que me tenían por
largas horas pegado a la mesa. Castro no dejaba salir de su casa un
escrito suyo si no iba puesto en limpio por el amanuense. Tengo
entendido que sabedor de que sus conocimientos gramaticales eran pocos,
temía soltar una faltilla ortográfica que hiciera reir a sus enemigos y
amenguara su bien sentada reputación de sabio y profundo conocedor de
las humanas letras.
Volvamos a mi amigo Quintín. No tenía humos ni vanidades, y lo mismo
trataba al rico que al pobre, al discreto que al tonto. Llegaba, y
parado en la puerta, bajo el carcomido dintel, se detenía atusándose el
bigotazo. Al verle yo, se inclinaba, quitándose el sombrero, me dirigía
correcto saludo, siempre acompañado de una picante alusión a la disputa
de la víspera, y luego, en voz baja me decía:
--¿Está el tío?
El tío era el abogado. Así llamaba a un superior cuando hablaba de él
con quienes le estaban sometidos.
Tomaba asiento en el banco monacal. A poco, después de ofrecerme un
tuxteco y de encender el suyo, se soltaba:
--¿No ha venido Linares? ¿No ha venido el gran tartufo? ¿Qué dice el
doctor? ¿No pasó por aquí esta mañana? ¡Tal para cual! El uno,
hipocondriaco, quejándose todos los días de una nueva enfermedad; el
otro, listo para recetar y sacar los pesos al don Cosme. Entre los
tacaños, Linares.... ¡Las tenazas de Nicodemus!
Porras era maldiciente; pero tenía una cualidad muy rara en los
murmuradores: no calumniaba ni ofendía. Por lo menos nadie se daba por
lastimado. Con una gracia particular y cierto no sé qué donoso y
chispeante, provocaba a reir, por mucho que de ordinario alzaran ámpulas
sus censuras. La víctima reía y quedaba desarmada, y ni replicaba mohina
ni respondía disgustada.
Pronto estimé a Porras en cuanto valía; no tardé en medir, aquella
nobleza de corazón, aquella sencillez de alma que parecía opuesta a toda
acritud, y que, sin embargo, era ingente en mi amigo; sencillez ingenua,
infantil, que se manifestaba a cada minuto en burlas y censuras de
cuanto parecía injusto y merecedor de vituperio. Quintín decía cada
verdad que temblaba la tierra, cada verdad tamaña como un templo, y ni
sus amigos ni las personas a quienes tenía en subida estimación
escapaban de sus filosas tijeras. Tenía algo, mucho, del amigo ingenuo
que nos ha pintado a maravilla Edmundo de Amicis en uno de sus libros
más hermosos; de ese cruel amigo que nos domina desde el primer día, que
nos subyuga, que nos hace sus esclavos, sin que nos sea dable rebelarnos
en contra de él; que con una frase nos parte medio a medio, y que,
riendo, del modo más natural, en presencia de todos, sin discreción ni
consideraciones de ninguna especie, nos dice lo que no queremos que
nadie nos diga, o que a propósito de una debilidad o de un afecto que
ocultamos con el mayor empeño, nos lanza un chiste que penetra en
nuestro corazón como la hoja de un puñal; amigo contra el cual no
podemos alzarnos indignados por duro que sea con nosotros, ya porque
somos impotentes para replicarle de modo que nos asegure el triunfo, ya
porque, a pesar de todo, le estimamos y le amamos por sus muchas
cualidades. Quintín Porras,--no le venía mal el apellido--poseía el don
de penetrar con la mirada en lo más hondo de la conciencia ajena. Caía
en ella como el buzo en el mar, como buzo que se sumerge hasta
apoderarse de la concha. La asía, no la soltaba, y salía luego a flote,
pregonando su victoria. Sin pararse en pelillos descubría el secreto
sorprendido, haciendo de él fisga y chacota. En ocasiones nos sacaba los
colores al rostro. Ganas daban de contestarle con un revés o con un
insulto atroz; pero Quintín tenía siempre una sonrisa, un chiste, una
frase cariñosa para calmar la tempestad. Paraba el golpe, y no había más
remedio que tomar a broma el incidente, reir, dar un abrazo a quien
momentos antes hubiéramos estrangulado de muy buena gana, y seguir
oyéndole.
Nadie como Porras para dar un buen consejo; ninguno mas discreto y
atinado para el arreglo de un asunto grave; nadie como mi amigo para
hacer un beneficio, sencilla y noblemente, del modo más natural, sin lo
repugnante y forzado que tienen en Villaverde la abnegación y el
desprendimiento.
