XXII

Acudí con toda puntualidad a la cita del abogado. Aguardé en la esquina

próxima la hora señalada, y al sonar ésta en el reloj de la Parroquia me

presenté en el despacho. El jurisperito, gran madrugador, había vuelto

de misa y del acostumbrado paseo por la alameda de Santa Catalina, o sea

el Bosque Pancracio de la Vega, y muy instalado en su poltrona aguardaba

la llegada de su nuevo amanuense.

--¡Adelante, joven!--dijo en alta voz.--¡Adelante! ¡Bien! ¡Bien! ¡Me

place la exactitud! Tome usted asiento. Voy a decirle cuáles son aquí

sus obligaciones. No hay aquí mucho trabajo, pero bueno es que sepa

usted, amigo mío, ¡que aquí no se pierde el tiempo!

--Puede usted ordenar lo que guste...--respondí, sentándome en una

silla de ojo de perdiz, muy vieja y vacilante.

--Vendrá usted a las ocho de la mañana, en punto, como ahora. A las

ocho... ¿me entiende usted? ¡En punto! Saldrá usted a la una, hora de ir a

comer. Por la tarde, a las tres. ¡En punto de las tres! Trabajaremos

hasta las cinco. A esa hora puede usted retirarse. Cuando tengamos algo

extraordinario trabajaremos hasta concluir. Pero esto no sucede más que

de tarde en tarde. ¿Está usted conforme? ¿Sí? Pues bien, ¡quedamos

arreglados! Si al llegar ve usted cerrado el despacho, señal es de que

aun no vuelvo o de que estoy durmiendo la siesta. Entonces pide usted

las llaves a las niñas, y abre usted. Ahora, a otro punto. No quiero

retribuir el trabajo de usted como a los demás, de una manera eventual,

a lo que caiga. Así lo hice con otros; pero con usted será otra cosa. Le

estimo a usted, y a su familia, y me complazco en proteger a los jóvenes

listos y de porvenir, por lo cual he decidido señalar a usted un sueldo

fijo. Así no quedará usted expuesto a contingencias nocivas para sus

intereses.

Hizo una pausa, me vió de arriba abajo, y agregó:

--Tendrá usted quince pesos mensuales. Me parece que para empezar es una

cantidad... ¡muy decente!...

Era una miseria, sin duda, pero, dadas mis circunstancias, aquella

cantidad me pareció el premio gordo. En los términos más corteses

contesté que agradecía el favor, y que procuraría corresponder a la

confianza que se me dispensaba.

Castro Pérez me interrumpió:

--Joven: me prometo hallar en usted lo que tanto he deseado, lo que

hasta hoy no pude conseguir: un escribiente activo, inteligente y útil.

No perdamos el tiempo. En aquella habitación encontrará usted lo

necesario para escribir. Vamos a despachar, antes de que principien a

llegar los clientes. Ya verá usted. ¡Esto es atroz! No paro en todo el

día. Esto parece un jubileo.

Se levantó, y fuimos a la pieza contigua.

--Tome usted asiento. ¡En facha! Voy a dictar un escrito.

Me puse en «facha». Castro Pérez se caló una gorra de terciopelo verde

bordada de oro, a manera de fez, con una gran borla que colgaba hacia

atrás y se balanceaba como un péndulo. Mi hombre se compuso las gafas, y

con las manos atrás, ocultas bajo los faldones de la pringosa levita,

principió a pasearse, mientras yo, con el papel delante y lista la

pluma, me disponía a escribir.

Después de largo silencio, durante el cual el jurisperito recogió sus

ideas, y tosió y se sonó con el inmenso pañuelo de hierbas, habló en

tono muy enfático:

--Ciudadano Juez.... ¡Dos puntos!

Y yendo, y viniendo, Castro Pérez dictó larguísimo alegato, en estilo

pesado, difuso, verdaderamente fatigador, empedrado de latines y citas

de las Partidas, (mi hombre se las sabía al dedillo), y lleno de los mil

primores y maravillas de la jerga jurídica.

Castro Pérez alardeaba de ser un «dictador» de primera fuerza, como

César, Isabel de Inglaterra, Napoleón y el Arzobispo Munguía. Es verdad

que dictaba sin tropiezos ni vacilaciones, sin que fuera preciso

repetirle la frase anterior, sin que el amanuense le hiciera eco,

murmurando entre dientes la última silaba de la palabra final; pero así

salía aquello. Compadecí de todo corazón al infeliz magistrado que

tendría que echarse al coleto el indigesto fárrago, y temí que de puro

aburrido sentenciara en contra de los patrocinados por Castro Pérez.

Leí en alta voz el alegato. Mi hombre quedó satisfecho.

