Estábamos a fines de octubre, mediaba el otoño, y los campos
reverdecidos por las lluvias hacían gala de sus follajes. Las mañanas
eran límpidas, frescas, pródigas de luz; los crepúsculos breves,
espléndidos, incomparables.
Me placía vagar por los alrededores de Villaverde. Cien veces recorrí
las márgenes del Pedregoso, y otras tantas ví, desde lo más alto de la
colina del Escobillar, la puesta del sol. Mi sitio favorito, a donde iba
yo todas las tardes, era una roca casi plana, que parecía derrumbada del
último picacho, y que ladeada sobre un peñasco, me brindaba cómodo
asiento que circundaban buvardias coralíneas, cebadillas de suave
fragancia, helechos maravillosos y vaporosas gramíneas que, mecidas por
el viento, esparcían el pardo plumón de sus espigas maduras.
¡Qué panorama tan hermoso! A mis pies las primeras calles de la ciudad,
como extendidas en una alfombra de felpa amarillenta; la alameda de
Santa Catalina; los edificios apiñándose a proporción que se acercaban a
la Plaza; el poblado dividido por el río, y a orillas de éste el
convento franciscano, lúgubre y sombrío, desolado y triste, como si
llorara la ausencia de sus mendigos.
Del lado del Norte, las lomas de San Antonio; los potreros del
Escobillar; las casucas del Barrio-Alto, ocultas en la espesura de los
jinicuiles y de los naranjales.
Al Oriente, lo más pintoresco de la vega. A derecha e izquierda las
montañas de Mata-Espesa, cubiertas con la exuberante vegetación de las
tierras calientes; el cerro de los Otates que, visto desde el punto en
que yo estaba, parece un camello que postrado en la arena aguarda el
soplo abrasador de los desiertos.
Entre ambas alturas el llano entenebrecido; el cielo dividido en dos
fajas horizontales y paralelas: la superior cerúlea y transparente; la
inferior teñida de color de violeta. Sobre esta zona se dibujaban los
perfiles suaves y ondulados de lejana cordillera, y la arrogante cúpula
de la iglesia del Cristo, domo correcto y presumido, rematado con una
cruz de hierro, en torno de la cual trazaban círculos interminables
algunas docenas de rezagadas golondrinas.
En el cénit cúmulos níveos flecados de plata; celajes de tul; girones de
gasa incendiados por la luz poniente; retales de brocado que ardían
enrojecidos; cintas nacaradas; aves de fuego; serpientes de gualda que
se retorcían y se alargaban; esquifes con velas de encaje, que bogaban
como cisnes en el inmenso zafirino piélago.
El sol iba ocultándose lento y majestuoso en un abismo de oro, entre
montañas de brillantes nubes, a través de las cuales pasaban las últimas
ráfagas que subían divergentes a perderse en los espacios, o bajaban a
iluminar con misteriosa claridad purpúrea las solitarias dehesas, los
gramales de las laderas, los plantíos de caña sacarina, los carrizales
cenicientos del río, las arboledas que dividen las heredades, y el
tupido bosque de una aldea cercana, cuyo campanil recién enjalbegado
surgía de la espesura como un pilar ruinoso.
Y aquí, y allá, y más allá, y por todas partes, en sabanas, vertientes y
rastrojos, áureo centelleo de amarillas flores, precursoras de los días
lúgubres y melancólicos de la primera semana de noviembre.
Los últimos fuegos del moribundo sol fulguraban en la tranquila ciudad,
en los azulejos de las cúpulas, y de los campanarios, y espejeaban en
las vidrieras, y prestaban brillos argentados al Pedregoso. Las aves
volvían raudas a sus nidos, millares de pajarillos cantaban en los
matorrales de la colina, y el viento susurraba en las gramíneas.
Me abismaba yo en la contemplación de aquel espectáculo encantador. Se
despertaban en mi mente dulces memorias, y estremecían mi corazón
sentimientos y ternuras del amor primero. De mis labios se escapaban las
más bellas estrofas de mi poeta favorito; mi mano trazaba en la tierra
rojiza un nombre amado, y entre las sombras que bajaban en tropel hacia
la llanura creía yo ver la silueta donairosa de gentil doncella.
