Una tarde recibí una cartita de don Román, una esquela muy punticomada,
escrita gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares que
años atrás dió a mi maestro fama de habilísimo pendolista.
«Muy querido discípulo y amigo:
«Como te lo ofrecí anteayer, estuve anoche a visitar al señor Lic.
Castro Pérez para hablarle acerca de tí, y de lo útil que podías serle
en el despacho. Díjele cuanto me pareció oportuno: le hablé de tus
buenas prendas, de tu buen carácter, de tu índole laboriosa, de tu
instrucción sólida y bien dirigida, y de la dificultad en que te
hallabas para seguir los estudios y la carrera tan brillantemente
iniciada, así como de la necesidad en que te veías de buscar algo
productivo. Oyóme de buena voluntad (lo cual me pareció de buen agüero)
y me prometió ocuparse en el asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesario
que le hagas una visita, cuanto antes, y te recomiendo que trates a mi
amigo (que lo fué también, y muy íntimo, del señor tu abuelo) con tu
genial y característica bondad, con la cortesía que te distingue. Castro
Pérez se paga mucho de exterioridades, y para tenerle propicio es
necesario halagarle. Es maniático, y la menor cosa le contraría. Ya te
dejo preparado el campo. A tí te corresponde lo demás.
«Ven por acá. El hígado me tiene desde ayer molesto y «achicopalado».
Ven, charlaremos, y te enseñaré algo que te gustará mucho; unos
exámetros que forjé anoche contra esos «sabios» de «La Sombra» y de «La
Voz».
«Ya sabes cuánto te quiere este tu maestro y amigo
Román López».
Me dió mala espina la esquelita de mi señor maestro. Desde luego pensé
que iba yo a tratar con un hombre de mal carácter. Esto me puso
disgustado. Me imaginé que Castro Pérez era uno de esos abogados viejos,
peritísimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo demás unos
ignorantes de tomo y lomo; un señorón de aldea, pagado de su fama y de
su ciencia, de esos que suspiran por todo lo antiguo, y que siempre
están mal dispuestos para todo lo nuevo; un fantasmón iracundo, gruñón,
de esos que ven con desconfianza a los jóvenes, y que se complacen en
censurar a todas horas la educación enciclopédica de estos tiempos, la
cual, si bien no produce sabios a granel no cría fátuos, como tantos
viejos que yo conocía, encastillados en su saber hipotético, muy
vanidosos y engreídos con su ciencia; ciencia exígua y mezquina que les
conquista en el pópulo vil admiradores y monaguillos de amén que
aprueban cuanto dicen los Sócrates de aldea, así suelten éstos el mayor
disparate. En una palabra: me imaginé que Castro Pérez era uno de esos
abogados viejos, repletos de latines, que se saben de memoria las
Partidas, que tienen pujos de canonistas, y que escriben errar con «h»;
«teólogos de capote», como los llamaron «in illo témpore»; peritos en
las triquiñuelas jurídicas, pero vacuos de todo lo demás; habilísimos
para ocultar su ignorancia, y desdeñosos de cuanto no entienden; que
miran a todo el mundo con aire de protección, y que apareciendo graves y
sesudos, mostrándose inaccesibles y huraños pasan por unos portentos y
vienen a ser, en pueblos y ciudades como Villaverde, señores de vidas y
haciendas.
Nada sacaréis de ellos si no os mostráis humildes, sumisos,
incondicionales admiradores de sus personas. ¡Ay de vosotros si no os
acercáis a tan excelsos caballeros, aparentando que todo lo esperáis de
ellos! ¡Ay de quién no les rinda parias! De seguro que nada obtendrá;
de fijo que a todo le contestarán con monosílabos, y saldrá de allí
colérico y desesperado.
Me repugnaba seguir los consejos de mi maestro. Entendí muy bien lo que
éste me quería decir con aquello de «te recomiendo que trates a mi amigo
con tu genial y característica bondad»; pero me chocaba presentarme
tímido y meticuloso como un donado, aparentando una estimación que no
pasaba en mí de los límites de un respeto vulgar y corriente, como el
que concedemos a todos por razones de urbanidad y cortesía. ¿Qué hacer?
Me dispuse a seguir los consejos del «pomposísimo Cicerón», y de
tardecita, poco antes de que sonara el «Angelus», me encaminé a la casa
de Castro Pérez. Vivía a espaldas de la Parroquia, en un caserón vetusto
y sombrío.
Cuando llegué al zaguán me ví tentado de retroceder e ir a charlar a
casa de don Procopio. Hice de tripas corazón y avancé hasta la puerta
del despacho.
--¡Adentro!--dijo una voz atiplada.
--¿El señor Castro Pérez?
--¡Adentro!--repitió la voz de falsete.