--¡Bien! ¡Bien!--exclamó.--¡Mucha lógica! Veamos esos latines.

No les puso tacha. Entonces le hice observar, muy delicadamente, que se

le había escapado una concordancia gallega, una de aquellas

concordancias por las cuales nos castigó tantas veces don Román.

--No, joven,--replicó disgustado Castro Pérez--¡así está bien! En eso sí

que ninguno me enmienda la plana, amiguito. ¡Así está bien! ¡Así debe

ser! Recuerde usted aquella reglita del Nebrija....

Y no la dijo.

Mi hombre prosiguió:

--Amigo: ¡sepa usted que en esa materia no le temo a nadie, ni a López su

maestro de usted, que lo vale, lo vale para eso de los tiquismiquis

gramaticales! Larga y erudita polémica tuvimos él y yo. Escribimos más

que el Tostado. Román decía que debe decirse «villaverdino»; yo, que

debemos decir «vilarverdino». La victoria fué para mí.

Efectivamente, en Villaverde todos decían y escribían «villaverdino»,

hasta que, en mala hora, se le ocurrió a un periodista dudar de la

acertada formación de la palabreja. Se alborotó el cotarro: salió a

contender el «pomposísimo»; saltó a la palestra Castro Pérez; charlaron

los pedagogos a su sabor; la cosa llegó al Cabildo, y los ediles

tuvieron asunto para varias sesiones. Villaverde se dividió en dos

bandos; «villaverdinos» el uno, «vilaverdino» el otro, y se armó la de

Dios es Cristo. El dómine y el abogado se dijeron mil perrerías; el

periodista se metió en cabaña, y la budística ciudad estuvo mucho tiempo

entretenida con la polémica.

Por fin, el Gobierno del Estado puso término a las disputas. Expidió una

circular que cayó como bomba en Villaverde. Con la tal circular sancionó

el Ejecutivo la opinión de Castro Pérez.

Desde entonces en mi querida ciudad natal todo el mundo dice y escribe

«vilaverdino», menos don Román que no se da por vencido.

Firmó el jurisconsulto su alegato, se quitó el bordado fez, tomó el

sombrero y el bastón, y se fué a la calle.

Apenas salió el jurisconsulto me puse a examinar el despacho. Era el

despacho típico de los abogados de provincia.

Dos piezas. En una, la que estaba destinada al amanuense, unos estantes

con papeles y legajos polvorientos, comidos de la polilla, folletos y

periódicos, en paquetes atados con hilo de Campeche; una mesa secular,

cubierta con una carpeta de paño verde, manchada de tinta; gran tintero

de plomo, una marmajera del mismo metal, dos plumas dignas del gabinete

de un arqueólogo, y un retal de casimir negro para limpiar las plumas,

procedente, sin duda, de algún pantalón viejo del abogado. Enfrente de

la mesa, un banco conventual y tres sillas desvencijadas, para los

clientes que esperaban audiencia. Las paredes blanqueadas con cal, el

piso ladrillado y sucio. ¡Qué falta hacían allí unas escupideras!

Tenía mejor aspecto el gabinete de Castro Pérez. Paredes, piso y techo

iguales a los de la otra pieza. Aseado, en cuanto era posible, dada la

incuria de su dueño, el tal gabinete mereció toda mi atención.

Daba frío, el frío polar que sentirán los que pierden un pleito, y se

arruinan, y se quedan a un pan pedir por culpa de un patrono ignorante,

o torpe, o desidioso.

Muebles: dos estantes de cedro, con alambrera, llenos de libros viejos,

infolios monumentales, añosos pergaminos que nadie tocaba, en los cuales

ninguno ponía mano, y que estarían hechos polvo. Y cuenta que, según me

dijo cierto día Castro Pérez, valían mucho, mucho, ¡mucho!

--¡Nada, joven!--repetía el abogado acariciándose el abdomen.--En esos

libros está la ciencia. Todo lo que ahora priva lo encuentra usted allí.

En esos librotes que ve usted allí, tan desdeñados por los eruditos a la

violeta, es donde beben los sabios de hoy cuanto hay de bueno en sus

flamantes teorías, que es poco. ¡Y luego nos presentan sus novedades,

muy orondos y pagados de sí! Aquí viene muy a pelo lo que dijo un músico

célebre de un innovador. En todas esas sabidurías de los abogados de hoy

no falta lo nuevo, ni lo bueno.... Pero... ¡ni lo bueno es nuevo, ni lo

nuevo es bueno! Sí, joven; no hay que tomarlo a broma o a engreimiento

mío con las cosas antiguas: en esos pesados volúmenes está la ciencia,

la verdadera ciencia.

