Villaverde se regocija de cuando en cuando, y tiene sus fiestas y sus
paseos populares. No siempre ha de estar triste y malhumorada.
El día tres de Mayo acuden los villaverdinos a la herbosa alameda de
Santa Catalina. Pasan la mañana en los callejones del Escobillar,
recorren todo el barrio, se reúnen en los «solares», y allí comen el
tradicional mole de guajolote, y los tamales de frijol, a la sombra de
los naranjos y de los «jinicuiles» rumorosos. Por la tarde, hombres y
mujeres, ancianos, jóvenes y niños, suben a la colina del Escobillar,
donde un viejo borrachín, ya medio loco por el aguardiente, y muy
conocido de mis paisanos, clava una gran cruz de madera en una roca de
la vertiente oriental, al son de las músicas, al estallido de los
petardos, y al disparar de los morteretes.
Pero el paseo más hermoso es el dos de Noviembre, en un pueblecillo
cercano situado en el borde izquierdo de la Barranca de Mata Espesa, no
lejos del punto en que rápido y espumante se despeña el Pedregoso,
formando pintoresca cascada.
Recorred ese día las calles de Villaverde y las veréis desiertas. Todo
el mundo está de gira; el pobre lo mismo que el rico. Vánse con sus
familias, muy de mañana, antes que el sol caliente, después de oír dos o
tres misas por los difuntos.
Allí, en las húmedas y boscosas calles de Barrio Viejo, encontraréis a
todos los villaverdinos: unos a caballo, luciendo el potro rijoso y bien
enjaezado, el pantalón ceñido, el sombrero suntuoso y el zarape de mil
colores; otros, en viejos y desvencijados carruajes; los más, caballeros
en el corcel de San Francisco.
Desde la entrada del pueblo principian los puestos,--las «vendimias»,
como dicen en Villaverde--las fondas y los figones, improvisados bajo un
toldo de manta, o a la sombra de una enramada. Por todas partes
vendedores de frutas, de torrados, de cacahuates, de «tepache», de
bizcochos y de dulces. Helados, refrescos, aguardientes, todo tiene allí
salida. Hay allí cosas para todos los gustos. Desde lejos percibiréis el
olor del mole que hierve en grandes cazuelas, y os dejarán aturdidos el
incesante vocerío de los vendedores, el gritar de los chicos, y el
cantar báquico de los artesanos que han cogido la «zorra». Los
habitantes del pueblo, indígenas viciosos y haraganes, ven invadidas sus
casas por la multitud, y los indizuelillos andan asustados en los
cafetales o se asoman a través de los vallados de hierba para mirar a
los transeúntes. Llamadlos, y al punto echarán a correr como gamos
perseguidos. En los jarales huele a copal quemado, y de la calle a la
puerta de las cabañas un reguero de «cempaxóchiles» os guiará hasta el
lugar en que estuvo la «ofrenda» dedicada a las almas de los que dejaron
para siempre este mundo de dolor.
Es curioso notar que mis paisanos, los budistas villaverdinos, nunca se
alegran y regocijan como en día tan lúgubre y de tan penosas memorias.
No podía suceder de otra manera en la ciudad de las «almas tristes».
¡Cómo suspiré en el Colegio por aquella fiesta y aquel paseo! Así es que
al ver que tía Carmen seguía bien me encaminé hacia Barrio Viejo. La
tarde era espléndida, una linda tarde de otoño, fresca y luminosa.
Hormigueaba la multitud en la ancha calle; puertas y ventanas estaban
cuajadas de muchachas bonitas, y era aquello un conjunto de gentes
festivas y alegres, tan pintoresco y hermoso, que no le olvidaré jamás.