Era el escribiente. Mala impresión me causó tan delicada personilla. Era
un muchacho pálido, ojeroso, exangüe y consumido por el trabajo; un
infeliz, condenado, sin duda, a prisión perpetua en aquel mundo de
legajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubierta
con un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo lleno
de tinta espesa y natosa.
--¿El señor Castro Pérez?
--¡En la otra pieza!--me contestó el covachuelista.
--¿Puedo pasar?
--Pase usted.
Me colé de rondón. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de la
ventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorporó contrariado, dejó
el asiento, y fué a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnos
el escribiente.
--¿Qué mandaba usted?--me dijo frunciendo el entrecejo.
--Mi maestro, el señor don Román López, me ha recomendado....
El rostro de Castro Pérez cambió de expresión.
--Vamos, joven,--murmuró levantándose, y ofreciéndome un asiento,--aquí
tiene usted una silla.
Mi hombre volvió a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me miró
de pies a cabeza.
--¿Qué se ofrece? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¿Es usted el joven que desea entrar
de amanuense en esta casa?
--Sí, señor.
--Pues bien.... Veremos, veremos si es usted útil. Aquí tenemos mucho
trabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerosísima, y por ende no
falta quehacer. Si quiere usted trabajar....
--Es lo que deseo...--murmuré, bajando la vista, mientras el abogado me
miraba de hito en hito.
--Pues bien, así lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiado
en este año, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. ¡El mejor
no valía tres caracoles!
--No pretendo valer mucho; pero... procuraré, bajo tan buena dirección,
aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.
Castro Pérez sonrió, y a dos manos, juntando el pulgar y el índice se
compuso los anteojos, y luego, dándose palmaditas en el abdómen, echóse
atrás y me interrumpió.
--¡Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de mí....
Hablaba lenta y pausadamente, oyéndose.
--Es usted por extremo modesto...--¡Aquí!--me dije.--¡Aquí del
incienso!--¿Quién no tiene noticia de los talentos de usted, de su saber
profundo, de su fama, de su acrisolada honradez?
Estos elogios me sonrojaban.
--¡Bien! ¡Bien! Veremos si obtiene usted lo que desea. Está usted
eficazmente recomendado por Román. Me dice que fué usted su discípulo, y
de los más aventajados....
--El señor mi maestro me quiere mucho, y es conmigo demasiado benévolo.
Deseo trabajar, y estoy seguro de adelantar al lado de persona tan
recomendable. ¡Quién no sabe que es usted el primer abogado del Estado
de Veracruz!
Castro Pérez se hinchó como un pavo, se meció en la poltrona, fingió
sonrojarse, y me dijo:
--¡Al grano! ¡Al grano! ¿Conoce usted el ramo?
--No, señor.
--Pues entonces, ¿cómo solicita usted una ocupación que le es
desconocida? Tengo buenas noticias de usted. Ya Román me dijo que es
usted un muchachito inteligente, que sabe usted hacer bonitos versos....
Pero, es cosa sabida: no son los mejores empleados los que se andan todo
el día a caza de consonantes....
Me dieron ganas de estrangular al viejo.
--Señor:--repliqué--es cierto que hago versos; pero no vivo entregado a
tan grata ocupación. Además, tengo entendido que usted... suele
hacerlos... ¡y muy hermosos!
--¡Gracias, joven! ¡Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que la
poesía suele cautivarme, pero sólo de tiempo en tiempo. ¡Bien, bien,
bien!
Esta era su muletilla.
--Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Román le hablaría
de las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a México; no
puedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo de
pan....
--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así lo hace un joven delicado. Veremos, veremos
si me sirve usted. Pero debo advertirle que... hasta dentro de una
semana no podré resolverlo. Mañana veré si puedo conciliar varias cosas.
Vuelva usted por acá, viernes o sábado.... Y.. diga usted. ¿Tiene usted
buena letra?
--Regular, señor licenciado.
--Vamos, vamos. Allí tiene usted lo necesario.
Obscurecía. En la mesa había un candelero con una bujía.
--¿No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.
Obedecí. Tomé la pluma y escribí: «Si el señor Licenciado Castro Pérez
se digna recibirme en su casa, procuraré servirle con toda fidelidad».
Me acerqué al abogado, llevando la hoja y la bujía. Mi hombre se acomodó
en su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y leyó lo escrito.
--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letra
española.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. ¡Esta letra
inglesa tan amanerada y presumida!
Y después de un rato de silencio:
--Ya sabe usted: viernes o sábado....
--Vendré por acá....
--No; yo le llamaré a usted.
Entiendo que no le caí mal a Castro Pérez. Así me lo dijo dos días
después el bueno de don Román.
--La cosa es segura, muchacho. ¡Has clavado una pica en Flandes!