Casi en el centro del gabinete, una mesa, una gran mesa con su cubierta

de paño verde, que caía hasta cerca del suelo, dejando ver los pies del

mueble, unas garras de león o de grifo que hincaban en sendas esferillas

las pujantes uñas, como en mísera presa famélico milano.

Cargada de legajos y mamotretos, aquella mesa característica no tenía

espacio libre en su ancha superficie. Detalle fastuoso de aquel cerro de

papeles: valioso tintero de plata, (sin uso, porque Castro Pérez se

servía de uno de plomo) un verdadero tintero colonial, de oidor

enriquecido, o de canónigo próximo a obispar, con una campanilla que le

servía de tapa.

De entre aquella cordillera de olvidados expedientes, de los cuales

hasta sus dueños habían perdido el recuerdo, y aglomerados allí por la

contumaz procrastinación del ilustre Papiniano villaverdino; de entre

aquella balumba de papeles amarillentos y polvorosos surgía un

crucifijo, un cristo de talla, hecho en Guatemala, al decir de don Juan.

La divina imagen, fija en el madero con cuatro clavitos de plata, se me

antojó, en tal sitio, oportuno signo de resignación. Desencajadas las

facciones, pálido el rostro, amoratadas las sienes, afilada la nariz,

los ojos mortecinos, los labios entreabiertos por la agonía, me pareció

que dirigía a los mamotretos echados en olvido, dolorosa mirada de

extraña compasiva piedad.

El único mueble moderno que allí había era una poltrona de caoba,

obsequio de algún cliente agradecido. En ella se arrellanaba el

jurisperito con gravedad de obispo en misa pontifical.

Cerca de la ventana, sobre un tapete empalidecido, dos «butaques»

medellineros, de cuero resobado y lustroso, y un gran sillón,

incomparable para dormir la siesta. Los visillos de la vidriera, en un

tiempo blancos, tenían hoy color de ceniza húmeda, y en sus pliegues

eran visibles los estragos de la polilla.

Frontero a la ventana, encima de una mesa, entre dos jarrones de

porcelana, un reloj de cristal, una lira, con la esfera de cobre dorado

y las cifras esmaltadas de azul, bajo roto fanal cuyas partes estaban

cogidas con lañas de papel. La forma de aquel reloj recordaba las

aficiones poéticas del jurisperito. Parado, siempre mudo, siempre

señalando la misma hora, me parecía aterrador como la eternidad.

Entre un estante y la pared estaba otro reloj de pesas, en larga y

estrecha caja de ébano, siempre andando, siempre arreglado. Previo un

sordo gruñido de sus intestinos de cobre, soltaba un repique de cien

campanillas de timbre agudo y disonante, y luego con voz grave y solemne

daba la hora: ¡tón! ¡tón! ¡tón!...

Yo, al ver aquellos relojes me decía: Uno para los clientes, el de

pesas; otro, el de cristal, para el señor licenciado.

A la derecha, junto a la ventana, un cuadro atribuído a Cabrera: San

Juan Nepomuceno, vestido como un canónigo angelopolitano, presentando,

asida con el pulgar y el índice de la mano derecha, una cosita, roja

como fresa estival, la lengua sanguinolenta, acabadita de cortar. El

rostro del mártir me causaba risa; era una carita de tonto, pálida,

risueña, sin majestad, sin nobleza, sin la expresión augusta que

corresponde a santo tan ilustre.

A la izquierda, en un marco dorado, bajo un cristal verdoso y orlado de

oro sobre fondo negro, un retrato de don Antonio López de Santa-Anna,

de gran uniforme, al cuello la cruz de Guadalupe.

Uno igual había en mi casa. La buena de mi tía Pepa le relegó al cuarto

del baño.

--¡Allí está bien!--decía, cuando le hacíamos notar la

profanación.--¡Allí, allí está bien! ¡A ese maldito viejo debemos todas

nuestras desgracias!

A eso de las diez comenzaron a llegar los clientes. Primero, una logrera

irascible que se fué echando chispas, muy quejosa del abogado; después

unos indios que entraron tímidos y respetuosos, con el sombrero entre

las manos, vestidos de limpio, al hombro el zarape purpúreo.

Traían para don Juan un par de pavos. ¡Qué pavos! ¡Que ni de encargo para

un mole en los callejones de Barrio Viejo el día de Difuntos!

Habló el más listo.

--«Aquí te lo trais el guajolotito de la ofrenda para el siñor

licenciado»....

Alguien me dijo después que aquellos hijos de Motecuhzoma eran ediles de

un pueblo cercano, clientes de don Juan en un lite de quince años, para

recuperar una dehesa y una faja de monte.

Angelina (novela mexicana) · 第 31 / 75 题