A tales delirios,--que delirios eran, y nada más,--sucedía en mi alma
cierta melancolía dolorosa que me arrancaba suspiros y humedecía mis
ojos. Y buscaba yo, entre las mil casas de Villaverde, la humilde casita
de mis tías. Ahí estaban las buenas ancianas que tanto me querían; ahí
estaba Angelina, la pobre huérfana objeto de mi amor. Quedito, muy
quedito, temeroso de que alguno me oyera, decía yo el nombre de la
dulce niña, como si ella estuviera cerca de mí y pudiera escucharme y
fuese yo a decirle: ¡Angelina; te amo, te amo! ¡Ámame! ¿Eres
desgraciada? Yo también soy desgraciado. Vivamos uno para el otro;
seamos, como dice el poeta:
Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el corazón.
Confieso que al ir copiando estas páginas, escritas hace cuatro lustros,
y tanto tiempo olvidadas, torna y se apodera de mi alma árida y triste
aquella plácida melancolía de mi penosa juventud; confieso que al copiar
los capítulos de esta historia amorosa, viene a mi memoria el recuerdo
de aquellos días, y de mis ojos, que ya no saben llorar, rueda una
lágrima....
Y sin embargo, me río de mis tonterías juveniles, de mis locuras de
enamorado, de aquel fantasear de mi mente que malogró en mí fuerzas y
energías que debieron ser útiles a los demás. Pero no me burlo de mis
ensueños juveniles impunemente; cuando me río de ellos me duele el
corazón.
Ahora vivo la vida prosáica de quien no fía en humanos afectos, de quien
llama las cosas por sus nombres, de quien sólo gusta de la poesía en
teatros y academias, y no quiere que el mundo y la sociedad sean como
los pintaban los novelistas de antaño, los soñadores lamartinianos, los
grandes ingenios de la legión romántica. ¡Ay de mí que malgasté en vanas
imaginaciones las energías de mi alma, y despilfarré los más nobles
sentimientos, y cansé mi fantasía, y dejé en los zarzales del camino
pedazos del corazón!
A las veces renuncio a copiar estas páginas envejecidas en la gaveta, y
que acaso no serán entendidas de la generación presente, que ha de
leerlas deprisa en el folletín de un periódico. Me ocurre echarlas al
fuego para entretenerme en ver las llamas que las devorarían en pocos
minutos; pero me es imposible resistir al deseo de que sean conocidas
estas memorias, escritas por un pobre muchacho, admirador incondicional
de aquellos escritores gallardos y de aquellos poetas amables y sentidos
que fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lectura
será provechosa para la actual generación.
Me ocurre preguntar: ¿Será interesante para ella este modesto libro que
acaso peca de indiscreto? ¿No será acogido con menosprecio y risas
burlonas? Yo quiero que los muchachos que ahora empiezan a vivir, sepan
cómo sentían y pensaban los jóvenes de aquel tiempo. Sea como fuere,
prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,
tristemente precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida y
nunca saciada de placeres, sepa cómo eran, qué pensaban y qué sentían
los jóvenes de entonces.
Permanecía yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadían la
ciudad, hasta que se apagaban en los horizontes y en las cimas los
últimos reflejos del sol, y Villaverde encendía sus luces, y Véspero, el
amado Véspero, bañaba la vega en apacible y misteriosa claridad.
Entonces, apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yo
lentamente, cargado de flores: irídeas de subido escarlata, que a
millares crecen entre las piedras de la vertiente; «patas de león»,
simpáticas moradoras de las umbrías; buvardias que se me antojan
talladas en coral; helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;
frutos desconocidos; guías enflorecidas de cierta campánula blanquecina
que huele a miel virgen.
Ya sabía yo que Angelina me saldría al encuentro. Al llegar me la
encontraba yo en la puerta, cariñosa, sonriente, como toda niña delante
de aquél a quien ama, cuando sospecha que es amada.
--¿Qué me trae usted?
--Lo más hermoso que pude hallar.
La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una a
una, aspiraba su aroma, y en la corola de la más bella, en el ramillete
más lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.
Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lo
más encumbrado de la sierra; ahora no caminaría yo cien metros en busca
de una rosa, así fuese para obsequiar a la mujer más bella. Llamo a un
jardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!