Unas que iban bulliciosas y parlanchinas; otras, que volvían cansadas,
arrepentidas, cargando el cesto de la comida. Mozos encandilados por el
alcohol, que se detenían para requebrar a las chicas; honrados padres de
familia que bregaban con la prole máxima, mientras la esposa traía en
brazos al mocoso rebelde y llorón. Más allá, un viejo, de capote antes
negro y ahora tornasol, cofrade de la Vela Perpétua, hermano de la
Tercera Orden de San Francisco; el panadero de flamante azulada camisa,
faja purpúrea, flecada de blanco, y sombrero a lo terne; unos rancheros,
muy orondos con la calzonera de pana y el sombrero galoneado; unas
lavanderas, que hacían ruido de huracán con sus enaguas tiesas; unos
gachupincillos, vendedores de ropa o dependientes de «El Puerto de
Vigo», inocentones, recién llegados, toscos de pies, mirando a todos con
airecillo protector; una media docena de pisaverdes villaverdinos,
jinetes en buenos caballos, y al fin, solo, en el overo acabado de
comprar, el hijo del alcalde.
Esa tarde pude admirar la hermosura de las muchachas más lindas de
Villaverde. Sencillas, vestiditas modestamente, ajenas a las modas y a
los figurines de París; modositas, tímidas, pacatas, tristes, como si a
los quince años empezaran a envejecer; niñas grandes, que me parecían
sin ilusiones ni esperanza, y para quienes el mundo se reducía a la
silenciosa ciudad nativa. Las mas aristocráticas,--que también tiene
aristocracia Villaverde--avanzaban lentamente. No irían hasta Barrio
Viejo ni visitarían la cascada; se quedarían a medio camino, en la casa
de cualquier amigo: allí les darían asiento, e instaladas en la acera
alfombrada de césped se divertirían con los paseantes.
Los carruajes pasaban dando tumbos mortales, y los jinetes sacando
chispas del empedrado, al caracolear de la escarceadora caballería. De
trecho en trecho, un mozo de cordel, un artesano o algún hortera,
pasaditos del fuerte, dando mayatazos.
Ni una nube en el cielo. El cielo de un hermoso azul; el sol poniéndose
detrás de la colina del Escobillar, y al Noroeste soberbias montañas, el
pie nevado del Citlaltépetl.
Avanzaba yo entretenido con el espectáculo de aquella regocijada
multitud, cuando columbré a Castro Pérez. Venía cansadísimo, fatigado,
como perro jadeante, apoyándose en el bastón de puño de oro, arrollada
sobre los hombros la española capa, echado hacia la nuca el sombrero de
copa. Había ido a pasear por los callejones de Barrio Viejo su esponjada
prosopeya.
Al verme se detuvo:
--Amiguito: ¿va usted a donde todos, no es eso? ¡Vengo medio muerto!
--¿Llegó usted hasta la cascada?
--¡Guárdeme el Cielo! No pasé de la puerta, y ya no puedo con mi
humanidad.
Echóse para atrás, y mirándome por sobre las gafas agregó:
--Ayer escribí a López.... Tendré mucho gusto en darle a usted el
empleo. Me gustan los jóvenes como usted. ¡Ya veremos! Ya veremos si
encuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: un
joven «inteligente, activo y útil...»
--Mañana me tendrá usted por allá.
--¡Bien! ¡Bien! A las nueve.... ¡A las nueve en punto!... Me gusta mucho
la exactitud.
Iba yo a seguir la conversación; pero el abogado me interrumpió
bruscamente y tendiéndome la mano me dijo:
--¡Adiós! ¡Que usted se divierta!
No bien me separé de Castro Pérez, cuando oí a mi espalda un ruido de
carruaje ligero. No sonaba como los otros vehículos de Villaverde, como
carro viejo o diligencia desvencijada. Resonaba con ese ruido uniforme,
compacto, de los trenes suntuosos, que nos hacen presentir mujeres
hermosas y en privanza. Volví la vista y me encontré con un carruaje
abierto, nuevo, flamante, de ruedas altas y ligeras en las cuales
centelleaba el sol.
Ocupaban el coche un caballero de noble aspecto, de barba gris, y una
señorita que atraía las miradas de la multitud por su hermosura y la
elegancia de su traje. Vestía de color obscuro y llevaba cubierta la
cabeza con un gorro de blondas sobre las cuales resaltaba una rosa de
Alejandría. Un grupo de galanos jinetes se detuvo para saludarla. Era
Gabrielita. El coche pasó como un relámpago. Me detuve un instante, y
seguí con mirada curiosa a la encantadora señorita, deslumbrado a veces
por el reflejo del sol poniente que centelleaba en las brillantes ruedas
del carruaje.