Buen contraste hacía Porras con Castro Pérez y con don Cosme. El
primero: un pavo vanidoso, engreído con su fama, pagado de su saber, de
su crédito y de su dinero, atascado en el pantano de su prosopopeya
jurídica; el segundo: larguirucho, cetrino, amojamado, con aspecto de
sacristán, célibe por egoismo, alardeando a todas horas de timorato y
concienzudo, discreto y medido, paciente y culto. ¡Paréceme que le veo
sentado en el «butaque», con la pierna cruzada, preso en la estrecha y
perdurable levita, puesto en las rodillas el gran pañuelo de algodón, de
color indefinible. A nadie contrariaba; con nadie reñía; tenía el
talento de saber callar, siempre temeroso de que le conocieran, empeñado
en ser un arcano para todos, sonriendo, poniendo paz, tratando de
conciliar sus deseos y sus malas pasiones con los preceptos de la moral
más severa, el cumplimiento de la ley divina con la utilidad y
conveniencia propias. El rostro de suaves líneas; los labios delgados;
la nariz afilada; el mentón saliente y azuloso; la voz fina, aguda, de
timbre dulzarrón. Esto le pinta maravillosamente: se cuenta en
Villaverde, que nombraron albacea de un clérigo rico, que dejó largos
los cien mil del águila, desempeñó con singular actividad el pesado
encargo. Dicen todos los villaverdinos que el piadoso clérigo señaló una
fuerte suma para que su albacea mandara decir mil misas. Mil pesos legó
para ello el testador y Linares se dijo:--«Aquí mil misas me costarían
mil pesos. Haré que las digan en Italia. En Roma es corto el estipendio,
una lira...»--y así lo hizo, y se aplicó el sobrante en pago de sus
buenos servicios.
Era de ver cómo se divertía con él y con Castro Pérez el amigo Porras.
Los viejos se instalaban en los «butaques». Quintín permanecía de pie,
moviéndose de aquí para allá, atusándose la barba o retorciéndose el
bigote con beatífica dulzura. Solía poner a discusión un punto teológico
o una cuestión de Derecho; a veces refería un cuento carminado. Si era
lo primero, luego saltaba el abogado, que se decía muy fuerte en tales
asuntos, y allí era aquello de citar autores y el oponer razones que
Porras desbarataba de un soplo. Solían ser de aquellas que algunos
llaman de «porque si», y había que oír al escribano. Si eran buenas, mi
amigo argumentaba con sofismas que sus compañeros no acertaban nunca a
distinguir; si eran vacías y fuera de propósito, Porras recurría a la
sátira para quemar a los buenos señores.
Los cuentecillos venían al fin. Castro Pérez no se alarmaba, antes
parecía oirlos con interés; pero Linares montaba en Júpiter, o movía la
cabeza como repitiendo:--«¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Es usted atroz!»
Yo, desde la pieza contigua, lo oía todo, me reía a carcajadas y gozaba
de la tertulia lo que no es dado imaginar.
A las seis me iba yo a la plaza para oír a la señorita Fernández; pero
cuando la discusión se prolongaba hasta las siete, me hacía yo el sueco
y me quedaba oyéndola.
Un día Quintín estaba de vena. Se hablaba de las costumbres de
Villaverde. Porras las censuraba con la mayor acritud; el abogado las
defendía, y Linares decía que habían variado mucho, y que él no se
explicaba el cambio de ellas.
--Veamos claro;--decía lleno de fuego el amigo Quintín,--veamos, don
Cosme; veamos claro, don Juan: ¿se quejan ustedes de que hay en nuestra
tierra muchos jóvenes holgazanes? Tienen ustedes razón; los hay, y son
más de los que ustedes suponen. ¿Lamentan ustedes la corrupción de los
«villaverdinos» («villaverdinos» con perdón de usted), que crece más y
más cada día? Pues voy a explicar la causa de todo eso. ¡En dos
palabras! ¡En dos palabras! No; en dos palabras no; pero veré de
explicarlo brevemente.
Encendió el apagado puro, tomó aliento, se pasó la mano por los
bigotazos, y prosiguió en tono dulce, persuasivo, apacible, como si
quisiera agradar a sus interlocutores:
--Vean ustedes: el mundo siempre ha sido mundo; corrupción la hubo
siempre; por algo mandó Dios el Diluvio. ¿Quién se atreve a tirar la
primera piedra? ¿Vamos, quien? ¿Usted, Licenciado? ¿Usted, mi señor don
Cosme?
Y los miraba de hito en hito. El abogado se acariciaba el abdómen con
cierta complacencia de epulón, y Linares bajaba los ojos humildemente, y
enclavijaba las manos larguiluchas y exangües, como diciendo:--«¡Soy un
gran pecador!»
--Pues bien: corrupción siempre la hubo, aquí en esta levítica ciudad, y
en Pluviosilla, y... vamos, ¡en todas partes! Vagos y ociosos no faltan
en parte alguna. Ahora bien: ¿por qué son tantos en Villaverde?
Don Cosme movía la cabecilla y hacía un gesto de duda, para decir:--«¡No
lo sé!» Castro Pérez se componía las gafas.
--Voy a decirlo, ¡porque en esta tierra no tiene porvenir la juventud!
¡Porque los horizontes son obscuros! Y todos, usted, don Juan; y usted,
Linares; y yo; todos los villaverdinos, sin excepción alguna, nos
empeñamos en cerrar a los jóvenes el camino de la prosperidad. ¡Esto es
lo cierto!
¿Dudan de ello? Vamos al grano; dígame usted, mi señor don Juan, hágame
el favor de decirme: ¿cuánto gana ese muchacho que tiene usted aquí, y
que trabaja de la mañana a la noche? Veinte pesos al mes. ¡Y me parece
mucho! ¿Cree usted que con eso pueda vivir?
Don Juan iba a contestar:
--Pero, amigo don Quintín....
Este le quitó la palabra:
--¿Tendrá con eso lo suficiente para comer, vestir, pagar casa, y
subvenir a las necesidades de su familia? No, ¡claro que no! Con esos
veinte pesos, o quince, o diez, o menos, que eso ganará, porque usted no
peca de pródigo, no le alcanzará para comprarse un par de botines.
Cuando más para sostener ese lujo de corbatas chillonas con las cuales
anda tan majo, rondando la casa de la señorita Fernández....
Le oía yo desde la otra pieza, y sin embargo, me sonrojé. Me pareció que
tomaban a prodigalidad que gastara yo corbatas bonitas, como si eso me
hiciera merecedor de castigo. Lo de que rondaba yo la casa de Gabriela
Fernández me hizo reir. Todos lo decían en Villaverde, pero no era
verdad. Me gustaba la rubia, a qué negarlo, pero nada más; mi corazón
era de Angelina.
--Pues bien,--continuó Porras--y ¿qué tiene eso de extraño? Gasta lindas
corbatas.... ¡Es natural! ¡No había de usar harapos de seda, como ese
pañuelo raído y sempiterno que lleva usted al cuello, a manera de dogal,
amigo don Cosme! No hay que divagar. Sigamos con el capítulo primero.
Pregunto: ¿de qué viva ese joven? ¡Pues de lo que en su casa le dan!
Sentí ganas de entrar en el gabinete de Castro Pérez y estrangular al
escribano, el cual siguió diciendo:
--¡No puedo hacer otra cosa! ¿En qué puede ganar más un chico que acaba
de salir del colegio, y que vive, acaso por necesidad, en esta ilustre y
magnífica Villaverde? Pues así como Rodolfo viven todos los muchachos
villaverdinos. Muchos no tiene en qué ocuparse. Los que gozan de un
empleo ganan poco, tal vez quien trabaja más tiene sueldo más corto.
Usted, don Juan, no se dejaría ahorcar por diez o doce mil duros; tiene
usted magníficas entradas, porque los pleitos y los chismes producen la
plata, pues, bien, así fuera usted más rico que el mismísimo Creso, no
le subiría el sueldo a ese pobre muchacho. Eso que hace usted es lo que
hacen todos aquí, ¡todos! Cuántos conozco yo, personas ricas, podridas en
plata, que reciben en su casa a ésto o al otro joven.... De meritorios,
por supuesto que de meritorios, y en dos o tres años no les pagan un
real. No les dan nada, nada, no señor, que bastante tienen los infelices
con el honor de servirlos. Pero al cabo llega un día en que la víctima
ya no quiere trabajar de balde, se aburre de hacer méritos, y tímida y
temerosa solicita respetuosamente que le señalen sueldo, sueldo, aunque
sea corto. Entonces, ¿saben ustedes lo que sucede? Pues entonces con
cualquier pretexto le despiden, o le ponen en condiciones tales que le
obligan a tomar el portante. ¿Se va? ¡No hay cuidado! ¿Hace falta el
meritorio, que era muy útil y muy cuidadoso de los intereses de su jefe?
¡No importa! Ya caerá en la red otro meritorio, otro infeliz, otra
victima.... El pobre mancebo que sirvió fielmente dos a tres años se va
a la calle. Necio de él, que, en su candorosa necedad, creyó que alguna
vez serían recompensados sus trabajos, si no con dinero, ¡sí con
estimación y cariño! ¡Pobre tonto que tuvo la esperanza de encontrar
allí brillante y risueño porvenir, trabajo para toda la vida, modesto
bienestar! Se va.... ¡Quiera Dios que salga de allí con la reputación
intacta! El jefe, para evitar hablillas y censuras, se disculpará
fácilmente. ¿Saben ustedes cómo? Dirá que el pobre meritorio metía la
mano en el cajón; que vestía bien, que frecuentaba los teatros.... ¡Qué
ironía! ¡Los ¡teatros de Villaverde! ¿De dónde salía dinero para todo
esto? ¡Pues ya lo sabe todo el mundo! ¡Del cajón! Hay otro medio más
expedito. ¿Cuál? No hablar del asunto. ¿Preguntan por qué se fué el
meritorio? Pues no hay más que hacer un gesto intencionado, fingir una
sonrisa despreciativa, discretamente maliciosa, que lo diga todo.
¡Mentira y calumnia! La madre y las hermanas del pobre meritorio
trabajaban para vestir al muchacho. ¡Cómo había de ir al establecimiento
hecho un pordiosero! Esta es la verdad: creían, como el muchacho, que el
mancebo estaba en camino de ganar el oro y el moro. «¡Cómo el jefe lo
quiere tanto--dirían pronto le señalará sueldo, y buen sueldo! Entonces
será otra cosa».
--Pero....--repuso Castro Pérez.
--¡Por Dios, Don Quintín!--exclamó don Cosme.
--¡No hay pero que valga!--continuó el escribano.--¡Esa es la verdad!
¡La pura verdad! ¡Eso pasa todos los días! No se alarmen ustedes, ¡que
falta lo mejor! Sale el pobre muchacho de aquella casa, y sale con el
crédito perdido, y, como es del caso, no halla empleo. Espera
encontrarle más tarde, pero el dichoso día, no llega nunca, y como ya se
acostumbró a que le mantengan los suyos, y perdió el ánimo y toda
esperanza de medro, se echa a vagar, a vivir de ocioso; se envicia, se
corrompe, se resuelve a entrar en cualquier establecimiento donde
trabajará mucho y ganará una miseria, casi nada, y entonces, ¡entonces
sí que no responde de su conducta! Ahora vamos al punto segundo ¿Sabe
usted, don Cosme, por qué los jóvenes de Villaverde no son un modelo de
buenas costumbres? Pues... por la sencilla razón de que aquí no hay
trato social; porque aquí ni los hombres tratan a las mujeres ni las
mujeres a los hombres. Viven separados los sexos. Nada más a propósito
para que se corrompan las costumbres que la soledad y la tristeza
«villaverdinas», (con perdón de usted); nada más a propósito que la
separación cenobítica de los sexos. Por la noche nadie sabe qué hacer de
su persona. ¿Hay aquí bailes, tertulias, teatros? ¿Reciben las familias?
¡Qué han de recibir! A las ocho de la noche se encierran a piedra y
lodo, y las que no lo hacen.... Pase usted, y verá cómo están las niñas
durmiéndose en la sala, muriéndose de fastidio y desesperación. ¡Separe
usted los sexos, y ya verá usted, ya lo verá! Por lo pronto se llevará
Satanás a los del género masculino.... Después.... ¡Omito el cuadro!
¿Una boda? ¡Cada veinte años...! ¡Y con razón! Si los chicos y las
chicas ni se conocen ni se tratan. Los muchachos no tienen en qué
pensar, y como no han de ir a jugar tresillo con nosotros, se van por
esos mundos de Dios, o del Diablo, y... ¡ustedes saben lo que sigue!...
Y he dicho y preguntado más que Ripalda, y aquí paz y después ¡gloria!
Amén.
Gruñó el reloj de pesas, y soltó el repique de sus campanas disonantes.
Eran las siete de la noche. Tomé el sombrero y me dispuse a salir antes
de que acabara la tertulia. Al irme oí que Porras decía:
--Vamonos. Ya estamos en tinieblas, y el buen amigo don Juan es tan
avaro que no quiere gastar en una vela; por eso nos tiene a obscuras.
¡Viva el obscurantismo!